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martes, 21 de julio de 2026

«EL SEXTO MESÍAS» de MARK FROST: UNA ODA A LA OBRA DECIMONÓNICA BAJO UN VELO DE MISTERIO

 

A propósito de la publicación de la reseña de La lista de los siete (1992) en este mismo blog, al final del texto me refiero a la su soberbia traducción al castellano a cargo de Alberto Coscarelli, invitando a Impedimenta para que siguiere contando con él de cara a la publicación de la anunciada El sexto mesías. Desconozco cuales han sido los motivos para que Coscarelli haya cedido el testigo a su colega Jordi Mustieles como traductor de El sexto mesías (1995), pero el resultado final resulta igualmente encomiable en relación a un texto escrito por Mark Frost (n. 1953) en su lengua materna que amplia el horizonte geográfico de las andanzas de sir Arthur Conan Doyle (1959-1930) quien acaba de matar a su criatura literaria por excelencia: el taimado inspector Sherlock Holmes introduciendo nuevos personajes en relación a la novela seminal, La lista de los siete.

Aún bajo los efectos del fracaso comercial de su opera prima como director de largometrajes con El peso de la corrupción (1992) —había hecho sus pinitos tras las cámaras en la serie que él mismo había contribuido a crear, junto a David Lynch: Twin Peaks—, Mark Frost buscó refugio en la literatura para seguir dando cobertura, cuál demiurgo, a un mundo ancestral, el propio del fin du siécle —XIX—, trasladando el epicentro de la historia a Estados Unidos. Ello permite la introducción de personajes enraizados en el imaginario colectivo del vasto país norteamericano —el inventor Thomas Edison (1847-1931) y el boxeador profesional James J. Corbett (1866-1933), entre otros—, que operan bajo las directrices de una narración que no deja respiro al lector, en su frenesí de llevar hasta el límite un relato que anexiona —en sintonía con la novela precedente de su autor— lo cabalístico con el ocultismo, el espiritismo, el misterio y la aventura. Ejercicios deductivos a cargo de un Arthur Conan Doyle —acompañado por su hermano Inez— camino de la madurez (la historia da un salto temporal en relación de La lista de los siete: de  1888 pasamos a 1894) combinan con pasajes de corte aventurero, en el que no falta una intriga —para la ocasión, relativa a incunables literarios como el Zohar de Girona— que se va desgranando por capas al correr de las páginas. Una vez más, Mark Frost levanta acta de su condición de narrador first class, poseído de una erudición que ofrece la dimensión propia de un escritor al que la editorial Impedimenta —de justicia es reconocerlo— ha contribuido de manera decisiva a rescatar del olvido en la lengua de Dámaso Alonso.   

A expensas que Mark Frost retome en algún punto de su carrera profesional las andanzas de sir Conan Doyle, el díptico La lista de los siete y El sexto mesías —títulos, a su vez, conectados por lo numérico, elemento consustancial a lo cabalístico— no podía tener mejor huésped en su derivada idiomática en castellano, que el sello madrileño Impedimenta, entre otras cuestiones, la «casa madre» de lo anglófilo y/o britanófilo por antonomasia en este siglo XXI prácticamente desde la fecha de su bautizo, hace ya casi veinte años.        


domingo, 7 de septiembre de 2025

«LA LISTA DE LOS SIETE» (1993) de MARK FROST: CONAN DOYLE, «DOCTORADO» EN INVESTIGADOR EN PRIMERA PERSONA

 

