martes, 23 de marzo de 2021

«EL GRUPO» (1963) de Mary McCarthy: OCHO MUJERES

 

En plena promoción de su libro Cannibals and Missionaires (1979) Mary McCarthy (1912-1989), en una de sus raras comparecencias en los medios de comunicación, aprovechó la ocasión para «ajustar cuentas» con Lillian Hellman (1905-1984) en el programa de audiencias millonarias The Nick Cavett Show. El rubio presentador se quedó estupefacto cuando McCarthy dijo de su colega de profesión que «todo lo que escribe Hellman es mentira». Para muchos de los jóvenes telespectadores del programa de la ABC la sentencia de McCarthy debió sonar exabrupto propio de un carácter que con el paso de los años se irían agriando y no le importaba arremeter a tumba abierta contra aquellas personas con las que había intercambiado reproches desde sus respectivas trincheras ideológicas aun permaneciendo ambas al espectro de izquierdas en el seno de la sociedad norteamericana. Resulta especialmente irónico que semejante descalificación fuese expresada en boca de Mary McCarthy, una escritora que se había procurado gran parte de la popularidad que arrastraba consigo gracias a una serie de «ficciones» literarias que fueron construidas sobre la base de experiencias propias en distintos ámbitos y/o etapas de su vida. Dos de estas piezas literarias han encontrado cobijo en el sello editorial Impedimenta, en primera instancia El oasis (1949) en 2018 y desde hace unas semanas El grupo (1963) con traducción a cargo de Pilar Vázquez. Ciertamente, sendas novelas están interconectadas por el hilo de la realidad vivida por McCarthy y por unas dotes de observación sobre su entorno que hacen pensar, a bote pronto, que la escritora estadounidense debió llevar un diario que la sirviera de guía de cara a mostrarse, ya en el plano de la «ficción», sumamente detallista en la recreación de determinados ambientes y situaciones, a la par que radiografiaba a personajes que se movían en los intersticios de la intelectualidad de su país de origen en el periodo de entreguerras.

   Al correr de la lectura de las páginas de El oasis hace un par de años pude medir el alcance de la fortaleza literaria de McCarthy residente en esa mirada precisa y detallista que denota sus excelentes dotes de observadora y su capacidad por desnudar ese juego esnobista que se procuran gran parte de los representantes de una elite intelectual. De ahí que el anuncio de Impedimenta en el más crudo invierno pandémico que saldría al mercado editorial El grupo me apremié a reservar horas para la lectura de la que sin lugar a dudas deviene la Opus magna de Mary McCarthy, título insoslayable a la hora de encabezar aquellas novelas que marcaron un hito en la forma de retratar las vidas de (ocho) mujeres cuyo paso por la Vassar College —la misma universidad a la que había acudido la escritora oriunda de Seattle— marcó una voluntad de emancipación, una necesidad de dinamitar los convencionalismos enquistados desde tiempos inmemoriales en los que se daba por sentado comportamientos gregarios en relación a la sacrosanta institución patriarcal. En el tiempo de su publicación en los Estados Unidos la novela generó una notable polémica alimentada como en tantas otras ocasiones— por el fuego de la intolerancia proveniente de instituciones que siguen velando por la salvaguarda de la moralidad y de la perpetuación de una tradición secular. Visto en perspectiva, cabe poner en valor el arrojo de Mary McCarthy de narrar una historia que para infinidad de mujeres de su época supuso una auténtica revelación, un despertar sobre todo lo que conlleva la sexualidad desde el prisma femenino. Pero más allá de estas cuestiones El grupo puede ser evaluado conforme a un fresco histórico que envuelve la realidad de ocho mujeres en un mundo que, si bien muy alejado de la noción de aldea global, sí permitía ampliar el foco hacia lo vivido en suelo europeo con alguna que otra alusión a la realidad de nuestro país a través del personaje de Gus (quien encarga «una antología de poesía republicana, un ensayo con fotos sobre las Brigadas Internacionales, una nueva traducción de El Quijote (…)»). Sería precisamente su profundo conocimiento sobre las estrategias políticas que se dirimían en el viejo continente en los prolegómenos y durante la Segunda Guerra Mundial lo que condujo a Mary McCarthy a mostrarse muy crítica con el estalinismo, marcando así un enconado debate con aquellos intelectuales estadounidenses que, como Hellman, defendían la política del dictador soviético. Asuntos políticos que se filtran en subsuelo de una narración de suprema importancia en lo sociológico y en lo estrictamente literario a través de sus más de cuatrocientas cincuenta páginas por lo que concierne a la edición de Impedimenta con una portada —la instantánea The Debutante Who Wait to World (1950) convenientemente coloreada— extraída del legado como fotógrafo de Stanley Kubrick en la revista Look Magazine. En uno de los mayores elogios que ha leído proveniente de un colega de profesión, Sidney Lumet expresó que «cada mes que pasa y Kubrick no rueda una película es una gran pérdida para el cine». Para alguien acostumbrado a rodar si no cada mes, cada año de una manera continua durante varias décadas, Lumet dirigió la adaptación cinematográfica de la novela El grupo contando con varias debutantes entre su equipo artístico. En nuestro país se produjo su puesta de largo una vez concluida la dictadura franquista, a mediados de una década en que Mary McCarthy seguía mostrándose una voz disidente del stablishment y, en singular, de la Administración Nixon. No obstante, sería su producción literaria librada en el periodo anterior a la llegada de Richard M. Nixon a la Casa Blanca la que la procuró un reconocimiento a nivel mundial que a día de hoy sigue resonando gracias a iniciativas como las de Impedimenta, en que vuelve a colocar en la bandeja de novedades un título definitorio de una escritora avanzada a su tiempo.      


