domingo, 15 de septiembre de 2019

«LOS PARAÍSOS PERDIDOS»: A LA MEMORIA DE PEDRO HERNÁNDEZ AGUILERA


Presumiblemente, una de las etapas más críticas en el ciclo vital del ser humano sea la que se da cita al cruzar el umbral del medio siglo de existencia. En este periodo confluyen tres cuestiones que nos mueven a una reflexión medida desde la experiencia. En primera instancia, tomamos conciencia de una vida sojuzgada por el sentimiento de lo que aspirábamos a convertirnos pero la realidad nos ha llevado por otros derroteros. Un amago de frustración envuelve nuestros pensamientos cuando queda patente que el recorrido para conquistar nuestros anhelos ha quedado varado en el territorio de la resignación o, cuanto menos, del conformismo o del posibilismo. Asimismo, en ese cruce de caminos imaginario que asoma de manera inusitada al empezar a cubrir la quinta década de nuestras existencias la fatalidad de la pérdida de las personas que te dieron la vida deviene moneda de cambio común salvo excepciones. Los menos tenemos el privilegio de contar aún con la opción de compartir tiempo con nuestros progenitores, en una suerte de prórroga “divina” concebida bajo el manto de unos recuerdos cincelados de una emotividad que se dibuja en las miradas y en un esbozo de sonrisa franca. A todo ello cabe sumar un tercer elemento que emerge en el territorio de nuestros pensamientos y sentimientos al ir quemando etapas: la noción de la muerte. Tomamos conciencia que nuestra presencia (terrenal) tiene fecha de caducidad, máxime cuando nos asomamos al frontispicio de una realidad que se ha llevado por delante la vida de uno de nuestros amigos.
   Tradición obliga, mediados de septiembre sigue siendo el periodo del año en que se da inicio el curso escolar. El 15 de septiembre de 2019 regresábamos a la escuela de la Educación General Básica (EGB) varias de las personas de la «Generación del 67» (con alguna excepción, la de Carlos Ibáñez) que pasamos buena parte de nuestras infancias y los primeros estadíos de la adolescencia en les Escoles Lacinia, sito en el barrio de Santa Eulàlia de L’Hospitalet de Llobregat. Lo hicimos de una manera espontánea, inconsciente con el ánimo de honrar la memoria de nuestro querido Pedro Hernández Aguilera. El recuerdo por los tiempos vividos en aquellos años se activó a medida que nos íbamos sumando a un improvisado corrillo, en una especie de mecanismo (auto)protector que trataba de reprimir un sentimiento de dolor propio de personas que han experimentado en periodos más o menos recientes la pérdida de seres queridos. A buen seguro, Pedro hubiese querido que aquella jornada dominical donde el dolor era el sentimiento común para cada uno de nosotros, abrir de par en par la ventana del recuerdo de aquellos tiempos remotos, dejando filtrar una brisa de inocencia, camaradería y una amistad tallada sobre hierro. En ese «paraíso perdido» que se corresponde con la infancia reside para un servidor el genuino ideal de felicidad. El «plan divino» del ciclo vital registra en las fases primigenias del ser humano los mayores picos de felicidad al albur de un aprendizaje constante, el anhelo del descubrimiento a cada día vencido incluído el enamoramiento bañado de inocencia— y el fortalecimiento de unos lazos de amistad que valen para una eternidad. Al cabo, cada uno de nosotros aprendimos a volar fuera del nido. El guión de la vida nos ha llevado por caminos disímiles, pero existen señales luminosas en la cuneta que nos advierten de la pérdida de seres queridos. Un alto en el camino en el que afloran sentimientos encontrados. Acostumbrados a lidiar con los reproches, las falsas promesas, las envidias en el entorno profesional, las presiones cotidianas inherentes al mundo de los adultos, en esos puntos de encuentro que nos depara el río de la vida fruto de una amistad sin fecha de caducidad ni condicionantes de ningún tipo el tiempo parece detenerse y volvemos a la escuela primaria. Allí donde Pedro asumía el rol de «hermano mayor», dejándonos entrever la puerta de una madurez que él ya había conquistado con el físico propio de un gladiador y una voz rocosa que parecía surgida del Averno. Una voz que seguirá resonando para siempre en el hueco de mi memoria y de tantos amigos de la escuela que tuvieron el privilegio de conocer de primera mano de su bondad, franqueza y honestidad. Descansa en paz, amigo del alma.      

domingo, 25 de agosto de 2019

«OLGA» (2018) de Bernhard Schlink: AMORES SIN «CORRESPONDENCIA»

