jueves, 11 de junio de 2015

«BREAKING BAD», TEMPORADA 1 Y 2 (2008-2009): WALT & JESSE, CUESTIÓN DE QUÍMICA

Ante el alud de series de televisión de calidad que han surgido en los últimos quince o veinte años resulta una tarea difícil la elección. Sin el estímulo propio de un seriófilo o seriófago que, de manera inopinada, destina la franja nocturna a ver uno, dos o tres capítulos (si se tercia) diarios entre semana y presumiblemente también durante los fines de semana, a sugerencia de Antònia Pizà (alguien que conoce particulamente mis gustos en materia cultural) me decanté por ver, junto a mi pareja Esther Solías, Breaking Bad (2008-2013). Iba con la mirada límpia, desconociendo la práctica totalidad del contenido de la serie, salvo algunas de las premisas iniciales. Confieso que los capítulos de arrance de la serie me descolocaron un tanto y en mi subconsciente se iba forjando la idea que los excelentes resultados cosechados, en su globalidad, por A dos metros bajo tierra (2001-2005) distarían de repetirse. Pero pronto esa impresión de contacto sufriría un paulatino giro atendiendo a que el juego comparativo para con Six Feet Under no daba lugar. Si ambas militan en la Categoría de Honor de la Liga de las Series Norteamericanas concebidas en el presente siglo las tácticas empleadas por el equipo comandado por Michael Ball y el de Vince Gilligan difieren ostensiblemente. Dos temporadas han bastado para certificar que Gilligan, el alma mater del proyecto producido por la cadena televisiva AMC (siglas de American Movie Classics), trabajaría sobre un diseño táctico armado con una línea defensiva rocosa (un cuerpo de secundarios de contrastada solvencia, del que destaca el carisma del miembro de la DEA Hank Schrader/Dean Norris) y un par de estiletes arriba, Jesse Pinkman (Aaron Paul) y Walter White AKA Heinsenberg (Bryan Cranston) que se adueñan (por separado o formando parte) del 80-85 % de las escenas de un total de veinte episodios. Al cabo, Jesse y Walt demuestran que saben rematar la jugada interpretativa desde distintas posiciones (dramáticas, cómicas y/o tragicómicas), facultando a que el resultado final imaginado en la pizarra de Gilligan y su equipo de colaboradores fuera favorable a sus intereses. Esa «extraña pareja del siglo XXI» a la que alude Gilligan, en tono jocoso, en una de las entrevistas incluidas en la edición en formato digital editada por Sony de Breaking Bad daría cara a los espectadores, por consiguiente, muchas noches de gloria a una serie que, como A dos metros bajo tierra, alcanzaría su quinta temporada de emisión.
    En sintonía con lo que entiendo básico a la hora de extraer conclusiones sobre el carácter intemporal de un largometraje de ficción que funciona por capas, es decir, propone diferentes niveles de lectura de lo epidérmico a lo medular—, Breaking Bad nos descubre, en primera instancia, un relato en negro que pivota sobre la vida de Walt White, al que la detección de un cáncer de pulmón estimula a pensar que la cuenta atrás se ha iniciado para el profesor de química de un instituto de Alburquerque (Nuevo México). Producto de la reacción de la desmotivación que conlleva dar durante veinticinco años las mismas asignaturas con una leve variación del temario y de un diagnóstico letal, Walt asume una metamorfosis en su comportamiento; un cambio de muda. Las dotes camaleónicas de las que hace acopio Cranston obran el milagro de hacernos verosímil un personaje desbocado que pone sus conocimientos científicos a disposición de la construcción de un laboratorio rodante (leit motiv de no pocos episodios, algunos instalados en el surrealismo). Junto a Jesse uno de sus antiguos alumnos, no precisamente aventajado, de familia noble Walt se convierte en muñidor de ingentes cantidades de dinero provenientes del narcotráfico a través de la puesta en circulación de una droga sintética de gran pureza. Veinte episodios que, cuál cadena de aminoácidos, forman un cuerpo proteíco de férrea estructura, sin apenas fisuras en su superficie. Poco importa quién haya dirigido cada uno de los equipos para sintetizar semejante proteína televisiva con todo se agradece la presencia tras las cámaras de John Dahl (Rounders, La última seducción), artífice del episodio “Down”, el cuatro de la magistral segunda temporada. Existe, eso sí, un brain man («cerebro»), Vince Gilligan, capaz de trazar con precisión las líneas dramáticas de una serie que progresa merced a la estrategia que una puerta (léase un giro argumental imprevisible) abre otra y así sucesivamente. En esta dinámica ningún personaje Skyler White (Anna Gunn), Walt Jr. (RJ Mitte, poco creíble en su papel de afectado de parálisis cerebral: una de las pocas deficiencias del casting), Marie Schrader (Betsy Brandt) y el citado Hank, entre otrosque se habían posicionado en la línea de salida queda descolgado, manteniéndose o incluso incrementándose el interés por los mismos. A ello cabe añadir la llegada de nuevos personajes mediada o en los estertores de la segunda temporada, en especial el abogado Sr. Gardiner (impagable Dan Desmond), más que un personaje una abstracción de ese mundo de la judicatura al que los guionistas de Breaking Bad lanzan sus dardos envenenados, en proporción similar a los que se sitúan en la diana de la institución sanitaria memorable la secuencia en que Walt Sr. asiste atónito al desglose de la factura impresa por una operación quirúrgica mientras la empleada del centro le coloca en la palma de su mano una chapa con la escueta inscripción Hope («esperanza»), de la gubernamental o de la policial.  Esa última especialmente activa dada la complejidad social propia de una zona fronteriza; rutas de ida y vuelta entre los Estados Unidos y México para dealers, piezas clave en el organigrama de un negocio de elevada rentabilidad económica pero que coloca el miedo en el cuerpo al más pintado. Solo los que no tienen nada que perder se sienten inmunes frente al adversario. Pero las cosas cambian cuando los diagnósticos se equivocan... para bien. ¿Será demasiado tarde? La respuesta se dará con el visionado de las siguientes temporadas de esta serie categoría «A» producida por una cadena más bien modesta que apostó por la propuesta de Gilligan (antiguo guionista de Expediente X) sin fruncir el ceño y dando por válido el contenido íntegro de la misma. Ver para creer.  

