jueves, 17 de mayo de 2018

LA ELECCIÓN DE QUIM TORRA: «JAQUE MATE» A LA INDEPENDENCIA DE CATALUNYA


En la previa a la convocatoria del pleno del Parlament de Catalunya para investir en segunda vuelta a Quim Torra i Plà, los equipos de Ciutadans, PPC, En Comú Podem y PSC hicieron horas extras con el ánimo de buscar en el erial de internet todas aquellas declaraciones y/o reflexiones del que iba a ser nombrado 131 President de la Generalitat de Catalunya, en que dejara constancia por escrito de un sesgo escorado hacia un radicalismo que raya lo paranoico. Cumplido el trámite, con la CUP jugando una vez más a favor de obra del independentismo sin reparar en los "daños colaterales", el pasado lunes día 14 de mayo Mònica Terribas entrevistaba a Quim Torra en su programa matinal de Catalunya Ràdio. A la pregunta de qué pensaba de los españoles, Torra no eludió la respuesta y dejó impresa la siguiente frase: «Estimo els espanyols. Estimo el poble espanyol». Desde hacía unas horas Torra había entrado por la puerta grande de la política y ya lucía el disfraz de la mentira para camuflar un pensamiento que, en su caso, ha ido larvando a golpe de lecturas casi desde su tierna adolescencia. A modo de arma arrojadiza, Inés Arrimadas (C’s), Xavier Domènech (En Comú Podem), Xavier Albiol (PPC) y Miquel Iceta (PSC) sacaron a la luz el contenido de unos tweets firmados por Torra en 2012 y posteriormente eliminados de la red. En ciernes de convertirse en President electo por un margen ínfimo de votos entonó el mea culpa, y parafraseando al otrora Rey de España, Juan Carlos I, en su versión catalana apostilló «no tornarà a passar». De una manera sibilina, Carles Puigdemont, operando en la sombra en su destierro berlinés, se sacó un as en la manga en forma de candidato para ser investido tras una serie de tentativas frustradas. El reloj corría y los equipos de trabajo de los susodichos grupos parlamentarios no tuvieron tiempo material para recopilar infinidad de escritos, a modo de artículos y/o ensayos con la rúbrica de Quim Torra que escarban en su perfil supremacista, etnicista, racista y xenófobo.
   En su particular pulso sostenido con el Estado español, Puigdemont, a mi entender, con la elección de su coetáneo Torra (apenas les separan unas horas en sus respectivas partidas de nacimiento; el uno nacido el día de los inocentes de 1962 y el cabeza visible de Junts per Catalunya al día siguiente) se ha pegado un tiro en el pie y, por ende, la agrupación política que lidera. La perdición del movimiento independentista entendido conforme a un movimiento transversal, que precisa ensanchar sus bases para crecer y rebasar así ese techo de cristal que le otorgaría la mayoría de votos a nivel del territorio catalán— se llama Quim Torra. Las simpatías que podría generar en sectores más progresistas del viejo continente se irán diluyendo al albur del conocimiento del pensamiento de un personaje siniestro como Torra, quien ha ido construyendo un relato emocional sobre un sentimiento identitario que apela a cuestiones de raza y aplica principios eugenésicos para interpretar los rasgos diferenciales entre la población catalana y la española. Bien es cierto que en pocos meses conoceremos la valoración de los líderes políticos catalanes y quedará constancia del apoyo que procura un sector de la población a Quim Torra, aquellos fanatizados con la idea de romper con el estado español cueste lo que cueste y que tienen en este abogado gerundense reciclado a editor y político alguien a quien aferrarse. Poco les incomoda su semblante xenófobo y supremacista porque se sienten reflejados en el espejo de la vida. En su ensayo Els últims 100 metres: el full de ruta per guanyar la República catalana  (2016, Angle Editorial), con prólogo (of course) de Carles Puigdemont por aquel entonces ejerciendo de President de la Generalitat de Catalunya, Quim Torra colocaba el objetivo a conseguir en un plazo de dieciséis meses. Está claro que Torra adolece de carácter visionario, pero insistirá en su empeño aunque esos 100 metros se conviertan, al fin y al cabo, en una distancia pareja a la de una maratón. En ese primer avituallamiento Torra y su equipo se darán de bruces con la realidad, al tiempo que la imagen del independentismo catalán mostrará esa cara menos amable, aquella que representa su líder emocional e intelectual, con Puigdemont actuando de “doctor Mabuse” de un procés que deviene una auténtica entelequia. La «Reina» Puigdemont ha articulado un movimiento en el tablero de la política contando con la «Torra» de apoyo para hacer el jaque mate al «Rey Felipe VI». Una jugada maestra para derrocar a la monarquía borbónica e inaugurar un ideal de República. Pero ha calculado mal la estrategia. La «Torra» solo puede realizar movimientos horizontales, y no transversales como demanda ERC (Esquerra Republicana de Catalunya) para ampliar la base social que legitime la posibilidad de un referéndum para la Independencia. En esta dialéctica Sergi Cebrià se esforzaba en recalcar en su turno de palabra, apelando con el contacto visual a Domènech, en representació de En Comú podem, mientras los hiperventilados con Eduard Pujol a la cabeza— de Junts per Catalunya quitaban hierro a los “pecados de juventud y madurez” de Quim Torra, a propósito de unos escritos que cualquier persona guiada por un sentimiento humanista le debe provocar repugnancia. Más que jaque mate a la Monarquía, la elección de Torra constituye un punto de inflexión para casi la mitad de los adscritos al independentismo (la mayoría sobrevenidos en los últimos meses) con los que no va el liderazgo de un supremacista y etnicista de tomo y lomo, un George Wallace natural de Blanes, y naturalizado independentista galopante que mira una y otra vez sobre la biografía de los prohombres de la primera mitad del siglo XX, en ese espacio fundacional que sirve para construir un relato maniqueo, en que el Estado español más allá de los tiempos oscuros del franquismo sigue siendo observado como el enemigo a desterrar en forma de segregación.        
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lunes, 14 de mayo de 2018