martes, 2 de marzo de 2021

«JILL» (1946) de Philip Larkin: VIDA UNIVERSITARIA EN TIEMPOS DE GUERRA

Sobrepasados los ciento cincuenta títulos editados, a fecha de hoy, si bien el sello Impedimenta ha extendido sus «tentáculos» a autores pertenecientes a un número considerable de países diseminados a lo largo y ancho de cinco continentes, Gran Bretaña sigue siendo «parada obligada» a la hora de ir al rescate de escritores que apenas sus obras han sido traducidas al castellano o, en el mejor de los casos, llevan tiempo aguardando a ser (re)editadas aquellas piezas menos conocidas de sus trayectorias literarias. Con la publicación de Jill (1946) de Philip Larkin, Impedimenta logra un curioso hito, el de «hermanar» bajo un mismo manto editorial a tres escritores que compartieron estudios en el St. Johns College de Oxford durante los primeros años de la Segunda Guerra Mundial, esto es, Kingsley Amis (1922-1995), Bruce Montgomery (álias Edmund Crispin) (1921-1978) y Philip Larkin (1922-1985). Más allá de ese periodo que causó auténticos estragos en la población británica, Larkin siguió cultivando una franca amistad con Kingsley Amis hasta el fin de sus días, a una edad relativamente temprana que, empero, no le impidió ser considerado uno de los poetas más notables surgidos en Gran Bretaña en el siglo pasado. Con todo, Larkin dejó para la posteridad un par de novelas, Una chica en invierno (1947) y Jill, que han merecido ser publicadas por Impedimenta, «conviviendo» con tres de las piezas literarias urdidas por Amis y seis cuya autoría descansa en Edmund Crispin con el denominador común de su personaje literario por antonomasia, el investigador Gervaise Fen. El genio de Crispin no tardó en florecer, llegando incluso a destacar como compositor de cine y de televisión. Larkin reserva parte de los primeros capítulos del libro —eliminada su enumeración para la presente edición— precisamente a la persona de Edmund Crispin, cuyo carácter reservado y tímido no impidió que sintiera un interés especial. Para Edmund el estudio convulsivo representaba el «salvoconducto» con el que presentarse a ese «nuevo mundo», el del St. Johns College, tan opuesto al de la realidad de una familia de condición humilde que acudió a la llamada del profesor Crouch en aras a evaluar las expectativas de futuro de un joven encadenado a un conocimiento sobre numerosos materias, aquellas prestas a moldear un personaje polifacético por excelencia.    

   Escrita apenas estrenada la veintena, Jill no desmerece de la calidad literaria que atesoran las obras de sus compañeros de pupitre y amigos Crispin y Amis, pero la llamada de la poesía pronto tocaría a su puerta. Inopinadamente, Jill manifiesta este veta poética en no pocos de sus pasajes —«Desde ese lado, el oeste, el sol trataba de abrirse paso y su luz amarilla arrancaba destellos a cada ramita»— y encuentra en el personaje epónimo una especie de «licencia poética» en forma de ser que gravita en ese mundo imaginario de John Larkin, aquel que trata de apartarlo de esos comportamientos terrenales tan lesivos a su sensibilidad, el propio de jóvenes universitarios atacados por la soberbia y la altivez incluso en un marco devastador a propósito de una guerra que cubriría más de un lustro antes de tocar a su fin. En su capacidad de describir al detalle no tan solo los espacios físicos si no también lo intangible referido a los sentimientos y las emociones— a través del empleo de una voz omniscente, reside gran parte del encanto de una pieza de orfebrería que el talento precoz de Philip Arthur Larkin cinceló con la maestría propia de un veterano de la escritura con miles de lecturas a sus espaldas.                   

