Al año siguiente de la creación del sello Impedimenta, aparecía entre las novedades de la editorial madrileña El hospital de la transfiguración (1948) de Stanislaw Lem. Sesenta años después de haber sido escrita, pues, la obra en cuestión conocería una edición con traducción directa del polaco al español sin pasar por el filtro intermedio de una traducción al inglés que, en buena lid, podría contribuir a perder parte de la esencia de narración urdida por el genio polaco. Cubiertos casi veinte años desde entonces, Impedimenta ha completado la publicación de los otros dos títulos que integran una suerte de trilogía. Ya comentado en este mismo blog el segundo de los títulos (ir a enlace), por lo que concierne a la reciente edición de El regreso. Tiempo no perdido, 3, deja patente que Stanislaw Lem, amén de ser considerado uno de los grandes escritores de la ciencia-ficción de la segunda mitad del siglo XX, a mi juicio, deviene un portentoso escritor sin necesidad de establecer «barreras genéricas» a su alrededor. Con la pulsión propia de alguien afectado de hipergrafía, Lem ya demostraba en su veintena una febril actividad como escritor, presumiblemente desarrollada en horas intempestivas, arañando horas al reloj a fin de seguir cumplir con sus obligaciones laborales en un periodo, el de la Segunda Guerra Mundial, marcada por la precariedad. El último de los libros que conforman dicha trilogía responde a los estímulos propios de un analista versado en la condición humana, valiéndose de una figura omniscente, aplicando el bisturí a la hora diseccionar una realidad marcada por las penurias, por el rodillo que representa la burocracia en un contexto de represión y anulación del individuo frente a lo colectivo, pero también capaz de escrutar en los propios sueños del protagonista, Stefan Trzyniecki, quien podríamos colegir representa el alter ego del propio Stanislaw Lem. En el ecuador de la novela, la voz omniscente eleva un pensamiento a la «categoría» de aforismo: «La peor de todas las derrotas es la que nos enfrentamos a nosotros mismos». Lo paradójico del caso es que Stanislaw Lem, asumiendo de antemano la derrota (su obra quedaría sepultada entre los escombros de una literatura, la polaca, que había sido arrasada en tiempos de (post)guerra por fuego amigo y enemigo), acabaría saliendo victorioso porque cada página —de las más de trescientas que contiene el presente volumen— de El regreso. Tiempo no perdido, 3 alimenta la certeza que el polaco poseía un talento sobrenatural para la escritura, aquella capaz de hacer «vivir» a los personajes con tan solo activar las teclas precisas. A sus veintinueve años Lem dio por completada la última entrega de una trilogía tocada por un halo poético («parecía que el violeta había fundido los cuerpos, que hubiera descubierto los calcáreos cráneos morados. En la profunda oscuridad que proyectaban las columnas, como en una iglesia conquistada, entre nubes de humo de tabaco atravesada oblicuamente por un haz de color lila, varias decenas de cabezas con las bocas negras y abiertas cantaban, y la canción, pesada y antigua, se acercaba a su trágico desenlace») que se abre camino en un mundo en el que quedan socavados los cimientos de la dignidad humana. En su conjunto, El hospital de la transfiguración, Entre los muertos (1949) y El regreso, conocidas bajo el genérico «Tiempo no perdido», representa una obra maestra de la literatura del siglo XX.
El mundo de Haldane
Existe vida después del cine. Muchos me vinculan a este campo. Este blog está dedicado a mis otros intereses: hablaré de música, literatura, ciencia, arte en general, deportes, política o cuestiones que competen al día a día. El nombre del blog remite al nombre que figura en mi primera novela, "El enigma Haldane", publicada en mayo de 2011.