«A LA DERIVA» (1979), de Penelope Fitzgerald: GRACELAND SOBRE EL TÁMESIS

En un relativo corto espacio de tiempo uno de los episodios clave en el devenir de la Segunda Guerra Mundial, el que tuvo lugar en las aguas que bañan Dunkerque, ha sido tratado, en mayor o menor medida en una serie de propuestas cinematográficas. Fruto de mi pasión por el cine británico y todo lo relativo a la Historia de las Islas Británicas he accedido al visionado de Dunkerque (2017), Su mejor historia (2016) y El instante más oscuro (2017), cuyo denominador común deviene la batalla de Dunkerque que tomó lugar entre mayo y junio de 1940. Completado el acceso a los contenidos de sendas propuestas cinematográficas, muy distintas entre sí en sus enfoques y pretensiones, al cabo, reparo nuevamente en la alusión a Dunkerque en las páginas de A la deriva (1979), publicada por el sello Impedimenta, en que uno de las “protagonistas” de la novela (semi)autobiográfica de Penelope Fitzgerald (1916-2000), la Grace, se sumó a la petición del gobierno británico liderado por Winston Churchill para que contribuyeran a abortar el diabólico plan de las fuerzas navales nazis, prestas a causar decenas de miles de bajas entre la flota marina británica. Pasados casi veinte años de aquellos “servicios prestados”, la Grace forma parte del paisaje de Battersea Reach. Una vivienda flotante situada a la ladera del curso del río Támesis que sirve a los intereses de la canadiense Nenna James y de sus dos hijas. Todas ellas forman parte de una comunidad atípica en el contexto de la Inglaterra de principios de los años sesenta, una referencia temporal que la autora de A la deriva nos ofrece a través de citas a los discos de Cliff Richards el frontman de The Shadows, todo un fenómeno de masas en aquel periodo de efervescencia cultural en el mundo anglosajón— o de series de televisión como Bootsie and Snudge o El doctor Kildare.
   Ciertamente, los más de quince años que separan la experiencia vivida a bordo de una barcaza por parte de Penelope Fitzgerald y sus dos hijas de la publicación de A la deriva en los estertores de los años 70, nada a favor –valga el símil marino— de obra el sentido del valor de la reflexión, medido en ocasiones con un poso de amargura. Un sentimiento que podemos detectar en algunos de los pasajes de la novela, en especial cuando Penelope Fitzgerald hace referencia a su primer marido (a través de un trasunto del mismo, Edward), que la abandonó y con el que quiso volver a reconciliarse pero sin conseguirlo. En esta tesitura, se vehiculan pensamientos que Fitzgerald plasma en el tapete literario: «Si hubiera ahorrado algo, hubiera sido una señal que su carácter había cambiado, de que ya no era el hombre que ella amaba». Fustigada por el recurrente pensamiento en forma de pesadillas de cómo afectan las decisiones propias en la vida de los hijos, en uno de los capítulos finales del libro, por su cuenta y riesgo se presenta en la vivienda de su ex pareja Edward, pero éste la recibe con cartas destempladas. De vuelta al hogar fluvial, a altas horas de la madrugada, una apesadumbrada Nenna observa la silueta de Richard, el patrón del Lord Jim, un barco situado muy cerca del lugar de amarre del Grace. En ese encuentro en la noche entre dos almas perdidas (él acaba de ser abandonado por su esposa), la veta poética, teñida de amargura, alcanza sus cotas más altas en esta preciosa novela con valor terepéutico para la propia Penelope Fitzgerald: «Aunque era muy improbable que molestaran a nadie, hablaban casi en susurros, y el último comentario de Nenna, que apenas merecía respuesta, se perdió en el aire, ahogándose en el oleaje de la marea alta». Una voz omniscente capaz de mostrar las distintas caras de una experiencia vital alejada de la ortodoxia, que en el caso de Fitzgerald se localiza en una de las zonas valle de su existencia, sabiéndose presa de toda una serie de contradicciones que el paso del tiempo ayudaría a ordenar de una manera precisa sobre un lienzo narrado en prosa de manera exquisita. La palabra precisa, la inflexión aguda, el guiño al lector bregado en la convivencia conyugal o de pareja… Todo ello lo podemos localizar en A la deriva, completada por Mrs. Fitzgerald al final de un periodo de enorme fertilidad creativa (la segunda mitad de la década de los 70), sabiéndose que su condición de viuda, en cierta manera, la permitía soltar lastre y dirigirse mar adentro con ella al mando del timón de una vida repleta de experiencias de distinto signo, el carburante necesario para que funcionara una maquinaria literaria casi hasta el último suspiro.

