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lunes, 9 de abril de 2018

«FRINGE» (2008-2013), PRIMERA TEMPORADA: «EXPEDIENTES X» EN LA ERA OBAMA


A la altura de 2008 se registró uno de los picos de mayor actividad dentro del mundo de las series de televisión en lo que llevamos de siglo XXI. De entre las que cursaron billete para su estreno en la pequeña pantalla, sin duda, destacan Breaking Bad (2008-2013) y Fringe (2008-2013). Coincidentes en el tiempo, tanto la una como la otra se estructuraron en cinco temporadas, pero Fringe llegó a la cifra de cien episodios (en una distribución desigual, al albur del dictamen de las audiencias) mientras que Breaking Bad se quedó en un total de sesenta y dos episodios. Una diferencia de episodios sustancial, aunque con el “matiz” a resltar de que Fringe abodaría cada segmento a partir de la segunda temporada con unos cuarenta minutos de duración por los cerca de cincuenta minutos de media de Breaking Bad. En relación a la primera, tiempo suficiente, en todo caso, para el desarrollo de tramas, a priori individualizadas, que parten de un patrón común a la seminal Expediente X (1993-    ) participada en la elaboración de sus guiones precisamente por el showrunner de Breaking Bad Vince Gilligan, esto es, una pareja de agentes especiales de distinto sexo que deben enfrentarse a la resolución de casos que escapan de lo cotidiano, situándose en el terreno de lo paranormal, de lo extraordinario.
    A partir de su carta de presentación, el episodio piloto que se emitió por primera vez en septiembre de 2008, Fringe muestra alguna de las cartas de una baraja abonada a las sorpresas, con la intención que éstas se vayan dosificando a lo largo de sus cinco temporadas. Nacida de una serie de ideas que pusieron en común J. J. Abrams, Roberto Orci y Alex Kurtzman, Fringe fía desde su inicio las cartas que pone en juego a la “triangulación” de caracteres, los correspondientes a Peter Bishop (el canadiense Joshua Jackson), a Walter Bishop (el australiano John Noble, incomprensiblemente ocupando la cuarta o quinta plaza en los créditos iniciales de cada episodio) y Olivia Dunham (la asimismo aussie Anna Torv). A medida que la serie progresa hacia la segunda temporada, van tomando un mayor peso los personajes de Astrid Farnsworth (Jasika Nicoleen calidad de asistenta y figura protectora de Walter Bishop en el laboratorio sito en la Universidad de Boston (Massachusetts)— y el estoico Philip Broyles (Lance Reddickcabeza visible de FRINGE, división dedicada a resolver casos extraños de índole paranormal en el seno del FBI, pero sin menoscabo al protagonismo adoptado por los Bishop y Liv prácticamente desde el arranque de la serie de marras. En razón de los veinte episodios vistos de la first season (sin contabilizar el piloto) podría colegirse que Fringe representa una actualización, una puesta al día de Expediente X, pero el propósito de sus creadores va más allá, en una prospección por una serie de fenómenos que comprometen a la noción de la existencia de universos paralelos, aquellos dispuestos a “explicar” el porqué de determinados hechos que acontecen en nuestro mundo real. Sin semejante particularidad el recorrido de Fringe presumo que se agotaría al cabo de la primera temporada, a lo sumo una segunda temporada, a pesar de haber encontrado en el personaje de Walter Bishop una presencia carismática como pocas, dotado de un coeficiente intelectual (IQ) cercano a 200, capaz de proporcionarle unos conocimientos que van muy por delante del cuerpo de científicos que trabajan para el FBI. El toque de genialidad que aporta en cada episodio Walter Bishop hace más llevadera aquellas tramas decididamente liberadas de cualquier anclaje con la lógica, más cercana al non sense en particular, los episodios que apelan a la comunicación "intercerebral" a través de una “escenificación” extraída de Minority Report (2002) o de Viaje alucinante al fondo de la mente (1980)— y, por tanto, susceptible de ser tomados como ejercicios que colocan al espectador en una difícil tesitura. En contraposición, para esta primera temporada Fringe reserva algunos episodios soberbios, tales como Unleashed (número 17), que involucra a unos activistas a favor de los derechos de los animales, dejando trazas de un mensaje ecologista en el marco de una trama guiada tras las cámaras por uno de los enfants terribles del fantástico contemporáneo, Brad Anderson (El maquinista, Sesión 9). Cineasta con pedigrí que adoptará una creciente importancia en el desarrollo de la serie, al igual que Akiva Goldsman, el oscarizado guionista de Una mente maravillosa (2001), título que asimismo valdría como subtítulo para una suerte de hipotético spin-off de Fringe, en referencia a Walter Bishop, el verdadero catalizador (a distintos niveles, incluido el emocional) de una serie que ha seguido la senda trazada por X-Files, pero ampliando el foco de una fenomenología labrada en laboratorios en los años 70 por el propio científico (recluido posteriormente en un hospital psiquiátrico por espacio de diecisiete años) y el doctor William Bell, en la piel de Leonard Nimoy. Precisamente Akira Goldsman se encargaría del rodaje del episodio Bad Dreams en que el doctor Bell emerge de la oscuridad enfrentándose a la mirada escrutadora y, a la par, asustadiza de Liv, auténtico high point de una primera temporada en que no faltan una nutrida nómina de guest stars (entre otros, Theresa Russell, Clint Howard, genial en su composición de personaje trekie abonado a las conspiraciones, y Jared Harris, un malvado con piel de cordero, emulando a la criatura literaria de otro Harris, de nombre de pila Thomas, Hannibal Lecter).                   


