sábado, 28 de agosto de 2010

A 700 METROS BAJO TIERRA Y A POCOS CENTÍMETROS DE LA LÓGICA

Constantemente nos podemos interrogar cuál es el límite real del ser humano en condiciones que pueden penetrar en el territorio de lo imposible para el común de los mortales. Inmediatemente después de conocer la noticia de los treinta y tres mineros atrapados en unas dimensiones muy reducidas en el subsuelo de San José, un punto en la región de Atacama situada a unos setecientos kilómetros de Santiago de Chile, me sobrevino al pensamiento que esta experiencia podría guardar enormes paralelismos cuando se de luz verde al envío de tripulación humana a un planeta tan remoto, pongamos por caso, como Marte. Muchos psicológos se han apresurado a señalar que el largo tiempo de espera hasta poder ser sacados a la superficie se crearán tensiones insoportables, máxime cuando pesa sobre ellos la espada de damocles en forma de necesidad imperiosa por seguir un régimen estricto que les permita pasar por un agujero de casi un kilómetro de largo y setenta centímetros de diámetro. Para algunos, la noticia en sí misma obedece al capítulo de las desgracias, una más de tantas que acechan de contínuio a la población humano. Pero comparto con aquellos que la experiencia de estas treinta y tres personas atrapadas en una mina que ha quedado sepultada, puede servir a los intereses del desarrollo aeroespacial si algún día de la presente centuria se nos brinda la oportunidad de caminar sobre la superficie del planeta Marte. Calibramos que el viaje que puede durar dos años de la tierra a Marte sea uno de los grandes inconvenientes hoy en día, pero no el mayor de ellos. En realidad, si pensamos en una situación factible en la que varios astronautas tienen que ser rescatados en una estación espacial donde las reservas de alimentos y de oxígeno son limitadas, el tiempo de reacción para proceder a su evacuación podría ser asimismo de noventa días. Desde mi modesta apreciación, creo que la verdadera vía de salvación para esta treintena de mineros pasa porque una, a lo sumo, dos personas ejerzan un papel de liderazgo, inculcando al resto que en relación a los astronautas ellos no se sitúan a millones de kilómetros del planeta tierra ni tampoco deben atravesar las distinas capas que conforman la atmosfera y que dependiendo de la velocidad de entrada de la nave o cápsula espacial podría conducir a su desintegración. Setecientos metros separa la vida de la muerte. Setecientos metros que pueden resultar irrelevantes para alguien que esté prisionero de un sentimiento de angustia y desesperación, pero confiemos en que habrá hombres capaces de gestionar una situación sumamente extrema, quizás colocando sobre el tapete ejemplos de las proezas libradas no tan sólo por astronautas en la Era espacial sino por portentos de la naturaleza como Ernest Henry Shackleton, el expedicionario inglés que salvó a parte de su tripulación con su heoicidad y tesón, aplomo y perservancia. No estaría de más que en esos tubos cilíndricos (las palomas) donde se colocan cápsulas que contienen alimentos, velas, medicamentos y demás utensilios se incluyera algún librito que hablara en primera persona de las proezas de Shackleton, Reinhold Messner y un largo etcétera. Por parte de aquellos que estuvieran coordinando los trabajos de rescate no estaría de más replantearse la conveniencia de perforar un túnel con un agujero de mayor diámetro. Si ya en sus años mozos, Franklin Lobos, siendo jugador de la selección chilena, lucía amplitud de caderas, me temo que su figura no se estilice hasta tal grado que pueda penetrar por una cavidad de setenta centímetros de diámetro. Solo la idea de un estrepitosos fracaso por este y otros factores que competen tanto a lo psíquico como lo físico, debería suponer un duro mazazo para aquellos que tienen puesta la mirada en el espacio exoterrestre. El ojo de halcón de la NASA seguro que se ha posado en aquel rincón del hemisferio sur. Si el ser humano es incapaz de sacar con vida a treinta y tres hombres aislados en una cámara de treinta metros cuadrados a menos de un kilómetro, poca o nula credibilidad me merecerán esos embaucadores que, a costa, del erario de los gobiernos del Primer Mundo, siguen elucubrando la posibilidad de conquistar Marte. Deben leer mucho a Isaac Asimov, Robert Henlein o Arthur C. Clarke, pero poco los periódicos en su sección de sucesos y de crónica social. Sencillamente, no tocan de pies a tierra y prefieren dejarse seducir por ese espacio ingrávido, contemplando a cielo abierto unas estrellas tan próximas pero que, en verdad, se sitúan a distancias siderales. Claro está que esos embaucadores que dirigen o asesoran programas espaciales saben que sus pronósticos se van a ir al agua en menos que canta un gallo. Pero mientras tanto van trampeando la situación y saben que, al corto espacio (medido desde la escala terrenal), tienen asegurada una suculenta pensión. Eso sí, por el camino han propiciado dilapidar infinidad de millones con partidas tales como crear una silla especial (made in Spain, of course) que mide el grado de deterioramiento del organismo humano (en concreto, la osteoporosis) por efecto de una hipotética estancia en Marte por tiempo prolongado cuando ni tan siquiera se sabe cómo diantres podrían volver a la tierra. Con el coste de esa silla especial, por el contrario, se podría sufragar el de una perforadora capaz de hacer un diámetro para que cupiera el cuerpo de una persona de complexión gruesa. Setecientos son los metros que separan la vida de la muerte, pero, al final, la cosa puede depender de unos centímetros. Quizás se trate de los mismos cuatro centimetros de los que deben carecer en su parte frontal —lo que cubren la distancia entre las cejas y la línea de raíz del cabello— aquellos que han montado un operativo con tanta buena voluntad como incapacidad de razonar al dictado de la lógica. Nunca los «milagros» han tenido en cuenta tanto las medidas decimales. En cualquier caso, valga este post para rendir tributo a esos treinta y tres «héroes» de la «Estación lunar» de San José, Atacama. Verlos con vida será la mejor noticia para sus familias y un alivio para la humanidad en esa conquista de un espacio soñado más allá de la Luna, The Dark Side of the Mars

domingo, 22 de agosto de 2010

JAVIER MARÍAS Y LOS CABALLEROS DE LA MESA «REDONDA»

