Mostrando entradas con la etiqueta ERC. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ERC. Mostrar todas las entradas

jueves, 17 de mayo de 2018

LA ELECCIÓN DE QUIM TORRA: «JAQUE MATE» A LA INDEPENDENCIA DE CATALUNYA


En la previa a la convocatoria del pleno del Parlament de Catalunya para investir en segunda vuelta a Quim Torra i Plà, los equipos de Ciutadans, PPC, En Comú Podem y PSC hicieron horas extras con el ánimo de buscar en el erial de internet todas aquellas declaraciones y/o reflexiones del que iba a ser nombrado 131 President de la Generalitat de Catalunya, en que dejara constancia por escrito de un sesgo escorado hacia un radicalismo que raya lo paranoico. Cumplido el trámite, con la CUP jugando una vez más a favor de obra del independentismo sin reparar en los "daños colaterales", el pasado lunes día 14 de mayo Mònica Terribas entrevistaba a Quim Torra en su programa matinal de Catalunya Ràdio. A la pregunta de qué pensaba de los españoles, Torra no eludió la respuesta y dejó impresa la siguiente frase: «Estimo els espanyols. Estimo el poble espanyol». Desde hacía unas horas Torra había entrado por la puerta grande de la política y ya lucía el disfraz de la mentira para camuflar un pensamiento que, en su caso, ha ido larvando a golpe de lecturas casi desde su tierna adolescencia. A modo de arma arrojadiza, Inés Arrimadas (C’s), Xavier Domènech (En Comú Podem), Xavier Albiol (PPC) y Miquel Iceta (PSC) sacaron a la luz el contenido de unos tuits firmados por Torra en 2012 y posteriormente eliminados de la red. En ciernes de convertirse en President electo por un margen ínfimo de votos entonó el mea culpa, y parafraseando al otrora Rey de España, Juan Carlos I, en su versión catalana apostilló «no tornarà a passar». De una manera sibilina, Carles Puigdemont, operando en la sombra en su destierro berlinés, se sacó un as en la manga en forma de candidato para ser investido tras una serie de tentativas frustradas. El reloj corría y los equipos de trabajo de los susodichos grupos parlamentarios no tuvieron tiempo material para recopilar infinidad de escritos, a modo de artículos y/o ensayos con la rúbrica de Quim Torra que escarban en su perfil supremacista, etnicista, racista y xenófobo.
   En su particular pulso sostenido con el Estado español, Puigdemont, a mi entender, con la elección de su coetáneo Torra (apenas les separan unas horas en sus respectivas partidas de nacimiento; el uno nacido el día de los inocentes de 1962 y el cabeza visible de Junts per Catalunya al día siguiente) se ha pegado un tiro en el pie y, por ende, la agrupación política que lidera. La perdición del movimiento independentista entendido conforme a un movimiento transversal, que precisa ensanchar sus bases para crecer y rebasar así ese techo de cristal que le otorgaría la mayoría de votos a nivel del territorio catalán— se llama Quim Torra. Las simpatías que podría generar en sectores más progresistas del viejo continente se irán diluyendo al albur del conocimiento del pensamiento de un personaje siniestro como Torra, quien ha ido construyendo un relato emocional sobre un sentimiento identitario que apela a cuestiones de raza y aplica principios eugenésicos para interpretar los rasgos diferenciales entre la población catalana y la española. Bien es cierto que en pocos meses conoceremos la valoración de los líderes políticos catalanes y quedará constancia del apoyo que procura un sector de la población a Quim Torra, aquellos fanatizados con la idea de romper con el estado español cueste lo que cueste y que tienen en este abogado gerundense reciclado a editor y político alguien a quien aferrarse. Poco les incomoda su semblante xenófobo y supremacista porque se sienten reflejados en el espejo de la vida. En su ensayo Els últims 100 metres: el full de ruta per guanyar la República catalana  (2016, Angle Editorial), con prólogo (of course) de Carles Puigdemont por aquel entonces ejerciendo de President de la Generalitat de Catalunya, Quim Torra colocaba el objetivo a conseguir en un plazo de dieciséis meses. Está claro que Torra adolece de carácter visionario, pero insistirá en su empeño aunque esos 100 metros se conviertan, al fin y al cabo, en una distancia pareja a la de una maratón. En ese primer avituallamiento Torra y su equipo se darán de bruces con la realidad, al tiempo que la imagen del independentismo catalán mostrará esa cara menos amable, aquella que representa su líder emocional e intelectual, con Puigdemont actuando de “doctor Mabuse” de un procés que deviene una auténtica entelequia. La «Reina» Puigdemont ha articulado un movimiento en el tablero de la política contando con la «Torra» de apoyo para hacer el jaque mate al «Rey Felipe VI». Una jugada maestra para derrocar a la monarquía borbónica e inaugurar un ideal de República. Pero ha calculado mal la estrategia. La «Torra» solo puede realizar movimientos horizontales, y no transversales como demanda ERC (Esquerra Republicana de Catalunya) para ampliar la base social que legitime la posibilidad de un referéndum para la Independencia. En esta dialéctica Sergi Cebrià se esforzaba en recalcar en su turno de palabra, apelando con el contacto visual a Domènech, en representación de En Comú podem, mientras los hiperventilados con Eduard Pujol a la cabeza— de Junts per Catalunya quitaban hierro a los “pecados de juventud y madurez” de Quim Torra, a propósito de unos escritos que cualquier persona guiada por un sentimiento humanista le debe provocar repugnancia. Más que jaque mate a la Monarquía, la elección de Torra constituye un punto de inflexión para casi la mitad de los adscritos al independentismo (la mayoría sobrevenidos en los últimos meses) con los que no va el liderazgo de un supremacista y etnicista de tomo y lomo, un George Wallace natural de Blanes, y naturalizado independentista galopante que mira una y otra vez sobre la biografía de los prohombres de la primera mitad del siglo XX, en ese espacio fundacional que sirve para construir un relato maniqueo, en que el Estado español más allá de los tiempos oscuros del franquismo sigue siendo observado como el enemigo a desterrar en forma de segregación.        