lunes, 7 de mayo de 2018

«FRINGE» (2008-2013), SEGUNDA TEMPORADA: MUNDOS PARALELOS

Mientras iba siguiendo el curso de la segunda temporada de Fringe (2008-2013) reparé en el contenido de los extras de la edición digital de Elle (2016), en que su director el holandés Paul Verhoeven razona a lo largo de una entrevista lo afortunado que había sido al rodar cintas como Desafío total (1990) o Starship Troopers (1997). En el caso de la primera Verhoeven se congratulaba de haber plasmado en la gran pantalla una historia que iba en dirección contraria a la “infantilización” que dominaba por aquel entonces el parque cinematográfico, siendo una de las primeras producciones de ciencia-ficción, digamos pertenecientes a la serie «A», en que tiene cabida el desarrollo de mundos paralelos. Partiendo de un relato original de Philip K. Dick, Total Recall casi desde su estreno empezó a ser acreedor de la etiqueta de culto en razón de un planteamiento osado, capaz de descolocar al espectador merced al ardid de la contraposición de mundos que apelan a la realidad virtual. En el curso de la misma entrevista celebrada en San Sebastián con motivo de la promoción de Elle en principio, pensada para que hubiese sido filmada en Chicago; al final obtuvo la luz verde en el viejo continente, Verhoeven daba por hecho que desde entonces el cine había cambiado lo suficiente para que los grandes o medianos estudios prescindieran de aquellas tramas susceptibles de resultar demasiado complejas para el espectador medio. Empero, al director holandés le faltaba apostillar que las series de televisión habían tomado el testigo de aquellas propuestas “complejas” arbitradas en el cine hasta finales de la década de los noventa. Mas, a la altura de su segunda temporada de Fringe fundamenta su razón de ser en el concepto de mundos paralelos, el uno (la Tierra) como réplica del otro (su versión beta), o viceversa, pero con un decalaje temporal que razona en que más allá de la otra dimensión nuestro “mellizo” ha dejado para el recuerdo las siglas de FBI, entre otras particularidades. Una cuestión que, en buena medida, propicia situaciones de tensión e incertidumbre en el devenir de una segunda temporada en la que Akiva Goldsman adquiere unos galones de mando de similar consideración que los showrunners Jeff Pinker y J. H. Wyman, toda vez que uno de los cofundadores de Fringe, J. J. Abrams, parecía fiado a enderezar la nave de la Enterprise con una nueva entrega de Star Trek, estrenada en los USA en abril de 2009. En esas fechas todo parecía listo para una segunda tanda de episodios de Fringe, en cuyo episodio de arranque guiado tras las cámaras por Goldsman, A New Day in the Old Town, Olivia (Ann Torv) viaja hacia el universo paralelo tras sufrir un accidente automovilístico. El propio Goldsman es quien se encarga de cerrar esta segunda temporada con el díptico Over There, dejándonos con la imagen congelada de la némesis de Walter Bishop (John Noble) en ese otro universo en que la genuina Liv ha quedado a buen recaudo. Circunstancia que justifica por sí misma el interés por conocer el contenido de una tercera temporada en que Joe Chapelle, no conforme con ser el director más recurrente de la serie (llegó a filmar un total de dieciséis), ejercerá de coproductor ejecutivo titular. Con todo, uno de los episodios más satisfactorios de esta second season remiten, una vez más, al nombre de Brad Anderson, a quien se le confiaría la dirección de La noche de los objetos deseables (número 22) en que John Savage ejerce de mad doctor especialista en genética, a partir de un acontecimiento traumático vivido en su entorno familiar, quedando un segundo título, el número 37 denominado Peter (centrado en los avatares del personaje que encarna Joshua Jackson), que se desliza nuevamente por la pendiente del tema de la identidad tan del gusto de Philip K. Dick. A cuenta de eses constantes interrogantes que se abren en la mente de Liv sobre su verdadera identidad surgirán diversos de los plots que alimentan la atención por Fringe en el devenir de una tercera temporada de una serie que anduvo un tanto desnortada en su primera parte, pero que iría recuperando el pulso perdido a medida que avanzaba hacia sus dos últimos episodios. 

