13 de abril de 2019. En la tarde de un sábado de primavera el cielo se mantuvo
sereno con una ligera brisa mientras recorría andando los quinientos metros
que separaba la vivienda de mis padres de la sala de concierto Salamandra de L’Hospitalet
de Llobregat. Acompasado a mi paso ligero (trato de corregirme en el ejercicio
de la puntualidad), una furgoneta ralentizaba su velocidad habitual por vías
urbanas debido a que iba colocando conos con la intención de perimetrar una
zona en relación a algún acto popular a celebrar en las inminentes horas. Al
fijar mi mirada sobre el suelo firme la mente de un servidor viajó a ese pasado lejano en que el
firme lo ocupaba el carrilet, el tren
a cuyo paso se levantaba un muro de ladrillo de más de dos metros y medio de
altura. Una altura insalvable para aquellos niños camino de la adolescencia que
íbamos a la escuela durante los denominados «años del plomo». Ha transcurrido una eternidad
desde entonces y en la primavera del año que el siglo XXI ha superado por unos
meses la mayoría de edad, observo
cómo se baja una formación llamada The Neal Morse Band a la altura del edificio
en que luce el rótulo «Sala Salamandra» de ese carrilet trazado a lápiz en mi imaginación. En los
prolegómenos del concierto que iba a tener lugar en la emblemática sala de L’H
me perdía en aquellos gratos momentos en que la sala Razmatazz había acogido en
2013 el concierto de Transatlantic, una de las diversas «identidades» musicales en las que ha
tenido como denominador común al californiano Neal Morse, cuya carrera
profesional arranca precisamente cuando el contador de los ochenta se colocaba
a cero para dar inicio a una década repleta de acontecimientos de cariz social,
político, económico y cultural, culminando la misma con la caída de otro muro,
este de proporciones bíblicas, como el
de Berlín. En ese periodo de tiempo Neal Morse cultivó el gusto por el neo rock
progresivo, dejando patente, al cabo, que su formación de multiinstrumental
dotado de una portentosa voz, le serviría para construir un proyecto musical,
el de Spock’s Beard, que dejaría una serie de gemas en forma de discos de
estudio, en coalición con uno de sus hermanos, Alan Morse. Pero su galopante inquietud creativa le ha
llevado por distintos derroteros, y con la necesidad vital que, cumplidos los cincuenta y tres años, una banda llevara acoplado su nombre, el de todo un
referente del neo prog. Tres discos
de estudio han bastado para consolidar un proyecto musical, el de Neal Morse
Band, que deja al descubierto en sus directos la voluntad que el espectador se
suba a una suerte de montaña rusa
musical, en que el epic rock de temas
como Welcome to the World —un himno de
rutilante rocosidad instrumental que, a buen seguro acompañará a cada uno de
los conciertos de NMB en los años venideros— actúan de high points en una secuencia formada por una treintena de canciones,
la mayor parte pertenecientes al doble disco conceptual que da nombre a la
gira. Una gran aventura musical en
que Morse se transmuta de bufón del reino al estilo Peter Gabriel en la Edad Dorada de Genesis en el tema “Vanity Fair”, ataviado de un sombrero de copa
alta y el traje propio de un arlequín. Teniéndolo a escasos metros de mi
privilegiada visión en las primeras filas, guardando la espalda de mi querida Esther
Solías, reparé en el detalle de las rodilleras que, a buen seguro, llevaba por
debajo de un pantalón de mil jirones —supercasual—, merced a su tendencia al
ejercicio de la genuflexión. Sin llegar a las cotas de emotividad que había
alcanzado en su actuación en la sala Razzmatazz al frente de una superbanda,
bañado en lágrimas al elevar su súplica
en forma de canción, Neal Morse volvió a hacer acopio de una entrega absoluta
sobre los escenarios, sin menoscabo a algún interludio humorístico cuando uno
de los técnicos de la casa se convirtió durante unos minutos en el quinto miembro
de Neal Morse Band. En un parón obligado por las circunstancias –a cuenta del
defectuoso funcionamiento del teclado que manejaba Morse— a esas notas de humor
se sumó el guitarra Eric Gillette, el más joven del grupo dotado de un
proverbial virtuosismo y una voz que se complementa a la perfección con la del
ex líder de Spoke’s Beard. Asimismo hizo lo propio el bajista Randy George —una
de las piezas recurrentes en el tablejo musical de la singladura profesional de
Morse—, cuya apariencia podría cuadrar con la imagen estereotipada de un
villano de Piratas del Mar Caribe,
