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viernes, 3 de enero de 2014

«LAS MUJERES» (2013): DESCUBRIENDO A T. C. BOYLE, UN CLÁSICO CONTEMPORÁNEO


Una de las razones por las que Thomas Coraghessan Boyle (1948, Nueva York) —o para abreviar, T. C. Boyle— sigue siendo un autor poco conocido entre el público lector español resulta que su obra se encuentra dispersa por diversas editoriales. Por consiguiente, ningún sello ha sabido o podido “asociarlo” a sus respectivas colecciones. Llegados a este punto, cabe asimismo añadir que Boyle ha alternado indistintamente el relato corto con novelas la mayor parte de las cuales exceden al estándart habitual, sobrepasando con creces las trescientas o cuatrocientas páginas. De ahí que esas dos “identidades” literarias que convergen en el escritor estadounidense hagan aún más complejo si cabe su adecuación a un determinado sello editorial y, por ende, que el destino de su público tenga un sesgo determinado. Para empezar a recomponer ese puzzle editorial debemos remontarnos a finales de los años 80 con la publicación de una colección de cuentos de fuerte carga alegórica, Solo los muertos conocen Brooklyn (1988, Ed. Júcar), una pieza codiciada que cabría rebuscar en librerías «de viejo» o mercadillos de segunda mano. Un par de años después, Anagrama se hizo con los derechos pertinentes en aras a publicar El fin del mundo (1991), Oriente, oriente (1993) y El balneario de Battle Creek (1995), esta última aparecida en el mercado a rebujo del estreno de la adaptación al celuloide llevada a cabo por el británico Alan Parker. A punto de cruzar el umbral del milenio, un nuevo texto de Boyle orbitaría, en este caso, en la Galaxia Guttenberg, Música acuática (1999), la primera de sus novelas. Idéntica editorial ampararía la publicación de Encierro en Riven Rock (2000) y Un amigo de la tierra (2002). Mientras tanto, Boyle no paraba de acumular reconocimientos a escala planetaria. Pero en nuestro país su nombre seguía sin “posicionarse” entre los lectores. Random House haría su primera y única tentativa hasta la fecha con la puesta en circulación de Drop City (2004). El “maleficio” Boyle seguía sin romperse en el panorama editorial patrio. Una vez más, Impedimenta iría al rescate de un autor sin suerte en relación a lo que se había publicado en territorio español. En primer lugar, la operación de partida comprometía a un relato corto El pequeño salvaje (2012). Los resultados debieron resultar lo suficientemente esperanzadores para repetir jugada, aunque con una pieza de gran formato, Las mujeres (2013) —con una traducción inmaculada en el debe de Julia Osuna Aguilar una novela de las dimensiones de las obras literarias del siglo XIX de las que Boyle sería un conpiscuo lector, a la par que contribuiría a cimentar su rocosa prosa, hilvanada de expresiones que persiguen un efecto un tanto ornamental pero también dispuestas o ofrecer una mácula de calidad indiscutible.    

Perteneciente a la Generación de escritores angloamericanos nacidos durante o en los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial —Richard Ford, Ian McEwan, Pete DexterJohn Irving, etc. —, T. C. Boyle exhibe músculo literario en una propuesta que especula sobre la vida de Frank Lloyd Wright (1867-1959)en una mirada administrada bajo la luz de las cuatro mujeres que estuvieron cerca de él en distintas fases de su existencia. Quinientas cuarenta páginas que valen su peso en oro por lo que compete a la definición de un estilo que concede poco margen a lo vulgar; su prosa es sencillamente un portento de elegancia en las formas. Boyle desbroza el entramado dramático que computa en cada una de los partes de la novela —«Olgivanna», «Miriam» y «Mamah»— con precisión quirúrgica, tomando la voz de un narrador —la del hijo oriental de Wietro San (su otro nombre)— que traba un relato a lo «Ciudadano Kane». Al correr de las páginas, Boyle crea una tela de araña de la que el lector ya no puede abandonar si ha “superado” una cuarta parte del relato de una existencia, la de Frank Lloyd Wright, quintaesencia de una megalomanía que no conoce fronteras, en que la dicotomía sobre el individualismo-sociedad, del poder y la humildad, el sacrificio profesional y el compromiso familiar no se resisten a ser abordados en cualesquiera de sus tramos. Una obra que muestra a las claras que Boyle ha tendido un puente definitivo con la alta literatura, el que le consagra como un escritor clásico, capaz de arbolar una narrativa majestuosa en cada línea de texto, en cada párrafo. Las mujeres mira de igual a igual a piezas literarias que han servido de fuente de inspiración para este superdotado de la escritura y saber soltar lastre en comparación a algunas de sus anteriores obras —en particular, El balneario de Battle Creek, sobre la base de “auditar” la vida de otro excéntrico venido del siglo XX, el doctor Kelloggs—, demasiado habitadas por un ejercicio de retórica que prometían más de lo que en verdad ofrecían. El de Las mujeres, intuyo, puede ser el punto de inflexión para que de una vez por todas T. C. Boyle deje ser sinónimo de fruncir el ceño entre el público lector de habla hispana. Por sus obras le conoceréis y este relato aventurado a destruir el Mito de un arquitecto de alcance internacional, no es más que la prueba fehaciente del magisterio de Mr. Boyle, un neoyorquino con apariencia de irlandés, de mirada aviesa y generosa frente, capaz de almacenar infinidad de expresiones literarias que, a la postre, han redundado en un texto sublime como pocos en el contexto del siglo XXI.   

