martes, 27 de enero de 2015

PODEMOS RECORDARLO POR UD. AL POR MAYOR: EL FENÓMENO «PHENOMENA»

Hace algo más de tres años recibí una notificación sobre la presentación de un nuevo proyecto denominado Phenomena, tomado prestado del título de la película dirigida por Dario Argento en 1985. El planteamiento de base era recuperar títulos en pantalla grande que formaron parte del imaginario colectivo de una generación. A bote pronto, la propuesta me parecía condenada al fracaso atendiendo a que las reposiciones prácticamente habían desaparecido de las carteleras y los datos sobre la asistencia a la Filmoteca de la Generalitat de Catalunya (con una nueva ubicación en pleno barrio del Raval de Barcelona) no ofrecían la medida de un repunte al alza de la cinefilia. Para mi sorpresa, a través de facebook pude contemplar una imagen de cómo la cola generada con el pase del "programa doble" compuesto por Tiburón (1975) y Alien, el octavo pasajero (1979) en el cine Urgell daba la vuelta a la manzana. Nacho Cerdá, el impulsor del proyecto, había dado en la diana. Transcurridos tres años desde entonces, una vez "fidelizado" a un público entusiasta parecía que las cuentas salían para invertir en un proyecto mucho más ambicioso al albur del inusitado éxito de las sesiones mensuales de Phenomena registradas indistintamente en Barcelona y Madrid. El cierre de los cines Urgell con un aforo apto para más de 1.400 personashabía precipitado el peregrinaje de Phenomena por otros cines de la Ciudad Condal. Así pues, Nacho Cerdà y su equipo capitularon y se embarcarían en la necesidad de remodelar el cine Nápoles, situado cerca de la Sagrada Familia, y casi en tiempo récord a diferencia de la majestuosa construcción ideada por Antoni Gaudípodíamos leer en la marquesina de los cines el título de Phenomena. Acompañado de la liturgia pertinente, el pistoletazo de salida se dio el pasado 19 de diciembre de 2014, volviendo a programar, a modo de talismán, Tiburón Alien, el octavo pasajero. Los medios de comunicación locales se hicieron eco del evento, desprendiéndose de las entrevistas que le hicieron a Cerdà un sentimiento ambivalente: por una parte, el orgullo de haber sido el factotum del proyecto, y por otro, el que si el mismo fracasaba, le llevaría a citarse más veces de las necesarias con las entidades bancarias.

    Cuando equivoqué el pronóstico en torno a la acogida de la primera proyección de Phenomena no tuve en cuenta el factor de la nostalgia que, por una hora y media o dos horas, podía devolver a los espectadores del cine Urgell a una suerte de “regreso al pasado”. Principalmente, este mecanismo de razonamiento obedece a que soy una persona que siempre tiene puesta la mirada en el presente y en el futuro, y rara vez me dejo seducir por los cantos de sirena de un tiempo pretérito por muy satisfactorios que hayan resultado. Ello no es óbice para seguir tratando a las personas que han formado parte de mi vida, en virtud de calibrar hasta qué punto todos nosotros hemos ido evolucionando y madurando. En cambio, los asistentes a esa sesión de Phenomena perseguían un viaje en el tiempo, cuando el placer del cine se calibraba en términos de una actividad que implicaba a un colectivo y no conforme a un acto onanista que suele ser moneda común (salvo en sesiones concretas) cuando visitamos las multisalas de nuestra ciudad. El título del relato corto escrito por Philip K. Dick Podemos recordarlo por ud. al por mayor inspirador de la cinta Minority Report (2002)hubiera podido servir de eslógan de la campaña viral de los responsables de comunicación de Phenomena. Los tráilers, los anuncios Movierecord, el calor generado por el público, la salva de aplausos durante los créditos iniciales, el decorado de la sala... contribuían a modelar una especie de ilusión colectiva. La ingesta de ese cóctel de imágenes y de sonido se disolvía en la mente de unos espectadores, algunos de los cuales abrazaban la cincuentena, otros se habían instalado en la cuarentena y una nueva generación se sumaba a esta serie de citas mensuales, alentada por el entusiasmo expresado por padres y tíos, o amigos de la familia con vocación cinéfila. Un público heterodoxo que disfrutaba de estas sesiones medida en términos de grandiosidad. Como toda sustancia adictiva que penetra en nuestro cuerpo y afecta al sistema motor de nuestros sentimientos, la experiencia precisaba de repetirse over and over. El éxtasis llegaría con la obertura del remodelado cine Nápoles que había hechado el cierre tiempo atrás, incluido un vestíbulo de aires retro a juego con la propuesta del sello Phenomena. Esa misma antesala en la que me había citado con Nacho Cerdá el día 17 de enero de 2015, al filo de las nueve de la noche, para la presentación del libro sobre Jerry Goldsmith publicado por T&B Editores recientemente. Al cabo, me dirigía a un centenar de personas que ocupaban las partes centrales de un aforo que cuadruplicaba esa cifra de asistentes. Lo primero que hice fue preguntar cuántas personas conocían la existencia del libro. Solo cuatro o cinco personas alzaron las manos. Hablé de manera casi telegráfica del contenido del libro, me deshice en elogios hacia la persona de Cerdá y de su equipo, y agradecí al público por haber confiado en una empresa de este tipo. Concluidos los cinco o seis minutos de presentación, Nacho Cerdá se perdió en la oscuridad, a mi derecha, sin apenas mostrar un ademán de gratitud. Dado lo parco en palabras que se mostró, parecía leer en su mente: «haz lo que quieras, me voy a ver la película (Atmósfera Cero) y luego la siguiente (Capricornio Uno)». Los días pasaron y no hubo sorteo de los libros en las páginas de Facebook de Phenomena que llevé para los asistentes a ese «programa doble» Goldsmith-Peter Hyams. Salí solo de la sala sin que nadie me acompañara. Frente a las taquillas me esperaba Esther, mi compañera de viaje. Al salir, alcé la mirada y me recreé en esa palabra mágica para muchos: Phenomena. Luego cavilé. «salvo honrosas excepciones, solo les interesa ver películas, una tras otra, que les devuelva a un lejano pasado. ¿A dónde conduce que les hables de la importancia de la música en películas como Atmósfera Cero o Capricornio Uno?. A nada. Ellos quieren ser niños, adolescentes. Solo eso». Por su parte, ya pocas cosas me sorprenden de la actitud de Cerdá. No se había preparado nada sobre lo que he hecho a lo largo de veinte años en el mundo del cine. Parecía navegar por las aguas de un pasado remoto, sin reparar en el presente, el que debía convocarle frente al espejo de un comportamiento acorde con su edad. El otro fracaso de Phenomena, el que no guarda relación con los números, puede darse si siguen descuidando ese trato afectivo para con personas que hemos contribuido al conocimiento sobre cine en nuestro país, a través de la puesta en funcionamiento de webs, escritura de libros, publicación de revistas, artículos, etc. No solo las cifras miden el fracaso o el éxito de una determinada empresa. Por tanto, este es mi informe de la minoría de los que seguimos pensando que el conocimiento del cine no proviene solo de ver películas sin solución de continuidad. Hay algo más o quizás mucho más. 