Para su envestidura en la Real Academia de La Lengua con el fin de ocupar la letra «R» que había quedado vacante, el escritor Javier Marías (Madrid, 1951) hizo gala de su erudición al citar a Robert Louis Stevenson para luego sintetizar su parecer en torno al arte de escribir: «es imposible narrar acontecimientos reales; solo puedes contar un montón de historias verdaderas sobre algo que jamás haya ocurrido, algo inventado e imaginado». Dejemos, pues, volar la imaginación por un momento y pensar qué tal sentarían unos premios literarios si, en lugar de ser distinguidos con unos bienes crematísticos se retribuyera al galardonado con un título nobiliario. En esta concesión de títulos de alcurnia se cuidaría el linaje de su destinatario hasta armar un cuerpo de figuras que descollaran en distintas disciplinas artísticas y, de tal guisa, conformar una suerte de «hermandad» de la cultura diseminada por distintos rincones del planeta. Toda una premisa a seguir, sin duda, para alguien con alma de escritor que haga de lo soñado su refugio inviolable. Por obra y gracia de John Wynne Thyson, Javier Marías se vio involucrado a partir de 1997 en una rocambolesca historia que cumple fehacientemente su máxima sobre la literatura. Suena a realidad inventada, pero como narra el propio Marías en su página web (http://www.javiermarias.es/) esa idea que podría vestirse en forma de premisa para una hipotética novela, se dio gracias a un mar de coincidencias. Presto a abdicar de sus compromisos como garante de los derechos del Reino de Redonda, Wynne Thyson hizo a Marías depositario de los mismos sin, al parecer, que terciara transacción económica de por medio. Digamos que Marías cumplía ciertos requisitos para ser depositario de tal distinción, que remito a los interesados a la lectura de la susodicha página web. El primer propietario habia sido Matthew Phipps Shiel(l) (1865-1947), nativo de la isla de Montserrat, quien movido por su figura paterna, Matthew Dowdy Shiell, se hizo acreedor del Reino de una isla diminuta por donde peregrinaban corsarios y piratas con el propósito de ocultar sus tesoros o hacer un alto en el camino. Matthew Phipps accedió al trono en su adolescencia y, al cabo de muchos años, convencido de que su horizonte vital empezaba a nublarse legó el título a su discípulo John Gansworth, así como los derechos de autor de su prolífica obra. Hay pocos asuntos tan perniciosos para un aspirante a escritor que los de gestionar la obra de otro escritor, de tal manera que Gansworth pronto se plegó a una vida licenciosa, expidiendo certificados de reinados a trote y moche desde su centro de operaciones, esto es, unos cuantos pubs sitos en Londres. Mientras sostenía la pinta en una mano con la otra daba validez a documentos relativos al Reino de Redonda que tuvieron distintos receptores, lo que se llamaría una estafa en toda regla. Marías, quizá movido por la idea de que la renuncia al título pudiera acarrear de facto su expulsión del reinado de los escritores que se saben universales —Henry Miller y Dylan Thomas, entre otros, habían sido agraciados por parte de Gansworth con semejante distinción cuando las urgencias económicas aún no le atosigaban en demasía; más tarde la cosa derivaría hacia otros terrenos...—, aceptó el Reino de Redonda en las postrimerías del siglo pasado. A lo largo del primer lustro del presente siglo Marías pareció dedicido a que el Reino no cayera en desgracia y tuvo la brillante idea de expedir, a su vez, Duques y Duquesas de Redonda entre distintos colegas de profesión —A. S. Byat, Arturo Pérez Reverte, Ray Bradbury, Eduardo Mendoza, etc.— pero también a cineastas —Pedro Almodóvar, Francis Coppola (un Reino con segundas o terceras lecturas: el de Megalópolis), Agustín Díaz Yanes,...— con el ánimo de crear una «hermandad de la intelectualidad». Me temo que con las obligaciones que comporta su puesto en la Real Academia de la Lengua, su columna semanal en El País y el dar cabida a la confección de sus propias obras, al bueno de Javier Marías poco fuelle le debe quedar para seguir manteniendo en alto la antorcha del Reino de Redonda. Parte de estas obligaciones parece cumplimentarlas con la confección desde 2000 de una editorial que toma su nombre. En la misma se han publicado algunas de las obras de M. P. Shiel, como La nube púrpura (2005) —una de las primeras propuestas de la novela llamésmola contemporánea que toma un escenario postapocapílptico; el primer tenedor del Reino de Redonda había tomado la delantera a Cormac MacCatrhy y su La carretera hace más de un siglo— y una compilación de cuentos fantásticos bajo el genérico La mujer de Huguenin (2000). Lo bueno del caso es que a Marías la aceptación del Reino de Redonda de manos de Wyte le ha comportado que se despreocupara sobre los asuntos relativos a los derechos de autor de Shiel dado que todo iba en el mismo «paquete». Una jugada redonda, sin duda, para el escritor madrileño que más de una tarde habrá contemplado un cielo cubierto de nubes de color púrpura en su voluntad por rendir tributo al escritor cuya huella permanece adherida a la superficie de ese Reino bañado por las cálidas aguas de las Antillas.