El arte la escritura lleva implícito un cierto componente mágico, aquel capaz que al correr las páginas de un libro perviva el sentimiento íntimo en el lector de asistir a un magisterio por parte del lector a la hora de colocar la palabra exacta, la entonación precisa en el empleo de una figura alegórica o el dibujo descriptivo de un paisaje que tratamos de reproducir en nuestra mente a cada parpadeo. Por ello un elevado porcentaje de asiduos lectores de obras literarias no creen factible que la escritura pueda llegar a convertirse en profesión. Es un arte que, en definitiva, demanda precisión en las formas y en el contenido, asumiendo el escritor que las palabras son las herramientas que haciendo uso de infinitas combinaciones deben arrojar un resultado que nos sitúe en los páramos de la perfección, salvoconducto imprescindible para que una determinada obra sea observada conforme a una pieza literaria presta a resistir las embestidas del paso del tiempo.
Presumiblemente Bernhard Schlink (n. 1944) no se cuente entre los escritores que sometan de manera perenne a su intelecto a la búsqueda de la palabra, de la entonación más acorde para cada instante que quede sellado en el papel. Ya sobrepasados los cincuenta años Schlink obtuvo la repercusión mundial por una disciplina artística que hasta entonces no le había permitido vivir de ella, cuanto menos con la holgura suficiente para alguien acostumbrado al bienestar que le procuraba su cargo en altas instancias del poder judicial en su Alemania natal. En cierta manera, el éxito de El lector (1995) enseñó el camino a seguir al autor germano en relación a la importancia que adquirieron a partir de entonces en su literatura las mujeres. No en vano, Schlink entendió que la piedra roseta de ese hallazgo editorial pasaba por la complejidad del personaje de Hannah que había logrado plasmar en su particular lienzo con una delicadeza, un tacto de asombrosa sencillez en el empleo de un lenguaje. Para alguien acostumbrado a lidiar a diario con un lenguaje técnico (el jurídico) que, dicho sea de paso, sirvió a la causa para su serie de novelas policíacas con el denominador común del personaje del private eye Gerhard Selby, el tipo de literatura que tuvo su pieza bautismal con El lector apostaba por una luz expositiva de formas sencillas, en contraste con la plana mayor de los grandes nombres de la literatura germana del siglo XX, entre otros, Thomas Mann, Heinrich Böll, Günther Grass o Siegdried Lenz. En mi cuarta lectura de una obra de Schlink, la correspondiente a Olga (2018), no hace más que constatar el rol capital de la mujer en su literatura, en este caso en un personaje epónimo que es observado bajo la luz de tres filtros distintos que equivalen a sendas partes de una novela en que luce en su portada la reproducción del lienzo A Dark Pool de Laura Knight. En la misma observamos la figura de una joven cuyo vestido se agita producto del viento que arrecia en una costa rocosa, en una estampa que favorece al ejercicio de la reflexión por parte de Olga. Desde un prisma metafórico con arreglo al fundamento de las cartas que escribe a su amado Herbert, Olga parece haber lanzado al mar mensajes de una botella sabedora que sus misivas escritas de puño y letra con el correr de los meses, de los años ya no tendrán acuse de recibo. El espíritu aventurero de Herbert perteneciente a un escalafón social superior al de ella— acabará resultando su propia tumba. Su retrato personal, minado de un ideal aventurero y de explorador de territorios vírgenes para un Occidental en el amanecer del siglo XX, ocupa buena parte del primer tercio de la novela, aquel que opera a través de la voz de un narrador omniscente al que le toma el relevo un narrador que recoge testimonio del devenir de Olga en los años cincuenta del siglo pasado en calidad de costurera en una casa familiar de real abolengo. Schlink cierra su nueva novela editada por el sello Anagrama (fidelidad obliga) en lengua castellana con un propósito epistolar, aquel capaz de dejar al descubierto aspectos de un personaje femenino que se explica mejor a través de sus anhelos más que de sus propias experiencias. Nuevamente aflora en la literatura de Schlink la dialéctica entre el presente y el pasado (por regla general con el telón de fondo de un escenario bélico), en esa superposición de planos temporales que, como había dejado constancia en la referida El lector, El regreso (2006), se revela en Olga uno de los pilares para lograr una efectividad narrativa encofrada de una pulsión lírica, poética que la hace tan atractiva para millones de lectores que han accedido a su prosa por mediaciación de más de treinta idiomas.

viernes, 16 de agosto de 2019

UNA LEYENDA DOMINICANA: CHICHO SIBILIO (1958-2019)