miércoles, 25 de marzo de 2026
«EL REGRESO. TIEMPO NO PERDIDO, 3»: LA ESCRITURA COMO TERAPIA EN LA (POST)GUERRA
Al año siguiente de la creación del sello Impedimenta, aparecía entre las novedades de la editorial madrileña El hospital de la transfiguración (1948) de Stanislaw Lem. Sesenta años después de haber sido escrita, pues, la obra en cuestión conocería una edición con traducción directa del polaco al español sin pasar por el filtro intermedio de una traducción al inglés que, en buena lid, podría contribuir a perder parte de la esencia de narración urdida por el genio polaco. Cubiertos casi veinte años desde entonces, Impedimenta ha completado la publicación de los otros dos títulos que integran una suerte de trilogía. Ya comentado en este mismo blog el segundo de los títulos (ir a enlace), por lo que concierne a la reciente edición de El regreso. Tiempo no perdido, 3, deja patente que Stanislaw Lem, amén de ser considerado uno de los grandes escritores de la ciencia-ficción de la segunda mitad del siglo XX, a mi juicio, deviene un portentoso escritor sin necesidad de establecer «barreras genéricas» a su alrededor. Con la pulsión propia de alguien afectado de hipergrafía, Lem ya demostraba en su veintena una febril actividad como escritor, presumiblemente desarrollada en horas intempestivas, arañando horas al reloj a fin de seguir cumplir con sus obligaciones laborales en un periodo, el de la Segunda Guerra Mundial, marcada por la precariedad. El último de los libros que conforman dicha trilogía responde a los estímulos propios de un analista versado en la condición humana, valiéndose de una figura omniscente, aplicando el bisturí a la hora diseccionar una realidad marcada por las penurias, por el rodillo que representa la burocracia en un contexto de represión y anulación del individuo frente a lo colectivo, pero también capaz de escrutar en los propios sueños del protagonista, Stefan Trzyniecki, quien podríamos colegir representa el alter ego del propio Stanislaw Lem. En el ecuador de la novela, la voz omniscente eleva un pensamiento a la «categoría» de aforismo: «La peor de todas las derrotas es la que nos enfrentamos a nosotros mismos». Lo paradójico del caso es que Stanislaw Lem, asumiendo de antemano la derrota (su obra quedaría sepultada entre los escombros de una literatura, la polaca, que había sido arrasada en tiempos de (post)guerra por fuego amigo y enemigo), acabaría saliendo victorioso porque cada página —de las más de trescientas que contiene el presente volumen— de El regreso. Tiempo no perdido, 3 alimenta la certeza que el polaco poseía un talento sobrenatural para la escritura, aquella capaz de hacer «vivir» a los personajes con tan solo activar las teclas precisas. A sus veintinueve años Lem dio por completada la última entrega de una trilogía tocada por un halo poético («parecía que el violeta había fundido los cuerpos, que hubiera descubierto los calcáreos cráneos morados. En la profunda oscuridad que proyectaban las columnas, como en una iglesia conquistada, entre nubes de humo de tabaco atravesada oblicuamente por un haz de color lila, varias decenas de cabezas con las bocas negras y abiertas cantaban, y la canción, pesada y antigua, se acercaba a su trágico desenlace») que se abre camino en un mundo en el que quedan socavados los cimientos de la dignidad humana. En su conjunto, El hospital de la transfiguración, Entre los muertos (1949) y El regreso, conocidas bajo el genérico «Tiempo no perdido», representa una obra maestra de la literatura del siglo XX.
miércoles, 4 de febrero de 2026
«ORBITAL» (2024) de SAMANTHA HARVEY: «PAISAJES» HUMANOS DESDE LA INGRAVIDEZ
En 1969 se fallaba por primera
vez los Booker Awards —recayendo en Something to Answer for de P. H.
Newby—, al que tenían acceso ciudadanos británicos o pertenecientes a la
Commonwealth. Ese mismo año, la especie humana llegaba a la Luna, constituyendo
un hito en lo que se dio en denominar la conquista del espacio. Viajando
en el tiempo cincuenta y cinco años, el premio Booker —plenamente consolidado
conforme a una de las distinciones más prestigiosas en Lengua Inglesa— recayó
en Orbital (2024), una novela que toma como escenario principal la
Estación Espacial Internacional. A buen seguro, su autora Samantha Harvey (n.