domingo, 15 de agosto de 2010

BÁSKET Y CINE: MIEDO A LAS ALTURAS

En vísperas de celebrarse el campeonato del mundo en Turquía de uno de los deportes que concilian mejor con mis gustos personales, el básket, el reciente estreno en salas comerciales de Jugada perfecta (2010), a buen seguro, refrendará por enésima vez el pésimo «matrimonio», a efectos de taquilla, que conforman el deporte de la canasta y el cine proyectado en la inmensidad o en la modestia —los tiempos mandan— de las salas de nuestro bendito país. Huelga decir que el béisbol y el rugby —los otros deportes «Rey» en los USA— transferidos a la gran pantalla pocas veces han gozado del beneplácito de los espectadores españoles, pero extraña que el básket que ha tenido una creciente implantación —con sus altibajos, of course— en la península no haya sido secundado por un cuerpo de producciones que hicieran creer en el maridaje entre un deporte cuyas reglas están en constante evolución/revisión y el cine. Más bien, si el trasfondo de la historia acontece en una cancha de básket, parece un argumento suficiente para dejar de acudir a una determinada sala ubicada en un multiplex o —largo me lo fiáis— en una gran sala que sirve como refugio para nostálgicos de una época que jamás volverá. Luego, eso sí, después de ver el blockbuster de turno, familias enteras se sienten atraídas por la efigie de algún jugador de tronío de básket que luce en los envases de los Burger Kings o de los MacDonalds situados estratégicamente a un tiro de piedra de la salida y/o de la entrada de los multiplex. Esa bebida carbónica o ese bocadillo de varios pisos parece saber mejor si va acompañada de la prominente sonrisa que esboza la estrella de la NBA en el candelero, pero pocas familias dan cancha a éstos cuando aparecen en un formato que agiganta aún más sus figuras que, en la mayoría de los casos, sobrepasan los dos metros de altura. Una elevada estatura que, por otra parte, ha jugado en contra de los intereses de las estrellas del Séptimo Arte, sitiéndose diminutas frente a esos tipos que cosecharon la gloria en los parkets y que, una pequeña porción, a la par o a posteriori hicieron sus pinitos profesionales bajo los focos de los platós. La lógica dictaba que sus papeles tuvieran correspondencia con su pasado o presente laboral —Shaquille O’Neal, el rutilante fichaje de los Boston Celtics este verano, compartiendo plano con su entrenador Nick Nolte en Ganar de cualquier manera (1994); Jim Wright, el ala-pivot del Obradoiro, confiado a la experiencia vital de Federico Luppi en La vieja música (1985), etc.—, pero los caminos cinematográficos son inexcrutables y, hete aquí que Richard Fleischer, por ejemplo, diera su beneplácito para que Wilt Chamberlain —el hombre que llegó a cien puntos en un partido NBA; salvo resucitar a Michael Jordan o que los Lakers jueguen exclusivamente para Cobe Bryant se me antoja imposible batir semejante récord estratosférico en el curso de esta era— apareciera ataviado de guerrero en Conan el destructor (1984), o Jerry Zucker y los Abraham Brothers  confiazaran a Karem Abdul Jabbar en Aterriza como puedas (1980) como cómico a tiempo parcial. El cine norteamericano de los 70 y principios de los 80 mostraría otros de los rostros populares de las pistas de básket, pero me imagino a los productores colocándose las manos en la cabeza cuando algún avispado intermediario hacía un ademán para anunciar la presencia de un tipo de altura que las pasaba canutas para traspasar el umbral de una sala habilitada para la ocasión. Casi por contrato, como Nicolas Sarkozy, estrellas del perfil de Tom Cruise, Paul Newman, Al Pacino, etc. debían o han debido convenir unas claúsula en la que esos gigantes del básket no tuvieran cabida en sus películas... No vaya a ser que les coloquen en su verdadera estatura o pongan en evidencia una corpulencia que quede en mantillas, como en el caso de Nolte frente a la mastodóntica presencia de Shaquille O’Neal (ver foto de encabezamiento del post) en Ganar de cualquier manera —burda traducción del original Blue Chips—, quien tentó nuevamente a la cámara con similar infortunio que el bad boy de los Detroit Pistons, Dennis Rodman en Double Team (1997), o Alex English, el fino alero de los Denver Nuggets, en La voz del silencio (1987). Y así una larga lista de príncipes de la canasta que han visto en el cine más un puro ejercicio de frivolidad que un camino a la conquista de la dramaturgia... o de la comicidad. Para esta segunda vertiente los Harlem Globettroters podrían representar una cantera de aupa pero la cosa se ha quedado reducida a una película más o menos oficial, filmada por ese pequeño gran hombre de la dirección fotográfica, James Wong Howe, en la época que el básket empezaba a concitar un mayor interés en la televisión pública hispana. Un periodo en que empezaban a forjarse esas leyendas del baloncesto, empequeñecidas hoy en día por la «Generación de Oro», aquella en la que luce en lo más alto del mástil el insigne Pau Gasol, a quien actuar ante la cámara no se le da tampoco nada mal. Véase su episódica intervención en un capítulo de CSI para darnos cuenta que desde las alturas se puede actuar... pero también que los directores se vuelven majaras al componer los planos. Argumentos más de peso para que los pivots de la cinematografía y de la televisión queden fuera de plano y que las plazas de aleros o ala-pivots se reserven a actores profesionales del estilo de Jeff Goldblum —los 2,07 m han hecho mella en su progresión; las réplicas en forma de Geena Davis no abundan—, Tim Robbins o John Cusack.

