lunes, 25 de julio de 2016

«MENDELSSOHN EN EL TEJADO» (1960), de JIRÍ WEIL: DE LA ALEGORÍA AL TERROR

Existen muchas formas de supervivencia. Una de ellas pasa por negar la propia existencia, simulando un suicidio al lanzarse al mar o al río y dejando una nota de despedida al lado de la “última” ropa utilizada o en alguno de los rincones del hogar. Jirí Weil (1900-1959) no jugaba a ser Reginald Perrin el singular personaje creado por la pluma de David Nobbs cuando simuló haberse suicidado para procurarse una “segunda vida”, alejándose así de un entorno familiar y laboral que le iba consumiendo en el pozo del hastío y del tedio. Mas, Weil perseguía la pura supervivencia, escapando de ser deportado al campo de concentración de Terezín cuando el nazismo había penetrado en los intersticios de la ciudad de Praga a la caza y captura de la población judía, por aquel entonces un porcentaje muy significativo de habitantes de la capital checa. Las expropiaciones del patrimonio cultural y de los inmuebles propiedad de familias judías estaba a la orden del día en tiempos en que el nazismo sembró el terror en aras a expandirse a lo largo y ancho del continente europeo. Al concluir la Segunda Guerra Mundial y con ello la Ocupación a la que se vieron sometidos los habitantes de la ciudad de Praga, siendo el principal blanco de los objetivos de los nazis el exterminio de la población de raíz judía, Weil regresó “a la vida” pero con un aspecto que le asemejaba al de un preso que había sufrido el rigor extremo de campos de concentración como Treblinka, Auschwitz o el propio Terezín. La existencia en la clandestinidad le pasó factura, reduciendo su anatomía a prácticamente un saco de huesos, pero por fortuna con la mente lúcida para saber que ya había tocado fondo y que en adelante lo que debería hacer era levantar acta de las atrocidades sufridas por su pueblo a través de la escritura de una obra que pasaría a denominarse Vida con estrella (1949). En paralelo al redactado de la novela de marras, Weil iría esbozando un amago de obra más ambiciosa desde el plano literario, aunque no llegó a tiempo para verla publicada. Aquellas condiciones de vida infrahumanas en tiempos de guerra acabarían haciendo mella en el organismo de Weil, quien falleció a los cincuenta y nueve años víctima de una leucemia. Al año siguiente, apareció en Checoeslovaquia una primera edición de Mendelssohn en el tejado (1960), la obra póstuma de Weil que mereció su publicación en lengua inglesa en 1991 con prólogo de Philip Roth. De esta forma, Roth “apadrinaba” una obra de un colega de profesión que compartía idénticas raíces judías, pero que pertenece a una generación y a una realidad geográfica muy distinta.
     Presumiblemente, Mendelssohn en el tejado hubiera cuadrado a la perfección dentro del catálogo del sello barcelonés Acantilado, al lado de textos que exploran en esas «raíces del miedo» a través del testimonio literario de otro Roth (de nombre de pila Joseph) o de Stefan Zweig. No obstante, en otro gesto más por parte de la editorial Impedimenta que su mirada no se concentra en exclusiva en el parque de escritores británicos ociosos de ser (re)descubiertos –incluido el propio David Nobbs a través de su serie de obras consagradas al personaje de Reginald Perrin bajo un enfoque netamente tragicómico, ha abierto el campo de visión a países como la extinta Checoeslovaquia donde nació Jirí Weil a caballo entre el siglo XIX y el XX. A buen seguro, de la calidad que se deriva de la lectura de Moscú frontera (1935), primera de las incursiones literarias de Weil que mereció la publicación de Ediciones del Oriente y del Mediterráneo en 2015, y de la defensa a ultranza que Philip Roth hizo de su autor, Enrique Redel se reafirmaría en la idea de publicar Mendelssohn en el tejado, presumiendo así que el sello Impedimenta actúa bajo pabellón de la excelencia literaria, sin hacer distinciones entre naciones y autores. Trescientas páginas traducidas al castellano por Dianna Bass (amén del prólogo escrito por Philip Roth) que pueden incomodar al lector por la dureza de algunas de sus páginas que podemos “visualizar” de inmediato, sobre todo localizadas en ese último tramo en que ese nazismo moribundo aún acumulaba el veneno suficiente en sus entrañas para causar dolor, incluso entre niñas que permanecían en silencio y tan solo accionaban las cuerdas vocales para cantar canciones populares. Su delito: ser judías. Su castigo: el maltrato físico y psicológico. Si en sus capítulos iniciales cierto grado de causticidad y humor recorren sus páginas en una secuencia que hubiera sido del gusto de Milos Forman y de Jirí Menzel para ser reproducida en el celuloide en los años sesenta, en plena eclosión de la denominada «Nueva Ola Checa»—  a propósito de la confusión generada con la eliminación de una estatua que no era la del compositor judío Félix Mendelssohn en el tejado del Rudolfinum por parte del empleado Julius Schlesinger de allí el título del libroal encarar la segunda parte del libro el cielo literario de Weil se nubla con estampas de puro delirio devastador. Dinámicas inherentes a un nazismo que tuvo en Praga uno de los lugares escogidos para erradicar el mal del judaísmo, ese enemigo a batir en aras a hacer prevalecer la noción de raza aria en el continente europeo. La ejecución (en este caso, de nueve soldados, algunos de ellos menores de edad) serviría de paradigma para describir ese sentido aleccionador mostrado por el nazismo y que Jirí Weil pone en conocimiento desde su propia experiencia y la de familiares, amigos y vecinosdel lector a través de una novela que va creciendo en intensidad a cada página, despojándose de esta manera de un enfoque alegórico (al estilo de Matadero Cinco de Kurt Vonnegut o Trampa 22 de Joseph Heller) contenido en el arranque, que sirve de señuelo para atraer la atención de una realidad que, lejos de permanecer cubierta bajo la lona de la vergüenza, debería quedar viva la llama del recuerdo de una barbarie para que no se repita jamás.             