miércoles, 20 de mayo de 2015

PISANDO LA «ARENA» DEL NEO PROG ROCK MIENTRAS OBSERVO UN «CIELO AMENAZANTE»

Arena en sala Bikini (Barcelona) el día 17 de abril de 2015.
Foto: Christian Aguilera.
17 de abril de 2015, 20 h oo, sala Bikini de Barcelona. Los sospechosos habituales del (neo) prog rock nos dirigíamos a la entrada de una sala emblemática de la década de los 60 y 70 en la ciudad Condal que desde hace años acoge espectáculos musicales con una cabida nunca superior a los tres centenares de personas. Aforos, por tanto, limitados que se disputan aquellas bandas o solistas nacionales o internacionales que no arrastran consigo masas, por lo general permanecen opacas a la difusión de los medios de comunicación oficiales y se enorgullecen de complacer a una parroquia fiel. Sin contar con los teloneros de rigor, Arena saltaría al ruedo de la sala Bikini minutos antes de las nueve de la noche para brindar un espectáculo de dos horas de duración, especialmente motivados por el hecho de presentar su octavo disco en estudio, The Unquiet Sky (2015), en plena celebración del veinte aniversario de la fundación de la banda británica. En la recta final de la gira, Arena actuaría en tres ciudades del estado español, la primera de las cuales, Barcelona, contaría con un centenar largo de espectadores entregados a la causa de un metal / rock progresivo “incendiario” en algunos pasajes de un show renovado verbigracia de un disco que se presentaba en sociedad y de la presencia del front men Paul Manzi, aún con pocas horas de vuelo en la nave nodriza pilotada por Clive Nolan, a la sazón teclista de Pendragon, y Mick Pointer, ex batería en la etapa primigenia de Marillion. En mi primer contacto en directo con la propuesta de Arena advertí desde la segunda fila que John Mitchell el tercero en orden de reparto de galones en el grupo nacido a mediados los 90 mantenía de inicio una actitud un tanto distante. Luego tuve constancia que sus juegos a la guitarra con fraseos que remiten a la «Escuela David Gilmour»—  demandan del calentamiento pertinente, siendo el bufón Manzi el encargado de encender los ánimos de ese centenar de espectadores, algunos de ellos presumo labrados en mil batallas en la arena del (neo) prog rock, otros procedentes del heavy metal o el hard rock y los menos jóvenes en torno a los dieciocho años, intuyo considerados por sus compañeros de pupitre auténticos marcianos que escuchan y asisten a conciertos de grupos exentos de abalorios y de una potente mercadotecnia, solo guiados por el sentido de hacer la música en la que creen. Más allá de contemplar con una cierta incredulidad los pies desnudos de Mitchell u observar los cambios de vestuario de Manzi en el acto final tocado por un sombrero de copa y ataviado de una chaqueta un tanto raída: la ecuación parecía proyectar la sombra de otro mago de la escena, la de Juan Tamariz, el fundamento orgánico de la música concentraría toda la atención del respetable, llamando poderosamente la atención la riqueza estilística del último trabajo de la banda, The Unquiet Sky. Además del tema que da nombre al disco (sugerido por John Mitchell), otros cuatro temas recién horneados se integrarían en un set list que dejaría a relucir las prestaciones de tenor de Manzi con un cover de Queen.
    De la experiencia vivida en la sala Bikini en una noche primaveral extraigo la importancia de calibrar el verdadero peso de una banda en directo, allí donde los defectos o las virtudes quedan al descubierto sin mediar filtro alguno. Más que ninguna de las bandas del neo prog rock que alcanzan a mi conocimiento, Arena enarbola la bandera de un metal destilado en la trastienda del "alquimista Nolan", que como Tony Banks durante una etapa de Genesis, en su condición de teclista (y en su caso letrista half time) ha asumido las riendas de un proyecto que cumple su veinte aniversario, jalonado por ocho discos en estudio y otros tantos en directo que han merecido edición discográfica. No faltan, empero, los pasajes inherentes a una herencia del rock sinfónico, que cobran una nueva dimensión en la portentosa voz de Manzi, a mi juicio un músico capaz de llevar a Arena a otros espacios estilísticos poco o hasta la fecha jamás transitados por un quinteto con visos a consolidarse si la apuesta del bajista Kylan Amos sale bien parada. Al escuchar over and over The Unquiet Sky llego al convencimiento del enorme fichaje que ha supuesto la inclusión de Manzi, haciendo patente su progresión desde Seven Degrees of Separation (2011). Un recambio que amplia el repertorio vocal de Rod Snowden, quien desde la barrera intuyo que debe asistir con una actitud ambivalente a la (necesaria) evolución de un grupo del que había sido parte activa desde The Visitor (1998) hasta los últimos conciertos en directo celebrados en 2010, a un lustro vista de un año que, a buen seguro, marcará un punto de inflexión de una banda cuyas espaldas asimismo desde el plano metafórico/escénicoestán bien guardadas por los veteranos Nolan y Pointier, “almas gemelas” de un proyecto que quisieron poner en valor en los estertores del siglo pasado y que sigue funcionando con el mismo propósito de enmienda: explorar nuevos territorios del rock sinfónico sin desfallecer en el intento.  

