domingo, 5 de septiembre de 2010

LAURENT FIGNON (1960-2010): MUERTE DE UN CICLISTA


Quien haya practicado el ciclismo aunque tan sólo sea desde el plano amateur sabe de la exigencia de este deporte, que podríamos catalogar de agonístico. Una dureza que los organizadores de la pruebas de dos o tres semanas sitúan en su grado extremo cuando diseñan las etapa de altas montañas que representan todo un via crucis si los ciclistas no llegan con la preparación óptima para enfrentarse a superar puertos que, como decía Jopp Zoetemelk, «parecen abiertos solo para nosotros». Esfuerzos titánicos que suelen concentrarse en el campo profesional en edades comprendidas entre los veintidós y los treinta y pocos años, con la salvedad de los velocistas, que vendrían a ser por su longevidad, el equivalente de los guardametas en el fútbol (léase, Alessandro Petacci, Eric Zabel o el cántabro Óscar Freire, entre otros) debido a su menor desgaste (ya se sabe que para ellos las etapas de alta montaña se las toman en plan cicloturista porque sus físicos no están diseñados para este tipo de esfuerzos de máxima exigencia). No es tanto lo que pueda suponer subir puertos de primera o fuera de categoría con tramos del 10 al el 13 % de desnivel, sino la proeza de realizarlo a una velocidad de crucero en contraste con el ritmo de los cicloturistas que, como un servidor, podemos ir contemplando el paisaje sin apremio a cumplir un determinado registro para llegar a coronar el puerto de marras. Evidentemente, este grado de competividad y exigencia extrema tiene sus contraindicaciones en forma de un dopaje que azotó, cuál plaga bíblica, al ciclismo profesional a finales de los años noventa, llegando incluso a plantearse la anulación del Tour de 1998, salpicado por continuos escándalos que comprometían a la salud de la ronda francesa pero también de sus participantes. Un escándalo que estallaría como una espoleta de efectos retardados por cuanto el caldo de cultivo del dopaje se había dado en los años ochenta.
Como un servidor, queremos cubrir con un velo de nostalgia, de fascinación por una época una realidad que, a buen seguro, tuvo algo menos de idílica, de juego limpio de lo que se alardeaba por aquel entonces. Y en todo este baile de intereses, espejos de realidades y de fición, L’Equipe, en calidad de copatrocinador del tour jugaría su rol a la hora de facultar una rivalidad entre dos figuras del ciclismo mundial de nacionalidad francesa: el veterano, el Caimán Bernard Hinault, y el aspirante a conquistar el trono, Laurent Fignon. Por mi parte, no puedo esconder mis preferencias por Hinault, máxime cuando en la Vuelta a España de 1983, cuando recibía ataques por todos los lados, en una etapa librada en la meseta hizo una demostración de orgullo, portento físico, fortaleza mental y, en definitiva, invulnearbilidad. No era el Hinault de su explosiva juventud, sino alguien al que se le había colocado fecha de caducidad, sobre todo atendiendo a la llegada en el seno de su propio equipo de un ciclista cuyo cuerpo rocoso no casaba con su rostro tocado por unas gafas al estilo John Lennon —un tributo más para el icono de la música que encontraría la muerte a la salida del edificio Dakota en diciembre de 1980— que le daban un aire intelectual y progre, además de lucir una media melena rubia que, al recogerla en una coleta, dejaba al descubierto la profundidad de sus entradas. Hubo algo de impostura, de vanidad en la forma cómo Fignon irrumpió en el panorama ciclista profesional, dejando sentir en cada pedalada que los días de gloria de Hinault iniciaban la cuenta atrás. Ley de vida que llevarían a Fignon a enfundarse el maillot jaune en los Campos Elíseos —1983 y 1984—, situándose un peldaño por encima del Caimán del que se anunciaban vientos de retirada. Pero Hinault se resistía y emplazaría al debate de las preferencias de los aficionados cuando conquistó su quinto y definitivo tour en 1985. Un registro que parecía al alcance de Fignon dada su juventud, pero una