sábado, 15 de enero de 2011

«EL INFORME PAKULA»

Hace poco en la Catalunya Central se descubría una fosa donde reposaban los cadáveres de casi una docena de seres humanos cuyo nacimiento, se calcula, data del siglo XIX. Las primeras investigaciones parecen apuntar a que sufrieron dos siglos atrás un brote de cólera que les condujo a una temprana muerte. Un ejemplo más, por tanto, de que la paleontología no se ocupa únicamente del estudio y del análisis de periodos muy remotos en el tiempo como se suele tener la percepción desde distintos sectores de la población. Sirva este preámbulo para advertir de que la historiografía cinematográfica tiene un tanto de labor paleontológica o arqueológica y que, a medida que se van quemando etapas, aquellos periodos que nos parecian relativamente cercanos, han sido objeto de una paulatina exhumación de sus restos de celuloide con el propósito de conocer mejor un época determinada. No hay duda que con la publicación de Moteros tranquilos, toros salvajes de Peter Biskind, se ha empezado a prestar una mayor atención a aquel periodo comprendido entre finales de los años sesenta y las postrimerías de los setenta, pero aún quedan por analizar con mayor tino una fosa que permanece en «tierra de nadie», flanqueada por el yacimiento perteneciente a la «Generación de la televisión», y el relativo al «Nuevo Cine Americano» del siglo XX integrado por los Francis Coppola, Martin Scorsese, Steven Spielberg y John Millius, entre otros. Esa fosa poco visitada y peor estudiada obedece a la figura de Alan J. Pakula (1928-2008).
   Unos días atrás, casi sin proponérmelo, al visionado de Una mujer de negocios (1981) por uno de esos canales surgidos como esporas al calor de la nueva era digital. De haber existido en nuestros días un programa similar a La clave en lugar de esos cantos a la estupidez humana que nos inundan en los horarios de prime time —estrellas ojerosas y con perfil de boxeador impartiendo la cátedra del marujeo; espacios trufados de jóvenes hipertatuados donde las señas de inteligencia se perciben en la cósmica lejanía; action movies que se asemejan a los juegos de la Playstation; etc.— para ilustrar el tema del funcionamiento especulativo de los mercados bursátiles y/o financieros, el equipo de documentalistas del émulo de José Luís Balbín hubiera podido aconsejar, tras la preceptiva presentación de los invitados,  la programación del film dirigido por Pakula. Sencillamente, Una mujer de negocios deviene una radiografía muy certera sobre esos mecanismos especulativos que razonan fuera de ese gran panel que deslumbra a tantos abrstraídos por el señuelo del easy money, antesala para alcanzar una felicidad plena y duradera (sic). Ese punto de atención que se presenta en forma de Rollover —su título original— me ha procurado ir al encuentro de esa fosa donde descansan los restos fósiles de la filmografía de Pakula. El olfato arqueológico que todo buen aficionado al cine debe tener activado les puede deparar más de una sorpresa cuando descubran ese espacio presidido por el nombre de «Alan Jay Pakula» en su cabecera, y justo debajo aparece escrito tallado en piedra «Nueva York, 7 de abril de 1928 – Melville, Long Island 19 de noviembre de 1998». Una fosa que ya había visitado años atrás David Fincher cuando procuró repercutir en Zodiac (2007) hasta el más mínimo detalle de las enseñanzas extraídas del estudio de un film eminentemente narrativo como Todos los hombres del Presidente (1976). Una producción que se sitúa en la punta de lanza de los títulos confeccionados por Pakula en los años setenta, pero sin descuidar su aportación en El último testigo (1974) o Klute (1971). Para este último film, ya me referí en un artículo (ver enlace) para cinearchivo de que, en realidad, la pareja de guionistas, trazaron una analogía con la relación sostenida en secreto entre John F. Kennedy y Marylin Monroe, transcrita a la ficción por Bee Daniels (Jane Fonda) y John Klute (Donald Sutherland).
Un determinado tipo de cine elaborado en el curso de los años setenta donde gravita el peso de las tramas políticas o financieras puede llegar a interesar a las nuevas generaciones en función de su proximidad con los temas que competen en la actualidad. En ese peaje temporal el cine de Pakula ha salido bien librado, incluso hilando fino hasta el detalle de esa garganta profunda que toma el rostro de Hal Holbrook tiene un parecido más que razonable con su verdadero alter ego, William Kark Felt (1913-2008). Cuestiones menores se esgrimirá, pero sin duda para un servidor muestra a las claras ese principio vector por el que se guiaban cineastas como Alan J. Pakula, en disposición a que su cine no trascendiera solo de forma coyuntural sino que las temáticas planteadas tuvieran asidero en el futuro. Al fondo de esa fosa destinada a honrar la memoria de Pakula y de su labor profesional descansa su contribución en alianza con Robert Mulligan, que igualmente se formulan en esa voluntad por derribar tabúes y sacar a la luz aspectos que habían sido orillados por el cine más primitivo, aquel confiado al Studio System: la problemática de la educación en las escuelas públicas en Up the Down Staircase (1967); el aborto clandestino en Amores con un extraño (1963) o el racismo en Matar un ruiseñor (1962). Temas que, lejos de haber quedado aparcados en nuestro quehacer diario, siguen formando parte de una realidad sociopolítica y económica que se presentan con un manto de renovada modernidad un buen puñado de títulos de la filmografía de Alan J. Pakula, cuya muerte se sustanció de una forma harto fortuita al golpear una barra de hierro sobre su cabeza mientras conducía su automóvil con la ventanilla abierta. Una barra de hierro que fue arrojada de una manera intencionada por un grupo de jóvenes desde el puente de una autopista de Long Island. L. I. E. (2001) —siglas de Long Island Expressway— abordaba la temática de esos unforgivens con unos pasatiempos de lo más salvaje, pero no llegaría estrenarse en nuestras salas hasta tres años más tarde en relación a su fecha de producción. Por ventura, para muchos espectadores inquietos Zodiac –con la participación de Brian Cox en un rol secundario, al igual que en L. I. E. que oficia de educador social— situaría sobre la pista —Fincher no se cansaría en señalar, ya sea en los press-junkets o en las ruedas de prensa, el ascendente de Todos los hombres del presidente sobre su propuesta que gira en torno al asesino del zodiaco»— el nombre de Alan J. Pakula. Un realizador hermanado con el cine de Mulligan pero asimismo con el  Sydney Pollack —a veces sus producciones parecen intercambiables— y al que un servidor persiste en seguir indagando en esa fosa en la que parece a resguardo en uno de sus extremos pequeñas joyas del calibre de Love and Pain and the Whole Dam Thing (1973), Comenzar de nuevo (1979) —para mi gusto, junto a Con los ojos cerrados (1969) y Una mujer descasada (1979), con permiso de Stanley Donen, son las mejores radiografias sobre el proceso de las rupturas conyugales y sus (casi) siempre traumáticas consecuencias— y su debut tras las cámaras, The Sterile Cukoo (1969), en una de las pocas ocasiones en que un joven biólogo (Steve McQueen) toma el (co)protagonismo de un relato fílmico... esperemos que este carácter de excepcionalidad tenga continuidad con El enigma haldane en su derivación cinematográfica. Si se da el caso, quizás para entonces Pakula deje de ser sinónimo de women's director, o en su defecto, de aplicado artesano de intrigas políticas vinculadas con el poder industrial y/o financiero, y ocupe un lugar de consideración una vez excavada a conciciencia en esa fosa que oculta no pocos tesoros y sorpresas a los ojos de la historiografía cinematográfica, que es tanto como decir la arqueología o paleontología de esa ciencia inexacta que responde al nombre de Séptimo Arte y que, en contadas ocasiones, nos eleva al Séptimo Cielo.

