miércoles, 4 de febrero de 2009

LA CEREMONIA DE LA CONFUSIÓN: PREMIOS «TELEDIRIGIDOS»

En un año «huérfano» de la presencia en salas comerciales de producciones que lleven la rúbrica de los dos directores más mediáticos de este país, Alejandro Amenábar y Pedro Almodóvar, se allanaba el terreno para que uno de sus colegas tuviera su cuota de popularidad merced a la ceremonia de los Goya que este 2009 cumplía su 23 edición. Las 13 nominaciones a las que optaba Los girasoles ciegos (2008) de José Luis Cuerda —cabe recordar, el primero que confió en Amenábar produciéndole su opera prima, Tesis (1995)— podrían albergar cierta esperanza para el veterano cineasta albaceteño, en competencia con la otra candidata destacada, Camino (2008), bajo la realización de Javier Fesser. Pero Cuerda pudo constatar días antes de celebrarse la ceremonia de los Goya que sus posibilidades se reducían a cero en materia de realización y producción con tan sólo hacerse con el TP (Teleprograma) o la programación semanal encartada en las ediciones de fin de semana de los periódicos de tirada nacional. Al revisar la programación del domingo vería que tras la gala los directivos del ente público habían acordado emitir El milagro de P. Tinto (1998). Con una filmografía que no rivaliza precisamente en extensión con la de John Ford o Allan Dwan, y que, por tanto, las cartas parecían más que marcadas, Javier Fesser redondearía una jornada que se iniciaba con el reconocimiento de un rosario de técnicos e intérpretes convocados para su tercer largometraje y que se remataría con el Goya al mejor director por Camino, además de asegurarse unos ingresos extra con el pase de El milagro de P. Tinto por la 2 de TVE. Independientemente de la calidad de uno u otro título, cabe denunciar el nonsense de una televisión pública que sacrifica parte de una audiencia potencial —aquella que se sitúa frente a la pequeña pantalla con el ánimo de que le sorprendan a la hora de leerse la nómina de ganadores (los grados de ingenuidad son insondables...)— en aras a rendir tributo a un director que no dudaría un ápice que esa noche sería la culminación de un sueño que había arrastrado desde hacía varios años, incluso antes de la puesta en marcha de La gran aventura de Mortadelo y Filemón (2002). Avisado de lo que iba a ocurrir, Cuerda tampoco estaba para armar el numerito ya que el trato de favor dispensado en programas del Ente como Versión española —presentada por Cayetana Guillem Cuervo, que suele confundir la promoción con la devoción por el cine patrio se «vista» con un traje de luces o con unos jeans fabricados a golpe de navajazos— le hacía más llevadero su paso por un evento en el que se dejó caer algún rostro proveniente del otro lado del Atlántico. Sería el caso de Benicio del Toro, a quien le garantizaron por activa y por pasiva que si acudía a la ceremonia de los Goya su performance de Ernesto Ché Guevara no se iría de vacío. Y así fue. Lo previsible volvió a apoderarse de otra edición —incluso al registrarse un nuevo retraso sobre el horario previsto—, más que nunca «teledirigida». Maniobrando una vez más en la oscuridad de los interminables corredores de la Torre Picasso, directivos a sueldo de RTVE se debían vanagloriar que sus criterios se imponían ante meras marionetas en forma de miembros que dominan el cotarro en la Academia del Cine Español. Tan sólo así se entiende que supiéramos con una semana de antelación a qué manos irían a parar los principales premios de una velada que, por más que copiaran la infografía y efectos de cámara de los Oscar, se sitúan a una distancia sideral de éstos. Quitando los abalorios propios de estos fastos, el cine español se podría aplicar esa máxima que reza «el tuerto en el país de los ciegos». Un «tuerto», Javier Fesser, coronado entre una mediocridad dominante del cine español, que a estas alturas de siglo reivindica el cine del extrarradio (sic). Un año más, por estas fechas de invierno, el cine de nuestro país cubre sus vergüenzas con una gigantesca lona en forma de oropeles... para un servidor, un espectáculo patético como pocos que daría material de sobra para diversos programas radiofónicos teñido de silly humor de los Gomaespuma —la dupla Guillermo Fesser (hermano de Javier)-Juan Luis Cano—. En esa ceremonia de la confusión que aglutinó a la plana mayor del cine a finales de enero, acabaría colándose de rondón un crítico con ínfulas de «Robin Hood», animado con la idea que la sustracción de un Goya del guardarropía de una discoteca le serviría para denunciar a los cuatro vientos el nepotismo y/o el favoritismo que rige los destinos del cine español. Eso. Llamar la atención: puro exhibicionismo para un espectáculo de borracho de discoteca —como bien señalaría el auténtico destinatario del Goya, Albert Solé, el director del documental Bucarest, la memoria perdida (2008)—, a imagen y semejanza del objeto de sus críticas.

3 comentarios:

Tomás Serrano dijo...

A mí esto de los Goya me trae al fresco, pero la manipulación de los Oscars, que quieres que te diga, ya me fastidia un poco más. Lo de mejor película era evidente, pero ahora es que ya hasta los actores "secundarios"... ¡Menos mal que quedan los oscars "técnicos"! ¿Conoces algún libro que hable de las manipulaciones oscarianas?
Gracias.

jesús cortés dijo...

Christian, en un medio que más vale no mencionar llegaron a decir que alguien había robado el Goya para denunciar que a Goya le habían "robado" el cuadro "Saturno devorando a un hijo", recientemente atribuid a otro pintor.
Qué país

Christian dijo...

Hola Tomás:

Hay varios libros sobre los Oscar con un sentido crítico, pero van en la línea de ofrecer una lista "alternativa" de titulos que no cosecharon una u otra estatuilla. No conozco un libro exclusivo sobre manipulaciones en los Oscar. Pero más que las nominaciones en sí mismas hay una campaña "promocional" sui generis entre productoras. De hecho, "Moteros tranquilos, toros salvajes" (Ed. Anagrama) de Patrick Biskind habla de esos subterfugios de la industria en la que la conquista del Oscar es como una especie de "Santo Grial". En este libro no salen demasiado bien parados los hermanos Weinstein,con sus tretas para hacer que casi cada año tengan un título entre la terna de películas más importantes que concurren en la ceremonia de los Oscar.
Hola Jesús:

Lo triste es que "la ceremonia de la confusión" no tan sólo es depositaria de los miembros de la Academia del Cine. La mayoría de los medios de comunicación funcionan como correa de transmisión de este sistema viciado hasta el tuétano. Puestos a decir tonterías, podrían justificar que el crítico "amigo de lo ajeno" lo que pretendía en el fondo era reivindicar "Los fantasmas de Goya", que tuvo un paso por taquilla calamitoso.
saludos a ambos,
Christian