pero en las distancias cortas exhibe el afecto propio de quién se sabe un
privilegiado de formar parte de la Historia de una banda que dirigirá el rumbo
a cotas si cabe aún más ambiciosas, preñadas de aciertos en una arquitectura
musical de polivalencia estilística, ora afincada en el metal rock, ora deudora de la herencia del rock sinfónico, ora
deslizándose por la pendiente del blues…
Composiciones, en todo caso, vitaminadas con la participación en esa segunda línea
por el teclista Bill Hubauer —con esa gorra calada que juega al despiste; sin
la misma lo podríamos reconocer conforme a un miembro de una filarmónica— y por
uno de los íntimos amigos de Neal Morse, el star drummer Mike Portnoy, quien me
sigue deleitando con el manejo de las baquetas, al tiempo que participa en esa ecuación vocal a cuatro, algo muy caro
de escuchar y sentir en una formación de rock. Un placer celestial para los
oídos ubicado en el tramo final de un concierto que sobrepasó las dos horas y
medias de concierto. Mientras las aproximadamente seiscientas personas que
acudimos a la primera cita de NMB en el estado español con su gira de The Great
Adventure íbamos desfilando a cuenta gotas hacia la puerta de salida a algunos de
nosotros aún nos aguardaba una espera de más de una hora. Sobrepasada la
medianoche, reparé en el rostro de Neal Morse, quien parecía adoptar el traje de un profesor universitario que
camina con cierto desasosiego por los pasillos que dan acceso al aula donde da
clase. Más allá de esta ironía, Neal Morse, arropado de una
formación extraordinariamente bien engrasada,
volvió a impartir su particular magisterio, armado de su fender stratocaster, de su guitarra de doce cuerdas, de su teclado
(para la ocasión observándolo con un indisimulado recelo en algunos instantes)
y de una voz que nos eleva a los altares de un rock trenzado de sentimientos
que ganan a la espiritualidad y a un humanismo larvado en el fuero interno de
este gentil hombre que se acerca a la
sesentena con una animosidad y un dominio de la escena que para sí quisieran
muchos de sus colegas de generación y de su precedente elevados a la categoría de celebrities.
Existe vida después del cine. Muchos me vinculan a este campo. Este blog está dedicado a mis otros intereses: hablaré de música, literatura, ciencia, arte en general, deportes, política o cuestiones que competen al día a día. El nombre del blog remite al nombre que figura en mi primera novela, "El enigma Haldane", publicada en mayo de 2011.
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domingo, 14 de abril de 2019
UNA «MONTAÑA RUSA» MUSICAL EN L’H: A PROPÓSITO DE THE NEAL MORSE BAND Y SU THE GREAT ADVENTURE TOUR
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jueves, 14 de febrero de 2019
ESTHER SOLÍAS, LA RAZÓN DE MI VIDA: LA «ETERNIDAD»... Y UN DÍA
«Todo lo que
vemos o parecemos es solo un sueño dentro de un sueño»
Edgar Allan
Poe (1809-1849)
Hace unos días acudí a la Filmoteca de la
Generalitat de Catalunya para ver por primera vez en la gran pantalla Picnic
en Hanging Rock (1975). La trama gira en torno a la desaparición el día 14
de febrero de 1900 de cuatro jóvenes procedentes de un internado al adentrarse
en las entrañas del Monte Diógenes, en Hanging Rock, situado al sur de
Australia. A partir de entonces se las pierde el rastro, procediendo buena
parte del metraje a un ejercicio de reconstrucción de los hechos acontecidos en
una jornada que debía ser festiva en uno de los enclaves más representativos
del estado de Victoria del país austral. La tierra se las tragó
y con ello el enigma de Hanging Rock sigue despertando todo
tipo de especulaciones, a las que el silencio de Joan Lindsay, la autora de la
novela homónima de partida que inspiró la película dirigida por Peter Weir. Sin
duda, lo más similar que tenemos en Catalunya del Monte Diógenes deviene la
Montaña de Montserrat, asimismo envuelta de un manto de misterio que arranca
desde su singular mofología moldeada por sus
componentes de origen volcánico. En ese enclave «sagrado» tuve la
oportunidad de ir conociendo a Esther Solías, en una de las primeras ocasiones
que compartimos una salida. Corría 2013. Meses antes, Esther se había aparecido
en mi vida en una tarde de verano en la localidad tarraconense
de Torredembarra, a propósito de una convención de fans de Neil Young (el Rustfest en su
tercera edición). Fue lo más parecido a un cuento de hadas. Llevávamos unas
horas juntos, pero parecía como si hubiésemos permanecido una eternidad juntos.
