Quizás para la plana mayor de escritores con
cierto rodaje no se presta demasiada atención en las conexiones «interiores»
existentes entre cada una de sus novelas o relatos cortos en virtud que el
hecho de enfrentarse a la hoja en blanco constituye ya de por sí el principal
desafío, confiando que la propia trama de la narración pueda conducirles a
completar el propósito inicial. En cambio, se encuentran otro tipo de escritores
que parecen «dialogar» constantemente con sus piezas literarias previas,
llegando al paroxismo en el caso de Vladimir Nabokov (1899-1977) de
reescribir buena parte de su obra en prosa, en la que por regla general
introduce expresiones y/o bloques poéticos. Ciertamente, a la altura de la primavera
de 1962, a unos pocos meses de celebrarse la première mundial en Nueva
York de la primera de las adaptaciones cinematográficas de su novela más
célebre, Lolita (1955) —para la que concibió un guion que sería
distinguido con una nominación al Oscar—, Nabokov escribió unas notas
introductorias de La dávida (1936-1937). A su juicio se trata de
su novela más ambiciosa, a la par que compleja, de su producción literaria
elaborada en origen en su lengua materna, el ruso. Inequívocamente, a lo largo
de sus casi cuatrocientas páginas —tomando como referencia el presente volumen,
integrado dentro de la Colección Compactos de Anagrama— reconocemos el estilo envarado,
barroco en ocasiones, el propio de una persona de desbordante conocimiento en
materias tan disímiles como la entomología o la literatura rusa. Con todo, en
Nabokov prima su inveterada tradición por jugar con el lenguaje; la palabra,
las expresiones, las construcciones alegóricas son «ley» en un universo donde
las tramas apenas tienen recorrido en sus páginas, quedando desasistidas frente
a una sonoridad, una rima que contribuya a definir un estilo al servicio
de un escritor de refinado gusto, propio de alguien que formó parte de un
entorno aristocrático en su San Petersburgo natal.
El mayor de cinco hermanos, Valdimir Nabokov anunció
al mundo su voluntad de convertirse en escritor tras pasar meses postrado en la
cama debido a una enfermedad, procurando en aquel periodo de convalecencia leer
con fruición a los más insignes literatos rusos, como Fiódor Dostoyevski (1821-1881) y
Aleksander Pushkin (1799-1837) a quien rinde homenaje en las postreras
páginas de La dávida con la reproducción de un pasaje de Eugene Onegin (1833). En este sentido, Nabokov deja entrever en la octava
de sus novelas una pulsión autobiográfica a través del personaje de Fiódor
Godunov-Cherdynstev, pero también de Konecheyev y Vladimirov, tal como señala
el propio escritor en su introducción fechada en 1962 desde su «destierro» helvético
en Montreaux. En la localidad suiza —perteneciente al cantón francés— Nabokov
se «citaría» con la muerte hace casi cincuenta años. A partir de su deceso,
sellos editoriales como Anagrama en el estado español han procurado la
publicación de la práctica totalidad de la obra de Vladimir Nabokov,
constituyendo desde mi modesta opinión La dávida una especie única dentro
de su colección de piezas impresas en papel. Amagando de continuo hacia su
propia realidad, la de un escritor a la búsqueda de un horizonte de
reconocimiento por parte de la intelectualidad de la época, La dávida requiere
de varias lecturas para afinar en su juicio, aquellas capaces de permear
un terreno literario abonado de aliteraciones, aforismos, vetas poéticas,
referencias cultas y un sinfín de juegos «encriptados» que nos reserva la pluma
de uno de los grandes escritores del siglo XX. Al respecto, cabe resaltar la encomiable
labor de Carmen Giralt a la hora de traducir una obra de las características de
La dávida, en cuya portada luce una mariposa enjaulada, una de tantas
especies de lepidópteros que revolotean en las páginas de esta Opus
magna con denominación de origen rusa antes de ser traducida al inglés por
el hijo del escritor —Dimitri— para el primero de sus capítulos, y por Michael
Scammel para los otros cuatro.

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