jueves, 14 de febrero de 2019

ESTHER SOLÍAS, LA RAZÓN DE MI VIDA: LA «ETERNIDAD»... Y UN DÍA


«Todo lo que vemos o parecemos es solo un sueño dentro de un sueño»


Edgar Allan Poe (1809-1849)

Hace unos días acudí a la Filmoteca de la Generalitat de Catalunya para ver por primera vez en la gran pantalla Picnic en Hanging Rock (1975). La trama gira en torno a la desaparición el día 14 de febrero de 1900 de cuatro jóvenes procedentes de un internado al adentrarse en las entrañas del Monte Diógenes, en Hanging Rock, situado al sur de Australia. A partir de entonces se las pierde el rastro, procediendo buena parte del metraje a un ejercicio de reconstrucción de los hechos acontecidos en una jornada que debía ser festiva en uno de los enclaves más representativos del estado de Victoria del país austral. La tierra se las tragó y con ello el enigma de Hanging Rock sigue despertando todo tipo de especulaciones, a las que el silencio de Joan Lindsay, la autora de la novela homónima de partida que inspiró la película dirigida por Peter Weir. Sin duda, lo más similar que tenemos en Catalunya del Monte Diógenes deviene la Montaña de Montserrat, asimismo envuelta de un manto de misterio que arranca desde su singular mofología moldeada por sus componentes de origen volcánico. En ese enclave «sagrado» tuve la oportunidad de ir conociendo a Esther Solías, en una de las primeras ocasiones que compartimos una salida. Corría 2013. Meses antes, Esther se había aparecido en mi vida en una tarde de verano en la localidad tarraconense de Torredembarra, a propósito de una convención de fans de Neil Young (el Rustfest en su tercera edición). Fue lo más parecido a un cuento de hadas. Llevávamos unas horas juntos, pero parecía como si hubiésemos permanecido una eternidad juntos. Mirando hacia atrás, si me diesen a escoger mil opciones de cómo quisieras conocer a la compañera de tu vida, sin dudarlo, sería tal como ocurrió aquel 7 de julio de 2012. Sucedió de manera natural. Nos hablamos con los ojos; estábamos en esa zona de recreo en que un niño y una niña se cogen de la mano con la idea en mente que prometerse que cuando sean mayores no se separarán nunca el uno del otro. Al cabo de unos días de aquel primer encuentro nos citamos en diversas ocasiones, una de ellas con la Montaña de Montserrat ejerciendo de testimonio al fondo del cuadro donde dos seres enamorados contaban cada segundo de sus vidas para volver a estar juntos. Transcurridos casi siete años desde entonces, Esther sigue siendo la compañera de viaje que había soñado en esas noches de vigilia; una persona pura de espíritu como la Miranda de Picnic en Hanging Rock, cuya cabellera rubia azotada por el viento va dibujando formas invisibles en el espacio. El título de este blog debe su nombre al título de mi primera novela, El enigma Haldane, publicada en 2011. Un año después conocí a la persona que me ha acompañado hasta la fecha en esa aventura de la vida que cada día te pone a prueba. Pocas cosas tengo seguras, pero no me cabe duda que una de éstas responde al nombre de Esther Solías, la mujer que mejor sabe de mis debilidades y mis fortalezas, junto a mi madre. Cuando vas a pasar una eternidad junto a una persona como Esther solo puedes sentirte un afortunado. A lo largo de esos viajes por Escocia, Italia, Austria, Holanda, Gales y la República de Irlanda han servido para fortalecer si cabe aún más un vínculo que entiendo inquebrantable, en la búsqueda de una felicidad que deviene una de las claves para seguir manteniendo intacta la ilusión y la motivación por avanzar cada día. Si la salud me sigue acompañando no voy a desfallecer, y seguiré firme a la hora de regar ese pequeño jardín llamado El mundo de Haldane que cumple 500 entradas. Todo un hito para un blog que desde marzo de 2008 hace de la difusión de la cultura bandera, y que en el cumplimiento del millar de entradas quiero compartir esta dicha con una persona excepcional, Esther Solías, en el día de los enamorados porque no hay mejor definición del estado anímico de un servidor y de su pareja con la que espero seguir compartiendo infinidad de placenteras experiencias a lo largo de toda una eternidad... y un día.    