1975) ha leído a la plana mayor de las escritoras que la han precedido en
semejante distinción, como Iris Murdoch, Penelope Fitzgerald, Penelope Lively —cuya
obra galardonada, Moon Tiger (1986) ha publicado recientemente Impedimenta—,
Margaret Atwood —por dos veces— y Eleanor Catton, entre otras. De todas ellas
Harvey aprendió el arte de la narración, pero a la luz de la lectura de Orbital
podemos colegir que su área de influencias no conoce fronteras y tampoco sigue
un patrón estilístico en cada uno de los dieciséis capítulos que jalonan su
laureada pieza literaria. Mas, a la altura de su tramo final Harvey parece imbuida
por un estilo literario propio de Ray Bradbury —expulsa nombres y fechas
al hacer un recorrido por los logros de la humanidad desde los tiempos de la
industrialización de finales del siglo XIX—, el celebérrimo autor de Crónicas
marcianas (1950). Presumiblemente, una obra literaria de las características
de Orbital pasará a los anales por convertir al universo en testigo
directo de las “Crónicas humanas” que interpelan a los integrantes de la
Estación Espacial Internacional, mereciendo un ejercicio para la reflexión
habida cuenta que esa cotidianidad experimentada en los márgenes de la
órbita terrestre se cobra su factura en forma de disfunciones orgánicas de todo
tipo. De formación «de letras» —cursó estudios de Filosofía en la Universidad
de York y en la Universidad de Sheffield—, me gustaría imaginar que Samantha
Harvey había barruntado la posibilidad de crear una pieza literaria protagonizada
por astronautas por googleando en páginas de internet sobre la
alteración del sueño que, cuanto menos, padeció durante años. Entre las múltiples
«contraindicaciones» que presenta la vida en ingravidez se sitúa el insomnio,
la misma afectación que computa en la persona de Samantha Harvey y que la
llevaría a tejer una novela de cariz semiautobiográfico titulada Un malestar
indefinido: un año sin dormir, asimismo publicado (en 2022) por la Editorial Anagrama. Años más tarde, Harvey se movería en la indefinición
estilística a la hora de trenzar un relato cuya principal fuente de consulta
devino la información gráfica y escrita suministrada por la NASA. De ahí la firmeza
del trazo de la escritora inglesa al describir desde la ingravidez a nuestro
planeta tierra en el que no quedan dibujadas las fronteras. La singularidad
de Orbital radica precisamente en dotar de calidez y humanismo una
novela que opera desde un escenario privilegiado; un observatorio donde
la supervivencia diaria no conoce de ideologías, de señas identitarias, de
banderas y mucho menos de enfrentamientos entre iguales por la disputa de un
territorio. Una pequeña obra maestra.
lunes, 19 de enero de 2026
«PARA LEER AL ANOCHECER: HISTORIAS DE FANTASMAS» de CHARLES DICKENS: LA MUERTE OS SIENTA TAN BIEN
En su prefacio de Canción de
Navidad —asimismo conocido como Cuentos de Navidad— Charles Dickens
(1812-1870) escribe: «Con este relato fantasmal he tratado de evocar el
espectro de una idea que no debería contrariar a mis lectores ni enemistarlos
con otros, con estas fiestas o conmigo. Confío en que frecuente gratamente sus
hogares y nadie sienta el deseo de conjugarlo». Toda una declaración de
principios que el prosista inglés tuvo a bien poner sobre aviso a sus lectores,
trazando así la orientación que, según su perspectiva, debía adoptar el que al
poco de publicarse pasaría a convertirse en un clásico imperecedero de la
Literatura Universal y punto de partida de una serie de relatos cortos con el
denominador común de la Navidad. En cierta manera, el pronunciamiento
fantasmagórico al que alude en el mencionado prefacio Dickens quedaría
integrado en una serie de relatos —bastante más breves que su «serie» recorrida
con el leit motiv de la Navidad— que vio publicados a lo largo y a lo ancho de
las siguientes décadas.
Al cumplir su primer año de «vida»,
el sello Impedimenta editó en la Navidad de 2009 Para leer al anochecer,
mereciendo años más tarde —casi a la par que Mondadori, dentro de su colección
de «Grandes Clásicos» publicaba una excelsa edición ilustrada de Cuentos de
Navidad— la quinta de las múltiples reediciones (hasta un total de diez
hasta la fecha) y, por consiguiente, el que podríamos colegir uno de los
primeros grandes éxitos comerciales de la editorial capitaneada por Enrique
Redel. Dieciséis años más tarde, ya bajo una (seudo)colección —un tanto «invisibilizada»,
a pesar de su diseño diferencial— denominada «Los aerolitos de Impedimenta», el
sello madrileño ha vuelto a publicar Para leer al anochecer, respetando la
traducción de Mariam Womack y Enrique Gil-Delgado de la versión seminal.