Mirando hacia atrás, si me diesen a escoger mil opciones de cómo quisieras
conocer a la compañera de tu vida, sin dudarlo, sería tal como ocurrió aquel 7
de julio de 2012. Sucedió de manera natural. Nos hablamos con los
ojos; estábamos en esa zona de recreo en que un
niño y una niña se cogen de la mano con la idea en mente que prometerse que cuando
sean mayores no se separarán nunca el uno del otro. Al cabo de unos días de
aquel primer encuentro nos citamos en diversas ocasiones, una de ellas con la
Montaña de Montserrat ejerciendo de testimonio al fondo del cuadro donde dos
seres enamorados contaban cada segundo de sus vidas para volver a estar juntos.
Transcurridos casi siete años desde entonces, Esther sigue siendo la compañera
de viaje que había soñado en esas noches de vigilia; una persona pura de
espíritu como la Miranda de Picnic en Hanging Rock, cuya
cabellera rubia azotada por el viento va dibujando formas invisibles en el espacio. El título de este
blog debe su nombre al título de mi primera novela, El
enigma Haldane, publicada en 2011. Un año después conocí a la persona que
me ha acompañado hasta la fecha en esa aventura de la vida
que cada día te pone a prueba. Pocas cosas tengo seguras, pero no me cabe duda
que una de éstas responde al nombre de Esther Solías, la mujer que mejor sabe
de mis debilidades y mis fortalezas, junto a mi madre. Cuando vas a pasar una
eternidad junto a una persona como Esther solo puedes sentirte un afortunado. A
lo largo de esos viajes por Escocia, Italia, Austria, Holanda, Gales y la
República de Irlanda han servido para fortalecer si cabe aún más un vínculo que entiendo
inquebrantable, en la búsqueda de una felicidad que deviene una de las
claves para seguir manteniendo intacta la ilusión y la motivación por avanzar
cada día. Si la salud me sigue acompañando no voy a desfallecer, y seguiré
firme a la hora de regar ese pequeño jardín llamado El mundo de Haldane que
cumple 500 entradas. Todo un hito para un blog que desde marzo de 2008 hace de la difusión de la
cultura bandera, y que en el cumplimiento del millar de entradas quiero
compartir esta dicha con una persona excepcional, Esther Solías, en el día de
los enamorados porque no hay mejor definición del estado anímico de un servidor
y de su pareja con la que espero seguir compartiendo infinidad de placenteras experiencias
a lo largo de toda una eternidad... y un día.
martes, 16 de octubre de 2018
LA «NAVE» MUSICAL DE «STARMAN» JOHN CARPENTER, ATERRIZÓ EN SITGES
Sin margen de error, 1987 —en vísperas de
cumplir mi veinte aniversario— fue el año que empecé a seguir la pista de John Carpenter, un
director cuyo rostro asociaba por aquel entonces con Mike D’Antoni, el playmarket estadounidense que llegó a
formar parte de una de las más celebradas plantillas del equipo de básket de
Milán. Dificilmente podré olvidar el impacto que causó en mi persona la
proyección en una copia doblada en 16 m/m de Asalto a la comisaría del Distrito 13 (1976) en la última sesión
del primer día del mes de septiembre de aquel año. Arranque, pues, de un curso cinematográfico que concluyó en
los cines Nàpols (hoy en día reformulada en la sala Phenomena) con
la proyección de La cosa (1982), en
régimen de reposición, en agosto de 1988. Posiblemente estos sean dos de los
títulos de la filmografía de Carpenter que siguen atrapándome al revisarlas, la
primera porque representa un ejemplo paradigmático de que la economía de medios
puede fomentar el ingenio, y la otra porque soporta el paso del tiempo dado que nació con la denominación de origen de “clásico instantáneo”, todo un dechado
de virtudes con resabios hawskianos.