domingo, 8 de agosto de 2010

BEN KEITH (1937-2010): ADIÓS AL «LUGARTENIENTE» DE NEIL YOUNG

Stray Gators, un grupo creado en el marco del sinfín de sinergias que se dieron en la ciudad de Nashville a finales de los años sesenta, con toda probabilidad no pasará a los anales de la historia de la música como tal. Pero no puede decirse lo mismo de algunos de sus miembros, en especial para un par de ellos que fueron vitales para el desarrollo de la carrera artística de Neil Young: Jack Nitzsche y Ben Keith. Nacidos ambos en 1937 —algún día se debería hacer un pormenorizado estudio estadístico que dejaría este año, a buen seguro, como uno de los más productivos en cuanto a alumbramientos de artistas en los USA en la pasada centuria—, lo paradójico del caso es que Nitzsche, el pianista de la banda, había sido el principal «benefactor» de Young cuando éste trataba de trazar una carrera en solitario fuera de los dominios de Buffalo Springfield, una formación de vida efímera que podría decirse, murió de éxito. Pero antes de «expirar» BS dejaría joyas del calibre de Expenting to Fly —incluída en el álbum Buffalo Springfield Again (1967)— para la que Young contaría con la inestimable colaboración de Nitzsche en calidad de arreglista, quien no cejó en su empeño hasta dar la forma y ofrecer el tono justo a una canción que ha resistido como pocas de la cosecha de la banda californiana las embestidas del paso del tiempo. Otra cosecha, la del ‘72, sería la que marcaría el punto de partida de una larga y prolija asociación entre Ben Keith, steel guitar de los Gators, y el «canadiense de oro». Presumiblemente concentrado en menesteres que no pasaban por seguir al dedillo la ejecutoria profesional de los front man o «espíritus» musicales en alza de la costa Oeste de los Estados Unidos, Keith acudió a la cita de las sesiones de grabación de Harvest con la certidumbre que Neil Young no había acumulado trabajo alguno como solista, y su conocimiento sobre él lo fiaba a los ecos que le llegaban en torno a la superbanda Crosby, Stills, Nash & Young. Por aquel entonces, Ben Keith trabajaba en una longitud de onda distinta a la que se cocía en las soleadas costas californianas, habiéndose forjado al frente de la banda de nombre tan poco sofisticado como A Team, en consonancia directa con las hechuras de cuarteto que aspiraba a modelarse en la tradición del blues y del jazz, a modo de bastiones de la música que se estilaba en los locales de Nashville. Para Keith, el primer golpe de suerte había llegado tiempo atrás cuando participó en la elaboración del tema I Fall to Pieces, cantado por Patsy Cline, convirtiéndose de la noche a la mañana en un hit casi con la misma celeridad que lo haría treinta y cuatro años más tarde cuando produjo el álbum de debut de Jewel, Pieces of You (1995), encaramado en las listas de obras musicales más vendidas a las pocas semanas de su presencia en tiendas. Su puntual unión con Cline le abriría las puertas del sector musical y le retuvo durante toda una década en Nashville. Pero la entrada de Young en su vida personal y profesional trastocó todos los planes de Keith por echar raíces en la tercera ciudad que había residido, descontando su Fort Riley (Kansas) natal, y Kentucky. La siguiente y definitiva parada sería a unas decenas de kilómetros de San Francisco, donde Neil Young concibió el rancho Broken Arrow, su comunidad orlada de hippies, pero con los bolsillos bien llenos merced al aclaparador éxito de Harvest y lo que estaría por llegar. La resaca de aquel éxito condujo a operaciones que desataron todo tipo de excesos y de la que resultó especialmente damnificado el tour de Time Fades Away (1973-1974), en el que tuvieron parte activa los Stray Gators. De aquella pesadilla de gira quien saldría reforzado sería Ben Keith, quien acabaría convirtiéndose en uno de sus más fieles colaboradores de Neil Young. Citar la lista de álbumes o CD’s de Mr. Young en los que aparece en los créditos principales Ben Keith es tanto como reseguir lo más granado del canadiense en el curso de cuatro décadas, con especial distinción para Old Ways (1985) y Silver & Gold (2000), dos de las obras que reivindico sin ambajes en el libro que escribí el año pasado con un subtítulo, La leyenda desconocida, que podría extrapolarse a esta figura señera de la música llamado Bennett Keith Schaeufele, artísticamente, Ben Keith.
La escasez de perfiles o reseñas que ha generado la muerte de Ben Keith no puede por menos que moverme a la desazón por cuanto la importancia de éste ha sido considerable en la evolución de la obra de uno de nuestros —me refiero a efectos de la humanidad— grandes nombres de la música contemporánea: Neil Young. Bien es cierto que esa condición de multiinstrumentista de Keith quedaría eclipsada al afrontar el puesto de «lugarteniente» de Young en una lista amplia de piezas grabadas en estudio y, de esta forma, dejar poco espacio para sus «creaciones» personales —To a Wild Rose (1984) y Seven Gates: A Christmas Album by Ben Keith and Friends (1994), una relectura de temas tradicionales y mainstreams relacionados con el motivo navideño— o quedar en un segundo término sus contribuciones para estandartes de la música como Ringo Starr, J. J. Cale, Emylou Harris, Linda Ronstadt o Todd Rundgren. Ese «comodín» del que Young extrajo el máximo partido, le valdría para amueblar sus propuestas creativas con el sonido de la pedal steel, instrumento del que Keith era un consumado especialista, sin menoscabo a su dominio de la steel guitar, y los respetos que merecía cuando se colocaba frente al piano o incluso cuando no tuvo reparos en tocar el saxo alto en la grabación con los Blue Notes de This Note's for You (1988), que representaría una vuelta al pasado, rememorando su paso por A Team.
Presumo que el deceso de Keith ha despertado en Neil Young una tristeza tan honda como la que le había generado en su día la pérdida del productor David Briggs. Winnipeg, la ciudad de adopción de Neil Young, sirvió de marco para calibrar la toma de temperatura de ese corazón nuevamente herido del canadiense. Su Old Man tocado en fechas recientes no tuvo el propósito de acudir a la memoria de su vecino de Broken Arrow Louis Avella, para quien había escrito las letras de esta emotiva canción; lo hacía desviando el pensamiento para ese músico con mayúsculas que supo de motu proprio que la vida tiene fecha de caducidad. Su contribución, como la de tantos músicos anónimos, no puede por menos que estamparse en un visado para la eternidad. Gracias Ben, Old Man. Descanse en paz.