Trece son los cuentos breves
que jalonan esta pieza literaria bajo el genérico Para leer al anochecer —To
Be Read a Dusk en el original—, en la que Charles Dickens dejaría
constancia de sus propias experiencias personales sobre todo a través de dos de
ellos: «El guardavías» (1865) y «El año que soñé con una estrella»
(1850). Para el primero, el popular escritor levantaría acta —a través de una
prosa transitada a menudo por una veta cargada de humor y/o ironía (perceptible
asimismo en el relato «Una casa encantada»)— de un accidente ferroviario
en el que se vio implicado, pero del que salió indemne. En relación al último
de los relatos que integran Para leer el anochecer, un par de años
después del fallecimiento de su hermana mayor Frances Elizabeth «Fanny» Dickens
(1810-1848) evocaría su figura en «El niño que soñó con una estrella» en
apenas cinco páginas, suficientes en todo caso para mostrar una pequeña muestra
de su talento literario a la hora de hilar historias en las que sobrevuela
la noción de la muerte. La misma visitaría a Charles Dickens en 1870 —a los
cincuenta y ocho años de edad—, al cierre de una década que se llevaría la palma
por lo que atañe a aportaciones de carácter fantasmagórico en forma de cápsulas
literarias, buena parte de las cuales computan en el presente volumen.
Previamente, Dickens había visto publicar piezas como «El letrado y el fantasma»
—integrada originalmente en su opera prima Los papeles póstumos del club Pickwick
(1837)— y Para leer al anochecer (1852), el relato conformado por una
veintena de páginas que da nombre a esta antología, mostrando en su portada una
estampa mucho más esquinada hacia lo mágico que la portada escogida para su
primera edición.
lunes, 24 de noviembre de 2025
«MOON TIGER» (1987) de PENELOPE LIVELY: EL MUNDO SEGÚN CLAUDIA HAMPTON
Al
igual que su tocaya Penelope Fitzgerald, Penelope Lively (n. 1933) llegó relativamente tarde
a dedicarse en cuerpo y alma a la escritura profesional. Próxima a
cumplir los cuarenta años Lively trató de abrirse camino como escritora de
libros infantiles, una tarea que compaginaría con la docencia en calidad de
profesora de Historia. Más de una quincena de volúmenes dedicados a la
literatura infantil y/o juvenil la granjearon un prestigio en este campo que trataría
de obtener una justa «correspondencia» dentro de una literatura para «adultos»
en la que se prodigó a partir de finales de los años setenta con la publicación
de The Road to Liechfield (1977). Nominada al prestigioso premio Booker,
The Road to Liechfield parecía presagiar un éxito al corto o medio plazo.
Una segunda nominación por su pieza literaria According to Mark (1984) dio paso
a su consagración con Moon Tiger, recibiendo el Booker Award en una edición
particularmente disputada en la que competían manuscritos de la irlandesa Iris
Murdoch —El libro y la hermandad (1987)— y la inglesa Doris Lessing —El viento
se llevará nuestras palabras (1987)—. El título de este libro que «replica»
una expresión que ha calado en el acervo popular desde tiempos inmemoriales podría
servir de justificación a Claudia —una de las principales voces de Moon
Tiger— para anclar una historia de su propia vida entrelazada con
una Historia de calado universal. Para ello se vale de los recursos de su
pródiga memoria que viaja por un doble carril, el inherente a su experiencia
vital y el propio de los conocimientos acumulados durante décadas como
profesora de Historia. En las noches de vigilia en el hospital donde Claudia se
encuentra internada con un pronóstico que no invita al optimismo, la acompaña,
al lado de la mesita de noche, una extraña figura que adquiere cierta
autonomía. Se trata del Moon Tiger, que sirvió a Lively de título para su
décima novela para adultos y que bien avanzado el libro —cubriendo algo más de
un tercio de sus doscientas setenta páginas— define conforme a «una espiral
verde que se va consumiendo durante toda la noche para repeler los mosquitos,
dejando un largo rastro de ceniza gris.» Esa ceniza gris, desde un punto de
vista alegórico, podría hacer referencia a una experiencia trufada de pérdidas,
de renuncias, de insatisfacciones, de frustraciones en el marco de un mundo azotado,
golpeado por las guerras que acaban por laminar las esperanzas de futuro
incluso entre los más optimistas. A las primeras de cambio Claudia ya deja por
sentado, interpelándose a sí misma: «Estoy escribiendo una historia universal
(…) Yo creo que estoy capacitada: el eclecticismo siempre ha sido mi fuerte.»