sábado, 11 de abril de 2015

«LA VIDA SOÑADA DE RACHEL WARING» (1982), de Stephen Benatar: LA INSOPORTABLE LEVEDAD DE UN SER LIBRE


Algo poco habitual en el sello Impedimenta desde su creación es variar el sentido del título original, adoptando una traducción que pueda conducir a cierta confusión. En este sentido, el valor de la excepción llega con La vida soñada de Rachel Waring (1982), en detrimento de la traducción plausible de With Her Safe at Home, la segunda de las novelas publicadas del inglés Stephen Benatar (n. 1937). Del personaje epónimo extraemos, a las primeras de cambio, que es el principal activo de una narración que, según confesión de su autor, se inspiró en la película El fantasma y la Sra. Muir (1947), que hubiera podido haber visto cuando contaba diez u once años, pero a buen seguro serían distintas revisiones de la misma que acabarían convirtiéndose en la semilla de una novela alejada de las modas literarias que imperaban en el arranque de la década de los años ochenta.
No resulta demasiado aventurado creer que ese sentimiento de Rachel Waring expresado las páginas del libro que nos ocupa por romper con su entorno afectivo, familiar y de amistades miraba no tan solo se miraba frente al espejo de la Sra. Muir (la maravillosa Gene Tierney) sino también al suyo propio. Una liberación que en el caso del escritor británico tuvo connotaciones de índole sexual, sabedor que esa mentira que era su matrimonio con Eileen Dorothy Bird debía colocar el cierre de común acuerdo. Tardaron en hacerlo casi treinta años, sobre todo debido a la presión ejercida por un entorno familiar que les consideraba un modelo de pareja con cuatro hijos a su cargo. En el ecuador de esta relación Benatar iría tomando forma una obra que vino a refrendar las expectativas generadas con su anterior título, The Man On the Bridge (1981), cuyo tránsito por distintas casas editoriales estuvo a punto de quebrarle el ánimo. Perserverante como pocos, frente las reiteradas negativas a que se publicaran otros de sus manuscritos de ficción, su dicha llegaría con el advenimiento de los ochenta, una década especialmente favorable a las reivindicaciones de los derechos de los homosexuales, aunque en un clima enrarecido por los casos registrados de SIDA. Su decisión de hacer pública su homosexualidad llegaría bien entrada la siguiente década, cuando With Her Safe at Home  empezaba a ser bien valorada en determinados círculos literarios. Al cabo, Impedimenta recibiría “acuse de recibo” de aquel prestigio creciente y lo integraría dentro de un catálogo que sobrepasa con creces los cien títulos y que no tiene parangón entre las editoriales del estado español nacidas en lo que llevamos de siglo XXI. Uno de los aspectos que llaman más poderosamente la atención de La vida soñada de Rachel Waring es que hubiera podido elaborarse en el periodo donde R. A. Dick (seudónimo de Josephine Leslie) dio carta de naturaleza a The Ghost and Mrs. Muir (1944) —material de partida del excelente film homónimo de Joseph L. Mankiewicz—, en pleno boom de escritoras viudas o con sus familiares directos en el frente de batalla, impelidas a una práctica que hasta entonces les había sido vetada. Con este turbulento mar de fondo asomarían no pocos fantasmas. El texto de Benatar razona sobre el firme de un mundo soñado, privativo de un personaje que persigue su propio espacio de realización personal, evitar caer en un estado de depresión larvado por una serie de contratiempos. Ese romanticismo del que hacían acopio Josephine Leslie y sus coetáneas —a su vez, heredaderas de una tradición literaria que arranca a mediados del siglo XIX— queda impregnado en la páginas del texto de Benatar a través de una narración en primera persona que nos ayuda a ponernos en el lugar y en la circunstancia de una dama culta, que continuamente evoca al espacio del cine, de la literatura y del teatro en su oratoria, en sus diálogos o en sus pensamientos íntimos. La ficción, por tanto, es el velo que luce una mujer avanzada a su tiempo, que abjura de la mentalidad provinciana y decide que ese corazón delator guíe su vida. La supeditación al amor no siempre se resuelve satisfactoriamente, pero ello no obsta para que Rachel Waring no ceje en su empeño de experimentar una realidad virtual más propia del siglo XIX y el primer tercio del siglo XX, que del XXI. En esa vida soñada emergen galanes con atributos de príncipes azules, de personajes de opereta, snobs persuadidos por la idea de la impostura, y la imagen acaso “espectral” de Laurence Olivier en el tramo final de la historia, el que había sido partenaire de Vivien Leigh —cuya belleza es comparada con la de la propia Rachel— en El puente de Waterloo (1940). En otro puente londinense cercano se situaría el protagonista de la primera novela publicada por Benatar, ejemplo de constancia en su quehacer profesional/vocacional y gallardía al abrazar en su vejez un deseo tantas veces postergado, el de vivir su propia sexualidad en compañía de John F. Murphy, a la sazón diseñador gráfico de la portada —con la imagen de "Street Ordely Boy" de Donato Barcaglia— de la edición de 2010 de New York Review of Books y que cuenta con una introducción de John Carey, apasionado en su defensa de las bondades del contenido que le precede, al punto de considerarla una de las obras capitales de la literatura inglesa del último cuarto del siglo XX.

