domingo, 24 de marzo de 2013

«MÓN PETIT / MUNDO PEQUEÑO» (2012): ALBERT CASALS, UNA LECCIÓN DE VIDA


Ante la ausencia cada vez más acentuada de títulos proyectados en la gran pantalla con el aval de directores de tronío que alimenten nuestra cinefilia o simplemente una querencia por el denominado Séptimo Arte en calidad de aficionado de a pie, buscamos en la singularidad de ciertas propuestas argumentales un motivo para acudir a las salas comerciales. Una vía de escape de una lacerante realidad con el fin de ir capeando el temporal de crisis que se va recrudeciendo en los intestinos de nuestra sociedad. Para Albert Casals la palabra crisis no tiene demasiado sentido ya que lleva más de un lustro viajando por todo el mundo sin que su bolsillo lo note: el dinero va y viene en la medida que la gente le ofrece una “compensación” económica a cambio de recibir de él una «lección de vida». Una lección que atiende al valor supremo de la superación personal a partir de que se le diagnosticara a los cinco años de edad una mononucleosis que derivaría en una enfermedad rara tan solo se conocen cinco casos en el estado español que le incapacitaría para andar, no así para poder viajar allá dónde su mente le proyectara en cualesquiera de los puntos de ese globo terraqueo que iba memorizando desde su infancia. Món petit / Mundo pequeño (2012), dirigida por Marcel Barrena, aparece en el panorama de propuestas documentales que visten la cartelera en fechas previas a la Semana Santa con el objetivo de dar a conocer esa lección de vida aplicada a la persona de Albert Casals. Pero, al cabo de asistir a la proyección del film en los cines Méliès, una de las salas que cada vez más van ganando peso entre la oferta cinematográfica de la capital barcelonesa una programación que ahoga el concepto de «arte y ensayo», arbitrada con un sentido más ecléctico, Món petit me ofrecería un interés adicional por lo que compete a la relación existente entre Álex, el padre/tutor/mentor de Albert y el procaz viajero. Una relación que destila una fragancia “insana” en el sentido que muestra reminiscencias de esa cult movie llamada El fotógrafo del pánico / Peeping Tom (1960), que tan bien hubiera encajado en la programación de la primera etapa de los Méliès con Carles Balagué al frente de la nave empresarial. Al ir sumergiéndonos en la historia de Albert, las imágenes de su infancia captadas con las primeras cámaras digitales, van tejiendo una realidad que opera en el sentido de la obsesión de la figura paterna por dejar constancia de la “singularidad” de su hijo. Huérfano de madre, Albert ya mostraba indicios de un carácter diferente, de una inteligencia superior a la media capaz de no eludir preguntas que en otros niños de su edad hubieran tenido el silencio como respuesta. Albert no balbuceaba, razonaba; su curiosidad infinita contribuiría a aferrarse a la roca de la vida y no dejar que el oleaje, en forma de enfermedad con el marchamo de sentencia, se lo llevara para siempre más mar adentro. Como Michael Powell, el director de Peeping Tom, Albert transfiguraría la realidad física en una realidad mental. En el caso de Albert el medio para expresarlo no ha sido el cine la gran pasión, el gran amor de Powellsino el viaje. Recita ante las cámaras como si se tratara de las preposiciones o los tiempos verbales, cada uno de los países por los que ha pasado. Cabrían varias vidas de nosotros para poder cumplir esos viajes, pero él lo ha hecho en un margen de algo más de cinco años, desde que a los catorce años decidiera poner rumbo a lo desconocido, cargando en sus alforjas un sinfín de experiencias que le han llevado a superar el umbral de la felicidad. El testimonio de la madre «substituta», de su novia Anna Socías compañera de viajes, de los padres de ésta, de su fisioterapeuta Gabriel Vilanova su voz se entrecorta al proyectar la realidad de su propio hijo, de idéntico nombre y edad, a la de Albert Casalsy de su abuela invitan al espectador a mostrar en toda su dimensión las peculiaridades de este trotamundos que compara su silla de ruedas con llevar un accesorio, llámese gafas o una plantilla para los pies. Los pies de un viajero incansable cuyas proezas se explican a partir de esa educación recibida por parte de Álex. Él cargaría sobre sus espaldas la realidad de una enfermedad a la que trataría de hacer frente con las armas de las que disponía: el inculcar el valor del conocimiento práctico y teórico bajo la máscara de la felicidad que acabaría dibujándose de forma perenne en el rostro de Albert, incluso cuando se situaría en las puertas de la muerte en uno de esos viajes por espacios recónditos del planeta tierra. Salvado este contratiempo, Albert consumaría uno de sus sueños en compañía de Anna y un reducido equipo técnico del documental dispuesto a inmortalizar los instantes en que viajaba al punto más alejado de su casa de la provincia de Barcelona. Allí, en Nueva Zelanda les aguardaba una puesta de sol proyectada sobre el horizonte marino y con el testimonio de un faro. Para Albert el principal faro que guiaría su vida en sus primeros compases y asimismo cuando la enfermedad atacaría con virulencia, sería la de su figura paterna. Él supo que Albert tenía una epifanía que cumplir en este món petit, mundo pequeño que honra su presencia en el circuito de salas  comerciales esperemos que, al menos, hasta superada la semana santa. 

Enlace a la página web de la película  


                                          Tema Un gran riu de fang de Pau Vallvé,
                                          autor de la banda sonora de Món petit     

2 comentarios:

Anónimo dijo...

gran texto para una esplendorosa obra maestra de película.

Roy Bean dijo...

Ya era hora de leer una reseña española que mereciera la pena.

Saludos
Roy