La primera vez que tuve conocimiento del nombre de Mark Frost fue hace casi veintiocho años cuando asistí a la proyección de Los creyentes (1987) en la sesión de clausura del Festival Internacional de Cine Fantástico de Sitges. Ya por aquel entonces, en mi primera juventud, había adquirido la costumbre de reparar en los nombres de los responsables de un trabajo colectivo —el propio del medio cinematográfico— que, en puntuales ocasiones, podría alcanzar la categoría de «obra de arte». Una calificación que cabía aplicarla con creces a El hombre elefante (1980), uno de los films más determinados para un servidor a la hora de experimentar un proceso de enamoramiento para con el cine que sigue intacto a día de hoy. Al finalizar esa misma década trascendió la noticia en los medios de comunicación de antaño —aún en plena era analógica, sin atisbo de la existencia de internet y todas las derivadas que ello ha comportado— que el director de aquella joya, David Lynch, probaría suerte con una serie llamada Twin Peaks. Ciertamente, entre los platos fuertes que presentaban las cadenas privadas de nuevo cuño figuraba la emisión de Twin Peaks. Al calor de la importancia creciente que había generado entre la cinefilia Lynch —todavía reciente la puesta de largo de la controvertida Corazón salvaje (1989), una versión sui generis de El mago de Oz de Lewis Carroll—, la «paternidad» de Twin Peaks fue rápidamente atribuida al cineasta oriundo de Missoula. En mi caso, el impacto que me había provocado The Believers hizo que recelara de semejante ejercicio de reduccionismo, descubriendo a posteriori que la principal premisa de la serie —el descubrimiento a las primeras de cambio del cuerpo sin vida de una chica llamada Laura Palmer— cabía adjudicarlo en el haber de Mark Frost, fruto de una de las historias que le había contado su abuelo siendo niño. Debió resultar, pues, un tanto ingrato para Mark Frost que su nombre quedara eclipsado por una personalidad tan marcada como la de Lynch, pero ello no impidió preservar una amistad que duró hasta la muerte de este último, en enero de este mismo año. Aquel deceso serviría —como ocurre en tantas ocasiones—, entre otras cuestiones, para recuperar una serie que marcaría a varias generaciones, a través de su inclusión en las plataformas digitales. De algún modo, Twin Peaks surgió, desde una perspectiva experimental, de la combinación de dos talentos de características disímiles, incluso antagónicas: el temperamento orientado hacia lo onírico, surrealista de David Lynch, y el perfil netamente narrativo de Mark Frost. De ello da fe la veta literaria de Frost, quien meses después de haber debutado en la dirección de largometrajes con El peso de la corrupción (1992), hizo lo propio en el terreno de la novela con La lista de los siete (1993). Bien es cierto que Ediciones B había publicado en 2008 una novela posterior de Frost, Segundo objetivo, pero el sello Impedimenta ha procurado la edición de un auténtico longseller en países anglosajones, La lista de los siete. Al igual que ocurre en Segundo objetivo —un episodio acaecido en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, la denominada «Operación Greif»—, para su opera prima literaria Frost se vale de personalidades históricas reales —el príncipe Alberto, cuyo secretario guarda relación con el título de la obra; Arthur Conan Doyle y Bram Stoker, entre otros— para urdir una historia que nos traslada a la era victoriana. Haciendo alarde de una exquisita calidad literaria, Frost conjuga un primoroso sentido de la acción con una mesurada capacidad para que vaya sedimentando en el lector una trama que abraza lo esotérico, el espiritismo, las sociedades secretas y, en definitiva, las ciencias ocultas a las que Stoker fue tan aficionado, antes y durante su mandato como escritor. No obstante, es el futuro creador —con el cambio de siglo— del detective por antonomasia del Reino Unido, quien goza del mayor protagonismo en esta soberbia novela salpimentada de guiños al audiovisual —George Rathborne, un personaje secundario en la trama, en alusión a una de las encarnaciones por excelencia en el cinematógrafo de Sherlock Holmes, Basil Rathbone; la referencia a los canarios que detectan las fugas de gas en un navío, en referencia a uno de los pasajes de La vida privada de Sherlock Holmes (1970), una de las masterpiece de Billy Wilder— y que encuentra entre sus principales virtudes la de atrapar al lector hasta la última página. Esperemos que, a la vuelta de la esquina, Impedimenta nos proporcione otra delicatessen de Frost, Los seis mesías (1995), contando para la ocasión con un traductor como Alberto Coscarelli —o de su mismo nivel— capaz de preservar la esencia de una escritura que resulta un puro deleite para los amantes de la Literatura.          


viernes, 1 de enero de 2021

«CUENTOS GÓTICOS COMPLETOS (1880-1922)» de Sir Arthur Conan Doyle: MÁS ALLÁ DE SHERLOCK HOLMES