 

lunes, 15 de febrero de 2021

«FRANK SERPICO» (2017) de Antonio D’Ambrossio: PRISIONERO DE SÍ MISMO

 

En la reciente biografía Sidney Lumet: A Life  (Thomas Dunne Books, 2019) Maura Spiegel detalla algunas cuestiones poco conocidas sobre los entresijos de buena parte de los rodajes en los que intervino el cineasta de ascendencia judía. Aunque Evans descuida el hecho que Lumet tomó el relevo a Franklin J. Schaffner y a Arthur Hiller en las producciones de Doce hombres sin piedad (1957) y El prestamista (1965), respectivamente, sí se ocupa de los pormenores de la filmación de Sérpico (1973), en que John G. Avildsen había sido la primera elección para posicionarse tras las cámaras por parte de la compañía administrada por el tycon Dino de Laurentiis. A éste le bastó leer las diez primeras páginas de la novela escrita por el periodista Peter Maas (1929-2001) para entender que había material presto a «visitar» la gran pantalla, escogiendo para la ocasión al menudo Avildsen para encargarse de tomar las riendas de un rodaje, en clave biográfica, en torno a un excéntrico policía que destapó la corrupción instalada en el seno del Cuerpo en la ciudad de Nueva York. Avildsen, a espaldas de Dino de Laurentiis, propuso al genuino Frank Serpico (n. 1936), que se interpretara a sí mismo. Ambos congeniaron a las primeras de cambio. A oídos del productor italoamericano debió llegar tan esperpéntica propuesta teniendo en cuenta que Frank Serpico no poseía las tablas suficientes para ejercer de intérprete. Eso sí, en el preludio del documental Frank Serpico (2017), en que Antonio D’Ambrossio asume la condición de «hombre-orquesta» —director, productor y guionista— el octogenario ex policía rememora que se miraba frente al espejo mientras mentalmente se preparaba para «actuar» cuando tocaba salir a la calle y aplicarse en el ejercicio de su profesión, parte de la cual denostaba. Nieto de mineros italianos, su llegada a la "tierra prometida" en compañía de sus padres y de su hermano mayor Pasquale estuvo presidido por un sabor agridulce. A golpe de humillaciones —los italianos del sur eran considerados por las autoridades neoyorquinas a un nivel similar a los africanos, según uno de los historiadores que interviene en el documental—, los Serpico trataron de abrirse camino, siendo el benjamín de la familia quien llegó a formar parte del Departamento de Policía de Nueva York durante trece años, los comprendidos entre 1959 y 1972.

   Cuarenta y cinco años después de su salida por la puerta de atrás de la NYPD Frank Serpico conocido por la traducción al español de su nombre de pila, Paco— él mismo se muestra ante las cámaras para hacer un recorrido por aquellos lugares que siguen siendo parte de su paisaje emocional, como el de la casa familiar donde residieron en los años cincuenta, su apartamento en el Greenwich Village —uno de los centros neurálgicos del hipismo en la ciudad de Nueva York— y el inmueble donde estuvo a punto de perder la vida y que le acabó causando un auténtico suplicio al quedar restos de metralla en su organismo, incluido en la vena carótida. D’Ambrossio alterna este relato en «primera persona» no exento de algunas notas de emotividad –por ejemplo, el reencuentro con su amigo, el fiscal del distrito Ramsey Clark que lo defendió en un juicio que colocaba contra las cuerdas a parte de la cúpula policial de la megápolis neoyorquina en el amanecer de la década de los setenta— con el testimonio de algunos de sus compañeros de oficio —John O’Connor, John Bal, Londen Davis, Eddie Mamet, etc.—, amigos del Greenwich Village —en singular, la bailarina Janet Panetta— o Burtt Harris, uno de los asistentes más fieles a Sidney Lumet, quien da fe de una jugosa anécdota del rodaje de Sérpico, a propósito de la dicotomía entre la ficción y la realidad. Si bien el film dirigido por Lumet y protagonizado por Al Pacino cuyo testimonio tan solo se ofrece a través de una voz en off— propició una inusitada fama al genuino Francisco Vincent Serpico, la contrapartida de la misma le llevó a abandonar los Estados Unidos, máxime al haber sido considerado un soplón. Una acusación que rebate merced a una sinceridad y honestidad que quedó refrendada en lo que llegó a ser denominada la «comisión Knapp», un punto de inflexión que afectó sobremanera a la moral de un cuerpo policial integrado por millares de agentes que, de manera cíclica, incurren en repetir una historia provisionada de prácticas de corrupción y sobornos. De aquella hoguera llegó a escapar Paco Sérpico, siendo la localidad de Haarlem su refugio holandés con la única compañía de uno mismo. La mejor manera posible de reencontrarse y empezar de nuevo en la edificación de una vida apacible, sin ataduras, cultivando la tierra y quedando al cuidado de diversas especies de animales. Con todo, Francisco Serpico, en edad provecta, sigue siendo un «prisionero de sí mismo», en una acertada síntesis sobre la realidad de un policía que desafió al Sistema y, a partir de entonces, acabaría siendo engullido por la leyenda al asociar una acción presidida por la honestidad en el cuerpo policial a un apellido de origen transalpino.    

