miércoles, 21 de agosto de 2013

EL DECLIVE DEL IMPERIO EUROPEO: EL HUMANISMO EN PELIGRO

20 de agosto de 2013. Casi mil muertos en Siria, según todos los indicios, a causa del empleo de armas químicas que han sesgado la vida de personas de todas las edades, incluidos bebés. En dos años se han contabilizado decenas de miles de víctimas en este país situado al norte de África. La comunidad Europa, a través de una nota de prensa de uno de sus portavoces, expresa unas palabras de repulsa, conminando a que las partes en conflicto (el gobierno de Bashar al-Asad dominado por el poder militar y la oposición, esto es, el ejército “rebelde”) lleguen a un pacto de no agresión y se adivina entre líneas una serie de operaciones en paralelo para tratar de esclarecer lo sucedido vía comisión de investigación a cargo de observadores internacionales. Cuerpos inertes de todas las dimensiones imaginables colocados en hileras asoman en los telediarios o en Internet con la intención de mostrar al mundo el alcance de una barbarie a la que sistemáticamente el viejo continente da la espalda en atención a que se trata de “asuntos internos” de Siria que nada guardan relación con los objetivos marcados por los burócratas, léase políticos y economistas que rigen los destinos de la comunidad europea. Ellos viven en sus Torres de Babel, preocupados y ocupados en que la zona Euro responda bien a la terapia de shock aplicada en determinados países (Grecia, España, Italia, etc.), en forma de rescates encubiertos o semiencubiertos, para salir de la recesión económica y mostrar al mundo que aún somos un continente solvente, fiable para atraer inversión extranjera y con ello generar un crecimiento sostenido por lo que atañe a los números.
    Desde hace tiempo, Europa habla el lenguaje de los banqueros, apropiándose sus dirigentes de la idea que el dinero deviene la «reserva espiritual» de Occidente a la que debe rendirse pleitesía y jugar «amor eterno». No importa lo que suceda fuera de nuestras fronteras en materia de violación de los derechos humanos, de atrocidades sistemáticas sobre poblaciones masacradas víctimas de dictadores que arman a sus ejércitos no tan solo desde los Estados Unidos o Rusia, sino de empresas de países del viejo continente algunas de las cuales tributan en paraísos fiscales. El humanismo es un valor residual cuando los máximos mandatarios de la Unión Europea se colocan frente al espejo de los millones de ciudadanos que forman parte del continente bombardeándonos con mensajes, imputs afianzados en el concepto de la homogeneidad, de la cohesión territorial en materia económica. Luego, si acaso, le tocará el turno a dejar caer algún que otro comunicado que muestre esa otra cara continental, la de una Europa que para el oído sobre lo que acontece allén de sus fronteras pero que obstruye los conductos que irrigan el corazón. Ese corazón delator vaciado de sentimientos que palpita solo al ritmo de los indicadores económicos, de lo que ocurre en los parquets financieros. Allí se cuece el futuro, según sus razonamientos, de las vidas de los seres registrados en el censo de la zona Euro del planeta Tierra.
    A la luz del siglo XXI, del que hemos recorrido hasta la fecha más de una década, no puedo por menos que expresar mi desazón, mi absoluta frustración por un continente que va a la deriva en materia humanista verbigracia de la aspiración de convertir Europa en un área del planeta aislado de lo que ocurre más allá de sus fronteras, en que el «Ser Supremo» deviene el dinero. No necesitamos rescates financieros a tutiplén; urge un rescate de ese humanismo que había aflorado en Europa al tomar conciencia de las atrocidades cometidas en un continente que vio nacer en el margen de menos de treinta años dos guerras mundiales. Entonces, una generación de políticos elevaron la antorcha de un rearme moral y ético al amparo de crear sociedades capaces de extraer de las lecciones que depara una historia (la relativa al viejo continente) escrita con tinta roja una idea de humanismo. Todo ello parece haber quedado desmantelado por esos tecnócratas que ocupan puestos de alta responsabilidad en el viejo continente que se desayunan con los periódicos digitales (a través de tablets o Ipads) o en papel especializados en economía.  No leen a Stefan Zweig ni a Joseph Roth. Tampoco ven películas de Charles Chaplin. En una de las líneas del monólogo final de El gran dicador (1940) escuchamos aquella frase de que «pensamos demasiado y sentimos muy poco». Gran verdad aplicada a esos tiempos modernos en que el humanismo, en su área de influencia del viejo continente, se encuentra en peligro fruto de las directrices de una comunidad de políticos influyentes imbricados con el poder (léase lobby) financiero en busca de la quimera del oro que hacen caso omiso al llanto proveniente de poblaciones civiles de Asia y África masacradas por dictadores disfrazados de bondad y victimismo cuando toca protagonizar esos videos promocionales con los que mostrarse al mundo. Irak, Egipto, Siria, Libia… Qué más da. El declive del imperio europeo en materia humanista razona como una de las verdades más evidentes de lo que llevamos de siglo XXI. En contra de la fórmula que se aplican estos dirigentes cautivos de una visión unidireccional de la vida sembrada de billetes de euro, sigo creyendo en el «valor refugio» del humanismo. Así me lo dicta un corazón que aviva su ritmo cardíaco cuando conoce noticias como la proveniente de Siria. Lloro por esas víctimas inocentes de un mundo que se desangra mientras hay médicos que auscultan el latido de un billete de 50, 100 0 500 euros. Saben que no tiene ritmo pero desprende un aroma ciertamente embriagador.      

jueves, 15 de agosto de 2013

A PROPÓSITO DE EDWARD LEWIS WALLANT: «LOS INQUILINOS DE MOOMBLOOM» (1963) O LOS EDIFICIOS DE LAS «ALMAS PERDIDAS»

