Cádiz
sigue siendo una de las provincias del estado español que mayor porcentaje de
escritores ha dado por número de habitantes. Las razones de la proliferación de
escritores gaditanos no obedece a un mayor índice de lectura concentrada en esas
latitudes, sino que se debe a diversos factores, sin descuidar el principio de casualidad. A esa prolija lista de literatos, entre los que encontramos a Juan
Bonilla, Elvira Lindo o Antonio y José Manuel Serrano Cueto, se une desde hace
pocas fechas Óscar Carrera (1992, Jerez de la Frontera ). Con tan solo
veintidós años, Carrera lleva publicados un par de libros de muy distinto
perfil, la antología de relatos La prisión
evanescente (2013, Producciones Flaca) y el ensayo
musical Malas hierbas: Historia del rock
experimental (1959-1979). Nacido el mismo año que una exposición universal
colocaría a la capital hispalense en el mapa mundial, Óscar Carrera ha tenido
en la participación de blogs (El yugo eléctrico de Alicia, Cómo conocí al de los Rivers, Desde el cadalso) un campo
abonado para dar rienda suelta a su procaz vena de escritor, estimulado por una
formación que no conoce fronteras, desde lo gastronómico hasta lo musical
pasando por la novela. Esa misma hambre
por publicar en papel que le ha llevado a cocinar esas malas hierbas formuladas bajo los parámetros del rock experimental
circunscrito a la década de los sesenta y setenta. Allí donde florecieron infinidad de grupos que
tratarían de revertir el orden natural de las cosas, a fuerza de exprimir el
magín mientras se ingerían sustancias psicotrópicas, se procedían a lecturas
perfiladas sobre lo místico, esotérico o mágico, y los ejercicios con los
instrumentos obedecía a la gimnasia
diaria, aparcando así los hábitos docentes
en la inmensa mayoría de los casos. Dicho lo cuál, un libro de las características
de Malas hierbas: Historia del rock
experimental (1959-1979) parecería más lógico que hubiera llevado la rúbrica
de un veterano musicólogo bregado en mil y una tiendas de segunda mano, a la
caza y captura del vinilo raro, de esa pieza de coleccionista que colocar (another brick in the wall) a lo ancho de una pared de una habitación de un hogar, verbigracia de una esclava afición,
convertido en santuario de la música
contemporánea. Empero, la insultante juventud de su autor Óscar Carrera razona
en la idea de que su provisión de fondo musical para tejer el relato, en forma
de guía, de Malas hierbas, se
encuentra más en esa "biblioteca de Alejandría del siglo XXI" llamada Youtube que
en una extensísima colección de vinilos y CD’s, salvo que figurara beneficiario
de una eventual herencia de plásticos y
decibelios. Lo que sí parece incuestionable es que Carrera ha trabado una
obra exhaustiva en su apartado expositivo, que le concede un conocimiento
impropio de un joven de su edad, macerado a partir de un número infinito de
audiciones concentradas en un relativo corto espacio de tiempo. De la
excelencia a la pobredumbre musical (fiel
exponente de ello, la banda The Shaggs, cuya génesis estaría envuelta en una
suerte de epifanía dictada por el patriarca Austin Wiggin), el oído de Carrera
ha trabajado a destajo para que la mente procesara una obra-guía que
repercutiera en el papel un texto ágil, fluido, sin arabescos de por medio. En su conjunto, Malas hierbas representa uno de esos libros que, pese a la proliferación de juicios sobre el parecer de un determinado disco o grupo, no resulta molesto
ni ofensivo. Más bien, refuerza su carácter de obra singular, siendo una nueva
aproximación en torno a una época y un espacio de una música (con su epicentro en
Gran Bretaña, pero sin descuidar el carácter transversal del fenómeno del rock)
que encontraría arraigo en una generación que hizo de la misma (casi) un dogma
de fe. Cualesquiera que se enfrente a la lectura del presente volumen llegará a
la conclusión de que estamos ante una de las etapas de mayor fertilidad
creativa de la Historia
de la Música Contemporánea ,
con especial significación para el fenómeno del rock sinfónico al que Carrera
atiende sobre todo en ese trienio dorado, el de 1971-1973. En este sentido, me
congratula observar cómo tras la publicación de Historia del rock sinfónico (2012) escrita por un servidor, hasta
la fecha un par de títulos han seguido su estela en el mismo sello editorial,
esto es, Yes: Más allá del abismo (2013)
y Malas hierbas: Historia del rock
experimental (1959-1979). Obras complementarias al texto que vio la luz
hace un par de años, escrita en el caso de esta última por un representante de
una nueva generación de escritores al que es fácil adivinar una carrera prolífica, en consonancia con
dos de los músicos citados en su primer ensayo, Rick Wakeman (el teclista de
Yes) y Frank Zappa. Sendos compositores e instrumentistas que ocuparían lugar
en las últimas hojas de un hipotético diccionario conformado por los centenares
de nombres propios que se dan cita en las páginas de esas Malas hierbas, una obra que, a buen seguro ha arrancado horas de sueño de un calendario personal apto para pasar
conforme a un ciclón en la vida de Óscar Carrera.
Existe vida después del cine. Muchos me vinculan a este campo. Este blog está dedicado a mis otros intereses: hablaré de música, literatura, ciencia, arte en general, deportes, política o cuestiones que competen al día a día. El nombre del blog remite al nombre que figura en mi primera novela, "El enigma Haldane", publicada en mayo de 2011.
