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domingo, 14 de julio de 2019

«LA POETA Y EL ASESINO» (2002): EL FALSIFICADOR MORMÓN Y LA MISTERIOSA DAMA DE AHMHERST


Ha transcurrido casi una década desde que vio la luz mi primera novela, El enigma Haldane (2011). A través de la evocación que hace de su padre —supuestamente muerto en un accidente automovilístico— el personaje protagonista de la misma, Timothy Waller destaca que entre sus aficiones se encontraba la lectura de poesía, siendo una de sus autoras favoritas Emily Dickinson (1830-1886). Durante el periodo que había dedicado a la escritura del libro tuve un conocimiento un tanto vago en torno a esta poeta norteamericana de la que, en cierta manera, la lectura de algunas de sus poemas me atrapó al punto que la incorporé a esa cosmogonía, cuál demiurgo, que estaba moldeando en las primeras estribaciones del siglo XXI. Precisamente, en ese periodo el periodista, aventurero, ensayista y novelista británico Simon Worrall vio publicada la novela The Poet and the Murderer (2002), de la que ha tardado diecisiete años en ser traducida al castellano de la mano del sello Impedimenta. Beatriz Anson se ha encargado de una labor que, a buen seguro, ha requerido de la necesidad de material extra que ayudara a apuntalar una traducción a la lengua de Dámaso Alonso de una obra que puede leerse conforme a una novela de misterio, pero que evita cualquier amago de ficción. La poeta y el asesino sigue, pues, las coordenadas de un relato sobre la verdad de un personaje, Mark Hoffman (n. 1954), que llegó a crear un poema haciéndolo pasar por uno de los muchos que había escrito de su puño y letra la asceta Emily Dickinson. El punto de partida de La poeta y el asesino no es otro que la subasta del poema de marras en la prestigiosa Sothersby’s en 1997, vendido por veinte mil dólares a un representante de la Biblioteca Pública de Ahmherst —la localidad de Massachusetts donde vivió recluida la totalidad de sus cincuenta y seis años la menuda poeta— tras recibir una serie de donaciones que permitieron acceder a la puja por una obra que llenó de animosidad —y de cierta incertidumbre, cabe decirlo— a los acérrimos admiradores del legado artístico de Emily Dickinson.
    Al tirar del hilo de la realidad, se llegó hasta un personaje con múltiples atractivos para que ocupara un plano de centralidad en una novela de «no ficción» —según el término acuñado por Truman Capote, a propósito de A sangre fría (1966)— que, para un servidor, además de conocer infinidad de detalles que enriquecen mi interés por la figura de Emily Dickison, ha significado una puerta al conocimiento de la creación del mundo de los mormones. No en vano, Mark Hoffman se educó bajo la ortodoxia mormona pero, a temprana edad, iba tomando conciencia que aquella «fortaleza» eclesiástica se había construido con pies de barro. Óbviamente, mi fascinación sobre los mecanismos que operan en el seno de las sectas religiosas —la de los mormones, una de las de mayor predicamento y expansión a escala planetaria— y de la que dejo constancia en El enigma Haldane merced a la confección de una organización liderada por Ephraim Samsteen con el epígrafe de la clonación de seres humanos para operar como sociedad mercantil, han avivado la atención por la lectura sobre todo en los capítulos centrales de La poeta y el asesino. Se trata de un trabajo de campo a cargo de Simon Worrall que inicialmente debía haber sido publicado por la revista Enquirer, pero que derivó en una propuesta literaria de gran calidad. Worrall deja constancia de su savoir faire en el manejo de un lenguaje que no excluye un aliento poético, lírico, diríase que tocado por la gracia de saberse agradecido que la «divina providencia» le facultara a escribir una novela que crea adicción en el lector aunque sea un profano en las materias tratadas. El vocablo «asesino» puede resultar el señuelo presto a captar la atención del mayor número de lectores posible, pero sin sus cargos por doble asesinato –dos miembros destacados de la comunidad mormona de Salt Lake City—que le han llevado a permanecer en prisión de por vida Mark Hoffman hubiese sido un personaje digno de estudio, con un IQ cercano a 150, y su don para falsificar firmas —en torno a las ciento treinta de auténticas figuras de la Historia de Norteamérica— y documentos que hizo pasar por oficiales, incluido las que podríamos colegir las sagradas escrituras de los Mormones.
     Una vez más, Impedimenta ha demostrado su excelente olfato a la hora de recuperar para el parque editorial de nuestro país, una gema de incalculable valor que, a buen seguro, ganará público lector con una eventual adaptación a la gran pantalla en forma de ficción cinematográfica. Descartado Bart Layton para no incurrir en un exceso de repetición de temas —el director y guionista del falso documental El impostor (2012) y la excelente American Animals (2018)— Pienso que Robert Zemeckis podría ser un candidato idóneo para llevarlo a cabo, toda vez que en un par de ocasiones ha convertido material procedente del campo documental en sendos largometrajes de ficción —El desafío (The Walk) (2016), Bienvenidos a Marwen (2018)—. Este podría ser el tercero ya que tenemos el precedente de The Man Who Forget America (2003), dirigido por Matthew Thompson, centro en el personaje de Mark Hoffman, confinado en una prisión federal desde hace una veintena de años. Otra prisión, la situada en una mansión de estilo victoriano en Ahmherst, fue la que ocupó la «poeta» del título de una novela excepcional en el amplio sentido de la palabra.     

