lunes, 14 de septiembre de 2026

«LA DÁVIDA» (1937-1938) de VLADIMIR NABOKOV: UNA OPUS MAGNA CON DENOMINACIÓN DE ORIGEN RUSA

Quizás para la plana mayor de escritores con cierto rodaje no se presta demasiada atención en las conexiones «interiores» existentes entre cada una de sus novelas o relatos cortos en virtud que el hecho de enfrentarse a la hoja en blanco constituye ya de por sí el principal desafío, confiando que la propia trama de la narración pueda conducirles a completar el propósito inicial. En cambio, se encuentran otro tipo de escritores que parecen «dialogar» constantemente con sus piezas literarias previas, llegando al paroxismo en el caso de Vladimir Nabokov (1899-1977) de reescribir buena parte de su obra en prosa, en la que por regla general introduce expresiones y/o bloques poéticos. Ciertamente, a la altura de la primavera de 1962, a unos pocos meses de celebrarse la première mundial en Nueva York de la primera de las adaptaciones cinematográficas de su novela más célebre, Lolita (1955) —para la que concibió un guion que sería distinguido con una nominación al Oscar—, Nabokov escribió unas notas introductorias de La dávida (1936-1937). A su juicio se trata de su novela más ambiciosa, a la par que compleja, de su producción literaria elaborada en origen en su lengua materna, el ruso. Inequívocamente, a lo largo de sus casi cuatrocientas páginas —tomando como referencia el presente volumen, integrado dentro de la Colección Compactos de Anagrama— reconocemos el estilo envarado, barroco en ocasiones, el propio de una persona de desbordante conocimiento en materias tan disímiles como la entomología o la literatura rusa. Con todo, en Nabokov prima su inveterada tradición por jugar con el lenguaje; la palabra, las expresiones, las construcciones alegóricas son «ley» en un universo donde las tramas apenas tienen recorrido en sus páginas, quedando desasistidas frente a una sonoridad, una rima que contribuya a definir un estilo al servicio de un escritor de refinado gusto, propio de alguien que formó parte de un entorno aristocrático en su San Petersburgo natal.

El mayor de cinco hermanos, Valdimir Nabokov anunció al mundo su voluntad de convertirse en escritor tras pasar meses postrado en la cama debido a una enfermedad, procurando en aquel periodo de convalecencia leer con fruición a los más insignes literatos rusos, como Fiódor Dostoyevski (1821-1881) y Aleksander Pushkin (1799-1837) a quien rinde homenaje en las postreras páginas de La dávida con la reproducción de un pasaje de Eugene Onegin (1833). En este sentido, Nabokov deja entrever en la octava de sus novelas una pulsión autobiográfica a través del personaje de Fiódor Godunov-Cherdynstev, pero también de Konecheyev y Vladimirov, tal como señala el propio escritor en su introducción fechada en 1962 desde su «destierro» helvético en Montreaux. En la localidad suiza —perteneciente al cantón francés— Nabokov se «citaría» con la muerte hace casi cincuenta años. A partir de su deceso, sellos editoriales como Anagrama en el estado español han procurado la publicación de la práctica totalidad de la obra de Vladimir Nabokov, constituyendo desde mi modesta opinión La dávida una especie única dentro de su colección de piezas impresas en papel. Amagando de continuo hacia su propia realidad, la de un escritor a la búsqueda de un horizonte de reconocimiento por parte de la intelectualidad de la época, La dávida requiere de varias lecturas para afinar en su juicio, aquellas capaces de permear un terreno literario abonado de aliteraciones, aforismos, vetas poéticas, referencias cultas y un sinfín de juegos «encriptados» que nos reserva la pluma de uno de los grandes escritores del siglo XX. Al respecto, cabe resaltar la encomiable labor de Carmen Giralt a la hora de traducir una obra de las características de La dávida, en cuya portada luce una mariposa enjaulada, una de tantas especies de lepidópteros que revolotean en las páginas de esta Opus magna con denominación de origen rusa antes de ser traducida al inglés por el hijo del escritor —Dimitri— para el primero de sus capítulos, y por Michael Scammel para los otros cuatro.      

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