jueves, 19 de octubre de 2017

EL PRESIDENT PUIGDEMONT Y LA «RASPUTINA» MARCELA EN EL «TEATRO DEL ABSURDO»

Superado el ecuador del siglo XXI presumo que los nuevos volúmenes consagrados a la Historia del estado español reservarán un generoso espacio a trazar una panorámica sobre lo acontecido en la segunda década de esta centuria en el noreste del país, concretamente en Catalunya. En ese recorrido cronológico no faltará el detalle de lo ocurrido en octubre de 2017, un mes que arrancó con un seudoreferéndum y concluyó con la aplicación del artículo 155 de la Constitución Española como antídoto a la decisión del Govern de la Generalitat de Catalunya de proclamar la DUI, esto es, la Declaración Unilateral de Independencia de Catalunya. Condenada al fracaso desde su fecha de nacimiento al no haber obtenido el beneplácito de las cancillerías europeas y de prácticamente la totalidad del resto del mundo, la DUI representaría un órdago al Estado español impulsada por un govern liderado por Carles Puigdemont y Oriol Junqueras, sendos máximos mandatarios de PDeCat (Partit Demòcrata de Catalunya) y ERC (Esquerra Republicana de Catalunya), respectivamente. La suma de ambos partidos arroja como resultado de la ecuación Junts pel Sí, un proyecto surgido con el objetivo de alcanzar la independencia con el inestimable apoyo de la CUP, formación de carácter asambleario e instalado en la noción del anticapitalismo. En diversas ocasiones he tratado de razonar el porqué de esa precipitación al lanzarse al vacío en un proyecto suicida, con el Estado español evitando que no se quiebre el status quo. Al cabo, la explicación la encuentro tras varias lecturas reveladoras de un hecho determinante: para tirar adelante un proyecto de tamaña envergadura cabía tener al frente personajes desligados de un sentido de la realidad que, a buen seguro, les hubiera comportado frenar sus impulsos primarios. El uno (Junqueras), creyente acérrimo del catolicismo, apelando a cuestiones divinas buscando en su bondad y de quién les rodea un escudo protector frente a toda suerte de críticas; el otro (Puigdemont) imbuido de una mística que ya había cultivado durante sus años de adolescencia y juventud en su localidad natal de Amer (un pequeño municipio de la comarca de la Selva envuelto de un manto de naturaleza), reactivado exponencialmente al conocer a la que hoy en día sigue siendo su esposa, Marcela Topor. Sin parentesco alguno con el artista pluridisciplinar Roland Topor, la rumana Marcela padeció las calamidades inherentes a la dictadura de Nicolae Ceaucescu y encontró refugio en el teatro para dibujar ventanas de esperanza de cara al futuro. La representación escénica de piezas de su coetáneo Eugène Ionesco figura capital de la cultura en su país de nacimiento— llevaron a Marcela Topor a participar en uno de los festivales de teatro que se programan anualmente en Girona. A partir de asistir a la representación de la pieza El rey se ha muerto cuyo protagonista curiosamente se llama Berenguer, apellido enrraizado a la propia Historia de Catalunya a través de una nissaga de poder— Marcela y Carles Puigdemont cruzaron sus destinos, procurando que sus aficiones comunes sirvieran para ir apuntalando una relación de pareja.
   La celebridad de Ionesco viene determinada por haber sido el impulsor de lo que se dio en llamar «El teatro del absurdo». Desde el plano del subconsciente el título de El rey se ha muerto debió seducir a Puigdemont antes de asistir a la representación de la obra de Ionesco en un teatro gerundense a finales del siglo pasado cuando ocupaba el cargo de director del Centre de Cultura de Girona. Allí, sobre los escenarios, lucía la figura de Marcela, quien poco más tarde asumiría la condición de rasputina en el contexto de ese «teatro del absurdo» en el que se ha convertido la política en Catalunya a partir de que la CUP “destronara” al Rey Artur(o) Mas sopena de amenaza de convocatoria de nuevos comicios electorales de ámbito autonómico (sic) en 2016. Para la inmensa mayoría de los habitantes con derecho a voto de Catalunya, el sustituto de Mas resultaba ser un auténtico desconocido con la salvedad de haber sido edil en el ayuntamiento de Girona con el cambio de milenio. Pronto salieron a relucir detalles sueltos de su biografía fuera de la esfera política. Por razones óbvias reparé en aquellos gustos musicales que le llevaron a ejercer de bajista en una banda denominada Zénit. Me llamó la curiosidad su afición por Motörhead. Luego entendí el porqué: la conexión con el satanismo y la brujería que había sido una de sus pasiones de adolescencia. Ya instalado en la cuarentena, la entrada en contacto con Marcela avivó esa llama semiapagada por esos temas esotéricos. En esa dimensión sobrenatural a la que acuden representaciones provenientes de la tradición pagana de Centroeuropa es donde su ubica el hoy president de la Generalitat de Catalunya Carles Puigdemont, cuya decisión de hacerse fuerte en el Palau de la Generalitat, pasando a residir allí sine die (la amenaza de una hipotética detención planea sobre el nido del cuco), abunda sobre algo que hace meses he meditado: no solo trata de escapar de la legalidad sino de la realidad. Entretanto, la rasputina sigue tratando de hacer vida normal en Girona. La conexión entre ambos no tan solo viaja por skype o por línea telefónica, sino por vía espiritual. En una de las escasas entrevistas que ha concedido Marcela Topor manifestó que «no le importaba salir de la Unión Europea con tal que Catalunya se independizara de España». En manos de una conversa con aspiraciones de rasputina y un fanático mórbido del independentismo (en sus años de juventud llegó a utilizar un falso DNI catalán para identificarse en distintas plazas hoteleras de Europa) se encuentra el destino de Catalunya, a los ojos de aquellos que no dudarían en aclamarlo como el President de la República del nou Estat. Óbviamente, el Estado español se verá impelido a aplicar el artículo 155 de la Carta Magna y de no deponer su actitud Puigdemont le espera un horizonte judicial sumamente complicado. Me aventuro a creer que el destierro de los Cárpatos no resultaría un mal destino para alguien que quiso llevar a Catalunya al zenit del independentismo, impelido por esa conexión de tintes esotéricos con su consorte Marcela. Ella que había nacido para educarse en el infierno, que diría el finado Lemmy Kilmister, el líder espiritual de Motörhead, banda de cabecera de alguien como Carles Puigdemont, a quien no deseo ver en prisión; más bien intuyo que puede acabar en algún otro tipo de espacio con paredes bien acolchadas por si le sobreviene un mal pensamiento.    

