miércoles, 15 de abril de 2026

«LA ANTÁRTICA EMPIEZA AQUÍ» de Benjamín Labatut: PUNTO DE PARTIDA DE UN ESCRITOR DE «ESPÍRITU» APÁTRIDA

 

En un reciente viaje a Roma me dejé acompañar por La Antártica empieza aquí, de Benjamín Labatut (n. 1940), un escritor del que apenas conocía referencias en función de algún que otro premio recibido en un pasado reciente. En el viaje de vuelta en avión, al completar la lectura de La Antártica empieza aquí (2010) reparé en el hecho que hay libros especialmente indicados para formar parte del «equipaje» mientras visitas países, ciudades que escapan a tu conocimiento cotidiano. Libros que hacen «frontera» con la realidad, que no tratan de corregirse por los senderos trillados de lo meramente descriptivo, sino que «interpelan» al lector, lo tratan de mantener en guardia hasta el último aliento, léase postrera página, en que el autor puede sorprendernos con alguna referencia literaria, un juego de palabras o la presencia de una figura (re)conocida en un contexto que difícilmente hubiésemos podido imaginar o intuir. Este es el caso de La antártica empieza aquí, una pieza literaria segmentada en siete relatos cortos que su autor, Benjamín Labatut —nacido en los Países Bajos y educado en Chile, aunque de «espíritu» un tanto apátrida—, ya deja entrever una pasmosa facilidad para trazar pinceladas de personajes situados en la orilla del Sistema, ya sea de una manera involuntaria o voluntaria, como ocurre con Dionisio Ramón Emilio Valdés Amaro, en arte Bebo Valdés (1918-2013), el músico cubano que pasó largas temporadas en el viejo continente antes de emprender regreso a su Cuba natal. En tránsito a participar en una gira con una banda de jazz por el infinito territorio ruso, el protagonista del relato «Alfredo en cama» entra en contacto con Bebo Valdés en la capital de Islandia. Así pues, Reyjkavik es el escenario de un encuentro tan extraño como muchas décadas antes había sido el tour de force librado entre los ajedrecistas Boris Spaski y Bobby Fisher en las gélidas tierras islandesas. En esta ocasión, la partida (literaria) se juega entre el joven Alfredo —ausente de las aulas en su adolescencia y primera juventud al recibir la llamada de la música, seducido por el sonido del saxofón en su Chile natal— y un Bebo Valdés que puso tierra de por medio, abandonando a sus cinco hijos y a su esposa caribeña, e instalándose en Europa junto a su pareja de ascendencia nórdica. Alfredo recibe los consejos de Bebo como si de un mentor se tratara. Se trata de una relación que se intuye conforme a un guiño a la propia realidad experimentada por Labatut, quien iría pergeñando su primera obra literaria bajo el ala protectora de Samir Nazal (1930-2008). Lo paradójico razona en que Nazal, el guía de Labatut en su etapa en que debían abundar las dudas y de los temores sobre su verdadero fuste como escritor, murió dejando una obra inédita guardada en cajas. A la salida a la «luz» de este material que hasta entonces había permanecido inédito —con un título que ya apunta a un ejercicio de «reconstrucción»: Pastizales del espejismo (2019)— le seguiría al año siguiente, en plena pandemia, Un verdor terrible (2020), escrita por el «protegido» del profesor, bibliófilo y librero chileno. En fechas muy cercanas a la nominación a los premios Booker Award por Un verdor terrible, llegaría al mercado editorial la tercera de las obras de Labatut, La piedra de la locura (2021). Transcurrido un lustro desde entonces, Anagrama regresa sobre los pasos de Labatut para publicar, dentro de Panorama de Narrativas Hispánicas, su opera prima, en que se dan cita en sus distintos relatos, además del músico Bebo Valdés, entre otros muchos Spencer Tunick (el fotógrafo de los «desnudos en masa») —aunque sin ser citado en la pieza «Club de campo»—, John Milton —al evocar a Los paraísos perdidos en «Alfredo en la cama»— y Roberto Bolaño (1953-2003), el escritor chileno que se sitúa entre los autores preferidos del que lleva camino de convertirse en un referente literario en las próximas décadas gracias sobre todo a la asunción de una capacidad de experimentación en el uso del (meta)lenguaje.      