viernes, 30 de julio de 2010

TOREANDO A LA VIDA: ABOLICIONISMO VS FIESTA NACIONAL

Escuchando Carrusel Deportivo, el programa futbolero por antonomasia de las tardes del domingo, un periodista abordó a «Mágico» González, y le preguntó sobre una corrida de toros, resabiado que al delantero del Cádiz CF se mostraría entusiasmado con la Fiesta Nacional que tendría en la Tacita de Plata uno de sus reductos con mayor solera en Andalucía. Pero la respuesta de aquel fino estilista salvadoreño del balompié fue de lo más imprevisible: «Soy más toro que torero». El periodista de marras salió con el rabo entre las piernas y devolvió raudo la conexión a los estudios centrales. Desde aquel momento no he podido encontrar una mejor definición o postura en relación a la práctica del toreo y, por consiguiente, la decisión de la abolición de la denominada Fiesta Nacional en Catalunya, aprobada en el Parlament el pasado 27 de julio, guarda un poso de satisfacción en lo personal por mi formación netamente humanista, que pasa por evitar, en la medida de lo posible, el sufrimiento injustificado a los animales. Pero todo ello no debe tapar o esconder que la decisión tomada en el Parlament forma parte de una estrategia política perfectamente diseñada y delimitada por las fuerzas nacionalistas catalanas en el afán de allanar un camino expedito hacia la independencia. Esa estrategia pasaba inexorablemente por llevar a cabo la derrota de un símbolo del españolismo por excelencia como la fiesta taurina. Una fiesta milenaria que en territorio catalán se tambaleaba hasta el punto de parecerse a una figura moribunda... En lugar de su muerte natural, empero, se ha optado por una estocada definitiva, que tiene ya fecha de caducidad: el 1 de enero de 2012.
A diferencia de los que pronostican una lenta pero firme segregación entre Catalunya y el resto del territorio español, sirviendo el asunto de la abolición de las corridas de toros como elemento catalizador, mi pensamiento va en otra dirección. Esa maniobra orquestada en la oscuridad por Convergència i Unió (CIU), Esquerra Republicana (ERC) e Iniciativa per Catalunya (IC/Verds), con la suma de algunos «disidentes» del Partit dels Socialistes (PSC), ha sido una suerte de pataleta en respuesta al dictámen del Tribunal Constitucional que ha «desnaturalizado» algunos artículos de l’Estatut por no ajustarse a derecho. En el horizonte del invierno de 2012, cuando se escenifique el fin de Fiesta, no serán pocas las fuerzas políticas, culturales —Ómnium a la cabeza— y/o impulsadas por la sociedad civil en general que traten de sacar rédito de la situación, buscando nuevos frentes paras evidenciar las diferencias existentes de base entre Catalunya y lo que entienden por España. Sinceramente, para alguien que ha vivido en esta parte del Mediterráneo desde que nació, al margen del parecer que pueda despertar el sentimiento en torno a las corridas de toros y la cuestión lingüística —por muchos factores correctores que haya a favor de la lengua que hablo habitualmente tan sólo cabe fijarse en una realidad apabullante: el español es la tercera lengua más hablada en todo el mundo— la razón de ser de una separación de territorios entre Catalunya y el resto del estado español no se sustenta más que en la mente de nacionalistas que se retroalimentan de este sentimiento como único motor que da sentido a sus vidas. Ese patriotismo españolista rancio que critican no deja de ser el espejo de un nacionalismo a ultranza en defensa de una identidad catalana que promulgan a los cuatro vientos sin querer darse cuenta que su «código genético» es prácticamente idéntico que el de los habitantes allende del río Ebro. Pueden variar el orden de la secuencia de la cadena de algunas «bases», pero en su conjunto las diferencias son imperceptibles: catalanes, vascos, gaditanos, onubenses, vallisoletanos, madrileños o albaceteños seguimos encarando nuestras existencias con el pálpito que algún día nos tocará la lotería; consideramos a la clase política como un mal necesario; nos seguimos encandilando frente al televisor cuando se celebra el enésimo Partido del Siglo del planeta futbolero y un largo etcétera de lugares comunes. Salvo que alguien me haga ver otra realidad, la población catalana no demuestra un inusitado entusiasmo por los programas culturales del 33 (algunos programas de gran calidad tienen audiencias paupérrimas) —el equivalente a la 2 en territorio hispano—, ni tiene una mayor receptividad por la lectura ni cuando acude a las discotecas se plantan para que toque la Filarmónica de Berlín en detrimento del dj de turno con su repertorio de sonidos etéreos y machacantes. Pero ya se sabe que los políticos se agarran a un clavo ardiendo y para justificar el color de sus partidos hacen bueno el aforismo que dijo alguien que buscó inspiración para uno de sus más célebres libros durante su estancia en Catalunya —en calidad de brigadista—: «todos somos iguales, pero unos más iguales que otros». George Orwell dixit. Una igualdad que se viste con el traje de luces de confusión con el propósito de cambiar nuestro orden natural. Como los escaladores que buscan cualquier resquicio de la pared, para aferrarse con los dedos en forma de tentáculos o ventosas, los nacionalistas escudriñan esas grietas en las que filtrar un discurso vehemente. Para un servidor, lo aprobado en el Parlament es un triunfo de los defensores de los animales que siempre han sido conscientes que su lucha ganaría un impulso descomunal si se daba vía libre a la abolición de las corridas de toros. Salvo honrosas excepciones, a la clase política catalana no les guiaba sus principios veganos en esa jornada sino más bien los principios dictados por Marshall McLuhan: «el fin justifica los medios». Esos medios se los puso en bandeja una propuesta abolicionista surgida de una iniciativa popular que pilló con la guardia baja a los amantes de la Fiesta Nacional. Como diría un cronista avezado en el arte de la tauromaquia, esos toreros que lucen su gallardía y valentía en el ruedo frente a murlacos que les alcanzan hasta la altura del cuello fuera del mismo se muestran mansos en la defensa de un oficio de inveterada tradición. A partir de ahora ni una doble verónica les salvará de asistir al sepelio al pasar la última página del calendario de 2011. Brindaremos por ello, aunque la celebración habrá quedado un tanto aguada por ese oportunismo en forma de vendetta a la que se han acogido buena parte de sus dirigentes políticos catalanes. No puedo dejar de confesar que me hubiera gustado otro final más limpio para la Fiesta en suelo catalán, en consonancia con la nobleza del toro bravo, el único animal que me despierta compasión sobre el ruedo. Los unos lo hacen de forma voluntaria; los otros obligados colgando la etiqueta de que su destino se traza sobre un círculo. El círculo de la muerte natural... como la vida misma.

