
Existe vida después del cine. Muchos me vinculan a este campo. Este blog está dedicado a mis otros intereses: hablaré de música, literatura, ciencia, arte en general, deportes, política o cuestiones que competen al día a día. El nombre del blog remite al nombre que figura en mi primera novela, "El enigma Haldane", publicada en mayo de 2011.
martes, 30 de junio de 2009
LA OPERACIÓN SOÑADA: JAQUE MATE EN LA SELVA COLOMBIANA

sábado, 27 de junio de 2009
ALEXANDRE DESPLAT, UN MÚSICO DE OTRO TIEMPO

En no pocas ocasiones he lamentado que entre el material adicional que refuerza el argumento de venta de una determinada película en DVD o Blu-Ray se excluya un segmento dedicado a glosar aspectos relativos a la música. Pero intuyo que, a veces, estas ausencias en títulos en los que la música tiene una función importante, cuando no primordial, se deba a que los compositores saben expresarse bien frente al pentagrama pero, de una forma deficiente frente a las cámaras. Para romper esta regla no escrita, Alexandre Desplat es de los pocos que se muestra más que resuelto al evaluar ante las cámaras aspectos que le han comprometido en el proceso creativo de, por ejemplo, una banda sonora que roza lo mágico como El curioso caso de Benjamin Button. Desplat habla en boca de un colega japonés que la música debe cumplir dos conceptos esenciales: función y ficción. En cuanto al segundo término, la ficción ya está sugerida per se en el contexto cinematográfico, mientras que la función es un asunto más volatil, difícil de medir en términos de efectividad. Pero los «milagros» a menudo se formulan ante los ojos y los oídos bien afinados de talentos de la exquisitez y de la elegancia de Alexandre Desplat. Éste, al apostar por trabajar en el ámbito de la producción de películas en detrimento de una carrera como concertista de piano y compositor de piezas sinfónicas, siempre tuvo el pálpito que podría llegar la ocasión de musicar «Benjamins Buttons». La decisión de los estudios Warner Bros. y Paramount por adecuar la historia en Louisiana, en el corazón de Nueva Orléans, en lugar de Baltimore —donde transcurre el relato de partida escrito por F. Scott Fitzgerald— debido a motivos presupuestarios, afianzaría ese sonido que tan bien se le da en reproducir a Desplat, esto es, el que se mueve entre lo decadente, lo nostálgico y lo melancólico. En ese espacio, en la actualidad Desplat no tiene rival; su forma de componer nos invita a creer que el tiempo queda suspendido una vez penetramos en las entrañas de una historia con la oscuridad de la sala testimoniando nuestro compromiso de aislamiento del mundo real. Y ya se sabe que la palabra no lo es todo a la hora de expresar sentimientos; para ello este arte centenario se vale desde hace un montón de décadas de la pericia de los compositores para tocar las teclas oportunas. La música es el recubrimiento que hace de una historia con los cimientos narrativos bien sólidos alcance el rango de sublime. Ejemplos de tiempos remotos nos llueven al respecto con Bernard Herrmann encabezando un hipotético ránking de dianas en este tránsito camino de la excelencia. Por ello, que el cine cuente hoy en día con Alexandre Desplat, la quintaesencia de la sutilidad compositiva en periodos de «clonación sónica», es un lujo para los oídos y el corazón. Esta apreciación se extiende a los comentarios que Desplat efectúa sobre su propia labor, dejándonos clavados frente al televisor cuando, por ejemplo, ejecuta unas notas al piano y luego, previa explicación verbal, las reproduce en sentido inverso para ilustrar el sentido de esta decisión en función de que la historia de Benjamin Button propone un trayecto vital inverso al natural. Una historia tocada por la singularidad en (las delicadas) manos de este compositor que casi nadie acertaría a creer que tampoco hace demasiado tiempo había velado sus primeras armas con una partitura que comprometía a un terreno de juego, el que propiciaba recorrer la banda a un linier (o arbitro asistente) en Atilano presidente (1995). Pero ya por aquel entonces Desplat estaba llamado a militar en empresas cinematográficas de empaque. Su contribución en La joven de la perla (2003), The Queen (2006) o El velo pintado (2006) daban la medida de este rara avis de la composición para la gran pantalla en tiempos de dominio de los sintetizadores de nueva generación, con una parte sinfónica incorporado a su edificio sonoro. Un maridaje que diluye —como si echáramos agua al vino— el factor de sutilidad que reclaman historias de la categoría de Benjamin Button. Por fortuna, de la elección de Desplat se ha beneficiado una producción como El curioso caso de Benjamin Button, cuyo atropello en la ceremonia de los Oscar del pasado mes de febrero no puede por menos que devolverme a la memoria las palabras que había pronunciado Mel Brooks al poco de salir casi de vacío de la gala de los Oscar celebrada en 1981: «Con el paso del tiempo El hombre elefante se convertirá en un clásico mientras Gente corriente no dejará de ser más que una pregunta de Trivial Pursuit». Otro David, Fincher, para un servidor, ha firmado un clásico, dejando que Antonio Garrido, el nuevo rostro del concurso ¿Quiere ser millonario? formule alguna de estas temporadas una pregunta referida a Slumdog Millionaire (2008). Sin ir más lejos, que la música de esta producción dirigida por Danny Boyle conquistara un Oscar es una broma teniendo en la terna a Alexandre Desplat en estado de gracia. Pero unos escriben para el momento y otros para la eternidad. Esa es la (gran) diferencia.
lunes, 22 de junio de 2009
«TEMPLOS» DE LA VOSE: LA CALIDAD TIENE UN PRECIO