jueves, 11 de junio de 2015

«BREAKING BAD», TEMPORADA 1 Y 2 (2008-2009): WALT & JESSE, CUESTIÓN DE QUÍMICA

Ante el alud de series de televisión de calidad que han surgido en los últimos quince o veinte años resulta una tarea difícil la elección. Sin el estímulo propio de un seriófilo o seriófago que, de manera inopinada, destina la franja nocturna a ver uno, dos o tres capítulos (si se tercia) diarios entre semana y presumiblemente también durante los fines de semana, a sugerencia de Antònia Pizà (alguien que conoce particulamente mis gustos en materia cultural) me decanté por ver, junto a mi pareja Esther Solías, Breaking Bad (2008-2013). Iba con la mirada límpia, desconociendo la práctica totalidad del contenido de la serie, salvo algunas de las premisas iniciales. Confieso que los capítulos de arrance de la serie me descolocaron un tanto y en mi subconsciente se iba forjando la idea que los excelentes resultados cosechados, en su globalidad, por A dos metros bajo tierra (2001-2005) distarían de repetirse. Pero pronto esa impresión de contacto sufriría un paulatino giro atendiendo a que el juego comparativo para con Six Feet Under no daba lugar. Si ambas militan en la Categoría de Honor de la Liga de las Series Norteamericanas concebidas en el presente siglo las tácticas empleadas por el equipo comandado por Michael Ball y el de Vince Gilligan difieren ostensiblemente. Dos temporadas han bastado para certificar que Gilligan, el alma mater del proyecto producido por la cadena televisiva AMC (siglas de American Movie Classics), trabajaría sobre un diseño táctico armado con una línea defensiva rocosa (un cuerpo de secundarios de contrastada solvencia, del que destaca el carisma del miembro de la DEA Hank Schrader/Dean Norris) y un par de estiletes arriba, Jesse Pinkman (Aaron Paul) y Walter White AKA Heinsenberg (Bryan Cranston) que se adueñan (por separado o formando parte) del 80-85 % de las escenas de un total de veinte episodios. Al cabo, Jesse y Walt demuestran que saben rematar la jugada interpretativa desde distintas posiciones (dramáticas, cómicas y/o tragicómicas), facultando a que el resultado final imaginado en la pizarra de Gilligan y su equipo de colaboradores fuera favorable a sus intereses. Esa «extraña pareja del siglo XXI» a la que alude Gilligan, en tono jocoso, en una de las entrevistas incluidas en la edición en formato digital editada por Sony de Breaking Bad daría cara a los espectadores, por consiguiente, muchas noches de gloria a una serie que, como A dos metros bajo tierra, alcanzaría su quinta temporada de emisión.
    En sintonía con lo que entiendo básico a la hora de extraer conclusiones sobre el carácter intemporal de un largometraje de ficción que funciona por capas, es decir, propone diferentes niveles de lectura de lo epidérmico a lo medular—, Breaking Bad nos descubre, en primera instancia, un relato en negro que pivota sobre la vida de Walt White, al que la detección de un cáncer de pulmón estimula a pensar que la cuenta atrás se ha iniciado para el profesor de química de un instituto de Alburquerque (Nuevo México). Producto de la reacción de la desmotivación que conlleva dar durante