domingo, 5 de febrero de 2017

JOHN HURT (1940-2017) IN MEMORIAM: EL ADIÓS A UN MAESTRO DE LA INTERPRETACIÓN

«Por unos instantes, Ephraim se mesó su larga cabellera desde la frente hasta la parte superior sin dejar de perder la forma unas ondulaciones que le daban un aire juvenil a una cara afilada surcada por unas marcadas arrugas en su frente. Se observaba una extraña simetría añadida en su rostro fruto de una edad que le situaba próximo a la setentena: sus cejas poco pobladas y enarcadas parecían proyectar un reflejo, una sombra en las bolsas de unos ojos diminutos punteados por una mancha de color azul marino. La línea de su lacio cabello simulaba otro efecto simétrico en relación a un bigote poblado con caída a ambos lados de una boca que conservaba la integridad de sus piezas dentales». Esta descripción física sobre Ephraim Samsteen el científico que lidera una secta dedicada a la clonación humana en mi novela El enigma Haldane (2011) se inspiró en John Hurt. Se trata del único personaje de esta ficción literaria que toma el molde de un personaje real, el propio de uno de los actores que desde mi primer encuentro en la gran pantalla con El hombre elefante (1980) más me han fascinado y que desde entonces he situado en un imaginario pedestal. No cabe duda que mi sueño hubiera sido que Hurt fuera el Ephraim Samsteen en una hipotética adaptación al cine de El enigma Haldane. Así lo consideré una vez completada la novela, elaborando un guión cinematográfico a renglón seguido que espero algún día tenga traducción en imágenes. En cualquier caso, este proyecto no contaría con la participación de Hurt, fallecido el pasado 25 de enero, víctima de un cáncer. Hurt llegó a cumplir setenta y siete años, la mayor parte de los cuales dedicados a su gran pasión: la interpretación.
    Para alguien que inicia el tránsito de la infancia a la adolescencia, la visión en una sala oscura, compartida con desconocidos, de El hombre elefante —en versión doblada al catalán al amparo de la nueva Política Lingüística impulsada por la Generalitat de Catalunya— no podía por menos que quedar impregnada a fuego en la memoria. Bajo esa “máscara” de John Merrick «el hombre elefante» se encontraba su tocayo Hurt, asumiendo un reto que la inmensa mayoría de sus colegas de profesión hubieran rechazado excudándose que no querían someterse a una auténtica “tortura” en los preliminares de cada jornada de rodaje, fruto de las necesidades de un maquillaje cortesía de Christopher Tucker que debía ser convincente en aras a representar a un auténtico monstruo en pantalla. Pero el reto resultaba doble: en John Merrick debía aflorar un perfume de humanidad que percibiera el olfato del espectador, al punto que al final de la función las mejillas se impregnaran de lágrimas. El hombre elefante no nació para ser degustada exclusivamente por un público selecto, avisado del carácter iconoclasta de su director, David Lynch, a raíz de la puesta de largo de su opera prima Cabeza borradora (1976). El hombre elefante nació para activar las emociones del espectador, aquellas aptas para conmovernos y hacernos recordar que lo monstruoso puede mostrarnos su lado humano. Por ello, John Hurt hizo de su interpretación una auténtica proeza que no pasó inadvertida entre directores y guionistas de diversas partes del mundo, fiados a la idea que alguien capaz de echarse a sus espaldas un personaje de las características de John Merrick cualquier reto por complicado que pudiera parecer estaría dispuesto a asumirlo.
    Gracias, en parte, a John Hurt y El hombre elefante extraje la idea desde temprana edad que el cine deviene un medio al que debemos conceder una gran importancia sobre los aspectos técnicos (ambientación, maquillaje, fotografía, sonido, composición musical), pero la interpretación es el fuego principal que suministra calor... un calor humano real, “palpable” que obra el milagro de conmovernos en torno a una historia que se proyecta sobre una superficie blanca a veinticuatro imágenes por segundo. Ese calor humano lo he sentido tan cercano —quizás sin la intensidad de El hombre elefante, una película que visito regularmente— cuando ha asomado en infinidad de ocasiones en pantalla John Hurt, que desde principios de los ochenta ha convertido el asistir a ver una producción cinematográfica con el actor inglés entre su reparto como si se tratara de una suerte de ritual. Ciertamente, algunas películas no llegarían a estrenarse en salas comerciales de nuestro país, pero me he ocupado de estar atento al mercado videográfico y en formato digital para ir completando un mosaico interpretativo que, por lo general, inflexiona en personajes que operan fuera de la ortodoxia (el preso Max en El expreso de medianoche, Winston Smith en 1984, el multimillonario S. R. Hadden en Contact, La «condesa» en Ellas también se deprimen, Jellon Lamb en La propuesta, Mr. Summers en Todos los animales pequeños y un largo etcétera). Sin duda, Ephraim Samsteen hubiera tenido encaje en esa galería de personajes interpretados por Hurt tallados por una percepción de la vida alejada de los convencionalismos, de las reglas impuestas; personajes que se revelan contra su época y su tiempo. Descontada la imposibilidad de escribir un libro sobre John Hurt —veo misión imposible que las editoriales de nuestro país se avengan a una operación de riesgo de semejantes características—, a modo de tributo del gran actor británico me gustaría regresar, cuanto menos una vez al año sobre una de las películas interpretadas por él. Emulando a Jim Jarmusch —su director en Dead Man (1995) y Solo los amantes sobreviven (2013), sendas propuestas situadas en los arrabales del Sistema—, me agradaría formar parte de una especie de sociedad “semisecreta” denominada «Los hijos de John Hurt». La condición para la adimisión en dicha sociedad sería la de haber heredado algún rasgo de John Hurt. Me gustaría creer que en mi caso fuera la humanidad que ha destilado en tantas ocasiones en la gran pantalla para el que considero sigue valorando conforme a uno de los más grandes actores de la Historia del cine. Gracias John. Rest in peace.  