miércoles, 25 de marzo de 2026

«EL REGRESO. TIEMPO NO PERDIDO, 3»: LA ESCRITURA COMO TERAPIA EN LA (POST)GUERRA

 
Al año siguiente de la creación del sello Impedimenta, aparecía entre las novedades de la editorial madrileña 
El hospital de la transfiguración (1948) de Stanislaw Lem. Sesenta años después de haber sido escrita, pues, la obra en cuestión conocería una edición con traducción directa del polaco al español sin pasar por el filtro intermedio de una traducción al inglés que, en buena lid, podría contribuir a perder parte de la esencia de narración urdida por el genio polaco. Cubiertos casi veinte años desde entonces, Impedimenta ha completado la publicación de los otros dos títulos que integran una suerte de trilogía. Ya comentado en este mismo blog el segundo de los títulos (ir a enlace), por lo que concierne a la reciente edición de El regreso. Tiempo no perdido, 3, deja patente que Stanislaw Lem, amén de ser considerado uno de los grandes escritores de la ciencia-ficción de la segunda mitad del siglo XX, a mi juicio, deviene un portentoso escritor sin necesidad de establecer «barreras genéricas» a su alrededor. Con la pulsión propia de alguien afectado de hipergrafía, Lem ya demostraba en su veintena una febril actividad como escritor, presumiblemente desarrollada en horas intempestivas, arañando horas al reloj a fin de seguir cumplir con sus obligaciones laborales en un periodo, el de la Segunda Guerra Mundial, marcada por la precariedad. El último de los libros que conforman dicha trilogía responde a los estímulos propios de un analista versado en la condición humana, valiéndose de una figura omniscente, aplicando el bisturí a la hora diseccionar una realidad marcada por las penurias, por el rodillo que representa la burocracia en un contexto de represión y anulación del individuo frente a lo colectivo, pero también capaz de escrutar en los propios sueños del protagonista, Stefan Trzyniecki, quien podríamos colegir representa el alter ego del propio Stanislaw Lem. En el ecuador de la novela, la voz omniscente eleva un pensamiento a la «categoría» de aforismo: «La peor de todas las derrotas es la que nos enfrentamos a nosotros mismos».  Lo paradójico del caso es que Stanislaw Lem, asumiendo de antemano la derrota (su obra quedaría sepultada entre los escombros de una literatura, la polaca, que había sido arrasada en tiempos de (post)guerra por fuego amigo y enemigo), acabaría saliendo victorioso porque cada página —de las más de trescientas que contiene el presente volumen— de El regreso. Tiempo no perdido, 3 alimenta la certeza que el polaco poseía un talento sobrenatural para la escritura, aquella capaz de hacer «vivir» a los personajes con tan solo activar las teclas precisas. A sus veintinueve años Lem dio por completada la última entrega de una trilogía tocada por un halo poético («parecía que el violeta había fundido los cuerpos, que hubiera descubierto los calcáreos cráneos morados. En la profunda oscuridad que proyectaban las columnas, como en una iglesia conquistada, entre nubes de humo de tabaco atravesada oblicuamente por un haz de color lila, varias decenas de cabezas con las bocas negras y abiertas cantaban, y la canción, pesada y antigua, se acercaba a su trágico desenlace») que se abre camino en un mundo en el que quedan socavados los cimientos de la dignidad humana. En su conjunto, El hospital de la transfiguración, Entre los muertos (1949) y El regreso, conocidas bajo el genérico «Tiempo no perdido», representa una obra maestra de la literatura del siglo XX. 


miércoles, 4 de febrero de 2026

«ORBITAL» (2024) de SAMANTHA HARVEY: «PAISAJES» HUMANOS DESDE LA INGRAVIDEZ

 

En 1969 se fallaba por primera vez los Booker Awards —recayendo en Something to Answer for de P. H. Newby—, al que tenían acceso ciudadanos británicos o pertenecientes a la Commonwealth. Ese mismo año, la especie humana llegaba a la Luna, constituyendo un hito en lo que se dio en denominar la conquista del espacio. Viajando en el tiempo cincuenta y cinco años, el premio Booker —plenamente consolidado conforme a una de las distinciones más prestigiosas en Lengua Inglesa— recayó en Orbital (2024), una novela que toma como escenario principal la Estación Espacial Internacional. A buen seguro, su autora Samantha Harvey (n. 1975) ha leído a la plana mayor de las escritoras que la han precedido en semejante distinción, como Iris Murdoch, Penelope Fitzgerald, Penelope Lively —cuya obra galardonada, Moon Tiger (1986) ha publicado recientemente Impedimenta—, Margaret Atwood —por dos veces— y Eleanor Catton, entre otras. De todas ellas Harvey aprendió el arte de la narración, pero a la luz de la lectura de Orbital podemos colegir que su área de influencias no conoce fronteras y tampoco sigue un patrón estilístico en cada uno de los dieciséis capítulos que jalonan su laureada pieza literaria. Mas, a la altura de su tramo final Harvey parece imbuida por un estilo literario propio de Ray Bradburyexpulsa nombres y fechas al hacer un recorrido por los logros de la humanidad desde los tiempos de la industrialización de finales del siglo XIX—, el celebérrimo autor de Crónicas marcianas (1950). Presumiblemente, una obra literaria de las características de Orbital pasará a los anales por convertir al universo en testigo directo de las “Crónicas humanas” que interpelan a los integrantes de la Estación Espacial Internacional, mereciendo un ejercicio para la reflexión habida cuenta que esa cotidianidad experimentada en los márgenes de la órbita terrestre se cobra su factura en forma de disfunciones orgánicas de todo tipo. De formación «de letras» —cursó estudios de Filosofía en la Universidad de York y en la Universidad de Sheffield—, me gustaría imaginar que Samantha Harvey había barruntado la posibilidad de crear una pieza literaria protagonizada por astronautas por googleando en páginas de internet sobre la alteración del sueño que, cuanto menos, padeció durante años. Entre las múltiples «contraindicaciones» que presenta la vida en ingravidez se sitúa el insomnio, la misma afectación que computa en la persona de Samantha Harvey y que la llevaría a tejer una novela de cariz semiautobiográfico titulada Un malestar indefinido: un año sin dormir, asimismo publicado (en 2022) por la Editorial Anagrama. Años más tarde, Harvey se movería en la indefinición estilística a la hora de trenzar un relato cuya principal fuente de consulta devino la información gráfica y escrita suministrada por la NASA. De ahí la firmeza del trazo de la escritora inglesa al describir desde la ingravidez a nuestro planeta tierra en el que no quedan dibujadas las fronteras. La singularidad de Orbital radica precisamente en dotar de calidez y humanismo una novela que opera desde un escenario privilegiado; un observatorio donde la supervivencia diaria no conoce de ideologías, de señas identitarias, de banderas y mucho menos de enfrentamientos entre iguales por la disputa de un territorio. Una pequeña obra maestra.