 

 

domingo, 24 de enero de 2021

«CHILDREN OF THE DAMNED»: LA INFANCIA «ROBADA» DE JULIAN ASSANGE

 

Existe una práctica unanimidad por lo que concierne a la coincidencia de las múltiples corrientes que configuran la psicología moderna en señalar el cómo haya sido nuestra infancia condiciona sobremanera nuestro comportamiento en la vida adulta. La de Julian Assange (n. 1971) no fue un precisamente un camino de rosas a partir de que su madre Christine —una artista visual, una vez separada de su marido, cayó rendida ante los encantos del músico Leif Myrnell. Bajo el «influjo» de Myrnell, el pequeño Julian entró a formar parte de la secta australiana conocida con el escueto nombre «The Family», en contraposición con el rimbombante «The Great White Brotherhood» («La gran estirpe blanca») que habían fundado Anne Hamilton-Byrne (1921-2019) —nacida Evelyn Grace Victoria Edwards y que en su nueva encarnación tomó el segundo apellido de su segundo marido, Bill Byrne— y el parasicólogo y físico inglés Raynor Johnson (1901-1987) a principios de los años sesenta. De alguna manera, el cambio nominal registrado a principios de los setenta apuntaba a la necesidad de preservar un cierto anonimato, alejados del radar de aquellos medios de comunicación ociosos de conocer las interioridades de una secta que otorgaba a Anne Hamilton-Byrne la condición de «reencarnación» de Jesucristo, construyendo para ello un relato que dejaba al margen la realidad de una infancia y una adolescencia sojuzgada por un desarraigo familiar producto del internamiento de su madre Florence Hide natural de Londres— en un hospital psiquiátrico durante casi treinta años y el abandono del hogar de la figura paterna. Con la connivencia de autoridades locales preferentemente de la ciudad de Melbourne— el tráfico de niños robados favoreció a los intereses de Hamilton-Byrne a la hora de formar una familia «propia». Los déficits emocionales de unos y otros esos niños robados pertenecían a familias desestructuradas y/o con serias carencias económicas— avivaron el fuego de una suerte de comunidad erigida sobre la figura mesiánica de Anne Hamilton-Byrne, cuyo carácter afable y considerado tan solo era la fachada de un edificio recubierto en su interior de la noción de sacrificio y castigo si se desobedecían sus enseñanzas regladas casi como si se tratara de un régimen militar, con el añadido de platos cocinados con aromatizantes del estilo del LSD. Leif Myrnell, presumiblemente influido por el consumo de sustancias lisérgicas, se plegó a la idea de ser uno de los muchos hijos de Anne Hamilton-Byrne y de ahí que, a renglón seguido, convenciera a su pareja Christine de integrarse junto a su hijo Julian a una comunidad cuyo centro de operaciones se localizaba en el lago Eildon, a unos cuantos kilómetros de Melbourne. De los pormenores del funcionamiento de la secta aussie se ocupa The Family: The Shocking True of a Notorious Cult (2016, Scribe Publications), el ensayo escrito a dos manos por Rosie Jones y Chris Johnston. Ambos pusieron en valor el trabajo de campo llevado a cabo por separado; él, periodista de profesión, merced a la publicación de diversos artículos básicamente para la publicación The Age, y ella gracias a la puesta en funcionamiento del documental The Cult of the Family. Conocida en la plataforma digital filmin.es una mina para cinéfilos y/o seriófilos— por el título El legado de una secta (2016), su presentación en sociedad coincidió con la salida al mercado de la referida monografía, en una estrategia comercial que, a priori, podría tener más ventajas que inconvenientes. Al atender al contenido del documental dirigido y guionizado por Rosie Jones las referencias a Julian Assange brillan por su ausencia, en una muestra palmaria del empeño del fundador de Wikileaks por borrar cualquier huella de su paso por la secta de The Family, fundada curiosamente en las fechas que tuvo acomodo en la cartelera australiana Village of the Damned (1960), cuya imagen promocional de un grupo de niños con el cabello blanco parece mirarse frente al espejo de la realidad de esa comunidad que operaba en las inmediaciones del lago Eildon. Empero, bien sabe Julian Assange que internet deja suficientes rastros que maniobran a favor de recomponer una biografía desde sus orígenes, el que presumiblemente se podría corresponder con los primeros capítulos de una serie titulada Assange. No me cabe duda que más de un cineasta en ciernes ha puesto la mirada sobre Julian Assange con el ánimo de crear una serie de culto a unos años vista, en una franja temporal que nos permita tener la perspectiva suficiente para ir recomponiendo los resortes psicológicos de un personaje del que el cinematógrafo se ha ocupado en un par de ocasiones hasta la fecha. Pero ni Underground: la historia de Julian Assange (2012) ni El quinto poder (2014) muestran ese periodo de su infancia bajo el manto protector de Anne Hamilton-Byrne que a punto llegó a ser centenaria, que encierra no pocas claves del porqué de determinados comportamientos. Intuyo que en esas noches de vigilia en su otro encierro en la embajada de Ecuador en Londres asomaba entre sus pesadillas la imagen espectral de ese niño de blanqueada cabellera, la misma que sigue siendo un trazo distintivo de un físico que ha ido marchitándose al entrar en un laberinto judicial del que no parece vislumbrarse su salida, cuanto menos, al medio o corto plazo.        