Como ocurre con algunos misioneros, Enric Pérez, al llegar a «tierra santa» y levantar su particular «templo» de la versión original subtitulada, se vio con la obligación moral de satisfacer a aquellos feligreses movidos por la presunción que todo lo que allí se programa es sinónimo de calidad. Para ahorrarme el ardor de estómago que procuran ciertos comentarios a pie de taquilla por parte de la intelectualidad de la city —aquellos que sólo leen a Paul Auster, se entregan a propuestas estilo off-off-Broadway o creen que la verdad de la oferta cultural se encierra en las páginas del suplemento Babelia—, los Icaria, con una oferta variopinta, se han convertido desde hace años en una opción más satisfactoria. En todo caso, sigo teniendo en gran estima a los cines Verdi, aun a pesar que me mueva a una relativa perplejidad noticias como la decisión de Enric Pérez por no ofrecer descuentos a los aficionados justificándose al tratarse de un cine de calidad que no debe ser susceptible de rebajarse su precio, salvo el día del espectador. Y digo relativa porque Enric Pérez me recuerda al General Kurtz de El corazón de las tinieblas, situado fuera de la realidad, la que vive el sector de la distribución y de la exhibición que contabiliza un constante goteo de pérdida de espectadores. Para contrarrestar esta situación, en feliz iniciativa el pasado fin de semana la plana mayor de las cadenas del sector ofrecían, a cambio de una entrada normal, un abono complementario para poder disfrutar de todo el cine posible a lo largo de tres jornadas —de domingo a martes— a un precio de 2 € por título. Pérez, que recordemos en 2007 se había negado a sumarse a una huelga para regularizar el tema de la cuota de pantalla, habla de cine de calidad para justificar que el precio sea inamovible y no tenga el gesto de premiar a su clientela o buscar nuevos clientes. Claro que siempre habrá gente que se trague sables y piense que «cine de autor» es el sumum de la calidad. Pues bien, cuando los Verdi estrenaron el grueso de las producciones Dogma alguien hubiera podido acercarse a las taquillas y sugerir un descuento porque ese «cine de calidad» vestía al muñeco sin compositor, sin actores profesionales, sin sonorización en estudio, sin guionista(s) y con una iluminación defectuosa. Vamos, que se habían ahorrado una pasta en producción que podría haber repercutido en el precio en taquilla. De esos ejemplos no habla Enric Pérez con el ánimo de ser refractario a iniciativas que favorezcan al bolsillo del consumidor —máxime en tiempos de crisis acuciante— porque sabe que cuenta con una parroquia bien adoctrinada que, al traspasar el umbral de los Verdi, su pedigree intelectual se multiplica por diez. Algunos incluso habrán suspirado frente al cartel que se excusaba de cualquier tentativa de rebaja que sirviera para captar nuevos clientes o recuperar algunos de los perdidos en las salas cinematográficas donde suele acudir la plebe. «Lo ves, pago lo que vale la entrada porque es un cine de calidad», dirán algunos para sus adentros. Eso sí, el olor a palomitas que invade el hall de los Verdi garantiza compensar ciertas operaciones de riesgo.
sábado, 20 de junio de 2009
LA CONDICIÓN (IN)HUMANA

miércoles, 17 de junio de 2009
DOCTOROW, EL «PRÍNCIPE DE LAS LETRAS»: A PROPÓSITO DE «EL LIBRO DE DANIEL»