En ese ejercicio que viene a convertirse en un hábito en nuestros días, al buscar en Google Images fotografías, lo hago en torno al escritor Edward Lewis Wallant (1926-1962) y encuentro únicamente un par de diferentes. Curioso. Cierto, vivió únicamente treinta y seis años, pero parecía un hombre casado y con hijas, celoso de su privacidad. Las imágenes que circulan por la red (la una del tamaño de un sello) concuerdan con la de un tipo que hubiera podido dedicarse al juego político por las semblanzas físicas que mantenía con John Fitzgerald Kennedy. Presencia, porte y, en su caso, nadie que le pudiera escribir sus hipotéticos discursos dirigidos a la comunidad norteamericana. Él se bastaría para hacerlo. Lewis Wallant se había preparado a conciencia para explotar ese «Don» que poseía, el de una capacidad para contar historias sublimada por una retórica en que el sentido alegórico-metafórico nos aparta del camino de lo banal para adentrarnos en una prosa de extraordinario calado literario. En sus novelas —cuatro en total— él puso voz a simples trabajadores, en oficios nada glamourosos, pero no por ello trenzaría un relato desprovisto del sentimiento, cuando no evidencia de encontrarnos con una literatura de una exquisita calidad de principio a fin. Para la inmensa mayoría de lectores de nuestro país, Edward Lewis Wallant sigue siendo un auténtico desconocido. Toda una paradoja si razonamos con conocimiento de “causa” todos aquellos embarcados en adentrarnos en su obra que se trata, sin reparos, de uno de los mejores escritores norteamericanos judíos de la postguerra. Y me atrevería a decir que si atendemos al “factor de progresión”, Lewis Wallant hubiera sido saludado en la actualidad como uno de los escritores estadounidenses de mayor talento del siglo XX. Un aneurisma le privaría de tal consideración a una edad que Lewis Wallant tan solo había visto publicadas dos de sus novelas —The Human Season (1960) y The Pawnbroker (1961)—  y aguardaba la edición de una tercera, The Tenants of Moombloom. En vísperas de las navidades de 1962 el corazón de Edward Lewis Wallant dejaría de palpitar pero el interés de su obra no se detuvo allí. En apenas un año de diferencia se editarían, a título póstumo, The Tenants of Moombloom (1963) y Children at the Gate (1964), cuya historia —a diferencia de sus precedentes “neoyorquinos”— se desarrolla en una comunidad de Nueva Inglaterra. Luego llegaría el estreno de El prestamista (1965), la adaptación de la novela homónima que su director Sidney Lumet sumaría a su larga lista de producciones neoyorquinas de tono realista rodadas a pie de calle. Lejos de reactivar su nombre, la producción en cuestión sembraría indiferencia y desconocimiento incluso entre los círculos de escritores de los Estados Unidos. Tuvieron que transcurrir bastantes años para “restituir” el nombre de Edward Lewis Wallant de cara a un nuevo público lector que no comulgara con ruedas de molino en forma de obras con marchamo de bestsellers hiperpromocionados con “inventos” del estilo de los book trailers. En nuestro país, Luis Solano, patrón de Libros del Asteroide, tuvo a gala publicar Los inquilinos de Moombloom (2005) en los inicios de un catálogo de títulos que ya se aventuraba estimulante. Tres años más tarde, la buena nueva de una segunda edición de Los inquilinos de Moombloom dejaba con escasos argumentos a aquellos agoreros dispuestos a enmendar la plana del arrojo de Libros del Asteroide. Otro título más de la editorial que colisionaría en el espacio de una literatura modélica en su función y fundamento narrativo. La segunda de las apuestas de Asteroide guiadas por el nombre de Lewis Wallant ha llegado a las librerías en verano de este año. Después de leer El prestamista (2013) quedaría fijada en mi mente la necesidad de ir al encuentro de otros textos de su autor que trataran de corroborar su grandeza. Al dar cuenta del contenido de Los inquilinos de Moombloom no ha hecho más que certificar el carácter singular de un escritor que envuelve al lector en cada página y no lo suelta hasta el final. Edificios poblados de frikis cuyos sueños se van evaporando a cada jornada vencida no son precisamente los escenarios idóneos para “empatizar” con el lector, máxime si se entiende conforme a un ejercicio evasivo presto a apartarnos de la crudeza de la realidad cotidiana. No obstante, Lewis Wallant arbola un relato en que la clave deviene el humanismo que desprende ese retrato social en blanco y negro; viñetas de una realidad social colocada en el frontispicio de la tragedia. Una tragedia que luce distintos trajes pero todos ellos de tonalidades grises y con algún que otro destello del color de la esperanza. El personaje epónimo, Norman Moombloom —hermano menor de Irwin, el verdadero propietario de las fincas de Manhattan reconvertidas en alquileres— acaba confundiéndose en ese espacio de marginalidad, tratando de comprender a esos seres marginales (Karloff, Lester, Sugarman, Paxton, Eva Baily, etc.) que desfilan por las páginas de una narración armada con unos diálogos que apuntan hacia lo sutil y que van dibujando los contornos de unos individuos dispuestos a lanzar por la borda ilusiones que se van quedando por el camino. Más que edificios, esa fauna urbana parecen haber entrado en un cul-de-sac. En su efecto alegórico, Los inquilinos de Moombloom hubiera podido titularse El callejón de las almas perdidas, “suplantando” el de la novela de otro escritor de nombre compuesto —William Lindsay Gresham— que, como Edward Lewis Wallant, se ganaría el cielo literario con textos que nos muestran “la otra cara de América”. Lewis Wallant conoció las dos caras de su país de origen, la una que le situaría como creativo de una empresa de publicidad —en sintonía con algunos de los personajes que podemos identificar en Revolutionary Road (1961), la pieza literaria escrita por su gran amigo Richard Yates (1926-1992)— antes de dedicarse full time a la actividad que más le dejaba satisfecho, y la otra que le comprometería durante una temporada a convivir con una comunidad de un bloque de pisos de Manhattan. Apuntes del natural que más tarde encontraría acomodo en la ficción literaria de The Tenants of Moombloom, novela póstuma de alto contenido energético en tiempos en que el rescate de autores sepultados por el olvido deviene una gimnasia mental altamente recomendable. Entre otras “pequeñas grandes editoriales” Libros del Asteroide nos provisiona de esta serie de autores que hacen más llevaderas nuestras existencias, aunque algunas de sus novelas se localicen en un bloque de edificios donde la supervivencia —en consonancia con lo que acontece en la actualidad— representa la moneda de cambio común.   