 


viernes, 15 de enero de 2021

«REINAS DEL ABISMO: Cuentos fantasmales de las maestras de lo inquietante»: (RE)DESCUBRIENDO AUTORAS A LA LUZ DE LAS VELAS

 

Cubiertos trece años desde que Impedimenta echara a andar, entre los múltiples aciertos que han llevado a distinguir al sello madrileño conforme a una de las mejores editoriales de nuestro país cabe resaltar la inquebrantable voluntad de sacar del ostracismo a escritoras de distintas épocas y latitudes. De ahí que proliferen las publicaciones en Impedimenta con acento femenino, consagrando incluso una suerte de trilogía --Damas oscuras (2017), Damas asesinas (2019), Reinas del abismo (2020)— que penetra en los intersticios del mundo del terror, de la fantaciencia y/o de lo onírico, por lo general, «patrimonializado» por hombres. Para la última entrega de esta serie de publicaciones en tapa dura Impedimenta nos invita a descubrir un total de dieciséis relatos –en la mayoría de los casos no superan la veintena de páginas— a la luz de las velas que iluminan textos inéditos en lengua castellana elaborados por otras tantas escritoras. Mérito del editor e historiador Mike Ashley (el firmante de una esclarecedora introducción) ha sido seleccionar más de una quincena de relatos que recorren una amplia paleta de temas vinculados al infinito espectro de lo fantástico, publicadas en primera instancia en lengua inglesa y fechadas entre 1888 —el correspondiente a Una revelación de Mary Elizabeth Braddon (1835-1925)— y mediados del siglo pasado —La isla de las manos (1952) de Margaret St. Clair (1911-1995) y Los indeseados (1952) de Mary Elizabeth Counselman (1911-1995)—. A modo de antesala de la lectura de cada uno de los cuentos la presente edición habilita una o dos páginas para la semblanza de esas «Reinas del abismo» cuyas existencias, por regla general, estuvieron marcadas por las penurias económicas, chocando frente a ese muro levantado por una sociedad que procesaba la literatura pergeñada por mujeres en un escalafón inferior a la de los varones. Por fortuna, con el correr de los años esta mentalidad forma parte de unas dinámicas ligadas a un pasado (ya lejano) en que algunas mujeres se sintieron impelidas a utilizar seudónimos masculinos para que sus escritos cursaran en la modalidad de capítulos por entregas que vieron la luz en periódicos o revistas, o encontraran acomodo en formato libro. Con todo, varias de las escritoras representadas en esta antología editada de manera impecable por Impedimenta cosecharon un considerable prestigio en su época, caso de Alicia Ramsey (1864-1933), quien compaginó la elaboración de novelas --por regla general, de corte romántico— con la redacción de guiones cinematográficos durante la década de los veinte. A las puertas de la que sería la última década del cine silente, Ramsey dio carta de naturaleza al cuento Una circe moderna (1919), cuya protagonista aparece conforme a una reminiscencia de la Katia del relato de Gogol La máscara del demonio, rodeada de dobermans. Para esta historia que transcurre en Florencia la escritora británica abraza lo sobrenatural merced, entre otros elementos, a la transformación de hombres a perros, en línea con el abordaje sobre el tema de la licantropía que frecuentaron algunas de sus colegas coetáneas y otras pertenecientes a generaciones posteriores, como Jessie Douglas Kerruish (1884-1949), representada con su texto La melodía maravillosa (1931), paradójicamente una historia que pivota sobre la música escrito por una mujer sorda. Al año siguiente de la publicación en inglés de La melodía maravillosa, Kerruish firmó el relato The Undying Monster (1932) con el que se la asociaría a partir de entonces, sobre todo tras la adaptación cinematográfica homónima dirigida por John Brahm en 1942. El mismo cineasta adscrito al fantastique y al terror puso su rúbrica tras las cámaras en esa misma década en Jack el destripador (1944), cuya historia original –El huésped (1913)-- se debe a Marie Belloc Lowndes (1868-1947). A modo de pincelada de su talento para la escritura Reinas del abismo nos permite sumergirnos en su fértil imaginación a través del cuento El piso encantado (1920). Casada con el periodista y redactor del Times Frederick Lowndes y hermana del también escritor Hilaire Belloc, Marie Belloc cultivó el género de las entrevistas sobre todo en la última década del siglo XIX, contabilizando en las mismas a Frances Hodgson Burnett (1849-1924), firmante de una novela —El pequeño Lord (1886)— que hizo fortuna en el celuloide y aún pendiente de brindar un relato —El jardín secreto (1911)— que aún a día sigue siendo representado en el medio audiovisual.  Encarando la recta final de su existencia Hodgson Burnett acomodó un relato, Una navidad en la niebla (1915), que puede ser degustado al correr de las páginas de una antología que ha precisado de una batería de traductores de primer nivel para capturar la riqueza de matices que albergan los textos originales en inglés. Semejante esfuerzo ha tenido su recompensa a la hora de amueblar una excepcional antología compuesta por dieciséis historias cuyo broche final lo coloca el cuento El séptimo caballo (1943) de indudable aroma surrealista provisionado por Leonora Carrington (1917-2011), la única de esas Reinas del abismo que ha transitado por el siglo XXI, la centuria presta a (rei)vindicar la labor de un número ingente de escritoras de otras épocas gracias a propósitos tan loables como las de Impedimenta.  