lunes, 19 de enero de 2026

«PARA LEER AL ANOCHECER: HISTORIAS DE FANTASMAS» de CHARLES DICKENS: LA MUERTE OS SIENTA TAN BIEN

 

En su prefacio de Canción de Navidad —asimismo conocido como Cuentos de NavidadCharles Dickens (1812-1870) escribe: «Con este relato fantasmal he tratado de evocar el espectro de una idea que no debería contrariar a mis lectores ni enemistarlos con otros, con estas fiestas o conmigo. Confío en que frecuente gratamente sus hogares y nadie sienta el deseo de conjugarlo». Toda una declaración de principios que el prosista inglés tuvo a bien poner sobre aviso a sus lectores, trazando así la orientación que, según su perspectiva, debía adoptar el que al poco de publicarse pasaría a convertirse en un clásico imperecedero de la Literatura Universal y punto de partida de una serie de relatos cortos con el denominador común de la Navidad. En cierta manera, el pronunciamiento fantasmagórico al que alude en el mencionado prefacio Dickens quedaría integrado en una serie de relatos —bastante más breves que su «serie» recorrida con el leit motiv de la Navidad— que vio publicados a lo largo y a lo ancho de las siguientes décadas.

Al cumplir su primer año de «vida», el sello Impedimenta editó en la Navidad de 2009 Para leer al anochecer, mereciendo años más tarde —casi a la par que Mondadori, dentro de su colección de «Grandes Clásicos» publicaba una excelsa edición ilustrada de Cuentos de Navidad— la quinta de las múltiples reediciones (hasta un total de diez hasta la fecha) y, por consiguiente, el que podríamos colegir uno de los primeros grandes éxitos comerciales de la editorial capitaneada por Enrique Redel. Dieciséis años más tarde, ya bajo una (seudo)colección —un tanto «invisibilizada», a pesar de su diseño diferencial— denominada «Los aerolitos de Impedimenta», el sello madrileño ha vuelto a publicar Para leer al anochecer, respetando la traducción de Mariam Womack y Enrique Gil-Delgado de la versión seminal.

Trece son los cuentos breves que jalonan esta pieza literaria bajo el genérico Para leer al anochecer To Be Read a Dusk en el original—, en la que Charles Dickens dejaría constancia de sus propias experiencias personales sobre todo a través de dos de ellos: «El guardavías» (1865) y «El año que soñé con una estrella» (1850). Para el primero, el popular escritor levantaría acta —a través de una prosa transitada a menudo por una veta cargada de humor y/o ironía (perceptible asimismo en el relato «Una casa encantada»)— de un accidente ferroviario en el que se vio implicado, pero del que salió indemne. En relación al último de los relatos que integran Para leer el anochecer, un par de años después del fallecimiento de su hermana mayor Frances Elizabeth «Fanny» Dickens (1810-1848) evocaría su figura en «El niño que soñó con una estrella» en apenas cinco páginas, suficientes en todo caso para mostrar una pequeña muestra de su talento literario a la hora de hilar historias en las que sobrevuela la noción de la muerte. La misma visitaría a Charles Dickens en 1870 —a los cincuenta y ocho años de edad—, al cierre de una década que se llevaría la palma por lo que atañe a aportaciones de carácter fantasmagórico en forma de cápsulas literarias, buena parte de las cuales computan en el presente volumen. Previamente, Dickens había visto publicar piezas como «El letrado y el fantasma» —integrada originalmente en su opera prima Los papeles póstumos del club Pickwick (1837)— y Para leer al anochecer (1852), el relato conformado por una veintena de páginas que da nombre a esta antología, mostrando en su portada una estampa mucho más esquinada hacia lo mágico que la portada escogida para su primera edición.