jueves, 1 de enero de 2015

«EL VIAJE DE SHACKLETON» de William Grill: HACIA LO DESCONOCIDO

Suelo concluir cada año con una lectura que me provoque un sentimiento de estima, de placer por el mero hecho de enfrentarme a semejante ejercicio que alienta el intelecto. Años atrás comenté en este mismo blog un documental de IMAX sobre la hazaña del aventurero Ernest Henry Shackleton (1874-1922) y su tripulación del Endurance. Prácticamente en el último suspiro de 2014 regreso sobre este extraordinario personaje con motivo de la publicación de El viaje de Shackleton, una obra ilustrada del precoz talento británico William Grill que lleva el aval de Impedimenta. Un delicatessen con un formato próximo al tamaño Din A-4, en tapa dura y, por tanto, fuera de los estándares a los que nos tiene acostumbrados Impedimenta, aunque con la participación en la traducción (Pilar Adón) de una recurrente profesional en el sello madrileño. Merecedor del premio New York Times Best Illustrated Books en 2014 y del premio AOL Illustrarion New Talent, El viaje de Shackleton, en el año de la conmemoración del centenario del inicio de la expedición del Endurance a los confines del «quinto continente» viene a sumarse a las publicaciones en lengua castellana sobre tan notable personaje y la proeza que le elevaría a los altares de la fama y sobre todo del reconocimiento popular durante su existencia y posterior a la misma. Endurance, la legendaria expedición a la Antártida de Ernest Shackleton (2009, Planeta de Agostini), de Luis Bustos, Shackleton, expedición a la Antártida (2011, Bambú Editorial), de Lluís Prats, y Shackleton, el indomable (2013, Forcola Ediciones), de Javier Cacho preceden a este libro profusamente ilustrado verbigracia de unos dibujos cincelados por Grill con un estilo peculiar, que parece surgido de “otra época”. Algo más extenso en número de páginas  setenta y cuatro que el cómic-tipo, por ejemplo, de la serie sobre Tintín, El viaje de Shackleton nos invita a un recorrido por el periplo de la expedición del Endurance, abordada un par de años después de la tragedia del Titanic, pero colocando el objetivo en ese continente desconocido, la Antártida, que puso en jaque a la vida de una veintena de aguerridos hombres, alentados en todo momento por Shackleton para que las fuerzas no les vencieran. Una historia pertinente de leer en tiempos en que la crisis a todos los nivelesazota, cuál vendaval, la vida de infinidad de personas, agarrados a una luz de esperanza en plena oscuridad. La oscuridad para Shackleton y sus compañeros de viaje tuvo un color, el blanco (con su infinidad de matices) de un paisaje nevado, gélido, que dominaría durante más de dieciséis meses, de 1914 a 1916, sus respectivas vidas. Mientras en el viejo continente se libraba la Primera Guerra Mundial, Shackleton, Frank Wild, Frank Worsley y tantos otros hasta completar veintisiete expedicionarios, batallarían en esa Antártida que se abría a la civilización en condiciones metereológicas extremadamente adversas. De esa gesta da cuenta un libro excelentemente ilustrado que refuerza si cabe aún más el “compromiso” de Impedimenta por escarbar en todos los rincones posibles de ese crisol de naciones llamado el Reino Unido, con un timbre singular para la narración. Esta vez, la narración se acomoda a unas ilustraciones que muestran individuos con cuerpos desproporcionados en relación a esas cabezas que, como la de Shackleton, maquinaron un proyecto de casi imposible realización. Pero la imperiosa necesidad del ser humano por ir más allá de donde dicta la lógica, movió a Shackleton a decidirse por escapar del conformismo. Él mismo escribió una frase con aliento a una sentencia que descansa en las páginas finales de este galardonado volumen: «Elegí la vida por encima de la muerte por mí mismo y para mis amigos... Creo que está en nuestra naturaleza el deseo de explorar, de adentrarnos en lo desconocido. La única derrota verdadera sería la de no salir a explorar jamás». Ernest Shackleton dixit.  


