martes, 12 de agosto de 2008

LOS «FAROS» DE NUESTRAS VIDAS


En función de una serie de artículos que he escrito sobre el American Film Theatre, en conmemoración de su 25 Aniversario, para Cinearchivo, tuve acceso por primera vez al visionado de A Delicate Balance (1973), basada en una pieza teatral de Edward Albee, otrora más conocido por ser el autor de ¿Quién teme a Virginia Woolf?. En pleno estado de gracia del recientemente desaparecido Sir Paul Scofield hacía suya la siguiente cuestión: «¿acaso la amistad no es una forma de amor?». Observada desde esta perspectiva, a mi entender, es la expresión de amor que menos bajas por depresión se cobra, más puentes de gratitud tiende, más señales de solidaridad convoca y menos desgaste provoca en un corazón cuyos latidos marcan el compás de nuestras vidas y nos siguen manteniendo en el terreno de los mortales. A lo largo de nuestras existencias buscamos refugio, comprensión y calor humano en la cubierta de una barca que luce en el lateral de la proa el rótulo «Amistad» para posteriormente zambullirnos, armados con la suficiente confianza en las profundas aguas del conocimiento de otras realidades no siempre las más esperadas ni las más deseadas. Y así hasta volver a repetir una y otra vez este ciclo que se cierra al final de nuestros días. En este devenir mar adentro sobre la cubierta de nuestra barca imaginaria a veces podemos encontrarnos destellos lumínicos en el horizonte que nos marcan el camino a seguir, que nos reconcilian con nuestra propia naturaleza, y nos invitan a sacar lo mejor de nosotros mismos. Estos días de mar quieta he visto brillar con intensidad uno de esos «faros» que tomaba dimensión humana y ha obrado un efecto milagroso en los que me acompañaban en cubierta. Sus rostros mancillados por el dolor reciente cobraban vida, volvían a ganar color en unas caras demacradas por el infortunio y el pesar por una despedida no anunciada... Antes de desaparecer ese «faro» de proporciones humanas y perderse en la inmensidad del cielo raso de nuestra ciudad, uno de esos compañeros de viaje que hace de la bondad (divino tesoro) uno de sus principales atributos se confesaba como el que se sabe vencedor de la única batalla que le interesa ganar: la de la amistad. En esos momentos estaba al mando del timón de la barca y por sentido de la responsabilidad, contuve la emoción. Él había medido sus palabras como si las hubiera estado ensayando durante semanas frente al espejo de su subconsciente, para concluir su breve pero sentida oratoria bañada de sinceridad con un «desde aquel momento supe que esa amistad me acompañaría para siempre». Al final de la jornada pensé que aquella era la declaración de amor más bella que había escuchado en mucho tiempo sin ser un servidor el protagonista... Benditos «faros».

A mi amigo Juan Antonio, y a ese «faro» que ha iluminado nuestras vidas y espero siga iluminándolas por los tiempos de los tiempos

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias por el comentario, pero yo no merezco tanto. Sólo quisiera puntualizar que para mí, la amistad es un salvavidas en el proceloso mar de la superficialidad que domina el presente. Un abrazo y hasta pronto.

Mascarón de proa dijo...

Tanta mentira, tanto fingir, tanto desastre.

Christian dijo...

Hay privilegios que nunca se deberían perder y uno es el de la amistad.
Gracias Juan Antonio por tu bondad y sapiencia.