viernes, 7 de enero de 2011

TOMÁS FERNÁNDEZ VALENTÍ: LA GRANDEZA DE LA SENCILLEZ

Cada año, por estas fechas, hacemos una enmienda a mejorar aspectos que competen a nuestra propia persona o nuestro entorno familiar y de amistades. Desde que tengo uso de razón siempre he considerado la amistad un valor supremo, que se va sedimentando con el paso del tiempo hasta arraigar con fuerza, quizás, en menor proporción de lo que cada uno de nosotros desearía. Hay años particularmente complejos en que ese repaso sobre la «nómina» de amistades tiene un sentido que cobra mayor importancia si cabe y al final uno se formula la siguiente pregunta: ¿he aprendido algo de esta persona? No se trata de un aprendizaje intelectual –que también— sino de una manera de comportarse, de una actitud frente a la vida... Y en este año 2010 preñado de dificultades, sin duda, he recibido una soberana lección impartida por una de esas personas que no defrauda: Tomás Fernández Valentí (1964, Barcelona). Él sabe medir las palabras, tomar la perspectiva necesaria sobre las cosas, y no abalanzarse en la toma de decisiones que luego puedes llegar a arrepentirte. A la postre, él viene a decirte, el tiempo, solo el tiempo, es el que acabará juzgando a cada uno de nosotros.
Generalmente, en ese mundo de la crítica cinematográfica —al que no pertenezco porque siempre me he considerado un outsider, pero sí observo a una distancia relativamente corta— encofrado en vanidades, egos subidos de tono e individualismos mórbidos, el elogio al compañero de profesión es una práctica residual, cuando no marginal. Si éste se produce se puede interpretar como un acto de flaqueza, de debilidad, dando por sentado que hay personas que se sitúan por encima de uno desde el plano intelectual. Un procedimiento, el de negar las virtudes al compañero, dicho sea de paso, consustancial a la idiosincrasia del Homo sapiens «hispánico». Pero para un servidor siempre me he mostrado proclive a destacar, ensalzar, reconocer, en definitiva, el talento de los demás como un acto natural sin menoscabo a zaherir mi orgullo personal (faltaría plus). Por ello, mostrar mi admiración por todo el trabajo profesional desplegado en el haber de Tomás Fernández Valentí a lo largo de veinte años es de obligado cumplimiento. La reverencia para con la labor de Tomás suele provenir de aquellos que lo han leído durante este periodo en distintos espacios, ya sea escritos en papel o en internet. Pero esta dicha se multiplicaría exponencialmente si conocieran a la persona, un privilegio del que un servidor lleva a gala desde hace bastantes años. Esta, sin duda, deviene una de las claves para entender el porqué Tomás escapa a la media —a la mediocridad, diría— y se sitúa en el pórtico de la excelencia con sus escritos: su humanidad traspúa en cada párrafo. Otra de las claves de su gran categoría como escritor cinematográfico se ilustra con un sencillo ejemplo. En el pasado mes de diciembre Nacho Cerdá —director de Los abandonados (2006)— cristalizaba, a través del proyecto Phenomena, una interesante propuesta diseñada para dar cabida en la cartelera cinematográfica barcelonesa a una operación «retro»: recuperar las programaciones dobles de antaño una vez al mes. Tiburón (1975) y Alien, el octavo pasajero (1979) —vistiendo sus mejores galas en copias en 35 m/m subtituladas, en el marco del Urgell, uno de los pocos cines de aquella época que no han sido troceados por esa otra especulación, la de los distribuidores de las salas de cine— abriría el fuego con una respuesta del público encomiable. Pues allí estaba Tomás para bendecir la misma cuando a estas alturas de su vida diez, doce veces habrá visto el film de su admirado Steven Spielberg y otras tantas, calibro, del film orquestado por Sir Ridley Scott. Con su presencia en el Urgell Tomás dejaba constancia que sigue siendo, en su fuero interno, aquel joven imberbe ávido de experiencias cinematográficas de los años setenta, atento a esos programa dobles con los que pasar una memorable tarde, mirando por otra ventana de la vida ajena a la realidad social y económica de un país cuyo Sistema Democrático estaba en pañales o empezaba a gatear. Ese amor por el cine Tomás lo ha conservado en su particular frasco ámbar, además de haber fermentado durante una veintena de años un estilo propio a fuerza de ejercitarse a diario en ese gimnasio que se localiza en nuestra azotea. La combinación de ambos factores, el de la conservación de una mirada límpia, entusiasta sobre un arte que venera, y su gran humanidad edificadas sobre unos pilares de una inteligencia (emocional y cognitiva) suprema, han dictaminado que, a mi jucio, Tomás Fernández Valentí sea uno de los escritores cinematográficos más relevantes de este bendito país. Solo los envidiosos pueden negar semejante evidencia. Una evidencia que, por otra parte, se corrobora al escribir Tomás asiduamente en la revista de crítica cinematográfica por excelencia —Dirigido por—, la mejor publicación de tintes comerciales en este ámbito —Imágenes— y la que contiene la documentación más completa, fiable y elaborada sobre cine en lengua castellana en internet www.cinearchivo.com—. Si a esto sumamos su serie de libros escritos hasta la fecha —David Lean: la emoción y el espectáculo (2000, Ed. Dirigido, Col. Serie Mayor) sencillamente es un prodigio de obra— y sus diversas colaboraciones para otras revistas (Scifiworld, Quatermass, etc.) nos daremos cuenta que Tomás debería ocupar un puesto de honor entre la crítica de cine de este país. Solo hace falta asomarse a su blog (http://elcineseguntfv.blogspot.com/) para intuir el vértigo que causa su contribución al análisis y a la divulgación del cine. Un espacio que permite esa interacción, ese diálogo del que han sido privados durante mucho tiempo sus seguidores, aquellos que siguen acudiendo al quiosco o una librería para comprar indistintamente Dirigido por... o Imágenes, y buscar en primer o segundo término el nombre de Tomás o las iniciales tfv para saber que en esa crítica, ensayo o artículo reposará el valor de la reflexión, de la inteligencia y porqué no, un pasaporte a discrepar. Porque de eso se trata, de buscar nuevos puntos de vista que te aporten algo. Estos anónimos lectores, al fin y al cabo, han contribuido sobremanera a hacer posible que sigamos gozando a la hora de acercanos a los escritos de Tomás, consolidando una doble propuesta, la de Dirigido e Imágenes, cuyo rumbo no se enderazaría hasta pasados unos años desde su número fundacional. Siempre me alegro de los éxitos de mis amigos. El de su blog —referente inexcusable en el ciberespacio— no es más que la punta del iceberg de esa contribución que vale su peso en oro. Contar con Tomás en cinearchivo es un lujo, pero tenerlo como amigo un privilegio al que espero que accedan algún día su legión de admiradores, hombres y mujeres —muchos de ellos pertenecientes a la generación del Baby Boom, entre los que me incluyo—, diseminados a lo largo y ancho del estado español que con su fidelidad y perseverancia han afianzado un proyecto editorial que se movió en sus inicios por aguas pantanosas. El consuelo, si no llegan a conocerlo, puede provenir del sentimiento que, de algún modo, han aportado su granito de arena para el desarrollo profesional de Tomás, la grandeza de la sencillez personificada.