sábado, 24 de julio de 2010

LA POLÍTICA COMO McGUFFIN EN UNA PLANETA AMENAZADO

No hace demasiado tiempo había un periodista (sic) —el ínclito Federico Jiménez Losantos— que paseaba su lengua viperina por los estudios de la COPE esgrimiendo, entre otras lindezas, poco menos que eso del cambio climático era una invención. Por imperativo facultativo lo escuché muy de tanto en tanto, y reconozco que como despetador-alarma funcionaba la mar de bien; te despabilabas en cuestión de un par o tres de soflamas del turolense. Claro que al malo de Losantos sabía que le quedaban los días contados en la emisora episcopal y lo de menos era hacer un ejercicio reflexivo, meditado y cargado de sentido común, no ya sólo en cuestiones vinculadas a la política (pertenece a esa clase de gente que tiene respuesta para todo y un poco más), sino de los deportes, la cultura, la economía... hasta la ciencia... Nada exacta, pero eso, según su criterio, que más le daba. No obstante, esa noción de que el cambio climático es como un frente común bañado de idealismo cuya palanca se acciona merced al empuje ejercido por grupos ecologista sin más oficio ni beneficio que tomar el rol de la «mosca cojonera» —en infeliz definición de Manuel Toharia— en el contexto de nuestra sociedad, ha ido calando entre un buen número de personas. La sensación es que determinado sector de población ha dejado de auscultar en torno a estas noticias de tono alarmista-catastrofista y se limita a seguir el sesgo del día a día, sin advertir que la amenaza real se encuentra al doblar la esquina del próximo siglo. Si a estos mismos se les preguntara cuánto tiempo cree que ha pasado desde la abolición de la Inquisición en nuestro país, seguramente un buen porcentaje lo situarían en la edad de bronce (valga la ironía), o se remontarían nueve siglos en el tiempo... Pues bien, tan sólo han pasado algo más de doscientos años, una buena medida para apercibirnos que noventa años, incluso a efectos de historia contemporánea, deviene un tiempo relativamente corto. Incluso muy corto. Lo más terrible del asunto supone que podemos llegar tarde para atajar un problema ecológico de proporciones devastadoras para una parte del planeta y que, tarde o temprano, provocará un efecto dominó.
   Desde esta óptica científico-ecologista —llámesele como se quiera—, para un servidor el juego de la política librada entre los partidos de turno y todo lo que ello conlleva representa una gota en el océano frente al reto que tenemos por construir una sociedad que no mire únicamente al corto plazo, que tome conciencia de que habitamos en un planeta con unos recursos naturales limitados y que las dinámicas creadas a lo largo del pasado siglo y lo que hemos cubierto del presente advierten que la cuestión se puede tornar irreversible. Pongamos un ejemplo reciente. No hay telediario o telenoticies que dejen de mostrarnos a los políticos con sus dimes y diretes sobre el Nou Estatut de Catalunya (el aprobado en el Parlament en 2005), la sentencia del Tribunal Constitucional, que si las competencias lingüísticas, ese cacareado tema identitario, etc. El tiempo y sobre todo el haber desperdiciado el mismo en haber puesto el acento únicamente en estas cuestiones quizás sea la que sienta en el banquillo a la humanidad, incapaz de resolver los problemas que pueden darse a cien años vista. En términos de la existencia del planeta tierra, vendría a ser una parte infinitesimal del estornudo que puede tener una persona a lo largo de sus, pongamos por caso, ochenta años ¿Quo Vadis Izquierda Unida o Iniciativa per Catalunya? ¿Acaso comporta más votos desvivirse por las cuestiones lingüísticas que por ofrecer una mirada más abierta, más amplia con el ánimo de impulsar una conciencia ecologista que deje en un cuarto plano si el artículo quinto del preámbulo segundo dice que somos o no una nación? Mother Earth, my friends. Ya demasiados avisos está dando la Madre Tierra en forma de maremotos, terremotos, huracanes, tifones, ciclones (echen mano de las estadísticas y verán: las frecuencias de estos fenómenos han aumentado aritméticamente en los últimos años)... para que nos tomemos en serio una realidad infinitamente más importante que lo circunscrito en el ámbito de la política hecha para y por los politicos. Ni tan siquiera en el escenario más favorable, cuando se certifique al cabo de unos pocos años que seremos 7.000 millones de habitantes, podemos asegurar que nuestra tierra resiste bien los embates del cambio climático. Una hiperpoblación tantas veces planteada en sus escritos de ciencia-ficción, en su derivación de anticipación, por parte de Harry Harrison que colocará frente al abismo a un porcentaje significativo de la misma, al albur de los masivos fenómenos naturales que tienen, no me cabe la menor duda, su origen parcial en un cambio climático que solo los necios pueden rebatir. Pero infinidad de necios habitan en este planeta, actuando como espectadores de una película cuyo McGuffin —según los cánones hitchcockianos— lo relacionan con ese juego político aludido en que se siente el batir de las banderas y de las insignias identitarias, sin reparar en el verdadero contenido de la trama, la que nos dibuja un panorama sombrío sobre los peligros que acechan a la Madre Naturaleza si no le ponemos remedio.