miércoles, 9 de abril de 2014
«MALAS HIERBAS: HISTORIA DEL ROCK EXPERIMENTAL (1959-1979)»: GUÍA PRÁCTICA PARA AMANTES DE LA MÚSICA EN RETROSPECTIVA
miércoles, 2 de abril de 2014
«LA CASA Y EL CEREBRO» de Edward Bulwer-Lytton: MUNDO SOBRENATURAL EN LA ÉPOCA VICTORIANA
A lo largo de la segunda mitad del siglo pasado el mercado
editorial español sería capaz de asimilar numerosas publicaciones de Los últimos días de Pompeia (1834) bajo
distintos sellos. Al hilo de los datos que ofrece el Ministerio de Cultura, la última
de las ediciones servidas en lengua castellana sobre la novela de mayor arraigo
popular de Edward Bulwer-Lytton (1803-1873) data de 2003. Con el cambio de
milenio se iría abriendo el abanico de obras confeccionadas por Bulwer-Lytton
que trataban de buscar refugio fuera de la alargada sombra de Los últimos días de Pompeia que había
escrito a los treinta y un años. A lo largo de los cuarenta años siguientes, el
escritor británico daría acomodo a una extensa relación de narraciones cortas,
novelas y ensayos, labor que compartiría con su quehacer político. En ambos
frentes se movería Bulwer-Lytton mientras sus compromisos conyugales y
familiares caminaban con suerte dispar. Así, a finales de la década de los 50
del siglo XIX el temperamental Bulwer-Lytton crearía un relato circunscrito en
la época victoriana envuelta de espectros. Bautizada The Haunters and the Haunted, su título asimismo se conocería por The House and the Brain, cuya traducción
directa arrojaría el de La casa y el
cerebro (1859). Impedimenta confeccionaría a finales del pasado año otra vuelta de tuerca referida a su
adscripción a la literatura anglosajona al publicar La casa y el cerebro, en una edición que apenas se contabilizan un
centenar de páginas. Tamaño suficiente, en todo caso, para entender el porqué
Bulwer-Lytton exhibía músculo narrativo en una plaza ciertamente distinguida de
la época, la de un Londres arbolado de grandes talentos literarios entre los
que se cuenta por derecho propio su coetáneo Charles Dickens (1812-1870). La amistad
mantenida durante mucho tiempo entre Dickens y Bulwer-Lytton conllevaría que se intercambiaran
sus propios manuscritos antes de ir a imprenta. De tal suerte, por ejemplo, el
autor de Los últimos días de Pompeya
sugirió a Dickens un final alternativo para Grandes
esperanzas (1859). Lejos de mostrarse remiso a aceptar la sugerencia, Charles
Dickens accedió de buen grado a rectificar un final que, según la plana mayor
de analistas de la obra del famoso escritor, hacía justicia al desarrollo de la
narración. Curiosamente, Bulwer-Lytton lidió con el final de su propio texto The House and the Brain, ya que si bien
en su primera publicación en la "Blackwood ’s Magazine" —1859— se podía leer en su integridad, años más tarde
aparecería en el mercado una versión sustancialmente reducida. La “línea de
corte” la localizamos en el capítulo que arranca con un elocuente «Pero mi historia no
ha terminado...». Al parecer, según indica en la
introducción biográfica del personaje Arturo Agüero Herranz —a la sazón traductor a la lengua de Dámaso Alonso
de The House and the Brain—, Bulwer-Lytton
quiso evitar a toda cosa que se establecieran analogías entre este relato de
fantasmas y A Strange Story (1862), a
punto de ver la luz cuando su autor encaraba el cumplimiento de su sesenta
aniversario. Afortunadamente, la edición que nos ocupa cuenta con la integridad
del relato. Con todo, estamos ante un texto de poco más de ochenta páginas,
francas a ser degustadas, parafraseando a Ray Bradbury, mucho después de medianoche, en un horario donde los miedos
interiores alcanzan nuestro intelecto y nos dejamos abrazar por los dominios de
lo sobrenatural... En este sentido, La
casa y el cerebro cubre las expectativas, perfectamente encardinada en el
concepto de ghost story sostenida
sobre un discurso relativo a esa ciencia que busca respuestas sobre asuntos que
escapan a la comprensión. Una fenomología sobrenatural que recorre de principio
a fin un sustrato narrativo hilado con maestría por Bulwer-Lytton, sirviendo
para Henry James de interesante muestra para que varias décadas más tarde el
subgénero de fantasmas alcanzara uno de sus puntos culminantes con The Turn of the Screw (1898). Por aquel
entonces, el que fuera Barón de Lytton seguía encadenado, a efectos de reconocimiento popular, a Los últimos días de Pompeya. Aún
quedaba, pues, por ordenar su excelsa
colección de textos, desde la novela de anticipación The Coming Race (1871), traducida como La raza futura —constituida
en todo un referente para una organización secreta alemana, gérmen del
pensamiento (sic) ario— hasta Zanoni,
o el secreto de los inmortales (1842), un relato publicado por Valdemar en 2011. Una
editorial que, a buen seguro, aspiraba a registrar The House and the Brain en alguna de sus antologías integradas en
el fantástico. Nuevamente, Impedimenta anduvo diligente al incorporarla a un
catálogo que ya sobrepasa los cien títulos en algo más de seis años de
actividad frenética comandada con señorío por Enrique Redel. Todo un logro en tiempos de
crisis.
viernes, 28 de marzo de 2014
«MEMORIAS DE NEIL YOUNG: EL SUEÑO DE UN HIPPIE» (2014)
Si hay algún documental sobre Neil Young que cumpla, desde
mi perspectiva, el requisito de ser visitado varias veces éste sería Heart of Gold (2006). Se trata de una
producción Shakey Pictures dirigida por Jonathan Demme, poblada de pequeños
detalles que nos descubren muchos aspectos sobre el músico canadiense. Así
pues, entre sus pliegues podemos
observar cómo la emoción embarga a Neil Young cuando interpreta el tema It’s a Dream, en memoria de su padre
Scott Young, cuyos últimos años de su vida los pasó padeciendo demencia senil.
No me equivocaría demasiado si manifestara que uno de los factores básicos para
entender que Neil Young iniciaba una nueva etapa de su actividad artística incluyendo
la labor de escritor, vino derivado de la pérdida de su progenitor. En cierta
manera, Neil Young trataría de tomar el testigo del popular periodista
deportivo canadiense conforme a la idea de preservar su recuerdo y tratar así
de rendirle tributo. Pero para alguien que sigue teniendo tantos frentes
abiertos —desde el plano familiar, artístico
y empresarial— el momento para poner a prueba su vertiente
de escritor se iría postergando hasta que un incidente en la piscina de su
primera residencia —situada a las afueras de
San Francisco, California—
parecía dictado a
través de la providencia. Una providencia presta a que el reposo obligado por
la fractura detectada en el dedo meñique de su pie derecho le llevara a
situarse frente al ordenador y, al cabo, escribiera unas cien mil palabras,
traducido en formato libro, a unas cuatrocientas cincuenta páginas, con una
treintena de fotos en blanco y negro intercaladas en las mismas. Más que unas
memorias, Neil Young iría conformando un itinerio sin orden ni concierto por
una vida trufada de suculentas anécdotas, de desgracias, de sinsabores pero
también de momentos de esplendor, de brillo. “Conociendo” al personaje tras
haber cumplimentado una monografía de carácter analítico que no desdeña el
componente biográfico, sabía en primera instancia, antes de consagrarme a la
lectura, que Neil Young actuaría a “campo abierto” sin encomendarse ni a Dios
ni al Diablo. Lo caótico configura parte de su paisaje discográfico, descartando un proyecto para cabalgar a lomos de otro, volviendo la mirada hacia
atrás y así hasta.... el infinito. Neil
Young: el sueño de un hippie (2014, Malpaso Ediciones) no es más que una traducción al papel de ese
universo un tanto deslavazado que no ha buscado ni pretendido buscar el anzuelo de la comercialidad, sino que ha
tratado de amueblar un discurso musical trazado por lo artístico. Una vez
advertido, prácticamente a las primeras de cambio, que el sentido acronológico
dominaría el texto, me puse a leerlo con fruición. Tan solo necesité de
dos o tres “tomas” para hacer un “barrido” por esta producción literaria que hábilmente
los editores de nuestro país han titulado El
sueño de un hippie y, de esta manera, se han desmarcado del original Waging Heavy Peace, un juego de palabras
en verdad “intraducible”. No todos los libros tienen esa cualidad: la lectura
que pasa a velocidad de vértigo, abriendo y cerrando páginas en un santiamén, así
hasta un total de poco más de cuatrocientas, algo inferior en volumen a la
edición seminal, con un texto que “respira” más espacios en blanco. Algunos lectores podrán argüir que estamos ante una letra sin música, la que descuida un lenguaje de mayor riqueza y variedad expresiva. Pero Neil Young, en su primera tentativa en calidad de escritor, se decanta por un lenguaje más llano, directo, que trate de conectar de inmediato con el lector, sin menoscabo de practicar el arte de la digresión que me ha recordado de soslayo las postreras obras de Kurt Vonnegut Jr, evaluadas desde una perspectiva autobiográfica, a modo de ir cerrando el círculo.