domingo, 7 de octubre de 2012

«CAÍDA Y AUGE DE REGINALD PERRIN» de DAVID NOBBS: ORDINARIA LOCURA


En su autobiografía, publicada por Arrow Books bajo el irónico título I Didn’t Get Where I am Today (2004) («no consigo saber donde estoy hoy») David Gordon Nobbs dedica, una vez salvado su periodo de aprendizaje final, además del motivo de portada el capítulo más extenso a The Fall and Rise of Reginald Perrin. Se trata de la obra literaria que le dio relieve artístico y cierta prestancia económica, y a la que dedica cuarenta páginas de sus memorias para ofrecer un relato fidedigno de cómo se coció una pieza de estas características. Bajo una fachada humorística se encuentra una despiadada lectura de la condición humana y más concretamente en el Homo sapiens británico, generador entre su “tribu” de brillantísimas figuras dentro de la música, de la ciencia o de la política, entre otras muchas disciplinas, pero asimismo de un perfil de individuos amparados en la mezquindad, en el sentimiento de superioridad (referida sobre todo a las capas sociales) y en una idea de la tradición familiar que se perpetua de generación en generación. Con su habitual sentido del olfato afinado cada vez en esas Islas Británicas rebosantes de talentos literarios aún por descubrir en nuestros lares, Impedimenta ha publicado Caída y auge de Reginald Perrin (1975), la primera de una serie de novelas escritas por Nobbs, focalizadas en un pintoresco personaje que evidencia su torpeza cuando intenta “reinventarse” bajo una nueva identidad, pero que al cabo computarán varias más. Trescientas cincuenta y siete páginas que se devoran con fruición al combinar su autor la sátira social en otra muestra del valor de la tradición británica y el relato humorístico con un lenguaje preñado de brillantez expresiva y, al mismo tiempo, de una vitriólica mirada sobre lo que envuelve la triste realidad de nuestro “antihéroe”. Desde el primer párrafo, Nobbs suelta amarras y deja caer un torbellino de frases delirantes: «Cuando Reginald Iolanthe Perrin se dispuso a salir para el trabajo aquella mañana de jueves, no entraba en sus planes llamar hipopótamo a su suegra. Nada más lejos de su pensamiento». Podemos abrir la novela por la mitad y encontramos a un lado la descripción del mundo de Reginald Perrin vestido de tonalidades grises, en que millares de lectores británicos debieron reconocerse en el personaje que poco más tarde representaría Leonard Rossiter (una excelente elección) en una serie de veintiún episodios auspiciada por la BBC, y el que da crédito a su nueva vida marcada por el punto de inflexión que representa su desaparición mar adentro. En el ecuador del relato nace la raíz de una leve intriga detectivesca que queda abortada por la incapacidad de un par de investigadores por sacar conclusión alguna sobre la hipotética identidad con la que actúa en la vida civil de regreso de la “muerte”— el otrora empleado de una fábrica especializada en la producción y distribución de postres. De Felpudo Coco Perrin pasa a autodenominarse Charles Windsor, pero pronto la evidencia de su charada le conduce a hacerse pasar por sir o Lord Wensley Amburst, Jasper Flask y el signor Antonio Stifado. Los capítulos finales se reservan para un giro narrativo (que evidentemente no desvelaré) de puro delirio, en que las dobles lecturas ganan prestancia en esta notable propuesta literaria aferrada a un sustrato humorístico refinado con una proverbial facultad de Nobbs con combinar lo mundano, lo coloquial (abundan las expresiones de este sesgo que la traductora, Julia Osuna Aguilar, ha tenido que afinar para ofrecer una pátina de “modernidad” a los ojos de las generaciones de lectores más jóvenes) con un proverbial sentido descriptivo que no orilla el valor de una cierta carga poética.
   En esta nueva cita con la literatura británica, Caída y auge de Reginald de Perrin concuerda con su bien ganado prestigio de una obra de culto en suelo inglés, armada para que nos pueda privar inclusive de horas de sueño, a cambio de seguir encarando la vida con las dosis de humor necesarias para soportar el peso del Apocalipsis económico-financiero que se nos avecina, a tenor de los imputs recibidos a lo largo del día. Esperamos con fruición la línea sucesoria de andanzas de un atribulado Reginald Perrin de la mano de Impedimenta, que coloca un nuevo autor descubierto en nuestro país en su particular casillero de aciertos... Un autor más que sumar, pues, y un deseo expreso porque se multipliquen los lectores en el conocimiento de escritores de la categoría de Nobbs, un talento que aún sigue dando guerra, a propósito de su recientemente publicado It had to Be You (2011), ya despojado del inefable Reginald Iolanthe Perrin, al que enterraría hace tiempo haciendo “honor” a las siglas que conforman su nombre y apellido (R. I. P.)