domingo, 22 de abril de 2018

«LOS JUICIOS DE RUMPOLE» (1979), de John Mortimer: HISTORIAS DEL OLD BAILEY


Al quedarse completamente ciego Clifford Mortimer, su hijo John, ya superada la adolescencia, le leía poesía y obras en prosa para mitigar, en cierta medida, una carencia física que le acompañaría hasta el resto de sus días. A cambio, John Mortimer (1923-2009) había recibido como herencia adicional infinidad de historias que conoció en boca de su progenitor sobre el mundo de la judicatura, en su calidad de defensor, por regla general, de causa perdidas. A sus cincuenta y cinco años todo este material le sirvió para sentar las bases de la confección de una novela que pivota sobre el personaje del abogado Horace Rumpole, tomado del molde de su figura paterna. Si el año pasado Impedimenta publicó la pieza literaria que lleva por título Los casos de Horace Rumpole, agobado (1978), el sello madrileño regresa en la primavera de 2018 sobre los pasos del elocuente banister con la edición de Los juicios de Rumpole (1979), en que una vez más John Mortimer afila un lápiz provisto de una mina compuesta de una fina ironía, sarcasmo y causticidad con las dosis razonables para mantener la atención del lector mientras esboza una (media) sonrisa al correr de las páginas. Si el lector ya está avisado verbigracia de haber cumplimentado la lectura de Los casos de Horace Rumpole, abogado, la particular diatriba en contra del matrimonio de Rumpole no le pillará con el pie cambiado si accede al contenido de las páginas de The Trials of Rumpole, así como reflexiones en torno al ejercicio de su profesión que encuentran en la frase «La gloria del abogado defensor reside en ser testarudo, descarado, intrépido, tendencioso, intimidante, grosero, ingenioso e injusto» toda una declaración de principios imposible de condensar en una tarjeta de visita. Tampoco queda al margen de sus fobias en esta segunda novela su alergia por las fiestas navideñas y todo lo que ello conlleva, incluido ir de visita a casas de familiares con la compañía de la que «Ha de ser Obedecida», esto es, la ínclita consorte Hilda Rumpole.  
    Dividida en seis partes bajo el génerico Rumpole y… --El ministerio de Dios, El mundo del espectáculo, El animal fascista, La cuestión de la identidad, El camino del verdadero amor y La edad de la jubilación--, y traducida al castellano de manera modélica por Sara Lekanda TeijeiroLos juicios de Rumpole concede un considerable protagonismo a George Frobisher, colega de profesión y amigo personal de Horace fuera de los juzgados, siendo el Bailey de Fleet Street un templo sagrado para dar cumplida cuenta del gusto por los buenos vinos. Uno de esos «pequeños placeres» compartidos que tienen los días contados al entender George Frosbisher la necesidad de ocupar plaza de juez, aunque su destino le alejara de Londres. Lejos de querer seguir los pasos de su compañero de fatigas, Rumpole razona para sí mismo: «¿Un juez de provincias? Era un destino que se me había antojado bastante peor que la muerte». Muestra inequívoca que John Mortimer invocaba a su progenitor, según confesión propia en un programa de la BBC conducido por Ludovic Kennedy y emitido a finales de los años ochenta, poco dado a ampliar su círculo de amistades y haciendo de su hogar un bastión donde encomendarse a sus placeres mundanos, entre éstos, su devoción por la lectura hasta que, como expresa E. L. Doctorow en el arranque de su genial Homer & Langley (2006, Ed. Miscelánea) se produjo un «No perdí la vista de golpe. Fue como en el cine: un fundido lento». En el caso de Mortimer inicia su novela Los juicios de Rumpole con un párrafo narrado en primera persona que marca el diapasón del temperamento mordaz y caústico que recorre una buena parte de las páginas de la segunda entrega en torno a las aventuras y desventuras del distinguido banister: «Me dispongo a tomar la pluma durante un breve e inoportuno cese de la actividad criminal (los villanos de esta ciudad, siguiendo el ejemplo de los mecánicos de coches, parecen haberse decidido tomar un descanso, lo que está provocando que todo vaya a paso de tortuga en el Old Bailey, por no hablar de las lamentables bajas y despidos que, como consecuencia de ello, están teniendo lugar), y me pregunto cuál de los juicios más recientes debería escoger para escribir una crónica». Sin duda, el que hace referencia al juicio de Rex Parkin, miembro del partido fascista British First, es de lo que más jugo extrae la prosa de ese espíritu burlón llamado John Mortimer, quien habla por boca de Horace Rumpole en su descripción de un ecosistema judicial donde su personalidad no pasa inadvertida en sala y tampoco en los pasillos. Su “celebridad”, entre otras consideraciones, se corrige a golpe de citas a Rudyard Kipling, Christopher Marlowe, William Shakespeare y Alfred Tennison, entre otras ilustres plumas, algunas de las cuales triunfaron en el universo teatral. Un espacio al que el propio Mortimer le hubiera gustado transitar con mayor asiduidad, pero las obligaciones contraídas en otros frentes, caso del literario y su serie consagrada a Horace Rumpole (hasta completar un total de ocho novelas), en buena medida, se lo impidieron.



