Conviene permanecer en alerta, sin bajar la guardia la concentración a la hora de enfrentarnos a cualquier obra de Stanislaw Lem (1921-2006), dado que su intelecto retroalimentado sobre la base de ingentes lecturas de textos de temáticas muy distintas entre sí, nos puede desbordar en cualquier momento. Lem fue único en su especie, «ensanchando» el «terreno de juego» donde resultó más proactivo y por el cual obtuvo una proyección a escala internacional, el de la ciencia-ficción impregnada de razonamientos filosóficos propios de alguien que había bebido de las fuentes de la cultura centroeuropea desde sus años de juventud, sobre todo a partir de la finalización de la Segunda Guerra Mundial. En nuestro país resultaba raro no encontrar un lib(rit)o del autor de origen polaco entre finales de los años setenta —cuando empecé a identificarlos como uno de los adalides de la ciencia-ficción del viejo continente— y mediados los años ochenta Lem formando parte de la biblioteca de aquellos prestos a presumir de intelectuales. Ediciones que presentaban cubiertas un tanto esotéricas, en formato libro de bolsillo, una tipografía minúscula y unas traducciones que habían seguido, cuanto menos, un itinerario (por regla general, valiéndose de la traducción directa del inglés al castellano) que sembraba de dudas la calidad del resultado de las mismas. En ese periodo se concentraron un número ingente de publicaciones en lengua castellana extraídas del vasto patrimonio literario de Lem. Al cabo, su fallecimiento, acaecido en la primavera de 2006, como suele ocurrir con tantos escritores, podría haber servido de «revulsivo» de cara a imprimir nuevas piezas literarias o ensayos de Lem o reeditar sus títulos más «conocidos», o por el contrario que su nombre cayera en el olvido, pasto de la indiferencia y del desconocimiento cara a nuevas generaciones de lectores. Por fortuna la realidad objetivable se corresponde con el primer escenario, mereciendo por lo que atañe al sello Impedimenta una voluntad a la hora de sacar a flote aquellas obras que aún no habían sido editadas en la lengua de Dámaso Alonso y otras tantas que requerían de un «lavado de imagen» en forma de traducciones directas del polaco, un tamaño de letra y una calidad de impresión que garantizaran ese intangible llamado el «placer de la lectura». Cubierta una docena de años desde aquel primer propósito –El hospital de la transfiguración (1955)–, Impedimenta ha publicado un total de once libros de Stanislaw Lem, cuatro de los cuales operando bajo el genérico «Biblioteca del siglo XXI», a saber, Vacío perfecto (1971), Golem XIV (1973), Magnitud imaginaria (1981) y Provocación (1982). Esta última pieza que ha visto la luz en plena pandemia de la COVID-19 discurre por parámetros alejados de la ciencia-ficción, dejando al descubierto el proverbial conocimiento de Lem sobre infinidad de materias que sirven a la causa para construir una serie de relatos que se adivinan divulgativos –preferentemente, en el ámbito de la ciencia, de la historia contemporánea (referida al holocausto nazi de la que a punto estuvieron de ser sus víctimas la familia Lem pero la fortuna quiso aliarse con ellos)—pero que asimismo persiguen un sentido del relato que involucre al lector a lo largo de sus ciento setenta páginas. Más que una provocación, el libro de marras deviene una invitación a conocer y reconocer el talento de Lem a la hora de «metamorfearse» en un narrador con un sentido del ritmo propio de un estratega abonado al thriller; colocándose en la piel de un divulgador que repasa con un sentido didáctico y ameno algunos de los episodios más determinantes de la Historia del planeta tierra, o haciendo las veces de ensayista con un discurso filosófico y humanista que le aparta de manera consciente del rol de escritor de ciencia-ficción al que ha quedado etiquetado para todos aquellos que siguen mirando de soslayo una obra de una profundidad y extensión difíciles de imaginar. Todo ello combinado con su capacidad de leer el futuro, haciendo una serie de predicciones sobre la realidad un siglo XXI que tan solo había podido arañar unos años antes que su cuerpo expirara pero su mente sigue entre nosotros a través de una proverbial obra que no tiene parangón entre los de nuestra especie.