viernes, 26 de diciembre de 2014

ALGUIEN VOLÓ SOBRE EL NIDO DE PODEMOS

Mañana del 21 de diciembre de 2014. Recién cumplido mi cuarenta y siete aniversario me enfrentaba a la asistencia del primer mítin de mi vida después de casi medio siglo de existencia. La formación Podemos ha obrado este pequeño “milagro” en el fuero interno de un servidor alejado de los fastos (pre)electoralistas de unos partidos en que los unos tratan de “rendir cuentas” para con sus votantes y los otros tratan de enmendar la plana a los que han tocado poder. En el pabellón de la Vall d’Hebrón de Barcelona se concentrarían unas tres mil personas en su interior y algo más de un par de miles en sus aledaños durante un mítin que apenas duró una hora. En todo caso, tiempo suficiente para que la dialéctica de Pablo Iglesias prendiera en el ánimo de los asistentes al acto, en razón de un discurso perfectamente trabado que trataba de mantener una actitud equidistante frente al poder que representa Convergencia i Unió (CIU) y el Partido Popular (PP) en Barcelona y Madrid, respectivamente. En la primera hilera de las sillas habilitadas para la prensa reconocí, entre otros, los rostros de Joan Tardà d’ Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) y Ricard Gomà d’Iniciativa per Catalunya Verds (IU), también Teniente de Alcalde por el Ayuntamiento de Barcelona. Demasiado confiados estuvieron los organizadores del acto de que ese espacio reservado a la prensa se llenaría a las primeras de cambio, pero no fue así al punto que un servidor y mi pareja, Esther Solías, nos pudimos sentar en las cercanías de un escenario parejo en sus medidas a las de un cuadrilátero. Sobre la lona del Pabelló de la Vall d’Hebrón Pablo Iglesias no tenía más que un adversario ficticio; su punch dialéctico arremetió contra el stablishment, pero también lanzó algún recado para la CUP (un abrazo con carga de simbolismo entre su líder David Fernández y Artur Mas, al calor de los logros cosechados durante la jornada del 9-N, en pro de una Catalunya independiente) que el propio interesado recogió el guante en las redes sociales con elegancia matizada en los días subsiguientes con un sentimiento de decepción. No en vano, la CUP y Podemos preservan en su «ADN» una similar visión en la lucha por los derechos sociales del pueblo, pero mientras el partido en el que milita Fernández persigue unas señas identitarias en el territorio catalán, Podemos abunda en la necesidad de trabar un discurso integrador de la realidad de distintas naciones en una misma. Fuera de esa referencia, acaso un tanto malintencionada de Iglesias (algo que hubiera podido ahorrarse, en verdad), gran parte de su discurso lo hubieran suscrito los representantes catalanes de los partidos de la izquierda que se situaban a pie de escenario/cuadrilátero, sobre todo cuando hizo referencia a las desigualdades sociales registradas en la propia Ciudad Condal, enfrentando la realidad de Sarrià (feudo, dicho sea de paso, de la mansión de la familia de la Infanta Cristina, actualmente desterrada a Suiza por la divina providencia de una implacable justicia) con la de Ciudad Meridiana, bautizada de un tiempo a esta parte Villa Desahucio para escarnio de un Partido Popular, en connivencia con los bancos, que ampara estas políticas que atentan contra la dignidad de las personas. En ese punto del mítin, los colectivos por los afectados de la Hipoteca (la PAH), algunos de los ellos situados a nuestras espaldas, arrancaron en aplausos y vítores hacia la figura mesiánica de Pablo Iglesias, quien había llevado el mensaje a la tierra santa catalana que el cambio dependía de la voluntad de un pueblo que debería ser dueño de su destino, sopena que el bipartidismo siga amparando un status quo invadido de corrupción, en que los unos se tapan las vergüenzas a los otros. Brillante orador (no leyó ni una sola línea que hubiera podido haber anotado en la previa en algún papel y guardado en uno de los bolsillos de sus jeans), Iglesias tuvo tiempo para hacer una nota culta al referirse a las novelas de Pepe Carvallo, escritas por Manuel Vázquez Montalbán, que para muchos españoles no nacidos en Catalunya constituye una mirada a la realidad de “otra” Barcelona, la afincada en el Barrio Chino en los años sesenta y setenta. Un periodo temporal donde asimismo hizo fortuna el nombre de otro escritor, Ken Kesey, autor de Alguien voló sobre el nido del cuco (1962), cuyo contenido establece una conexión directa con la realidad de nuestro país en la segunda década del siglo XXI. En su sentido alegórico, Pablo Iglesias viene a postularse el Randle Patrick McMurphy de la ficción literaria de Kesey, en ese mundo donde Mariano Rajoy (el equivalente a la enfermera Ratched) gobierna una realidad a golpe de píldoras que tratan de hacernos creer una realidad inexistente. Cuerpos somatizados que deambulan por el espacio de la mentira, del mantra del peligro que representa la fuerza de Podemos para la viabilidad de un país como España. A todos los que hemos apostado por Podemos nos llaman ilusos, ingenuos y demás calificativos que me ahorro reproducir. Siguiendo el dictado del título de otra de las novelas de Ken Kesey, A veces, un gran impulso llama a la puerta del despertar de nuestras conciencias aletargadas durante tanto tiempo en una idea de bipartidismo, sinónimo de estabilidad social, política, financiera y económica (Mariano Rajoy dixit). De A veces, un gran impulso (1964) se hizo una adaptación cinematográfica que llevaría por título Casta invencible para su estreno en el estado español. Un título que, en esencia, rebate una de las máximas de los front (wo)men de Podemos, dispuestos a combatir a la casta en tantos cuadriláteros habilitados para la oratoria desde donde sea posible de aquí al otoño de 2015. Mientras tanto, alguien nacido en Barcelona en diciembre de 1967 seguirá volando sobre el nido de Podemos con la mirada puesta en alimentar una idea de cambio que cubra un manto de esperanza en aras a una mayor justicia social.