domingo, 11 de agosto de 2013

«SERES ILUSTRADOS» O CUANDO LOS TATUAJES HABLAN DE NOSOTROS

Verano es una estación del año propicia para que la gente perciba algo más de cada uno de nosotros. Dejamos filtrar aspectos de nuestra personalidad a través de conversaciones apostados en terrazas con las que combatir los rigores propios del calor; las mal denominadas redes sociales habilitan un exceso de mensajes que colapsan nuestros muros más que en otra estación del año; pretendemos que el amor ilumine los espacios más privativos de nuestros sentimientos... Pero asimismo para muchos, la visibilidad de los tatuajes, expuestos cuál trofeos en la superficie corporal, tratan de mostrar la necesidad de dejar constancia de una singularidad que, a menudo, no es más que una señal inequívoca de un déficit afectivo, de una promesa incumplida, de un temor o de una idolatría entendida como culto a una personalidad, no la nuestra, sino “externa”. Muchos se saben “diferentes” por lucir un tatuaje exclusivo; una “huella digital” expuesta a la luz del sol que pretende imprimir carácter, reforzar una personalidad malherida por el corazón doliente. Según mi percepción, estas “etiquetas” corporales han proliferado en los últimos años al compás de la necesidad para una gran mayoría de los que se aplican los tatuajes de sentimiento de pertenencia a un determinado “clan”, compartiendo con sus semejantes la pasión por una afición común, ya sea por la música, por los juegos de rol, por una ideología impresa con tinta del color de la intolerancia, etc. Prácticamente nadie de los que devienen clientes de tiendas de tatuaje piensan en que, una vez sus cuerpos se marchiten, la piel se contraiga fruto del paso de los años, aquellas imágenes prestas a lucir bellas y radiantes sobre la superficie corporal adoptarán formas bien distintas. El contraste será entonces severo, provocando que retiremos la mirada cuando una vieja o un viejo desdentado sentado en un banco de un parque deje semidescubierto el “recuerdo” de un lejano pasado, intuyendo la imagen de un dragón, una flor, un símbolo oriental o el rostro de una estrella de rock. Pero el verdadero sentimiento de repulsión provendrá cuando esas personas de la tercera o la cuarta edad se miren frente al espejo, y maldigan el día (de borrachera o no) que se decidieron por asistir a la consulta del «doctor Tattooo». Entonces, el dolor producto de la incisión de las agujas se soportaría con mayor facilidad porque la “recompensa” provenía de la aceptación, cuando no, de la admiración de los demás.  El ritual se había cumplido. Ya formaba parte de los nuestros o simplemente era una “ofrenda” para satisfacer a la pareja. Empero, cuando esos jóvenes que han mudado a la senescencia, resolverán colocarse frente al espejo, el dolor se tornará intenso. El más intenso posible, el que proviene de nuestra propia reprobación.
   Por mi propia naturaleza, no me resulta complicado proyectarme en el futuro. Un futuro no como el que muestra, por ejemplo, Ray Bradbury en sus Crónicas marcianas (1954), si no el que se sitúa a la vuelta de la esquina. Mi novela El enigma Haldane (2011) habla de ese futuro imperfecto, regulado por el “esclavismo genético”, que nos aguarda o que podemos imaginar será factible dentro de unos años, quizás décadas. Por eso pienso para una próxima novela distópica el escenario de una dama vieja que da de comer a palomas (¿mecánicas?: los elevados índices de contaminación habrá hecho estragos en las grandes ciudades superpobladas) que luce en la espalda el tatuaje de un dragón y en su brazo izquierdo una serpiente cuyas escamas aumentan la sensación de rugosidad de un cuerpo “en caída libre”. Lejos queda, por tanto, la belleza imaginada al correr de las páginas de El hombre ilustrado (1950), otra de las exquisitas piezas literarias de Ray Bradbury, pero en su formato de cuento: «El Hombre ilustrado era una acumulación de cohetes y fuentes, y personas, dibujados y coloreados con tanta minuciosidad que uno creía oír las voces y los murmullos apagados de las multitudes que habitaban su cuerpo. Cuando la carne se estremecía, las manitas rosadas gesticulaban, los labios menudos se movían, en los ojitos verdes y dorados se cerraban los párpados. Había prados amarillos y ríos azules, y montañas y estrellas y soles y planetas, extendidos por el pecho del Hombre Ilustrado como una vía láctea». En esa vía láctea que contiene el planeta llamado Tierra donde un número cada vez más creciente de su población opta por dar visibilidad a una “huella digital” en forma de tatuaje sin reparar en que nuestros cuerpos no han sido programados para la eternidad. La inmediatez o la evaluación al corto plazo, como tantos aspectos que rigen en nuestra sociedad, acaban imponiéndose sin calibrar las consecuencias que conllevarán en un futuro lejano o quizás no demasiado lejano.
  