Presumiblemente no sea más de setecientos metros los que separa la vivienda de mis padres del pabellón del CB L’Hospitalet de Llobregat. Recién cumplidos los ocho años, en enero de 1976 el CB L’Hospitalet celebraba su torneo anual de equipos de club juveniles y junior donde se concitaban scoutings con la mirada puesta en descubrir nuevos talentos para el baloncesto patrio. A este torneo que en tiempos cosechó un considerable prestigio, de manera regular habían sido invitadas selecciones de categorías pre-senior de distintos países, recibiendo la invitación en ese año de inicio de un cambio de paradigma en el estado español muerto el dictador, muerta la dictadura— el combinado de la República Dominicana. Por aquel entonces, la sección de básket del Barcelona quedaba relegado a la condición de segundón en una l«iga dominada por el Real Madrid, al punto que en el ecuador de la década de los setenta se llegó a registrar un resultado que hoy en día podría resultar inverosímil: el equipo blaugrana salió derrotado por sesenta puntos de diferencia en la pista del equipo blanco. Acuciado por los malos resultados, el técnico Ranko Zeravica acudió a ese recinto deportivo que sería tan familiar para un servidor en los años ochenta, reparando en un ala-pivot de dieciséis años que representaba al país antillano. La apuesta de Zeravika no estaba exenta de riesgo, ya que los frutos de aquellos fichajes concentrados en un corto espacio de tiempo debían evaluarse al medio plazo. Cándido «Chicho» Sibilio Hughes llegaría a ser considerado, junto al alero Juan Antonio San Epifanio «Epi» (n. 1959) y Nacho Solozábal (n. 1958)  la columna vertebral de aquel FC Barcelona que, en paralelo a la transición vivida en el estado español, su sección de baloncesto experimentó otra transición hacia una de las etapas más gloriosas de su Historia. A ese «diamante en bruto» procedente de la República Dominicana que, a buen seguro anhelaba algún día jugar en la NBA, los distintos entrenadores que estuvieron bajo su tutela el mencionado Zeravika, Antoni Serra y Aito García Reneses— trataron de extraerle el máximo rendimiento posible. Vi jugar en diversas ocasiones en directo a Sibilio e infinidad de veces por televisión. Cuando en 1984 la ACB instauró la línea de tres puntos en un radio de 6,15 m (al cabo pasó a los 6,25 m) Sibilio llevaba tiempo encestando más allá de esa distancia. Su mecánica de tiro sirvió de ejemplo en las innumerables escuelas formativas de básket que diseminadas a lo largo y ancho del país, a las que me sentí llamado pero pronto mi pasión por este deporte derivó a la condición de árbito y de entrenador de categorías inferiores en distintas etapas de mi vida. Como diría el llorado Andrés Montes, hay jugadores que se desenvuelven por las canchas como si llevaran frac. Entre estos jugadores tocados por la elegancia cabía situar a Chicho Sibilio, alguien capaz de promediar casi veinte puntos por partido a lo largo de trece temporadas. Junto a Epi con registros anotadores similares aunque con un estilo de juego distinto, más aferrado a la noción de pundonor y épica— formaban un tándem de ala-pivots mortífero que mereció la admiración de múltiples pistas del continente europeo. Una «hermandad» que conoció otra figura clave, la del base Nacho Solozábal, la inteligencia materializada en la cancha de juego, encomendado a marcar aquellas jugadas que indefectiblemente pasaba por las manos de Epi y Sibilio para resolver con un elevado porcentaje de aciertos tiros que hacían temible el juego exterior del FC Barcelona. Sin duda, el equipo blaugrana encontró en semejante triunvirato la piedra roseta de un proyecto ganador con carácter hegemónico a lo largo de la década de los ochenta, desfilando por sus distintas formaciones con el denominador común de Solozábal-Epi-Sibilio jugadores del talento del danés nacionalizado canadiense Lars Hansen o el estadounidense Audie Norris, entre otros.
   Transcurridos varios días desde el conocimiento de la noticia del deceso de Chicho Sibilio, a los sesenta años, regreso sobre esa mirada que conservo grabada de un jugador que contribuyó sobremanera a definir la esencia de un deporte, ese dorsal 6 que solo la sinrazón evitó que colgara en ese imaginario «palco de autoridades» que luce en lo alto del Palau, la pista mágica que ofreció tardes y noches de gloria a una sección que hoy en día ha dejado de poseer el significado de antaño. Como bien recalcó Sibilio en una entrevista realizada por el periodista Lluís Canut hace unos años, la pertenencia a un club se gana desde el afecto al mismo antes incluso de ser considerado jugador con la elástica, en su caso, blaugrana con un total de 616 partidos en su haber. Gracias, Chicho, allí donde estés, por haber sido uno de los jugadores que más hicieron para amar un deporte que puede llegar a representar una filosofía de vida. Descanse en paz un «gigante» del básket.   