domingo, 2 de enero de 2011

«MY ONE AND ONLY THRILL» (2009), DE MELODY GARDOT: SUSURROS EN LA NOCHE

Intuición. No entiendo la vida sin este factor aleatorio, caprichoso que el tiempo agudiza, dejando que invada el terreno abonado de esa inocencia expropiada a golpe de experiencias. Buenas y malas. Esa intuición me guió a comprar el CD My One and Only Thrill (2009), sin tener conocimiento alguno sobre su autora, Melody Gardot (Nueva Jersey, 1985), esa dama que oculta sus ojos merced a unas gafas oscuras, en combinación con una chaqueta tres cuartos, ofreciendo un severo contraste con su lacia y larga cabellera rubia. Quería desvelar ese enigma. La intuición parecía dictarme que no había impostura intelectual en esa imagen de portada. Así fue. Escuché el disco una primera vez. I Wonder, Good Election. Desde entonces he perdido la cuenta de las ocasiones que he acudido a este bálsamo para el corazón, principalmente indicado para esas noches de blanco satén, al regresar a casa en automóvil o en el ipod mientras cogemos un transporte público. En el transcurso de este viaje en vehículo, a pie o en bus el pensamiento se desvanece en una miríada de imágenes sostenidas con ese sonido mezcla de blues, jazz, bossa nova y soul, de líneas claras, de una precisión melódica y compositiva que nos eleva Over the Rainbow, el  título que da nombre al mainstream versionado por Gardot situado en el tramo final de su segundo álbum.
   Alguien dijo que la buena música tiene estaciones, sabe en qué momento lucirá mejor. En esa guardarropía musical imaginado, My One and Only Thrill brilla con una luz intensa al superar con creces el umbral de la medianoche, al regresar al hogar tras una party donde las confesiones se sirven a golpe de copas de vino. Allí intuí ver la figura esquiva, escurridiza de Melody Gardot, vistiendo de ensoñación su presencia al fondo de un gran comedor arbitrado por un estilo minimalista. La mujer sin sombra fue engullida por la negra noche... pero horas más tarde se corporizaría a mis oídos en forma de un álbum que levanta acta del poder embriagador del amor, baña de esperanza nuestras vidas e ilumina el camino de una senda orlada de estilos variopintos manejados por el savoir faire del piano, el saxo o el violín. Susurros en la oscuridad vestidos de elegancia, exquisitez en un disco que no tiene un solo tema prescindible. Al ir conociendo la historia de ese misterio llamado Melody Gardot me di cuenta de que las composiciones de sus letras rezumaban un sentimiento de autenticidad. (Casi) muerte y «resurrección» para alguien cuyo destino a punto estuvo de teñirse de negro azabache a los diecinueve años cuando un jeep inopinadamente se la atravesó cuando iba conduciendo su bicicleta. Mientras su vida pendía de un hilo la música ejerció un efecto terapeútico que nunca más abandonaría. Al final de ese largo tunel, Melody Gardot acumularía suficiente material como para proponer a Verve Records la grabación del que se transformaría en su primer CD, Worrisome Heart (2006). Tres años más tarde, My One and Only Thrill confirmaría que Gardot no era flor de un día.
   Hay discos que viajan en el baúl de cada uno de nosotros. My One and Only Thrill pertenece a este selecto grupo que lo hará para siempre jamás desde que lo descubrí en una pequeña tienda allá por las primeras estribaciones del mes de diciembre de ese año 2010 que ya pertenece al recuerdo. Desde un planteamiento general, la atenta audición desvela que Gardot ha querido conformar un «cosmos sónico» donde hace honor a su nombre de pila, con esa voz que se agarra a la rama del jazz blues presidida por esa singerbird llamada Eva Cassidy –en especial, en el tema If the Star Were Mine–, flirtrea con la chanson en Les etoiles o se coloca el velo de la bossa nova en Who Will Comfort Me?. Pero, puestos a escoger, Our Love Is Easy se precipita en el fondo de mi corazón con un endemoniado poder. Our Love Is Easy representa la quintaesencia de la capacidad de la música de Gardot por penetrar en los intersticios de nuestro ser más profundo. Ella conoce bien ese espacio cuando camino de la veintena tocó fondo para luego elevarse hacia la superficie, encontrando en la música el salvavidas que la ha llevado, al cabo, a conformar una obra maestra absoluta, de entre cuyas canciones marca una de las claves de ese enigma todavía pendiente de descifrar en su inmensidad: Your Heart Is As Black As Night.