martes, 12 de febrero de 2019

«IN MY OWN TIME» (1971) de KAREN DALTON: PAISAJE INVERNAL CON «BLUESWOMAN» AL MARGEN

Lo primero que me llamó la atención de la edición en CD de In My Own Time de Karen Dalton (1937-1993) fue su similitud con la portada del disco epónimo de debut de David Gilmour, quien empezaba a trazar una carrera musical en solitario conforme a la necesidad de salir del ambiente enrrarecido que se respiraba en el seno de Pink Floyd. Habían transcurrido tres años desde que Dalton había fallecido a causa de un cáncer de garganta, aunque asimismo se la diagnosticó de SIDA, siendo uno de los numerosos casos de músicos que aún no habían tenido el arrojo de hacer pública una enfermedad letal por aquel entonces. Al igual que David Gilmour, Karen J. Kariker (artísticamente, Karen Dalton) posa con la oscura melena al viento en el margen del cuadro que presenta una estampa típicamente invernal con una casa de madera al fondo y un árbol despojado de follaje. En esa imagen apaisada apenas podemos percibir los rasgos más volubles del rostro de una mujer de treinta y tres años aclimatada al paisaje rural merced a su condición de oriunda de Enid, localidad de Oklahoma situada en el condado de Garfield.
   De esas esencias blues que inspiraron a Pink Floyd también hicieron lo propio en el caso de Karen Dalton, cuya voz no tardaría en ser comparada con la de Billie Holliday al entrar en la rueda de actuaciones en locales de la escena neoyorquina que de forma tan certera reflejaron los hermanos Joel y Ethan Cohen en A propósito de Llewyn Davis (2013). En aquellos años sesenta Karen Dalton presentaba sus credenciales para recibir la atención del público combinando una voz bluesie con la ejecución de una guitarra de doce cuerdas. Para su segundo y último disco de estudio, Karen Dalton registró un total de diez temas, que incluye una versión del mainstream “When a Man Loves a Woman”--. De tal suerte, se dejó acompañar por una quincena de músicos, entre los que no faltaba el pianista Richard Bell, quien asumió en los años noventa el papel de teclista de The Band. El último «eslabón» de la cadena de teclistas que formaron parte del lineup del grupo canadiense, en cuya formación seminal estuvo su tocayo Richard Manuel. Él fue el autor del tema “In a Station”, a efectos de formato vinilo, el primer tema que suena de la cara «B» del álbum In My Own Time, sembrado de versiones y de canciones tradicionales convenientemente arregladas para la ocasión por ella misma y el productor Harvey Brooks. Una labor adicional a la que ocupó en las sesiones de grabación en los estudios Bearsville Sound Studios y Mercury Sound Studios, en que alternaba la ejecución de la guitarra de doce cuerdas y del banjo con poner a tono esa voz peculiar que captó la atención, entre otros, de Bob Dylan y Nick Cave, artífice de un escrito titulado «An Understanding of Sorrow» para la carpetilla de la edición de The Attic Records. Cave no duda en reconocer que el tema “Katie Cruel” (en que gana protagonismo los acordes al banjo repercutidos por la propia cantante, compositora e instrumentista, en similar disposición que en el tema "Same Old Man") influyó sobremanera en la confección de “When I First Came to Town”, una de las canciones punteras del disco Henry’s Dream. El sueño de Karen Dalton hubiese sido seguir la senda de las grabaciones en estudio de nuevo material, pero su estrella iría declinando con el paso de los años, acusando de manera particular la pérdida del cantautor Tim Hardin, fallecido en 1980. Con él había llegado a consolidar un dúo musical, dejando constancia que su voz, a ratos quebradiza, a ratos tocada de un aliento de melancolía, seguía siendo un polo de atracción para audiencias dispuestas a pasar una velada sientiendo en sus caras una ráfaga de música nacida de las entrañas. Música de esencias folks y blues que se conservan, cuál tesoro en In My Own Time y su disco precedente, It's So Hard to Tell Who's Going to Love You the Best (1969).                  