domingo, 18 de julio de 2010

ELMER BERNSTEIN (1922-2004): TAN CERCA... DEL CIELO MUSICAL

En el annus horribilis para el mundo de la música de cine, esto es, en 2004, la luctuosa noticia del fallecimiento de Jerry Goldsmith (1929-2004) y David Raksin (1912-2004) al poco vendría acompañada por la de Elmer Bernstein (1922-2004). Hasta la fecha no había dedicado un post en Haldane sobre un compositor hour de categorie (valga el símil ciclista) por el que sigo profesando una admiración absoluta. La buena nueva de la edición en CD, a cargo del sello Varèse Sarabande, de Secretos de un matrimonio / A Walk in the Spring Rain (1970) que he adquirido recientemente, amén de la coincidencia que hace sesenta años debutó como autor de bandas sonoras en el campo del largometraje, ha dado pie a rendir mi particular tributo a Elmer Bernstein desde este modesto blog. Sin parentesco alguno con otro «notable» de la música con mayúsculas, Leonard Bernstein, el artífice de partituras que forman parte del acervo cultural-cinematográfico como Los siete magníficos (1961), El hombre de Alcatraz (1962) Matar un ruiseñor (1962) o La gran evasión (1963) define como pocos la expresión de una regularidad sostenida en el curso de cinco decenios largos. Es de aquellos compositores que al escuchar una de sus partituras en disco compacto, vinilo o (re)visionando alguna de las películas en las que colaboró el vocablo decepción raramente suele sobrevenirme. Para estas bandas sonoras escritas en el pentagrama por Elmer Bernstein siempre hace acto de presencia una calidez intrínseca a sus notas que embellecen el panorama humano tratado en el celuloide. En la única oportunidad que puede tener cerca a Mr. Bernstein —poco antes de su deceso, en la previa de su memorable concierto en la Sala Gran del Auditori de Barcelona— traté de expresar, de forma telegráfica (contexto obligaba), lo que en síntesis considero que fue su trayectoria profesional: sus primeros años coincidieron con la paulatina extinción de un modelo de cine de grandes decorados, majestuoso en sus formas con el oropel del technicolor y del cinemascope; el verdadero realce de su obra vendría dada por su alineamiento con producciones de los años sesenta y setenta gobernado por un humanismo a flor de piel en el centro de sus respectivas narraciones; su tercera y última etapa (años ochenta y noventa) obedecería al dictado de la infantilización del cine, salpicada de varias colaboraciones en films que miraban a través del retrovisor y requerían de la participación del neoyorquino para extraer el máximo partido de unos sentimientos generalmente expresados de una forma soterrada. Al cabo de mi breve exposición él asintió con la mirada y las palabras. Quise leer en esa mirada un poso de nostalgia, de pesar por un cine que ya no regresaría y con ello el potencial creativo de Bernstein quedaría básicamente supeditado a subrayar auténticas naderías en las que la hondura psicológica de los personajes brillaba por su ausencia. Por ello, cuando Bernstein tuvo frente sí la oportunidad de colaborar con operaciones llámese retro o con aromas de clasicismo, no desaprovecharía la ocasión para sacar de sus entrañas el genio tocado por el pincel de la sensibilidad que llevaba dentro. La edad de la inocencia (1993), Al caer el sol (1997) y Lejos del cielo (2003) conforman ese trípode de «virtuosismo otoñal» que apuntar en el casillero profesional de Elmer Bernstein; ejercicios que hicieron mejores películas a los trabajos orquestados tras las cámaras por Martin Scorsese, Robert Benton y Todd Haynes, respectivamente. Éste último no pudo tener mejor olfato al recurrir a la figura de Bernstein para una historia ubicada en un entorno rural de los Estados Unidos en los años cincuenta. Ese periodo que serviría, entre infinidad de cuestiones, para entronizar el concepto del american way of life, pero que al rascar un poco sobre su superficie se nos presentaba una realidad paralela sustancialmente disímil. Una realidad que, en apariencia, para el aficionado los primeros compases profesionales de Elmer Bernstein podrían obedecer al retrato-robot de compositor en ciernes con talento que se fogeaba en producciones a la espera que la oportunidad de oro se presentara al cruzar el umbral de la treintena. Los diez mandamientos (1956) se aventuraba como esa oportunidad que nadie en sus cabales y con la templanza suficiente hubiera dejado escapar. Pero alguien creyó que las notas de Bernstein tenían el color rojo —como él mismo señaló en la que a mis oídos fue una auténtica master class— y anduvieron remisos en Hollywood en contratar a Bernstein, dejándolo a su suerte al verse involucrado en una serie de títulos de la sci-fi que oscilaban entre la B y la Z. La maquinaria del maccarthismo estaba aún a medio o pleno rendimiento, pero por fortuna su purgatorio en producciones de ínfima calidad —en consonancia con sus presupuestos— no hicieron mella en el ánimo del neoyorquino. A partir de ese encuentro que proveería la «divina providencia» que se dio entre Bernstein y Cecil B. De Mille la leyenda para el compositor de ascendencia judía se iniciaba con paso firme. Parafraseando el título del libro de memorias de otro de los que estuvo en el ojo del huracán del senador Joseph McCarthy y de sus acólitos, Ring Lardner, Jr. Me odiaría cada mañana... si no escuchara la música de ese gigante llamado Elmer Bernstein. Seguiré dejando que fluyan las lágrimas por mis mejillas mientras escucho esas piezas que interpelan al corazón como el célebre main title de To Kill a Mockingbird. Una auténtica bendición para esa parte intangible de nuestro ser... humano. 

domingo, 11 de julio de 2010

«DREAM THEATER»: EL ESTADIO DEL ROCK PROGRESIVO... CON PARADA Y FONDA EN EL «METAL».