lunes, 23 de marzo de 2015

«SUBSTITUTS» / «SECONDS» (1963) de DAVID ELY: UNA NOVELA DE CULTO BAJO UNA «DOBLE IDENTIDAD»

Surgen a diario diversas iniciativas para “reinventar” el sentido de las mediatecas en esa aldea global en la que estamos instalados. Empero, incentivar la lectura sigue siendo uno de los principales objetivos de estos centros,y por ello, en la entrada de los mismas podemos localizar una arsenal de ejemplares de segunda, tercera... o cuarta mano que aguardan a ser “reemplazados” por otros tantos volúmenes de un usuario de la mediateca. En terminología anglosajona asistimos, pues, al fenómeno del bookcrossing con un noble propósito que implique de manera directa a una red de usuarios. Semanas antes de escribir este post, la práctica del bookcrossing me dio una satisfacción que solo puedo evaluar fruto de la casuística cuando unas de las novelas que más ganas tenía de leer desde hacía lustros, Seconds (1963), llegaría a mis manos a renglón seguido de depositar un vieja edición de El padrino de Mario Puzzo a la entrada de una mediateca situada en el Área metropolitana de Barcelona. Pero lo curioso del caso es que no me dí cuenta de este feliz “encuentro” hasta pasado un día, ya que los responsables de la colección La Cua de palla (número 18) de Edicions 62 decidieron alterar el original Seconds por Substituts en un alarde de “inventiva” que llama al equívoco. Un equívoco ampliable al hecho que difícilmente Substituts debiera incluirse dentro de una colección de títulos destinada a la novela negra. Asimismo, su autor, David Ely (n. 1927, Chicago), no ha pertenecido ni por asomo a este género literario y se estrenaría, a efectos de novelista, con Seconds sabedor que su texto editado por primera vez en 1964 en Signet, una división de Random House Mondadori, podría ser “carne” de adaptación cinematográfica. Paramount no tardaría en tender sus redes sobre la obra de marras y, al cabo de un par de años, se estrenaría el film homónimo, rebautizado en el estado español Plan diabólico (1966) y cursando "billete" para su admisión en la “estación” de las cult movies. Veinte años más tarde aparecería de tapadillo en lengua catalana la novela corta de partida, condensada en apenas ciento veinte páginas con una letra minúscula dentro de una colección que no le correspondía. Ni rastro de su edición en lengua castellana, un déficit que solo el paso de los años puede reparar, quizás a la estela de su reedición en inglés en 2013 donde luce en portada los rostros de cinco hombres de idéntica apariencia. El contenido escrito por Ely corrige el significado de esta portada ya que no asistimos a una novela sobre clonación, pero sí sobre la identidad, la que convoca al banquero cuarentón Arthur Hamilton a vivir una nueva existencia con otra apariencia muy distinta (rejuvenecida), reconstruyendo para ello un pasado inventado donde la vocación adolescente de pintor cobra carta de naturaleza en un individuo llamado Antiochus Wilson.
   Seconds representa uno de sus relatos de fantaciencia con trasfondo filosófico-existencial que, si se da el escenario de una hipotética segunda adaptación cinematográfica a cargo de un director de la categoría de David Fincher, vaticino multiplicaría de manera exponencial sus ventas en amazon y otras plataformas virtuales. En la misma presumiblemente Fincher y el guionista contratado de turno podrían sopesar la inclusión de algunos pasajes de la novela desestimados en su momento por el screenwriter Lewis John Carlino y en la mesa de montaje —la secuencia en la que Wilson visita a su hija Sally, recién casada con Sam, médico de profesión—, y por su parte, desestimar la secuencia de la fiesta pagana, un requiebro onírico consignado en la cinta dirigida por John Frankenheimer, pero inexistente en el relato seminal. En tiempos en que empezaba a colarse por la puerta de atrás de los grandes estudios un aire fresco al amparo de la floreciente cultura hippie, la inclusión de la misma guardaría su lógica, dejando patente que la desnudez de los cuerpos de ellos y ellas (bronceados por el efecto de los rayos solares) era un guiño a un sentido de liberación por parte de Wilson en su nuevo relato vital. Con todo, para su adaptación a la gran pantalla, Carlino preservaría la estructura narrativa diseñada por el otrora periodista David Ely. Una estructura circular que alimenta su carácter alegórico, depositario de una orientación visionaria sobre la realidad de una sociedad que convierte a sus individuos en piezas de un engranaje, ausentes de la capacidad de sentir. Another Brick in the Wall. Pink Floyd dixit. Ely no abandonaría ese terreno de la alegoría en un ulterior trabajo, A Journal of the Flood Year (1992), imaginando una nación, la estadounidense, que levanta muros a su alrededor (a pequeña escala el estado de Arizona ya lo haría años más tarde conforme a una medida para frenar el avance de la inmigración ilegal) susceptibles de formarse grietas. Por esas oberturas “naturales” surge la posibilidad de una vía de escape a una realidad que oprime, descubriendo un horizonte de libertad hasta entonces inexplorado por algunos de los protagonistas de la séptima novela de Ely. Una novela distópica que llama a las puertas de su edición en lengua castallana y/o catalana, capaz de poder servir de acicate para la recuperación de Seconds, prensada en la imprenta del conocimiento sobre universos que sirven para calibrar nuestra capacidad de reflexionar sobre nuestro entorno. Un entorno cuya complejidad no ha pasado inadvertida por un autor que sería de justicia (rei)vindicar merced al contenido de una obra propia de un librepensador, licenciado en Harvard que un día decidió aparcar los hábitos de reportero y auxiliar administrativo, y encomendarse a la profesión de escritor de novelas y relatos cortos, a “imagen y semejanza” del cambio operado por su "doble" criatura literaria, Hamilton/Wilson que para su traslación al celuloide adoptaría respectivamente los rostros de John Randolph y Rock Hudson, este último un reclamo publicitario que no le iría nada mal para la carrera comercial de Plan diabólico tras descartarse a Laurence Olivier —la elección anhelada por Frankenheimer y su socio el productor Edward Lewis—, Glenn Ford y Kirk Douglas.  