viernes, 24 de diciembre de 2010

EL CINE SE MUEVE: «LA LEY SINDE» O LA «LEY DE LOS SIN DERECHOS»

En tiempos, aquellos tocados por un sentimiento visionario o por un Don que les hacía situarse por encima del resto de mundanos, se habilitaban un espacio en los aledaños de las iglesias o en el centro de las plazas como tribuna de una oratoria que dejara boquiabiertos a unos, y pensativos a otros, todos ellos arremolinados en torno a esas figuras mesiánicas. En los albores del siglo XXI, los gurús-visionarios cobran relevancia en otras tribunas, las virtuales de un mundo que ya no parece tener sentido, cara a la modernidad, sin la presencia de internet. La red ha definido un nuevo espacio de comunicación en que se puede tener, por ejemplo, a nuestro alcance centenares, miles de artículos o noticias que hablen de un mismo tema ocurrido en el curso de ese mismo día. De hecho, gran parte de esos gurús vaticinaban o siguen sosteniendo que en un plazo medio los diarios en formato papel —máxime por el paulatino encarecimiento de la materia prima— desaparecerían de la faz de la tierra de la comunicación, refundiéndose en ediciones digitales que permitirían, a su vez, una interactividad para con el lector y/o suscriptor del periódico de turno. Para alguien como un servidor que siempre ha sostenido que las sociedades pueden cambiar pero el ser humano sigue preservando ese instinto primario de noble salvaje —según los enunciados de las propuestas cinematográficas de Stanley Kubrick, que suscribo al cien por cien—, no hay razones para pensar que dejemos de abandonar el sentido de que somos animales de costumbres. Hemos sido programados desde nuestra creación para dirigir nuestras vidas hacia un sentimiento de posesión, de formar parte de un clan, de crear escudos de vanidad, egoísmo y recelo a lo diferente. Solo el tratar de empatizar con los demás —un ejercicio que requiere de una firme voluntad de descodificar ciertos comportamientos enquistados en nuestro ADN—, de ponernos en el lado del otro, nos permite que esa coraza se resquebraje y anidemos en nuestro fuero interno un sentimiento de solidaridad, de favorecer al prójimo. Pero ese sentido de empatía lo practica una parte muy reducida de la población llamada civilizada y más aún cuando azota con fiereza la crisis, como ese río cuyo caudal se ha desbordado arrasando con ilusiones, esperanzas, deseos, anhelos... sueños, en definitiva. En nuestra genética se haya codificado ese replegamiento a favorecer exclusivamente al clan cuando los tiempos no son favorables en lo económico. En estas situaciones de amarga realidad, al cruzar, por ejemplo, el umbral de una tienda de ropa o de electrónica, nos puede sobrevenir el pensamiento de robar un determinado objeto o pieza, e ipso facto tomar las de Villadiego. Pero el sentido común envía una orden contraria al cerebro, disuadiéndonos de poner en práctica semejante pensamiento. Pero, amigo, de puertas para adentro de nuestros hogares internet no es un campo abonado a reprimir nuestros instintos y nos podemos dejar ir por ese mundo libre, entrando en un espacio confuso donde todo vale y nada vale... Y allí sentimos la necesidad de experimentar con ese concepto inveterado de la rebeldía juvenil (a la que muchos no han renunciado a abandonar: Peter Pan Alive!) que desafía al poder jerarquizado por los adultos. Ellos hacen las leyes y colocan las reglas, ergo toca desafiarlas... No será en un supermercado pero sí a resguardo del anonimato en una habitación a oscuras cuya única fuente de luz emana de la pantalla del ordenador. En la CPU del mismo se almacenan discos duros repletos de películas que aguardan un visionado sine die. El 95% de ese material no son películas que la cinefilia, cuando no la cinefagia, impele a bucear por la red en aras a encontrar ese tesoro oculto de un director checo o polaco que uno había seguido en su adolescencia pero el silencio a nivel de edición se ha instalado por los tiempos de los tiempos en torno a esa obra. Siempre he creído que el primer mandamiento de un buen aficionado al cine es amarlo... ¿Realmente esas personas que se bajan sistemáticamente películas de la red y los almacenan en sus discos duros aman el cine? Mi respuesta es NO. De la misma forma que podemos ir a un restaurante, y nos concienciamos del trabajo que conlleva realizar infinidad de platos bien elaborados y mejor presentados, si atendiéramos cada uno de nosotros al rodaje de una producción cinematográfica, razonaríamos el ingente trabajo que comporta... Y ahí no acaba todo, porque entra en juego un proceso de posproduccion que se puede alargar meses... He visto personas que hacen acopio de 7-8 DVD’s sacados de las bibliotecas públicas porque seguramente sus finanzas no estén demasiado boyantes, pero al menos alguien ha pagado —en realidad, a través de los impuestos extraídos de los contribuyentes— a esa empresa distribuidora y, por tanto, a sus creadores. Esos mismos que entran en un Starbuck Coffee y apoquinan 6 € por dos cafés con leche luego ven en una gran superficie un título que simplemente les haya gustado un precio similar y se dicen para sí mismos, «bueno ya me lo bajaré o ya la tengo en el emule, que más da». Claro que se podrá justificar que al estar en un Starbuck se cultivan las relaciones personales. Pero, ¿qué hay de la cultura de valorar el esfuerzo de los creadores? No conozco a un solo joven que no haya aspirado a crear algo en un momento de su vida. Que se apliquen, pues, el cuento y se vean años, lustros después desamparados porque su música, sus obras, sus creaciones, circulan gratis por la red. Todo tiene su retorno en nuestras vidas y esa comunidad de internautas que visitan asiduamente los caladeros de las páginas de descargas de películas con una intención muy determinada, en un futuro no demasiado lejano, ya en su etapa de adultos, clamarán al cielo de la pobreza de contenidos auiodivuales de cantidad de producciones por mucho que lo tridimensional crea un efecto ilusorio. Y un ruego para esos recurrentes visitantes de emule y sucedáneos: que no escriban en sus perfiles de Facebook en el apartado de aficiones «cine»; más bien sería aconsejable, «Bajadores de películas a tiempo parcial por obra y gracia de la divina providencia de un mundo libre»... Ser un auténtico aficionado al cine equivale a mucho más que visionar títulos: lleva implícito un comportamiento ético, moral y un respeto para con los creadores de obras que, a menudo, actúan como nuestra segunda memoria. El problema o la solución al tema de las descargas, pues, radica en la integridad y concienciación de las personas y se deberia evitar a toda costa que una ley como la que lleva el segundo apellido de Ángeles González (Sinde), la actual Ministra de Cultura, llegara ni tan siquiera a tramitarse. Poner rostro al enemigo es lo peor que pueda suceder de cara a esa comunidad de internautas que circulan por la red con sus barcos de ignominia surcando los mares y con la calavera negra luciendo en lo más alto del mástil, mientras infinidad de gente de la indústria del entretenimiento se ahoga en las profundidades abisales de un océano llamado internet que se presume el «Sangri-La» de la democratización de la información, pero que al mismo tiempo potencia exponencialmente a diario pseudoaficionados de un arte centenario como el cine. Con las nubarrones que se adivinan en el futuro para sus creadores dudo que tenga ni tan siquiera visos de que se llegue a conmemorar el bicentenario del Séptimo Arte. Su indústria habrá quedado desballestada por aquel entonces si el buen juicio del ser humano y sobre todo de sus capas más jóvenes no lo remedia.