En cierto sentido, la seminal The Thing
marcó un punto de inflexión en relación a la consideración crítica que podría
merecer hasta entonces la obra de Carpenter. No obstante, las noticias que
llegaban del otro lado del Atlántico hablaban de una enfermedad que se le había
diagnosticado. Ciertamente, año tras año el Festival Internacional de Cine
Fantástico de Sitges cursaba invitación a Carpenter para asistir al certamen catalán,
pero había la negativa por respuesta parapetándose en la enfermedad que, al
parecer, padecía. Su deterioro físico en cuestión de pocos años no iba
encaminado a desmentirlo. Han tenido que transcurrir treinta y seis años desde
entonces para que John Howard Carpenter hiciera acto de presencia en Sitges,
pero con un camuflaje distinto al que
podría presuponerse. Lo hizo ejerciendo de frontman
del sexteto de músicos que tocan mayoritariamente piezas de su repertorio en
calidad de compositor de bandas sonoras de sus producciones cinematográficas y que se encuentran de gira este otoño por distintos puntos del planeta.
Liberado de mis obligaciones como jurado de
un par de secciones —Órbita y Fantastic Discovery— de la 51 edición del
Festival Internacional de Cine Fantástico de Sitges, acudí en compañía de mi
mujer Esther Solías al concierto que la banda de John Carpenter dio el pasado
13 de octubre de 2018 en su estelar
jornada de cierre. La jornada se iniciaba con una visita al vetusto y, a la
par, entrañable cine El Prado para contemplar La noche de Halloween (1978) —un film que me ha ido ganando con el
correr de los años— antes de la hora de comer. Una manera adecuada para empezar
a sintonizar la emisora musical de Mr. Carpenter en un espacio deslumbrante como el
Auditori Melià —la sede central del certamen de la Blanca Subur—, en que el
público asistente —cerca de un millar, con el aforo prácticamente lleno— quiso,
antes que nada, en un acto reflejo fijar la mirada en el centro del rectángulo para, presumo, que la espera
de tanto años años para muchos de nosotros había valido la pena. En la víspera
del evento, alguien me comentó que John Carpenter estaba de vuelta del cine. A
la luz de lo escuchado y visto en aquel prodigioso sábado con el cielo encapotado niego la
mayor. Carpenter sigue aferrado al cine, pero siendo observado desde otro
flanco, acaso el más desconocido para el común de los mortales. A pesar de la
escasa hora de concierto no se escucharon reproches. Carpenter cumplió un sueño
para la plana mayor de los que asistimos a un concierto en que se hizo un
repaso de sus trabajos cinematográficos a través de composiciones (en su
inmensa mayoría) propias y ajenas (Starman
y La cosa, cortesía de Jack Nitzsche
y Ennio Morricone, respecitvamente). En distintas fases del concierto llegaron
a intervenir tres bajistas (John Koresky, Scott Server y Daniel Davies, el más virtuoso de todos ellos), formando un particular combo junto a dos teclados (administrados por padre e hijo, Cody
Carpenter) y batería (John Spiker). Sin duda, uno de los high points de la velada fue la
ejecución del tema medular de In the
Mouth of Madnsess, en que se respiraban aires de blues en ese mar de secuencias musicales programadas al ordenador
por el maestro de ceremonias. Con aderezo de algunos temas que no tienen
correspondencia con la hacienda cinematográfica, la velada resultó un viaje a ese cine ordeñado con una
proverbial capacidad de síntesis, al compás de una música que se define por su
sencillez y eficacia. Pocas notas bastan, por ejemplo, para adentrarnos en la boca del miedo de propuestas como La noche de Halloween o Asalto a la comisaría del Distrito 13. Al
filo de las diez de la noche, en aquella jornada inolvidable los astros se
conjuraron una vez más para contemplar en pantalla gigante y en calidad 4K 2001: una odisea del espacio (2001). No
en vano, al igual que para tantos de su generación, para un veinteañero John
Carpenter representó toda una “revelación”. En mi caso, en la misma franja de
edad esa añeja proyección de Assault On
Precinct 13 despertó la atención y el interés por un cineasta irrepetible y singular, entre
otras consideraciones, por su desdoblamiento en compositor con
apenas unos someros conocimientos teóricos en esta materia. El ejercicio del
autodidacta elevado a la enésima potencia. Carpenter, en definitiva, triunfó en esa jornada de cierre de una excepcional edición concebida bajo el influjo del monolito de 2001, leit motiv del cartel del festival.