veinticinco años las mismas asignaturas con una leve variación del temario y de un diagnóstico letal, Walt asume una metamorfosis en su comportamiento; un cambio de muda. Las dotes camaleónicas de las que hace acopio Cranston obran el milagro de hacernos verosímil un personaje desbocado que pone sus conocimientos científicos a disposición de la construcción de un laboratorio rodante (leit motiv de no pocos episodios, algunos instalados en el surrealismo). Junto a Jesse uno de sus antiguos alumnos, no precisamente aventajado, de familia noble Walt se convierte en muñidor de ingentes cantidades de dinero provenientes del narcotráfico a través de la puesta en circulación de una droga sintética de gran pureza. Veinte episodios que, cuál cadena de aminoácidos, forman un cuerpo proteíco de férrea estructura, sin apenas fisuras en su superficie. Poco importa quién haya dirigido cada uno de los equipos para sintetizar semejante proteína televisiva con todo se agradece la presencia tras las cámaras de John Dahl (Rounders, La última seducción), artífice del episodio “Down”, el cuatro de la magistral segunda temporada. Existe, eso sí, un brain man («cerebro»), Vince Gilligan, capaz de trazar con precisión las líneas dramáticas de una serie que progresa merced a la estrategia que una puerta (léase un giro argumental imprevisible) abre otra y así sucesivamente. En esta dinámica ningún personaje Skyler White (Anna Gunn), Walt Jr. (RJ Mitte, poco creíble en su papel de afectado de parálisis cerebral: una de las pocas deficiencias del casting), Marie Schrader (Betsy Brandt) y el citado Hank, entre otrosque se habían posicionado en la línea de salida queda descolgado, manteniéndose o incluso incrementándose el interés por los mismos. A ello cabe añadir la llegada de nuevos personajes mediada o en los estertores de la segunda temporada, en especial el abogado Saul Goodman (impagable Bob Odenkirk), más que un personaje una abstracción de ese mundo de la judicatura al que los guionistas de Breaking Bad lanzan sus dardos envenenados, en proporción similar a los que se sitúan en la diana de la institución sanitaria memorable la secuencia en que Walt Sr. asiste atónito al desglose de la factura impresa por una operación quirúrgica mientras la empleada del centro le coloca en la palma de su mano una chapa con la escueta inscripción Hope («esperanza»), de la gubernamental o de la policial.  Esa última especialmente activa dada la complejidad social propia de una zona fronteriza; rutas de ida y vuelta entre los Estados Unidos y México para dealers, piezas clave en el organigrama de un negocio de elevada rentabilidad económica pero que coloca el miedo en el cuerpo al más pintado. Solo los que no tienen nada que perder se sienten inmunes frente al adversario. Pero las cosas cambian cuando los diagnósticos se equivocan... para bien. ¿Será demasiado tarde? La respuesta se dará con el visionado de las siguientes temporadas de esta serie categoría «A» producida por una cadena más bien modesta que apostó por la propuesta de Gilligan (antiguo guionista de Expediente X) sin fruncir el ceño y dando por válido el contenido íntegro de la misma. Ver para creer.