miércoles, 13 de julio de 2016

«BUENAS NOCHES Y SALUDOS CORDIALES: JOSÉ Mª GARCÍA. HISTORIA DE UN PERIODISTA IRREPETIBLE» (2016) de VINCENTE FERRER MOLINA

Desde que José María García (Madrid, 1943) decidió poner fin a su actividad profesional en calidad de locutor, con un programa radiofónico diario en 2002 han pasado catorce años. En todo este periodo mi "desconexión" para con la figura de José María García ha sido prácticamente absoluta, aunque me alegré de la que sin duda ha sido su victoria más importante: la lucha contra el cáncer. Entendía, pues, que García ya formaba parte de la memoria de un país, de una sociedad que trataba de sacar el cuello tras cuarenta años de una Guerra Civil y una dictadura que cercenó las libertades individuales y colectivas. Por consiguiente, García fue uno de esos amores intensos que duran un tiempo y luego se acaban alojando en el fondo de tu corazón, conforme a un tesoro anclado en el fondo de un océano de sentimientos sacudido por corrientes marinas de diversa intensidad. Un amor por la búsqueda de la verdad, de la independencia, de la lealtad, del compromiso, del ser como uno desea ser, sin cortapisas de ningún tipo. En ese rincón del inmueble, a la luz de la luna una generación de españoles cruzamos el umbral de la medianoche cogidos de la mano de José María García mientras que con la otra sosteníamos el transistor. Horas de sueño perdidas para muchos, pero para aquellos ociosos de ir más allá de la noticia de teletipo, de quedarse en los titulares tan caros al sensacionalismo en el espacio deportivo, García no nos defraudaba. Él revolucionó la radio; la hizo intensa, viva, amena e informativa a la vez. Si hoy alguien me preguntara cuál ha sido una de las mayores influencias de mi adolescencia y de mi juventud sin duda expresaría entre los primeros nombres el de José María García.
    Leer Buenas noches y saludos cordiales: José María García, historia de un periodista irrepetible (Ed. Córner, 2016), de Vicente Ferrer Molina, ha supuesto un viaje por el túnel del tiempo. A cada página, casi a cada renglón ha llevado consigo desviar un pensamiento en relación a esas madrugadas de los años ochenta y noventa, a esas tardes programadas para escuchar los carruseles deportivos capitaneados por la voz, a ratos atronadora, a ratos reflexiva de José María García. A medida que he ido leyendo el libro de Ferrer Molina ese tesoro que descansaba en el fondo del océano iba elevándose hasta alcanzar la superficie. Mérito, pues, de su autor que ha sabido pulsar las teclas adecuadas para evitar que un ejercicio netamente periodístico se muestre insípido de cara al lector. Mas,  Buenas noches y saludos cordiales construye su relato a través de numerosos testimonios que hablan de ese «Ciudadano García» desde el momento que aterrizó en el diario Pueblo, liderado por Emilio Romero, velando sus primeras armas dentro del periodismo con el que estableció un lazo de por vida. Ferrer Molina reduce a una veintena de páginas (en uno de los capítulos finales titulado El niño que quiso ser Matías Prats) el conocimiento de los primeros veinte años de existencia de José María García, un madrileño que se sentía «asturiano por los cuatro costados». Ese Charles Foster Kane/José María García de la niñez, la adolescencia y la primera juventud queda tan solo apuntado a los ojos del lector porque presumiblemente Ferrer Molina se encontrara ante sí con un muro infranqueable para que la prosa fluyera en un mar de “confesiones” de amigos, familiares y allegados de aquel periodo en blanco y negro, en esa España aún con las brasas demasiado recientes producto del fuego de una Guerra Civil que se llevó por delante tantas ilusiones y sembró un odio que seguiría latiendo incluso después de finiquitado el franquismo con la muerte del Caudillo Francisco Franco. Dando validez al refrán «no hay mal que por bien no venga», Ferrer Molina ha construido una obra que habla del García-periodista, alguien que se (des)vivía por su trabajo al punto que su familia –su mujer Montserrat Fraile, y sus hijos Pepe y Luis—quedaron en un segundo plano en tantas y tantas ocasiones. Los testimonios de unos y otros nos ayudan a recomponer la figura de un ser que trató de preservar su independencia pero sabiéndose que su cuerpo liviano pendía de un hilo y podría convertirse en un bocado apetitoso para tiburones, algunos luciendo la aleta blanca con el anagrama del Real Madrid CF, el equipo de sus entretelas aunque tratara de preservar su independencia durante el tiempo que ejerció la profesión de periodista. Ese sería precisamente –el de su filiación madridista— uno de los infinitos dardos que José Ramón de la Morena, su némesis radiofónica, lanzaría a García para ver si picaba el anzuelo y dejara algunas perlas para su audiencia en aras a que sirviera de munición para dotar de contenido el programa El larguero de la Ser. Al leer estos capítulos del libro, en que la rivalidad entre García y De La Morena llegaría hasta el paroxismo, tuve en mente la imagen de Muertos de risa (1999), la pieza cinematográfica finisecular dirigida por Álex de la Iglesia, en que la zancadilla al compañero de profesión era (y en cierto sentido sigue siendo) el deporte nacional de esa España en transición. Pero, a diferencia de la producción hispana protagonizada por el Gran Wyoming y Santiago Segura –tomando los moldes de Fernando Esteso y Andrés Pajares, una hipotética plasmación en pantalla de la vida de José María García quedaría enriquecida por una serie de figuras absolutamente cinematográficas desde una perspectiva dramática, léase por ejemplo el sentido de espejo que representa para el menudo periodista la figura de Antonio Herrero, cuya súbita muerte acaecida en 1998 sacude los cimientos más hondos de su corazón y delimita una línea de animadversión para con tu tocayo Aznar al no acudir al entierro de éste, una circunstancia que nunca ha querido perdonar. En esa eventual reconstrucción de la existencia de García cabría, además, el diagnóstico del cáncer a sus sesenta y dos años, que le lleva a someterse a duras sesiones de quimioterapia que están a punto de hacerle arrojar la toalla. La superación del mismo sirve a ese relato vital para que García organice el restos de los días (esperemos que muchos le queden por delante) sin la visita del rencor, alimentando un sentido de la reconciliación, por ejemplo, con José Ramón de la Morena, en un gesto que habla de la grandeza de un ser que con sus luces y sus sombras (las hubo sobre todo en virtud de la expresión «el fin justifica los medios» para conseguir una determinada primicia) supo conectar con el anhelo de una independencia a prueba de bomba. Solo así García entendió el periodismo, aun a costa de sembrar una lista innumerable de “enemigos”, muchos de los cuales no podrán resistirse a pasar las páginas de esta maravillosa obra, bien trenzada por Ferrer Molina, con el pálpito que García no erró tanto el tiro como pensaban. Como diría Butanito (sobre el original de tan afortunado apodo existen diversas versiones) «el tiempo es ese juez insobornable que da y quita razones». Y el paso del tiempo, desde mi punto de vista, dictará que Buenas noches y saludos cordiales representa un testimonio de primer nivel sobre la realidad de un periodista irrepetible con un nombre y un apellido tan común como el de José María García, inversamente proporcional a su carácter singular e intransferible.  