domingo, 3 de febrero de 2019

«EL INVIERNO DE MI DESAZÓN» (1961) de John Steinbeck: DE RATONES Y HOMBRES EN LA AMÉRICA PRÓSPERA

Al razonar sobre el modelo de sociedad estadounidense que ha servido de espejo para diversos países del orbe mundial nos podemos mostrar ambivalentes. De un tiempo a esta parte semejante ambivalencia se acentúa si cabe aún más al observar a través de distintas ventanas los periódicos, la televisión, internet, las mal denominadas redes sociales, etc.— la falla creada en el seno de una sociedad en que operan los opuestos en materia educativa, sanitaria, armamentística, etc. Llegados a este punto, resulta pertinente aproximarse a las voces de esos grandes escritores norteamericanos del siglo XX que fueron notarios de la “actualidad” de la pasada centuria, ubicados en esas trincheras del progresismo con la decidida voluntad de levantar acta sobre esa clase proletaria –la que se encuentra en la «sala de máquinas» de un barco llamado América-- que transita por un camino minado de obstáculos, a menudo pasando por un auténtico via crucis donde el vocablo «esperanza» puede llegar a perder su verdadero significado. Por ello cabe saludar la publicación de El invierno de mi desazón (1962) título extraído del speech de Gloucester en Ricardo III de William Shakespeare por parte de Nørdica, que se incorpora de esta forma a una suerte de «Biblioteca John Steinbeck» dentro del sello madrileño. En la misma habitan la obra de no ficción Viajes con Charley (1962) y Los crisantemos (1937), un librito ilustrado que representa un canto al anhelo de la emancipación de la mujer. Así pues, el tercer título escrito por John Steinbeck (1902-1968) que entra a formar parte del catálogo de Nørdica —con el precedente de su publicación en la Editorial Aleph en 2002, en conmemoración del centenario del natalicio de su autor deviene el primero en adoptar la categoría de novela, publicada en el original, a un año de vista de ser acreedor del Premio Nobel de Literatura «por su escritura realista e imaginativa, combinado con su humor simpático y esa clase de percepción social». Los Académicos no dejaron pasar la ocasión para poner en valor el contenido de El invierno de mi desazón, cuyas críticas recibidas en los Estados Unidos no parecían corregirse para servir de aval añadido de cara a la obtención de una de los máximos honores que pueda recibir un escritor. Aún por aquel entonces seguí colgando sobre la persona de Steinbeck la etiqueta de «novelista del proletariado», en razón de sus obras más celebradas, De ratones y hombres (1937) y Las uvas de la ira (1939), popularizadas asimismo a través de las numerosas adaptaciones teatrales, cinematográficas y televisivas de sendas piezas maestras.
   En cumplimiento de ese «deber» autoimpuesto por editoriales que, como Nørdica, tienen una visión medida al medio o largo plazo, con la idea fijada en robustecer su catálogo, sus responsables han entendido la conveniencia de ir completando en la medida de lo posible esos flancos desasistidos de escritores de la significación de John Steinbeck, quien condensó su actividad literaria en veinticinco años. Un periodo que le bastó para acreditar su condición de prosista first class, culminando —eso sí, contra su voluntad— su actividad de novelista con El invierno de mi desazón con la vocación de servir de alegoría de esa América devorada por el materialismo, situada fuera del carril de unos principios que guardan estrecha relación con la ética y la moral. Más de cuatrocientas contiene esta pieza literaria que puede sorprender a los que solo conozcan de oídas a Steinbeck, asociado a la noción de altavoz de las clases más desfavorecidas, fijado al periodo de la Gran Depresión. El acercamiento al contenido de El invierno de mi desazón nos ayuda a atender a otra dimensión literaria de Steinbeck, un virtuoso del lenguaje (se rescata la traducción de Miguel Martínez-Lage para Aleph, quien no duda en tirar de expresiones propias de la lengua castellana que no encuentran equivalencias en inglés) que demostró su capacidad para adaptarse a la condición de cronista de esa América próspera, en plena expansión (a todos los niveles) durante los años cincuenta, pero sin abandonar una pluma incisiva que escudriña en esas partes débiles del ser humano, aquellas prestas a caer en la trampa tendida por un capitalismo desbocado. Es un tendero llamado Ethan Allen Hawley el hilo conductor de un relato que avanza no sin generar un cierto desconcierto en el lector al calor de la continua entrada y salida de personajes que pululan a su alrededor hacia un tramo final donde confluyen distintos planos de una realidad en torno a una comunidad del interior de los Estados Unidos, en que las entidades bancarias sirven de palanca para que se de un escenario donde los principios morales y éticos pueden saltar por los aires. De ahí que de su lectura, junto a la reciente publicación en catalán de El número u (2018, Adesiara Editorial) de John Dos Passos, podamos extraer algunas certezas sobre la realidad de los Estados Unidos del siglo XXI en la que los hijos y los nietos de Allen Hawley presumiblemente hayan sido firmes votantes del ínclito Donald Trump, epítome de empresario manejando los hilos de la política más allá de la perspectiva que se pueda derivar del contenido de innumerables obras audiovisuales.
  