domingo, 11 de agosto de 2013

«SERES ILUSTRADOS» O CUANDO LOS TATUAJES HABLAN DE NOSOTROS

Verano es una estación del año propicia para que la gente perciba algo más de cada uno de nosotros. Dejamos filtrar aspectos de nuestra personalidad a través de conversaciones apostados en terrazas con las que combatir los rigores propios del calor; las mal denominadas redes sociales habilitan un exceso de mensajes que colapsan nuestros muros más que en otra estación del año; pretendemos que el amor ilumine los espacios más privativos de nuestros sentimientos... Pero asimismo para muchos, la visibilidad de los tatuajes, expuestos cuál trofeos en la superficie corporal, tratan de mostrar la necesidad de dejar constancia de una singularidad que, a menudo, no es más que una señal inequívoca de un déficit afectivo, de una promesa incumplida, de un temor o de una idolatría entendida como culto a una personalidad, no la nuestra, sino “externa”. Muchos se saben “diferentes” por lucir un tatuaje exclusivo; una “huella digital” expuesta a la luz del sol que pretende imprimir carácter, reforzar una personalidad malherida por el corazón doliente. Según mi percepción, estas “etiquetas” corporales han proliferado en los últimos años al compás de la necesidad para una gran mayoría de los que se aplican los tatuajes de sentimiento de pertenencia a un determinado “clan”, compartiendo con sus semejantes la pasión por una afición común, ya sea por la música, por los juegos de rol, por una ideología impresa con tinta del color de la intolerancia, etc. Prácticamente nadie de los que devienen clientes de tiendas de tatuaje piensan en que, una vez sus cuerpos se marchiten, la piel se contraiga fruto del paso de los años, aquellas imágenes prestas a lucir bellas y radiantes sobre la superficie corporal adoptarán formas bien distintas. El contraste será entonces severo, provocando que retiremos la mirada cuando una vieja o un viejo desdentado sentado en un banco de un parque deje semidescubierto el “recuerdo” de un lejano pasado, intuyendo la imagen de un dragón, una flor, un símbolo oriental o el rostro de una estrella de rock. Pero el verdadero sentimiento de repulsión provendrá cuando esas personas de la tercera o la cuarta edad se miren frente al espejo, y maldigan el día (de borrachera o no) que se decidieron por asistir a la consulta del «doctor Tattooo». Entonces, el dolor producto de la incisión de las agujas se soportaría con mayor facilidad porque la “recompensa” provenía de la aceptación, cuando no, de la admiración de los demás.  El ritual se había cumplido. Ya formaba parte de los nuestros o simplemente era una “ofrenda” para satisfacer a la pareja. Empero, cuando esos jóvenes que han mudado a la senescencia, resolverán colocarse frente al espejo, el dolor se tornará intenso. El más intenso posible, el que proviene de nuestra propia reprobación.
   Por mi propia naturaleza, no me resulta complicado proyectarme en el futuro. Un futuro no como el que muestra, por ejemplo, Ray Bradbury en sus Crónicas marcianas (1954), si no el que se sitúa a la vuelta de la esquina. Mi novela El enigma Haldane (2011) habla de ese futuro imperfecto, regulado por el “esclavismo genético”, que nos aguarda o que podemos imaginar será factible dentro de unos años, quizás décadas. Por eso pienso para una próxima novela distópica el escenario de una dama vieja que da de comer a palomas (¿mecánicas?: los elevados índices de contaminación habrá hecho estragos en las grandes ciudades superpobladas) que luce en la espalda el tatuaje de un dragón y en su brazo izquierdo una serpiente cuyas escamas aumentan la sensación de rugosidad de un cuerpo “en caída libre”. Lejos queda, por tanto, la belleza imaginada al correr de las páginas de El hombre ilustrado (1950), otra de las exquisitas piezas literarias de Ray Bradbury, pero en su formato de cuento: «El Hombre ilustrado era una acumulación de cohetes y fuentes, y personas, dibujados y coloreados con tanta minuciosidad que uno creía oír las voces y los murmullos apagados de las multitudes que habitaban su cuerpo. Cuando la carne se estremecía, las manitas rosadas gesticulaban, los labios menudos se movían, en los ojitos verdes y dorados se cerraban los párpados. Había prados amarillos y ríos azules, y montañas y estrellas y soles y planetas, extendidos por el pecho del Hombre Ilustrado como una vía láctea». En esa vía láctea que contiene el planeta llamado Tierra donde un número cada vez más creciente de su población opta por dar visibilidad a una “huella digital” en forma de tatuaje sin reparar en que nuestros cuerpos no han sido programados para la eternidad. La inmediatez o la evaluación al corto plazo, como tantos aspectos que rigen en nuestra sociedad, acaban imponiéndose sin calibrar las consecuencias que conllevarán en un futuro lejano o quizás no demasiado lejano.
  