   

        

domingo, 21 de julio de 2013

«A DOS METROS BAJO TIERRA» (TERCERA TEMPORADA) (2003): A VECES VEO MUERTOS...

Es evidente que la atención dispensada a la primera temporada de A dos metros bajo tierra (2001-2005) movería a sus responsables (con Alan Ball a la cabeza) a propiciar un golpe de efecto para la segunda en su capítulo postrero, The Last Time (2002). Así, el futuro de Nate Fisher (Peter Krause), uno de los pilares indiscutibles de la serie, pendía de un hilo al serle practicada una operación cerebral que dejaría en vilo a los seguidores de Six Feet Under. "Perfect Circles", la primera entrega de esta tercera temporada, permite retomar situaciones heredadas de la segunda temporada y reubicar personajes que buscan amparo en una estabilidad emocional, en la práctica totalidad de los casos esquiva en orden a la propia naturaleza de seres humanos atrapados en sus miedos y debilidades. Asuntos del corazón que implican a esa comunidad de residentes en una funeraria Angelina cuyo accionariado ha sufrido un cambio sustancial al participar como socio Rico Díaz (Freddy Rodríguez con un protagonismo creciente en el devenir de la serie) después de una serie de tensiones internas en que los hermanos Nate y Dave Fisher (Michael C. Hall) parecían enrocados en la idea de no mover ficha pese a los problemas de distinto sesgo que arrastraban consigo. El negocio funerario creado por Nathaniel Fisher (Richard Jenkins) parecía situarse al borde la quibra, máxime cuando su viuda Ruth Fisher (Frances Conroy) dilapidaría una considerable suma de sus ahorros en saldar las deudas contraídas con la mafia local rusa por parte de Nikolai (Ed O’Ross), el dueño de la floristería en la que ella estaba empleada. Abandonada su ocupación laboral, en la tercera temporada se observa un repliegue de Ruth hacia aspectos que casan casi exclusivamente con sus sentimientos, en la búsqueda de un amor que bascula entre la inocencia propia de la inexperiencia y de un comportamiento infantil de Arthur Martin (Rainn Wilson: ironías del destino, años antes había interpretado un pequeño papel en La casa de los 1.000 cadáveres, todo un "reclamo" publicitario susceptible de aplicar para la sociedad Fisher & Díaz), el nuevo empleado-becario de la funeraria, a la madurez de George Sibley (James Cromwell), con cinco matrimonios a cuestas. En apenas un par de episodios, ya encarando la recta final de la third season, observamos la celeridad con la que George y Ruh comprometen su futuro en el altar, en una ceremonia en petit comité en que se constata la ausencia de Nate, desbocado tras tener el pálpito (en forma de “visiones”) que Lisa (Lily Taylor), dada por desaparecida en extrañas circunstancias, ya no regresará junto a él y la pequeña hija que tienen en común, Maya (las mellizas Brownyn Anne y Brennan Lee Tosh se reparten las escenas en la encarnación de la pequeña de la casa). Sí que hacen acto de presencia a la boda oficiada por un sacerdote local Dave en compañía de Keith Charles (Matthew St. Patrick), en una relación sentimental que parece haberse instalado en una montaña rusa. Por su parte, Claire Fisher (Frances Conroy), irrumpiendo en un sonoro llanto mientras contempla el enlace conyugal entre su madre y George (definitivamente instalado en las alturas: mide dos metros), constata que su atracción por jóvenes inestables (el último de ellos, Russell Corwin/Ben Foster, su compañero de clase en la Academia de Artes Plásticas, se debate en una indefinición sexual al haberse acostado con su profesor, Olivier/Peter Macdissi, un illuminati librepensador con las órbitas de sus ojos a punto de estallar cuando la situación no le es propicia) acaba pasándola factura over and over. Como en el caso de Claire, los fantasmas del pasado visitan la trastienda de los pensamientos de Nate, configurado en el eje motor de una tercera temporada que se cierra con la certificación de la muerte de Lisa. El móvil del hipotético crimen o suicidio queda por dilucidar. Mientras tanto, Brenda Chenowith (Rachel Griffiths) abre una puerta a la esperanza de regresar junto a Nate, o cuanto menos, sellar una amistad puesta en cuestión toda vez que el mayor de los hermanos Fisher ha actuado presa de un comportamiento seducido por su instinto más salvaje. Similar mecanismo al que se activaría en la mente de Billy Chenowith (Jeremy Sisto), “liberado” tras la muerte de su figura paterna, el doctor Bernard (Robert Foxworth) en la necesidad de perseguir su verdadero anhelo, la propia Brenda. El tema del incesto se cuela, pues, en una serie que no precisamente figura entre las seleccionadas para el programa de buenas costumbres de los devotos del tea party. En su tercera temporada se nos brinda, cuanto menos para un servidor, un par de capítulos que rayan la excelencia, a la altura de su capítulo cuatro (“Nobody Sleeps”) —una pieza de orfebrería dirigido por Alan Poul en que esas short cuts («vidas y muertes cruzadas») levantan el vuelo invadidas por una aureola emocional cincelada por una preciosa historia de amor sostenida entre dos personas del mismo sexo— y onceavo (“Death Works Overtime”), en que en un ardid de guión cortesía de Rick Cleveland la coincidencia de tres defunciones ponen en jaque las prestaciones reales de una funeraria donde la única que mantiene la llama de la esperanza de volver a ver en vida obedece al nombre de Ruth Fisher. Intuición que no tardará en desmoronarse y que, de algún modo, propicia que la matriarca se agarre a esa tabla de salvación emocional” cuando George, un geólogo culto, tocado por el sentido del señorío y de la elegancia (una versión más adulta si acaso de Hiram Gunderson/Ed Begley Jr. con poco recorrido en la serie), se coloca a tiro. La animadversión mostrada por Nate no hará recular a Ruth en su voluntad de contraer segundas nupcias con un individuo que parece dispuesto a instalarse hasta los capítulos finales de la serie. Con ello, quizás pueda eclipsar a uno de esos fantasmas del pasado que siguen haciendo acto de presencia en una funeraria donde los cuervos se posan a diario en las almas de sus moradores. El traje de difuntos les sienta tan bien pero todos ellos se resisten a abandonar el territorio de los vivos, los que siguen sintiendo y padeciendo, pero también buscando la luz al final del túnel. Una luz cegadora de esperanza y deseos camino de cristalizarse sobre un suelo pantanoso. 