Escritor del calibre de su coetáneo Phillip Roth pero, para mi gusto, menos tendente a expresarse desde las alturas que éste, E. L. Doctorow es lo que podría denominar un «príncipe de las letras». Un literato tocado por la divina providencia, haciendo acopio de un conocimiento como pocos de la historia contemporánea de su país —que no el de sus padres: su apellido les delata—, en cuyo barrido se topó con una «mina» por explotar al revisar el caso de los Rosenberg. La narración en la voz del hijo de la pareja —Daniel (en la ficción el único posible, en palabras de Lumet: Timothy Hutton)— es la que incrimina a una izquierda estadounidense de rostro ambivalente, incapaz de resarcirse de las heridas que ha dejado tras de sí un combate a fondo sobre la fragilidad de la memoria. Doctorow arrojó luz sobre esta cruenta, trágica historia que nos habla a media voz de las relaciones paternofiliales. Una lección de alta literatura exenta del oropel publicitario, que debe llenar de orgullo al sello Miscelánea para seguir navegando por las procelosas, a menudo ingratas aguas, de la edición en papel.
domingo, 14 de junio de 2009
EL TRIUNFO DE LOS BLANQUILLOS

Después de años de proyectos deportivos que se han ido al garete al resabiarse que la cartera con «r» tiene una rentabilidad mayor que la cantera con «n» en el mercado audiovisual —el «modelo» Florentino, pero a una escala infinitesimal; los resultados, igualmente funestos al medio plazo—, el Real Zaragoza busca una nueva redención. Su ascenso es un triunfo en lo personal del asturiano Marcelino —una apuesta arriesgada; el saberse uno de los entrenadores de postín que decidió buscar el reto en el ascenso de un equipo histórico desde una segunda división que puede convertirse en un pozo sin fondo— pero una afición y un homenaje a un club con tradición de fútbol ofensivo en la que me pierdo al rememorar los jugones que pasaron o han pasado por las filas del equipo blanquillo: Juan Señor, Rubén Sousa, Luís Milla, Juan Castaño «Juanele», David Villa, Rubén Gracia «Cani»... Vaya por la ciudad de Zaragoza —sin desmerecer la recompensa al esfuerzo que ha dado sus frutos para el CD Tenerife y el Jérez Deportivo en el que será su debut en la categoría de Oro— mi más sincera enhorabuena porque la liga BBVA no podía esperar una temporada más sin uno de sus abanderados del fútbol con letras mayúsculas. Y, en especial, para N., que en fechas tan señaladas, estará a punto de descorchar un cava con un envase del color de la esperanza, el de ver a un equipo definitivamente asentado en la liga que, como el Sporting, nunca debió abandonar.
jueves, 11 de junio de 2009
ECOLOGISTAS EN ACCIÓN: LA IZQUIERDA «DALTÓNICA»