miércoles, 5 de julio de 2017

«EL VIENTO Y EL LEÓN»: EN EL «CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS» DEL INDEPENDENTISMO CATALÁN

Presumiblemente, para todos aquellos desconocedores de las peculiaridades de Catalunya se pueden llegar a formar la imagen mental que algo más de la mitad de sus habitantes con mayoría de edad se mira frente al espejo cada día del año con el deseo expreso que, a partir de la fecha fijada para un eventual referéndum a celebrar el 1 de octubre de 2017, el anhelo independentista se cumplirá y con ello atravesaremos esa línea de sombra, la correspondiente a una nación oprimida por el estado español que suelta amarras y crea su ideal de república equiparable en su fundamento orgánico a una democracia moderna propia del siglo XXI, similar a la de países del continente europeo (elevando la mirada hacia el norte) como Dinamarca, Holanda o Suecia. Desde la lejanía, sin haber pisado el territorio y conocer a sus gentes más que para cubrir un periodo vacacional, se puede tener la presunción que esa mitad de la población catalana que daría apoyo a la independencia en las urnas hablan y piensan en catalán, asisten a aplecs de cultura popular, en la lista de selecciones musicales de plataformas como spotify no para de sonar Sopa de cabra, Els Pets, Glaucs o Antònia Font, consumen literatura de Salvador Espriu, Julià de Jòdar  o Ausiàs March, o escogen sistemáticamente la versión en catalán frente al castellano cuando acuden a ver una película en salas comerciales. Empero, con conocimiento de causa un servidor podría argumentar que nada más lejos de la realidad de la existencia de este mundo ideal se corrige al noreste de la península ibérica haciendo frontera con Francia y bañada la integridad de su costa por el Mar Mediterráneo. Para nada Catalunya representa un oasis de excepcionalidad en muchas materias (incluida la cultural más allá de lo netamente folclórico) dentro del contexto de la realidad del estado español. Ahora bien, la maquinaria independentista sigue siendo capaz de fabricar un relato que lleva a la creencia que todos los males que padecemos tendrán su preceptiva panacea al bañarnos en las aguas cristalinas de un ideal de república ya liberada del yugo opresor del estado español. En esa corriente de opinión bombarbeada por tierra, mar y aire por medios de comunicación afines, arrecia con fuerza el viento de tramontana proveniente de Girona, a todas luces, el feudo de ese independentismo mórbido que ha encontrado en Carles Puigdemont –ex edil de la capital gerundense— una especie de figura mesiánica que ruge como un león cuando exhorta a sus audiencias con sus discursos en que trata de dibujar en el aire la imagen de ese enemigo llamado estado español. Así pues, el PP (Partido Popular) alojado en el gobierno desde 2012 con algún que otro “contratiempo” deviene el combustible perfecto para retroalimentar a las hordas independentistas. Sin ese fuelle en forma de visualización del Mal, del enemigo con el rostro carcomido por la corrupción del PP, saben de puertas para adentro la cúpula de Junts pel Sí (la suma del Pdcat y ERC) que la fortaleza de su discurso se resquebrejaría por todos lados. Solo así se entiende que el Pdcat (Partido Demócrata de Catalunya) pague con su abstención o su voto favorable en el Congreso de los Diputados en asuntos como el techo de gasto presupuestario o el CETA la continuidad del PP al frente del gobierno. Mientras tanto, en un gesto de pura hipocresía, ERC (Esquerra Republicana de Catalunya) se coloca de perfil y acepta pulpo (esto es, Pdcat) como animal de compañía.  