jueves, 18 de diciembre de 2014

«LA VIDA SIN ARMADURA» de Alan Sillitoe: LA SOLEDAD DEL ESCRITOR DE FONDO

Tres de las personalidades que más admiro nacieron en 1928: el escritor Alan Sillitoe, en marzo; el científico James D. Watson, en abril y el cineasta Stanley Kubrick, en julio. Además, todos ellos tienen en común que ocuparon plaza, en alguna o diversas etapas de sus respectivas existencias, en Gran Bretaña y experimentarían el sentimiento de contabilizarse como extranjeros durante las ausencias de sus respectivas localidades o ciudades natales. De este trío de personalidades el único nativo de Gran Bretaña sería Sillitoe, territorio que pisarían los norteamericanos Watson y Kubrick con el fin de poner viento en popa a sus respectivas carreras profesionales. Justo en el periodo —concretamente, 1962— en que este último decidió fijar su residencia en Inglaterra, Sillitoe colocaría el cierre de sus vivencias en su autobiografía editada por primera vez en lengua castellana gracias a la pericia y el tino, una vez más, del sello Impedimenta. Precisamente, la industria cinematográfica de la que formaría parte Kubrick es el “personaje invitado” del relato existencial de Sillitoe en las últimas páginas de La vida sin armadura. Una autobiografía  (publicada en el Reino Unido en 1995), en razón de las adaptaciones a la gran pantalla de Sábado noche, y domingo por la mañana (1958) y La soledad del corredor de fondo (1960) —asimismo ambas editadas por Impedimenta hace pocos años, libradas por dos figuras clave del free cinema, esto es, Karel Reisz y Tony Richardson (otro de los nacidos en 1928). Sillitoe, perteneciente a una familia obrera de un suburbio de Nottingham, sufrió en sus propias carnes las embestidas de la Segunda Guerra Mundial, pasando a considerar en sus primeros estadíos vitales el cine conforme a uno de los principales refugios con el objetivo de ausentarse de esa lacerante realidad. Un refugio solo superado por su fiebre lectora, aquella destinada a abonar el terreno para la siembra de una incesante pulsión por escribir obras en prosa y poesía.
   A través de sus más de trescientas páginas Sillitoe pasa revista en La vida sin armadura a una historia personal que, a las primeras de cambio, parece mostrarse inmisericorde con la realidad de su propio entorno familiar. Así, en la primera página del libro el escritor inglés expresa sobre su progenitor que «Era corto de piernas y megacefálico, y lo cierto es que ni con millones de años y una máquina de escribir habría podido producir un soneto shakespeariano». Una sentencia que podría anticipar el tono a “tumba abierta” de un libro de memorias elaborado a partir de infinidad de notas tomadas desde bien temprano —en este aspecto se asemejaría sobremanera a su colega Vladimir Nabokov, el autor que Kubrick llevaría a sus dominios en aras a adaptar al celuloide la magistral Lolita (1955)—, en que sobrepasa con extraordinario margen el cupo de citas “recomendable” de títulos leídos a todas horas y en numerosos países. No obstante, lo que nos ofrece la presente obra es un relato que rebaja considerablemente las “expectativas” ofrecidas en su primer capítulo, dejando que por momentos su literatura cabalgue a los lomos del puro género de aventuras cuando oficia de radiotelegrafista, a sueldo de la RAF, en el continente asiático durante la Segunda Guerra Mundial, o en su periplo por la península ibérica durante la primera mitad de los años cincuenta. Tampoco escapa un tratamiento propio del drama —sin que la ironía y la socarronería le llegue a abandonar del todo— al calor de los episodios narrados sobre la tuberculosis sufrida, pasaporte a una vida “celestial” o un lastre físico (y psíquico) difícil de sobrellevar salvo si procurara un cambio de aires que le situaría en Mallorca durante varios años. Sóller sería el centro de operaciones balear de Sillitoe desde donde organizaba excursiones —favorecido por el clima Mediterráneo— ya sea a pie, en coche o en bicicleta, medio de transporte que le situaría a las faldas de la residencia de Robert Graves, el autor de Yo Claudio, de quien tomó cumplida nota de sus enseñanzas. Una sapiencia derivada del conocimiento personal que complementaría con un background de lecturas absolutamente descomunal, que apuntaba en distintas direcciones con el propósito que un hipotético eclectismo jugara a favor de su desarrollo y formación en calidad de escritor a la búsqueda de un estilo propio. Solo así Sillitoe entendía el arduo proceso para conquistar una meta. Una meta que parecía inalcanzable pero acabaría abriéndose su particular cielo al cumplir los treinta años habida cuenta de la publicación de Sábado por la noche, y domingo por la mañana y, a renglón seguido, La soledad del corredor de fondo, cuya génesis se reducía a la imagen ofrecida desde una ventana de un hombre que había visto correr. Algunos calibrarán que la treintena es una etapa óptima para debutar en el campo de la escritura de novelas o de relatos cortos, pero desde el prisma de alguien que llevaba una docena de años enviando manuscritos a numerosas editoriales y periódicos con un porcentaje muy elevado de respuestas negativas, la desesperación hubiera podido ser la antesala al abandono de dicha actividad. Sillitoe no cejaría en su empeño, desprovisto de una armadura que equivale, entre otros asuntos, a una posición económica holgada. Más que un colchón, hasta que no llegó el éxito de Saturday Night, Sunday Morning —adaptación cinematográfica incluida—, Sillitoe contaría con una sábana para poder soportar una eventual caída. Un sustento frágil que provenía, en buena medida, de una pensión consignada por el estado británico debido a la tuberculosis sufrida durante su estancia en el sudeste asiático (con un episodio que podría ser una “versión malaya” de Picnic en Hanging Rock de Joan Lindsay, en virtud de la desaparición de seis soldados en una zona elevada por espacio de una semana). Cuando este sustento estuvo a punto de esfumarse, Sillitoe abandonaría el terreno de la precariedad, saliendo a flote merced a ese Sábado noche, domingo por la mañana, relfejo de una realidad que conocía de primera mano con influencias de su admirado D. H. Lawrence y de una relación impresionante de obras literarias que devoraría con idéntica pasión a la que se encomendaría para el ejercicio de la escritura, la única manera que conocía para mitigar un dolor proveniente de las cavernas de su memoria, allí donde la batalla se libraba en su propio hogar. A partir de entonces, su hogar sería el mundo y su patrimonio la literatura universal. 