   

        

domingo, 10 de julio de 2011

A PROPÓSITO DE «EL ENIGMA HALDANE»: ENTREVISTA CON CHRISTIAN AGUIILERA EN ESBILLA CINEMATOGRÁFICA

Hace más de tres años que este blog está en funcionamiento. El ánimo que me ha guiado a ir actualizando se debe a mi inquebrantable voluntad por conocer cosas, saber, descubrir. Los asiduos de El mundo de Haldane deben razonar en la misma línea. El nombre del blog, como es bien sabido, se debe a mi primera novela, El enigma Haldane, presente en el mercado desde mayo de este año. Desde entonces he pensado en el momento de facilitar a los seguidores del blog la puerta de entrada al conocimiento de la obra que considero en mayor estima de cuantas he realizado hasta la fecha. Sin embargo, tenía que dar con el momento adecuado y ha surgido a rebufo de la publicación en Esbilla Cinematográfica de la tercera parte de una extensa entrevista realizada por Adrián Sánchez a través de su blog de referencia cinéfila dentro del ciberespacio. En esta, por el momento, última entrega, se pasa revista al «contenido y continente» de El enigma Haldane, esperemos que punta de lanza de un proyecto editorial que prorroga, una vez más, la salvaguarda de un sentido de la independencia (no evaluado en términos políticos o ideológico) por el que siempre me he sentido atraído. Así pues, para todos los asiduos a este blog tendrán un 30% de descuento sobre el PVP del libro El enigma Haldane. Con los gastos de envío incluidos dentro del territorio español, mi primera novela costaría 15 €. Para los residentes fuera del estado español el coste es de 15 € + gastos de envío según destino. Para aquellos interesados enviad un email a bdatos@cinearchivo.com con vuestros datos postales para el envío contrarreemborso especificando que lo hacéis a través del blog de El mundo de Haldane. Con mucho gusto, si así lo estimáis oportuno, os lo dedicaré. A continuación aquí tenéis un extracto de la entrevista con Adrián Sánchez en su blog Esbilla cinematográfica que podéis leer en su integridad resiguiendo el link correspondiente:

Bienvenido otra vez, que desde luego espero no sea la última. Aunque podamos ser reiterativos prefiero empezar de nuevo, así que “cómos” y “porqués”. ¿Porqué este giro a la ficción y cómo nace este El enigma Haldane?
Y ahora…”como decíamos ayer”: 

