sábado, 5 de diciembre de 2009

«EL CLUB DE LOS SUICIDAS»: HIJOS DE «DIOSES» MENORES

Dos libros ocupan mi lectura estos días, en vísperas de Navidades: la magnífica —por bien documentada, de escritura amena y prolífica en el anecdotario, que nos ayuda a reconstruir con mejor precisión una personalidad poliédrica por definición— biografía sobre Paul Newman (1925-2008) firmada por Shawn Levy (Editorial Lumen, 2009), y los Cuentos completos de Robert Louis Stevenson (1850-1894) en una cuidada edición a cargo de Mondadori dentro de su imprescindible colección de «Grandes Clásicos» y con el valor añadido de unas ilustraciones a color en el debe de Alexander Jansson. Al tratarse de un personaje de la notoriedad de Newman, de la salida al mercado de este volumen inclusive se han hecho eco algunos canales de televisión en sus informativos, dejando entrever en su sucinta reseña, a vuela micrófono, que Levy desvela el «lado oscuro» del intérprete estadounidense. Haciendo gala del estilo que había impuesto años a publicaciones como Reader’s Digest, de la que la familia Newman (la de Ohio, no la de Newport, Connecticut, el fortín del rubio actor, automovilista y filántropo en sus años de madurez) era suscriptora, tal aseveración deviene un puro ejercicio de reduccionismo, a la caza y captura de un titular que justifique que un libro haya sido escogido para colarse de rondón entre las cuatro o cinco noticias que dan pie a la portada de un telediario. Claro que el redactor o redactora de turno que había realizado una lectura (muy) en diagonal para sacar un titular facilón podría calibrar que en el mismo saco del «lado oscuro» se situaba la desgracia de haber enterrado a su único hijo, Scott Newman, de una prole que sumaría un repóker de féminas nacidas de dos matrimonios. Ni Paul Newman ni su madre adoptiva, Joanne Woodward, ocultaron la verdadera razón del fallecimiento de Scott: la autopsia, con luz y taquígrafos, desvelaría que se trataba de una muerte provocada por la combinación de la ingesta de drogas, alcohol y algún que otro medicamento que, a priori, debía actuar como somnífero. Un cóctel fatal que arrebató la vida a ese angry young man llamado Scott —de raza le viene al galgo— y que sumió a Paul Newman en un doloroso proceso de autoinculpación por no haber sabido lidiar con sus compromisos paternales. Ya por aquel entonces, a finales de los años setenta —el deceso de Scott se certificó el 20 de noviembre de 1978—, la escritora Kathy Cronkite estaba realizando un trabajo de campo en torno a los hijos de famosos, explorando en la psique de unos seres privilegiados en lo económico pero que padecían carencias en el plano afectivo y/o bien en el desarrollo de su propia realización personal. Nell Newman, hermana del finado Scott, estuvo en la «agenda» de Cronkite, tal como relata Levy. Aunque de forma tardía, Nell pudo enderezar un rumbo que se intuía cercano al de Scott —coqueteó con las drogas— y, por suerte, quedaría fuera de la relación de nombres que el escritor judío enumera en una de las páginas de su voluminosa obra, a propósito de los hijos de celebridades vinculadas al audiovisual que perecieron, víctimas de suicidios, durante esa década y la anterior. Tan sólo en 1975 se registraron los suicidios de tres vástagos de famosos del celuloide o de la pequeña pantalla, a saber, Jonathan Peck —primogénito del gran Gregory Peck—, Jenny Lee Arness —hija del actor James Arness, que encarnaba al Marshall Matt Dillon en la popular serie Gunsmoke— y Dan Dailey III —heredero directo al trono familiar comandado por el intérprete versado en musicales de idéntico nombre y apellido—. Todo hacía pensar que ninguno de ellos pudo digerir «demasiado, demasiado pronto», como reza el libro autobiográfico que llegaría a ver publicado Diane Barrymore (retrato suyo a cargo de Spurgeon Tuker en el encabezamiento del post) antes de despedirse con una nota manuscrita —en 1960— de una vida cuya infancia había quedado arruinada a causa de la adicción a los estupefacientes del asimismo dipsómano John Barrymore, estrella del teatro y, a la sazón, hermano de Ethel y Lionel Barrymore, figuras que descollaban sobre los escenarios y en el celuloide. Padre e hija coincidieron en pantalla, pero encarnados por Dorothy Malone y Errol Flynn, en la que vino a ser una suerte de traslación de la obra autobiográfica de Diana Barrymore que se había ganado el favor de los lectores y con ello, el de los directivos de la Warner Bros. Dos años después del estreno del film se certificaba la «segunda» muerte de la hija de John Barrymore; su libro había servido, pues, para anticipar lo que parecía intuirse al corto o medio plazo. Para desgracia del buen nombre de una estirpe familiar repleta de artistas, Diana Barrymore inauguraría en los años sesenta la lista de ese «club de los suicidas», a la que sumarían nuevas víctimas en las sucesivas décadas con el denominador común de haber nacido en ambientes presididos por el lujo y el oropel, tan visibles como ese cinturón que les impedía levantar el vuelo sin tener la presunción que eran observados o comparados con sus respectivas celebridades paternales o maternales de la gran, pequeña o mediana pantalla. Cada una por separado representa historias recorridas por la tragedia al sesgarse vidas de jóvenes que, en algunos casos, apenas habían traspasado la frontera de la treintena. Poco que ver, por tanto, con la fina ironía que destila ese prosista militante de la Primera División de las Letras de Oro del siglo XIX llamado Robert Louis Stevenson, precisamente en cuentos como El club de los suicidas, que sirve de entrante de esa densa obra presta a ser degustada en su impecable edición en el haber del sello Mondadori.

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