miércoles, 6 de julio de 2016

«BETTER CALL SAUL (TEMPORADA 1)»: SHAKESPEARE VISITA ALBURQUERQUE

Podría resultar un ensayo digno de estudio de cómo las series de televisión en el último cuarto de siglo ha influido sobremanera en las estrategias comerciales e incluso en los contenidos de las producciones cinematográficas. Entre las muestras más palmarias de este “trasvase” de influencias encontramos la asimilación del término spin-off (de difícil traducción en castellano) al ámbito cinematográfico (especialmente, en el terreno del terror y de la ciencia-ficción), añadiéndose así al arco de propuestas surgidas al albur de un determinado éxito comercial, léase precuelas, secuelas, reboots o remakes. El término en sí mismo empezó a popularizarse a finales de los años noventa, aunque en realidad spin-off se podría aplicar a la serie Frasier en virtud de la emancipación del personaje epónimo en relación a Cheers, uno de los grandes fenómenos de audicencia de los años ochenta. Al cabo de tres decenios de haberse emitido los primeros episodios de la serie coprotagonizada por un novel Woody Harrelson, Sony Pictures llegaría a un acuerdo con Vince Gilligan para la emisión de la primera temporada de Better Call Saul (2015), spin-off de una auténtica masterpiece de la pequeña pantalla, Breaking Bad (2008-2013), cuyo repóker de temporadas vale su peso en oro. De ahí que las expectativas creadas con Better Call Saul fueran en verdad altas, máxime al penetrar en un camino ni tan siquiera apuntado en la extraordinaria serie de marras, el que compete al personaje de Saul Goodman bajo su anterior identidad, la de Jimmy McGill. No cabe duda que entre los muchos puntos a favor de Breaking Bad, cabía computar el personaje del vehemente abogado que opera en la ciudad de Alburquerque y que adopta el rostro del actor Bob Odenkirk. Un auténtico hallazgo que Gilligan y su equipo supieron dosificar desde su aparición en la tercera temporada, sabedores que su potencial daba para que girara sobre él una serie propia, eso sí, con un formato más modesto. Elevado a la categoría de show runner de Better Call Saul, Peter Gould (productor y guionista de algunos capítulos de Breaking Bad), hasta la fecha ha gestionado la confección de treinta capítulos de la serie, a razón de diez episodios por temporada. A priori, para hacer más “vendible” la propuesta en términos estrictamente presupuestarios, Gould y Gilligan dibujaron un escenario con episodios de media hora de duración. Pero, a mi juicio, con un criterio acertado replantearon la cuestión para adecuarlo a la duración estándart de, por ejemplo, Breaking Bad que tan buenos resultados habían cosechado. Eso sí, como contrapartida se rebajaba de trece a diez episodios, pero sin perder un ápice la calidad visual y narrativa de la que puede seguir presumiendo Breaking Bad.