Hace bastantes años tuve en mente conformar una historia sobre clonación humana dado mi interés por la genética como biólogo. Después de una fase de documentación empecé a escribir la historia pero cuando llevaba unas cien páginas me faltaba una pieza básica para que todo cobrara forma y se mantuviera el interés hasta el final. Cuando hice un viaje a Escocia esas conexiones para elaborar la trama las tuve delante de mí. Luego, al regresar a casa, escribí el resto de la novela de una manera muy seguida. Había, por así decirlo, completado las piezas que faltaban para ese “puzzle” que es El enigma Haldane.
Una cosa que me ha llamado la atención es el puntillismo, digamos “espacial”, la exactitud a la hora de delimitar las localizaciones.
No es una novela que abuse demasiado de recrearse en una descripción muy detallista de los lugares donde transcurre la historia, pero sí que, de alguna manera se hacen muy “visibles” para el lector. Gran parte de las personas que habéis leído la novela señaláis que se nota que he pisado el terreno. Es una cuestión de honestidad profesional porque, al fin y al cabo, estás contando una historia que puede ser real sobre un componente de visión distópica de un mundo que puede encontrarse al doblar la esquina o puede que se de dentro de cincuenta, cien años…quién sabe.
La novela tiene una serie de características curiosas, pero destaca, claro, su adscripción genérica quizás cercana al concepto de ciencia-ficción blanda, donde pese a crear un universo coherente tiene más peso el conflicto personal, humano.

La escritura de novelas, pienso, tiene mucho que ver con el mundo de la música. Ambos son mundos en que juega un papel crucial la precisión, el equilibrio, precisan de una métrica interna. Para El enigma Haldane la historia misma me ha dado la posibilidad de equilibrar tanto el trazo humano, los temas que se plantean como el marco donde se desarrolla. Es cierto que se trata de una novela de personajes, y  asimismo lo es de temas, de un mundo que he imaginado pero asentado desde principios reales, perfectamente factibles. 

Le encuentro cierta melancolía de fondo. En un nivel muy básico es una historia de padres e hijos. Sean cuales sean los medios.

Al principio de Haldane, Tim, el recién licenciado en biología, pierde a sus padres en un accidente automovilístico. La pérdida de seres tan cercanos comporta, de una forma más o menos inmediata, entrar en un estado de melancolía mezclado con un sentimiento de desconcierto, de desorientación y porqué no decirlo, de negación de la evidencia. No ha sido mi experiencia, pero entiendo que ese representa el mecanismo emocional habitual en aquellos que han sufrido pérdidas de familiares tan directas. Luego, la trama abre una luz de esperanza para Tim, pero el sentimiento de melancolía no abandona ni mucho menos al biólogo. Los mecanismos emocionales juegan un papel preponderante en esta trama, en ese equilibrio al que me refería antes (Seguir leyendo...)




domingo, 1 de mayo de 2011

LAS RAZONES DEL INDEPENDIENTE: ENTREVISTA CON CHRISTIAN AGUILERA (PARTE II)

Transcurrido poco más de un mes desde la publicación de la primera parte de la entrevista que me realizó Adrián Sánchez en su magnífico blog esbilla cinematográfica, ahora toca el turno de la segunda y última entrega. En la misma se hace un repaso sobre distintos aspectos de los libros de Milos Forman, Joseph L. Mankiewicz y Neil Young para rematar la faena con una aproximación a El enigma Haldane. Me siento más cómodo como entrevistador que en calidad de entrevistado, pero la verdad es que Adrián tiene una habilidad especial para crear el clima propicio para sentirte cómodo en esta tesitura. Aprovecho el pie de la entrevista con rúbrica sobre El enigma Haldane para anunciar que desde hoy ya está activado el Facebook específico de mi primera novela (Ver enlace izquierda superior del blog) Por consiguiente, invito a todos los seguidores del blog a participar del mismo toda vez que a partir del día 20 de mayo El enigma Haldane se podrá encontrar en un buen número de librerías del estado español y asimismo habrá una plataforma virtual para adquirirlo on line.

Una segunda entrega abierta con el recuerdo, imprevisto, para Sidney Lumet y que se extiende sobre dos nuevas monografías, una sobre el clásico olvidado Milos Forman, uno de los autores capitales del cine de los 70 y primeros 80, otra sobre un autor del contundente prestigio de Joseph L. Mankiewicz y sobre el cual Aguilera arroja una luz, en no pocos aspectos, sorprendente o que al menos sirve para descubrir aspectos en sombra del mismo. Enchufamos luego las guitarras para movernos entre la tormenta y la calma, azotados y mecidos por el descomunal talento de Neil Young. Parada bloguera para descansar un poco y último tercio con esa verdadera vida nueva que es la novelistica con la publicación, ya mismo, de El enigma Haldane. Todos colocados sobre el césped, balón al verde, pitido inicial, saque atrás y a correr. Empieza la segunda parte:

Antes de retomar el hilo de las cosas donde lo habíamos dejado se impone un breve recuerdo para Sidney Lumet, del cual hablamos brevemente en la primera entrega ¿qué impresiones nos puedes dejar sobre él? ¿Crees que se le puede estar sobredimensionando un poco?