martes, 8 de enero de 2019

«ESTUDIOS DE LO SALVAJE» (1904) de BARBARA BAYNTON: UNA PIONERA EN LAS ANTÍPODAS

Salvo para una ínfima parte del público lector en lengua castellana, la literatura australiana sigue siendo una auténtica desconocida. Presumo que por iniciativa de Pilar Adón traductora al castellano de Picnic en Hanging Rock (1967) de Joan Lindsay, la primera novela aussie en formar parte del selecto catálogo de Impedimenta, una de las obras pioneras de la literatura australiana, Estudios de lo salvaje (1904) de Barbara Baynton (1857-1929), fue una de las apuestas del sello madrileño que vio la luz en las librerías en el último trimestre de 2018. En el último suspiro del año di cumplida cuenta de la lectura de esta pieza literaria que recopila un total de seis relatos “La soñadora”, “La compañera de Squeaker”, “Mano tullida”, “Billy Skywonkie”, “Una iglesia en la maleza” y “El instrumento elegido”, complementado por un prefacio a cargo de la propia Adón, a la sazón responsable de una traducción que ha tratado de preservar un lenguaje enrraizado en la tradición oral de lo que se conoce como el bush, una zona geográficamente intermedia a la costa australiana –allí donde se concentra la inmensa mayoría de la población de un país con dimensiones de continente— y el outback, un área infinita presidida por un clima árido y (semi)desértico. De hecho, esta pieza literaria fechada a principios del siglo pasado, fue rebautizada con el título bush stories, ya sea en una edición soportada únicamente por el sexteto de relatos o bien con el «añadido» de la única novela que Barbara Baynton llegó a publicar, Human Toll (1907). Las dimensiones de esta última equivalen en extensión a los relatos cortos oriunda de Scone, una población rural situada en Nueva Gales del Sur— compilados por Baynton bajo el genérico bush stories, en los que aflora una firme voluntad por describir una forma de vida de una zona concreta, pero extensible a otros rincones del país oceánico. Óbviamente, la nula familiaridad en nuestro país con el término «bush» hizo inevitable buscar una alternativa lo más “ajustada a derecho” posible, optando por el vocablo «salvaje». De algún modo, semejante alternativa abarca, por una parte, el propio comportamiento de individuos (preferentemente machos) que se mueven por los cauces de un aliento primitivo en el trato con las féminas, y por otra parte, la importancia que cobra en entorno natural virginal, en que una vez se traspasa la divisoria (invisible) que separa el bush del outback si se penetra en un territorio plagado de peligros al albur de la presencia de ofidios y vertebrados de comportamiento, en determinadas circunstancias, nada predecibles.
   En plena vorágine de conflictos amorosos llegó a casarse hasta en tres ocasiones, de perfiles disímiles cada uno de ellos (Alexander Frater, con una vida sojuzgada por sus desvaríos amorosos, el doctor Thomas Baynton y el Barón Headley), ya cumplidos los cuarenta años, Barbara Baynton decidió colocar rumbo a la escritura de historias que gozarían de un tardío reconocimiento en su país de origen, refractarios en primera instancia a dar validez a una visión edificante sobre el being australian de cara a la imagen que debía computar cara al exterior. Tal como relata en el prefacio Adón, la fortuna sonrió a Baynton cuando, de manera fortuita, se cruzó en su camino el influyente crítico literario de la época Edward Garnett, al que D. H. Lawrence agradeció que se involucrara en el proceso editorial de la masterpiece Hijos y amantes (1911). Éste hubiese sido un título pertinente para una suerte de autobiografía de la escritora aussie, pero no llegó a formalizarla. Eso sí, llegó a consignar Estudios de lo salvaje contra viento y marea, en lo que vino a ser una evocación de sus experiencias en suelo australiano ante de emigrar a Gran Bretaña. El suyo sería un camino de «ida y vuelta» constante entre la reina patria para gran parte de los australianos y el país oceánico que, al cabo, reconoció la impronta literaria de Baynton, al punto que bush stories sigue siendo un título de obligada lectura en ámbitos docentes. De la misma se extraen algunas peculiaridades del habla autóctona en aquel periodo a caballo entre el siglo XIX y XX, y de determinados prejuicios raciales y de un modelo patriarcal que por ventura ha ido transformándose en una realidad mucho más igualitaria entre hombres y mujeres. En buena lid, este es uno de los aspectos más reseñables que se pueden extraer de la lectura de una obra escrita por Barbara Baynton, que ganó a la influencia para autoras como la citada Joan Lindsay (1896-1984), Patrick White (1912-1990) el autor de la excelente Voss (1957), igualmente publicada hace pocas fechas por el sello Impedimenta o Doris Pillington (1937-2014), cuya pieza literaria Follow the Rabbit Proof-Fence prorroga, en cierta manera, esa mirada sobre la «Australia blanca», próxima a los postulados eugenistas, que servía de eslogan de un país sumido en pleno debate de identidad nacional, y al que la escritora de Nueva Gales del Sur quiso ofrecer su propia perspectiva (nada edulcorada; más bien en sentido contrario) de la realidad.           

miércoles, 2 de enero de 2019

«PINK FLOYD: LA HISTORIA DETRÁS DE SUS 179 CANCIONES» (2018), de Jean-Michel Guesdon y Philippe Margotin: EL «ADN» DEL CUERPO MUSICAL DE UNA BANDA LEGENDARIA

