
Los responsables de la cadena de este nuevo formato en nuestro país —no así en otras latitudes donde había sido exhibido con éxito— concibieron el espacio tomando como referencia, a efectos de share, el primer impacto en forma de una periodista que durante tres semanas debía compartir una lánguida existencia con diversos homeless («sin techo»). La crueldad de unas vidas que se van apagando a cada día vencido encontraban un «cuerpo extraño» en una fémina de aspecto saludable, que algunos de ellos —antes de entrar en ese cul-de-sac vital— incluso podrían haberla reconocido como la presentadora del Telenotícies Migidia emitido por el circuito catalán de Televisión Española. Allí velaría sus primeras armas profesionales una recién licenciada en Periodismo por la Universidad Autónoma, quien parecía sentirse especialmente estimulada al saberse la primera «conejilla de indias» en probar fortuna en el periodismo «gonzo» del siglo XX made in Spain, ha redoblado su experiencia de puro masoquismo con la peregrina idea de evitar ingerir comida durante veintiún días. De su estudio en primera persona parece haberse llegado a la conclusión que la bulimina y la anorexia provocan desequilibrios psíquicos y físicos en las personas que padecen sendas enfermedades. «Para este viaje no hace falta semejantes alforjas», diría un castizo. A preguntas de si tales experiencias han llegado a alterar su equilibrio mental, Samantha Villar niega la mayor y se expresa en términos similares a un actor enfundado en un personaje a las antípodas del mismo.
La encrucijada que vive hoy en día el periodismo no es más que una traslación de los males que persigue a una sociedad que se muestra impasible ante ejercicios televisivos que parecen demostrar una verdad irrefutable mediante artificiosos formatos que nos quieren hacer creer algo. En esta modalidad practicada por Cuatro y tantos otros canales, pronto veremos sentada a la Samantha Villar de turno para suplantar el testimonio de un vagabundo o una anoréxica. El principio del periodismo parecía confiarnos los llamados notarios de la actualidad, ocupando la posición de narradores de lo que acontece en el mundo. Pero esa idea se ha desechado a favor de que sean presentados al mundo como los intérpretes de una función circense del estilo de 21 días, pero que tiene visos de prolongarse a lo largo y ancho del siglo XXI.