domingo, 21 de julio de 2019

«CREUER D’ ESTIU / CRUCERO DE VERANO» (2006): DESCUBRIENDO LA PRIMERA NOVELA DE TRUMAN CAPOTE

Coincidiendo con el año que se cumplió el 80 aniversario del nacimiento de Truman Streckfus Persons (1924-1984), artísticamente Truman Capote, los astros parecían alinearse para que el menudo escritor norteamericano, lejos de ser pasto del olvido, se revitalizara el interés por su obra. Por aquel entonces, la industria cinematográfica estadounidense, a través de la Biblia de Hollywood, la revista Variety, anunció el inminente rodaje de una suerte de biopic parcial de Truman Capote, en que el finado Phillip Seymour Hoffman se colocó en la piel del afamado escritor. Sometido a una transformación física notable, Hoffman «resucitó» a Truman Capote merced a una interpretación acreedora de un Oscar. Sin duda, semejante logro eclipsó una serie de noticias que apelaban asimismo a la persona de Capote, entre las cuales encontramos la publicación de The Brief a Treat (2004), una recopilación de la vasta correspondencia que el taimado escritor guardó celosamente y que su biógrafo Gerald Clarke sometió a escrutinio para dar lugar a un libro muy revelador de cuestiones que competen al círculo de amistades del autor de A sangre fría (1965). Entre chismorreos, muestras de estados de ánimo, sugerencias (literarias, pero también cinematográficas y teatrales) y confesiones, en sus relaciones epistolares Truman Capote dejó filtrar el estado de las cosas por lo que concierne a su (intermitente) actividad profesional. A todo ello cabía aguardar unos meses desde la publicación de The Brief a Treat Un placer fugaz. Correpondencia (2005) para su traducción en lengua castellana a cargo del sello Lumen— para atender a la mayor de las «revelaciones» desde un prisma eminentemente literario— que en el amanecer del siglo XXI podía proveer la figura de Truman Capote. A pesar de las reservas propias de quien se supo amigo personal y, a la sazón, editor de Capote, Alan U. Schwartz, éste se decantó por dar luz verde al proyecto de edición de Summer Crossing, la que podría colegirse la primera novela escrita por el genio de Nueva Orléans, pero que había abandonado cualquier tentativa de publicarla, priorizando así otros proyectos en un periodo en el que aún se encontraba instalado en la veintena. De hecho, según relata Schwartz en el epílogo de la edición de Summer Crossing reproducida para la ocasión para la edición en catalán y castellano que llega a las librerías en el verano de 2019 de la mano del sello Anagrama— cuando Capote abandonó su apartamento de Nueva York en 1966 aún reciente el impacto generado con la publicación de In Cold Blood— dio orden expresa al conserje del edificio para que se desprendiera de todo el material que aún quedara en su vivienda. Por ventura, el conserje hizo caso omiso a las indicaciones de Truman Capote, quedando a resguardo material diverso que contenía precisamente el manuscrito titulado Summer Crossing. Un pariente del conserje heredó lo que vino a convertirse en un auténtico tesoro.  
   Para el común de los mortales, el haber empezado a escribir una novela con diecinueve años podría ser tildado de signo de precocidad. Empero, Capote ya llevaba acumulada casi una docena de años escribiendo desde que en 1943 se embarcara en este ejercicio que requiere de enormes dosis de disciplina para cumplir determinados objetivos. Tres años más tarde Capote revelaba en una carta remitida a Elizabeth Ames que se apremiaba a concluir la escritura de su primera novela, una manera quizás de reclamar la atención para que le considerara digno de formar parte del programa Yaddoo que la maestra estadounidense pilotaba desde hacía varios veranos en Saratoga Springs, en el estado de Nueva York. Al mismo accedió, pero al reseguir el itinerario epistolar del libro tutelado por Gerald Clarke la pista de aquel proyecto al que había dedicado numerosas horas durante el periodo comprendido entre 1943 y 1946 compaginado con la publicación de relatos cortos para las revistas Harper’s Bazaar, Mademoiselle y Prairie Schooner, entre otras, parecía perderse para siempre. A medida que la década de los cuarenta avanzaba la estrella referida a ese Summer Crossing en el incipiente firmamento literario de Capote se iría apagando… hasta bien cumplidos los veinte años del deceso del brillante autor sureño. En aquel providencial 2005 en aras de redimensionar la figura de Truman Capote un segundo largometraje, Historia de un crimen (2006), centrado en este caso en la época en que se consagró a la escritura de A sangre fría, un proceso con una implicación emocional que le dejó tocado de por vida, la aparición de Summer Crossing representó un acicate para estudiosos a la hora de «reconstruir» las raíces de un árbol literario robusto pero sin la frondosidad propia de un autor que pueda ser calificado de prolífico. Más allá de sus relatos breves, libros de viaje y guiones cinematográficos, la obra en forma de novelas de Truman Capote hasta 2005 había quedado limitada a cuatro títulos publicados. Con Creuer d’estiu / Crucero de verano el número queda ampliado a cinco (descontando su pieza inacabada Plegarias atendidas), dejando patente desde las primeras páginas de su proverbial capacidad narrativa, la referente a un talento extraordinario con unas dotes de observación de la vida mundana que encuentran asidero al hilvanar un relato que cubre la distancia que separa el tono costumbrista salpimentado de comicidad con ese lado oscuro que apela a lo trágico. Signos de madurez en la evaluación de un personaje, el de Grady McNeil, una chica de diecisiete que pasa el verano en Nueva York sin la compañía de sus progenitores por voluntad propia. Un personaje que persigue, pues, un cierto aliento emancipador y que va perfilando algunos de los rasgos característicos de Holy Golightly, la heroína de Desayuno en Tiffany’s (1952), la primera gran conquista literaria de Truman Capote, cuyos demonios interiores a costa de una madre dipsómana, el descubrimiento de su homosexualidad y una vida itinerante desde temprana edad sojuzgada por una falta de afecto, entre otras consideraciones— pronto desembocaron en el mar de la literatura, el faenado por un ser con demasiadas carencias para poder enfrentarse cara a cara con su adicción al alcohol y a las drogas. Una debilidad que queda al descubierto cuando en un pasaje del epílogo de  Creuer d’estiu / Crucero de verano reproduce literalmente la respuesta que Capote dio a Schwartz cuando éste le conminó a que se sometiera a un programa de rehabilitación para alcohólicos y drogaadictos: «por favor, déjame marchar. Quiero marcharme». Al cabo de unos meses, Schwartz asistió a su entierro, pero su voz literaria sigue resonando con intensidad en la actualidad, incluso entre aquellas «obras de juventud» sobre las que pesaba una sentencia tras muchos años de cautiverio en un apartamento situado en el 1.060 de Park Avenue.