martes, 16 de julio de 2013

«SEARCHING FOR A SUGAR MAN» (2012): VINIENDO DE LA REALIDAD

Sábado noche del día 13 de julio de 2013. En una de esas salas que para un servidor llevan camino de resultar entrañables, la de los cines Méliès, recupero en compañía de Esther un título que me llamaba la atención por la peculiaridad del personaje sobre el que pivota Searching for Sugar Man (2012). Oscar al Mejor Documental en la pasada edición de los Oscar, la propuesta orquestada por el sueco Malik Bendjelloul tributa en ese espacio que mixtura patrimonio musical y recorrido por una figura errática cuyo talento estuvo reñido durante un largo, casi eterno periodo del relato, con la realidad de una industria discográfica que lo “fagocitaría” de la carrera artística con arreglo a unas irrisorias cifras de ventas de sus dos únicos discos grabados en estudio. Convertido en un valor residual de la Industria, Sixto Rodríguez (1942, Detroit, Michigan), lejos de buscar amparo en labores de productor musical —una de las salidas más plausibles cuando no sonríe la suerte en tareas de cantante y/o compositor— para grupos o solistas de una nueva hornada, se cobijaría en realizar distintos cometidos dentro de la construcción. Con la misma modestia que razonaría sobre la volatilidad que embarga al artista musical, Sixto se replegaría hacia esos “cuarteles de invierno” en forma de reparaciones varias para un sector especialmente sacudido por la crisis al cambiar de centuria. Allí obtuvo su supervivencia laboral y, a la postre, garantizar la manutención de una prole compuesta por su mujer y sus tres hijas, Eva, Regan y Sandra Rodríguez. Ellas son algunas de las protagonistas que desfilan por el documental de Bendjelloul, recalcando la hija mediana Regan de que, a pesar de las penurias económicas, Sixto las alentaría en el conocimiento de la cultura, visitando museos, bibliotecas y pinacotecas localizadas en la ciudad de Detroit. Trazas de una humanidad que se va colando en cada uno de los fotogramas de este Searching for a Sugar Man, configurado en su arquitectura visual a golpe de trávelings laterales que recorren esos ambientes marginales de Detroit donde la guitarra y la voz de Sixto se podían oír en algunos de sus garitos. Unas composiciones que operan a pie de obra, de aires de dylanianos, incapaces de someterse al dictámen de las modas. De ahí que las letras de Cold Fact (1970) y Coming from Reality (1971) sigan mereciendo el favor del aficionado del siglo XXI, la de un registro intemporal que parecía, paradojas del destino, haberse borrado de no haber mediado el “milagro” del (re)descubrimiento de su música en Sudáfrica en periodo finisecular. La coyuntural cultural, social y política propiciaría que temas como “I Wonder” alcanzaran categoría de himnos entre la juventud sudafricana preferentemente de raza blanca. El insignificante peón de la música pasaría, pues, a convertirse en ídolo de masas, pero todo ello no comportaría que su nivel de vida sufriera una radical transformación. Sixto llegaría a vender más de medio millón de copias de sus discos, pero los suculentos dividendos generados con semejantes cifras no tuvieron traducción en sus bolsillos. La indignación no se apoderaría de él; más bien, su temperamento calmo le llevaría a vivir esos momentos mágicos en Sudáfrica, sin reparar en la posibilidad de un comeback que certificara la categoría de sus primeros trabajos discográficos. Searching for a Sugar Man preserva el carácter indómito, enigmático, harto singular de Sixto Rodríguez, quien una vez se apagaron los ecos de su experiencia sudafricana, regresaría sobre sus propios pasos a su Detroit natal, viviendo en la frontera de la exclusión social. Un musicólogo con hechuras de investigador le siguió la pista hasta las confines de la ciudad de Detroit. Él no había muerto como algunas especularían al no saberse nada más de Sixto después del fiasco comercial de Coming from Reality. De esta forma, se levantaría acta de una leyenda que sigue entre nosotros, buscando quemar sus últimos años sobre los escenarios —hace pocas fechas visitó el Poble Espanyol de Barcelona donde le aguardaban una importante colonia de fans de nuevo cuño—, pero sin perder de vista una modestia que prende en el alma. La buena música no engaña porque va directamente al corazón. Ese corazón que me dictaba al salir de la sesión sabatina de los Méliès, hacerme con los dos discos compactos que jalonan la corta pero vitaminada discografía de Sixto Rodríguez. Todas sus canciones suenan a retazos de una realidad que surcan las aguas de un torrente de humanidad llamado Sixto Rodríguez. Ha sido un placer descubrirte. God bless you.    