Favorecido por
una encomiable labor de traducción a cargo de Abel Debritto, Memorias de Neil Young: el sueño de un
hippie aborda, desde esa premisa intencionadamente caótica, su autor
desgrana numerosos aspectos que competen a su vida personal, familiar y
profesional. Se trata de un libro observado desde el prisma del continuo
agradecimiento, de una deuda no siempre reconocida en su momento por el propio
Neil Young. La existencia de Neil Young ha ido girando sobre esos círculos de amistad, básicamente
confeccionado por colegas de profesión. Para preservar semejante entorno no ha
dudado en ahuyentar a la prensa
codiciosa de un enfoque sensacionalista, la inherente a un genio recluido en su "Sangri-La" con dos hijos afectados de parálisis cerebral —Ben y Zeke— fruto
de la relación con sendas parejas sentimentales, la conformada por la actriz Carrie
Snodgress y su actual esposa, the real
love, Pegi Young, constante fuente de inspiración en su obra musical. El
carácter estrafalario de Neil Young gana dimensión a través del relato
decididamente desordenado que hace de sus múltiples aficiones con un afán de coleccionista
mórbido (los trenes eléctricos, al
punto de ser accionista de una marca de prestigio internacional cuya fábrica se
localiza desde hace años en China; los automóviles accionados por
biocombustible, aparatos antiguos de grandes dimensiones que un día formaron
parte del parque de turismos preferentemente de los años 50; su propio legado
musical y cinematográfico que administra cuál orfebre, etc.) al que no parece
haber puesto freno con el paso de los años. En esa dimensión seguramente el
buen conocedor de la obra musical de Neil Young, que ha repasado una y mil
veces en los entresijos de las grabaciones de discos memorables y no tan
memorables, encontrará los mayores estímulos para la lectura de El sueño de un hippie porfiado en la
idea que su perenne sentido por reinventarse deviene una rara avis entre los músicos de su generación que aún se sostienen en pie. Por ventura, después de haber
sufrido toda clase de penalidades en lo físico, ese árbol de más de ciento ochenta centímetros se sostiene en pie a
los sesenta y ocho años, con una endiablada capacidad por buscar nuevos retos (su última obsesión, la aplicación Pono que preserva una calidad de sonido muy superior a las administradas por formatos como mp3),
entre ellos el que se dirime en el terreno literario. Hasta un total de cuatro ideas
de proyecto relativas a proseguir su veta de escritor he contabilizado a lo
largo de las páginas de la presente obra. Dado el cúmulo de proyectos que
tiene en marcha o en stand by, difícilmente
todos ellos tendrán cabida al corto o medio plazo, pero nunca se sabe cuando se
trata de Neil Young. Si la musa
musical no le acompaña o, cuanto menos, con la frecuencia de antaño,
posiblemente asistamos a una sucesión de obras escritas por Neil Young con el “membrete”
de su carácter osado y desprejuiciado, siguiendo a pies juntillas el enunciado
de una frase que solía repetir su productor y amigo del alma David Briggs: «destaca
o desaparece».
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jueves, 27 de marzo de 2014
DIEGO A. MANRIQUE: A CONTRACORRIENTE DEL VERDADERO PERIODISMO (A PROPÓSITO DE «NEIL YOUNG: UN SUEÑO HIPPIE»)
Contagiados de ese «espíritu
Neil Young» que invita a permanecer alerta,
activo, sin bajar la guardia, el grupo de Facebook En la playa de Neil Young ofrecía
días atrás un enlace a la página de El País (20/3/014) donde Diego Manrique (1950, Pedrosa de Valdeporres, Burgos) dejaba constancia de su particular lectura crítica de las presuntas memorias del genial artista
canadiense, en razón de la inminente edición de la traducción castellana a
cargo del sello Malpaso. Al acabar la reseña crítica tuve la convicción que el
veterano periodista musical había cocinado
aquel escrito con los fogones de unas
certezas que solo operaban en su imaginario con el fin de articular un corpus crítico orientado a laminar
cualquier atisbo de entusiasmo para los posibles incautos fans del canadiense
en el despliegue de una nueva faceta más en su amplio repertorio artístico. No
tardé en advertir en ese mismo foro, a través de un post, que Manrique colocaba en la pluma de Neil Young palabras que
jamás habría expresado en un escrito con vistas a ser publicado. Sencillamente,
porque son una pura mentira. Al respecto, especialmente llamativo me pareció el
siguiente párrafo: «Tampoco sirven
las comparaciones con las Crónicas dylanianas.
Aquí no hay rastro de las ambiciones literarias de Bob (sí, Young se refiere a
sus colegas por su nombre de pila). Neil no lee libros, por sospechar que
pueden interferir con su proceso creativo.» Con estas líneas me bastaba para demostrar que
Manrique hizo un ejercicio de periodismo... a
contracorriente de la verdad.