domingo, 14 de julio de 2019

«LA POETA Y EL ASESINO» (2002): EL FALSIFICADOR MORMÓN Y LA MISTERIOSA DAMA DE AHMHERST


Ha transcurrido casi una década desde que vio la luz mi primera novela, El enigma Haldane (2011). A través de la evocación que hace de su padre supuestamente muerto en un accidente automovilístico el personaje protagonista de la misma, Timothy Waller destaca que entre sus aficiones se encontraba la lectura de poesía, siendo una de sus autoras favoritas Emily Dickinson (1830-1886). Durante el periodo que había dedicado a la escritura del libro tuve un conocimiento un tanto vago en torno a esta poeta norteamericana de la que, en cierta manera, la lectura de algunas de sus poemas me atrapó al punto que la incorporé a esa cosmogonía, cuál demiurgo, que estaba moldeando en las primeras estribaciones del siglo XXI. Precisamente, en ese periodo el periodista, aventurero, ensayista y novelista británico Simon Worrall vio publicada la novela The Poet and the Murderer (2002), de la que ha tardado diecisiete años en ser traducida al castellano de la mano del sello Impedimenta. Beatriz Anson se ha encargado de una labor que, a buen seguro, ha requerido de la necesidad de material extra que ayudara a apuntalar una traducción a la lengua de Dámaso Alonso de una obra que puede leerse conforme a una novela de misterio, pero que evita cualquier amago de ficción. La poeta y el asesino sigue, pues, las coordenadas de un relato sobre la verdad de un personaje, Mark Hoffman (n. 1954), que llegó a crear un poema haciéndolo pasar por uno de los muchos que había escrito de su puño y letra la asceta Emily Dickinson. El punto de partida de La poeta y el asesino no es otro que la subasta del poema de marras en la prestigiosa Sothersby’s en 1997, vendido por veinte mil dólares a un representante de la Biblioteca Pública de Ahmherst la localidad de Massachusetts donde vivió recluida la totalidad de sus cincuenta y seis años la menuda poeta— tras recibir una serie de donaciones que permitieron acceder a la puja por una obra que llenó de animosidad y de cierta incertidumbre, cabe decirlo— a los acérrimos admiradores del legado artístico de Emily Dickinson.
    Al tirar del hilo de la realidad, se llegó hasta un personaje con múltiples atractivos para que ocupara un plano de centralidad en una novela de «no ficción» según el término acuñado por Truman Capote, a propósito de A sangre fría (1966)— que, para un servidor, además de conocer infinidad de detalles que enriquecen mi interés por la figura de Emily Dickison, ha significado una puerta al conocimiento de la creación del mundo de los mormones. No en vano, Mark Hoffman se educó bajo la ortodoxia mormona pero, a temprana edad, iba tomando conciencia que aquella «fortaleza» eclesiástica se había construido con pies de barro. Óbviamente, mi fascinación sobre los mecanismos que operan en el seno de las sectas religiosas la de los mormones, una de las de mayor predicamento y expansión a escala planetaria— y de la que dejo constancia en El enigma Haldane merced a la confección de una organización liderada por Ephraim Samsteen con el epígrafe de la clonación de seres humanos para operar como sociedad mercantil, han avivado la atención por la lectura sobre todo en los capítulos centrales de La poeta y el asesino. Se trata de un trabajo de campo a cargo de Simon Worrall que inicialmente debía haber sido publicado por la revista Enquirer, pero que derivó en una propuesta literaria de gran calidad. Worrall deja constancia de su savoir faire en el manejo de un lenguaje que no excluye un aliento poético, lírico, diríase que tocado por la gracia de saberse agradecido que la «divina providencia» le facultara a escribir una novela que crea adicción en el lector aunque sea un profano en las materias tratadas. El vocablo «asesino» puede resultar el señuelo presto a captar la atención del mayor número de lectores posible, pero sin sus cargos por doble asesinato –dos miembros destacados de la comunidad mormona de Salt Lake City—que le han llevado a permanecer en prisión de por vida Mark Hoffman hubiese sido un personaje digno de estudio, con un IQ cercano a 150, y su don para falsificar firmas —en torno a las ciento treinta de auténticas figuras de la Historia de Norteamérica— y documentos que hizo pasar por oficiales, incluido las que podríamos colegir las sagradas escrituras de los Mormones.
     Una vez más, Impedimenta ha demostrado su excelente olfato a la hora de recuperar para el parque editorial de nuestro país, una gema de incalculable valor que, a buen seguro, ganará público lector con una eventual adaptación a la gran pantalla en forma de ficción cinematográfica. Descartado Bart Layton para no incurrir en un exceso de repetición de temas el director y guionista del falso documental El impostor (2012) y la excelente American Animals (2018) Pienso que Robert Zemeckis podría ser un candidato idóneo para llevarlo a cabo, toda vez que en un par de ocasiones ha convertido material procedente del campo documental en sendos largometrajes de ficción El desafío (The Walk) (2016), Bienvenidos a Marwen (2018). Este podría ser el tercero ya que tenemos el precedente de The Man Who Forget America (2003), dirigido por Matthew Thompson, centro en el personaje de Mark Hoffman, confinado en una prisión federal desde hace una veintena de años. Otra prisión, la situada en una mansión de estilo victoriano en Ahmherst, fue la que ocupó la «poeta» del título de una novela excepcional en el amplio sentido de la palabra.     