    Desde mi perspectiva, una de las razones de ser para que una serie llegue a “enganchar”, a experimentar la sensación que deseas ver el siguiente episodio a la mayor brevedad posible, se debe al “factor sorpresa”. A lo largo de esta decena de capítulos con títulos que presentan una particularidad curiosa (con la salvedad del quinto, Alpine Shepherd Boy), el de emplear una sola palabra, he atendido al visionado de una propuesta netamente escorada en lo que podríamos colegir tragedia shakespeariana, en contra de los vaticinios que hubieran podido apuntar hacia una comedia de tintes hilarantes con James McGill AKA Saul Goodman ejerciendo de bufón del «reino» de Alburquerque. Cada uno de estos primeros diez capítulos de Better Call Saul devienen píldoras que ingerimos previa prescripción médica, adivirtiéndose de un uso contraindicado para aquellos refractarios a tolerar en elevadas dosis un cinismo que ataca directamente al cuerpo del american way of life, en que el dinero resulta al arma más letal de la corrupción del alma humana. Una verdad aumentada y corregida en el ámbito de la judicatura y que acaba trasladándose al espacio familiar cuando Jimmy y su hermano mayor Chuck (Michael McKean, una elección de lo más acertada) adoptan actitudes ambivalentes en su fuero interno y que “explosionan” en un determinado momento por parte de este último. A partir de entonces, Jimmy McGill da marcha atrás, se coloca en punto muerto e inicia una fuga hacia adelante, sin reparar en ese retrovisor que lo ha ligado indefectiblemente a la figura de su hermano mayor al que ha tratado de proteger a causa de su enfermedad (padece hipersensibilidad electromagnética; sino de los tiempos) hasta que éste, en un arrebato de vanidad, le coloca frente al espejo de su propia realidad. En esencia, Better Call Saul es el retrato de seres solitarios Jimmy, Chuck, pero también de la abogada Kim Wexler (espléndida Rhea Seehorn) y el hierático Mike Ehrmantraut (Jonathan Banks, repitiendo papel tras su paso por Breaking Bad, cuyas apariciones habían ido en ascenso hasta prácticamente el episodio final)que afilan sus garras para sobrevivir en ese nido de víboras que concurren en Alburquerque. Una ciudad perteneciente al estado de Nuevo México que había sido el escenario natural de El gran carnaval (1951), la cinta dirigida por Billy Wilder que la dupla Gould-Gilligan homenajea en el capítulo Hero, en el que McGill trata de utilizar el periodismo sensacionalista para que florezca su propio negocio vinculado a la abogacía. Su artificio en este caso pronto se adivina, no así los dos mejores episodios de la primera temporada, Five-0 (el sexto) y Bingo (el séptimo), prodigiosamente rodado el primero por Adam Bernstein y preñado de virtudes el segundo, desde la importancia que adopta la música (obra de Dave Porter, a la sazón compositor titular de Breaking Bad) en el fragmento del eventual secuestro de una pareja de mediana edad en su lujosa residencia hasta la carga de sarcasmo e ironía (a modo de ejemplo, una dama octogenaria cita a sus gatos Óscar y Félix, la extraña pareja a efectos de la célebre obra teatral escrita por Neil Simon y adaptada con éxito al celuloide con el tándem Walter Matthau-Jack Lemmon al frente del reparto) que recorren las escenas donde Jimmy actúa en una sala repleta de ancianos “matando” las horas con juegos del azar. El azar será asimismo el destino que lleve a McGill a cambiar su apellido e instalarse en la jungla humana bajo el reclamo Better Call Saul. Una carta de presentación que intuyo empezará a redactarse en forma de borrador en su segunda temporada. 

sábado, 25 de junio de 2016

NEIL YOUNG, EN CONCIERTO: SIETE AÑOS DESPUÉS DE LA PRIMERA CITA

Foto copyright: Christian Aguilera
(Poble Espanyol, Barcelona, 20 de junio de 2016)
Los signos astrales y la numerología nunca han formado parte de mis distracciones —léase hobbies— mundanas. Pero estos días me he entretenido en saber a qué características se asocia el 7, mi lucky number por motivos puramente banales. Era el dorsal que solía escoger, por ejemplo, para que se estampara en la camiseta de las distintas equipaciones de fútbol en la época en que éstas se solían imprimir siguiendo un orden correlativo, sabiéndose de antemano que demarcación ocuparía cada uno en el terreno de juego. Al leerlo me quedé estupefacto: «Signo del pensamiento, la espiritualidad, la conciencia, el análisis psíquico, la sabiduría. El número del intelecto, el idealismo y la represión. Son personas amantes de la lectura, el estudio y las ansias por aprender. Tendentes a proyectar su vida en una esfera de idealismo y actividad intelectual. Habilidades para el análisis y la investigación y la inteligente búsqueda del conocimiento; mentalidad científica y con capacidad de inventiva; estudiosa, meditadora; de personalidad encantadora; amantes de la soledad y de la paz; perfeccionistas». Podría ser una buena definición de mí mismo, con la salvedad que no soy un amante de la soledad, aunque el ejercicio de la escritura invite a serlo muy a menudo. Leído nuevamente, más que una definición de uno mismo podría tratarse (en parte) de una aspiración a la que sí ha llegado, desde mi perspectiva, Neil Young, presumiblemente una de las personas de este mundo que al ir adentrándome en el conocimiento de aspectos de su vida y obra, en razón del libro que escribí en 2009 Neil Young: una leyenda desconocida (T&B Editores), reeditado en 2015 mejor sintonizan con mi forma de ser, la propia de aquellos que nunca damos por bueno nada de lo que hacemos, y que generalmente tenemos puesta la mirada en el futuro en aras a cumplimentar nuevos proyectos. 