    A modo de sugerencia, para todos aquellos que elevan a los altares del liderazgo político –eclipsando incluso a su predecesor Artur Mas— de Carles Puigdemont un título de carácter alegórico para un hipotético documental presto a glosar su importancia en el contexto sociopolítico que vivimos en la actualidad, podría ser el de El viento y el león, calcado al utilizado por John Milius para una de sus piezas maestras. El cineasta oriundo de Missouri emplazaría la cámara (parcialmente) en el sur de España para rodar una producción estadounidense cuyo estreno en nuestras carteleras se dio cita en la antesala del fallecimiento del caudillo Francisco Franco. Muerto el dictador, muerta la dictadura. Estos días se cumplen cuarenta años desde las primeras elecciones legislativas en el estado español. En esa frontera temporal se sitúa el denominado “desafío independentista catalán”. Siguiendo el hilo de los títulos que pueblan la filmografía de John Milius (indistintamente en su faceta de director y guionista), Junts pel Sí y la CUP (el contrapeso en forma de partido “antisistema”) se conjuran para decir Adiós al rey (Felipe VI de España) y aguardan a El gran miércoles (el día 4 de octubre) para proclamar la independencia de Catalunya de manera unilateral (faltaría más) si las urnas emiten un sí rotundo o incluso con matices. Pero más bien me temo que ese escenario no se dará el 1 de octubre de 2017 y los radicales de la CUP se empeñarán en inflamar las calles para dejar constancia de la posibilidad de un amanecer rojo. Ante la opresión del estado que hace valer la legalidad, cabe un Apocalypse Now pensarán para sus adentros el sector más radicalizado de la CUP que desoye las consignas de Junts pel Sí, más focalizados en una noción de performance sin atisbo de actos vandálicos. Milius encontró inspiración en El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad para dar forma al guión de Apocalypse Now. En ese corazón de las tinieblas (alegórico) es donde habita Carles Puigdemont enfundado en el traje del coronel Kurtz, viviendo su particular matrix, ajeno a una realidad mundial que dibuja un panorama de retos de primer orden, entre otros, el del cambio climático, el inexorable avance del yihadismo (a modo de hidra del Mal) o la pervivencia de los paraísos fiscales, puerta de entrada (trasera) del lavado de dinero negro o de asuntos que competen a la corrupción y/o al crimen organizado. Al lado de Puigdemont se ubica Oriol Junqueras, cuya sonrisa bobalicona muestra mientras hace aspavientos con las manos para dar cuerda a su discurso que solo conoce de cifras (la pela és la pela), me recuerda a la encarnación en pantalla del fotoperiodista con los rasgos propios de Dennis Hopper en la libérrima versión del clásico de Conrad. La cara amable de esa corte en cuyo santuario resuenan en sus paredes interiores un grito seco con acento de Girona, en que se repite casi como una letanía: «¡el horror!, ¡el horror!». En la mente de Puigdemont parece visualizarse la entrada de tanques por la avinguda Diagonal de la Ciudad Condal con María Dolores de Cospedal, ataviada de uniforme color caqui, presidiendo esas maniobras en la víspera del 1-O, el “día D” para un frente independentista que definitivamente desde hace tiempo ha entrado en un cul-de-sac. Para buscar la salida quizás mejor apelar al seny (que para un servidor se corresponde con un amplio sector de Catalunya Sí que es Pot; algún día espero que Xavier Domènech sea President de la Generalitat de Catalunya) más que la rauxa.   