domingo, 7 de julio de 2019

LA CARA OCULTA MUSICAL DE NICK MASON: A PROPÓSITO DE «UNATENDED LUGGAGE» (2008)

Por razones de edad algunas de las cintas clave del género de terror de los años setenta las visité por primera vez en salas comerciales o en la pequeña pantalla en la década siguiente. Al impacto causado por el visionado de El exorcista (1973) —en un programa doble en los cines Verdi cuando aún no había sufrido la transformación en multisalas—, El otro (1972), La matanza de Texas (1974) y Las colinas tienen ojos (1977) —estas últimas en el marco del Festival Internacional de Cine Fantástico de Sitges—, se sumó, entre otras, la presencia frente al televisivor para contemplar Engendro mecánico (1977) en la noche del viernes 22 de noviembre de 1985, la película propuesta a la audiencia en el marco del programa La Clave que abordaba el tema de las «Máquinas inteligentes» para someter a debate. Por aquel entonces contaba con diecisiete años y difícilmente olvidaré pasajes de una producción cinematográfica abanderada en su apartado interpretativo por Julie Christie, una de mis actrices favoritas. En un ejercicio habitual en un servidor, ávido de conocimiento, traté de recabar información sobre el director de Demon Seed del que no había oído hablar nada hasta entonces. Ni por asomo podría imaginar que diez años después sería el máximo responsable de la creación de una revista cinematográfica mensual escrita en catalán. A la altura de su número doce (mayo de 1996) de Seqüències de cinema publicamos en el apartado in memoriam un breve sobre la figura de Donald Cammell (1934-1996), fallecido a los sesenta y dos años a consecuencia de un suicidio. Al parecer, se había disparado un tiro a la cabeza. Tres años después de haber publicado aquella luctuosa noticia, volví a tener una «cita» con el iconoclasta artista escocés el viernes 29 de abril de 1998, al filo de la medianoche, en virtud del pase televisivo en el canal autonómico catalán de White of the Eye (1987). Un enclave semidesértico del estado de Arizona sirve de marco de una historia que pivota sobre el proceso de investigación de un asesino en serie que mutila a sus víctimas. A tenor de la presencia de Cammell al frente del proyecto cabía un ejercicio que siguiera los cauces propios de la experimentación, involucrando para la ocasión a Nick Mason (n. 1944), uno de los nombres propios de aquellos tiempos de la escena cultural provisionada de psicodelia en el Londres de la segunda mitad de los años sesenta. Allí Cammell entró en contacto con Mick Jagger, a quien codirigió —junto a Nicolas Roeg— en su opera prima Performance (1970), y se familiarizó con el sonido de los Pink Floyd en su etapa psicodélica. Para su batería y único de los componentes que ha permanecido fiel a la historia de una de las bandas de rock más legendarias, la tentación de concebir un disco alejado de los dominios de los Floyd cristalizó en 1981 con la publicación de Fictitious Sports.
    Una vez más, el azar me puso indirectamente sobre la pista de Donald Cammell cuando el pasado 6 de julio de 2019 me perdí entre la generosa oferta discográfica de una pequeña tienda situada en el casco antiguo de la Ciudad Condal, que resiste como gato panza arriba las embestidas al negocio discográfico en formato físico en plena realidad del siglo XXI. Dentro del espacio consagrado al rock progresivo figuraba un disco que nunca había visto hasta entonces: Unattended Luggage. Un título apenas perceptible a simple vista ya que la tipografía y el cuerpo de letra reservado para su autor —Nick Mason— ocupa un espacio de centralidad en la cubierta de un caja vestida de tonalidades anaranjadas y azuladas. En su interior descansan tres pequeñas piezas de coleccionista, el referido Fictitious Sports, Profiles (1985)… y la banda sonora de White of the Eye (1987). El impluso floydiano —unido al camelliano (con nombre de pila Donald)— me hizo adquirir este «equipaje desesperado» que ya computa entre las rarities de la colección de discos que comparto con Esther Solías. El ex miembro de la formación 10cc Rick Fenn (n. 1953) fue el compañero de viaje de Nick Mason en Profiles y White of the Eye, mientras que para Fictious Sports el batería de Pink Floyd se dejó acompañar por el ex soft Machine Robert Wyatt para que éste se ocupara de la parte vocal de siete de los ocho temas que jalonan un álbum habitado de numerosas influencias (jazz, blues, techno-pop), con una pared de sonido rocosa en que tienen acomodo instrumentos de viento como la trompeta, la tuba, la flauta y el clarinete. Para Profiles las coordenadas sufrieron una variación considerable, repercutiendo un disco de corte instrumental –con la excepción de los temas “Lie for Lie” e “Israel” en la voz de Dave Gilmour (su amigo y compañero de los Floyd) y el argentino Danny Peyronet—que, en una evolución lógica, podría interpretarse conforme a un ejercicio preparativo a la hora de abordar la escritura musical para la banda sonora de White of the Eye con un armazón experimental al estilo new age con algunos desvíos country y otros tantos destilados con las esencias de esos fluidos rosas que empezaron a reclamar la atención en el seno de una efervescente actividad cultural en la que se mostró especialmente activo Donald Cammell, pintor vocacional y cineasta a tiempo parcial que transitó por un camino empedrado antes de abandonar el mundo de los vivos por voluntad propia, aunque impelido por un cúmulo de fatalidades.         