Al cabo de recibir el volumen Neil Young: un sueño hippie (2014,
Malpaso Ediciones) me apresté a leerlo con fruición. Las horas de lectura
pasaron volando y en muy poco tiempo lo había terminado. Buena señal. Me
expreso, por tanto, con conocimiento de causa para llegar a la conclusión que
Manrique inventó no tan solo esa frase referida a que Neil Young no lee para no
interferir en su proceso creativo, sino que amplía su campo de falta de
compromiso con la verdad tergiversando a su conveniencia el siguiente párrafo
que aparece en el libro publicado por Malpaso: «Escribir es, por frívolo que pueda
antojarse así decirlo, muy cómodo, apenas acarrea gastos y es un buen
pasatiempo. Algo que recomiendo encarecidamente a cualquier vieja gloria sin
pasta que no tenga planes entre manos». Si Manrique lleva tanto tiempo en el periodismo
debería saber que el entrecomillado debe ceñirse al contenido exacto de lo que
expresa una persona. Asi las cosas, en su escrito Manrique redacta lo siguiente:
«De
hecho, hay momentos en que El
sueño de un hippie huele a mofeta, a cinismo de
superestrella. Recomienda a sus amigos famosos que le imiten: "Escribir [un
libro] es muy cómodo, tiene pocos gastos y es una forma estupenda de pasar el tiempo"». Confrontemos
sendos escritos para saber cómo se las gasta el escritor burgalés para remar en
el sentido de construir un discurso crítico cargado de ignominia,
malintencionado y nada que ver con lo que debería ser el temperamento de un
periodista que goza de reputación, enfilando la edad de jubilación.
Todo ello me lleva a capitular que
Manrique, poseedor de las galeradas del libro en castellano (me consta de buena
fuente), prefirió colgarse la medalla de ser el primero en abrir el fuego mediático
en nuestro país con su devastador escrito y aparcar la idea de leerlo, fiándose
de la memoria de haber dado cuenta de la lectura de la versión original
publicada por Blue Rider Press en noviembre de 2012 con el estrafalario e “intraducible”
título Neil Young: Waving Heavy Peace.
A partir de unas notas “interpuestas” que tampoco obedecen a la realidad de los
hechos (basta leer el breve capítulo en que Young muestra su ira por la
manipulación llevada a cabo por unos periodistas que le adjudicaban el
sanbenito de plegarse a las tesis belicistas de la Administración Reagan ),
Manrique trata de apuntalar un escrito que deja en mal lugar al auténtico
periodismo, saltándose a la torera sus más fundamentales principios. Además, lo
hace con un redactado pobre, a golpe de escrito en forma de “teletipo”, párrafos
sin ligazón alguna entre ellos más que subrayar los aspectos negativos o
tratando de denostar las distintas tentativas establecidas por Young fuera de
la música. No está mal para alguien que plasma en el papel: «Sin embargo, finalmente Neil es el hijo de su
padre: Scott Young, un periodista deportivo y novelista prolífico. Y le va
cogiendo gusto. Cierto que no asume la necesidad de revisar, corregir o
reescribir su texto: desde luego, nadie le acusará de haber usado un negro, un
escritor profesional.» No será, por
tanto, Diego A. Manrique quién sea capa de darle clases de escritura a Neil
Young. Más bien, podría haber tenido muchos mejores maestros en autores como,
por ejemplo, Robertson Davies, amigo de su padre Scott Young, periodista
deportivo especializado en hoquei al que el burgalés adjudica la condición de «prolífico
novelista»
cuando tan solo tiene... una novela publicada. Prácticamente, al cierre de la
presente obra, Neil Young expresa que «los libros siempre han formado parte de mi vida», merced a
esas constantes idas y venidas de literatos al hogar familiar en Canadá durante
los años de infancia y juventud del cantante, multinstrumentista y compositor
musical. En pasajes puntuales Neil Young da fe de su interés por la lectura, en
concreto, el contenido de Las nieblas de
Avalón de Marion Zimmer Bradley (p. 155) o cuando hace referencia a que
encontró y compró un ejemplar de un libro de Clive Cussler en una tienda de
segunda mano del archipiélago de Hawai que le había pasado inadvertido en el momento de su publicación.
El mundo al revés. El cazador cazado.
Una periodismo, en definitiva, cuya realidad impresa o reproducida para la red se cuela por el desagüe de la falta de veracidad, a fuerza de olvidar un compromiso
inviolable sellado con el lector o el internauta.
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jueves, 20 de marzo de 2014
CAMEL EN EL PARALELO 62: EL AÑO DEL RESURGIMIENTO DEL (NEO)PROG ROCK (II)
Según recogen los atlas virtuales o en papel, el paralelo
62 atraviesa el Océano Atlántico, y los continentes de Norteamérica, Europa y
Asia, siendo en esas latitudes el sol visible casi veinte horas durante el
solsticio de verano y poco más de cinco horas durante el solsticio de invierno.
En los estertores de esta última estación llegaría a otro Paralelo 62, el
correspondiente a la Sala Barts
de la Ciudad Condal ,
un camello sediento del favor del público
arraigado en su mayoría en la capital catalana. Esa era una cita a la que
muchos no podíamos faltar sobre todo por un acto de justicia y de consideración
para la que, a buen seguro, ha sido una de las bandas fundamentales dentro del rock progresivo o sinfónico con denominación de origen. La bondad en lo climatológico durante
la tarde-noche de ese 18 de marzo de 2014 auguraba que los asistentes al acto gozaríamos en ese encuentro con la historia,
la de un grupo cuyo eje motor obedece al nombre de Andrew Latimer. No había
margen para la duda. La oportunidad se brindaba por sí sola después de las
noticias de unos años atrás que habían encendido todas las alarmas sobre la
pervivencia de Camel toda vez que Andrew Latimer estuvo debatiéndose entre la
vida y la muerte a causa de una enfermedad rara, atacando con fiereza su
sistema inmunitario. Sin él, Camel se podía haber expendido su certificado de “defunción”.