sábado, 14 de abril de 2018

ROGER WATERS, US + THEM EUROPEAN TOUR ‘018: EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE PRIMAVERA


Si hay un olor característico de la festividad de Sant Jordi es el de las rosas. A diez días de la celebración de la Diada de Sant Jordi, el auditorio que lleva el mismo nombre, sito en la ciudad Condal, acogió el arranque de la gira Us + Them capitaneada por Roger Waters, incorporando al set list el tema Smell of Roses, perteneciente al último disco en estudio del legendario miembro de Pink Floyd, Is This Life We Really Want? (2017). Un título que lleva incorporado un interrogante para una propuesta musical sembrada de figuras alegóricas, como ese olor de rosas que trata de corregir, a modo de mecanismo de autodefensa, la realidad de un mundo que hace tiempo ha entrado en “estado de pánico” al albur de totalitarismos camuflados de democracias del siglo XXI. «Wake up / Wake up and smell the roses / Close your eyes and pray this wind don't change / There's nothing but screams in the field of dreams» («Despierta / despierta y huele las rosas / Cierra tus ojos y reza que este viento no cambie / No hay nada más que gritos en el campo de los sueños») reza una de las estrofas de uno de los doce temas que jalonan Is This Life We Really Want?. Gritos de júbilo se registraron entre el público en ese campo de los sueños que se convirtió para un servidor el Palau de Sant Jordi la pasada noche del viernes 13 de abril de 2018 y, a buen seguro para mi mujer Esther con la que pude compartir una velada mágica. Apostados prácticamente en primer línea (la ocasión lo merecía) dos horas antes del concierto, con un ligero retraso a las 9.20 de la noche Roger Waters, el maestro de ceremonias, daba inicio a la gira europea de Us + Them, en alusión a la pieza maestra integrada en el álbum Dark Side of the Moon (1973). El mismo no faltaría en el repertorio musical que nos brindó Waters y su banda en el ecuador de la segunda parte del concierto. Al compás de este tema compuesto por Richard Wright desvié un pensamiento para el finado teclista de Pink Floyd, del que aún conservo en la memoria su imagen del concierto celebrado en agosto de 1994 en el Estadi Olímpic, a escaso medio millar de metros del Auditori de Sant Jordi. Dos emblemáticos emplazamientos ubicados en la montaña de Montjuic, allí donde se iluminaron los corazones de muchos de nosotros en un concierto que jamás olvidaré, en que Roger Waters dio una master class de cómo un músico sabe corresponder a un público ecléctico, buena parte militantes de base del rock sinfónico y otros que han recogido el testimonio de padres, tíos e incluso abuelos de esas escuchas de los discos de Pink Floyd, preferentemente los fechados en los años setenta. De ese legado musical hubo una amplia representación en el set list, siendo uno de los high point de la velada la puesta de largo de algunos temas de Animals (1977) con una escenificación que es una evocación a La rebelión en la granja de George Orwell, en que parte del lineup y el propio Waters se acomodan una careta de cerdo para regocijo de un público ya decididamente entregado. Otros pasajes orwellianos se dieron cita en el Palau de Sant Jodi, con la proyección de dirigentes políticos cuyas decisiones han comprometido al futuro de la humanidad, llevándose la palma en el envite la imagen de Donald Trump, una suerte de monigote en las manos de Terry Gilliam en su etapa Monty Python. No hay mayor afrenta para Waters que un político que tenga entre ceja y ceja crear un muro que divida países en el nuevo milenio. De ahí la ira del miembro de Pink Floyd (me niego a pensar en términos de ex; él seguirá siendo una pieza basal de un sonido inifinidad de veces imitado, pero siempre es preferible el original) para con el máximo mandatario de la Casa Blanca, quien esa misma madrugada mandó lanzar las bombas “inteligentes” a determinados enclaves estratégicos del régimen de Siria. A modo de epifanía («Mother do you think they'll drop the bomb?» / «Mamá, ¿piensas que tirarán la bomba?»), Waters nos obsequió con el tema Mother de una de las Opus magna de los Floyd, The Wall (1979), instantes antes de concluir su repaso a los miembros de la banda, con mención especial para las polifacéticas Jess Wolfe y Holly Leasing (a pesar de lo blanquecino de sus pieles, poseídas de unas poderosas voces negras, a juego con los vestidos que lucían), y un guiño a su otrora compañero David Gilmour, al equiparalo con la imagen setentera del guitarrista Jonathan Wilson. Para sus adentros, el frontman británico debió pensar «When We Were Young», parafraseando el título de obertura del postrer álbum de Waters, del que pudimos escuchar cuatro de sus temas de un espectáculo de primera magnitud cuya guinda la puso Confortubly Numb. The Wall again. Mientras queden muros por derribar, Mr. Waters seguirá en activo con su juego de guitarras, un renovado entusiasmo y un amor incondicional por la música. Aquella capaz de apelar a los sentimientos y a permanecer vigilante ante las atrocidades que se cometen en un planeta sometido al dictamen de las guerras en cuyo fondo subyace el poder del dinero y el control de las masas. Leit motivs de un discurso musical que no parece tener fin en el ánimo de Roger Waters, con quien pude chocar los puños en el momento que abandonó el escenario y decidió hacer un acto de agradecimiento al público que ocupábamos las primeras filas de un auditorio casi lleno hasta la bandera en gran parte de su aforo con cabida para unas veinte mil personas. Lejos de dosificarse, Roger Waters, a sus setenta y cuatro años, se entregó hasta el último aliento en un concierto que concluyó justo a medianoche. Tocaba, pues, que cada uno de nosotros desfilara hacia sus respectivas carrozas de oro. Habíamos vivido nuestro particular cuento de hadas en ese sueño de una noche de primavera mientras nos hacíamos la pregunta: «Is This the Life We Really Want?». La respuesta para un servidor no se hacía esperar: «con conciertos como éste, rotundamente sí».                      