lunes, 27 de mayo de 2019

«EL OASIS» (1949), de Mary McCarthy: CAMINO A UTOPÍA

Prácticamente desde sus inicios el sello Impedimenta ha querido rei(vindicar) el papel de la mujer en el desarrollo de la literatura preferentemente del siglo pasado. Cumplida una docena de años desde aquel firme propósito –entre otros varios--, la editorial madrileña ha facultado a incorporar a su exquisito catálogo el nombre de Mary McCarthy (1912-1989), presumiblemente una de las intelectuales estadounidenses más distinguidas del siglo XX, en cuyo segundo tercio se acumula –amén de sus tres matrimonios fallidos-- el grueso de sus contibuciones al campo de la prosa, del ensayo, de la crónica y de los artículos periodísticos. En la necesidad por tener presencia algún título de la autora oriunda de Seattle, Impedimenta hizo una prospección por una obra recorrida en su espina dorsal por las propias experiencias vitales de Mary McCarthy, entre las que se cuentan Memorias de una joven católica (1957) publicada en castellano por Lumen en 2001, El grupo (1962) Tusquets para su publicación en castellano en 2004, extraído de la etapa que pasó en el Vassar’s College, How I Grew (1987) y, en forma epistolar, Entre amigas: correspondencia entre Hannah Arendt y Mary McCarthy (1996) editada en 1998 a cargo de Lumen. Sería precisamente Hannah Arendt quien confesó su grata impresión con la lectura de The Oasis, al punto de describirla de manera sintética como «una pequeña obra maestra». Incorporado a modo de elemento promocional en la edición (por primera vez) en lengua castellana, El Oasis (1949) ofrece la medida de la capacidad intelectual de una escritora que, una vez más, esculpió a partir de la realidad unos personajes que intervienen en una especie de cónclave para promover ponencias y análisis sobre cuestionen que comprometen al avance de la sociedad en el ecuador de la pasada centuria. Medio millar personas guiadas por una brújula que apunta a un espacio residencial llamado El Oasis, metáfora de una sociedad –la norteamericana— que confina a sus intelectuales en círculos geográficos muy determinados, que contrasta con ese desierto del razonamiento y de la reflexión cautivo de la inmensa mayoría de la población. En la introducción a cargo de Vivian Gornick queda constancia que Mary McCarthy obtuvo de su conocimiento de primera mano sobre distintas esferas de la intelectualidad estadounidense el material humano con el que iría dando acomodo a un relato breve en torno a las ciento treinta páginas— que volvió a levantar ampollas tras su controvertido debut literario con The Company She Keeps (1942). Precisamente, en los pliegues de esta pequeña obra descubrimos que cada una de las “facciones de pensamiento” en pos de que prevalezcan sus postulados, esto es, los realistas y los puristas, sus respectivos líderes Will Taub y MacDougal Macdermott encuentran acomodo en el molde que procuran Philip Rahv y Dwight MacDonald. Con ellos coincidió por primera vez Mary McCarthy, a propósito de la celebración en la que se dieron cita intelectuales de izquierdas. De aquellas reuniones asimismo McCarthy extrajo anécdotas y situaciones que jugarían a favor a la hora de tejer un relato en que se filtran referencias a piezas de Victor Hugo, Sinclair Lewis o Henry Thoreau, entre otros distinguidos literatos y/o pensadores. Con todo, el ejercicio literario al que se encomendó Mary McCarthy representa una sucesión infinita de frases tocadas por el ingenio a cuenta de una afilada capacidad de observación de su entorno. Un ingenio que se viste con el color del sarcasmo, de lo vitriólico y de lo mordaz, incluso para el pasaje de una mera descripción física de uno de los quinientos invitados a asistir al templo de El Oasis: «Henry, un joven alto y delgado con la cabeza ovoide, que recordaba a una lima de uñas (…)». Por ello, sería preceptivo dejar margen para una segunda lectura que permita ir más al fondo y aparcar (a nivel subconsciente) la forma de una narración que demuestra que la mordacidad y el sarcasmo no son características exclusivas de los escritores varones. Solo una doble lectura, a mi juicio, permite observar con detalle la proeza narrativa cuya autoría descansa en Mary McCarthy, la antítesis del pensamiento reaccionario que demostró tener otra personalidad de la historia de los Estados Unidos del siglo XX de idéntico apellido, pero de nombre de pila Joseph. El otro maccarthismo, el acomodado al plano literario, puede tener su prédica para algunos lectores en El Oasis a la hora de ampliar el terreno en lo sucesivo por parte de Impedimenta a otros textos de su autora que aún queden pendientes de edición en lengua castellana.