sábado, 30 de julio de 2016

EL «SACRIFICIO» FRENTE A LA RUI-NA: ADIÓS AL INDEPENDENTISMO «EXPRESS» DE CATALUNYA

En el tablero del análisis político en el estado español las interpretaciones están al cabo del día, pero sí que ha merecido cierto consenso que el Brexit tuvo una incidencia (mucho) mayor en los comicios electorales del pasado de junio pasado, siendo claramente perjudicado Unidos Podemos en su tentativa por realizar un sorpasso al PSOE (Partido Socialista Obrero Español) tal como apuntaban numerosas encuestas que no habían medido el alcance de dicho factor. De tal suerte, el miedo se apoderó de millones de potenciales votantes, apostando en esta ocasión por el «valor-refugio» que supone un partido de “orden” como el PP (Partido Popular) en aras a combatir o contrarrestar todo aquello relativo a erosionar el sentido de unidad de la nación española con la convocatoria de referéndums auspiciados por fuerzas recién llegadas al arco parlamentario, caso de Unidos Podemos y sus confluencias. Ya en las elecciones de finales del año pasado, las del 20-D, Podemos (aún sin su alianza con Izquierda Unida), se mostró firme en la defensa por la celebración de un referéndum en Catalunya pactado con el estado español, al punto que ese fue el principal argumento para que el PSOE declinara la “invitación” del partido liderado por Pablo Iglesias para formar un eventual gobierno de izquierdas, a modo de alternativa a un PP en que Mariano Rajoy se postulaba por segunda vez a ocupar plaza en la Moncloa por un periodo de cuatro años.
    Generalmente, llegamos a conclusiones erróneas cuando solo nos quedamos con el titular de una determinada noticia, máxime en el campo de la política en que el matiz posee un valor incalculable. Así pues, el matiz que cabría hacer al estancamiento de Unidos Podemos del 26-J en relación el 20-D mira inevitablemente hacia la realidad catalana. En mi tierra, En comú Podem (digamos la “franquicia” catalana de Unidos Podemos) obtuvo un incremento considerable de votos que se tradujo en escaños (un total de quince), unos resultados altamente satisfactorios pero que quedaron eclipsados al no haberse cumplido las expectativas que vaticinaban las encuestas en el resto del estado español. La extinta Convergència i Unió, i ERC (Esquerra Republicana de Catalunya) tomaron buena nota de ello, decidiendo que cabía apretar el acelerador de la “desconexión” del estado español para crear un nuevo país bajo la bandera de una Catalunya independiente y republicana. Siendo conscientes o no de lo temerario de sus actos, la Convergència Democrática refundada bajo las siglas PDC (Partit Demòcrata de Catalunya) y ERC han decidido emprender una huida hacia adelante, aprovechando la debilidad del estado español (aún sin formar gobierno) y de un Parlament de Cataluna presidido por Carme Forcadell, anteriormente cabeza visible de la ANC (Assamblea Nacional de Catalunya, uno de los grupos de presión más poderosos que trabaja a favor de la independencia de Catalunya), perfecta aliada en la deriva nacionalista emprendida por los hombres y mujeres liderados por Carles Puigdemont (PDC) y Oriol Junqueras (ERC). Moviéndose en ese virtual alambre que representa no haber obtenido mayoría de votos a favor de la causa independentista pero sí una mayoría de escaños (un total de setenta y uno si sumamos a la CUP, partido antisistema por definición), Junts Pel Sí (la suma de PDC i ERC) dieron por iniciado el pasado 21 de julio en el Parlament el proceso de “desconexión” con España a través de una votación que provocó la estampida al unísono de PPC i Ciutadans, no dando validez a la misma. El PSC (Partit Socialista de Catalunya) optó por permanecer en el hemiciclo pero sin ejercer el derecho a voto, y Catalunya Sí que es Pot (en representación de la "marca" Podemos pero con las particularidades que da pertenecer a un determinado territorio) participó con un voto de signo negativo. En total, once votos en contra (los de Catalunya Sí que es Pot) frente a los setenta y uno a favor para que Catalunya inicie un eventual proceso de "desconexión" que debería culminar, según el full de ruta de Junts Pel Sí, en diciembre de 2017. Ese gesto, el de participar de la votación por parte de Catalunya Sí que es pot, no resulta baladí a los ojos de muchos catalanes que apostamos por el dret a decidir (el derecho a decidir), aunque no estemos por la labor de que fructifique una Catalunya Independent.    
    Es evidente que en los próximos dieciocho meses pasarán muchas cosas que comprometerán directa o indirectamente a las aspiraciones independentistas de un importante sector de la población catalana que confían el voto en las urnas a Junts Pel Sí y a la CUP. No es menos cierto que el “sacrificio” de Unidos Podemos por seguir perseverando en la celebración de un referéndum pactado con el estado español, a costa de perder por el camino un caladero de votos que les hubiera resultado imprescindibles para superar en votos y quizás escaños al PSOE, tiene su contrapartida en el inexorable avance de Catalunya Sí que es Pot. En este punto reside la clave del porqué la RUI (Referèndum Unilateral d' Indepèndencia) fracasará en su tentativa al ser observada por buena parte de la población catalana conforme a una maniobra ejecutada “a la desesperada” articulada por Junts pel Sí y la CUP, sabedores ambos partidos o congloremado de partidos que en los próximos comicios electorales a celebrar en Catalunya, la formación que lidera Lluís Rabell, a unos meses vista, estaría en situación de aproximarse a los veinte escaños en el Parlament, (casi) doblando los once escaños con los que cuentan en la actualidad. Por consiguiente, la balanza se decantaría claramente por una mayoría no independentista en el Parlament de Catalunya en escaños y en votos. La paradoja de todo ello es que para los que proclaman a los cuatro vientos lo pernicioso de Unidos Podemos para el bien de la unidad de España será la clave, a través de su “franquicia” Catalunya Sí que es pot para desbaratar el independentismo. Precisamente, los que más siguen atacando a Unidos Podemos por dinamitar la unidad de España, esto es el Partido Popular y Ciudadanos, han sido los que más han contribuido a un crecimiento de un independentismo con los pies de barro, en que a sus máximos impulsores se les ha visto el plumero al querer apretar el acelerador sabedores que por el retrovisor se postulaba un partido, Catalunya Sí que es pot, que apuesta más por el seny que por la rauxa. No me cabe duda, que Junts Pel Sí y la CUP lanzarán en los próximos meses dardos envenenados a  Catalunya que es Pot, pero el saber estar de sus dirigentes resultará un valor añadido para que una parte de la población catalana deje de abrazar una quimera y apueste por una vía presidida por la sensatez y la cordura. Solo así, no sé si dentro de veinte, treinta o cuarenta años, habrá un referéndum acordado con el estado español, signo inequívoco que éste alcanzaría una madurez democrática pareja a la demostrada por Gran Bretaña o Canadá.  