    Asimismo, siete han sido los años transcurridos desde que ví por primera vez a Neil Young actuar sobre un escenario. Desde aquella lejana representación en el Primavera Sound no había tenido la oportunidad de volver a disfrutar de su música en directo. Lo sería por partida doble, en el marco de Mad Cool Festival en Madrid y en el Poble Espanyol en Barcelona, los días 18 y 20 de junio, respectivamente, ambos organizados por la empresa Live Nation. En músicos de su edad setenta años había cumplido el 12 de noviembre del año pasado siempre tienes el pálpito que ciclos de siete años pueden representar una «eternidad». Así pues, el paso del tiempo hace mella si cabe aún más en todos aquellos que han formado o formaron parte de una prodigiosa generación de artistas imbuidos por la cultura de las drogas y del alcohol como parte indisoluble a una forma de vida que ha acabado pasando factura en muchos de ellos. Por fortuna, las capacidades motoras, intelectuales y creativas de Neil Young siguen (aparentemente) intactas, demostrando que su compromiso para con la música sigue siendo el principio vector que rige su existencia, dejando toda su energía sobre el escenario, esta vez, en compañía de la banda comandada por Lukas Nelson vástago del también legendario Willie Nelson—, Promise of the Real, cuyo álbum en común The Monsanto Years (2015) apenas estuvo representado en el set list de sendos conciertos. Algo que hubiera podido llamar al desconcierto si desconoces de antemano el carácter imprevisible del canadiense. Una imprevisibilidad que ha acabado siendo un aliado de excepción de cara a aquellos aficionados que han seguido desde hace mucho tiempo caso de Ricard, quien guardó nuestras espaldas en ambos conciertos, en primera línea de un mar de sensaciones que revolucionaron nuestros corazones de oro a Neil Young por distintos puntos del planeta tierra. Precisamente, en la camiseta del genio norteamericano lucía la palabra «Earth» en sendos conciertos, una manera un tanto subliminal de publicitar su disco que ha salido en el mercado estos días, con una diatriba sobre la tecnología mp3 en forma de bonus tracks que puede resultar ciertamente indigesto para aquellos centrados en exclusiva en degustar el contenido musical de un cancionero que ha superado con creces los quinientos temas. Una pequeña porción pero significativa de ese descomunal cancionero estuvo al servicio de un público entregado en esa noche de luna llena en la capital madrileña Neil Young al poco de iniciar el concierto, señaló con el dedo índice de su mano diestra al planeta más cercano de la Tierra, a modo de presagio de esas good vibrations que dirían los Beach Boys, al igual que los pocos miles de espectadores que abarrotaron el recinto del Poble Espanyol cuarenta y ocho horas después de aquella primera toma de contacto. En esa segunda noche, apostados Esther Solías y un servidor en primera fila en el front stage, pude calcular a vuela pluma que llegamos a estar a unos siete metros de distancia de Neil Young, el hombre que unió nuestros destinos como si de una epifanía se tratara. Otra vez ese número siete que me permitió captar (tapé el flash por "error") con la cámara una imagen que define a Neil Young, la de un artista que muestra su cara oculta. Allí se esconde el secreto de su longevidad, de su constante capacidad por reinventarse y de que siga aflorando una música que resiste como una roca el paso de los años, agarrándose a la misma nuevas generaciones que, en una buena proporción, empezaron a saber del genio de Toronto a partir de ir saboreando las esencias de su séptimo disco (si contabilizamos su disco con Crosby, Stills & Nash, Déjà vú, y sus tres discos con Buffalo Springfield, además del recopilatorio de la banda coliderada por Stephen Stills y Richie Furay), Harvest (1972), bien representado en la selección de canciones (“Heart of Gold”, “Alabama”, una pieza que sonó de manera sublime en sendos conciertos, y “Words (Between the Line of Age”)) que brillaron en esas noches con una temperatura ideal en las que soplaba una leve brisa, anuncio de un verano que para Promise of the Real y Neil Young significará el cierre de su gira europea. Mientras tanto, seguiré soñando con ángeles, aquellos capaces de proyectarme sobre un escenario imaginario siendo el séptimo componente por detrás de Lukas Nelson (guitarra y voz), Corey McCormick (bajo), Anthony LoGerfo (batería) y Tato Melgar (percusión) el cuarteto que conforma Promise of the Real, Micah Nelson (bajo, órgano y voz) y sobre todo Neil Young. Desde el plano de la realidad, Young tomó la pastilla psicodélica para poder mantener un ritmo in crescendo que culminaría en la Ciudad Condal con una magistral interpretación de “Cortez the Killer”, el tema de Zuma (1975) que vino a "substituir" en el set list al de “Like a Hurricane” en el concierto anterior celebrado en el estado español para satisfacción de Norberto de la Mata, «capitán Young», a quien tuve el placer de reencontrarme en esa noche mágica tras siete años, esta vez con la compañía de su mentor y tío, el leonés Luís de la Mata.     