sábado, 14 de abril de 2018
ROGER WATERS, US + THEM EUROPEAN TOUR ‘018: EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE PRIMAVERA
Si hay un olor característico de la festividad
de Sant Jordi es el de las rosas. A diez días de la celebración de la Diada de
Sant Jordi, el auditorio que lleva el mismo nombre, sito en la ciudad Condal,
acogió el arranque de la gira Us + Them capitaneada por Roger Waters,
incorporando al set list el tema Smell of Roses, perteneciente al último
disco en estudio del legendario miembro de Pink Floyd, Is This Life We Really Want? (2017). Un título que lleva
incorporado un interrogante para una propuesta musical sembrada de figuras
alegóricas, como ese olor de rosas
que trata de corregir, a modo de mecanismo de autodefensa, la realidad de un
mundo que hace tiempo ha entrado en “estado de pánico” al albur de
totalitarismos camuflados de democracias del siglo XXI. «Wake up / Wake up and smell the
roses / Close your eyes and pray this wind don't change / There's
nothing but screams in the field of dreams» («Despierta / despierta y huele las
rosas / Cierra tus ojos y reza que este viento no cambie / No hay nada más que
gritos en el campo de los sueños») reza una de las estrofas de uno de los doce
temas que jalonan Is This Life We Really
Want?. Gritos de júbilo se registraron entre
el público en ese campo de los sueños
que se convirtió para un servidor el Palau de Sant Jordi la pasada noche del
viernes 13 de abril de 2018 y, a buen seguro para mi mujer Esther con la que
pude compartir una velada mágica. Apostados prácticamente en primer línea (la
ocasión lo merecía) dos horas antes del concierto, con un ligero retraso a las
9.20 de la noche Roger Waters, el maestro de ceremonias, daba inicio a la gira
europea de Us + Them, en alusión a la pieza maestra integrada en el álbum Dark Side of the Moon (1973). El mismo
no faltaría en el repertorio musical que nos brindó Waters y su banda en el
ecuador de la segunda parte del concierto. Al compás de este tema compuesto por
Richard Wright desvié un pensamiento para el finado teclista de Pink Floyd, del
que aún conservo en la memoria su imagen del concierto celebrado en agosto de
1994 en el Estadi Olímpic, a escaso medio millar de metros del Auditori de Sant
Jordi. Dos emblemáticos emplazamientos ubicados en la montaña de Montjuic, allí
donde se iluminaron los corazones de muchos de nosotros en un concierto que
jamás olvidaré, en que Roger Waters dio una master
class de cómo un músico sabe corresponder a un público ecléctico, buena
parte militantes de base del rock
sinfónico y otros que han recogido el testimonio de padres, tíos e incluso
abuelos de esas escuchas de los discos de Pink Floyd, preferentemente los
fechados en los años setenta. De ese legado musical hubo una amplia
representación en el set list, siendo
uno de los high point de la velada la
puesta de largo de algunos temas de Animals
(1977) con una escenificación que es una evocación a La rebelión en la granja de George Orwell, en que parte del lineup y el propio Waters se acomodan
una careta de cerdo para regocijo de un público ya decididamente entregado.