Al concluir la lectura de Moon Tiger considero que aquella «enmienda a
la totalidad» expresada a media voz por Claudia para ser escuchada por su
enfermera, pero también para que encuentre eco en su «interior», opera
de manera vertiginosa y, a la par, fascinante. Se trata de un ejercicio
literario extremadamente complejo, en que los planos temporales se solapan,
requieren de multiplicidad de puntos de vista, «anexionan» lo antiguo con lo
moderno (incluso) en un mismo párrafo. Llegamos, pues, al convencimiento que la
memoria no trabaja en línea recta; la mente se configura a través de un caleidoscopio
de recuerdos que pueden conectarse (o no) a través de ese «hilo invisible» que
representa los conocimientos adquiridos a lo largo de años, lustros, década. Tas
la publicación de El mundo según Mark (1984) y Vida en el jardín
(2017), con otras de las obras de referencia de Penelope Lively, Moon Tiger,
el sello Impedimenta vuelve a ganarse el favor de un lector inquieto que aspira
a vivir una experiencia fuera de las coordenadas de la literatura
reglada por un «reglamento» plegado hacia la ortodoxia.
miércoles, 1 de octubre de 2025
«CRÍMENES BESTIALES» (1975) de PATRICIA HIGHSMITH: ANTROPOMORFISMO EN ESTADO PURO
Debido a la negativa de varias
editoriales a la hora de publicar el manuscrito El precio de la sal por
su contenido que poco casaba con la moralidad de la época, Extraños en un
tren (1950) fue el primer libro oficial de Patricia Highsmith (1921-1995) en
ver la luz. Al poco tiempo de aparecer en las librerías, con la etiqueta de
haber cosechado el prestigioso premio Edgar Allan Poe, Alfred Hitchcock,
presumiblemente por expresa recomendación de su esposa Alma Reville —asimismo su
asistente en estas lides—, compró los derechos de explotación para adaptarla a
la gran pantalla. En un lapso de tiempo contabilizado en meses —algo poco
frecuente según los cánones de Hollywood—, la maquinaria de Strangers on a
Train se puso en marcha, y en el verano de 1951 ya lucía en las carteleras estadounidenses
la nueva producción orquestada por Alfred Hitchcock con las expectativas
propias de quien el gran público reconoce como una «marca» de calidad asignada
a su oronda figura. Vistos los resultados en taquilla, Hitchcock parecía
decidido a establecer un marco de colaboración con Patricia Highsmith,
contactando con ella a finales de ese mismo año para que prosperara un segundo
trabajo en común. Según consta registrado en el volumen Diarios y cuadernos
(1941-1995) —publicado por el sello Anagrama dentro de su colección
Panorama de Narrativas—, en marzo de 1952 Highsmith detalla que la vía de
colaboración seguía abierta, pero la decepción pronto asomaría en el ánimo de
la escritora texana. Hitchcock y Highsmith parecían «condenados» a repetir
experiencia, pero no sería hasta una decena de años más tarde y en un espacio,
el televisivo, que quedaba bastante por debajo de las expectativas generadas a
raíz del notable éxito generado con la puesta de largo de Extraños en un
tren. El episodio Annabel, emitido el primer día de noviembre de
1962 dentro de la antología The Alfred Hitchcock Hour en su primera
temporada, surgió a partir de una historia pergeñada por Highsmith. Por aquel
entonces, Hitchcock ya estaba inmerso en la (post)producción de Los pájaros
(1963), una historia nacida a partir del relato corto homónimo de Daphne Du
Maurier. Al leer estos días la antología de cuentos bajo el genérico Crímenes
bestiales (1975) —igualmente publicado por la editorial Anagrama, pero esta
vez dentro de su colección Compactos— me iba sobrevolando la idea de lo
frustrante que tan solo la colaboración —más indirecta que indirecta— se circunscribiera
a un largometraje y a un episodio televisivo. Mas, los trece cuentos cortos que
jalonan la presente antología —escritos en esos «tiempos muertos» que separan
su consagración al campo de la novela que la permitían una cierta relajación— establece
un diáfano «conector» para con el principio vector que se formula en el