domingo, 12 de junio de 2016

EL PRINCIPAL ALIADO DEL PARTIDO POPULAR, LA IGNORANCIA: CRÓNICAS DEL 26-J (I)

Mientras en el estado español, a las puertas del verano de 2012 se empezaba a evidenciar que las promesas de bajada de impuestos propagadas a los cuatro vientos por el PP (Partido Popular) caían en saco roto, asumiendo una vez instalados en el poder con mayoría absoluta precisamente lo contrario, un catalán ilustre llamado Jordi Savall recibía el premio Léonnie Sonning Music por el conjunto de su trayectoria profesional. Aún afligido por la reciente pérdida de Montserrat Figueras, su colaboradora y compañera sentimental por espacio de más de cuarenta años, Savall, a instancias de un periodista de El País que le realizó una entrevista telefónica acertó a mostrar su gratitud para con los organizaciones del prestigioso premio instaurado en Copenhague y, a renglón seguido, reflexionar en torno a la importancia que se concede hoy en día a la creación artística en el marco de sociedades teóricamente avanzadas como la nuestra. Así pues, el violagambista Savall sentenciaría que «el peor enemigo del ser humano es la ignorancia», una frase que bien hubieran podido suscribir otros ilustres premiados con el Léonnie Sonning Music en ediciones anteriores, como Benjamin Britten, Leonard Bernstein o Daniel Barenboim. Esa misma ignorancia que llevaría a un pueblo o más bien dicho al crisol de pueblos que conforman España a dar por bueno que los programas electorales de los partidos políticos representan una suerte de Sagradas Escrituras con apelación a ser cumplidas a rajatabla una vez alcanzado el poder sopena que en los siguientes comicios les pase una factura prácticamente imposible de asumir.
    Desde entonces han pasado muchas cosas en el estado español (incluida la renuncia del propio Savall en 2014 a recibir el Premio Nacional de la Música por parte del gobierno español al entender el poco valor que se le sigue concediendo a la cultura, reflejado en las partidas presupuestarias), pero la ignorancia sigue siendo el principal aliado para que el miedo penetre en la corteza cerebral de millones de personas que siguen a pies juntillas el mantra de que al partido que antaño confiaron su voto —el PP, of course— representa la salvaguarda de la «certidumbre, la moderación y la seguridad frente a los radicales y extremistas» (Mariano Rajoy dixit), amén de ser los principales valedores de la preservación de la unidad del estado español con permiso de Ciudadanos (C’s). Por arte de magia, Jorge Moragas, el director de campaña del PP de cara a las elecciones generales del 26-J (toda vez que se evidenciaría el fracaso de los comicios del 20-D a la hora de articular una serie de alianzas que dieran como resultado de la ecuación la formación de un gobierno más o menos estable), ha evitado que la palabra corrupción se cuele en los discursos preceptivos de los hombres y mujeres que lideran un partido carcomido por la misma. Sus dirigentes tienen la certeza que la bandera de la ignorancia ondeará con fuerza en ese 26 de junio marcado en azul por parte de simpatizantes que impelidos a evitar un avance inexorable del enemigo a batir en esta ocasión –Unidos Podemos (una vez llegado a un acuerdo con Izquierda Unida / IU)— depositarán su voto con o sin la pinza puesta. Aquella pinza que cabría llevar guardada en el bolsillo de un pantalón o de una falda si vieran más allá de esas imaginarias orejeras que les han hecho comulgar con esas ruedas de molino en forma de manifestaciones de la cúpula del PP y subalternos adscritos a los medios de comunicación, entidades bancarias y demás, dando a entender explícitamente que Unidos Podemos, de llegar a presidir el gobierno, podría suponer un peligro para la democracia (sic). Acorralados por los casos de corrupción que afectan al PP y saltan a los medios de comunicación todas las mañanas del mundo tomando prestado el título de la película francesa cuya música nos revelaría a muchos de nosotros el conocimiento del nombre de Jordi Savall— desde hace años, la estrategia diseñada en la sombra por Moragas y Pedro Arriola, el asesor principal de Mariano Rajoy, parece clara. Puede que el PP gane los próximos comicios del 26-J porque juega con las cartas marcadas verbigracia de esa píldora de la ignorancia que inhibe la capacidad de reflexión de gran parte de un electorado ubicado en la franja de la (ultra)derecha. Pero espero y deseo que la capacidad de reflexión se apodere de una izquierda (Unidos Podemos) y de un centroizquierda (PSOE) para llevar a cabo unas políticas capaces de satisfacer a la inmensa mayoría de la población española (con sus distintas identidades nacionales) y por ende, contribuir a revertir las políticas de la Unión Europea dictadas desde las cancillerías alemanas que han sido ajenas al sufrimiento de tanta gente, sobre todo del sur del viejo continente. De no ser así, vaticino que será el principio del fin del PSOE en su definición "totémica", un partido que debe soltar lastre si quiere sintonizar con un electorado joven que sí ha conquistado Podemos con un programa elaborado por personas que se sitúan a las antípodas de la ignorancia, aunque sus propuestas no resulten del agrado de muchos de mis paisanos.

martes, 7 de junio de 2016

«ASESINO EN LA CATEDRAL: UN NUEVO MISTERIO PARA GERVASE FEN» (1944), de EDMUND CRISPIN: CAMINO A TORLNBRIDGE

A los cincuenta y seis años podría considerarse una edad óptima para haber alcanzado una cierta madurez creativa en aras a perseverar en el ejercicio de la literatura, de la composición musical e incluso en calidad de antologista. Tres disciplinas que rara vez se dan cita en una misma persona, pero que tienen en Robert Bruce Montgomery (1921-1978) el valor de la excepción, si cabe aún más para alguien cuya vida se apagó definitivamente a punto de haber alcanzado los cincuenta y siete años, sumido en los últimos coletazos de su existencia en un cuadro de alcoholismo galopante. Una “debilidad” que le acompañó durante décadas, a modo de estímulo externo para con una actividad creativa que cabalgó entre la composición de bandas sonoras para la industria cinematográfica británica y la escritura de novelas, en este caso, bajo el seudónimo de Edmund Crispin.
Noventa años después de su prematura muerte, el sello Impedimenta se avino a publicar por primera vez en el estado español una novela escrita por Crispin, La juguetería errante (1946), con una acogida entre el público lector que invitaba a repetir el operativo con otro título de la serie consagrada al taimado detective Gervaise Fen. En el periodo de un lustro Impedimenta ha publicado un total de cinco novelas que llevan la rúbrica de Crispin y que tienen en Gervaise Fen su personaje medular. De esta forma, a El canto del cisne (1947), Trabajos de amor ensangrentados (1948) y El misterio de la mosca dorada (1944) le ha sucedido Asesinato en la catedral (1945), una de las apuestas del sello madrileño de cara a ser degustada en el verano del año en curso por parte de lectores con cierta inclinación por las novelas de misterio salpimentadas de un sutil sentido del humor. Un sentido del humor que incrimina a la comunidad universitaria con la que estuvo relacionada Montgomery en su etapa estudiantil allí donde arraigarían los lazos de amistad con Kingsley Amispero también con una considerable representación de escritores y/o dramaturgos (M. R. James, William Shakespeare o D. H. Lawrence, ya presente en algunas líneas de diálogo de La juguetería errante) a los que involucra en sus ficciones literarias con un tono que bascula entre el tributo y lo jocoso a través de los diálogos que sostienen personajes principales y/o secundarios de una función deliciosamente narrada a lo largo de sus trescientas páginas. Digno de una tesis sería el estudio de la influencia de la composición musical para cine (la mayoría de antologías glosan su importancia en este campo en la serie de films bajo el genérico Carry On, aunque representa parte de una producción que advierte una cierta propensión por historias sobre el mundo de la infancia, adolescencia y juventud) en la forma peculiar de narrar su serie de novelas de misterio concentradas sobre todo en los estertores de la Segunda Guerra Mundial y en los inmediatos años de postguerra. Un fondo bélico que apenas tributa en el espacio de una novela como Asesinato en la catedral, cuya mejor virtud radica en equilibrar la finura humorística (no exenta de cierta socarronería) con ese laberinto que acaba convirtiéndose en una investigación criminal precedida de una cadena de fatales accidentes. La puerta de salida del mismo se sitúa alejado del epicentro de Torlnbridge, allí donde concurren episodios que mueven al despiste al metódico Gervaise Fen, quien ejerce la cátedra de la deducción mental partiendo de la premisa que no existe el asesinato perfecto. Sin duda, las historias de Gervaise, profesor universitario que simultánea este trabajo remunerado con su afición por las pesquisas detectivescas, hubieran podido ser un material de interés para Alfred Hitchcock una vez asimilado al formato televisivo a principios de los años sesenta—  pero sin renunciar aún a una actividad (cada vez más dilatada en el tiempo) en el ámbito del cinematógrafo. No obstante, el rastro de Edmund Crispin iría perdiéndose en los meandros de una literatura habitada de figuras (seudo)detectivescas, buscando en ese eventual “anonimato” una nueva máscara con el que combatir el tedio de una vida demasiado dependiente del “factor etílico”. De tal suerte, Edmund Crispin actuó de crítico literario para periódicos de tirada nacional y exhibió sus dotes de erudito con la concreción de Best of SF (1955), pórtico de entrada a varias antologías dedicadas a la ciencia-ficción hasta completar un total de siete, dos números por debajo de los títulos protagonizados por Gervaise Fen, cuyo personaje surgió de la lectura de la novela de Michael Ines Hamlet, venganza. Ese sería el singular talismán de Edmund Crispin, al que colocaría en el centro de unas novelas que devienen una invitación expresa a integrarse en el programa de actos de la joie de vivre de cada uno de nosotros, eso sí, a costa de un reguero de asesinatos que esconden extrañas motivaciones, inclusive de orden sobrenatural con apelación directa a la brujería en los dominios de Tornlbridge...