viernes, 1 de enero de 2021

«CUENTOS GÓTICOS COMPLETOS (1880-1922)» de Sir Arthur Conan Doyle: MÁS ALLÁ DE SHERLOCK HOLMES

En ese juego asociativo al que nos hemos habituado a practicar cuando pensamos en un determinado escritor, al «invocar» la figura de Sir Arthur Conan Doyle (1859-1930) de facto unimos su «suerte» literaria al perspicaz detective Sherlock Holmes. De ello se lamentaría Doyle, quien debió ceder a la presión popular —no exenta de alguna que otra amenaza que comprometiera a su integridad física— para «resucitar» su «criatura» literaria y con ello multiplicar exponencialmente el número de obras consagradas a las peripecias del taimado Sherlock Holmes y su fiel escudero el doctor John Watson. De algún modo, el hecho de satisfacer a lectores ávidos de historias relativas a Mr. Holmes que contribuyeron —en forma de retorno— a que la vida de Conan Doyle transcurriera sin sobresaltos económicos le permitió reservar tiempo para favorecer a la elaboración de obras que, al cabo, tuvo en mayor estima desde un prisma creativo. Entre éstas destaca su producción de relatos cortos que el sello barcelonés Alba Editorial —dentro de su colección Clásica Maior— ha publicado en el otoño de 2020 bajo el genérico Cuentos góticos completos (1880-1922). Editados por orden cronológico y escogidos fruto de una concienzuda selección a cargo de Darryl Jones, los treinta y cuatro relatos que jalonan el presente volumen muestran en buena medida el talento de Sir Arthur Conan Doyle para la escritura de historias que abrazan el espectro de lo imaginario, aquel capaz de capturar la atención de lectores no necesariamente familiarizados con el quehacer del tándem Holmes-Watson, en un formulismo que para sus detractores cobraba visos de agotamiento tras ver la luz unas cuantas entregas que tuvieron su punto de partida con Estudio en escarlata (1887). A la «cosecha» literaria de ese mismo año pertenece el relato La casa del tío Jeremy, en que Doyle hace referencia explícita a Baker Street, el rincón de Londres donde Sherlock Holmes se había instalado en compañía de Watson y que acabaría convirtiéndose en el lugar de «peregrinación» de individuos anónimos que reclamaban y/o imploraban los servicios del investigador policial para resolver casos que habían quedado archivados en las oficinas de Scotland Yard o bien ni tan siquiera habían sido atendidos por la «sacrosanta» institución. Asimismo, para aquellos devotos holmesianos otro de los relatos cortos de Doyle compilado por Jones establece puntos de conexión, como acontece con el excelente El disparo ganador (1883), en que podemos leer uno de los párrafos —«¡Eh, Jock, mira qué boca tiene este de ahí! Si hasta parece que echa espuma como el perro de Watson, el cachorro de bulldog que murió loco de rabia» (pág. 102)— que anticipa el apellido asignado al célebre médico inglés que colaboró en la resolución de infinidad de casos que llevaron la rúbrica, en última instancia, del hermano de Moriarty. Además de mostrar el buen pulso narrativo de Doyle a las puertas de cumplir su primer cuarto de siglo de existencia, El disparo ganador evidencia un suelo narrativo fértil en referencias a los escritores pertenecientes a anteriores generaciones, como acontece con Charles Dickens (1812-1870) del que cita Los papeles póstumos de Club Pickwick (1836-1837), a propósito de un relato trenzado a través del uso de la primera persona. No es menor el número de historias de la presente antología en las que Doyle apuesta por esta perspectiva narrativa, dejando patente con ello que él se erigía en la voz narradora de relatos que mostraban los primeros latidos de interés por temáticas —en especial el espiritismo, siendo su pieza bautismal en este sentido Jugar con fuego (1900) y que prolongaría años más tarde en Cómo ocurrió (1913)— a los que se dedicaría en cuerpo y alma en la etapa final de una vida marcada por una frenética actividad desde que su paso por la medicina le procuró el tiempo libre suficiente —dado su escaso éxito al abrir una consulta— para ir dando rienda suelta a su imaginación modelada a través de sus experiencias en viajes por distintos confines de la Tierra. La navegación había sido la principal vía para acceder a esos territorios que tan solo había visitado durante su infancia y adolescencia a través de la literatura. Cuentos góticos completos (1880-1922) comprende diversas piezas en que la narración toma lugar en alta mar el soberbio El capitán del Polestar (1883) y El demonio de la tonelería (1897), entre otros pero otras tantas nos proyectan a espacios como el Alto Egipto El lote nº 249 (1892), a cuenta de las momias contenidas en sarcófagos cuyos misterios podrían servir de desafío intelectual para el avispado Sherlock Holmes, de cuya relación «amor-odio» elevan acta las distintas biografías publicadas sobre su autor, Sir Arthur Conan Doyle, un cuentista excepcional en plena era victoriana. La lectura en tiempos de pandemia de estos Cuentos góticos completos no hace más que refrendar semejante aseveración