domingo, 19 de diciembre de 2010

EL GRAN HOUDINI: «THE MAN FROM BEYOND»

Viendo recientemente un magnífico film británico dirigido por Edward Dmytryk, The Hidden Room (1949), el segundo punto de giro, el que nos proyecta hasta el final de la historia, guarda mucha relación con el uso del lenguaje. Al cabo, reparé en que el uso idiomático había sido el principal argumento para que Ehrich Weiss, más conocido por su nombre artístico de Harry Houdini (1874-1926), destapara al entramado de farsantes y embaucadores responsables de organizar sesiones de espiritismo, que invitaron al escapista e ilusionista para que entrara en contacto con su difunta madre. Ella, húngara de pura raza, jamás aprendió el inglés y, por tanto, aquellos mensajes cifrados del más allá con la lengua de John Milton por bandera, levantaron la liebre de la indignación en Houdini, quien a partir de entonces consagraría buena parte de sus esfuerzos a desemascarar a los «Moriarty» de turno practicantes de una pseudociencia especialmente sembrada para ser recolectada por mentes tocadas por la ingenuidad, cuando no la desesperación.
Guardo un recuerdo intermitente de la primera vez que confié a mi memoria el nombre de Harry Houdini, pero de lo que estoy plenamente convencido es que éste cobraba vida (eso sí, con las prerrogativas a morir en diversas ocasiones a lo largo de la función fílmica) en la persona de Tony Curtis, otro actor que enmascaraba su origen judío —nacido Bernard Schwartz— con el nombre que le daría celebridad a escala internacional, sobre todo a raíz de propuestas que cautivaron al espectadores de la época y de posteriores como El gran Houdini (1953). Y digo actor porque Houdini tuvo una partipación activa en media docena de producciones de los años veinte, llegándose incluso a triplicarse en productor y guionista en The Man from Beyond (1921) con la intención de hacer de Howard Hillary un personaje a su medida. Dentro de ese espacio difuso al que aludía, brillaba con especial nitidez la secuencia en que Houdini desafiaba las gélidas aguas del Río Hudson, encontrando in extremis un punto de luz en forma de salida a la superficie en medio de esa prisión de agua sellado por caplas de hielo. En realidad, esa secuencia surgiría del imaginario del guionista Philip Yordan porque Harry Houdini se embarcó en numerosas gestas que le colocarían en el frontispicio de la muerte, pero ninguna de ellas le convocaría en un río helado en la ciudad de Nueva York, al menos, a tenor de la documentación recopilada a lo largo de la pasada centuria. Fuera o no producto de la imaginación de los responsables creativos de El gran Houdini, esta producción Paramount me cautivó durante buena parte de mi adolescencia y, a partir de entonces, mi fascinanción por el personaje de Houdini me ha movido a distintas lecturas sobre su obra, vida y milagros, al visionado de documentales y alguna que otra aproximación, más o menos cercana, al personaje en la oscuridad de las salas, concretamente, en El último gran mago (2008). Al calor de las apuestas por dar cancha al tema del ilusionismo —El ilusionista (2006) y El truco final (2006)—, se debió desenpolvar un guión que debió dormir el sueño de los justos en algunos cajones de las productoras, dando vía libre a este El último gran mago, en que las expectativas pronto se diluyeron para un servidor cuando se sitúa al personaje de Houdini (un imposible Guy Pearce; la directora aussie Gillian Armstrong barrió para casa) en su ocaso profesional y su combate se dirime —en tierras escocesas— con esos espiritistas de tres al cuarto más que con cadenas, cubas de aguas selladas herméticamente o camisas de fuerza que no dejan extender las alas colgado de lo alto de un edificio neoyorquino. De esta proeza final dan fe los documentales que se conservan y que Milos Forman adecuaría para el prólogo de Ragtime (1981), aunque poco más se sabría a lo largo de sus dos horas de metraje de Harry Houdini, un personaje con un mayor desarrollo en ese crisol de individuos que se dan cita en el Monumento literarío por excelencia de E. L. Doctorow. Sinceramente, pienso que Doctorow es el escritor más capacitado para trazar un relato, a la manera de Homer y Langley (2007), en que la ficción biográfica se desenvuelva en un contexto histórico que él conoce al dedillo. A la espera que algún día el novelista neoyorquino de ascendencia rusa se anime a ello, sigo persuadido con la idea de encontrar la llave que abra ese baúl en forma de un guión lo suficientemente atractivo para adecuarse a la gran pantalla en relación a un personaje al que el cine no ha hecho la justicia debida. Paul Verhoeven —al igual que Dmytryk, el otro licenciado en Ciencias Exactas del «planeta Cine»—, según recoge uno de los capítulos de la monografía sobre el director holandés subtitulada Carne y sangre (2001, Ed. Glenat), y escrita por mi buen amigo Tomás Fernández Valentí, intentaría desarrollar el script de un biopic (parcial) sobre Houdini, pero se quedaría en una tentativa. Por mi parte, a lo largo de ese 2011 que se anuncia en un horizonte muy cercano, me procuraré las lecturas de Houdini!!!: Career of Ehrich Weiss (1997) de Kenneth Silverman y The Secret Life of Houdini: The Making of American's First Superhero Mystery (2007) de William Kaush y Harry Sloman con el propósito de llegar a determinadas conclusiones sobre la viabilidad de un proyecto que podría caminar de la mano del guión de El enigma Haldane ya escrito, cuya novela homónima se materializará en las librerías a partir del próximo mes de marzo de 2011. En este mundo de la producción, que me animo a lanzarme con la enmienda a reinventarme —pero sin abandonar la nave que he ido pilotando a lo largo y ancho del decenio que está a punto de tocar a su fin—, siempre es mejor tener uno o varios guiones alternativos bajo el brazo. El enigma Haldane —seguramente destinado al mercado anglosajón— será uno, y el otro, de momento, tiene ciertos números de formularse en la persona de Harry Houdini, quien curiosamente dirigió su único film —en 1923— con el título... Haldane of the Secret Service…Casualidades terrenales o del más allá... quién sabe.