sábado, 21 de mayo de 2016

DALTON TRUMBO (1905-1976), HACIENDO "INVENTARIO" TRAS 40 AÑOS DE SU MUERTE

Durante los primeros años de mi juventud, esto es, la década de los ochenta, raro era el día que no había un descubrimiento que debía anotarse al margen de las páginas que conforman ese libro vital que cada uno de nosotros vamos construyendo. De tal suerte, en ese periodo de mi existencia el interés por la figura de Dalton Trumbo (1905-1976) arraigaría con fuerza a partir de reparar en el contenido de una película como Johnny cogió su fusil (1971) que emitieron por televisión en horario nocturno. Trumbo ejercía de director-adaptador de su propia novela, que quise leer pero no acerté a adquirir un ejemplar de la misma dado que parecía por aquel entonces una obra condenada a la "clandestinidad" o, cuanto menos, pasto de esas librerías de viejo donde cualquier búsqueda se convierte en una operación propia de un arqueólogo. En cualquier caso, el nombre de Trumbo había quedado grabado a fuego en mi memoria por cuanto ese ideario antibelicista mostrado con toda su crudeza crítica a través de la tragedia experimentada por el soldado Joe Bomham respondía a la perfección al mío propio. Algo similar a lo ocurrido cuando puede ver por primera vez en 1987 el film prohibido durante el franquismo de Stanley Kubrick, Senderos de gloria (1957), en que perfectamente hubiera cuadrado en sus créditos el nombre de Dalton Trumbo en calidad de adaptador de la novela homónima del canadiense Humphrey Cobb. No era de extrañar, pues, que la conexión Kubrick-Trumbo-Kirk Douglas tuviera lugar con la macroproducción Espartaco (1960), el film que junto a Éxodo (1960) propició el restablecimiento del nombre del guionista y novelista (ya sin el ardid de emplear seudónimos) de cara a la industria cinematográfica después del via crucis que había significado su inclusión en la lista negra auspiciada por los responsables de esa santísima inquisición que hacía llamarse Comité de Actividades Antiamericanas. En palabras de Sidney Lumet (alguien con el que Trumbo parecía condenado a haber colaborado pero nunca se dio la circunstancia para ello), la caza de brujas era lo más cercano al fascismo que se había apoderado de la sociedad estadounidense en la centuria pasada. Trumbo la combatió con todas las armas que tuvo a su disposición, la principal de las cuales resultaba ser una máquina de escribir que tecleaba de manera incesante hasta quedarse, en ocasiones, al borde de la extenuación. Su compromiso por mantener a flote a su familia (valga el juego de palabras con un amago de ironía) le llevaría a colocar su cuerpo en remojo en una bañera a la vieja usanza para paliar sus dolores de espalda mientras su privilegiado cerebro seguía emitiendo señales para que sus dedos ejecutaran aquel plan maestro consistente en llenar infinidad de hojas de papel en forma de guiones, haciendo algún que otro alto en el camino en atención a cultivar su verdadera vocación, la de escritor de novelas. 
    En este 2016 que se cumplen cuarenta años de la muerte de Dalton Trumbo, me he reencontrado nuevamente con su figura creativa pero también con la vertiente humana revelada por el libro de Bruce Cook editado por Navona en lengua castellana. En la portada del mismo luce la imagen de Bryan Cranston en virtud de que este extraordinario actor se colocaría en la piel del controvertido guionista y literato para una producción que le ha valido una nominación al Oscar en el año en concurso. En la ficción cinematográfica, para todos aquellos que hemos mostrado una particular atención para con Dalton Trumbo, podemos hacernos una composición de lugar sobre una forma de ser que dista de un tratamiento netamente hagiográfico. La tesis servida por el director Jay Roach y el guionista John McNamara va encaminada en dibujar una personalidad compleja, pero con una inquebrantable voluntad por mantenerse firme en sus convicciones ideológicas. Nada baladí en ese nido de víboras que se convirtió casi desde su fundación la Meca del cine y que acabaría dejando en la cuneta a numerosos talentos simplemente por su fidelidad a un ideario progresista que casaba poco con la mentalidad de determinados inquisidores caso de J. Parnell Thomas o Joseph McCarthy. A diferencia de muchos de sus colegas, Dalton Trumbo pudo sobrevivir a aquel akelarre y ser distinguido como un referente para futuras generaciones, además de poseer entre su prolífica contribución al mundo de la cultura una obra que el paso del tiempo no ha hecho más que reforzar su condición de clásico contemporáneo de la literatura. Una obra que, a rebujo del estreno de Dalton Trumbo: la lista negra de Hollywood (2015) y de la pieza literaria de la que presuntamente parte, escrita por Cook, ha tenido ocasión de leer por primera vez en su edición asimismo a cargo del sello Navona bajo un título´traducido, Johnny empuñó su fusil, con una ligera variación respecto al de estreno de su adaptación al celuloide. Una pieza cinética que me despertó el hambre por el conocimiento sobre aquel taimado personaje nacido en los albores del siglo XX en una localidad del estado de Colorado y que, a día de hoy, sigo procurando mi admiración, más aún si cabe al ir profundizando sobre un legado realmente impresionante en términos de calidad y cantidad, parte del cual presumo nunca llegará a ver la luz, como la serie de cinco novelas sistemáticamente rechazadas por editores previa a la publicación de Johnny Got His Gun a las puertas del estallido de la Segunda Guerra Mundial, donde ofició de soldado en el cuerpo de aviación de los Estados Unidos de América.     

