miércoles, 3 de septiembre de 2008

EL GEN DE LA DISCORDIA

Empezaba a preocuparme que, una vez sobrepasado el ecuador del año, las agencias de noticias aún no se hubieran hecho eco de algún descubrimiento en fase preliminar que advirtiera que habían aislado el «gen de la anorexia», el «gen de la fobia a las suegras» o el «gen de la siesta». Pero hete aquí que la esperada noticia sobre el gen de turno ha saltado con el cambio de mes. Y no es casual que sea en septiembre que se nos advierta del descubrimiento del «gen de la infidelidad», ya que en este periodo se sustancian el 40% de las rupturas conyugales o de pareja anuales, a decir de los informes estadísticos. Paradojas de la vida, la comunidad científica suele acoger con recelo estas noticias porque los investigadores no son precisamente los que ponen los titulares en la prensa, mientras que ésta lanza el globo sonda para que los crédulos habitantes del planeta tierra ya tengan otra argumentación añadida, en contra o a favor, para juzgar el comportamiento de «él» o «ella» una vez consumada la separación.
En la versión digital de El País (3/IX/08) se nos explica, en forma de breviario (leer artículo), el contenido de la investigación llevada a cabo por científicos del Instituto Karolinska de Suecia. La conclusiones determinan que hay una mayor predisposición a la infidelidad para todos aquellos que presentan una variante del alelo 334 de entre los 550 varones objeto de estudio. Si, pero con la particularidad de que sean gemelos. En los años sesenta se hicieron célebres numerosos estudios relativos a monovitelinos (con idéntica dotación cromosómica) y bivitelinos, que abrieron nuevas perspectivas a la psicología, la biología molecular o la sociología. Pero recién estrenado el tercer milneio se me antoja un tanto anacrónico servirse únicamente de gemelos que, dependiendo de que las poblaciones sean más o menos endogámicas, o de la tasa de natalidad, entre otros factores, representan entre del 0,15 y el 0,50% de una población. Este estudio, por tanto, queda en entredicho por el sector con unos parámetros muy determinados —vinculados, para más INRI, al perfil genético— de la sociedad de la que trata de ofrecer unos resultados extrapolables a la misma. Además, claro, para que el estudio fuera completo en sí mismo se ha contado con las respectivas parejas, hembras todas ellas. Buceando en mi frágil memoria no recuerdo una sola pareja de gemelos suecos famosos. Así que convencer a 550 gemelos suecos para que participaran en el experimento y confesaran o no su infidelidad (se habla en el informe de que el alelo 334 se localizaría en 2 de cada 5 varones, esto es, si el gen «no engaña», unos 220 que se han saltado el compromiso contraído) en función de los resultados obtenidos, se me antoja un ejercicio más complicado que buscar a la niña que interpretara a Regan en El exorcista. Tampoco no me quiero parar a pensar en la confusión que se generaría si Gunnar sería, en realidad el esposo infiel y no su gémelo idéntico Erik... Son ganas de liar la madeja para unos resultados que se han publicado en el Proceeding of the National Academy of Sciences, signo inequívoco de que la junta directiva de Nature y otras publicaciones de tronío han puesto, al menos hasta la fecha, en entredicho el trabajo perpetrado por Hasse Walum y su equipo.
Parece mentira cómo un país, Suecia, que ha contribuido tanto a la infidelidad conyual en el periodo que se libraban estudios por doquier sobre gemelos en los laboratorios del orbe mundial, ahora resulte que un determinado gen predispone a que los santos varones nos separemos de la santa para librarnos a los brazos de otra mujer. Tan sólo falta repasar aquellas producciones made in Spain con Alfredo Landa, José Luis Sazatornil o José Luis López Vázquez en «CutreColor» que alegran a algunos las sobremesas de los sábados para darnos cuenta que la infidelidad conyugal tenía una ecuación infalible: suecas de pura cepa + Rodríguez + costa Mediterránea o costa del Sol, a escoger. A partir de entonces, el número de españoles con cabellera rubia creció exponencialmente. Esa sí que fue una contribución a la mejora genética de los hispanos. Eugenesia a la sueca. Lo de la noticia que acapara las páginas de Sociedad o Salud, a saber, de los rotativos, es un puro chiste a costa de unos gemelos suecos tan engañados como algunas de sus santas. Puestos a buscar el antídoto para el infidelidad conyugal o de pareja, (re)leamos a Darwin y su teoría sobre la selección natural de las especies. Matrimonios de conveniencia, parejas que tan sólo comparten una misma panorámica, la de la televisión del salón o relaciones sostenidas por espúreas motivaciones que en nada atañen a los sentimientos, son los principales factores de esta plaga en forma de separaciones que arriba a nuestras costas cuando languidecen las tardes soleadas. Eso sí, algunos ya presumirán de tener coarta y echarle la culpa a un gen porque un día salió en la tele una noticia con una base científica tan plana como el encefalograma de algunos de los redactores que se atreven a recomponer/sintetizar un artículo científico como si fuera una partida de scrabble. Servir a la ciencia o servirse de la ciencia. That’s the Question.

2 comentarios:

pep dijo...

christian si el numero de españoles rubios crecio con el turismo sueco
!los infieles no fueron los hombres si no las mujeres!
yo creo que lo que crecio fueron los suecos morenos y con boina

Anónimo dijo...

Te equivocas Pep,
Más de una sueca se vino para España y se hizo la idem cuando le dijeron que se volvieran para el país que las vio nacer.
A la inversa también se dio.

saludos y feliz regreso a la península.

Christian