martes, 3 de marzo de 2015

EL CLAN DE LOS PUJOL: LA OTRA «SENTENCIA». CADENA PERPÉTUA (REVISABLE) DE MENTIRAS Y FALSEDADES

Por efectos del descenso de la natalidad, de un tiempo a esta parte en el estado español se ha considerado familia numerosa el hecho de tener tres hijos cuando esa calificación en los años sesenta, setenta y ochenta se consideraba a partir de cuatro vástagos. A lo largo de catorce años, Jordi Pujol i Soley y Marta Ferrsusola i Lladòs tuvieron un total de siete hijos. Lo que para el común de los mortales (desde la óptica de un país situado en el sur de Europa) hubiera sido que el proyecto de vida de la pareja Pujol-Ferrusola era la educación y el cuidado de semejante prole, en cambio para el patriarca ocuparía un lugar secundario al albur de su compromiso “amb el poble de Catalunya”. Ese, pues, parecía su proyecto de vida, algo que el paso del tiempo ha “matizado” de una manera inequívoca. De hecho, a la luz de la creación de la comisión de investigación sobre los casos de corrupción (especialmente, el caso Pujol) auspiciada por el Parlament de Catalunya y presidida por el miembro de la CUP David Fernández (ejemplar en su cometido hasta la fecha), se ha podido constatar que hemos vivido una gran mentira. La justificación de que Jordi Pujol i Soley se ocupaba “de” Catalunya mientras sus hijos y su mujer jugaban en el patio de atrás a ser empresarios sin otro cometido que prosperar en sus respectivas existencias obedece a una pura farsa. Difícilmente, esas “lagunas” que sigue exhibiendo el pater familias cuando se hace referencia a la actividad profesional de sus vástagos y de su esposa tienen otro sentido que tender una cortina de humo, adoptar una actitud exculpatoria, de blindaje que quedaría dinamitada en mil pedazos el pasado 25 de julio cuando confesó tener una cuenta en el extranjero en virtud de una presunta herencia legada por su padre Florenci Pujol y que no tuvo tiempo de regularizar a nivel fiscal por espacio de más de tres décadas. En ese periodo los miembros del clan prosperarían y de qué manera. El grueso de la familia Pujol podría impartir clases de un máster sobre economía financiera con el objeto de evadir impuestos a través de la confección de empresas interpuestas. Entre los miembros de la familia, el primogénito Jordi Pujol i Ferrusola podría ser el titular de la “cátedra” en esas prácticas llamadas a situarlo como un auténtico “depredador económico” en lugar del autocalificativo que utilizaría ante los diputados del Parlament de Catalunya, el de “dinamizador económico”. Todo un eufemismo en boca de un personaje siniestro al que la inmensa mayoría de los catalanes nunca habíamos escuchado su voz y tan solo teníamos unas imágenes de archivo para asociarlo con su persona.
    Poco o nada me importa del destino judicial que deparará a cinco de los siete hijos de los Pujol y a sus progenitores. Creo que su condena ya está fijada, habiendo llegado a la conclusión que tras escuchar la práctica totalidad de las declaraciones en la comparecencia de Jordi y sus hermanos Pere y Oriol Pujol de los días 23 de febrero y 2 de marzo de 2015 en el Parlament que son unos maestros a la hora de disfrazar la realidad, evitando a toda costa llegar al meollo del asunto. La sombra de la sospecha planea sobre todos ellos porque son personajes de muy dudosa moralidad que utilizaron las puertas que abría su apellido para beneficio personal sin reparar en las consecuencias que ello podría acarrear. Al amparo del cortijo de Convergència i Unió se sustanciaron infinidad de tejemanejes, acuerdos que acabarían beneficiando a ese clan. Si, clan Pere Pujol, el término que mejor se adapta a una familia “benavinguda” (otro eufemismo) que trata de cerrar filas desde el cónclave celebrado el verano del pasado año en la residencia sita en la Tour de Carol (en el Pirineu Catalán), y que rinde cuentas estos meses y los venideros con los tribunales de justicia. Alguien que, como Jordi Pujol i Soley podría recordar detalles de la vida de una familia de un pueblo de la Catalunya profunda difícilmente se le podría escapar que no estuviera al cabo de los movimientos de sus vástagos. Ese nido de víboras ha ido saliendo del cesto estas semanas para demostrar que aún siguen teniendo veneno,  mostrando la peor cara posible de una familia de estructura jerarquizada a imagen y semejanza de las familias mafiosas con la figura del consigliere, el avvocato y demás individuos que se mueven con destreza en las cloacas de la judicatura para evitar el ingreso en prisión de sus clientes. Las miserias propias de una Catalunya que pretende seguir contando con esos patriotas afines a los Pujol con Artur Mas a la cabeza, el hijo adoptivo del padrino Jordi Pujol i Soleypara construir una nueva idea de país. Escuchando a Meritxell Borràs en representación de CIU en las sesiones de la comisión parlamentaria, si fuera por su voluntad Pujol y su troupe quedarían libres de cualquier acusación, y todo sería Mas de lo mismo pero con un cambio de fronteras y un estatus de soberanía propia, eso sí.   