Afortunadamente, la recuperación del frontman
de Camel provocaría de facto que la
formación británica volviera a levantar el vuelo. Un vuelo suave y majestuoso,
limpio y elegante que rezuma el buen gusto por dotar a cada instrumento de una
fuerza expresiva propia. En este sentido, Snow
Goose (1974) puede ser un perfecto corolario del arte cameliano, afinado en un concepto instrumental que hizo las
delicias del casi millar de espectadores que se congregaron en el recinto
barcelonés dotado de una excelente acústica. La sapiencia de Eduardo Martín (la elección
de su nombre ya vaticinaba una anglofilia a prueba de bomba) me acompañaría a
lo largo de esa velada presta a degustar las esencias de una banda a la que
Latimer imprime un sello distintivo en la ejecución a la guitarra, la flauta y
en las cuerdas vocales, además de ofrecer un carisma del que no podía ni debía
quedar exenta su propia tragedia personal, por fortuna superada. Lejos quedaban
los debates sobre el reparto de protagonismo en el seno de Camel, en especial
cuando Peter Bardens trataba de “cuestionar” el liderazgo de Latimer. Desde el
primer instante del último martes del mes de invierno supimos, por la pura
disposición del quinteto de integrantes de Camel, quién sigue siendo el alma del grupo inglés. Pocos acordes
bastaron para mirarnos los unos a los otros y sentenciar, prácticamente leyéndonos
el pensamiento: «Andy ha vuelto». En esa primera parte del concierto, la dedicada a
repasar el álbum al completo de Snow
Goose, no cabía más que la salva de aplausos en su inicio y en su cierre. El
repóker de músicos debía hilar fino para ofrecer ese efecto mágico que
demandaba un disco conceptual surgido en plena efervescencia creativa de Camel,
favoreciendo la inclusión de nuevos arreglos en sintonía con los nuevos
tiempos. El escenario se vistió de tonalidades azuladas y rojizas, pigmentando
su superficie cuál escenario nevado. Después de un interludio que no se alargó
más allá de los diez minutos, Camel regresaría a ese “teatro de los sueños”, aquel
habilitado para que resplandecieran temas de antaño, de las épocas doradas y
menos doradas de la formación británica. La maestría de Mr. Latimer quedaría
nuevamente al desnudo, sobre todo cuando su figura delgada se compactaba para
arrancar cada una de las notas de su Gibson. En ese punto de la noche el público
no parecía dar crédito. Asistimos a un recital Latimer, quien había dejado atrás
la sombra de la muerte para buscar la luz de la inspiración, al abrigo de unos
aficionados entregados a una sola idea, un pensamiento que no podía
desprenderse del valor de la emoción. En el ecuador de esa segunda parte Latimer
armaría el brazo derecho para proyectar en cada una de sus notas el recuerdo
del padre a través de la canción The Hour
Candle, extraído del disco Harbour of Tears (1996) de resonancias celtas. Salvado ese compromiso celestial, tocaba repartir cartas y el
eventual protagonismo recayó en el resto de componentes de la banda, con
especial significación para su fiel escudero Colin Bass. Su aspecto zorruno casaría con la magistral
interpretación vocal y a la guitarra del tema Fox Hill. Acto seguido, las voces de Bass y Latimer se aplicarían
en similares registros para la canción For
Today, que colocaría el punto y seguido a una velada inolvidable. Latimer,
tocado en lo anímico, parecía gozar cada instante de aquella gloria bendecida
por un público al que se había colocado en el bolsillo a las primeras de
cambio. Una vez cumplido el ritual de citar a cada uno de los miembros de la
banda (el teclista Guy LeBlanc y el batería Denis Clement y, a modo de guest star para la gira que finaliza su periplo europeo en Italia, el teclista Jan Schelhaus), Banks, con aire dicharachero, devolvió el gesto y extendió su brazo
izquierdo mientras vocalizaba con una dicción so british el nombre de Andy
Latimer. Para entonces, el líder de Camel sabía que la conexión tenía lugar.
Quedaba la propina. Menuda propina. Lady Fantasy, pieza angular del álbum Mirage (1973), ofrecía nuevos bríos a un Latimer exultante,
adueñado de una maestría que la historiografía musical hasta la fecha, salvo
excepciones, no le ha hecho justicia. No hubo tiempo para más. Al filo de la medianoche,
cuál cuento de hadas, tocaba citarse con la realidad una vez abandonado ese “teatro
de los sueños” y enfilar cada uno de nosotros hacia sus respectivos hogares. A
la mañana y al día siguiente ni rastro de la actuación de Camel en Barcelona en
los rotativos de ámbito local o nacional. Sin embargo, para los que asistimos
quedará grabado ese concierto, a buen seguro, por tiempo indefinido. Esa será
nuestra dicha, aunque los silencios de la prensa nos muestren una vez más la
cara bien visible de una triste realidad de un país que se mueve en paralelo a la insensatez a la hora de no saber discernir entre músicos con talento y simples operaciones de márketing
prefabricadas en el backstage de la industria discográfica.
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domingo, 2 de marzo de 2014
EL «CÓDIGO» MORSE DE TRANSATLANTIC LLEGA A BARCELONA: EL AÑO DEL RESURGIMIENTO DEL (NEO) PROG ROCK (I)
Muchos de los que crecimos mostrando un interés primario
por el rock sinfónico o progresivo en nuestros años de adolescencia treinta
años más tarde nos congratulamos que semejante fenómeno musical, lejos de haber
quedado arrinconado a efectos historicistas, ha sido capaz de sobrevivir a las
modas y ganar prestancia en las salas de concierto de medio mundo aunque éstas sean
de dimensiones más bien modestas. No cabe duda, pues, que 2014 marcará un hito cara
a los aficionados del estado español en la ya larga historia del rock sinfónico
acorde al rosario de conciertos que han visto o verán la luz este año bajo una etiqueta
“efectiva” en cuanto a distinguir auténticos virtuosos de la música contemporánea,
pero un tanto incómoda si razonamos sobre la variabilidad de formas que adopta,
ora escorada hacia el heavy metal,
ora deudora de una herencia del progresivo manufacturado en la «Edad de Oro»
del rock (los 70, of course) o al
abrigo de tendencias pop instaladas, por ejemplo, en la espina dorsal de bandas como Marillion. Entre el line-up titular de esta notable formación
británica —a mi juicio, la más regular de
cuantas orbita en el planeta del neo rock progresivo— se cuenta Pete Trevawas, para quien la Ciudad Condal va siendo un
espacio recurrente a golpe de las giras celebradas por Marillion en los últimos
años y lo ha sido más aún porque el pasado 28 de febrero el menudo bajista
arribaría a las costas catalanas a bordo del Transatlantic comandado por Neal Morse. Desde hacía casi cuatro
años esta superbanda no habían vuelto a pisar territorio hispano, pero a decir
de los que asistieron a los conciertos programados en Barcelona y Madrid en el
marco del The Whirlwing Tour 2010, la experiencia merecía ser repetida. Al
anunciarse que Transatlantic regresaba a
la carretera (todo un eufemismo; más bien contemplan media vida de gira
subidos en un avión o en las salas VIPs de los aeropuertos) con un nuevo disco bajo
el brazo —el cuarto en estudio, Kaleidoscope (2014)— el efecto reflejo sería reservar una entrada y
marcar en rojo ese postrer día del mes de febrero. En previsión de que las
redes sociales volvieran a prender la mecha y se citaran multitud de fans del
rock progresivo —diseminados a lo largo y ancho de
la península ibérica— en las puertas de la sala 2 de Razzmatazz (con
un aforo rondando los 450-500 espectadores), tuve la precaución de llegar a la
hora de apertura marcada en la entrada, reuniéndome con algunos sospechosos habituales y otros recién
llegados al conocimiento de un fenómeno musical presto a crear adicción. A las 19 h 00 empezaría a
cumplirse el ceremonial. Un público
mayoritariamente integrado por varones, de edades comprendidas entre los veinte
y los cincuenta y tantos años, se mostraba expectante ante una lección de progresivo
enfundado de metal en algunos de sus
pasajes. No hubo teloneros. Previamente, me había vuelto a familiar con las caras
del line-up de Transatlantic, esto es Neal Morse, Roine Stolt, Pete Trevawas (un
viejo conocido para un servidor;
hasta en dos ocasiones le había visto actuar con Marillion en la sala grande de Razzmatazz) y Mike Portnoy (ex Dream Theatre), the
entertainer, al que, a juzgar por su animosidad pocos podrían asegurar que
hubiera padecido recientemente algún tipo de contractura muscular en una de sus
piernas rotuladas, al igual que sus
brazos, con todo tipo de simbologías. En el otro extremo del cuadro, su gran amigo Neal Morse, no lucía
ningún ornamento en forma de tattoo.