lunes, 9 de abril de 2018

«FRINGE» (2008-2013), PRIMERA TEMPORADA: «EXPEDIENTES X» EN LA ERA OBAMA


A la altura de 2008 se registró uno de los picos de mayor actividad dentro del mundo de las series de televisión en lo que llevamos de siglo XXI. De entre las que cursaron billete para su estreno en la pequeña pantalla, sin duda, destacan Breaking Bad (2008-2013) y Fringe (2008-2013). Coincidentes en el tiempo, tanto la una como la otra se estructuraron en cinco temporadas, pero Fringe llegó a la cifra de cien episodios (en una distribución desigual, al albur del dictamen de las audiencias) mientras que Breaking Bad se quedó en un total de sesenta y dos episodios. Una diferencia de episodios sustancial, aunque con el “matiz” a resltar de que Fringe abodaría cada segmento a partir de la segunda temporada con unos cuarenta minutos de duración por los cerca de cincuenta minutos de media de Breaking Bad. En relación a la primera, tiempo suficiente, en todo caso, para el desarrollo de tramas, a priori individualizadas, que parten de un patrón común a la seminal Expediente X (1993-    ) participada en la elaboración de sus guiones precisamente por el showrunner de Breaking Bad Vince Gilligan, esto es, una pareja de agentes especiales de distinto sexo que deben enfrentarse a la resolución de casos que escapan de lo cotidiano, situándose en el terreno de lo paranormal, de lo extraordinario.
    A partir de su carta de presentación, el episodio piloto que se emitió por primera vez en septiembre de 2008, Fringe muestra alguna de las cartas de una baraja abonada a las sorpresas, con la intención que éstas se vayan dosificando a lo largo de sus cinco temporadas. Nacida de una serie de ideas que pusieron en común J. J. Abrams, Roberto Orci y Alex Kurtzman, Fringe fía desde su inicio las cartas que pone en juego a la “triangulación” de caracteres, los correspondientes a Peter Bishop (el canadiense Joshua Jackson), a Walter Bishop (el australiano John Noble, incomprensiblemente ocupando la cuarta o quinta plaza en los créditos iniciales de cada episodio) y Olivia Dunham (la asimismo aussie Anna Torv). A medida que la serie progresa hacia la segunda temporada, van tomando un mayor peso los personajes de Astrid Farnsworth (Jasika Nicoleen calidad de asistenta y figura protectora de Walter Bishop en el laboratorio sito en la Universidad de Boston (Massachusetts)— y el estoico Philip Broyles (Lance Reddickcabeza visible de FRINGE, división dedicada a resolver casos extraños de índole paranormal en el seno del FBI, pero sin menoscabo al protagonismo adoptado por los Bishop y Liv prácticamente desde el arranque de la serie de marras. En razón de los veinte episodios vistos de la first season (sin contabilizar el piloto) podría colegirse que Fringe representa una actualización, una puesta al día de Expediente X, pero el propósito de sus creadores va más allá, en una prospección por una serie de fenómenos que comprometen a la noción de la existencia de universos paralelos, aquellos dispuestos a “explicar” el porqué de determinados hechos que acontecen en nuestro mundo real. Sin semejante particularidad el recorrido de Fringe presumo que se agotaría al cabo de la primera temporada, a lo sumo una segunda temporada, a pesar de haber encontrado en el personaje de Walter Bishop una presencia carismática como pocas, dotado de un coeficiente intelectual (IQ) cercano a 200, capaz de proporcionarle unos conocimientos que van muy por delante del cuerpo de científicos que trabajan para el FBI. El toque de genialidad que aporta en cada episodio Walter Bishop hace más llevadera aquellas tramas decididamente liberadas de cualquier anclaje con la lógica, más cercana al non sense en particular, los episodios que apelan a la comunicación "intercerebral" a través de una “escenificación” extraída de Minority Report (2002) o de Viaje alucinante al fondo de la mente (1980)— y, por tanto, susceptible de ser tomados como ejercicios que colocan al espectador en una difícil tesitura. En contraposición, para esta primera temporada Fringe reserva algunos episodios soberbios, tales como Unleashed (número 17), que involucra a unos activistas a favor de los derechos de los animales, dejando trazas de un mensaje ecologista en el marco de una trama guiada tras las cámaras por uno de los enfants terribles del fantástico contemporáneo, Brad Anderson (El maquinista, Sesión 9). Cineasta con pedigrí que adoptará una creciente importancia en el desarrollo de la serie, al igual que Akiva Goldsman, el oscarizado guionista de Una mente maravillosa (2001), título que asimismo valdría como subtítulo para una suerte de hipotético spin-off de Fringe, en referencia a Walter Bishop, el verdadero catalizador (a distintos niveles, incluido el emocional) de una serie que ha seguido la senda trazada por X-Files, pero ampliando el foco de una fenomenología labrada en laboratorios en los años 70 por el propio científico (recluido posteriormente en un hospital psiquiátrico por espacio de diecisiete años) y el doctor William Bell, en la piel de Leonard Nimoy. Precisamente Akira Goldsman se encargaría del rodaje del episodio Bad Dreams en que el doctor Bell emerge de la oscuridad enfrentándose a la mirada escrutadora y, a la par, asustadiza de Liv, auténtico high point de una primera temporada en que no faltan una nutrida nómina de guest stars (entre otros, Theresa Russell, Clint Howard, genial en su composición de personaje trekie abonado a las conspiraciones, y Jared Harris, un malvado con piel de cordero, emulando a la criatura literaria de otro Harris, de nombre de pila Thomas, Hannibal Lecter).                   