domingo, 12 de diciembre de 2010

EL «REGRESO» DE JOSÉ MARIA GARCÍA: PONGAMOS QUE FUE UN SUEÑO... «EN LAS ONDAS»

Doce de la madrugada. Una jornada completa y antes de conciliar el sueño trato de recabar información sobre ese nuevo juguete roto que se anuncia en la persona de la atleta palentina Marta Domínguez. Ese resentimiento acumulado por su ex entrenador aflora en forma de velada crítica, de silencio delator de que Domínguez quizás, solo quizás... no había caído en las mejores manos... Minutos después de la medianoche el sueño se apodera de un servidor pensando que esa jornada había creído reconocer al genio de las ondas abriendo su programa Súper García en la hora Cero confesando que un par de horas antes había podido hablar con Marta Domínguez y que estaba anímicamente destrozada, pero con las fuerzas necesarias para declarar ante la Guardia Civil sobre la verdad de lo ocurrido en torno a su supuesta imputación de formar parte de una trama de dopaje. La verdad, ese vocablo inviolable para José María García (1944, Madrid, capital de Asturias) que en tantas ocasiones le colocarían en el disparadero de las amistades. Esos cinco minutos de partida en que García respiraba hondo y se tomaba el termométro a sí mismo para medir sus palabras desde la sinceridad, sin casarse con nadie. La carnaza mediática ya estaba servida en forma de esa atleta con fragancia de longeva ganadora que caía del pedestal, pero García no incurría en esa trampa fácil. No había exculpación para Domínguez si no la voluntad de quedarse con la persona, aquel ángel caído a la que los aplausos se la tornaban dardos. Vencidos esos minutos preliminares, García se interrogaría sobre esos culpables sin rostro, del por qué tras lo acontecido con la «Operación Puerto» individuos del pelaje de Eufemiano Fuentes seguían gozando de licencia para ejercer la medicina deportiva (sic). Otro pilar del estado de derecho de nuestro bendito país que sufre de aluminosis en forma de esa parte de la justicia que vende su alma el diablo... El diablo llamado Eufemiano Fuentes, mente descerebrada capaz de situarse detrás del mostrador para prescribir sustancias dopantes para aquellos que quieren seguir siendo lo que fueron. El machacarse como un loco ya no compensa cuando se ha llegado a la cima. Mantenerse toca cuando todo son parabienes, y esos gimnasios cutres han mudado en forma de pequeños palacios recubiertos de espejos para proyectar un ego que no descansa. García principia el sentido de la lògica, abre interrogantes, nos muestra su pesar, su dolor porque una vez más la cuerda se ha roto por el lado más débil, el de los deportistas, lo que de verdad vale la pena del deporte, repite una y otra vez. Ante esa oleada de lamentaciones, de confesiones varias y aportaciones en directo de algún que otro atleta y entrenador, media docena de temas han quedado fuera de cobertura en esa jornada dictada por una noticia que ha levantado la liebre de la sospecha, again, sobre el atletismo español.. García nos envía a la cama a eso de la una y media de la madrugada. Me despierto y un par de días después recibo un correo electrónico que me redirecciona hacia las reflexiones de José María García para El món a RAC 1, el programa pilotado por Jordi Basté. Me aprendí el cancionero de José María García allá por los años ochenta y al volver a escucharlo, completando las frases como si de un acto reflejo se tratara: el halago... debilita... no siento rencor... por nadie... Valdano no es un poeta... es un rapsoda... Esta radio del siglo XXI cuando cruza el umbral de la medianoche lleva años huérfana de ese hombre que cantaba las verdades del barquero... Eché en falta a García en ese primer día que la «Operación Galgo» saltó por encima de los mitos deportivos y depositaría sobre el tartán un ramo de flores por los atletas caídos en acto de disidencia con el juego limpio. La grandeza de García ha vuelto a zumbar mis oidos horas después de haber clamado entre sueños su concurso en ese día marcado en rojo por la Benemérita de Palencia. La grandeza de un genio de una personalidad arrolladora, que libró hace años la batalla contra el cáncer y de la que salió airoso. Bendito seas por haber ganado tantos pulsos a la vida y no haber faltado a tu compromiso con la verdad.