Tuve ocasión de entrevistarlo en 1993 para la preparación del libro La generación de la televisión. Por aquel entonces solo Blake Edwards y Woody Allen mantenían un ritmo de producción tan elevado como Sidney Lumet, una media de película por año. Era un hombre de setenta años con aspecto de tener unos cincuenta y pocos. A diferencia de otros directores, la práctica cinematográfica parecía que le rejuvenecía. Solo puedo expresar mi tristeza por la pérdida de una personalidad del mundo del cine al que los intérpretes adoraban. No he leído una sola línea de un actor o actriz que hablara mal de Sidney Lumet. Respecto a si se ha dimensionado o no, ya sabes que en este país pasamos de un extremo al otro con una facilidad pasmosa. Pero, en términos generales, diría que Lumet logró realizar doce, catorce películas de gran nivel, algunas aún por descubrir como Daniel (1983). Cualquier director hoy en día firmaría pasar a la posteridad con un par de grandes películas. Lumet se fue, a mi juicio, a la docena larga. No es mal testamento fílmico.

En la pequeña entrada que hice sobre su fallecimiento hablaba en defensa de su sentido del oficio, que si no está perdido lo parece ¿Hay en el Hollywood actual sitio para los artesanos?

Martin Scorsese ha dicho recientemente que con la muerte de Lumet se puede dar por cerrada una etapa del cine norteamericano. En cierta manera, lo comparto. Lumet se aplicó a la manera de un artesano pero eso no va reñido para que, de tanto en tanto, hiciera las películas que quería, aquellas muy ligadas con su conciencia de hombre de izquierdas, progresista. Digamos que hoy en día más que nunca hay muchos que dirigen, pero pocos directores. Y ser director se llega a través del oficio, a base de equivocarte una y otra vez, de experimentar, de enfrentarte en el plató con intérpretes de distinta clase, de rodar, en definitiva.

Absolutamente de acuerdo con esas apreciaciones. Avancemos hasta tu siguiente libro y nueva editorial, ahora la Cordobesa Berenice en el año 2006 y sobre otro clásico postergado como el checo Milos Forman. ¿Por qué este, no se si olvido o disolución, de un director tan prestigioso? Es un hombre de 79 años, no es tan anciano, un clásico de los 70, ganador de dos Oscar… y parece costarle horrores levantar una película desde hace años. De hecho entre Man on the Moon (que me parece una de sus mejores obras, por cierto) y Los fantasmas de Goya, que debe de hacer fuera de la industria, pasan 7 años y desde esta última ya suman 5 hasta hoy sin mayores noticias.

Hubo varias razones para proponer el libro de Milos Forman a Berenice. Sin duda, es un director que siempre me ha interesado y que vista la ausencia de bibliografía en castellano me lancé a escribir una monografía. Creo que ha habido cierta “pereza” al analizar su obra. Por ejemplo, propuse a la Filmoteca de la Generalitat que coincidiendo con la publicación del libro se hiciera un ciclo y me contestaron que ya habían proyectado algunas de sus películas de la etapa checa y que su etapa norteamericana no les parecía interesante. Me pareció una boutade pero así se las gasta cierta intelectualidad capaz de borrar de un plumazo los aciertos de films de estilos y contextos sociales tan diferentes como Alguien voló sobre el nido del cuco, Amadeus, Man On the Moon o Los fantasmas de Goya. Me acuerdo que para llegar a tiempo de incluir la parte de Los fantasmas de Goya en el libro escribí casi de un tirón quince folios. Es una película de una riqueza extraordinaria, pero fue un fiasco comercial total. Esa es una de las explicaciones, además de la edad de Forman, del porqué ya no ruede.

Después de la experiencia con Valmont, un film a reivindicar, y que personalmente prefiero al de Frears, también pasaron siete años ¿Le hizo pagar Hollywood el fracaso económico de aquel empeño personal en una aplicación práctica de eso de “vales tanto como tú última película”?