lunes, 2 de abril de 2018

«LA FIEBRE DEL HENO» (1976): EL PRINCIPIO DE CASUALIDAD


A día de hoy, bien avanzado el siglo XXI, si se hiciera una encuesta entre los coneiseurs de la ciencia-ficción en sus múltiples derivadas, Philip K. Dick (1928-1982) y Stanislaw Lem (1921-2006) se ubicarían en los puestos más destacados de una eventual lista de escritores que contribuyeron a dimensionar el género y popularizarlo. Sendos talentos emergieron durante la Guerra Fría, posicionándose cada uno de ellos en espacios geográficos e ideológicos disímiles, aunque a la altura de mediados los años setenta la Asociación de Escritores de Ciencia-Ficción de los Estados Unidos tendió un puente de plata a Stanislaw Lem en forma de invitación a integrarse en dicha comunidad de literatos y/o ensayistas, entre los que se contabilizaban la recientemente fallecida Ursula L. LeGuin y el propio Philip K. Dick. No obstante, el romance intercontinental poco duró en virtud de la actitud poco displicente y diplomática mostrada por Lem para con la asociación de marras, dejando para los anales una perla de ensayo, "Un visionario entre charlatanes", que tuvo acomodo en las páginas del American Literary Science-Fiction en uno de los números aparecidos en 1975 dedicado a glosar la obra de Dick. Atacado por su vena más impulsiva, Lem salvaba de la quema a Philip K. Dick de entre una pléyade, según su perspectiva, de mediocres escritores norteamericanos. Justo ese año, Lem completaba la escritura de la novela La fiebre del heno, aguardando a su publicación en 1976 con el título original en polaco Katar, que podría traducirse como «Rinitis». Empero, el olfato comercial de la editorial estadounidense encargado de su publicación promovió el de The Chain of Chance («la cadena de cambios») mientras que para su edición en castellano el sello barcelonés Bruguera se decantó por el de «La fiebre del heno», la expresión más popular con la que se conoce el término científico «Rinitis». Al cabo, aquella añeja edición de 1978 quedó descatalogada y una vez transcurridos cuarenta años el sello Impedimenta la ha recuperado, integrándose en una suerte de «colección Stanislaw Lem», en la que conviven un total de ocho piezas literarias hasta la fecha, a la espera de rescatar otras novelas y/o relatos cortos de la magna obra del escritor centroeuropeo.
    Desconozco por motivos óbvios si existe alguna tesis doctoral basada en los analogismos entre las obras de Dick y Lem, pero de existir presumo que no pasaría por alto el autor o la autora de la misma una novela de las características de La fiebre del heno. Al igual que ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), Katar deviene un híbrido entre la ciencia-ficción y la novela negra con resultados altamente sugerentes en un periodo proclive a la experimentación en tantos ámbitos artísticos, incluido el de la literatura. De la lectura de una novela cuya popularidad creció de manera exponencial merced a su versión cinematográfica –Blade Runner (1982), la privilegiada mente de Lem la procesaría en aras a integrar (ya sea de forma consciente o inconsciente) algunos de sus elementos al cuerpo narrativo de futuras piezas literarias, al tiempo que se encomendaría a la traducción al polaco de otra de las Opus magna del autor norteamericano, Ubik (1969). Una manera de familiarizarse con las particularidades de un lenguaje dickiano afectado de las alucinaciones derivadas de la ingesta de sustancias psicotrópicas, en especial el ácido lisérgico (LSD). Bajo semejante influjo, Philip K. Dick parecía fiado a la idea que Stanislaw Lem, con quien había mantenido una relación epistolar, no existía (sic) y que, en realidad bajo su afamado y muy poco común apellido se escondía un pool de escritores polacos situados bajo la esfera del comunismo. Esta sería la versión “oficial” que explica el porqué Lem y Dick nunca llegaron a conocerse en persona, pero circula una “oficiosa” en que el escritor norteamericano anduvo molesto con su colega porque no se le había satisfecho la cantidad pactada correspondiente por la traducción de Ubik al polaco. Tras su deceso se supo que Dick malvivió de su oficio de escritor (la oleada de adaptaciones cinematográficas llegaría “a título póstumo”) y, por consiguiente, precisaba de inyecciones económicas para su raquítica libreta de ahorros. Lejos de cualquier tentativa de cicatería, el principio de casualidad procuró que la transferencia a la cuenta de Dick no se hiciera efectiva y de ahí que según algunas especulaciones el autor de Blade Runner montara en cólera. Ese principio de casualidad al que apelan algunas fuentes sería el mismo que Lem aplicaría para el devenir de una novela La fiebre del heno— narrada en primera persona, la propia de un astronauta reclutado por una agencia de detectives con el fin de investigar una serie de muertes súbitas registradas entre un colectivo determinado que responde al patrón de individuos de mediana edad en torno a los cincuenta años--, varones, solteros y, en su mayoría afectados de distintos grados de alopecia. Amén del “parentesco” con la obra dickiana sobre todo en relación a ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? al mixturar géneros, a priori, tan difíciles de integrar en un mismo relato, La fiebre del heno transita por espacios inherentes a la literatura de J. G. Ballard el pasaje del atentado en el aeropuerto de Nápoles es como si arrancáramos páginas de textos coetáneos con el membrete del escritor inglés— para descolgarse en sus páginas finales con una serie de deducciones expresadas en boca de un sosías de Hercules Poirot, asistido en sus razonamientos por principios dictados por la Ciencia. De ese pozo Lem extraería una ingente cantidad de información puesta al servicio de un oficio que practicaría sin descanso hasta el fin de sus días. Al poco de fallecer, Impedimenta inició su firme compromiso por dar a conocer algunas de esas piezas “ocultas” de la obra del genio polaco, que encuentran en La investigación (1958) y La fiebre del heno dos de sus eslabones más preciados que adquieren una perspectiva “terrenal” merced a su funda de novelas adscritas al género criminal pero con el “toque Lem”, entre otros asuntos, el que hace referencia a un discurso abonado a las disquisiciones metafísicas y filosóficas no exentas de una pátina de ironía.  