Más bien, Morse representa el prototipo de middle
class, al que prácticamente nadie acertaría a relacionar como el buque
insignia de una banda del neo prog rock. Morse se manejaba con el tablero de un
sintetizador mientras proyectaba de tanto en tanto algunos de sus salmos (verbigracia de una fe cristiana
que le devolvió a la vida tras la
milagrosa recuperación de su hija, afectada de una dolencia cardíaca) que
cobran realidad en el contexto de una propuesta musical barnizada de distintos colores, los más llamativos referidos a
su ascendente metalero (Portnoy, fiel
discípulo de Neal Pearty de Rush,
desafía las leyes de la física con su incesante despliegue a la batería) y los
de tonos más cálidos cuando el front man
y el sueco Roine Stolt (Flower Kings) ejercen en el ecuador de la función
una especie de duelo de guitarras arboladas
de esencias acústicas. Contrapunto melódico de una velada que pareció dejar satisfecho al público, pero con la sensación que quedaban algunos temas de Kaleidoscope en el tintero. Dos horas
largas de un rock desafiante, enérgico, vitaminado, bien condimentados con la
amplia paleta vocal de sus cinco integrantes, incluido Ted Leonard, una auténtica
revelación con ese toque más afincado en la raíz del blues, quien durante la mayor parte del concierto guardaría la
espalda de Trevawas salvo cuando las ondas
sónicas de Transatlantic buscaban el cuerpo
a cuerpo con un hard rock pasado
por el sedal de cada uno de sus
integrantes. En medio de esta propuesta musical de alto voltaje, Morse parecía advertir el susurro de la voz paterna desde el Más Allá cuando tocó el turno a
la ejecución de Rose Colored Glasses.
Contemplamos a un Morse enviando un código cifrado hacia el cielo. Ese cielo infinito que años atrás le había
entregado a Dios y comportaría que se descabalgara del proyecto que él mismo
había fundado a finales del siglo pasado, el de Transatlantic, y también el de Spock’s Beard, donde ahora
milita Leonard. Parecí advertir las lágrimas de Morse correr por sus mejillas
desde un sitio relativamente privilegiado de la sala. Morse siente una música
imbuida de cristianismo, la hace suya pero también la comparte con el resto de
la banda, de una superbanda que cerraría su concierto antes de tiempo si
tomamos la referencia, por ejemplo, con el celebrado en Buenos Aires semanas
atrás. Empero, no cabían reproches. Había cubierto una página más de mi
calendario vital asistiendo a un concierto que seguirá proyectándose en mi
memoria con una luz especial, la
propia de una velada que abre este «año
del caballo» el resurgir del rock sinfónico.
Pronto tomarán el testigo Camel, IQ, Steve Hackett (uno de los guest stars en
la gira anterior a propósito del cover de un tema de Genesis) y Pendragon a lo
largo de este 2014. Is It Really
Happening?. La respuesta parece afirmativa, pese a que gran parte de los
medios de comunicación sigan silenciando semejante resurgimiento y se muestren
complacidos en dar máxima cobertura a otro tipo de música prefabricada para sónar al gusto de las almas de metal pero no para emocionar
a gente que no hacemos del freakismo galopante nuestras
señas de identidad.
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viernes, 28 de febrero de 2014
«OPERACIÓN PALACE» (2014): JORDI ÉVOLE Y LA OTRA CARA DEL 23-F… DE FRAUDE
Hace poco más de un mes, por no sé que motivo salió a
colación el fatídico 23-F en el curso de una charla con unos amigos de la
infancia que acudían a la presentación de mi último libro, Historia del cine británico (T&B Editores, 2013) en la Tecla Sala de
L’Hospitalet de Llobregat. Uno de ellos, Agustí Borras, trataba de refrescarme
la memoria que ese día estuvo en mi casa. Pero, en ese momento, me mostré
incapaz a la hora de recordar al detalle las personas que estaban a mi
alrededor, salvo padres y hermanos. La televisión y la radio se habían
convertido en los “protagonistas” de aquella velada, la puerta de entrada para
conocer la realidad de un país que había padecido cuarenta años de dictadura y
que, tan solo un lustro después de haber entrado en un proceso democrático, la
alargada sombra del poder militar se cernía sobre el órgano donde reside la
máxima representación de la soberanía popular, esto es, el parlamento. Al
viajar en el tiempo hacia ese momento concreto de la historia de nuestro país
mi mente procesaba la información bajo un manto de maniqueísmo. Esa es la
lectura que extraje a mis trece años: el Bien había triunfado sobre el Mal. De
la tensión, la zozobra y la inquietud de las primeras horas de la tarde cuando el coronel de la Guardia Civil Francisco Tejero irrumpió en el Congreso amb
tricorni i metralleta (La
Trinca dixit), al
respirar hondo, al alivio cuando amanecía el día martes 24 de febrero de 2014.
Como si se tratara
de un relato bíblico, treinta y tres
años después Operación Palace (2014)
“resucita” el tema del 23-F en la programación dominical para batir récords de
audiencia en una televisión que ya no es ni de lejos la del UHF y el VHF; más
bien se cuentan por decenas las cadenas televisivas prestas a satisfacer una variopinta
selección de propuestas apta para todos los paladares.
Tampoco hay rombos que valgan, en forma de balizas que indiquen sobre el
peligro de ver determinados canales por parte de los más pequeños de la casa.