martes, 9 de diciembre de 2014

«LAS DOS SEÑORAS GRENVILLE» de DOMINICK DUNNE: ¿EL CASO DE LA VIUDA NEGRA?

En uno de los capítulos de Plegarias atendidas (1987), obra de Truman Capote (1924-1984) publicada a título póstumo, su autor no duda en colocar el dedo acusador sobre Ann Hopkins, la mujer a la que otorga toda la responsabilidad del asesinato de su marido William Woodward Jr., representante de la alta sociedad neoyorquina. Dicho homicidio ocurrió a mediados los años cincuenta cuando Capote ya frecuentaba los ambientes selectos de la Ciudad de los Rascacielos, dejándose ver en fiestas, celebraciones y actos privados programados por las elites neoyorquinas. Un par de años antes de la publicación de Plegarias atendidas, un coetáneo de Capote, Dominick Dunne (1925-2009) había arbolado su segunda novela, Las dos señoras Grenville (1985), a partir del relato vital del alter ego de Ann Hopkins, Ann Woodward, cuya tragedia empezaría el mismo día que presuntamente disparó a su marido al confundirlo con un intruso, en un caso parejo al sustanciado en los tribunales estos últimos años en relación al atleta sudafricano Oscar Pistorius y su mujer.
    No cabe duda que los treinta años transcurridos desde que Dunne reprodujo en las páginas de "Vanity Fair" sus impresiones sobre el caso Woodward y la publicación novelada de la existencia de Arden en Las dos señoras Grenville marcaría su hipotética “rivalidad” con los textos escritos por Capote, notario de esa sociedad acomodada a la que no escatimaría lanzar envenenados dardos en el centro de las dianas de algunos de sus miembros, entre ellos Ann Woodward, fiel exponente de mujer arribista nacida en un ambiente con escasos recursos económicos. El origen humilde de Arden ejercería un severo contraste con la realidad de una vida de lujo servida de la mano del potentado Woodward Jr. Evidentemente, este último espacio es el que merece captar la atención de Dunne en Las dos señoras Grenville con arreglo a perseguir un dibujo lo más certero posible sobre una mujer y su entorno, víctima de una codicia desbocada. Desde las trincheras del periodismo él conoció el relato de esa caída en desgracia de Mrs. Arden pero, al cabo, cabía orientar la historia hacia los confines de la literatura, en su caso alta literatura, en virtud de un material perfectamente asimilable a la obra de F. Scott Fitzgerald y a la del propio Capote. 
    Por primera vez en nuestro país se atiende a la edición de una de las obras pergeñadas por Dunne, en concreto Las dos señoras Grenville, y lo hace de la mano del sello Libros del Asteroide, fiel a la necesidad de ir dotando de una polifonía de voces autorales ―de muy distintos espacios georgráficos― un catálogo que excede de largo los ciento treinta títulos en sus siete años de existencia. Al amparo de una impecable traducción a cargo de Eva Miller, la lectura de Las dos señoras Grenville se hace especialmente gratificante, en su necesidad de construir un relato que, pese a la entrada y salida de numerosos personajes secundarios, nunca pierde la cara al sentido de que Anne Grenville tenga una presencia troncal. Cierto que Dunne hubiera podido prescindir de algunos pasajes que parecen meros subrayados con el fin de crear un discurso narrativo sólido, pero en su conjunto The Two Mrs. Grenville evidencia su extraordinario dominio de una prosa en cuyo centro de gravedad se sitúa la exquisitez en la descripción de ambientes sojuzgados por la púrpura del poder que confiere saberse rodeado de millonarios dispuestos a dejarse una ínfima parte de sus fortunas en casinos o prestándolas a un tercero para una causa “noble”.  Páginas que se van deslizando por nuestros dedos con un diáfano pronunciamiento de asistir a un curso de una literatura que parece haber prescrito, más propia de haberse situado en el tiempo justo pocas fechas después de la muerte de Woodward (en la novela Billy Grenville) y, por consiguiente, susceptible de que hubiera sido adaptada al celuloide, en primer término, por Joseph L. Mankiewicz. No demasiados cineastas como él hubieran sabido extraer con minuciosa precisión los detalles que se esconden en los pliegues de esta obra que pone al descubierto el gran talento literario de Dunne, otrora cronista de un universo que coparía las páginas de sociedad de la segunda y tercera parte del siglo XX. Allí donde un personaje de las hechuras de Ann Grenville tuvo cabida, siendo su suicidio un acto asistido por su mala conciencia, entre otras, debido a su condición de bígama. Esa condesa descalza abrigaría la necesidad de reinventarse fuera de la sombra protectora de su segundo marido, reservando las últimas páginas del libro a la descripción de una lánguida decadencia donde no faltan referencias a personalidades de nuestro país, como Salvador Dalí, e incluso de un dibujante llamado Alejo Vidal-Cuadras, que dista de la figura de ese europarlamentario de idéntico nombre y apellido compuesto, cuya mirada aviesa parece esconderse tras una capa. Curiosidades al margen, la edición de Las dos señoras Grenville sirve para reivindicar la figura en calidad de prosista de Dominick Dunne –padre del actor Griffin Dunne— y, por encima de todo, el buen gusto literario al calor del retrato de una época y de unos personajes de los que parecían ser cautivos casi en exclusiva de Fitzgerald y Capote.      