sábado, 31 de enero de 2015

«SIN MIRAR ATRÁS» (2015) de RAFA BLAS: A RITMO DE R&B, MÁS ALLÁ DE LA VOZ

Decía el compositor de cine Jerry Goldsmith que la voz es el primer instrumento, el que permite un mayor arco de expresiones emocionales con los que repercutir sobre una determinada creación musical. Al respecto, el primer disco compacto del albaceteño Rafa Blas, Mi voz (2013), representaría una declaración de principios, surgido al albur de la caja de resonancia que conllevaría su paso por el programa televisivo La Voz, de la que saldría victorioso en su edición de 2012. Una primera prueba de fuego discográfica que dibujaría un panorama incierto para unos sobre si Rafa Blas pasaba a formar parte de ese pelotón de imberbes cantantes con ganas de comerse el mundo pero que acaban convirtiéndose en artistas efímeros. Buena parte de esas dudas se empiezan a despejar en el horizonte artístico de Rafa Blas con la publicación de Sin mirar atrás (2015), en virtud de una aprendizaje preñado de modestia que le ha hecho ver de la importancia de rodearse de músicos tocados por la excelencia como Fernando Varela y Juan Saurín que, además, en el caso de este último se desdobla en facetas de productor. Trece canciones (con una suerte de bonus track, una versión orquestal de “Quijote”) jalonan este segundo disco compacto que levanta acta de esa proverbial voz de Rafa Blas, la propia de un auténtico contorsionista capaz de bascular entre los registros del heavy-rock (“Soy yo”) y los de la canción melódica acunada por la carga de profundidad nostálgica de Miguel Gallardo en una versión pluscuamperfecta de  “Hoy tengo ganas de ti”. Una obra maestra en su ejecución vocal que en su entramado compositivo desliza influencias de Led Zeppelin, las mismas que se detectan en el otro de los covers del disco, “Getsemaní”, tema extraído del musical Jesucristo Superstar concebido por Andrew Lloyd Weber, en que Blas parece imbocar por momentos con sus cuerdas vocales bien tensadas a uno de los Dioses del firmamento rockero, Robert Plant. Inevitablemente, en alguno de sus futuros discos está llamado a versionar “Stairway to Heaven”, máxime si sigue contando con la ejemplar capacidad de Saurín y Varela por modular esas escalas musicales que razonan en Sin mirar atrás de una variedad y de una riqueza difícil de encontrar en un disco actual formulado para satisfacer a un público lo suficientemente amplio para rentabilizar el operativo. Solo cabe atender a las diferentes formas de introducir instrumentalmente los temas para apercibirnos de la compleja elaboración de un disco que contaba de antemano con la fuerza suprema de la voz de Blas, direccionada hacia diferentes espacios genéricos, aunque en casi todas las canciones la huella primigenia del heavy queda constancia en ese camino donde no caben las lamentaciones y esas miradas hacia atrás. La vitalidad y la esperanza devienen la tónica de unas letras trenzadas sobre una base simple, exenta de pretensiones intelectuales (con algún que otro requiebro vindicativo: ¿no será "Grita" un guiño sociopolítico a la formación de nuevo cuño Podemos?) que abonan el terreno a una popularidad en auge de su cantante y cocompositor, consciente de sus virtudes y sus limitaciones. Las mismas que presumo servirán de acicate para que vaya creciendo a partir de abrirse a la hora de escuchar otras voces no necesariamente nacidas del erial del rock en sus múltiples derivaciones sino también de otras expresiones artísticas (literatura, teatro, cine, pintura, etc.). Entonces, Rafa Blas mirará hacia adelante para acabar siendo una de las referencias musicales de nuestro país, “un Quijote de este nuevo tiempo” tocado por una voz que se la disputarían los ángeles del infierno pero asimismo los ángeles celestiales. Un artista, en definitiva, que ha nacido para quedarse, a ritmo de R&B, esto es, de Rafa Blas, emblema de calidad en ese caudal emocional al que aludía al principio del texto y arropado por músicos que le elevan un peldaño más hacia esas escaleras al cielo donde situamos a los grandes del firmamento musical de nuestro país, territorio de quijotes, el mismo que pisan los temas de cierre de Sin mirar atrás. Una hora larga para dejarse llevar por las sensaciones lleno de colorido musical que han sabido calibrar de manera acertada la dupla de productores Saurín y Pepe Herrero, y que debería reforzar el ánimo de los abnegados miembros del club de fans de Rafa Blas, con mención especial para Silvia Solías, quien me puso sobre la pista de este portento de músico de apariencia un tanto intimidatoria, pero a juzgar por muchos, de una bondad infinita.          


martes, 27 de enero de 2015

PODEMOS RECORDARLO POR UD. AL POR MAYOR: EL FENÓMENO «PHENOMENA»