domingo, 6 de marzo de 2011

PRESENTACIÓN DE «EL ENIGMA HALDANE»: PRMERA PARADA, TECLA SALA DE L'H

Vista aérea del edificio de la Tecla Sala de L'Hospitalet.
Cuando inauguré este blog en mayo de 2008 pensé en distintos títulos para el mismo. Después de descartar varios me incliné por El mundo de Haldane, en alusión al libro que por aquel entonces estaba dando forma en mi ordenador, El enigma Haldane. Con esta elección quise dejar constancia que, sí, es cierto, en la pasada década el cine constituyó mi centro de gravedad profesional, pero nunca he dejado al margen mi interés por múltiples temas, uno de los cuales fue fundamental para la elaboración de mi primera novela: la genética. Sin este conocimiento previo adquirido durante la carrera de Ciencias Biológicas que cursé años a, me hubiera resultado un imposible crear esta ficción literaria sustentada sobre una base científica. Por fortuna, pienso que he logrado que este conocimiento científico esté al servicio de la historia y no a la inversa como suele suceder en este tipo de novelas.
   Tres años después de celebrarse —si se puede expresar de esta forma— el tercer aniversario de este blog aparecerá en el mercado El enigma Haldane. Semanas antes se harán una serie de presentaciones, la primera de la cuales tendrá lugar el próximo día 15 de marzo, a las 19 h 30 mn, en la sala de actos de la Mediateca de la Tecla Sala de L’Hospitalet de Llobregat. El emplazamiento tiene un sentido especial para un servidor porque en esta ciudad siguen viviendo mis padres, fue donde me crié y desarrollé mi actividad escolar hasta que la Universidad llamó a la puerta. Asimismo me alegro porque L’Hospitalet cuente con equipamientos culturales de primer nivel, imbricados en una red —esta sí, social— de bibliotecas y mediatecas bajo los auspicios de la Diputació de Barcelona (algún día pienso dedicar un post a esta labor modélica en muchos aspectos). Con todo ello, la presentación de mi novela vendrá acompañada de otro libro de trazo genérico distinto, Adja y la nostalgia, escrita por Jaume Carreras, que es una obra maestra de principio a fin.
   No soy demasiado amigo de desvelar cuestiones relativas al contenido de la novela porque es el lector quién debe volcarse en este ejercicio intelectual. Pero para ponernos en situación, El enigma Haldane se plantea, a nivel temático, como otra vuelta de tuerca, treinta y seis años después, de Los niños del Brasil (1976), esa estupenda fábula de la fantaciencia pergeñada por Ira Levin. En cambio, la estructura narrativa invita a pensar en El silencio de los inocentes (1988) de Thomas Harris, aunque desde una perspectiva temática no guarde relación alguna. Referentes literarios que marcan las pautas en torno a El enigma Haldane como novela apta para lectores de todo tipo, eso sí, decididos a viajar por tierras escocesas de la mano de sus protagonistas. He hecho numerosas veces ese viaje en mi mente y uno solo físicamente por los emplazamientos de El enigma Haldane y siempre llego al mismo punto. Para un servidor, de cuantos libros he escrito es mi obra más querida, más profundamente interiorizada y en la que convergen tres de las materias por las que desde hace largo tiempo más me han interesado: la literatura, la ciencia (en especial, la genética)… y el cine. Si, porque, Haldane tendrá una second live en la gran pantalla. Se publica una obra, por consiguiente, 100% adaptable al cine, aun siendo pura literatura. De momento, en ese largo trayecto que aguarda a El enigma Haldane —con el propósito de ser la primera parte de una trilogía— la primera parada se dará en breve en la Tecla Sala de L’Hospitalet de Llobregat. Allí se empezará a desvelar ese enigma oculto durante tres años.

domingo, 19 de diciembre de 2010

EL GRAN HOUDINI: «THE MAN FROM BEYOND»