jueves, 6 de noviembre de 2014

LA CONCIENCIA ECOLÓGICA DEL PLANETA TIERRA: LA MÁS SALUDABLE REIVINDICACIÓN IDENTITARIA

Hace unos meses mi mujer Esther y un servidor íbamos en automóvil por las calles de una localidad próxima al área metropolitana de Barcelona. Desde la distancia observé un rostro “familiar” (por sus apariciones televisivas), el de Joan Tardà, ofreciendo un mítin en una plaza del municipio barcelonés. Disponíamos de un cierto margen de tiempo, así que decidimos apearnos del coche y escucharlo en una plaza pública. Al final de su intervención, el público asistente no superior a las cuarenta personas, incluida la representación local de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC)  iba realizando una serie de preguntas a Joan Tardà. Entonces, decidí levantar la mano y más que una pregunta en concreto le hice una exposición personal de cómo veía el horizonte de la consulta electoral del 9 de noviembre. Básicamente, esgrimí el error de estrategia que suponía celebrar una consulta aún a sabiendas del muro de la negación que colocaría el partido en el gobierno del estado español, esto es, el Partido Popular (PP). Además, la cercanía con el referéndum de Escocia, que tenía todos los visos de perder (como así fue, aunque con un resultado más ajustado de lo que vaticinaban los sondeos encargados por el gobierno de David Cameron), podría tener una cierta incidencia en el ánimo del electorado, calando en un porcentaje de la población que pasaría a desmovilizarse. Razoné que la mejor solución sería plantear una consulta cuando los vientos fueran más favorables, ya con el PP despojado de la mayoría absoluta que había obtenido a finales de 2011, y en serias dificultados de gobernar si no llegara a acuerdos con otros partidos del arco parlamentario. En ese nuevo escenario, la entrada de Podemos, aventuré, sería clave, dando la ecuación resultante de los comicios de 2015 un número de partidos que, a buen seguro, variarían 180 º la estrategia del inmovilismo practicada por la Administración Mariano Rajoy. Tardà escuchó con atención y, en cierta manera, entendió el fondo del mensaje lanzado por un humilde ciudadano que trata de razonar por sí mismo. A partir de este punto, mantuvimos un intercambio de opiniones hasta llegar a la conclusión de un acto que supuso para Tardà tomar la temperatura de los habitantes de una población integrada en lo que, a efectos de política catalana, se denomina del "Cinturón Rojo del socialismo" y, por consiguiente, un territorio dónde el sentimiento independentista no ha calado con la fuerza e intensidad de otros rincones de Catalunya. Casi seis meses después de aquel encuentro, huelga decir que el tiempo me ha dado, en cierta medida, la razón. El CIS acaba de publicar una encuesta que sitúa a Podemos como primera fuerza en intención de voto de cara a las presumibles elecciones de otoño de 2015. Los diversos recursos presentados por el PP al Tribunal Constitucional han llevado a la Administración Artur Mas a rebajar las expectativas de la consulta, colocándola al nivel de una participación ciudadana de aires festivos-reivindicativos, algo similar a lo se podría visualizar en la Diada de Catalunya de este mismo año, pero en lugar de ocupar el ancho de las principales arterias de las zonas metropolitanas o urbanas, los colegios e institutos concentrarán al mayor número de personas posible.
Cuando visualizo ese escenario de personas que proclama el deseo (muy legítimo, por otra parte) del derecho a decidir sobre una hipotética soberanía, una emancipación del “todo-poderoso-estado-español” encuentro refugio en mis propios pensamientos, aquellos capaces de abstraerse de una mera cuestión identitaria y advertir que el verdadero peligro que se avecina (no más allá de unas décadas) responde a parámetros ecológicos, a la inviabilidad de un planeta tierra que en los años cincuenta tenía una población de 2.000 millones de habitantes y a principios del siglo XXI superamos con creces los 7.000 millones. Con una sencilla regla de tres podemos llegar a la conclusión que el consumo se ha disparado, menguando los recursos naturales de manera alarmante. Los políticos de nuestro país, sean catalanes, manchegos, canarios o vascos, parecen guiados en su mayoría por una visión cortoplazista, en que los indicadores que la ciudadanía debe advertir tienen un sesgo económico. Un discurso que para un servidor va perdiendo fuelle frente a la realidad de un planeta tierra que lleva tiempo dando síntomas de una mala salud. Los últimos informes sobre el deshielo de los casquetes polares ha encendido las alarmas, pero los políticos siguen instalados en esa lucha de banderas, de defensa a ultranza de unos sentimientos patrios. Un juego de niños, a mi entender, en relación al futuro que deparará a las nuevas generaciones si seguimos exprimiendo a nuestro planeta hasta el límite. Más que en ningún otro momento de la historia, los políticos deberían centrar sus esfuerzos adoptando medidas en la dirección de evitar un desastre ecológico. Llegado a este punto quizás sea el momento por parte de los habitantes del planeta de la necesidad que en la escala de valores de cada uno de nosotros prime un sentimiento de arraigo y estima al planeta que nos provee de los recursos necesarios para vivir (a fecha de hoy, algo que no se da en ningún otro punto de nuestra galaxia, al menos hasta lo que conocemos), sin necesidad de reparar en el color de la tierra donde nos ha tocado instalarnos.      