Existe vida después del cine. Muchos me vinculan a este campo. Este blog está dedicado a mis otros intereses: hablaré de música, literatura, ciencia, arte en general, deportes, política o cuestiones que competen al día a día. El nombre del blog remite al nombre que figura en mi primera novela, "El enigma Haldane", publicada en mayo de 2011.
jueves, 30 de julio de 2020
«PROVOCACIÓN» (1982) de Stanislaw Lem: EL CIERRE DE LA TETRALOGÍA DE LA «BIBLIOTECA DEL SIGLO XXI »
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miércoles, 22 de julio de 2020
«KON-TIKI» (1950): SETENTA AÑOS DESPUÉS DEL DOCUMENTAL SOBRE UNA ODISEA MARINA
A la altura de mediados los
años cuarenta del siglo pasado aún seguía prevaleciendo el pensamiento entre
expertos en la materia que las islas que conforman la Polinesia tuvieron en el
continente asiático (la cuna de la
civilización) sus primeros moradores. Así pues, se encontraban en minoría los
que sostenían el razonamiento que provenían de América del Sur, pero su
demostración pasaba por la prueba empírica de un viaje a mar abierto
reproduciendo similares condiciones a las empleados siglos atrás. Thor
Hegerdahl (1914-2002), atraído desde hacía tiempo por ese enclave del planeta y
poseído por un espíritu aventurero que no tuvo límite hasta el fin de sus días,
convenció a cuatro de sus compatriotas noruegos —Tornstein Raaby, Knut Haugland,
Herman Watzinger y Erik Hasselberg— y al sueco Beng Danielsson con el ánimo de
construir una balsa de madera bautizada con el nombre Kon-Tiki («dios blanco del sol»). Antes de partir con el artilugio
flotante, la teoría sostenida por Hegerdahl era que podrían alcanzar el
objetivo propuesto (desembarcar en una de las islas de la Polinesia) merced a
los vientos alíseos que se mostraban imperturbables en la dirección adoptada
desde tiempos inmemoriales, las propias de la edad de la tierra. Planteado en
términos de desafío procurado por un sexteto de escandinavos que, a juicio de
una pléyade de expertos, éstos no parecían encontrarse en sus cabales,
Hegerdahl se puso al frente del timón
de la nave Kon-Tiki. La habilidad de Hegerdahl y su equipo no recaló tan solo
en atender a cualquier tipo de contratiempo que se interpusiera en el camino
con tal de lograr tamaña proeza partiendo desde el puerto de Callao (Perú) en
1947, sino en dejar constancia visual de la expedición de la Kon-Tiki, surcando
las aguas del Pacífico. En tiempos que la ficción cinematográfica empezaba a
tejer historias libradas en alta mar
Rodado en blanco y negro,
aunque se conservan imágenes en color tal como atestigua el material extra que
acompaña la edición en formato digital de Kon-Tiki:
el documental (1950), la “proeza” fílmica administrada por la cámara de Hegerdahl
obtuvo la recompensa de un Oscar en su categoría. Lejos de obedecer al
“mandato” de una estrategia comercial dispuesta a situar a Kon-Tiki en una posición franca a alcanzar la preciada estatuilla
dorada, su premio obedece a cuestiones que escapan a la comprensión de sus
principales artífices, al frente de los cuales asomaría la figura de Hegerdhal.
Su carácter de leyenda quedaría plenamente refrendado al calor de nuevos retos
que él mismo se consagró a filmar, imbuido de una orientación de documentalista
pionero al más puro estilo de Robert J. Flaherty. De tal suerte, el “héroe
nacional” noruego natural de Larvik dirigió los documentales Galápagos (1955), Aku-Aku (1960) y Ra
(1971), completando así una tetralogía con el leit motiv de expediciones que
aportaron conocimiento a aquellas comunidades científicas donde el testimonio
de Hegerdhal a veces parecía generar un pozo de controversia. No en vano, él
había colocado sobre el tapete una realidad enfrentada a ciertos razonamientos
que se habían convertido en una especie de dogma de fe.
Poco
después de haber fallecido, a los ochenta y siete años de edad, bajo pabellón
noruego se llevó a cabo una producción cinematográfica, en clave dramática, con
idéntico título al del documental de marras. Un título que, al cabo, sería
observado en forma de talismán ya que Kon-Tiki
(2012) mereció una nominación al Oscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa.
Más que el noruego, el lenguaje que
se habla en esta producción es el propio de la gramática marina, aquella dispuesta a mostrar una realidad minada
de adversidades (arrecifes, tiburones, oleajes, etc.) antes de llevar a buen
puerto una hazaña con aroma de utopía.
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