Desconozco si Daniel Cohn-Bendit padece daltonismo pero extropolándolo al ámbito político la bandera que enarboló al albur del mayo del 68 ha virado del rojo —incluso se le conocía con este sobrenombre, por otra parte, no demasiado original— al verde por la gracia divina de un ecologismo que ha arraigado con fuerza en el país vecino. Las recientes elecciones europeas han arrojado suculentos réditos a la causa ecologista, que se disputa codo con codo el segundo puesto con el Partido Socialista en el que no hay día sin noche que algún asunto oscuro les salpique para sonrojo de aquellos que construyeron los cimientos de una Europa moderna desplegando un tapiz de progresismo que se ha visto contrarestado en los últimos tiempos por el avance inexorable de los partidos (ultra)conservadores. Con la caída del Muro de Berlín, la disidencia de los postulados comunistas era moneda de cambio común y, por consiguiente, ideólogos pertrechados en la izquierda más dogmática vieron las orejas al lobo y se amarraron al bote salvavidas del ecologismo antes de que la corriente les llevaran río abajo y acabaran desembocando en «casas del pueblo» proclamando a los cuatro vientos la bonda de un discurso anacrónico. En ese frente ha militado en los últimos decenios Daniel Cohn-Bendit, quien ha sabido aglutinar voces de la izquierda alineadas en la misma causa, en lugar de realizar cada uno la guerra por su cuenta como ocurre en nuestro bendito país, en la que no hace demasiado tiempo había todas las gamas de verde posible en forma de minúsculos (pseudo)partidos. Incluso, una persona tan válida como José María de Mendiluce se quedó por el camino en el abanderamiento de un ecologismo que, en contra de lo que sucede en España, gana adeptos a pasos gigantescos en Francia de la mano de Cohn-Bendit, el «verde».
Es cierto que la autoridad moral de la que hace gala un combatiente en toda regla como Cohn-Bendit a los ojos de una juventud desencantada no se fabrica de un día para otro. Pero interpreto que en un futuro no demasiado lejano puede darse la figura de un líder que, en verdad, sea una alternativa de voto para aquellos que practicamos la disidencia del voto o el voto en blanco en las últimas elecciones en vista de la zafiedad que demuestran los partidos con mayor representación parlamentaria —enzarzados, por lo general, en estériles debates— y los que entran en el juego democrático para llevarse a la boca las migajas que dejan éstos. A la espera que se produzca este hipotético escenario, nos quedamos con la estampa de Joan Herrera, de Izquierda Unida, poniendo cara de circunstancias ante las vacilantes explicaciones de José Luís Rodríguez Zapatero cuando se traga el sapo, en sede parlamentaria, de que la central nuclear de (Santa María de) Garoña, en Burgos, parece tener los días contados para dejar de ser operativa, tal como venía recogido en el vigente programa electoral del PSOE. Si, los días contados... pero 3.652 (año bisiesto arriba)... los que concede una moratoria a los que se acogerán como un clavo ardiendo los trabajadores de la «decana» de las centrales nucleares españolas para salvar sus puestos de trabajo. Zapatero, cuyo regate en corto no lo supera ni el Romario de los buenos tiempos (blaugrana, of course), no enmendaría la plana a su antecesor socialista en el cargo, Felipe González, y hará de la debilidad de los ecosocialistas un nuevo argumento para salir indemne de su perenne falta de compromiso sobre lo pactado y escrito en su momento. Con una versión hispana de Cohn-Bendit otro gallo le cantaría al Presidente del Gobierno español, aunque el desmantelamiento de las centrales nucleares no pasaría como prioridad en su agenda visto que el modelo francés con los reactores de fisión a toda máquina funciona. Pero no sólo del debate de las centrales nucleares vive el ecologismo; hay demasiadas cuestiones que deben abordarse con cierta urgencia si queremos seguir siendo los principales beneficiarios de la biodiversidad que emana del planeta tierra. O al menos, esa es la perspectiva de un modesto militante que pretende serlo del «partido del sentido común», alejado de diatribas políticas que en nada afectan al devenir de nuestra sociedad, al menos, en lo sustancial y en lo que compromete al día a día.
lunes, 8 de junio de 2009
BONNIE & CLYDE: MITOS, LEYENDAS Y REALIDADES

En ese ejercicio comparativo que nos resulta tan propicio en tiempos en que cualquier persona u objeto precisa tomarse «en referencia a...», las imágenes difundidas por internet y en papel de los verdaderos Clyde Barrow y Bonnie Parker (ya conocidas, pero ni mucho menos tan numerosas) abundan en este sentido de idealización tan caro al cine. El auténtico Barrow, más próximo a Paul Muni que a la fotogenia de Warren Beatty, atesoraba un historial delictivo de armas tomar antes de entrar en contacto con Bonnie Parker (o Bertha Graham, como se hacía llamar por su partenaire), a años luz de la calculada belleza de Faye Dunaway. Ésta le había facilitado el arma con el que poder escapar de la cárcel en 1932. A partir de entonces sus vidas se fundirían en una sola, en una carrera delictiva con un final mucho más breve de lo esperado y deseado. Así pues, dos años más tarde sus cuerpos fueron acribillados en el interior de un automóvil, en medio de una carretera secundaria del estado de Loisiana. Dos museos cercanos a ese enclave empezaron a levantar acta que aquellos desgraciados marcados por la miseria traspasarían las barreras de la inmortalidad en forma de leyenda tiempo después de que sus corazones dejaran de latir.
A decir de la información que ha trascendido, Barrow y Parker fueron carne de cañón para un amarillismo incipiente que hacía de sus actos delictivos gestas capaces de provocar un sentimiento ambivalente en la población. Evidentemente, es una visión robinhoodesca que cabe poner en cuarentena por cuando ambos se especializaron en hurtos a pequeñas tiendas, gasolineras y, muy ocasionalmente, sus objetivos alcanzaban a entidades bancarias por cuestiones de pura logística.
Aunque siempre he preferido La noche se mueve (1975) y Georgia (1981) entre la poco prolífica pero suculenta filmografía de Arthur Penn –un personaje que me impresionó en la distancia corta–, Bonnie & Clyde (1967) gana prestancia a cada visionado porque sus lecturas se ramifican hasta el valor sociológico que ha pasado de soslayo para buena parte de la crítica. Como muchos proyectos cinematográficos que al cabo se han situado en la cima del éxito, Bonnie & Clyde tuvo todos los pronunciamientos para haber sido algo sustancialmente diferente a lo que acabó repercutiendo en pantalla. En cierto sentido, cada decisión tomada por los estudios Warner la alejaban de la realidad de dos seres que habían convivido con la miseria (en especial Clyde Barrow) en su estado natal, Tejas, pero al mismo tiempo, colocaba el acento sobre un modelo de periodismo con veleidades sensacionalistas que se ha afianzado con el correr de los años. Asimismo, llama la atención ese perfil feminista de Bonnie Parker, tocada por una boina que Faye Dunaway tomaría prestada. Para su (mayúscula) sorpresa, al acudir a un preestreno del film en 1967, la rubia actriz se enfrentaba a un público femenino que lucía... idéntico complemento en la cabeza. Pero hasta calibrar in situ el alcance del film, la historia de Bonnie & Clyde se sembró de casualidades y decisiones del todo acertadas, como la elección de Arthur Penn dispuesto nuevamente a transgredir los géneros como ya había hecho con El zurdo (1958), rodada el mismo año que Hollywood nos obsequiaba con un primer acercamiento a la figura de la compañera de Clyde, The Bonnie Parker Story (1958). Una vez más, la pobreza más extrema puede llegar a ser el caldo de cultivo para crear mitos y el cine acaba por transportarlos al terreno de la leyenda.
jueves, 4 de junio de 2009
ESTEBAN LINÉS: EL CRONISTA QUE NUNCA ESTUVO ALLÍ