lunes, 8 de septiembre de 2014

A PROPÓSITO DE UN NUEVO LIBRO, «JERRY GOLDSMITH: LA MÚSICA DE UN CAMALEÓN»

Llega un punto de nuestras trayectorias personales que los proyectos que aún no han encontrado salida se acumulan y tienen visos de perpetuarse. A finales del año pasado empecé a barruntar la posibilidad de escribir un libro sobre la obra de Jerry Goldsmith (1929-2004), que había acariciado años atrás pero que acabarían pasando por delante otros proyectos. Pero no quería realizar una monografía exclusiva para fans, sino que el empeño iba más allá, en el sentido que Jerry Goldsmith revolucionaría el mundo de las bandas sonoras, contribuiría sobremanera a cambiar el concepto de la música de cine entendido hasta bien entrada la década de los cincuenta con un sentido funcional sin apenas incidencia en la dimensión emocional de los personajes que concurrían en una determinada cinta. No era un tema baladí que se despachara a golpe de reseguir una línea de puntos que definieran un estilo, una forma de encarar un ejercicio profesional en el campo audiovisual que duró casi cincuenta años. Cuando planteas un libro de estas características te enfrentas a la obra de un auténtico titán cuya mente trabajaría sin descanso, en una muestra más que evidente de ese genio cuya inspiración le pilla en la mesa de trabajo y no de vacaciones. Goldsmith compuso más de ciento sesenta bandas sonoras, descontadas una docena que acabarían durmiendo el sueño de los justos verbigracia de ser rechazadas por productores y directores de turno.  
   Al encarar la recta final del libro sobre Jerry Goldsmith no puedo por menos que ratificar y, si acaso ampliar, mi admiración por una obra musical que destaca por su tremenda versatilidad, quizás como ningún otro compositor de su tiempo y de generaciones posteriores haya podido llevar a cabo. Un talento natural que tuvo en una formación de primera, sustentada en el “trípode” Jakob Gimpel/Mario Castellnuovo-Tedesco/Miklós Rózsa —todos ellos de origen europeo—  la clave para entender su apabullante dominio de cada uno de los resortes que implican y comprometen a la tarea de compositor, sin que ningún género se le resistiera. Está siendo un viaje por el conocimiento de la música de Goldsmith apasionante, en que para ello ha sido fundamental la implicación en el proyecto de Jaume Carreras, coautor de la monografía. Ambos fijamos un objetivo y lo estamos desarrollando conforme a lo previsto: por encima de todo, Jerry Goldsmith debería ser considerado uno de los grandes músicos del siglo XX, con independencia de haber militado en el cinematógrafo durante su segunda mitad y en el arranque del siglo en el que nos encontramos. Él reformuló la música de Alban Berg, Igor Stravinsky, Dimitri Schostakovich o Béla Bártok en el espacio del cine, dotándolo de un sentido, de un efecto que tan solo unos pocos se habían atrevido a explorar, caso de Bernard Herrmann, Leonard Rosenman o Alex North. Allí donde se desnuda el alma humana a través de las emociones que la música sabe y puede expresar.
   Una vez más, cumplo uno de mis sueños. Para ello han debido pasar unos cuantos años, imprescindibles para dotar de perspectiva histórica una obra, la de Goldsmith, que no tiene parangón en el cine norteamericano. Así, diez años después de su muerte rendimos honores a la impresionante figura creativa de Jerry Goldsmith merced a una monografía a publicar por T&B Editores que esperemos sea de referencia para todos los amantes de la música de cine y, en general concebida en la pasada centuria, "el siglo de las luces" por lo que atañe a compositores que se dedicaron en cuerpo y alma a un medio que requería de un cambio de orientación cara a no incurrir en repetir las mismas dinámicas que se habían configurado con el advenimiento del sonoro. A fuer de ser sinceros, ha supuesto un esfuerzo considerable en el plano intelectual, pero creo que está valiendo la pena. El resultado de todo ello, a partir de noviembre del año en curso.