 

domingo, 8 de noviembre de 2020

«LOS VIEJOS CREYENTES. Perdidos en la taiga» (1994) de Vasili Peskov: LA VÍA SIN RETORNO

 

A propósito del estreno de Las alas de coraje (1995) —el primer film de ficción rodado en el sistema IMAX— en el verano de 1995 tuve ocasión de entrevistar a su director Jean-Jacques Annaud. Después de transcurrido un cuarto de siglo conservo un muy grato recuerdo de aquella entrevista. Al poco de concluir la misma le formulé una pregunta relacionada con Antoine de Saint-Exupéry, el autor que dio pie al relato corto de Wings of Courage. Bajo el prisma de un servidor, él era uno de los cineastas más indicados para abordar una versión cinética de El principito. Al referirme a este hipotético proyecto, Annaud me confesó que no había logrado la forma de adaptarlo pese a diversas tentativas. Por aquel entonces, desconocía que el director francés había adquirido un año antes los derechos de explotación de Los viejos creyentes. Peridos en la taiga (1994) de Vasili Peskov. Al igual que Las alas de coraje, el libro del periodista ruso Peskov plantea un tema de supervivencia extrema, la que incrimina a la familia Lykovy. Al correr de las páginas de esta obra publicada tardíamente en lengua castellana por el sello Impedimenta –al rescate, una vez más de gemas de la literatura diseminadas por todo el planeta tierra— con traducción directa del ruso a cargo de Marta Sánchez-Nieves, difícilmente pueda imaginar otro cineasta más adecuado que Annaud para llevar a cabo la puesta en imágenes de la singular historia de los Lykovy. De algún modo, el eremitismo de los Lykovy no dista en demasía de la forma de vida de aquellos Neanderthales que comparecieron en la gran pantalla en el amanecer de la década de los años ochenta con el ilustrativo título En busca del fuego (1981). Mientras se celebraba la puesta de largo de este estudio antropológico «ficcionado», tres de los miembros del clan Lykovy —los hermanos Savin, Natalia y Dimitri— fallecían por causas distintas, pero todas ellas relacionadas con las condiciones extremas a las que habían sometido sus organismos. Hasta el año 1978 Peskov no llegó a contactar con la familia de eremitas tras haber sido descubiertos por el piloto de una avioneta que sobrevolaba la cordillera del Abakán, una de las zonas geográficas más inaccesibles y remotas de la taiga siberiana. De las peculiaridades de cada uno de los hermanos fallecidos el laureado periodista —además de ensayista, ecologista, presentador de televisión y divulgador científico— trata de «recomponer» un perfil más a través del testimonio de la hermana superviviente Agafia y del patriarca Karp Ósipovitch, en uno de los capítulos intermedios —titulado «Los Lykovy»— de una obra con aroma de longseller, traducido a varios idiomas.

   Después de una primera etapa conviviendo con otras familias de practicantes religiosos ultraortodoxos refractarios a cualquier noción de progreso en una suerte de aldea, los cinco miembros de los Lykovy construyeron una isba siguiendo el curso del nacimiento del río Abakán. Las severas condiciones climatológicas y la falta de recursos alimenticios causaron estragos de manera singular en Akulina Kárpovna, falleciendo a temprana edad en 1961 y con ello dejando viudo a Karp, quien juega un papel protagonista a lo largo de buena parte del relato antes que ceda el testigo a su hija menor Agafia. Lo hace a partir de su fallecimiento —cerca de cumplir su noventa aniversario— en 1988, en que Agafia se erige en la última representante de una estirpe familiar cuya historia cobró repercusión internacional merced sobre todo al libro escrito por Peskov. En cierto sentido, la pereistroika llegó a los dominios de los Lykovy cuando Agafia aceptó integrar a su cotidianeidad ciertos artilugios y alimentos a los que habían sido refractarios acompañados de una frase que se convirtió en una especie de coletilla: «no nos está permitido». Sin duda, esta deviene una de las expresiones que más se repite en una obra que se erige en un canto a la naturaleza, capaz de abrigar de esperanza a aquellos que habían renunciado a casi todo –televisión, radio, electricidad, alimentos procesados, etc.— aunque asome en ocasiones el peligro entre sus moradores –en especial, los osos--. A su vez, para la parte final Peskov traza una historia de soledad, la propia de una mujer que no renunciaría a los consejos de su figura paterna –la de renunciar «al mundo» en favor de su patria en la taiga--, sin por ello mostrarse con afecto y amabilidad ante todos aquellos que la visitaron –con un reconocimiento a sus amigos geólogos que auxiliaron a su familia en no pocas ocasiones— en el curso de varias décadas. Los viejos creyentes se cierra en falso atendiendo al hecho que Agafia siguió viviendo hasta 2016, pereciendo a los setenta y dos años. Salvo una breve estancia en casa de unos familiares, Agafia nunca abandonó ese territorio agreste de la taiga, preservando la antorcha de un modo de vida que entra en perenne colisión con la realidad del siglo XX y más aún si cabe la del siglo XXI.      