A partir de que Pink Floyd escribiera su «epitafio» con The Endless River (2014) representa una óptima oportunidad para hacer balance de un legado musical que arranca a mediados los años sesenta y concluye hasta nuestros días, con algunos «tiempos muertos» de por medio verbigracia de disputas internas que derivaron en una escisión de la banda británica. En ese camino marcado en una primera etapa por el influjo de la psicodelia y posteriormente, a raíz de la materialización de una de las Opus magna del grupo inglés, The Dark Side of the Moon (1973), abonados al concepto del rock sinfónico o progresivo de los que fueron uno de sus paladines, la historia de Pink Floyd ha sido el «leit motiv» de numerosos libros, algunos concretados con demasiado adelanto para que fueran evaluados conforme a obras de referencia, y otros tantos definitivamente deficientes en el análisis de un legado musical capaz de captar un interés intergeneracional. Todas estas consideraciones no sirven, empero, al aproximarnos al contenido de Pink Floyd: La historia detrás de sus 179 canciones, publicado por editorial Blume en el último trimestre de 2018. Sencillamente, a mi juicio, este volumen se sitúa entre los tres libros más importantes editados jamás sobre la banda británica, desde todos los puntos de vista imaginables. El propio título marca la pauta de un contenido que dedica un par de páginas o cuatro (profusamente ilustradas con alguna que otra nota a modo de postif para floydianos fiados al anecdotario) a cada canción, desde cómo se gestó hasta su análisis musical desde la perspectiva propia de un conocedor de la materia (Jean-Michel Guesdon, compositor y divulgador de este noble arte), todo ello siguiendo un orden cronológico con sus correspondientes carpetas en forma del contenido temático de sus discos. Cabe matizar que no podemos hablar en sentido estricto de ciento setenta y nueve canciones ya que Pink Floyd tiene una producción considerable de piezas instrumentales, sobre todo situadas en una etapa de impasse situada a caballo entre la década de los sesenta y setenta, en que hubiesen podido seguir la senda de otras bandas contemporáneas que operaron en el medio cinematográfico a modo de creadores de partituras de calado sinfónico o electroacústico sujetas a unas imágenes. De ahí que, en honor del rigor por el uso adecuado de los términos, sirva para hacer una enmienda al título consignado en la portada y referirnos, pues, a «Pink Floyd: la historia detrás de sus 179 temas». Salvada esta consideración, encuentro pocos placeres para un floydiano que se siente en la comodidad de su sofá con los cascos puestos para saborear la música del cuarteto británico, reformulado en trío en su última etapa la que comprende los discos A Momentary Lapse of Reason (1987), The Division Bell (1994) y la citada The Endless River, dejarse acompañar por la lectura de esta monumental obra escrita al alimón por Guesdon y Philippe Margotin con conocimiento y una pasión bien dosificada. De la misma podemos extraer diversas conclusiones, entre las cuales figura que la salida de Syd Barrett de Pink Floyd afectó en el ánimo sobre todo de Roger Waters, con quien había larvado una amistad desde temprana edad. Ciertamente, el primer pensamiento al respecto nos retrotrae a cada uno de nosotros a los compases de "Shine On Your Crazy Diamond", pero “Brain Damage”, por ejemplo, computa entre los títulos inspirados en la figura «espectral» de Barrett. Entre la infinidad de anécdotas que pueblan esta inmaculada está el hecho que “Brain Damage” originalmente iba a obtener el título de “The Dark Side of the Moon”, o bien que para el tema “The Show Must Go On” perteneciente a The Wall (1979), la otra Opus magna indiscutible bajo la denominación de origen Pink Floyd aunque el concepto basal computa en la persona de Roger Waters— los Beach Boys declinaron participar salvo en el caso de Bruce Johnson por considerar que podría erosionar su imagen. Asimismo, al adentrarnos en las páginas de la presente monografía, podemos apercibismos que ciertas apreciaciones razonadas desde la lógica devienen erróneas, caso de la lectura supuestamente mística que encierran las letras del tema “What Do You Want from Me?”, cuando en realidad sus coautores Polly Samson y David Gilmour describen un sentimiento en torno a sus experiencia vital tras pasar una crisis de pareja.
    Mención aparte merece el despliegue fotográfico de Pink Floyd: La historia detrás de sus 179 canciones, en que no tan solo se circunscribe al álbum familiar de la banda inglesa sino que trata de cubrir todos los flancos, ilustrando, por ejemplo, el apartado dedicado a “The Childhood’s End” una pieza poco conocida en el abecedario floydiano— con el aporte de una fotografía de Arthur C. Clarke, el autor de la novela homónima que sirvió de fuente de inspiración. Nada extraño, pues, los componentes de Pink Floyd Roger Waters, Syd Barrett, David Gilmour, Nick Mason y Richard Wright cultivaron el arte de la lectura de piezas pertenecientes a la literatura fantástica, al tiempo que iban dejado probadas muestras de una excelencia creativa que les convirtió en auténticos perfeccionistas, ya sin la presencia (física, que no espiritual) del alma del grupo en su fase iniciaría, caído en desgracia a causa de sus adicciones a las drogas que derivaron en un cuadro de esquizofrenia aguda antes de que su rastro se perdiera de manera definitiva en 2006. Una noticia que llamó al valor de la reflexión y, a posteriori, al de la reconciliación sobre todo entre Roger Waters y David Gilmour, en lo que vino a ser, a la postre, un gesto que dejó satisfecha a la amplísima comunidad de fans de Pink Floyd. Un nombre sinónimo de leyenda, al que editorial Blume ha hecho su particular tributo con esta obra maestra de la edición, imprescindible en la biblioteca particular de cada uno de los seguidores de Pink Floyd, en especial del estado español y los países de Latinoamérica, sendos "caladeros" de fans de este grupo adscrito al rock sinfónico y al rock psicodélico.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