ANTONIO DOMÍNGUEZ: LIKE A HURRICANE. CARTA A UN AMIGO.

Hubo un tiempo en que la música de cine ocupó un puesto preferente entre mis aficiones. Existía una voluntad compulsiva por el descubrimiento de autores musicales que dieran sentido a una afición que trataba de satisfacer los dos hemisferios cerebrales de un servidor. En aquellos años, a principios de los noventa, la cita semanal con las tiendas de discos era prácticamente “obligatoria” para luego proceder a escuchas que se dejaban acompañar de una buena lectura. Llegué a conocer a un grupo de personas que compartían idéntica pasión, pero que por distintas razones iría perdiendo contacto con cada uno de ellos. De algunos he vuelto a saber a través de las mal denominadas redes sociales; de otros solo permanece el recuerdo, y de los menos se produce un olvido llamativo. Pero si tuviera que citar a una sola persona por la impronta que me dejó entre las muchas que conocí por aquel entonces vinculadas a la música de cine éste, sin duda, sería Antonio Domínguez. Nunca olvidaré ese viaje realizado desde Barcelona a Sevilla en automóvil con escala en Valencia, allí donde se sumó a la “expedición” Antonio Domínguez López para ver y escuchar el concierto de Jerry Goldsmith en el Palacio de la Maestranza de Sevilla, en otoño de 1993. Aunque no pertenecemos a la misma generación, pronto sintonizamos. Me gustó su franqueza, su sentido del compromiso y de la lealtad, su actitud crítica para con el stablishment y por encima de todas las cosas, ese amor desbocado por la defensa de la obra de los creadores, aquellos capaces de embellecer la palabra cultura. Esa misma lealtad que le ha mantenido al lado de su esposa Vicen a la que tuve el placer de conocer en aquel periodo, además de sus dos hijas, hoy en día madres que han convertido a Antonio en un abuelo henchido de orgullo. Y esa es una de sus principales dichas, la de un self made man que luchó contra viento y marea para conseguir celebrar un Congreso de Música de Cine dentro de la Mostra de Valencia. Mario Nascimbene, Carlo Savina, Carlo Rustichelli, Lalo Schifrin, Wojciech Kilar y tantos otros acudieron a la llamada de Antonio y su equipo para que participaran de lo que años atrás hubiera sido una entelequia, en que los defensores de la música de cine parecían predicar en el desierto.
   Editor, escritor, librepensador, emprendedor, divulgador cultural... Antonio Domínguez sigue siendo una de esas personas a las que no deja indiferente a nadie. Desde que entré en contacto con él he tenido el convencimiento que si este país tuviera muchas personas de su arrojo, otro gallo nos cantaría. He admirado esa forma de proceder, lejos de amilanarse frente a las adversidades o los contratiempos. Debido a la distancia física que nos separa, esa relación de amistad no ha podido ser más intensa, pero no por ello he dejado de seguir su actividad de un tiempo a esta parte. Su descabalgamiento del partido en el que llegaría a militar, UPyD (Unión del Pueblo y Democracia) no es más que una muestra palmaria de su carácter indomable e insobornable. Él, como un servidor, ha depositado sus esperanzas en el partido Podemos. Un soplo de aire fresco en el contexto de una política que lleva décadas arrastrando asuntos de corrupción sin que pueda ponerse a freno de una manera definitiva. Ese debate encendido en las redes, en que Antonio ha hecho una loable defensa de la formación política de nuevo cuño, me ha devuelto el recuerdo de aquellas conversaciones sobre política y políticos, en uno de los feudos por excelencia de la corrupción y/o del mangoneo, esto es, Valencia. Esa comunidad que vio nacer a una persona que sigo deseándole lo mejor, en una muestra de amistad que por muchos años que pasen estará allí, de manera permanente. Un hombre sin pasado no puede construir un gran futuro. Su pasado está sembrado de auténticos retos profesionales que, en una considerable proporción, llevaría a puerto. Seguro que ese futuro le aguardan cosas maravillosas a un bregador nato, un trabajador estajanovista —al respecto, su enciclopedia europea de cine en soporte originalmente en CD-Rom es una auténtica proeza y un ser que sabe contagiar el amor por la cultura, con especial devoción por la música y el cine proveniente de Italia