Enlace a la audición del programa El món de RAC-1 donde se escucha al maestro José María García:


PD: Gràcies amic Jordi M. Hi ha quaranta una raons per tornar a escoltar en Garcia pels vols de la mitjanit...

domingo, 5 de diciembre de 2010

EL MISTERIO CENTENARIO DEL MONTE MACEDON: LAS DESAPARICIONES DEL DÍA DE SAN VALENTÍN

El título que encabeza la introducción de la edición de Picnic en Hanging Rock (2010, Editorial Impedimenta), a cargo de Miguel Cane, se reserva a la expresión «Australian Gothic». Un término que más bien suena a música celestial a la hora de contextualizar genéricamente una novela surgida a las antípodas y escrita por una australiana de real abolengo, Joan Lindsay, de soltera Joan Beckett Weingall (1896-1984). Tiempo habrá en el curso de las próximas semanas para extenderme en cinearchivo.com, en forma de artículo, sobre esta pieza literaria en particular de Lindsay y de su adaptación cinematográfica homónima en el debe de Peter Weir. Pero la lectura de Picnic en Hanging Rock —publicada por vez primera en el estado español, con una calidad de edición por parte de Impedimenta digna de resaltar (Enlace a Editorial)— me ha acercado a la personalidad de Joan Lindsay, de quien hasta la fecha tenía una idea bastante vaga del conocimiento de su legado artístico, únicamente ligado a la obra de mi admirado Peter Weir, desde el momento que empezaron a resonar en mis oídos ese «¡Oh, capitán, mi capitán!» en el entorno académico de un college de Nueva Inglaterra en que se levantaría acta de «el club de los poetas muertos». Recuerdo su estreno como un pasaporte para el despertar de mi lado más utópico y que para toda una generación, la que iba quemando sus etapas educativas y encaraba sus compromisos universitarios —o de grado superior, dentro de la denominada Formación Profesional— en el último tercio de los años ochenta, Dead Poets Society (1989) tuvo una significación especial que, en mi caso, alcanzaría a trabajos pretéritos de ese ilustre aussie llamado Peter Weir. Planteada, al igual que El club de los poetas muertos, en un entorno académico restringido para un solo sexo, Picnic en Hanging Rock (1975) dio a Weir una aureola de culto dentro y fuera de su país de origen, que años más tarde refrendaría con La última ola (1978). Sendas historias —la una publicada en 1967; la otra, articulada por el propio Weir, pero únicamente impresa en forma de guión— guardan relación con leyendas aborígenes desde un plano geográfico —el Monte Macedon, sito en la provincia de Victoria, da cobijo a la famosa y, a la par, enigmática Hanging Rock— o abstracto —la hipnótica The Last Wave—, que asimismo interactúa con una fenomenología climatológica que no encuentra asidero en esa realidad de la que somos capaces de interpretar.
Por muchas razones, la novela Picnic en Hanging Rock desde la fecha de su publicación tuvo todos los pronunciamentos para erigirse en una obra de culto en el espacio de un país esquivo a propuestas editoriales formuladas sobre un sustrato gótico, que buscaran tender puentes con la tradición literaria proveniente de la Inglaterra victoriana. Empero, la influencia continental de Picnic en Hanging Rock vendría dada por dos caminos que, en cierto modo convergerían a la hora de construir algunas de las obras magnas fechadas en Europa: el aliento gótico en la narración de los acontecimientos, presentando personajes con distintas aristas y dando forma a ese colegio de exclusivo para féminas con un fondo más sombrío que su inmaculada presencia (incluso el personaje de la Srta. Appleyard tiene un extraño semblante con la ama de llaves de Rebeca de Daphne du Maurier), y la concepción epistolar que gana terreno en el desarrollo de los capítulos finales del libro urdido por Lady Lindsay. Quizás todo ello hubiera caído en saco roto si Lindsay no hubiera tenido la audacia de jugar al equívoco cuando se la preguntaba, aun con mayor insistencia al calor del estreno del film Picnic en Hanging Rock, sobre la veracidad de los hechos acontecidos en aquel soleado 12 de marzo de 1900 en Hanging Rock, que trajo consigo, al atardecer de ese mismo día, la desaparición de tres de las adolescentes estudiantes y una de sus tutoras del exclusivo colegio Appleyard. Lindsay siempre abogó por una actitud ambigua, en una tentativa por preservar el misterio que se llevaría consigo a la tumba en 1984. Tras leer determinados escritos que teorizan a favor o en contra sobre el poso de verdad en relación a los hechos relatados en la obra de Lindsay y su posterior transcripción en imágenes, para un servidor, el misterio aún se agudiza. Pero, al cabo de visionar el documental Hanging Rock... en 1900 (1975), que acompaña la excelente edición de la película en el debe de Avalon, una septuagenaria Joan Lindsay, que se mueve con soltura por el set de la producción, departiendo amistosamente con un joven Weir, a preguntas de una entrevistadora, manifiesta: «No la ví por primera vez en 1900, pero tampoco mucho después. Creo que tenía como tres años, la primera vez que la ví. Y me impresionó muchísimo. La última vez que la vi, fue hace cinco años, creo. Antes que construyeran tanto por desgracia. Pero para mí, gracias a Dios, tiene la misma magia». Si seguimos el dictado de sus recuerdos, Joan Beckett —como así se llamaba por aquel entonces— visitó la «Roca Colgante» en 1900, para una sesentena de años más tarde abordar una historia que aun hoy en día desconocemos sobre la base de realidad de la que se valdría. Quizás, Lady Lindsay la abordara en ese periodo donde los relojes se paran, perdiendo la noción del tiempo y de la realidad... Mientras seguimos deshojando la margarita sobre si se trata de una ficción asentada en elementos reales o un aconcecimiento veraz ficcionado, cabe observar la trayectoria literaria (dejando la pictórica, que la cultivó durante decenios) de Lindsay, si tomamos una orientación cronológica, como un tránsito de la edad madura —aquella que alimentaría una mirada hacia sus propias experiencias en los años posteriores a consagrarse en matrimonio (no por casualidad, el día de San Valentín, pero de 1922) con el pintor Daryl Lindsay , a la sazón Director de la National Gallery de Sydney —en Time Without Clocks (1962)— hasta la descripción de un universo típicamente infantil en su última obra publicada —Syd Experience (1983)—, pasando inexorablemente por Picnic en Hanging Rock, la novela que la llamaría a la posterioridad y de la que supo preservar un misterio ya centenario...