Hace algo más de tres años recibí una notificación sobre la presentación de un nuevo proyecto denominado Phenomena, tomado prestado del título de la película dirigida por Dario Argento en 1985. El planteamiento de base era recuperar títulos en pantalla grande que formaron parte del imaginario colectivo de una generación. A bote pronto, la propuesta me parecía condenada al fracaso atendiendo a que las reposiciones prácticamente habían desaparecido de las carteleras y los datos sobre la asistencia a la Filmoteca de la Generalitat de Catalunya (con una nueva ubicación en pleno barrio del Raval de Barcelona) no ofrecían la medida de un repunte al alza de la cinefilia. Para mi sorpresa, a través de facebook pude contemplar una imagen de cómo la cola generada con el pase del "programa doble" compuesto por Tiburón (1975) y Alien, el octavo pasajero (1979) en el cine Urgell daba la vuelta a la manzana. Nacho Cerdá, el impulsor del proyecto, había dado en la diana. Transcurridos tres años desde entonces, una vez "fidelizado" a un público entusiasta parecía que las cuentas salían para invertir en un proyecto mucho más ambicioso al albur del inusitado éxito de las sesiones mensuales de Phenomena registradas indistintamente en Barcelona y Madrid. El cierre de los cines Urgell con un aforo apto para más de 1.400 personashabía precipitado el peregrinaje de Phenomena por otros cines de la Ciudad Condal. Así pues, Nacho Cerdà y su equipo capitularon y se embarcarían en la necesidad de remodelar el cine Nápoles, situado cerca de la Sagrada Familia, y casi en tiempo récord a diferencia de la majestuosa construcción ideada por Antoni Gaudípodíamos leer en la marquesina de los cines el título de Phenomena. Acompañado de la liturgia pertinente, el pistoletazo de salida se dio el pasado 19 de diciembre de 2014, volviendo a programar, a modo de talismán, Tiburón Alien, el octavo pasajero. Los medios de comunicación locales se hicieron eco del evento, desprendiéndose de las entrevistas que le hicieron a Cerdà un sentimiento ambivalente: por una parte, el orgullo de haber sido el factotum del proyecto, y por otro, el que si el mismo fracasaba, le llevaría a citarse más veces de las necesarias con las entidades bancarias.

    Cuando equivoqué el pronóstico en torno a la acogida de la primera proyección de Phenomena no tuve en cuenta el factor de la nostalgia que, por una hora y media o dos horas, podía devolver a los espectadores del cine Urgell a una suerte de “regreso al pasado”. Principalmente, este mecanismo de razonamiento obedece a que soy una persona que siempre tiene puesta la mirada en el presente y en el futuro, y rara vez me dejo seducir por los cantos de sirena de un tiempo pretérito por muy satisfactorios que hayan resultado. Ello no es óbice para seguir tratando a las personas que han formado parte de mi vida, en virtud de calibrar hasta qué punto todos nosotros hemos ido evolucionando y madurando. En cambio, los asistentes a esa sesión de Phenomena perseguían un viaje en el tiempo, cuando el placer del cine se calibraba en términos de una actividad que implicaba a un colectivo y no conforme a un acto onanista que suele ser moneda común (salvo en sesiones concretas) cuando visitamos las multisalas de nuestra ciudad. El título del relato corto escrito por Philip K. Dick Podemos recordarlo por ud. al por mayor inspirador de la cinta Minority Report (2002)hubiera podido servir de eslógan de la campaña viral de los responsables de comunicación de Phenomena. Los tráilers, los anuncios Movierecord, el calor generado por el público, la salva de aplausos durante los créditos iniciales, el decorado de la sala... contribuían a modelar una especie de ilusión colectiva. La ingesta de ese cóctel de imágenes y de sonido se disolvía en la mente de unos espectadores, algunos de los cuales abrazaban la cincuentena, otros se habían instalado en la cuarentena y una nueva generación se sumaba a esta serie de citas mensuales, alentada por el entusiasmo expresado por padres y tíos, o amigos de la familia con vocación cinéfila. Un público heterodoxo que disfrutaba de estas sesiones medida en términos de grandiosidad. Como toda sustancia adictiva que penetra en nuestro cuerpo y afecta al sistema motor de nuestros sentimientos, la experiencia precisaba de repetirse over and over. El éxtasis llegaría con la obertura del remodelado cine Nápoles que había hechado el cierre tiempo atrás, incluido un vestíbulo de aires retro a juego con la propuesta del sello Phenomena. Esa misma antesala en la que me había citado con Nacho Cerdá el día 17 de enero de 2015, al filo de las nueve de la noche, para la presentación del libro sobre Jerry Goldsmith publicado por T&B Editores recientemente. Al cabo, me dirigía a un centenar de personas que ocupaban las partes centrales de un aforo que cuadruplicaba esa cifra de asistentes. Lo primero que hice fue preguntar cuántas personas conocían la existencia del libro. Solo cuatro o cinco personas alzaron las manos. Hablé de manera casi telegráfica del contenido del libro, me deshice en elogios hacia la persona de Cerdá y de su equipo, y agradecí al público por haber confiado en una empresa de este tipo. Concluidos los cinco o seis minutos de presentación, Nacho Cerdá se perdió en la oscuridad, a mi derecha, sin apenas mostrar un ademán de gratitud. Dado lo parco en palabras que se mostró, parecía leer en su mente: «haz lo que quieras, me voy a ver la película (Atmósfera Cero) y luego la siguiente (Capricornio Uno)». Los días pasaron y no hubo sorteo de los libros en las páginas de Facebook de Phenomena que llevé para los asistentes a ese «programa doble» Goldsmith-Peter Hyams. Salí solo de la sala sin que nadie me acompañara. Frente a las taquillas me esperaba Esther, mi compañera de viaje. Al salir, alcé la mirada y me recreé en esa palabra mágica para muchos: Phenomena. Luego cavilé. «salvo honrosas excepciones, solo les interesa ver películas, una tras otra, que les devuelva a un lejano pasado. ¿A dónde conduce que les hables de la importancia de la música en películas como Atmósfera Cero o Capricornio Uno?. A nada. Ellos quieren ser niños, adolescentes. Solo eso». Por su parte, ya pocas cosas me sorprenden de la actitud de Cerdá. No se había preparado nada sobre lo que he hecho a lo largo de veinte años en el mundo del cine. Parecía navegar por las aguas de un pasado remoto, sin reparar en el presente, el que debía convocarle frente al espejo de un comportamiento acorde con su edad. El otro fracaso de Phenomena, el que no guarda relación con los números, puede darse si siguen descuidando ese trato afectivo para con personas que hemos contribuido al conocimiento sobre cine en nuestro país, a través de la puesta en funcionamiento de webs, escritura de libros, publicación de revistas, artículos, etc. No solo las cifras miden el fracaso o el éxito de una determinada empresa. Por tanto, este es mi informe de la minoría de los que seguimos pensando que el conocimiento del cine no proviene solo de ver películas sin solución de continuidad. Hay algo más o quizás mucho más. 