sábado, 12 de marzo de 2016

CINEMES MÉLIÈS EN SU VEINTE ANIVERSARIO (1996-2016): UN RENDIDO HOMENAJE

A medida que Barcelona y su área metropolitana asistía a una progresiva desaparición de los denominados cines de barrio, en el último tramo del siglo XX la Ciudad Condal registraba la apertura de salas dedicadas a la versión original. Ciertamente, existía un déficit de salas que ofrecieran versiones en las lenguas para las que fueron concebidas un sinfín de producciones de múltiples nacionalidades, máxime en una ciudad cada vez más cosmopolita donde el tránsito de turistas se contabilizaba ya en aquellas fechas por millones. Quizás ese ímpetu por corregir una auténtica anomalía enquistada en el sistema de la exhibición y de la distribución española por mor del franquismo se debió a la celebración del centenario del cine en 1995. Sea como fuere, los que amamos la versión original podíamos elegir entre las recién creadas Icaria Yelmo (a día de hoy, un total de diez salas de distintas proporciones) en el epicentro de la zona olímpica donde se alojaron los deportistas años atrás, el nuevo complejo de Salas Verdi que daban a la calle Castillejos, y los cinemes Méliès, en la céntrica calle Villaroel (nº 102), una de las más largas de la Ciudad Condal. Afortunadamente, el parque de la versión original se ha ido ampliando de un tiempo a esta parte conforme a iniciativas que han ido arraigando en localidades adyacentes a Barcelona como Sant Cugat donde Cinesa ha aparcado la política de la exhibición de películas dobladas, a modo de prueba piloto de lo que nos puede deparar el futuro a corto y medio plazo. Asimismo, Phenomena favorece la VOSE con una oferta generosa de propuestas que viajan en el tiempo a los años de esplendor del Movierecord y que alcanzan hasta nuestros días con proyecciones de producciones que arrastran consigo una importante afluencia de público. Un cine, Phenomena, acondicionado con los ropajes propios de las salas de los años 70, ubicado donde estaba el cine Nápoles, cerca de la Sagrada Familia. Allí estuvo empleado durante unas temporadas Daniel Cantón. Lustros más tarde, Daniel Cantón se ha significado como la cara visible de los cines Méliès, que en diciembre de este año cumple su veinte aniversario. Lo hace con una programación guiada por la calidad, compaginando estrenos de la semana con la recuperación de películas en tránsito de salir de la cartelera u otras con la voluntad de encontrar su "sitio" y que el boca-oreja juegue a su favor. Cierto que, de vez en cuando los Méliès han programado en lo que llevamos de siglo XXI diversos clásicos o títulos de culto, sobre todo concentrado en los periodos estivales, una dinámica que había sido el leit motiv de las primeras etapas de la sala barcelonesa creada por Carles Balagué (posterior a su etapa igualmente vinculada a los cines Nápoles donde trabajó durante un periodo con el propio Daniel Cantón), cineasta, escritor y crítico cinematográfico, al que muchos estamos en deuda por esa valentía a la hora de enfrentarse a un negocio tan incierto nacido de una pasión desbocada por el Séptimo Arte. Solo así se entiende que Balagué ideara un hall habitado por los rostros de numerosos directores en fotografías en blanco y negro, la emulsión predominante en la primigenia programación de los Méliès de la que fui un devoto seguidor. Centauros del desierto, Winchester 73, El hombre del Oeste, América, América, Atrapa a un ladrón, Noches blancas... y así hasta completar una lista de casi cien títulos serían los que, calculo, haber visto en los Méliès en aquel periodo finisecular. Copias inmaculadas extraídas del catálogo de Cooper Films que disfruté en aquellas tardas aptas para saciar mi amor por el cine clásico. Un templo para la cinefilia del que sigo disfrutando con producciones recientes, pero presididas por el buen gusto de Carles Balagué y su reducido equipo del que forma parte Daniel Cantón, una de esas personas excepcionales que tan caras son de conocer a lo largo de la vida. Larga vida es la que deseo a los Méliès, al que contra viento y marea, sigue aferrado a su voluntad por ofrecer un cine distintivo de calidad con precios acomodados a los bolsillos de espectadores de clases, en su mayoría, azotadas por una crisis que parece perpetuarse. Sirvan estas líneas de modesto homenaje a estas pequeñas grandes salas de cine de nuestra querida Ciudad Condal, situada, como diríamos los catalanes, en el rovell de l'ou de Barcelona, a escasos tres minutos de la línea 1 del Metro Urgell. 

http://www.meliescinemes.com/