contenido de The Birds, el de los animales revelados contra la
naturaleza humana que arrastra consigo cuestiones tales como la vanidad, la
arrogancia y la autodestrucción. Asimismo, en la susodicha antología y en su «hermana»
Alfred Hitchcock presenta, el antropomorfismo asoma en no pocos de sus
episodios, para la ocasión con un sesgo de humor negro propio de Hitchcock del
que hace gala en su condición de host. A buen seguro, hubiese dado de sí
algunos de los cuentos de Crímenes bestiales en sendas series, posiblemente
con la salvedad del cuento Notas de una cucaracha respetable, en el que
las «reflexiones» de un insecto sirven de hilo conductor de una breve historia
que parecen páginas arrancadas o descartas de El almuerzo desnudo de
William Burroughs. Haciendo gala de una prosa de trazo sencillo, pero de una
extraordinaria riqueza en su conjunto, Highsmith sale bien librada del envite
en esta delicatessen en la que luce en su portada un felino, el animal de
compañía por excelencia de la prolífica escritora norteamericana.
domingo, 7 de septiembre de 2025
«LA LISTA DE LOS SIETE» (1993) de MARK FROST: CONAN DOYLE, «DOCTORADO» EN INVESTIGADOR EN PRIMERA PERSONA
La primera vez que tuve conocimiento del
nombre de Mark Frost fue hace casi veintiocho años cuando
asistí a la proyección de Los creyentes (1987) en la
sesión de clausura del Festival Internacional de Cine Fantástico de Sitges. Ya
por aquel entonces, en mi primera juventud, había adquirido la costumbre de
reparar en los nombres de los responsables de un trabajo colectivo —el propio
del medio cinematográfico— que, en puntuales ocasiones, podría alcanzar la
categoría de «obra de arte». Una calificación que cabía aplicarla con creces
a El hombre elefante (1980), uno de los films más
determinados para un servidor a la hora de experimentar un proceso de enamoramiento para
con el cine que sigue intacto a día de hoy. Al finalizar esa misma década
trascendió la noticia en los medios de comunicación de antaño —aún en plena era
analógica, sin atisbo de la existencia de internet y todas las derivadas que
ello ha comportado— que el director de aquella joya, David Lynch,
probaría suerte con una serie llamada Twin Peaks.
Ciertamente, entre los platos fuertes que presentaban las cadenas privadas de
nuevo cuño figuraba la emisión de Twin Peaks. Al calor de la
importancia creciente que había generado entre la cinefilia Lynch —todavía
reciente la puesta de largo de la controvertida Corazón salvaje (1989),
una versión sui generis de El mago de Oz de Lewis
Carroll—, la «paternidad» de Twin Peaks fue rápidamente
atribuida al cineasta oriundo de Missoula. En mi caso, el impacto que me había
provocado The Believers hizo que recelara de semejante
ejercicio de reduccionismo, descubriendo a posteriori que la principal premisa
de la serie —el descubrimiento a las primeras de cambio del cuerpo sin vida de
una chica llamada Laura Palmer— cabía adjudicarlo en el haber de Mark Frost,
fruto de una de las historias que le había contado su abuelo siendo pequeño.
Debió resultar, pues, un tanto ingrato para Mark Frost que su nombre quedara
eclipsado por una personalidad tan marcada como la de Lynch, pero ello no
impidió preservar una amistad que duró hasta la muerte de este último, en enero
de este mismo año. Aquel deceso serviría —como ocurre en tantas ocasiones—,
entre otras cuestiones, para recuperar una serie que marcaría a varias
generaciones, a través de su inclusión en las plataformas digitales. De algún
modo, Twin Peaks surgió, desde una perspectiva experimental,
de la combinación de dos talentos de características disímiles, incluso
antagónicas: el temperamento orientado hacia lo onírico, surrealista de David
Lynch, y el perfil netamente narrativo de Mark Frost. De ello da fe la veta
literaria de Frost, quien meses después de haber debutado en la dirección de
largometrajes con El peso de la corrupción (1992), hizo
lo propio en el terreno de la novela con La lista de los siete (1993).