miércoles, 10 de julio de 2013

HARRY HOUDINI. CÓMO HACER EL BIEN EL MAL: LA ILUSIÓN DE LA PALABRA

Una extraña, por improbable, coincidencia se ha dado en el mundo editorial en lengua castellana en los últimos meses. Dos obras de muy distintos sesgo —la una orientada hacia el lector infantil y juvenil, y la otra para los abonados al campo del ensayo— tienen en la relación suscitada entre Harry Houdini (1874-1926) y Sir Arthur Conan Doyle (1859-1930) un hilo en común. Mientras Ana Campoy deja filtrar en su novela El gran truco de Houdini (2013) —la quinta entrega de la colección de literatura infantil Las aventuras de Alfred y Agatha— una amistad entendida merced a la admiración mútua que se profesaban, el ensayo Harry Houdini. Cómo hacer bien el mal (2013) contiene un extenso prólogo a cuenta del creador de Sherlock Holmes para luego ceder el testigo al denominado «Rey del escapismo». Un volumen que voltea la concepción que podamos tener de antemano sobre Harry Houdini en virtud de su asimilación exclusiva al terreno de la magia y del escapismo. Allí donde se ganaría el favor de un público que no podía dar crédito de las hazañas de un temerario en toda regla como fue Harry Houdini.
   Puede que el primer contacto con el personaje de Houdini provenga de un muy lejano visionado televisivo del biopic parcial acometido por George Marshall, asumiendo el rol protagonista un Tony Curtis en pleno auge. Desde entonces me he dejado acompañar de abundantes lecturas sobre ese fenómeno de la naturaleza que distaba de tener rasgos parejos a los de Tony Curtis, pero pertenecía a un mismo origen común. Al igual que Curtis, su asecendencia judía llevaría al atribulado escapista a cambiar su nombre de origen —Erik Weisz— y adoptar el que ya nunca más le abandonaría y con el que se hizo célebre. Lo que llama la atención de manera especial de Harry Houdini. Cómo hacer bien el mal es que presenta una colección de textos escritos por el propio Houdini, algo ciertamente inusual al manejarnos con bibliografía en lengua castellana sobre tan ilustre artista. De tal suerte, se nos muestra esa cara mucho menos conocida y reconocida de Houdini, la de escritor que había publicado muchas piezas sueltas en revistas sobre todo especializadas en ilusionismo y magia. La obra que tengo entre manos compila algunos de estos textos en que hace un somero repaso de las distintas formas del «Mal» que se camuflan en nuestra sociedad, con arreglo a prácticas destinadas a desafiar a las autoridades competentes (robos de carteras, pequeños hurtos, etc.), o las que persiguen un efecto ilusorio toda vez que se formulan sobre los escenarios. Para éstos últimos, Houdini dedica unas páginas a la hora evaluar algunos de los nombres propios que, en algunos casos, fueron referentes inexcusables para él mismo —el decano Harry Kellar— , así como regar de anécdotas sobre compañeros de profesión (en algunos casos con el fin de desenmascararlos) para esta parte central del ensayo en cuestión. Con todo, lo que en verdad infunde categoría a esta obra se circunscribe al mencionado prólogo —treinta y cuatro páginas— con la rúbrica de Conan Doyle, y el relato Bajo las pirámides (1917) que Houdini filmaría al alimón con Edgar Alan Poe (1809-1849). Una joya sin desperdicio alguno en que ficción y realidad se confunden bajo un mismo manto literario, erigiéndose Harry Houdini en una víctima de las circunstancias, la de una fama que se cobraría sus peajes. No cabe duda que Poe, al encargarse del texto Under the Piramids, afinaría en los aspectos estrictamente literarios, relativos al estilo, mientras que Houdini aportaría el relato de una experiencia casi sobrenatural y quién sabe si alguna que otra afortunada expresión. Conan Doyle parece soslayar esta aportación fundamental de su coetáneo Poe al escrito en cuestión, y de esta forma, trata de establecer una hipótesis de trabajo en que apunta sobre la existencia de «dos» Houdini escritores. A falta de familiarizarme con más textos elaborados por Erik Weisz con arreglo a su vena literaria encauzada hacia la novela o los relatos cortos, la verdadera magia literaria es patrimonio de Poe en este espléndido Bajo las pirámides. En cualquier caso, la publicación de este texto a cargo de la editorial Capitán Swing eleva la mirada sobre un artista que quiso escapar del encasillamiento a toda costa. Seguir el rastro de Houdini desde que abandonara su hogar, en su Budapest natal, a muy temprana edad es una aventura, un desafío en sí mismo. Parecía guiado por el don de la ubicuidad. Él fue el primero en sobrevolar Australia en avión. Escribió y se empeñó en construir una biblioteca con decenas de libros en sus estanterías. Leyó ingente material sobre ilusionismo y ciencias denominadas esotéricas. Dirigió, interpretó y produjo películas. Combatió a los espiritistas, entre los cuales se alinearía el propio Conan Doyle. La criptografía formaban entre sus entretenimientos, tal como se desprende de uno de sus escriptos, a partir de una anécdota en forma de providencia. 
   La grandeza de Houdini no ha tenido, a fecha de hoy, traducción en la gran pantalla que le haga justicia. Es un proyecto pendiente que tan solo se formula al alcance de cineastas con un pronunciamiento mesiánico en su voluntad por entender la vida. Paul Verhoeven estuvo empeñado en semejante propósito pero claudicó al no encontrar la manera de resolver, a efectos dramáticos, la relación suscitada entre Erik y su madre por la que sentía auténtica devoción y con quien se quiso comunicar en el Más Allá... del bien y del mal. Dos términos antagónicos que se conjugan y conjuran en el título de esta obra que agranda aún más la leyenda de Harry Houdini en sus múltiples derivadas artísticas.     