«VOSS» (1957), de Patrick WHITE: UNA OBRA MAESTRA «OCULTA» DE LA LITERATURA DEL SIGLO XX

Desde que Thomas Mann (1875-1955) fuese el primer alemán en obtener el Premio Nobel de Literatura, en 1929, pasaron cuarenta y tres años hasta que otro de sus compatriotas, Heinrich Böch (1917-1985), recibiera semejante distinción. Ocurrió en 1972, siendo Böch quien precedió a un autor que asimismo hizo historia en los premios otorgados por la Academia Sueca instaurada por Alfred Nobel, Patrick White (1912-1990), hasta la fecha el único australiano en obtenerlo, aunque nació circunstancialmente en Inglaterra. De manera sintética, al otorgar el galardón a White se consensuó por parte de los integrantes de la Academia con derecho a voto una frase que cobra carta de naturaleza a la conclusión de la lectura de Voss (1957): «por un arte narrativo épico y psicológico que ha introducido a un nuevo continente a la literatura». Una lectura que atiende al relato de John Ulrich Voss, apodado «el alemán», quien a mediados del siglo XIX comandó una expedición al corazón de Australia, en el tan temible como fascinante outback, territorio apto para estudios antropológicos con una patina de mitología.
   Autor de cuatro novelas publicadas —Happy Valley (1939), The Living and the Dead (1941), The Aunt’s Story (1948) y The Tree of Man (1955)— antes que viera la luz en las librerías Voss, parece evidente que White tuvo en la literatura germana cultivada, entre otros, por Thomas Mann, una influencia más que notable. En sus años de juventud visitó en diversas ocasiones Alemania y en algún momento de su itinerario personal e intelectual tuvo constancia de las expediciones australianas llevadas a cabo por el explorador, aventurero y zoólogo Ludwig Leichhardt (1813-1848). La primera de las mismas quedó consignada en 1846, aproximadamente el mismo periodo en que White sitúa el punto de partida de su quinta novela, aquella capaz de dimensionar su calidad de estilo hasta unos límites que alcanzan la excelencia en prácticamente cada uno de los tramos de la historia. Lo hace a través de unos mecanismos que, excusa decirse, transporta al lector a ese espacio remoto aussie con la precisión de un «cirujano de la palabra escrita», superponiendo los planos de las emociones —esencial, por ejemplo, para desentrañar el vínculo “casi místico” que se establece entre Laura Trevelyan, sobrina de uno de los filántropos que cubren los gastos de la expedición, y el personaje epónimo—, el descriptivo, el geográfico y el narrativo. Incluso, podríamos colegir que existe un plano sensorial y otro olfativo, en la manera cómo “atrapa” a su presa —léase lector— y no la “suelta” hasta la última página, la 518 en una esplendosa edición a cargo de Impedimenta que rescata para nuestra satisfacción un texto publicado por primera vez en lengua castellana por el sello andaluz Ícaro, en 2008, con un título «Tierra ignota». En esa tierra ignota discurre, pues, un relato que anexiona lo épico y lo psicológico, los dos conceptos clave que razonaron los académicos a la hora de otorgarle el Nobel de Literatura a White. Al cabo de leer Voss con una pluscuamperfecta traducción a cargo de Raquel Vicedo, el pensamiento que me sobreviene es que he convivido durante unas cuantas horas con algunas (medido en centenares) de las mejores páginas de la literatura del siglo XX, situándola por derecho propio, a día de hoy, en mi particular top ten de novelas leídas a lo largo de mi vida, aproximadamente un millar. Soy consciente que hay frases y expresiones de Voss que dormirán conmigo para siempre y espero no tardar demasiado en releer esta pieza maestra que parece, por momentos, trazar una línea en la sombra en paralelo a El corazón de las tinieblas (1896) de Joseph Conrad, en ese doble viaje entre lo místico y lo alegórico. Al calor de la lectura, sobre todo en su tramo final, no he descuidado el recuerdo que pesa sobre mí una novela como Las arenas de Kalahari (1960) de William Mulvihill, en que por momentos observaba el personaje de O’Brien proyectado en la mesiánica figura de Voss. Una novela al que el cinematógrafo hizo justicia merced al mago reformulado en director y guionista Cy Endfield. En relación a Voss, la idoneidad de Peter Weir para adaptarla sería quizás el último o penúltimo gesto para redimensionar su obra fílmica y, a la par, contribuir a sacar de la oscuridad (fuera del continente oceánico) una novela que afianza el valor de la literatura como un ingrediente fundamental para la alimentación espiritual, intelectual y sensorial del ser humano.