Otros pasajes orwellianos se dieron
cita en el Palau de Sant Jodi, con la proyección de dirigentes políticos cuyas
decisiones han comprometido al futuro de la humanidad, llevándose la palma en
el envite la imagen de Donald Trump, una suerte de monigote en las manos de Terry Gilliam
en su etapa Monty Python. No hay mayor afrenta para Waters que un político que
tenga entre ceja y ceja crear un muro que divida países en el nuevo milenio. De
ahí la ira del miembro de Pink Floyd (me niego a pensar en términos de ex; él
seguirá siendo una pieza basal de un sonido inifinidad de veces imitado, pero
siempre es preferible el original) para con el máximo mandatario de la Casa
Blanca, quien esa misma madrugada mandó lanzar las bombas “inteligentes” a
determinados enclaves estratégicos del régimen de Siria. A modo de epifanía («Mother do you think they'll drop the bomb?» / «Mamá, ¿piensas que tirarán la bomba?»), Waters nos
obsequió con el tema Mother de una de
las Opus magna de los Floyd, The Wall
(1979), instantes antes de concluir su repaso a los miembros de la banda, con mención especial para las polifacéticas Jess Wolfe y Holly Leasing (a pesar de lo blanquecino de sus pieles, poseídas de unas poderosas voces negras, a juego con los vestidos que lucían), y un guiño a su otrora compañero David Gilmour, al equiparalo con la imagen
setentera del guitarrista Jonathan Wilson. Para sus adentros, el frontman británico debió pensar «When We Were Young», parafraseando el título de obertura del postrer álbum de
Waters, del que pudimos escuchar cuatro de sus temas de un espectáculo de
primera magnitud cuya guinda la puso Confortubly Numb. The Wall again. Mientras queden muros
por derribar, Mr. Waters seguirá en activo con su juego de guitarras, un
renovado entusiasmo y un amor incondicional por la música. Aquella capaz de
apelar a los sentimientos y a permanecer vigilante ante las atrocidades que se
cometen en un planeta sometido al dictamen de las guerras en cuyo fondo subyace
el poder del dinero y el control de las masas. Leit motivs de un discurso
musical que no parece tener fin en el ánimo de Roger Waters, con quien pude
chocar los puños en el momento que abandonó el escenario y decidió hacer un
acto de agradecimiento al público que ocupábamos las primeras filas de un
auditorio casi lleno hasta la bandera en gran parte de su aforo con cabida para
unas veinte mil personas. Lejos de dosificarse, Roger Waters, a sus setenta y
cuatro años, se entregó hasta el último aliento en un concierto que concluyó justo a
medianoche. Tocaba, pues, que cada uno de nosotros desfilara hacia sus
respectivas carrozas de oro. Habíamos
vivido nuestro particular cuento de hadas en ese sueño de una noche de
primavera mientras nos hacíamos la pregunta: «Is This the Life We Really Want?». La respuesta para un servidor no se hacía
esperar: «con conciertos como éste, rotundamente sí».
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domingo, 3 de diciembre de 2017
«THE VISITOR» (2017) de Neil Young + Promise of the Real: LEVANTANDO MUROS DE ESPERANZA
Pieza
de (ultra)coleccionista, a mediados los años ochenta los Países Bajos
registraban la grabación en LP de siete pulgadas un single en que aparecen en portada los rostros de Willie Nelson (n.
1933) y Neil Young. Mientras en la cara «A» queda impreso el tema obra del canadiense Are There Any More Cowboys en la cara «B» luce grabada la leyenda
I’m a Memory, pieza compuesta por el
músico texano adscrito al country-rock.