sábado, 6 de julio de 2013

«DOLOR Y DINERO»: FRANKENHEIMER-BAY, LA SOMBRA DE LA SOSPECHA

Fuera de los circuitos de la televisión, el prestigio crítico de John Frankenheimer quedaría consignado sobre todo a partir de haber encadenado el estreno de El hombre de Alcatraz (1962), El mensajero del miedo (1962) y Siete días de mayo (1964). Entonces, no había duda que Frankenheimer era uno de los enfants terribles de la industria del cine, mostrándose todo un maestro de las conspiraciones en clave de política-ficción. Lo que poco hubiera podido sospechar es que durante la etapa de rodaje de Seven Days in May, su one night stand (una cana al aire) en un hotel daría lugar a una historia propia de un thriller «conspirativo» que él mismo hubiera validado en la gran pantalla. Después de su frustrado matrimonio con Carolyn Miller, que duró ocho años, John Frankenheimer reconocería su desliz a la que por aquel entonces era su prometida, la actriz Evans Evans. Lo hizo a sabiendas que ella conocía el relato de una historia que derivaría en el pago de 7.500 dólares por parte de John Frankenheimer a una mujer embarazada que solicitaba una compensación monetaria para comprar su silencio. A instancias de su abogado Frank Wells, el cineasta neoyorquino cumplió el “trámite”, confiado que el asunto quedara olvidado.
   Sin embargo, dieciséis años más tarde Frankenheimer recibió una llamada mientras se encontraba en Londres que le llevaría de nuevo sobre el peliagudo asunto que, al parecer, ya había sido borrado de su memoria. La demanda de la mujer que se puso en contacto con el abogado de Frankenheimer no perseguía compensaciones pecuniarias sino ver cumplimentados los anhelos de un joven residente en la Wesleyan University. El chico en cuestión se llamaba Michael Benjamin Bay, dado en adopción al poco de nacer y criado durante todo este tiempo por unos padres no biológicos. A medida que pasaban los años, Michael indagaría sobre la verdad de sus orígenes, llegando al punto que su padre biológico podría ser John Frankenheimer. Sabedora de la creciente afición de Michael por el cine, la madre que se había encargado de su custodia y de su aprendizaje, apuntaría a la idea que Frankenheimer pudiera intermediar en favor de éste, abriéndose camino en ese “nido de víboras” consustancial al mundo de la gran pantalla en los Estados Unidos que tan bien conocía. Frankenheimer precisamente no atravesaba su mejor momento para prestarse a ese juego, más aun si cabe después de haber accedido a un chantaje años atrás.
    Al regresar sobre las páginas del libro John Frankenheimer: A Conversation (Ed. Riverwood Press, 1995), ahora logro encajar con mayor precisión el porqué de la etapa depresiva experimentada por Frankenheimer en su destierro en Inglaterra a caballo entre la década de los setenta y de los ochenta. Él asistía a las reuniones de un grupo de apoyo en Londres donde su mirada lánguida no pasaría desapercibida por algunos de sus compañeros. A preguntas del porqué se encontraba muy deprimido, el cineasta respondería a un compañero irlandés llamado Brian: «Bien, las cosas no están yendo por el camino que esperaba y me considero un perfeccionista. Si, eso es lo que soy, un perfeccionista». Pero en el fondo de esa respuesta, a buen seguro, yacía esa historia oscura que ocupaba parte sus pensamientos. Un velo de misterio cubriría la realidad sustanciada entre Frankenheimer y el correo proveniente de la Wesleyan University que parecía susurrarle al oído la necesidad de “apadrinar” a un supuesto hijo fruto de una relación de una noche, con apremio a que hiciera fortuna en la industria cinematográfica estadounidense. Ante semejante disyuntiva, Frankenheimer decidió someterse a una prueba de paternidad a través de tests de ADN. La fiabilidad de los mismos distaba de encontrarse a los niveles que hoy en día se estiman. Por ello, el resultado negativo de las pruebas no lo convertía en una certeza absoluta. Hubo un punto del relato que Frankenheimer y Bay se vieron las caras. Se dio en el marco de una velada convocada por el Directors Guild of America (DGA). La tensión debió proyectarse en los rostros de ambos. Cruzaron algunas preguntas sobre el tema, pero Frankenheimer se aferraría a una respuesta que negaba tal posibilidad, de que fueran padre e hijo. Mientras Frankenheimer hacía el camino de retorno al medio televisivo, Michael Bay empezaba a ser uno de los “niños mimados” de Hollywood, colocando a su disposición presupuestos muy por encima de lo imaginado. Paradojas del destino, cuando Bay elevaba el vuelo hacia cotas del éxito comercial dispensadas a Pearl Harbor (2001), poco antes y después del estreno comercial de esta cinta producida por Jerry Bruckheimer dos muertes le debieron llenar de pena y abatimiento. El padre que lo adoptó, un contable llamado Jim, fallecería al cumplir éste sesenta años. Meses más tarde, Bay conocería el deceso de John Frankenheimer en la mesa del quirófano como consecuencia de una complicación surgida en una operación de espalda.
    Al ir encajando las piezas de este relato, tengo la presunción que existen todos los pronunciamientos posibles para que se podría acomodar en forma de guión cinematográfico. La fase climática de este hipotético libreto podría desenvolverse en el entorno del rodaje de un remake de Plan diabólico (1966), dirigida por Michael Bay. Vidas suplantadas. Juegos de identidades. Ingredientes francos a una historia que bascula entre la ficción y la realidad, una nueva derivada de «cine dentro del cine», pero que en esta ocasión, con carácter inédito, directores que hubieran podido cursar en el territorio de la interpretación, cuanto menos, por su atractivo físico, se revelan posibles padre e hijo. Quizás entonces, solo entonces, el destello del talento propio de Frankenheimer se «transferiría» a Michael Bay en esa función cinematográfica que en su título seminal se despega de la realidad para adentrarse en la dimensión desconocida, allí donde tributaría uno de los grandes amigos de Frankenheimer, Rod Serling. Esa sería la “prueba de paternidad” más “fiable” con apremio a establecer lazos de cosanguineidad entre Frankenheimer y Bay más allá del indicio –nada baladí— que ambos compartan nombre de pila, que su estatura sea pareja (en torno al 1,90) y sus facciones encuentren cada vez mayores puntos de concordancia. Como reza la última producción de Michael Bay, cuyo estreno se hará efectivo en nuestro país a finales del mes de agosto, Pain and Gain («dolor y dinero») pivotan en este relato abonado al espacio de las conjeturas y de los posibilismos.