Viendo recientemente un magnífico film británico dirigido por Edward Dmytryk, The Hidden Room (1949), el segundo punto de giro, el que nos proyecta hasta el final de la historia, guarda mucha relación con el uso del lenguaje. Al cabo, reparé en que el uso idiomático había sido el principal argumento para que Ehrich Weiss, más conocido por su nombre artístico de Harry Houdini (1874-1926), destapara al entramado de farsantes y embaucadores responsables de organizar sesiones de espiritismo, que invitaron al escapista e ilusionista para que entrara en contacto con su difunta madre. Ella, húngara de pura raza, jamás aprendió el inglés y, por tanto, aquellos mensajes cifrados del más allá con la lengua de John Milton por bandera, levantaron la liebre de la indignación en Houdini, quien a partir de entonces consagraría buena parte de sus esfuerzos a desemascarar a los «Moriarty» de turno practicantes de una pseudociencia especialmente sembrada para ser recolectada por mentes tocadas por la ingenuidad, cuando no la desesperación.
Guardo un recuerdo intermitente de la primera vez que confié a mi memoria el nombre de Harry Houdini, pero de lo que estoy plenamente convencido es que éste cobraba vida (eso sí, con las prerrogativas a morir en diversas ocasiones a lo largo de la función fílmica) en la persona de Tony Curtis, otro actor que enmascaraba su origen judío —nacido Bernard Schwartz— con el nombre que le daría celebridad a escala internacional, sobre todo a raíz de propuestas que cautivaron al espectadores de la época y de posteriores como El gran Houdini (1953). Y digo actor porque Houdini tuvo una partipación activa en media docena de producciones de los años veinte, llegándose incluso a triplicarse en productor y guionista en The Man from Beyond (1921) con la intención de hacer de Howard Hillary un personaje a su medida. Dentro de ese espacio difuso al que aludía, brillaba con especial nitidez la secuencia en que Houdini desafiaba las gélidas aguas del Río Hudson, encontrando in extremis un punto de luz en forma de salida a la superficie en medio de esa prisión de agua sellado por caplas de hielo. En realidad, esa secuencia surgiría del imaginario del guionista Philip Yordan porque Harry Houdini se embarcó en numerosas gestas que le colocarían en el frontispicio de la muerte, pero ninguna de ellas le convocaría en un río helado en la ciudad de Nueva York, al menos, a tenor de la documentación recopilada a lo largo de la pasada centuria. Fuera o no producto de la imaginación de los responsables creativos de El gran Houdini, esta producción Paramount me cautivó durante buena parte de mi adolescencia y, a partir de entonces, mi fascinanción por el personaje de Houdini me ha movido a distintas lecturas sobre su obra, vida y milagros, al visionado de documentales y alguna que otra aproximación, más o menos cercana, al personaje en la oscuridad de las salas, concretamente, en El último gran mago (2008). Al calor de las apuestas por dar cancha al tema del ilusionismo —El ilusionista (2006) y El truco final (2006)—, se debió desenpolvar un guión que debió dormir el sueño de los justos en algunos cajones de las productoras, dando vía libre a este El último gran mago, en que las expectativas pronto se diluyeron para un servidor cuando se sitúa al personaje de Houdini (un imposible Guy Pearce; la directora aussie Gillian Armstrong barrió para casa) en su ocaso profesional y su combate se dirime —en tierras escocesas— con esos espiritistas de tres al cuarto más que con cadenas, cubas de aguas selladas herméticamente o camisas de fuerza que no dejan extender las alas colgado de lo alto de un edificio neoyorquino. De esta proeza final dan fe los documentales que se conservan y que Milos Forman adecuaría para el prólogo de Ragtime (1981), aunque poco más se sabría a lo largo de sus dos horas de metraje de Harry Houdini, un personaje con un mayor desarrollo en ese crisol de individuos que se dan cita en el Monumento literarío por excelencia de E. L. Doctorow. Sinceramente, pienso que Doctorow es el escritor más capacitado para trazar un relato, a la manera de Homer y Langley (2007), en que la ficción biográfica se desenvuelva en un contexto histórico que él conoce al dedillo. A la espera que algún día el novelista neoyorquino de ascendencia rusa se anime a ello, sigo persuadido con la idea de encontrar la llave que abra ese baúl en forma de un guión lo suficientemente atractivo para adecuarse a la gran pantalla en relación a un personaje al que el cine no ha hecho la justicia debida. Paul Verhoeven —al igual que Dmytryk, el otro licenciado en Ciencias Exactas del «planeta Cine»—, según recoge uno de los capítulos de la monografía sobre el director holandés subtitulada Carne y sangre (2001, Ed. Glenat), y escrita por mi buen amigo Tomás Fernández Valentí, intentaría desarrollar el script de un biopic (parcial) sobre Houdini, pero se quedaría en una tentativa. Por mi parte, a lo largo de ese 2011 que se anuncia en un horizonte muy cercano, me procuraré las lecturas de Houdini!!!: Career of Ehrich Weiss (1997) de Kenneth Silverman y The Secret Life of Houdini: The Making of American's First Superhero Mystery (2007) de William Kaush y Harry Sloman con el propósito de llegar a determinadas conclusiones sobre la viabilidad de un proyecto que podría caminar de la mano del guión de El enigma Haldane ya escrito, cuya novela homónima se materializará en las librerías a partir del próximo mes de marzo de 2011. En este mundo de la producción, que me animo a lanzarme con la enmienda a reinventarme —pero sin abandonar la nave que he ido pilotando a lo largo y ancho del decenio que está a punto de tocar a su fin—, siempre es mejor tener uno o varios guiones alternativos bajo el brazo. El enigma Haldane —seguramente destinado al mercado anglosajón— será uno, y el otro, de momento, tiene ciertos números de formularse en la persona de Harry Houdini, quien curiosamente dirigió su único film —en 1923— con el título... Haldane of the Secret Service…Casualidades terrenales o del más allá... quién sabe.