jueves, 1 de enero de 2015

«EL VIAJE DE SHACKLETON» de William Grill: HACIA LO DESCONOCIDO

Suelo concluir cada año con una lectura que me provoque un sentimiento de estima, de placer por el mero hecho de enfrentarme a semejante ejercicio que alienta el intelecto. Años atrás comenté en este mismo blog un documental de IMAX sobre la hazaña del aventurero Ernest Henry Shackleton (1874-1922) y su tripulación del Endurance. Prácticamente en el último suspiro de 2014 regreso sobre este extraordinario personaje con motivo de la publicación de El viaje de Shackleton, una obra ilustrada del precoz talento británico William Grill que lleva el aval de Impedimenta. Un delicatessen con un formato próximo al tamaño Din A-4, en tapa dura y, por tanto, fuera de los estándares a los que nos tiene acostumbrados Impedimenta, aunque con la participación en la traducción (Pilar Adón) de una recurrente profesional en el sello madrileño. Merecedor del premio New York Times Best Illustrated Books en 2014 y del premio AOL Illustrarion New Talent, El viaje de Shackleton, en el año de la conmemoración del centenario del inicio de la expedición del Endurance a los confines del «quinto continente» viene a sumarse a las publicaciones en lengua castellana sobre tan notable personaje y la proeza que le elevaría a los altares de la fama y sobre todo del reconocimiento popular durante su existencia y posterior a la misma. Endurance, la legendaria expedición a la Antártida de Ernest Shackleton (2009, Planeta de Agostini), de Luis Bustos, Shackleton, expedición a la Antártida (2011, Bambú Editorial), de Lluís Prats, y Shackleton, el indomable (2013, Forcola Ediciones), de Javier Cacho preceden a este libro profusamente ilustrado verbigracia de unos dibujos cincelados por Grill con un estilo peculiar, que parece surgido de “otra época”. Algo más extenso en número de páginas  setenta y cuatro que el cómic-tipo, por ejemplo, de la serie sobre Tintín, El viaje de Shackleton nos invita a un recorrido por el periplo de la expedición del Endurance, abordada un par de años después de la tragedia del Titanic, pero colocando el objetivo en ese continente desconocido, la Antártida, que puso en jaque a la vida de una veintena de aguerridos hombres, alentados en todo momento por Shackleton para que las fuerzas no les vencieran. Una historia pertinente de leer en tiempos en que la crisis a todos los nivelesazota, cuál vendaval, la vida de infinidad de personas, agarrados a una luz de esperanza en plena oscuridad. La oscuridad para Shackleton y sus compañeros de viaje tuvo un color, el blanco (con su infinidad de matices) de un paisaje nevado, gélido, que dominaría durante más de dieciséis meses, de 1914 a 1916, sus respectivas vidas. Mientras en el viejo continente se libraba la Primera Guerra Mundial, Shackleton, Frank Wild, Frank Worsley y tantos otros hasta completar veintisiete expedicionarios, batallarían en esa Antártida que se abría a la civilización en condiciones metereológicas extremadamente adversas. De esa gesta da cuenta un libro excelentemente ilustrado que refuerza si cabe aún más el “compromiso” de Impedimenta por escarbar en todos los rincones posibles de ese crisol de naciones llamado el Reino Unido, con un timbre singular para la narración. Esta vez, la narración se acomoda a unas ilustraciones que muestran individuos con cuerpos desproporcionados en relación a esas cabezas que, como la de Shackleton, maquinaron un proyecto de casi imposible realización. Pero la imperiosa necesidad del ser humano por ir más allá de donde dicta la lógica, movió a Shackleton a decidirse por escapar del conformismo. Él mismo escribió una frase con aliento a una sentencia que descansa en las páginas finales de este galardonado volumen: «Elegí la vida por encima de la muerte por mí mismo y para mis amigos... Creo que está en nuestra naturaleza el deseo de explorar, de adentrarnos en lo desconocido. La única derrota verdadera sería la de no salir a explorar jamás». Ernest Shackleton dixit.