En ese periodo en plena Transición, el contenido de Operación Palace no hubiera sido observado lesivo para los
intereses de infantes o adolescentes por temas relacionados con la violencia o
el sexo. Pero sí que cabía, a día de hoy, una nota de aviso para un amplio
sector de la población que pasó realmente miedo ese fatídico 23-F, y ni
siquiera el paso del tiempo ha borrado ese amargo recuerdo. No obstante, en esa
jungla tan solo apta para depredadores en la que se ha convertido
la televisión con el fin de preservar el share
conquistado frente a los competidores, la Sexta movería ficha y, a golpe de teaser, avivarían el interés para que
los españoles nos sentáramos frente al televisor el domingo 23 de febrero de
2014 y sintonizáramos con la emisión
de Operación Palace, encubierto de
una especie de “especial” a la sombra de Salvados, dirigido igualmente por
Jordi Évole. Solo hubo un consejo por parte de la Sexta : que no nos
perdiéramos el final. Vamos, que no nos fuéramos a la cama cuando aparecieran
los títulos de crédito. No obstante, hice caso omiso al aparato publicitario de
la Sexta —un
canal que solemos frecuentar en casa, dicho sea de paso— y orientamos la antena hacia otra cadena más con un ánimo prosaico
que por dar con alguna auténtica gema en
prime time. A la mañana siguiente, los posicionamientos en contra y a favor
sobre el especial de marras tuvieron ocupados a gran parte de la nómina de
asiduos de las (mal) llamadas redes sociales. Entonces, me mostré un tanto
ambivalente, esquivo a situarme en una posición firme del signo que fuera. Simplemente,
no había visto el programa y, por tanto, no podía emitir un juicio con todas
las de la ley. Hubo un hecho, en cambio, que me llamó poderosamente la atención
cuando Antonio García Ferreres, el conductor de Al rojo
vivo de la Sexta ,
entrevistó a Jordi Évole a pie de obra,
es decir, en la redacción en que, al fondo figuraban varios de sus
colaboradores con las miradas absortas en sus trabajos. Al ser abordado por
Ferreres con una pregunta relativa a la comparación que había generado
Operación Palace con la narración radiofónica de La guerra de los mundos por
parte de Orson Welles, el periodista catalán tiró del manual de la modestia,
apelando al sonrojo que le generaba el solo acto de citar al multidisciplinar
artista norteamericano. El vocablo “genio” no asomaría al referirse a la
persona de Orson Welles, pero sí cuando hizo mención a, por ejemplo, el ex miembro de La Trinca Josep María Mainat, quizás por aquello de la cercanía. La misma cercanía que había
llevado a razonar a Jordi Évole que el “equivalente” de Stanley Kubrick en Operación Luna (2002) —el mockmentary que, según confesión propia, le había servido de
inspiración— para ser para otra Operación, la del Palace, un cineasta madrileño
batido en retirada tras el último fiasco en taquilla, de nombre de pila José
Luis, y que adquiriría el álias de Garci
al eliminar la última vocal de su recurrente apellido en los listines
telefónicos. Garci, atrincherado en los despachos de su productora Nickelodeon,
aceptó el envite. Él mismo se prestaría a un juego que pasaba, entre otros
asuntos, que el plan pergeñado en el Hotel Palace por personajes de la vida
pública situada en las altas esferas del poder, tuviera una recompensa para José Luis Garci en forma de Oscar a la Mejor Película
de Habla No Inglesa por Volver a empezar
(1982). La sola presencia del cineasta madrileño en esta Operación Palace me hubiera hecho torcer el gesto al acudir a la
convocatoria “catódica” del día 23-F de 2014. Rocambolesca, sin duda, resulta
el relacionar su estatuilla dorada conquistada en Hollywood con su
participación en un asunto de estado perpetrado en la trastienda del poder.
Pero lo que definitivamente desmonta el
ardid es la explicación que Garci ofrece a cámara en torno a la película
escogida por el ente de RTVE para amenizar una velada que se hizo eterna para tantos conciudadanos
españoles. Protagonizada por Bob Hope y Virginia Mayo, El corista y el pirata (1945) no figuraría ni entre las 10.000
películas que Garci hubiera seleccionado para emitir, máxime tratándose de una
producción sin púrpura en la silla
del directed by, reservada en esta
ocasión a David Butler, un auténtico desconocido incluso entre la cinefilia más
recalcitrante. Con este par de
“detalles” me bastó para que la propuesta de Évole y su equipo acabaría
diluyéndose, asomando en su
superficie un espléndido trabajo visual, marca Salvados, pero bajo la misma un arabesco que apenas sostiene el edificio narrativo. Un edificio que se
desmorona desde la distancia una vez los explosivos se activan francos a
dinamitar las versiones oficiales, las que se llevan arrastrando año tras año
hasta sumar treinta y tres. Évole se daba por satisfecho con que el experimento
sirviera para que el espectador reflexionara sobre si la mentira se ha
instalado definitivamente en nuestros días al asomar periódicamente a la ventana
de la información, la que ofrece Internet, la televisión, la prensa escrita o
la radio. Una información presa de intereses políticos, financieros,
económicos, sociales y/o ideológicos, difícil de procesar cuando su caudal es
abundante y baja con fuerza, erosionando en sus laderas ese periodismo a la vieja usanza en el que el primer
mandamiento deviene la verdad. Évole faltó ese 13/12/014 a la cita con la
verdad, leit motiv de Salvados para
buscar precisamente el reverso de la misma, el de una mentira encofrada en una
mentira. Él lo sabía pero se la jugó, en un gesto de gallardía que tiene un
arma de doble filo. Más que perseguir una comparativa con la locución
radiofónica de La guerra de los mundos,
de la que el oyente estuvo advertido del relato ficticio desde el principio de
su emisión, según el prisma de un servidor, Operación
Palace responde mejor a los paralelismos con otra producción arbitrada por
Orson Welles, titulada F for Fake
(1973), un mockmentary en toda regla.
23-F… de Fraude, el título escogido
para el estreno en nuestro país del que acabaría resultando el canto del cisne
de Welles cineasta. Otro canto de cisne
se adivina en el horizonte profesional de Évole si vuelve a incurrir en el «falso
documental» una vez puestos en una balanza los pros y los contras de un
experimento tan fallido como afortunadamente lo fue el golpe de Estado un día
del primer invierno de la década de los ochenta.
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lunes, 17 de febrero de 2014
«SHAKEY, LA BIOGRAFÍA DE NEIL YOUNG»: UNA SERIE DE CATASTRÓFICAS DESDICHAS
Para la
elaboración de Neil Young: una leyenda
desconocida (2009, T&B Editores) me resultó de suma utilidad la biografía
titulada Shakey (2002, Anchor Books),
firmada por el periodista Jimmy McDonough. El volumen en cuestión se revelaría
ante mis ojos al poco de ser editada, a un precio astronómico merced a sus
ochocientas páginas la tapa dura que debió encarecerla, y su carácter de
pieza de importación servida por una tienda de discos que lo exhibía, cuál
reliquia, entre su poco concurrida sección dedicada a las obras en papel. En
aquel momento desistí de comprarlo, pero un lustro más tarde, en plena inmersión
por los procelosos mundos de Neil Young, me hice con una edición en tapa
blanda, impreso en papel de escaso gramaje (a las puertas de ser catalogado de
papel-biblia) pero con un alto contenido calórico en la narración de una
existencia bigger than life. A Jimmy
McDonough el genio canadiense le hizo un traje a medida... de un carácter que
persigue el horizonte de “su” verdad sin reparar en demasía en los “daños
colaterales”. En la particular epifanía de Neil Young no debía entrar los
planes de una obra que cambiara el rumbo de lo presumiblemente pactado entre
biografiado y biógrafo. A priori, la línea que jamás debía traspasar el
redactor de “Village Voice” era el de
explayarse en cuestiones de ámbito doméstico que comprometieran a familiares del entorno más cercano del canadiense de Ontario. Era como tocar su médula
espinal con un punzón, el mismo aparato que había medido a los cinco años el
alcance de una polio que a punto estuvo de dejarlo postrado en una silla de
ruedas. Demasiado dolor enquistado en el fuero interno de un cantante y
compositor excepcional para que McDonough derrumbara esos muros de privacidad, cuyo
cemento a menudo dejaba filtrar una
luz desde el interior en forma de canciones que debían leerse en clave metafórica.