Bien es cierto que Ediciones B había publicado en 2008 una novela posterior de
Frost, Segundo objetivo, pero el sello Impedimenta ha
procurado la edición de un auténtico longseller en países
anglosajones, La lista de los siete. Al igual que ocurre en Segundo
objetivo —un episodio acaecido en las postrimerías de la Segunda
Guerra Mundial, la denominada «Operación Greif»—, para su opera prima
literaria Frost se vale de personalidades históricas reales —el príncipe
Alberto, cuyo secretario guarda relación con el título de la obra; Arthur
Conan Doyle y Bram Stoker, entre otros— para urdir una
historia que nos traslada a la era victoriana. Haciendo alarde de una exquisita
calidad literaria, Frost conjuga un primoroso sentido de la
acción con una mesurada capacidad para que vaya sedimentando en
el lector una trama que abraza lo esotérico, el espiritismo,
las sociedades secretas y, en definitiva, las ciencias ocultas a las que Stoker
fue tan aficionado, antes y durante su mandato como escritor.
No obstante, es el futuro creador —con el cambio de siglo— del detective por
antonomasia del Reino Unido, quien goza del mayor protagonismo en esta soberbia
novela salpimentada de guiños al audiovisual —George
Rathborne, un personaje secundario en la trama, en alusión a una de las
encarnaciones por excelencia en el cinematógrafo de Sherlock Holmes, Basil
Rathbone; la referencia a los canarios que detectan las fugas de gas en un
navío, en referencia a uno de los pasajes de La vida privada de
Sherlock Holmes (1970), una de las masterpiece de Billy
Wilder— y que encuentra entre sus principales virtudes la de atrapar al
lector hasta la última página. Esperemos que, a la vuelta de la esquina,
Impedimenta nos proporcione otra delicatessen de Frost, Los
seis mesías (1995), contando para la ocasión con un traductor
como Alberto Coscarelli —o de su mismo nivel— capaz de
preservar la esencia de una escritura que resulta un puro
deleite para los amantes de la
Literatura.
miércoles, 16 de julio de 2025
«RETRATOS» de TRUMAN CAPOTE: DISECCIONANDO CELEBRIDADES A «CORAZÓN ABIERTO»
En tiempos en que ni tan siquiera se podría vaticinar que los habitantes de nuestro planeta viviríamos interconectados verbigracia de las denominadas redes sociales operativas en internet, a mediados del siglo pasado Truman Capote (1924-1984) había creado su particular red social que se extendía por ámbitos geográficos muy diversos. En su condición de viajero impenitente, Capote ya podía presumir cubiertos los primeros treinta años de su existencia de su condición de celebrity, sobre todo a partir de la publicación de Desayuno en Tiffany's (1955), cuyas ventas se dispararon a las pocas semanas de su salida al mercado. Para un país exento de lo que podríamos denominar aristocracia —desde el prisma del viejo continente—, lo más parecido a la misma es la que representaban en el siglo XX (multi)millonarios, algunos de los cuales hicieron fortuna gracias a sus desempeños en el sector audiovisual. Cronista de su tiempo y envuelto de una aureola de distinción merced a sus afilados escritos publicados en revistas de pedigrí —preferentemente con domicilio fiscal en la ciudad de Nueva York—, Truman Capote se aproximaría a figuras pertenecientes a esta (seudo)aristocracia estadounidense, aunque fuesen, como en el caso de Marlon Brando, en contra de su voluntad. Bajo el caparazón del título genérico Retratos —editado por el sello Anagrama dentro de su colección Compactos, «Biblioteca Truman Capote»— habitan semblanzas de personalidades que Capote conoció en persona, algunas de manera tangencial y otras tantas haciendo gala de una amistad que permitía extraer confesiones aptas para alimentar chismorreos o asuntos de poco calibre a nivel intelectual. De todos estos «retratos», pues, el que parece guiado más por el sentido de la confidencia es el que sirve de pórtico de entrada de este volumen de algo más de ciento cincuenta páginas, el que lleva por