miércoles, 3 de julio de 2013

LA PRESUNTA ENFERMEDAD «NO DESVELADA» DE MARIANO RAJOY: LA ALEXITIMIA

En el colmo de la desfachatez asistíamos semanas atrás a una rueda de prensa (sic) en que el presidente del gobierno de España aparecía en una sala de la sede del PP siendo observado por la concurrencia de medios de comunicación a través de una pantalla de plasma. Evidentemente, en esa escenificación cuál holograma, no cabían las preguntas que, a buen seguro, los distintos medios de comunicación citados en la calle Génova estaban celosos de formular al presidente del gobierno sobre todo en lo concerniente al caso Bárcenas. Al cabo, una cuestión se hace especialmente pertinente: ¿existe diferencia entre el Mariano Rajoy “virtual” y el real? Me aventuro a razonar que la nula capacidad de empatizar, a transmitir emociones, a poder codificar un lenguaje gestual del líder del PP nos lleva a la conclusión que es un político, a efectos de la difusión de sus alocuciones o sus mensajes en clave política y/o económica, al que da lo mismo contemplar en directo, en vivo o… en diferido (Maria Dolores de Cospedal dixit).
   A cuenta de todo ello, tiempo atrás barajaba la posibilidad en este mismo blog que Mariano Rajoy sufriera una enfermedad llamada alexitimia, un desorden neurológico que afecta a un sector considerable de la población incapaz de identificar emociones y, por consiguiente, incapaces de expresarlas. A menudo este trastorno puede confundirse con una actitud de pasotismo, de desprecio frente a los sentimientos ajenos, pero en muchos de los casos deviene un diagnóstico erróneo que esconde una realidad mucho más compleja administrada a través de unas pautas genéticas pero también que guardan relación con el entorno donde se ha desenvuelto una persona en particular. No puedo por menos que dar carta de naturaleza a aquellas sospechas al ir detectando día tras días que Mariano Rajoy es “inmune” a cualquier tipo de pregunta que incluso pueda afectarle en las relaciones que lo ligaron durante tanto tiempo a personas de su confianza en el seno del PP. Luis Bárcenas fue una de ellas y no hace demasiado tiempo que Rajoy mantenía por activa y pasiva que el ex tesorero saldría airoso de cualquier acusación sobre su actividad profesional. El pasado viernes día 28 de junio, en Bélgica Rajoy tuvo oportunidad de disculparse por lo equivocado de su diagnóstico, y a continuación expresar su decepción para con la confianza depositada en su día en la persona de Bárcenas, ingresado en prisión de manera indefinida y sin fianza. Pero Rajoy prefirió dar la callada por respuesta, despachando incluso una de las preguntas con un auténtico ejercicio de arrogancia, desprecio y sobre todo insensibilidad. La misma “insensibilidad” que le debería llevar de cabeza a abandonar de una vez por todas la presidencia del gobierno de un país que además de muchas otras cosas precisa de políticos que sepan, cuanto menos, colocarse en la piel de los ciudadanos para saber calibrar el alcance de determinadas decisiones que afectan en lo social y en lo personal. Claro está que poco ayudan a Rajoy esa cuerda de pelotaris-asesores que secundan al presidente del PP, mostrándose el mayor de ellos Jordi o Jorge Moragas, los mismos que parecían aplaudir con las orejas situados en primera fila la ocurrencia de su supremo jefe cuando contestó con la enésima evasiva sobre el caso Bárcenas. Hay otro “caso” en el PP que tiene complicado diagnóstico: el de Mariano Rajoy, en hipótesis afectado de alexitimia. Ya va siendo hora que los ciudadanos de este país sepan que la enfermedad “no desvelada” de Mariano Rajoy le deja en una penosa posición para alejarnos de la idea que no estamos frente a una máquina, un holograma o cualquier apariencia virtual, sino ante una persona dispuesta a mostrarse humano, con sus virtudes y sus defectos, y sobre todo con la capacidad de saber disculparse cuando queda retratado. Triste figura la de este personaje que nunca debió ocupar un puesto de semejante responsabilidad política, pero también moral y ética, de la de Presidente del gobierno que busca en el “espejismo” de las cifras de contratos de trabajo registrados en las últimas semanas en virtud del efecto estacional una tabla de salvación antes que la llegada del mes de septiembre nos retorne de nuevo a una lacerante realidad.