Sin encomendarse ni a dios ni al diablo, al leer las galeradas de Shakey —el inveterado seudónimo
utilizado por Neil Young cuando ha tratado de configurarse sobre todo en una “entidad”
cinematográfica más próxima a Jean-Luc Godard que de un academicista estilo
James Ivory— el artista norteamericano frunciría el ceño y, acto seguido,
vetaría la publicación de la biografía de marras. Jimmy McDonough movió ficha y
entraría en una espiral de litigios en aras a que su trabajo de investigación
de casi diez años no quedara varado por mor de la ruptura de un acuerdo que
consideraba improcedente. A la postre, Neil Young convino en reconducir la
situación y adaptarse a la nueva realidad, fuera de los focos de las salas de
justicia que había visitado con motivo, por ejemplo, de las visicitudes
derivadas del accidentado proceso de producción del largometraje Human Highway (1982), una rareza en toda
regla. McDonough, desgastado por todo aquel proceso, parecía hacer suyo el
estribillo de la canción “It’s the End of
the World”, de Skeeter Davis que se escucha en algún tramo de esa «autopista humana» con regusto de serie Z, pero con
una leve variación: “It’s the End of the Neil Young’s World". Otro biógrafo
se hubiera prestado a incluir una suerte de postfacio, de actualización para
alguna de las sucesivas reediciones de Shakey.
Sin embargo, Jimmy McDonough había cerrado un capítulo de su vida personal y
profesional en 2002. Han transcurrido una docena de años desde entonces y Neil
Young, lejos de levantar el pie del acelerador sigue con un ritmo de trabajo
endiablado, sumido en dar cabida al relato de su propia historia —la primera parte de su
autobiografía ya ha tenido acomodo en el mercado editorial bajo el título Waging Heavy Peace (2012, Blue Rider
Press)—, giras de conciertos por
medio mundo (que ha incluido el comeback
del resto de los Crazy Horse), ediciones de discos y la consagración a
desempolvar tesoros aún ocultos para los amantes tot court de su música. Si para una persona corriente reiventarse
puede suponer toda una prueba de fuego, llamándose Neil Percival Young
representa una empresa titánica. Y en eso anda una vez traspasado el umbral de
una edad de jubilación que no guarda sentido en un alma inquieta como la del
canadiense.
Un par de años después de la publicación de
Neil Young: una leyenda desconocida
la inminencia de la edición en lengua castellana de Shakey parecía una certeza casi irrefutable. En la web de Global Rythym lucía idéntica foto
en blanco y negro del Neil Young de los 70 que en la edición de Anchor Books, eso
sí con el subtítulo «Una
biografía de Neil Young». La
buenanueva parecía haber llegado, corrobado por los preceptivos enlaces de
compra en las páginas web de las
versiones digitales de casadellibro.com y fnac.es, o del portal amazon. A
partir de ese noviembre de 2011 los meses se irían sucediendo pero sin que el
libro cobrara visibilidad en las tiendas. A través de diversos posts los amigos de En la playa de Neil Young —la mayor colonia de
seguidores del músico canadiense en nuestro país—, una vez procesado un cierto sentido de desazón,
se calibraría la posibilidad de abordar una labor colectiva consistente en
traducir Shakey a la lengua de
Dámaso Alonso con algunos voluntarios familiarizados con las peculiaridades de la lengua de John Milton. Hasta lo que conozco,
el proyecto quedaría desarbolado; los gestos voluntarios se cobran, a veces, sus
propias limitaciones.
El relato de «las catastróficas desdichas» en torno a la biografía de Neil Young no finaliza aquí. Una vez perdida la pista de Global Rhythm, al principio del mes de febrero del año en curso recibí una newsletter de Malpaso Ediciones en que pude leer entre los avances de edición el lanzamiento de la biografía de Neil Young traducida al castellano. Releí un par o tres de veces la noticia para cerciorarme que regresaba sobre la pista de Shakey. Luego conocí de primera mano que la salida al mercado de tal novedad se posponía sine die. Otra mal paso para una biografía que nació "maldita". Llegados a este punto, no puedo por menos que apelar a la voluntad de los neilyoungueros que habitan en la playa y en sus aledaños para resolver semejante entuerto. Neil Young, para un servidor uno de los más grandes músicos de nuestro tiempo, merece la publicación de esa biografía “gafada”, básica para conocer los entresijos vitales y profesionales de un “pura sangre”, inasequible al desaliento y con los arrestos suficientes cumplidos los sesenta y ocho años para brindarnos un buen puñado de gemas en forma de álbumes que se acercan a la cifra de cincuenta, descontados los directos, los discos en comunión con Buffalo Springfield, y Crosby, Stills, Nash & Young, y otros artistas y formaciones ociosas de haber cumplido un sueño. Maybe, A missing dream.
El relato de «las catastróficas desdichas» en torno a la biografía de Neil Young no finaliza aquí. Una vez perdida la pista de Global Rhythm, al principio del mes de febrero del año en curso recibí una newsletter de Malpaso Ediciones en que pude leer entre los avances de edición el lanzamiento de la biografía de Neil Young traducida al castellano. Releí un par o tres de veces la noticia para cerciorarme que regresaba sobre la pista de Shakey. Luego conocí de primera mano que la salida al mercado de tal novedad se posponía sine die. Otra mal paso para una biografía que nació "maldita". Llegados a este punto, no puedo por menos que apelar a la voluntad de los neilyoungueros que habitan en la playa y en sus aledaños para resolver semejante entuerto. Neil Young, para un servidor uno de los más grandes músicos de nuestro tiempo, merece la publicación de esa biografía “gafada”, básica para conocer los entresijos vitales y profesionales de un “pura sangre”, inasequible al desaliento y con los arrestos suficientes cumplidos los sesenta y ocho años para brindarnos un buen puñado de gemas en forma de álbumes que se acercan a la cifra de cincuenta, descontados los directos, los discos en comunión con Buffalo Springfield, y Crosby, Stills, Nash & Young, y otros artistas y formaciones ociosas de haber cumplido un sueño. Maybe, A missing dream.
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