título «El duque de sus dominios», en alusión a Marlon Brando, «representante» díscolo de una (seudo)aristocracia que deja al descubierto una fragilidad emocional cuyo origen nace en un entorno familiar, cuanto menos, escindido tras el divorcio de sus padres. En el texto de este primer capítulo Capote deja caer alguna que otra maldad —«desde el 3 de abril de 1924 Marlon Brandon no ha leído un libro»— mientras traza círculos concéntricos alrededor de su coetáneo y compatriota en aras a tocar las teclas precisas sobre una figura al que no parece importarle desnudarse emocionalmente. Con todo, el «misterio Brando» está allí, como tantas otras personalidades que desfilan por las páginas de este exquisito «Retratos» y que nos ayudan a deshacer algunos tópicos. Lo es de manera singular en el caso de Elizabeth Taylor, una voraz lectora —contraviniendo su imagen afectada de frivolidad— y mucho más conservadora de lo que podríamos imaginar en materia de relaciones de pareja, a pesar de arrastrar consigo la carga de diversos matrimonios fracasados. Capote abordó a Liz Taylor cuando convivía con el cantante Eddie Fisher, quien se aburría soberanamente con la lectura de Matar un ruiseñor (1960), en contraposición al entusiasmo mostrado por su partenaire. Ello da pie a una suculenta anécdota cuando Taylor se queda perpleja al conocer que uno de los personajes de la novela —Dill— era él, y que Harper Lee, su autora, había sido su amiga de la infancia. Óbviamente, estas revelaciones susurradas al oído no tendrían recorrido en la era de internet, en un mundo dominado por la inmediatez, que requiere, en forma de «antídoto», de la necesidad de reservar tiempo para degustar textos como el que nos ocupa, dejando que algunas de las celebridades de la pasada centuria —el fotógrafo Cecil Beaton, la escritora y viajera Sally Bowles o el pintor Pablo Picasso, entre otros— desfilen por sus páginas con la convicción de sentir el latido de un escritor que elevó a los altares el valor de la escritura, a veces profunda e hiriente, en otras juguetona, pero en definitiva presidida por una exquisita calidad.
lunes, 12 de mayo de 2025
«UN PUÑADO DE POLVO» (1934) de EVELYN WAUGH: REGRESO A HETTON ABBEY
En su ocaso profesional y vital el cinematógrafo llamó al timbre de la puerta donde residía Evelyn Waugh. Tony Richardson dejaría por escrito en su libro autobiográfico Long Distance Runner (1991) un episodio que razona del sentido de la ironía que seguía conservando un sexagenario Waugh, a propósito de la (breve) correspondencia que mantuvo con uno de los adalides del free cinema, dispuesto a ofrecer un marco temporal más moderno para Los seres queridos en su traslación a la gran pantalla. Charles Sturridge, en cambio, respetaría el marco temporal —1919— en el que se desarrolla A Handful of Dust a la hora de acometer la versión cinematográfica homónima con el sello de qualité británico, conformado por un cuerpo de intérpretes extraordinarios, algunos aún poco conocidos por el gran público que frecuentaba en aquel entonces las salas comerciales —Kristin Scott-Thomas en el papel de Brenda; James Wilby como Tony Last o Judi Dench en el rol de la madre de John Beaver, encarnado para la ocasión por Rupert Graves— y otros con la aureola de leyendas, caso de sir Alec Guinness, en la piel del Sr. Todd —el avatar cinematográfico del Sr. McMaster—, el mismo que un año antes había dado cobertura a uno de los personajes medulares de La pequeña Dorrit (1987), film nacido a partir de una novela de Dickens. Por consiguiente, se trata de un guiño dickensiano a cuenta de Sturridge, «El hombre al que le gustaba Evelyn Waugh», en lo que vendríamos a colegir una certera adaptación en fondo y forma que honraría la memoria del genial escritor al que infinidad de lectores asocian a Retorno a Briteshead. Pero antes de Briteshead Waugh hizo «parada» en Hetton Abbey en su sublime novela con final dickensiano (valga la ironía) incluido.







