En un reciente viaje a Roma me
dejé acompañar por La Antártica empieza aquí, de Benjamín
Labatut (n. 1940), un escritor del que apenas conocía referencias en función de algún que
otro premio recibido en un pasado reciente. En el viaje de vuelta en avión, al
completar la lectura de La Antártica empieza aquí (2010) reparé en el hecho que
hay libros especialmente indicados para formar parte del «equipaje» mientras
visitas países, ciudades que escapan a tu conocimiento cotidiano. Libros que
hacen «frontera» con la realidad, que no tratan de corregirse por los senderos
trillados de lo meramente descriptivo, sino que «interpelan» al lector, lo tratan
de mantener en guardia hasta el último aliento, léase postrera página,
en que el autor puede sorprendernos con alguna referencia literaria, un juego
de palabras o la presencia de una figura (re)conocida en un contexto que
difícilmente hubiésemos podido imaginar o intuir. Este es el caso de La antártica
empieza aquí, una pieza literaria segmentada en siete relatos cortos que su
autor, Benjamín Labatut —nacido en los Países Bajos y educado en Chile, aunque de
«espíritu» un tanto apátrida—, ya deja entrever una pasmosa facilidad para
trazar pinceladas de personajes situados en la orilla del Sistema, ya
sea de una manera involuntaria o voluntaria, como ocurre con Dionisio Ramón
Emilio Valdés Amaro, en arte Bebo Valdés (1918-2013), el músico cubano que pasó
largas temporadas en el viejo continente antes de emprender regreso a su Cuba
natal. En tránsito a participar en una gira con una banda de jazz por el infinito
territorio ruso, el protagonista del relato «Alfredo en cama» entra en
contacto con Bebo Valdés en la capital de Islandia. Así pues, Reyjkavik es el
escenario de un encuentro tan extraño como muchas décadas antes había sido el tour
de force librado entre los ajedrecistas Boris Spaski y Bobby Fisher en
las gélidas tierras islandesas. En esta ocasión, la partida (literaria) se
juega entre el joven Alfredo —ausente de las aulas en su adolescencia y primera
juventud al recibir la llamada de la música, seducido por el sonido del
saxofón en su Chile natal— y un Bebo Valdés que puso tierra de por medio,
abandonando a sus cinco hijos y a su esposa caribeña, e instalándose en Europa
junto a su pareja de ascendencia nórdica. Alfredo recibe los consejos de Bebo
como si de un mentor se tratara. Se trata de una relación que se intuye conforme
a un guiño a la propia realidad experimentada por Labatut, quien iría
pergeñando su primera obra literaria bajo el ala protectora de Samir Nazal
(1930-2008). Lo paradójico razona en que Nazal, el guía de Labatut en su
etapa en que debían abundar las dudas y de los temores sobre su verdadero fuste
como escritor, murió dejando una obra inédita guardada en cajas. A la salida a
la «luz» de este material que hasta entonces había permanecido inédito —con un
título que ya apunta a un ejercicio de «reconstrucción»: Pastizales del
espejismo (2019)— le seguiría al año siguiente, en plena pandemia, Un
verdor terrible (2020), escrita por el «protegido» del profesor, bibliófilo
y librero chileno. En fechas muy cercanas a la nominación a los premios Booker
Award por Un verdor terrible, llegaría al mercado editorial la tercera
de las obras de Labatut, La piedra de la locura (2021). Transcurrido un
lustro desde entonces, Anagrama regresa sobre los pasos de Labatut para
publicar, dentro de Panorama de Narrativas Hispánicas, su opera prima,
en que se dan cita en sus distintos relatos, además del músico Bebo Valdés, entre otros
muchos Spencer Tunick (el fotógrafo de los «desnudos en masa») —aunque sin ser
citado en la pieza «Club de campo»—, John Milton —al evocar a Los paraísos
perdidos en «Alfredo en la cama»— y Roberto Bolaño (1953-2003), el escritor
chileno que se sitúa entre los autores preferidos del que lleva camino
de convertirse en un referente literario en las próximas décadas gracias sobre
todo a la asunción de una capacidad de experimentación en el uso del (meta)lenguaje.

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