martes, 29 de julio de 2014

ARA SÍ TOCA. EL «CASO PUJOL»: SECRETOS Y MENTIRAS EN EL «OASIS CATALÁN»

Al calor de las noticias surgidas en los últimos días, buceando en la memoria sobre la primera imagen mental que conservo de Jordi Pujol i Soley (n. 1933) es la de un dibujo que realicé con diez u once años. En el mismo aparece, a toda página, Jordi Pujol vestido de Sancho Panza, a los lomos de un burro, y Josep Tarradellas ataviado con el traje de Don Quijote, tratando de fijar la posición de un equino. Desconozco si ese dibujo fue producto de la imaginación o simplemente me serví del modelo de una publicación en papel. En cualquier caso, ambos llegarían a compartir una idea similar de país y ocuparon, de manera sucesiva, el puesto de President de la Generalitat de Catalunya. A finales de una década que dejaría atrás por fortuna una época de oscuridad en la Tierra Media del estado español sometida a una Guerra Civil y la posterior etapa franquista, Jordi Pujol i Soley accedería al Trono de la Generalitat para quedarse por espacio de veintitrés años. Durante ese periodo no tan solo Jordi Pujol era el personaje de largo más popular de Catalunya sino que llegó a convertirse en una presencia diaria en los Telenotícies y, en general, en los medios de comunicación. Recuerdo que hacía broma al respecto, diciendo que en el estudio de TV3 donde se emitía el Telenoticies debían tener el retrato colgado de Jordi Pujol y, en un momento dado, la cámara enfocaba la imagen del "Molt Honorable". Para medir el alcance del conocimiento que podría tener la gente de Catalunya sobre Jordi Pujol el anecdotario nos ofrece una “foto” instantánea plenamente ilustrativa al respecto, más allá de lo que se relata en las notas biográficas publicadas en un sinfín de sitios, incluido la wikipedia. Catalunya tiene censados casi mil municipios. Pues bien, el ex President de la Generalitat presumía de haber estado en todos estos municipios, con alguna que otra salvedad presta a ser corregida. Además, Pujol se dejaba “querer” en los pueblos, hablando de manera distendida con sus habitantes y preocupándose por cuestiones que podrían evaluarse “menores” a los ojos de un político residente en una gran urbe. Sí, para muchos Pujol era Dios bajado a la tierra prometida en cuyo horizonte muchos querían ver y siguen viendo una idea de país emancipado del todopoderoso estado español. No lo sería para un servidor, manteniéndome durante todo este tiempo receloso sobre un personaje que parecía situarse por encima del Bien y del Mal, llegando a hacer célebre una frase, «Ara no toca», a partir del instante que un periodista le debió importunar con alguna pregunta fuera de la agenda de ese día. Calibré que ese era el típico gesto altivo de alguien que se siente legitimado por la púrpura del Poder, ejerciendo el «ordeno y mando» con firmeza. Pero no es menos cierto que en su última legistatura, desde sus propias filas de Convergència (el partido que cofundaría) i Unió se dejaron sentir las voces que abogaban por un relevo generacional. En el banquillo de CIU dos nombres se postularían con fuerza para sustituirlo: Josep Antoni Durán i Lleida, y Artur Mas. Finalmente, Artur Mas tomaría el mando de la dirección de CIU y después del experimento que supuso el tripartito (ERC + PSC + IC, una ecuación difícil de digerir), el delfín de Pujol ganaría la plaza de President de la Generalitat en 2010. Por aquel entonces, Jordi Pujol parecía pasar a la Historia de Catalunya conforme a una figura incuestionable, un referente inexcusable y un luchador por una patria que algunos empezaban a acariciar con la mirada puesta en la asunción de una serie de competencias en distintas materias, es decir, una mayor cuota de antonomía que diera alas a un anhelado estado independentista. En su calidad de pensador, estadista y hombre de estado, Jordi Pujol se plegaría a escribir por entregas sus memorias, eso sí, convenientemente pasadas por la destilería cuando tocaba evaluar los negocios familiares, excepción hecha del capítulo dedicado a su padre Florenci Pujol, perteneciente a la burguesía e impulsor de Banca Catalana, que generaría un proceso judicial cuando se liquidaría la sociedad, convenientemente tapado por espúreos intereses. Al margen de borrar cualquier sombra de duda en torno a la presunta gestión fraudulenta del caso Banca Catalana que le llegaría a colocar en el ojo del huracán en un determinado