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miércoles, 11 de noviembre de 2015

«CRONOMOTO» (1997) de Kurt Vonnegut: DOBLE SALTO MORTAL

En  marzo de 2003, a las puertas de una primavera especialmente “caliente” en cuanto a agitaciones sociales y políticas en nuestro país, Angle Editorial, en su colección titulada «Narrativas», publicaba Salt en el temps, una suerte de reflexiones plasmadas al papel por Kurt Vonnegut (1922-2007), que habían nacido tras una tentativa frustrada por dar acomodo a una nueva novela. Aquellos ociosos en ir completando el parque de piezas literarias (relatos cortos, ensayos, novelas, etc.) de Vonnegut nos hicimos con un ejemplar, pero me aventuro a creer que la tirada fue ciertamente limitada, máxime al tratarse de un libro escrito en catalán. Recuerdo con certeza, eso sí, que Salt en el temps pasó por mis manos con celeridad, acomodando una de esas lecturas rápidas que suelen sustanciarse en una plaza hotelera o en el interior de un tren de media o larga distancia. Para los que orbitamos en el «planeta Trafalmadore» las lecturas de Vonnegut resultan de esta naturaleza; no precisan de una serie de etapas para dejar “reposar” el texto y volver sobre el mismo al cabo de unos días o semanas. El compromiso para con la literatura de Vonnegut requiere de otra actitud, la que pasa por “anclarse” a su lectura y devorarla, a poder ser, de un tirón. Una docena de años más tarde, aún conservo el recuerdo de un texto preñado de indulgencia por parte de Vonnegut en relación al grueso de los miembros que conforman la genealogía familiar. Primos, hermanos, tíos, cuñados, suegros, padres, abuelos maternos y paternos, hijos biológicos o adoptados de Vonnegut asoman en las páginas de Salt en el temps, cuya edición al castellano en el haber de Malpaso —haciendo hincapié en lo subversivo, el color de moda de distintos sellos de nuevo cuño (Capitán Swing, Sexto Piso, etc.)— en otro periodo no menos convulso en lo social y en lo político —otoño de 2015— se ofrece bajo un nombre diferente, el de Cronomoto. Pero lo que sigue presidiendo la cubierta en uno y otro caso es el concepto de la esfera de un reloj “dislocada” o “fracturada”, jugando con la idea de que el tiempo se detiene. Curiosamente, idéntica noción se representa pero en el plano audiovisual en Madre noche (1996), la adaptación al celuloide de la novela homónima de Vonnegut donde él mismo representa a un peatón (cameo obliga) que aparece conforme a una especie de estatua en medio de una calle o avenida fuertemente transitada. A su coguionista Robert D. Weide y a su intérprete principal Nick Nolte se refiere en una de las páginas de una obra que, excusa decirse, despierta el hambre voraz de su lectura si previamente nos hemos familiarizado con su prosa, una forma de expresar las ideas sobre el papel que surgen al dictado de una mente abonada a cierta dispersión “controlada”, en esa contienda diaria que debió ser para él reformular pensamientos que quizás habían quedado superados en el pórtico del nuevo milenio. Así pues, el absurdo se apodera de determinadas páginas para luego ir alternando capítulos o fragmentos de los mismos en que saca brillo a un prosa que trata de auscultar la esencia del ser humano lleno de contradicciones cuando se razona sobre el sentido de la guerra o hace un somero repaso por la historia de los Estados Unidos a través de un anecdotario que refuerza si cabe aún más lo irreverente e impertinente en ocasiones de su discursos a los ojos de los celadores del tea party o, cuanto menos, de las capas más conservadoras del país. Un anecdotario que ya había acomodado en el espacio de las conferencias celebradas en multitud de universidades de los Estados Unidos, algunas de las cuales habían sido los principales feudos para la incipiente divulgación de la obra de Vonnegut verbigracia de novelas del alcance metafórico de Cuna de gato (1963) y Matadero Cinco (1969), por citar dos de los títulos contenidos en el catálogo de Anagrama en distintas colecciones. Longsellers que devienen la puerta de entrada al particular mundo creativo de Vonnegut para luego pasar a otro “estadio” de conocimiento, el que permite recrearnos (en modo empático) con algunas de las expresiones de Vonnegut que, a ratos, parecen hablar en boca de su alter ego literario, Kilgore Trout. No son pocas precisamente las páginas donde se recurre a Trout para lanzar al aire algún que otro concepto que nos invita a esbozar una sonrisa que acaba escondiendo una reflexión de hondo calado. 
   Al regresar otra vez sobre este texto (pero en su variante castellana), puedo calibrar con mayor tino el alcance de una propuesta que imprime carácter, el propio de un Vonnegut socarrón, irónico, perspicaz, decidido a salvaguardar las bondades de una estirpe familiar donde quedan convocados arquitectos, inventores, científicos y practicantes de oficios de muy distinto sesgo. Con todo, ninguno de los que ha pertenecido o perteneció a similar linaje ha obtenido u obtuvo la proyección internacional de Kurt Vonnegut, Jr, fruto de la cual se han sucedido traducciones a multitud de lenguas de sus obras más (re)conocidas y aquellas que destilan un aroma a despedida, a capitulación ejecutando un doble salto mortal en el tiempo. Uno realizado de espaldas a la realidad y el otro apegado a la misma cuando toca sacar polvo al álbum familiar estacionado en el baúl de los recuerdos.       