lunes, 12 de noviembre de 2018

«MARY, QUE ESCRIBIÓ FRANKENSTEIN» (2018) de Linda Bailey y Júlia Sardà: CASTILLOS EN EL AIRE


Consolidada la propuesta editorial de Impedimenta hace varios años, en una toma de decisión preñada de inteligencia y astucia, el sello madrileño quiso integrar a su excelso catálogo libros ilustrados que pueden ser saboreados indistintamente por jóvenes y adultos. Para tal menester, cabía imaginar una suerte de colección en paralelo a las novelas del formato clásico de la editorial y con portadas caracterizadas por la agradable rugosidad a su tacto. En estas delicatessen reposa la esperanza de captar a lectores a futuro, formando parte así de una estrategia que, haciendo un símil automovilístico, se alternan las luces cortas con las largas. En el interior de ese imaginario vehículo viajan los editores —con Enrique Redel ocupando la plaza del conductor— y en su parte trasera los escritores e ilustradores que han sido “invitados” a integrarse en un proyecto editorial que arrancó hace once años. Para la ocasión, la escritora canadiense especializada en cuentos infantiles Linda Bailey y la ilustradora barcelonesa Júlia Sardà, se suben al automóvil de Impedimenta para dar a conocer al público lector Mary, que escribió Frankenstein (2018). A lo largo de ese recorrido por la «Carretera de las Letras» nos asomamos a un prodigio de síntesis que bien hubiera podido ser el relato explicado de manea sucinta de Mary Shelley (2017), la propuesta cinematográfica que he visto en la gran pantalla en el verano de este año. Mas, probablemente hubiese sido el documental televisivo canadiense del mismo nombre, fechado en 2004, el que habría contribuido a avivar el interés de Bailey por dar acomodo a un relato centrado en Mary Wollstonecraft Shelley (1797-1851), quien a los dieciocho años resolvió rubricar una novela “inmortal”, un "long-long seller" con doscientos años de antigüedad: Frankenstein o el Moderno Prometeo (1818). Al igual que la protagonista de la función televisiva —Sarah Allen—, es natural de la Columbia Británica donde reside desde hace tiempo y elabora una obra de una reputación excepcional en el campo del libro infantil y juvenil. En la edición de Impedimenta Bailey encuentra alianza con el talento de Júlia Sardà en calidad de ilustradora. Habiendo emprendido un anterior viaje con Impedimenta en este mismo año —suyas son las ilustraciones que podemos encontrar en el interior de Los Liszt (2018) de Kyo McLear—, Sardà deja impreso un estilo singular en la práctica totalidad de la cincuentena de páginas que integran este precioso volumen encuadernado en tapa dura. Descontadas las notas de la propia autora Linda Bailey, que entre otras cuestiones reflexiona sobre el contenido del prefacio escrito por Mary Shelley en 1831, las dos últimas láminas cuentan con ilustraciones a sangre. Mientras en la página impar observamos una imagen del soñado estreno londinense de Frankenstein (1931), luciendo la imagen de un transfigurado Boris Karloff (maquillaje cortesía de Jack Pierce con sugerencias a cargo del propio director de la cinta, James Whale) como el «Monstruo», en su reverso página par— aparece el retrato de la procaz escritora concebido por Richard Rothwell y que se exhibe en la National Portrait Gallery. En el momento que Rothwell inmortalizó su imagen en un lienzo, Mary Shelley contaba con cuarenta y tres años. Una edad que tan solo llegaría a alcanzar su hermanastra Claire de las otras cuatro personas que quedaron a resguardo en una casa solariega, situada a los pies del largo Lehman, en una desapacible noche de verano de 1817. En ese momento Lord Byron retó a sus acompañantes a escribir una historia de fantasmas cada uno de ellos. Únicamente Mary Shelley y John William Polidori (el médico de Lord Byron) llegaron a la meta propuesta, aunque con fortuna dispar. Si bien es cierto que Mary Shelley pasaría a la posteridad por su novela Frankenstein o el Moderno Prometeo, Polidori presumiblemente —tal como razona la propia Bailey— con su errática El vampiro creó el gérmen de la otra novela —Drácula (1897) de Bram Stoker— que prácticamente todo el mundo verbaliza cuando se trata de empezar a enumerar dos obras adscritas al género de terror gótico. Antes de definir las líneas maestras de sus respectivas piezas literarias, Mary Shelley y Stoker tuvieron que valerse de esos “castillos en el aire”, sinónimo de una imaginación que en el caso de la hija de un renombrado escritor de la época (William Godwin) y la autora de uno de los primeros tratados sobre el feminismo (Mary Wollstonecraft), empezó a desbordarla sobre todo a partir de su “destierro” escocés, a pocos años vista de alumbrar su Opus magna.                  