 


martes, 20 de octubre de 2020

«LA TORRE VIGÍA» (1966) de Elizabeth Harrower: LA VIDA VALE MÁS


«Clare miraba ahora por la ventana abierta, el sendero y la puerta, ahora la página impresa entre sus manos. Los cosacos. Nadie venía. Paciencia.

    Aquella ventana era su torre vigía»

 

 

Muestra de la importancia que cobran aquellas editoriales prestas a recuperar novelas descatalogadas la encontramos en el sello Text Publishing, fundado a mediados los años noventa por Diana Gribble y Eric Beecher. Así pues, desde hace un cuarto de siglo Text Publishing ha tenido el empeño de volver a imprimir títulos clásicos de la literatura australiana, saliendo especialmente beneficiada Elizabeth Harrower (1928-2020), a quien se la había perdido el rastro desde la publicación de The Watch Tower (1966). De tal suerte, el sello aussie tomó la iniciativa de editar In Certain Circles (2014), un material que había permanecido inconcluso durante cuatro decenios fruto de un bloqueo creativo por parte de su autora. Con cierto orgullo, pues, una octogenaria Harrower vio cumplido su sueño de completar su sexta novela, después de asistir a la reedición del resto de sus trabajos literarios. Una vez más, los radares de Impedimenta han funcionado a pleno rendimiento para captar la lejana señal proveniente del continente oceánico, al que han regresado tras la publicación de Picnic en Hanging Rock (1967), de Joan Lindsay, en 2009 para editar la penúltima novela de Harrower, La torre vigía, en plena segunda oleada de la pandemia de la COVID-19 y pocos meses después de certificarse su deceso.

    Coetánea de Lindsay, Elizabeth Harrower, a punto de cumplir la treintena, al final de su etapa residiendo en las Islas Británicas, llegó a un acuerdo con la editorial inglesa Cassell & Co. para la publicación de Down in the City (1957), una opera prima en que se puede reconocer en el personaje de Stan Peterson —un representante de la middle-class del Sidney de los años cincuenta— rasgos inherentes a Felix Shaw, cuya crueldad y perfidia es descrita de manera detallada en no pocas páginas de La torre vigía, de cuya traducción al castellano para la edición de Impedimenta se ha encargado Jon Bilbao, un autor que asimismo forma del señorial catálogo del sello madrileño. Las víctimas propiciatorias de un individuo esquinado hacia comportamientos machistas, aparejados de un sentimiento autodestructivo cuyo catalizador deviene —al igual que Peterson— el alcohol, son las hermanas Laura y Claire Vaizey. «Ellas eran australianas, mortales de talla media, carentes, en buena medida, de la fragilidad y de la herencia exótica de su madre. Era natural que corrieran de acá para allá, que se despellejaran las espinillas y las caderas, que sufrieran cortes en los dedos y que les salieran ojeras en el proceso de apañárselas por su cuenta para salir adelante, tanto ellas como su madre». Así las describe en primera instancia Harrower, dejando que el paso del tiempo las libere de actitudes propias de adolescentes y entren a formar parte integral de un mundo adulto que las reserva la tragedia de saberse dominadas por un ser abyecto que tras someterlas —especialmente a Laura, su empleada en una próspera fábrica de chocolate, con quien llega a contraer matrimonio sin que medie el enamoramiento— al chantaje emocional, al maltrato psicológico y físico (aunque sin cargas las tintas por parte de su autora), las gratifica materialmente al asumir un cierto grado de culpabilidad por sus acciones. En ese círculo vicioso transita la trama de una novela que para su tercio final introduce un cuarto vértice, el joven Bernard, fundamental a la hora de alentar a una de las hermanas Vaizey a decidir sobre su propio futuro alejada de la «aniquilación» de la personalidad que significa permanecer junto a Felix Shaw.

    Indiscutiblemente, una novela de las características de La torre vigía gana plena vigencia en la actualidad, siendo la voz de Harrower una de las primeras en alzarse para denunciar a través de su fluida prosa, cargada de matices, el comportamiento de un estereotipo de machos que lejos de representar un complemento para el sexo femenino se han convertido en sus principales depredadores, al activar en ellas unos mecanismos de anulación que pueden derivar en el suicidio.