domingo, 28 de noviembre de 2010

LA CIENCIA DE LA VIDA Y DE LA MUERTE

Al cabo de leer el artículo ¿Por qué no somos inmortales?” de Thomas Kirkwood, en el número 410, correspondiente al mes de noviembre de 2010 de la revista Investigación y ciencia reflexioné hasta qué punto el funcionamiento de las estructuras económicas (empezando por las de más pequeño rango pero no menos importante: la doméstica) se asemejan extraordinariamente a los mecanismos celulares que se organizan en nuestras cada vez más prolongadas existencias. Kirkwood, en su artículo propone una serie de ideas que deben emplazar al lector a pensar por sí mismo, sin menoscabo que el desconocimiento sobre una determinada materia o especialidad científica reprima nuestro ímpetu primario por preguntar el por qué... de tantas cosas. En el fondo del discurso del profesor Kirkwood subyace la preocupación de cómo mejorar la calidad de vida a medida que nos acercamos al final de la misma, más que crear falsas expectativas en el sentido de que los avances científicos nos llevarán, tarde o temprano, a encontrar la piedra roseta en forma del gen o los genes de la inmortalidad. Sucumbir ante el atractivo de unos resultados esperanzadores que se han desarrollado con organismos inferiores suele llevar aparejado, al medio o largo plazo, un profundo sentimiento de frustración en virtud de que los mecanismos o dispositivos celulares no son extrapolables a organismos de la complejidad del ser humano. Kirkwood señala que en los años 80 Michael Klass y Tom Johnson se mostraron perplejos cuando descubrieron que la mutación del gen age-1 comportaba que se prolongara un 40% la longevidad de los nemátodos objeto de estudio. Más adelante se localizaron otros genes que aumentaban la longevidad en idéntica especie. Puestos a investigar el motivo del porqué se daba todo aquello, diversos grupos de investigadores llegaron a una conclusión común: se había dado una alteración del metabolismo del organismo, el que hace posible una redistribución de la energia que se precisa para desarrollar las funciones corporales requeridas. Esos cambios metabólicos no tienen asidero o traducción en organismos superiores ya que el ritmo metabólico es infinitesimalmente inferior en función de la longevidad que ha llevado al Homo sapiens a situarse con una esperanza de vida cada vez mayor, llegando a registrar individuos que completaron su ciclo vital al filo o superar inclusive los ciento veinte años de edad.
Leí en una ocasión de la existencia de una empresa —creo, con sede en Francia— que aplicaba a sus patrones de gestión, organización y producción criterios extraídos de la observación de los mecanismos biológicos y bioquímicos que se dan cita en nuestro propio organismo. Algún día espero, antes que sea arrancada del libro de mi vida, recuperar esta página en gris de mi memoria y reescribir algo con sentido sobre la misma. Pero mientras tanto razono en las analogías que me ha suscitado el texto del catedrático de medicina Thomas Kirkwood: «En todas las etapas de la vida, incluso al final de la misma, el cuerpo hace todo lo posible por mantenerse vivo; no está programado para el envejcimiento y la muerte, sino para la supervivencia. Pero, bajo la intensa presión de la selección natural, las especies acaban por otorgar mayor prioridad al crecimiento y la reproducción (en la perpetuación de la especie) que a la construcción de un individuo imperecedero. Por tanto, el envejecimiento está provocado por la acumulación gradual, a lo largo de la vida, de lesiones moleculares y celulares no reparadas». Al hilo de la comprensión sobre este párrafo brindado por la claridad expositiva del doctor Kirkwood me sobrevino ese patrón de conducta que se da en nuestra sociedad en tiempos de crisis: madres y padres, con los rostros ojerosos, con los cabellos teñidos prematuramente de gris, y la aflicción dibujada en sus caras, que se empeñan en no trasladar su padecimiento a unos vástagos, protegidos en sus particulares urnas de cristal («que no les falte de nada», suelen repetirse over and over esos progenitores acuciados por las penurias económicas que sacuden sus pensamientos a altas horas de la madrugada). La perpetuación de la especie permite que el ciclo continúe. En ocasiones, deberíamos cambiar aquel aforismo de que «la cara es el espejo del alma», y advertir de que la cara de unos —padres— y otros —hijos— es el espejo de nuestros mecanismos celulares en que está escrito nuestra fecha de caducidad una vez que, como esgrime Kirkwood en su ensayo, «cuando las células especializadas abandonaron la tarea de perpetuar la especie, renunciaron también a la inmortalidad; podían desaparecer después de que el organismo hubiese transferido su legado génico a futuras generaciones a través de la línea germinal». Haciendo acopio una vez más de las analogías mundanas —el mejor método para lograr que la ciencia no sea territorio abonado para unos pocos— la secuencia reproducción-crecimiento-muerte sería el equivalente a que una frase se construye sobre la base de sujeto + verbo + predicado. Pero para construir una novela interviene una gramática muy rica, que se ofrece a elaborar subordinadas, intercalar diálogos que, en ocasiones, requieren de respuestas monosilábicas, y un largo etcétera. Esa gran novela que podría titularse, al igual que el artículo de kirkwood, ¿Por qué no somos inmortales? podríamos conocer al detalle de cómo funcionan nuestros mecanismos celulares. De momento, a la luz de las investigaciones de las que tiene conocimiento directo o indirecto Thomas Kirkwood, solo estaríamos capacitados para escribir un opúsculo de lectura recomendada para niños de edades comprendidas entre 5 y 7 años. Hasta que llegue ese día del juicio final para descartar definitvamente la posibilidad de que seamos, como la hidra de agua dulce, inmortales, aprenderemos que en la aplicación farmacológica de la ciencia del envejecimiento radica la esperanza para mejorar aún más nuestra calidad de vida si no pertenecemos a esas bolsas de la población que todo parecen fiarlo a la divina providencia en forma de Dioses que no son de este mundo y habitan en el más allá, ajenos de lo que se cuece a pie de calle, algunas de ellas más semejantes a trincheras.