jueves, 29 de marzo de 2018

LA TIERRA MIRA A 2050: EL INDEPENDENTISMO CATALÁN, DEL SUEÑO AL DELIRIO


Viajar al futuro deviene un ejercicio gratuito, un pasaporte a hacer volar la imaginación, pero también una manera de abrir el foco temporal y entender que la vida de cada uno de nosotros va al compás de ciclos en que se van alternando episodios de bonanza y de turbulencias desde distintos planos, ya sea el social, el económico o el político, entre otros. Ciertamente, si nos situáramos en el tiempo a mediados del siglo XXI, podríamos re(leer) los libros de historia en formato digital o en papel, este último de carácter residual— con ánimo de entender lo acontecido en Catalunya a finales de la segunda década de una centuria caracterizada por la implantación de la inteligencia artificial y del pleno asentamiento de los aparatos tecnológicos que parecen una extensión de nuestro propio cuerpo. Desactivada la capacidad de asombro al calor de una lectura medida desde una considerable perspectiva histórica, el relato de ese periodo ya no conoce de una lectura en clave maniquea, sino que admite distintas tonalidades de grises al tratar de repartir responsabilidades sobre el porqué se llegó a un punto en que la sociedad catalana se entendía desde las trincheras ideológicas de unos y otros, los unionistas y los independentistas. Digamos que al situarnos en el tiempo en el ecuador del siglo XXI, en que aquellos vaticinios tildados de apocalípticos por un sector de la población —entre los que se cuentan infinidad de exégetas del cortoplacismo, uno de los rasgos característicos de gran parte de la clase política— llaman a cumplirse, esto es, un cambio climático que, entre otras cuestiones, ha transformado la mitad sur de la península ibérica en un área semidesértica, la noción del independentismo catalán se diluye en un mar de problemas que guardan estrecha relación con la sostenibilidad del planeta Tierra. De aquellos barros vienen estos lodos. El efecto mariposa ha propiciado que pocas partes de nuestro planeta no hayan quedado afectadam por un cambio climático que se adivina prácticamente irreversible y al cruzar el meridiano de la primera centuria del tercer milenio la Tierra parece mirar con mayor determinación al exterior, a modo de tabla de salvación de la humanidad. Más que nunca, prevalece en este horizonte imaginado pero vestido de realidad a partir de indicadores plenamente contrastados en 2018, la idea de la unión de los pueblos para lograr un fin común aunque las alarmas ya hayan saltado.
    Alrededor de 2050 esa parte de la población que había vivido los acontecimientos de finales de la segunda década del siglo XXI en territorio catalán con el pálpito que la indepedencia podría tener visos de realidad en un futuro próximo, han ido borrando de sus mentes ese anhelo. Bien es cierto que en el Ágora de internet siguen escuchándose voces disidentes que tratan de despertar ese anhelo, mantener una llama que va apagándose a medida que los efectos del cambio climático van ganando cuota de “pantalla” en los telediarios. Los hijos y los nietos de esos conversos y/o convencidos de las bondades del independentismo ya no abrazan la causa de sus progenitores o de sus abuelos; escuchan otras voces, las de los Apóstoles de movimientos ecologistas que tratan de revertir un orden natural, el de los paradigmas impuestos por tecnócratas, neocons y/o ultraliberales que han llevado al planeta al borde de agotar sus recursos naturales. Al albur de la constatación que las previsiones menos halagüeñas sobre el planeta tierra se irían certificando una a una a mediados del siglo XXI se registraría, pues, una segunda oleada que provocó un auténtico tsunami para todos aquellos aún fijados al mástil de un ideal de independencia. Décadas antes, empero –allá por 2030--, esa prospección de futuro elaborada por equipos integrados en el seno de los partidos independentistas ERC (Esquerra Republicana de Catalunya), PdeCat (bajo diversas formas nominales en una tentativa por reinventarse casi a cada lustro vencido) y la CUP (retroalimentándose de ese sector anticapitalista con una prospección de voto al alza debido a una cada vez más acentuada fractura social) habían quedado en agua de borrajas y el independentismo había caído a los niveles anteriores a 2012, es decir, entre un 20 y un 25% de adhesiones entre la población. Mas, todos esos grupos de trabajo habían descuidado un factor que consideraron marginal. Mientras la crisis originada en 2007 entre otras consideraciones, por la burbuja inmobiliaria— se cebó en el grueso de la población formada por familias de clase media y baja, registrando una zona valle en la secuencia del índice de natalidad, ese “sector oculto” de la población formada por inmigrantes preferentemente, los provenientes del Magreb— contribuyeron sobremanera a incrementar las tasas de natalidad. Los Mohammed, Fatima y Habbib iban ganando la partida (numérica) a los Adrià, Marc, Núria o Júlia, y con ello el sentimiento identitario de un país iba perdiendo enteros a cada mes vencido. El independentismo, con su componente supremacista, no parecía generar sinergias con esa “población oculta”, con una limitada capacidad de integración por lo que concierne a determinadas étnias guiadas por un pensamiento religioso que designa a la mujer por encima de cualquier consideración el papel procreador. Con la demografía disparada alrededor de 2030, ese factor que había sido obviado por ERC, PdeCat y la CUP provocaría un “quebranto” en las aspiraciones independentistas, pero no sería hasta dos décadas más tarde cuando llegaría la “estocada” definitiva verbigracia de un planeta que debía sumar, antes que (sub)dividirse entre naciones o estados, unir antes que escindirse. Más que en ningún otro momento de la historia geológica de la Tierra, cabía poner fronteras a la sinrazón de movimientos independentistas en la realidad de ese mundo que avanza inexorablemente hacia un cambio de paradigma de dimensiones descomunales si no quiere ver como desaparece sobre su superficie una realidad bien conocida desde hacía relativamente poco tiempo.