Visto que su capacidad de imaginación tiene un límite, Linés tira de hemeroteca y se explaya en la doble página dedicada a la actuación del canadiense en el Primavera Sound con alguna que otra declaración (cogida por los pelos) de Young sobre cuestiones relativas a su compromiso político, al margen de hacer un parcial repaso de la presencia de éste sobre los escenarios españoles, ya que se deja en el tintero el Espárrago Rock y se ventila la del año pasado con un «apareció en Rock in Rio de Madrid con una oferta lamentable». Una vez más la ambigüedad invita a colocar un interrogante de si se refiere al evento en sí mismo o que Neil Young se limitó a cumplir el expediente, dando por sentado que lo suyo fue take the money and run. Si hubiera sido esta segunda opción está claro que el compositor canadiense se dejó la piel a lo largo del tiempo que se había pactado con la organización. Otra cosa sería lo inadecuado del formato, atendiendo al hecho que a lo largo de la jornada concurrían artistas tan dispares como Alanis Morisette, Manolo García o el propio Neil Young. Tampoco tiene desperdicio esa síntesis sobre la carrera de Neil Young que redacta Linés: «desde sus inicios en solitario, su entrada en Buffalo Springfield, su regreso a la soledad...» Hombre, el «cronista invisible» parece no estar al cabo que Neil Young actuó en formaciones como The Squires, llegando a compilar un material que ahora verá la luz en una suerte de antología de sus inicios profesionales y/o semiprofesionales. Claro que la guinda a semejante despropósito de crónica nos ofrece pistas de dónde pudo estar Esteban Linés a las nueve y media de la noche en adelante del sábado 30 de mayo de 2009: «Como dejó escrito en una de sus mejores canciones, la prosa de Young se resume en la máxima de Times Fades Hawai, el tiempo se esfuma, y esto es lo que caracteriza su obra, una carrera veloz, fructífera...» Quizás, a última hora, el subconsciente le traicionó y, en lugar de escribir Times Fades Away invocó al célebre archipiélago del Pacífico.
Alguien dijo que la peor de las mentiras es una verdad a medias. Pues, a mi entender, inventarse una crónica en la que, además tratas de describir emociones inexistentes («No éramos pocos quienes se emocionaron ante esta magna interpretación, diríase que casi irrepetible y que haría llorar al mismísimo Dios de la lluvia») es uno de los ejercicios periodísticos más vergonzosos que se puedan llevar a cabo. Así de lamentable a menudo se escribe la historia de un periodismo que intenta ofrecernos la verdad de lo acontecido a partir de una mentira atronadora, la servida por un «cronista invisible» llamado Esteban Linés, al que nunca he conocido personalmente y me hubiera resultado imposible haberlo hecho esa noche en la que el gran Neil Young destapó el tarro de las esencias para deleite de un público entregado a la causa... del rock. Por desgracia, Esteban Linés no lo estuvo en el ejercicio del buen periodismo, dándole sopa con ondas cada uno de los amigos de la playa que han brindado crónicas de verdadero calado sirviendo a la realidad de lo que allí ocurrió.
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