serie de infortunios desdibujaron cualquier posibilidad de hacerle ni tan siquiera sombra en el palmarés del Caimán. Greg Lemmon daría la estocada definitiva a Fignon cuando este último perdió frente al norteamericano un tour —el de 1989— que tuvo en la palma de la mano y que se le escaparía por los siete segundos que marcarían la gloria de la decepción. Se cerraría, pues, un amplio capítulo del ciclismo, el relativo a la década de los ochenta, que medido desde la objetividad, sin apasionamientos, muestra más zonas de sombras que las que podamos formular en nuestros corazones. Muchos de aquellos han decidido tirar la llave al mar y practicar la ley del silencio sobre aquel periodo en que los patrocinadores veían sumamente rentable financiar a equipos que se exhibian en el tour, el giro o la Vuelta a España, al margen de las clásicas de un día. Otros, como el espigado Steven Rooks denunciaron que aquello no fue un camino de rosas y el dopaje estaba a la orden del día. Han quedado por el camino muchos juguetes rotos de esa década prodigiosa del ciclismo que alumbraría un montón de corredores excelsos, sin ir más lejos, en suelo patrio —Perico Delgado, Marino Lejarreta, Fede Echave, Álvaro Pino, etc.—. Volver la mirada sobre la realidad actual de aquellos estandartes del ciclismo puede llevarnos a la desazón, al descubrimiento de una verdad menos amable de la que desearíamos. En cierto sentido, toda aquella realidad difrazada ya parecía intuirse, al menos para un servidor, cuando Gert-Jan Theunisse, compañero inseparable de Rooks (siempre pensé que subian los puertos en tándem), estuvo vetado por el tour supuestamente por sus elevados índices de testosterona registrados en su organismo. Ese espigado escalador, de figura filiforme que cuando veía las primeras estribaciones de un puerto se le iluminaban los ojos, asistía a su ocaso cuando los nubarrones se proyectaron sobre él. Eso, para mí, significaría el principio del fin de la inocencia del ciclismo. Una perspectiva que toma cuerpo estos días al conocer la noticia del fallecimiento de Laurent Fignon, de quien ya tuve supe hace un año del cáncer que padecía. Entonces, Fignon, en un acto de constricción, esgrimía que los médicos le aseguraban que la enfermedad que padecía no guardaba relación con la ingesta de sustancias prohibidas que no figuraban en las listas de la UCI. De sus palabras, se entreveía que el parisino todo aquello le generaba enormes dudas. En el fondo, solo él podía calibrar el alcance de sus actos fuera de la legalidad, y ya sin fuerzas al seguir un programa de quimioterapia, nunca se decidió a escribir sus memorias. Sí lo hizo, en cambio, la madre de Marco Il pirata Pantani (1970-2004) en Era il miu filgio (2008), testimonio duro y demoledor que buscaba respuestas sobre la muerte de un escalador de tronío que no había podido escapar de ese mundo donde las exigencias físicas al límite requieren de pócimas mágicas para calmar el dolor o potenciar el rendimiento en aras a cosechar una meta que les ofrezca el reconocimiento soñado. Jornaleros de la gloria que sentirían el aliento de la fama cuando su destino parecía depararles un anonimato en sus(pequeños) pueblos de nacimiento. Historias recogidas en obras versadas sobre ciclismo, algunas de cuyas figuras aparecen en las páginas de los obituarios de los periódicos en un tiempo que no les correspondía en modo alguno dado su prematuro fallecimiento por distintas causas: a la esquela de Pantani le antecedieron la de Alberto Fernández (1955-1984), fallecido en un accidente automovilístico junto a su esposa, y José María Jiménez Sastre, apodado el Chava (1971-2003), y precedería a la del belga Frank Vanderbrouke (1974-2009). La noticia del deceso del profesor Fignon viene a cubrir nuevamente de un manto de dolor a un deporte que enseña su cara más amarga cuando sus héroes inician a temprana edad su última escalada... la que les conduce a un cielo eterno. Monsieur Fignon, descanse en paz y gracias por amar este deporte.