punto del proceso judicial, muy pocos repararon en el momento de la salida al mercado de las publicaciones de estos volúmenes las lagunas referidas a los negocios familiares gestados y consolidados durante el largo mandato del patriarca Pujol. Una de estas voces disidentes con el relato vital y profesional oficial de Jordi Pujol i Soley se llama Albert Boadella, fundador y director de Els Joglars. Él había sido vetado por diversos medios catalanes, al parecer, porque dijo verdades difíciles de escuchar en tiempos del pujolismo, y su representación sobre los escenarios de Ubú President, provocaría un terremoto de baja intensidad entre la clase política afín al ideario de Convergència i Unió. No obstante, el terremoto que sí haría trontollar (tambalear) los cimientos de CIU se produjo el pasado 25 de julio de 2014 cuando Jordi Pujol daba a conocer a la prensa un escrito de un folio que trata de exculpar a su familia sobre el asunto de una presunta herencia de su padre no regularizada durante más de treinta años. En ese paraíso fiscal andorrano, al parecer, Jordi Pujol guarda un tesoro que se ha transformado en una bomba con efectos retardados. Una bomba que después de tres décadas seguía intacta y ha acabado explosionando en las manos de Jordi Pujol i Soley. Prisionero de sus asesores durante tres días para consensuar una estrategia, Artur Mas comparecería ante la prensa para adoptar una serie de medidas, previo acuerdo con el Consell Directiu del Govern, que pasaban por eliminar una serie de privilegios heredados por Pujol en función de su cargo de President de la Generalitat y, de paso, lanzar el mensaje que la consulta del 9 de noviembre cara al independentismo seguía su curso sin alteración alguna, argumentando que «el país está por encima de las personas. Y así debe ser». Según sus propias palabras, Mas sentía dolor, pena y compasión por Jordi Pujol, reduciendo el asunto a un tema personal y familiar. Cuando la oposición reclama una Comisión de Investigación para esclarecer el «caso Pujol», CIU y su socio de gobierno en la sombra, Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) con Oriol Junqueras al frente, niegan la mayor. Ni tan siquiera CIU expresa su voluntad porque Jordi Pujol se explique en el Parlament ante unos hechos de una gravedad que no admite disculpas. Al escuchar las respuestas de Mas y la posición adoptada por CIU y ERC para evitar llegar al fondo del asunto conforme a un acto de higiene democrática (saben que la vía judicial puede eternizarse y así ganar tiempo cara a las metas fijadas), siento vergüenza de estos políticos incapaces de leer lo que el sentido común pide y exige. De aquí hasta principios de noviembre nos aguarda un vendaval de noticias referidas al clan Pujol, refrendando lo que en su día dijo Albert Boadella: «son como una familia siciliana, próxima a los Corleone». Mas ha acabado transformándose en ese personaje cervantino que lucha contra los Molinos de Viento en forma del estado español que representa la culpa de todos los males de la nació catalana. Y a su lado le acompañará para siempre ese Sancho Panza que dibujé en mi infancia, el de un ser afectado de una arrogancia mórbida, esposo de Marta Ferrusola (su apariencia de ama de casa volcada en la jardinería contrasta con su pérfida imagen reproducida por la mujer despechada, Victoria Álvarez, la ex del primogénito y pieza clave a la hora de destapar las corruptelas de la Sociedad Ilimitada de los Pujol) y padre de familia de siete hijos, buena parte de los cuales deberían ser perseguidos por la justicia hasta acabar en el precipicio. Otro precipicio nos aguarda si seguimos creyendo que esos "salvadores de la patria", ahora instalados en el poder (CIU) o en la antesala de poder (ERC), nos guían hacia su particular Shangri-La por el camino del independentismo. Los mismos que hacen caso omiso a un pueblo que exige luz y taquígrafos sobre un caso, el que incrimina a Jordi Pujol y el de su prole que, a efectos monetarios (por ejemplo, para blanquear tres mil millones de dólares en activos mobiliarios se requiere una lavadora del tamaño de un edificio de varias plantas), deja en un juego de niños el «caso Bárcenas». Limosna la que atesora el ínclito ex tesorero del PP en manos de esos sinvengüenzas llamados Oriol, Oleguer i Jordi (noms ben catalans, sí senyor) que lucían no hace demasiado tiempo con orgullo los apellidos Pujol i Ferrusola.   