martes, 21 de mayo de 2019

«EL VAGABUNDO DE LAS ESTRELLAS» (1915) de Jack London: PRISIONERO DE LA IMAGINACIÓN


La proverbial capacidad de los hermanos Joel y Ethan Coen por dar acomodo a un número ciertamente considerable de historias para el medio cinematográfico tiene entre sus fundamentos la habilidad de procesar textos de autores preferentemente estadounidenses y hacerlos pasar por el sedal de sus propias aspiraciones autorales. Situados en la divisoria entre el espacio cinematográfico y el televisivo verbigracia de su condición de producto made in Netfilix, el estreno en las plataformas digitales —y de manera puntual su comparecencia en salas comerciales— de La balada de Buster Scruggs (2018) ha servido, entre otras cuestiones, para fijar la atención en Jack London (1876-1916), el novelista, cuentista, aventurero y ensayista que creó la serie de historias que concurren en la producción dirigida y guionizada por los hermanos Coen. Sin duda, cumplido con creces el centenario de su nacimiento, John Griffith Chaney operando bajo el álias de Jack London en virtud de sus atribuciones de escritor salvada una etapa prosaica y una vida sojuzgada por un sentido itinerante— sigue siendo un pozo sin fondo a la hora de amueblar relatos fílmicos que, por lo general, incursionan en el género de aventuras. No en vano, algunas de sus más célebres narraciones —La llamada de lo salvaje (1903), El lobo de mar (1904), Colmillo blanco (1906), etc— han cobrado relevancia en la historia de un género literario con una amplia tradición entre sus compatriotas estadounidenses, pero asimismo en países del viejo continente y de Asia. Empero, El vagabundo de las estrellas (1915) al que Fernando Savater se refiere en su prólogo para Nørdica Editorial con el título El peregrino de la estrella, el empleado por una añeja edición de un sello valenciano, a día de hoy, sigue quedando al margen de cualquier tentativa de ser trasladada a la gran pantalla dada la extrema dificultad a la hora de acomodar al terreno de los imágenes una novela de carácter eminentemente introspectivo, narrado (en primera persona) por un convicto llamado Darrell Standing. De manera puntual, Standing interpela al lector en la necesidad de establecer un cordón umbilical desde el plano emocional con aquellos prestos a dejarse seducir por la fragancia de la obra de un escritor que por aquel entonces acumulaba infinitas horas de vuelo. Pero sin este ardid la novela hubiese podido funcionar de igual modo; se trata de un relato en blanco y negro (el color que mejor le sentaría para una eventual traslación al cinematógrafo) que nos sumerge en una realidad que coloca de manera perenne a nuestro héroe en el frontispicio de la muerte. Lejos de claudicar frente a las acciones de sus torturadores los guardias y el alcaide de la prisión de San Quintín, Standing extrae de sus pensamientos la materia prima para crear una realidad paralela, aquella capaz de explorar en mundos que pertenecen a periodos de la Historia muy diversos (incluido el de la crucifixión de Jesucristo) donde solo se ha podido viajar a través de la lectura de libros en que computa en primera instancia el género de aventuras. En este sentido, El vagabundo de las estrellas —en una proverbial traducción al castellano de Héctor Arnau— puede entenderse conforme a una carta abierta de amor a la literatura, en forma de corolario, cuya publicación se sitúa en los estertores de una vida que se apagó a las puertas de cumplir su cuarenta y un aniversario. La mitad de su corta existencia la dedicó en cuerpo y alma a la escritura de decenas de miles de páginas, un porcentaje residual de las cuales quedó al arbitrio de quienes lo juzgaban —entre ellos colegas de profesión— con el calificativo de «plagiador». No fueron pocas las evidencias de semejante práctica por parte de London, quien además del dolor moral que le comportó sentirse atacado con vileza por periodistas, editores y escritores a los que en verdad apreciaba, sufrió el físico a propósito de sus problemas hepáticos, agudizados por sus tendencias dipsómanas. En buena lid, el padecimiento físico de Darrell Standing doblemente prisionero, el de una celda espartana y de reducido tamaño, y el que le procura quedar atrapado en una camisa de fuerza (de ahí el título original de la novela de marras: The Jacket) durante varios días— va de la mano del propio Jack London en la recta final de una existencia en la que logró, eso sí, rubricar una auténtica obra maestra. En no pocos pasajes de El vagabundo de las estrellas, anexionados con la desbordante imaginación de Standing los lectores que hayan podido disfrutar de sus relatos de aventuras reconocerán su huella indeleble. Pero en esta ocasión la fórmula utilizada por London trasciende el marco propio del género, elevándolo a los altares de una obra que, como pocas, deviene una oda al poder de ensoñación que procura la literatura, a modo de punto de fuga de cada una de nuestras realidades cotidianas. A modo de botón de muestra de las enseñanzas que deja una lectura calibrada desde lo emocional sobre la capacidad de resistencia del ser humano, subrayo en rojo (virtualmente) una párrafo que define al personaje creado por el autor californiano: «Como digno heredero de las leyes de Mendel, debo reconocer que no soy otra cosa que mi pasado. Todos mis seres anteriores, con sus voces, sus ecos y sus impulsos residen dentro de mí. En mi modo de actuar, en el fuego de mis pasiones, en las intermitencias de cada uno de mis pensamientos intervienen todas y cada una de mis existencias anteriores: todos los seres que me precedieron y que formaron parte en el proceso de mi creación». Amén.