miércoles, 10 de julio de 2013

HARRY HOUDINI. CÓMO HACER EL BIEN EL MAL: LA ILUSIÓN DE LA PALABRA

Una extraña, por improbable, coincidencia se ha dado en el mundo editorial en lengua castellana en los últimos meses. Dos obras de muy distintos sesgo —la una orientada hacia el lector infantil y juvenil, y la otra para los abonados al campo del ensayo— tienen en la relación suscitada entre Harry Houdini (1874-1926) y Sir Arthur Conan Doyle (1859-1930) un hilo en común. Mientras Ana Campoy deja filtrar en su novela El gran truco de Houdini (2013) —la quinta entrega de la colección de literatura infantil Las aventuras de Alfred y Agatha— una amistad entendida merced a la admiración mútua que se profesaban, el ensayo Harry Houdini. Cómo hacer bien el mal (2013) contiene un extenso prólogo a cuenta del creador de Sherlock Holmes para luego ceder el testigo al denominado «Rey del escapismo». Un volumen que voltea la concepción que podamos tener de antemano sobre Harry Houdini en virtud de su asimilación exclusiva al terreno de la magia y del escapismo. Allí donde se ganaría el favor de un público que no podía dar crédito de las hazañas de un temerario en toda regla como fue Harry Houdini.
   Puede que el primer contacto con el personaje de Houdini provenga de un muy lejano visionado televisivo del biopic parcial acometido por George Marshall, asumiendo el rol protagonista un Tony Curtis en pleno auge. Desde entonces me he dejado acompañar de abundantes lecturas sobre ese fenómeno de la naturaleza que distaba de tener rasgos parejos a los de Tony Curtis, pero pertenecía a un mismo origen común. Al igual que Curtis, su asecendencia judía llevaría al atribulado escapista a cambiar su nombre de origen —Erik Weisz— y adoptar el que ya nunca más le abandonaría y con el que se hizo célebre. Lo que llama la atención de manera especial de Harry Houdini. Cómo hacer bien el mal es que presenta una colección de textos escritos por el propio Houdini, algo ciertamente inusual al manejarnos con bibliografía en lengua castellana sobre tan ilustre artista. De tal suerte, se nos muestra esa cara mucho menos conocida y reconocida de Houdini, la de escritor que había publicado muchas piezas sueltas en revistas sobre todo especializadas en ilusionismo y magia. La obra que tengo entre manos compila algunos de estos textos en que hace un somero repaso de las distintas formas del «Mal» que se camuflan en nuestra sociedad, con arreglo a prácticas destinadas a desafiar a las autoridades competentes (robos de carteras, pequeños hurtos, etc.), o las que persiguen un efecto ilusorio toda vez que se formulan sobre los escenarios. Para éstos últimos, Houdini dedica unas páginas a la hora evaluar algunos de los nombres propios que, en algunos casos, fueron referentes inexcusables para él mismo —el decano Harry Kellar— , así como regar de anécdotas sobre compañeros de profesión (en algunos casos con el fin de desenmascararlos) para esta parte central del ensayo en cuestión. Con todo, lo que en verdad infunde categoría a esta obra se circunscribe al mencionado prólogo —treinta y cuatro páginas— con la rúbrica de Conan Doyle, y el relato Bajo las pirámides (1917) que Houdini filmaría al alimón con Edgar Alan Poe (1809-1849). Una joya sin desperdicio alguno en que ficción y realidad se confunden bajo un mismo manto literario, erigiéndose Harry Houdini en una víctima de las circunstancias, la de una fama que se cobraría sus peajes. No cabe duda que Poe, al encargarse del texto Under the Piramids, afinaría en los aspectos estrictamente literarios, relativos al estilo, mientras que Houdini aportaría el relato de una experiencia casi sobrenatural y quién sabe si alguna que otra afortunada expresión. Conan Doyle parece soslayar esta aportación fundamental de su coetáneo Poe al escrito en cuestión, y de esta forma, trata de establecer una hipótesis de trabajo en que apunta sobre la existencia de «dos» Houdini escritores. A falta de familiarizarme con más textos elaborados por Erik Weisz con arreglo a su vena literaria encauzada hacia la novela o los relatos cortos, la verdadera magia literaria es patrimonio de Poe en este espléndido Bajo las pirámides. En cualquier caso, la publicación de este texto a cargo de la editorial Capitán Swing eleva la mirada sobre un artista que quiso escapar del encasillamiento a toda costa. Seguir el rastro de Houdini desde que abandonara su hogar, en su Budapest natal, a muy temprana edad es una aventura, un desafío en sí mismo. Parecía guiado por el don de la ubicuidad. Él fue el primero en sobrevolar Australia en avión. Escribió y se empeñó en construir una biblioteca con decenas de libros en sus estanterías. Leyó ingente material sobre ilusionismo y ciencias denominadas esotéricas. Dirigió, interpretó y produjo películas. Combatió a los espiritistas, entre los cuales se alinearía el propio Conan Doyle. La criptografía formaban entre sus entretenimientos, tal como se desprende de uno de sus escriptos, a partir de una anécdota en forma de providencia. 
   La grandeza de Houdini no ha tenido, a fecha de hoy, traducción en la gran pantalla que le haga justicia. Es un proyecto pendiente que tan solo se formula al alcance de cineastas con un pronunciamiento mesiánico en su voluntad por entender la vida. Paul Verhoeven estuvo empeñado en semejante propósito pero claudicó al no encontrar la manera de resolver, a efectos dramáticos, la relación suscitada entre Erik y su madre por la que sentía auténtica devoción y con quien se quiso comunicar en el Más Allá... del bien y del mal. Dos términos antagónicos que se conjugan y conjuran en el título de esta obra que agranda aún más la leyenda de Harry Houdini en sus múltiples derivadas artísticas.