domingo, 11 de noviembre de 2018

SANDY DENNY (1947-1978): «ESCALERAS AL CIELO» DEL FOLK-ROCK BRITÁNICO

Entre las numerosas curiosidades que adornan el untitled cuarto álbum en estudio de Led Zeppelin se encuentra la participación de Sandy Denny (1947-1978) para complementar las voces que se escuchan en la grabación del tema “The Battle of Evermore”, que hace alusión a la confrontación de ingleses y británicos en el siglo XV. Óbviamente, la canción nacida de unos acordes creados por Jimmy Page a la mandolina (instrumento raro de localizar el abecedario de los Zeppelin), quedó de inmediato eclipsada por ese “milagro” musical llamado “Stairway to Heaven” que computó en el siguiente surco de un disco que contribuyó a elevar a los altares del rock a la banda británica liderada por Robert Plant. A pesar de que los caminos de Denny no volvieron a cruzarse, Plant sentenció: «ella es mi cantante favorita de todas las chicas británicas que hayan existido». La frase lapidaria encabeza el texto del libreto rubricado por Clinton Heylin para el disco recopilatorio Sandy Denny: No More Sad Refrains. The Anthology (2000). Un título cargado de cierta ironía que el propio Heylin utilizó para la publicación de una biografía que llegó al circuito comercial dos años más tarde, dando así a conocer los pormenores de una vida truncada a los treinta y un años de edad, tras una serie de complicaciones derivadas de una caída en que su cabeza golpeó contra el suelo. Aquella cabeza provisionada de una revuelta melena rubia de la que surgirían composiciones direccionadas hacia esas almas afligidas por el dolor, el sentimiento del abandono y/o la necesidad de la búsqueda de renovadas motivaciones alejadas de entornos hostiles. Con un hiato de catorce años, otra biografía --si acaso menos contemplativa que la de Heylin al abordar cuestiones un tanto escabrosas--, Sandy Denny: The Tragic Story of Britain's Unsung Folk Heroine (2016) de Len Brown, reforzaría el interés por conocer cuestiones relativas a este ángel caído.
   En un viaje por tierras holandeses que tuvo lugar este pasado verano reparé en una tienda de Utrech en el doble disco compacto Sandy Denny: No More Sad Refrains. The Anthology. Por aquel entonces, para un servidor la obra de Denny era sinónimo de un eco lejano, de tonadas que presumiblemente había escuchado en mi prospección a finales del siglo XX por las voces femeninas, casi todas adscritas a figuras musicales procedentes del continente norteamericano. Al calor de varias escuchas de este CD que contiene la integridad de las canciones que jalonan los dos primeros álbums en solitario de Denny —The North Star Grassman and the Ravens (1971) y Sandy (1972)—, su música ha ejercido una especie de hechizo en mi persona. Su voz se contorsiona hasta adoptar aires inherentes al folk, rock, de canción tradicional irlandesa, pop e incluso country. Su escucha se hace especialmente favorable cuando el termómetro de nuestros sentimientos situado en zonas valle, arropando la calidez de su voz en esas noches de vigilia a la espera que amaine el temporal que sopla con intensidad. Es entonces cuando la música de Sandy Denny —parafraseando una de sus emblemáticas canciones— suena como un viejo vals, aquel provisionado para rememorar cada uno de sus compases ¾ en lo más recóndito de nuestra memoria. No me cabe duda que si Sandy Denny, cuanto menos hubiese alcanzado la cincuentena, hoy en día seguiría siendo venerada por una legión de fans. El infortunio quiso que Alexandra Elene MacLean Denny —cuyos ancestros por parte de madre se ubican en la tierra de William Wallace— expirara al poco de cumplir la treintena, dejando tras de sí un reguero de piezas maestras abordadas en solitario, y una carrera musical asociada a la historia de Fairport Convention. De esencias folk, la banda en cuestión se benefició de la participación de Sandy Denny para algunos de sus discos más emblemáticos, pero decidió descabalgarse de Fairport Convention para seguir su propio instinto, aquel adueñado de la idea de edificar una actividad profesional en calidad de cantautora en solitario, dejando para los anales un total de cuatro discos de estudio a lo largo de los años setenta. Espero que llegue el momento para atender a la escritura de un ensayo en forma de libro que ayude a redimensionar la importancia de esas féminas cantautoras, responsables de esa revolución silenciosa arbitrada desde los tiempos del flower power y que alcanza hasta nuestros días. Sin duda, un apartado quedará reservado a Sandy Denny, la autora de proezas compositivas y vocales como “Man of Iron”, “Solo”, “One More Chance” o Late November”.