viernes, 1 de marzo de 2013

ESTHER: CARTA ABIERTA A UN SER QUERIDO

Conforme el agua llega a la orilla, al compás de un ritmo que se aviva cuando azota el temporal, las promesas que dibujamos sobre la arena se van borrando hasta su desaparición. Solo aquellas formuladas con un propósito eterno resisten esa acción sincopada de la Madre Naturaleza con el Dios sol y la luna siendo notarios de semejante ritual. Observo con detalle estos días en que la naturaleza muda hacia la estación de los enamorados, la hondura de una huella depositada sobre la arena de una playa que estuve el pasado verano, enfundada de melodías de Neil, siempre Neil Young, y con un símbolo en forma de herradura situado en ese paisaje esquinado de la costa Mediterránea. Allí sigue grabado el nombre de Esther, la bella dama rubia de ojos azules que se me iluminó en los márgenes del camino de la vida y que, desde entonces hemos recorrido juntos, el uno al lado del otro, entrelazando las manos y sintiendo que el latido de nuestros corazones lo hace al unísono. Recuerdo cada minuto, cada instante de ese día de San Fermín. Nunca antes nos habíamos visto, pero las miradas delataban que quizás nos habíamos visitado en un sueño ocioso de cumplirse, buscando refugio en un juego inocente que no pasó desapercibido por aquellos tutores de la realidad que nos rodeaban. Allí nació nuestro amor pero no lo verbalizamos hasta pasado un par de días. El manual del enamoramiento se abrió por la primera página y la leve brisa de esa tarde vespertina iría corriendo las hojas. Hojas prendadas de una fragancia que irradia nuestros corazones, las eleva a un estado placentero en que una confesión prefigura un deseo, creando un bucle de conexiones infinitas hasta el punto de razonar por separado que hemos conocido el amor, el verdadero amor, esculpido sobre una roca granítica incapaz de sufrir las embestidas del paso del tiempo. A esa roca me aferro para meditar sobre el futuro que nos aguarda, en que la incomprensión de algunos viajará, cuál alforjas, en el compartimento de ese tren de la vida cuya última estación se sitúa en un punto indeterminado de la línea del horizonte teñido de un cielo rojizo, anuncio de nubarrones dispuestos a presidir una jornada de duelo. Quizás entonces, al final del camino, algunos vuelvan la mirada y piensen que ese amor mereció ser vivido, pero que la propia codicia, el temor y, porqué no, la frustración personal nublarían sus mentes y silenciarían sus corazones con apremio a ignorar una verdad enconfrada de sentimientos enraizados en una tierra mágica custodiada por un ejército de Cupidos. Unos cuantos de ellos llegarán a preguntar al viento que peina las lápidas de un vetusto cementerio (muy del gusto de ella) quién fue el compañero de Esther durante todo este tiempo, el hombre que la hizo feliz hasta la extenuación, la colmó de amor y vistió sus deseos con los mejores trajes de gala. Quién sabe, posiblemente en ese instante expiarán sus culpas, se lamentarán de sus silencios y se podrán desprender de ese velo en forma de burka que les hacía mirar, desde una pequeña rendija, en una única dirección movidos por el principio vector que el camino de cada uno de nosotros está trazado de antemano, y ninguna voluntad ajena o propia lo puede hacer alterar. Craso error. Si alguna lección podemos extraer del libro de la vida es que el dictado del corazón corrige nuestros pensamientos sopena que nos convirtamos en meras máquinas auxiliadas por dispositivos tales como una convivencia en pareja presidida por una dinámica que cabalga a los lomos de la monotonía, del tedio y de la ausencia de alicientes. Sobre esa montura bien sabe ella que no me encontrará. Esther, mucho más que un sinfín de personas que han recorrido o recorrieron un tramo conmigo de ese camino existencial, sabe de mi carácter indómito, de ese constante empezar de nuevo y no dar por válido nada de lo realizado. Ese es el «espíritu Neil Young» en el que me reconozco, el músico, el hombre que sirvió de tarjeta de visita para conocer a Esther en esta tarde bañada por los rayos de sol que luego se convertiría en el sueño de una noche de verano donde empezaría a fermentarse una relación sincera, franca, intensa y con visos a perpetuarse. No fue un plato precocinado en las salas de la privacidad de Internet; surgió natural, sin proponérselo. Un amor del siglo XIX en el contexto de los albores del siglo XXI. Gracias Esther por vivir dentro de mi corazón.


                       Dedicado a Esther, Ambulance Blues, uno de mis temas favoritos
                                  del álbum On the Beach (1974) de Neil Young 






2 comentarios:

Roy Bean dijo...

Me lo he leído dos veces seguidas, poco puedo decirte, sonarían a halagos comunes. Hasta me has hecho humedecer los ojos y eso sólo lo consigue Ford... Abrazo.Roy

Christian Aguilera dijo...

Muchas gracias amigo Roy. Ford es de otro mundo, un cineasta que nos ha dado tanto. Un abrazo.