En ese juego asociativo al que nos hemos habituado a practicar cuando pensamos en un determinado escritor, al «invocar» la figura de Sir Arthur Conan Doyle (1859-1930) de facto unimos su «suerte» literaria al perspicaz detective Sherlock Holmes. De ello se lamentaría Doyle, quien debió ceder a la presión popular —no exenta de alguna que otra amenaza que comprometiera a su integridad física— para «resucitar» su «criatura» literaria y con ello multiplicar exponencialmente el número de obras consagradas a las peripecias del taimado Sherlock Holmes y su fiel escudero el doctor John Watson. De algún modo, el hecho de satisfacer a lectores ávidos de historias relativas a Mr. Holmes que contribuyeron —en forma de retorno— a que la vida de Conan Doyle transcurriera sin sobresaltos económicos le permitió reservar tiempo para favorecer a la elaboración de obras que, al cabo, tuvo en mayor estima desde un prisma creativo. Entre éstas destaca su producción de relatos cortos que el sello barcelonés Alba Editorial —dentro de su colección Clásica Maior— ha publicado en el otoño de 2020 bajo el genérico Cuentos góticos completos (1880-1922). Editados por orden cronológico y escogidos fruto de una concienzuda selección a cargo de Darryl Jones, los treinta y cuatro relatos que jalonan el presente volumen muestran en buena medida el talento de Sir Arthur Conan Doyle para la escritura de historias que abrazan el espectro de lo imaginario, aquel capaz de capturar la atención de lectores no necesariamente familiarizados con el quehacer del tándem Holmes-Watson, en un formulismo que para sus detractores cobraba visos de agotamiento tras ver la luz unas cuantas entregas que tuvieron su punto de partida con Estudio en escarlata (1887). A la «cosecha» literaria de ese mismo año pertenece el relato La casa del tío Jeremy, en que Doyle hace referencia explícita a Baker Street, el rincón de Londres donde Sherlock Holmes se había instalado en compañía de Watson y que acabaría convirtiéndose en el lugar de «peregrinación» de individuos anónimos que reclamaban y/o imploraban los servicios del investigador policial para resolver casos que habían quedado archivados en las oficinas de Scotland Yard o bien ni tan siquiera habían sido atendidos por la «sacrosanta» institución. Asimismo, para aquellos devotos holmesianos otro de los relatos cortos de Doyle compilado por Jones establece puntos de conexión, como acontece con el excelente El disparo ganador (1883), en que podemos leer uno de los párrafos —«¡Eh, Jock, mira qué boca tiene este de ahí! Si hasta parece que echa espuma como el perro de Watson, el cachorro de bulldog que murió loco de rabia» (pág. 102)— que anticipa el apellido asignado al célebre médico inglés que colaboró en la resolución de infinidad de casos que llevaron la rúbrica, en última instancia, del hermano de Moriarty. Además de mostrar el buen pulso narrativo de Doyle a las puertas de cumplir su primer cuarto de siglo de existencia, El disparo ganador evidencia un suelo narrativo fértil en referencias a los escritores pertenecientes a anteriores generaciones, como acontece con Charles Dickens (1812-1870) del que cita Los papeles póstumos de Club Pickwick (1836-1837), a propósito de un relato trenzado a través del uso de la primera persona. No es menor el número de historias de la presente antología en las que Doyle apuesta por esta perspectiva narrativa, dejando patente con ello que él se erigía en la voz narradora de relatos que mostraban los primeros latidos de interés por temáticas —en especial el espiritismo, siendo su pieza bautismal en este sentido Jugar con fuego (1900) y que prolongaría años más tarde en Cómo ocurrió (1913)— a los que se dedicaría en cuerpo y alma en la etapa final de una vida marcada por una frenética actividad desde que su paso por la medicina le procuró el tiempo libre suficiente —dado su escaso éxito al abrir una consulta— para ir dando rienda suelta a su imaginación modelada a través de sus experiencias en viajes por distintos confines de la Tierra. La navegación había sido la principal vía para acceder a esos territorios que tan solo había visitado durante su infancia y adolescencia a través de la literatura. Cuentos góticos completos (1880-1922) comprende diversas piezas en que la narración toma lugar en alta mar el soberbio El capitán del Polestar (1883) y El demonio de la tonelería (1897), entre otros pero otras tantas nos proyectan a espacios como el Alto Egipto El lote nº 249 (1892), a cuenta de las momias contenidas en sarcófagos cuyos misterios podrían servir de desafío intelectual para el avispado Sherlock Holmes, de cuya relación «amor-odio» elevan acta las distintas biografías publicadas sobre su autor, Sir Arthur Conan Doyle, un cuentista excepcional en plena era victoriana. La lectura en tiempos de pandemia de estos Cuentos góticos completos no hace más que refrendar semejante aseveración