domingo, 23 de diciembre de 2012

«MAS-CARADA» PARA UN REFERÉNDUM O LA PIEDRA ROSETA DEL NACIONALISMO CATALÁN


Desde el 11 de septiembre del año que está a punto de echar el cierre he ido observando y tomando nota de lo que acontece en torno al órdago a la grande planteado por Artur Mas, el actual Presidente de la Generalitat de Catalunya –embestido por segunda vez con tales honores hace poco menos de una semana, al gobierno del PP en relación al territorio español. Las interpretaciones que se han llevado a cabo sobre el porqué Mas plantea un pulso al gobierno estatal español que sabe tiene perdido de antemano, convocando un referéndum que el marco de la Constitución Española no contempla, son muchas y algunas de ellas ciertamente rocambolescas. Para entender el perquè de tot plegat (Quim Monzó dixit) cabe remontarnos a ese 11 de septiembre de 2012 donde, a vista de pájaro, las capitales de provincia de Catalunya, y en especial, la Ciudad Condal se cubrían de un manto de banderas cuatribarradas, combinación de rojo y amarillo. Ni los más viejos del lugar pudieron dar crédito de que un millón y medio de personas mostraran un supuesto afán reivindicativo cuando en la Diada de no demasiados años atrás se contabilizaban apenas unas decenas de miles enarbolando la bandera en un acto, a todas luces, de marcado signo independentista. A esas alturas del ciclo legislativo de Artur Mas la conclusión a la que había llegado él y sus consellers parecía bastante certera: un callejón sin salida, en forma de ahogo financiero, se cernía sobre la administración catalana si no se operaba en el horizonte un milagro... o un espejismo. Descartado el milagro, el espejismo se crearía a través del millón y medio de habitantes del planeta catalán que parecían ir al unísono en la voluntad de proclamar el estado independentista. En esa jornada de sábado estuve allí no con el afán reivindicativo que se podría presuponer si no en calidad de acompañante, si se quiere notario de una realidad en que se podía palpar un aire festivo, pero asimismo se mostraban rostros de indignación, de pesar, de agotamiento y de profundo desconcierto. Y como un servidor, contabilizo que, cuanto menos, algún que otro centenar o varios centenares de miles de personas congregados en la vía pública de la Diada 2012 tenían o siguen teniendo en mente que la solución para Catalunya no se llama independencia. No obstante, ese comité de sabios que asesoran a presidentes incapaces de pisar los mercados más que en viernes electoral o coger el metro en alguna estación susceptible de inaugurar para hacerse la foto pertinente camino de algún que otro mítin, debieron hacerle llegar a Mas que “el gran momento” estaba servido. Pese a los cantos de sirena que podrían tentarlo de emprender una huida hacia adelante, el líder de CIU hubiera esperado a concluir su ciclo legislativo en 2014 y luego plantear en el programa electoral de su partido una aspiración independentista colocada negro sobre blanco, y siempre con el consenso del otro partido hermanado bajo las siglas de CIU, esto es, Unió Democràtica, con Josep Antoni Durán i Lleida al frente. No obstante, la situación, lejos de mejorar, pintaban bastos por cuanto los recortes en materia de sanidad, educación, cultura, bienestar social y demás, unido a la subida de impuestos, irían creando un creciente malestar entre la ciudadanía. En ese mecanismo de autodefensa en que la culpa es de los demás a las que se agarran no pocas personas para eludir sus responsabilidades y en particular sus fracasos, Artur Mas sabía que culpabilizar de todos los males a la Administración Rajoy podría servir como muro de contención de esa avalancha de críticas que se le venían encima. Pero ese muro de contención advertía de fisuras en su estructura de difícil arreglo y, perdidos al río, algún día de la segunda quincena de septiembre de 2012, Mas debió interrogarse sobre la bondad de adelantar las elecciones. El pulso al poder del PP estaba servido, y entonces cubierto sobre la bandera del independentismo su figura y la de su partido parecía salir, según sus cálculos, reforzada. En esa ecuación faltaba, sin embargo, un detalle nada baladí: la asfixia económica de la Generalitat de Catalunya tenía fecha concreta: la profecía del 2013, no la concebida por Francesc Miralles en su obra literaria, si no la de índole económica se cifraba en más de 10.000 millones de euros que la administración de la Generalitat debe satisfacer en concepto de intereses generados, entre otras partidas, por los bonos emitidos en estos últimos años con un claro sentido de «operación patriótica». Cada cuál en su casa echa cuentas para saber hasta dónde puede llegar. La Generalitat, con Mas gobernando los destinos de la misma, las tenía bien claras y su plebiscito del pasado 25 de noviembre fue una cortina de humo, una maniobra dilatoria que le ha dejado en un escenario, si acaso, más pantanoso, arrimándose a ERC (Esquerra Republicana de Catalunya). La formación que lidera Oriol Junqueras actúa de contrapoder a partir de que han firmado un pacto de gobierno con CIU para tirar adelante con un referéndum para la independencia, loable, pero con toda seguridad, inviable. Más que nada, porque solo el discurso de desagravio económico no soporta una ruptura de Catalunya para con el estado español, mire por dónde se mire. No tengo la menor duda que ese referéndum no se celebrará en el horizonte de los próximos años y, a unas decenas de años vista, dudo mucho que en los hijos de los inmigrantes arraigue un sentimiento nacionalista con tal fuerza que conlleve la escisión con el estado español. Quizás para entonces, el verdadero problema se encuentre bajo nuestros pies, el de una terra trema por efectos de la acción del hombre, sea cuál sea su signo ideológico o identitario. Ah, y para los que puedan recelar, al leer este post, sobre mi aprecio por Catalunya, un servidor editó y dirigió una revista en catalán –Seqüencies de cinema, hablo y escribo con corrección la lengua de Salvador Espriu y conozco la mayor parte de sus rincones. Pero esto no quiere decir que comulgo con ruedas de molino... de viento forjados en el imaginario de Mas y Junqueras, repartiéndose los papeles de Don Quijote y Sancho Panza, haciendo del independentismo las puntas de lanza para ahuyentar al «enemigo» español y crear un estado propio en una idea de shangri-La post-2013 nada más lejos de la realidad.