En 1969 se fallaba por primera
vez los Booker Awards —recayendo en Something to Answer for de P. H.
Newby—, al que tenían acceso ciudadanos británicos o pertenecientes a la
Commonwealth. Ese mismo año, la especie humana llegaba a la Luna, constituyendo
un hito en lo que se dio en denominar la conquista del espacio. Viajando
en el tiempo cincuenta y cinco años, el premio Booker —plenamente consolidado
conforme a una de las distinciones más prestigiosas en Lengua Inglesa— recayó
en Orbital (2024), una novela que toma como escenario principal la
Estación Espacial Internacional. A buen seguro, su autora Samantha Harvey (n.
1975) ha leído a la plana mayor de las escritoras que la han precedido en
semejante distinción, como Iris Murdoch, Penelope Fitzgerald, Penelope Lively —cuya
obra galardonada, Moon Tiger (1986) ha publicado recientemente Impedimenta—,
Margaret Atwood —por dos veces— y Eleanor Catton, entre otras. De todas ellas
Harvey aprendió el arte de la narración, pero a la luz de la lectura de Orbital
podemos colegir que su área de influencias no conoce fronteras y tampoco sigue
un patrón estilístico en cada uno de los dieciséis capítulos que jalonan su
laureada pieza literaria. Mas, a la altura de su tramo final Harvey parece imbuida
por un estilo literario propio de Ray Bradbury —expulsa nombres y fechas
al hacer un recorrido por los logros de la humanidad desde los tiempos de la
industrialización de finales del siglo XIX—, el celebérrimo autor de Crónicas
marcianas (1950). Presumiblemente, una obra literaria de las características
de Orbital pasará a los anales por convertir al universo en testigo
directo de las “Crónicas humanas” que interpelan a los integrantes de la
Estación Espacial Internacional, mereciendo un ejercicio para la reflexión
habida cuenta que esa cotidianidad experimentada en los márgenes de la
órbita terrestre se cobra su factura en forma de disfunciones orgánicas de todo
tipo. De formación «de letras» —cursó estudios de Filosofía en la Universidad
de York y en la Universidad de Sheffield—, me gustaría imaginar que Samantha
Harvey había barruntado la posibilidad de crear una pieza literaria protagonizada
por astronautas por googleando en páginas de internet sobre la
alteración del sueño que, cuanto menos, padeció durante años. Entre las múltiples
«contraindicaciones» que presenta la vida en ingravidez se sitúa el insomnio,
la misma afectación que computa en la persona de Samantha Harvey y que la
llevaría a tejer una novela de cariz semiautobiográfico titulada Un malestar
indefinido: un año sin dormir, asimismo publicado (en 2022) por la Editorial Anagrama. Años más tarde, Harvey se movería en la indefinición
estilística a la hora de trenzar un relato cuya principal fuente de consulta
devino la información gráfica y escrita suministrada por la NASA. De ahí la firmeza
del trazo de la escritora inglesa al describir desde la ingravidez a nuestro
planeta tierra en el que no quedan dibujadas las fronteras. La singularidad
de Orbital radica precisamente en dotar de calidez y humanismo una
novela que opera desde un escenario privilegiado; un observatorio donde
la supervivencia diaria no conoce de ideologías, de señas identitarias, de
banderas y mucho menos de enfrentamientos entre iguales por la disputa de un
territorio. Una pequeña obra maestra.