Parece haber cierto consenso entre los analistas e historiadores musicales que la extinción de los «dinosaurios» del rock sinfónico o progresivo se debió, entre otras consideraciones, a la expansión del fenómeno de las radio-fórmulas —léase Los 40 principales, como paradigma de la misma— que no encontraban acomodo en sus parillas de programación herzianas temas que sobrepasaran los 3 ó 4 minutos. Al entrar en el periodo de la «glaciación» musical creativa en tantos sentidos —y que, en cierta manera, perdura—, Yes, Genesis, King Crimson, Pink Floyd y Emerson, Lake & Palmer, entre otros, iban quedando progresivamente fuera de la onda a los oídos de las nuevas generaciones que observaban el fenómeno sinfónico como un efecto residual, un vestigio del pasado arrinconado por Los 40 principales y sucedáneos. Como suele suceder en estos casos, la alternativa al conocimiento de estos grupos y de sus legítimos continuadores se debía más a una labor de arqueología por parte de aquellos aficionados que huían de la dictadura de las modas y mataban el tiempo buscando y rebuscando en las tiendas especializadas, preferentemente los viernes y los sábados por la tarde. Hoy en día ese ejercicio que comportaba su particular liturgia ya no tiene lugar en la era de las descargas por internet o las visitas a los vídeos de Youtube. El valor de «jugártela» con la adquisición de un determinado disco es pura entelequia al correr de los tiempos. No acierto a recordar si alguna vez me quedé frente a una portada de alguno de los CD’s de Dream Theater y tuve la tentación de apostar por destapar el tarro de las esencias o abjurar de mi mala elección al reproducirlo en la cadena. Pero, sea como fuere, lamento mi tardanza en el descubrimiento de una banda de la que tenía vagas referencias, y que mi recelo seguramente procedía de su militancia en el sector metalero, del que por prescripción médica (los decibelios a tropemil casan poco con tener una buena puesta a punto del oído medio para percibir toda la gama de sonidos posible que procura la madre naturaleza) me he abstenido. La prospección estos últimos meses por el sinfónico jurásico me ha llevado hasta unos grupos de nacimiento más cercanos en el tiempo, en las que ese terceto de antiguos estudiantes de Berkeley parecían llamados a disputar el cetro del rock progresivo a los escoceses Marillion toda vez que Genesis, Yes y Cia habían entrado en barrena por distintos motivos.
A punto de cumplir sus bodas de plata, Dream Theater pueden vanagloriarse de haber dado cabida a una decena de álbumes en estudio, una cifra nada baladí si tenemos en cuenta que los neoyorquinos han conquistado a un público disperso por medio planeta sin perder la perspectiva de una calidad digna de todo encomio en las grabaciones y una necesidad imperiosa por abandonar cualquier reducto de complacencia en la modalidad de repetir una fórmula que les resultara exitosa en el pasado. Definitivamente, Dream Theater es un grupo que me ha ganado en esas propuestas más melódicas sin dejar de enarbolar la bandera del sinfónico con resabios de Pink Floyd y mostrando vasos comunicantes con los Marillion lideados por Mr. Hogarth. Piezas con las que voy construyendo ese particular museo de los sueños acústicos, apuntalada en los últimos tiempos por esa vertiente del progresivo en su derivación metalera que Dream Theater define con majestuosidad. Las agendas para un servidor estarán libres cuando los de New York decidan escoger Barcelona o cercanías para su próximo tour europeo, aquel que presumible les lleve nuevamente por el viejo continente para conmemorar su 25 aniversario. Allí estaremos para dejarnos seducir por esos generosos conciertos de más de tres horas. Hasta entonces tiempo habrá para «bucear» en ese «océano» sonoro donde habitan en el fondo marino  «perlas» como Thorough My Words, Anna Lee o The Silent Man, y donde podemos dar las vueltas precisas a esa llave de la sensibilidad vocal e instrumental que abra el cofre de su masterpiece Train of Thought (2002). Luego vendría una cierta fase experimental que ensombrencería los hallazgos de antaño pero, al cabo James LaBrie, sigue manejando con firmeza el timón de la nave Dream Theatre sin abandonar sus raíces del rock progresivo, si bien haciendo gala de algún que otro abordaje a un barco (con bandera pirata, of course) bañado de  «metal» pesado. En estos paréntesis musicales con prospección a un género que no tengo el honor de cultivar habrá que atender al enunciado de su quinto álbum de estudio y mantenerse a Seis grados de la oculta turbulencia... de un heavy que parece no ser de ese mundo, de ese «teatro de los sueños» cuando la misma voz, arropado a los teclados por Jordan Rudess (con un look cruce Peter Gabriel post-Up y Mark Kelly de Marillion), por la batería y la percusión de Mike Portnoy y por las guitarras de John Myung y John Petrucci, se encomienda a trazar versos musicales de una sensibilidad exquisita.

Este post está dedicado a mi buen amigo Àlex Romano, un amante del rock como pocos. Su entusiasmo por la música es de las que motiva a seguir haciendo nuevos descubrimientos. Dream Theatre lo ha sido y en grado sumo.

Invitación a escuchar los temas Through Her EyesAnna Lee en YouTube:
http://www.youtube.com/watch?v=mcG0dpBz7tc
http://www.youtube.com/watch?v=qk_o87vRt-0