Se trata, pues, del único álbum en que ambos músicos coindicieron en la edición
de un disco, descontadas las participaciones de Willie Nelson en las jornadas a
mayor gloria del Farm Aids que desde esas lejanas fechas de los años ochenta
Neil Young ha convocado con fines altruistas para una causa benéfica en favor
de familias de enfermos con severas discapacidades psicomotoras, como su hijo
Zeke. Una sequía de colaboraciones que, empero, no ha impedido que se siga
manteniendo la llama de una amistad, redoblada si acaso cuando a principios de
la presente década entró en escena Lukas Nelson (n. 1988) con el ánimo de
formalizar la confección de su propia banda en la costa Oeste de los Estados
Unidos. De la procesión de bandas y solistas que han pasado por Farms Aids a lo
largo de su ya dilatada historia Neil Young reparó de manera especial en 2014
en Promise of the Real, la banda integrada, además de su frontman Lukas Nelson, por Anthony Logerfo —batería al que había
conocido por primera vez precisamente en el marco de un concierto del astro
canadiense—, Merlyn Kelly (bajista) y Tato Melgar (percusionista). Fruto de
una serie de circunstancias, entre éstas la certeza de que la banda Crazy Horse
entraba en vía muerta en los primeros compases de la segunda década del siglo
XXI, Neil Young debió capitular por aquel entonces y la intuición le llevó a
encontrar un “recambio” en Promise of the Real. Pronto, Young entendió que su
asociación con la formación angelina le procuraba seguir apostando por su
perenne necesidad de “renovarse”, rodeado de músicos que bien hubieran podido
ser sus hijos. En ese impulso juvenil
tan carácterístico del multidisciplinar norteamericano, a la par que daba
rienda suelta a su veta de escritor —herencia directa de su progenitor Scott
Young— formalizaba la grabación de su primer disco junto a Promise of the Real,
The Monsanto Years (2015), en que se
sumaba la participación de otro hijo varón del legendario Willie Nelson, Micah Nelson.
Un soplo de aire fresco, pues, a una trayectoria musical, la de Young, que
había incurrido en el “mal” de muchos artistas que, al llegar a determinadas
edades, echan mano de la fórmula del disco de versiones para capear el temporal.
En ese disco de debut Promise of the Real y Neil Young trabajaban en una misma
onda a efectos de un discurso netamente combativo, preñado de un ecologismo que
sigue mostrando sus garras en Earth (2016) –de cuya gira europea mi
mujer Esther Solías y un servidor pudimos levantar testimonio por partida doble—
y The Visitor (2017). En este tercer
disco en estudio lo hace preferentemente a través de los temas “Stand Tall” y “Children
of Destiny” de los diez que jalonan The
Visitor. En las postrimerías de 2017 en que se enmarca la publicación de The Visitor —concretamente, el primer día del
último mes del calendario— todo parece dispuesto para el anuncio de una gira que
esperemos pase por el estado español. Si fuera así podría saborear en directo
de buena parte de los temas que integran esta nueva apuesta discográfica, en
que, a buen seguro, no faltará en el set
list “Almost Always” —con una estructura armónica y ciertas resoluciones a
la guitarra, a modo de “interludios”, parejos a la canción “An Unknown Legend”,
contenido en el álbum Harvest Moon (1992)—,
“Change of Heart” —orientando sus antenas hacia el folk-rock evaluado con tiempos medios— y la citada “Children of
Destiny”, en que Young vuelve a experimentar con el acompañamiento de las voces
corales de infantes que ya había repercutido en anteriores discos recientes del
autor canadiense. Mención aparte merece el tema “Carnival”, en que la voz de
Neil Young se contorsiona de tal modo
que asistimos a pasajes habitados por esos timbres nasales característicos a
ritmo de vals, alternando con esas voces de “ultratumba” a coro —incluidas las
del canadiense— que podrían tener acomodo en un festival musical azteca “el día de
muertos” allén de las fronteras de los Estados Unidos con México. A propósito
del muro que pretende construir la Aministración Trump, Neil Young manda un recado en forma de velada crítica en el
tema de apertura del disco, “Already Great”, entre cuyas estrofas podemos leer “No
Wall / No Hate / No Fascist USA”. Ya en la gira de Earth se coló algún que otro
improperio a Donald Trump, que para la ocasión queda atenuado en el contenido
de un disco que representa un canto a la esperanza, sin que por ello pierda
fuelle su vena crítica en materia ecológica, social y de derechos sociales. De
ahí que en las imágenes contenidas en el CD procesado en formato cartón
aparezcan los seis músicos luciendo cada uno de ellos un cartel con el nombre
de un color. Más que un homenaje a Reservoir
Dogs (1992) en el cumplimiento de su veinticinco aniversario responde a una
necesidad por expresar que la diversidad (racial, cultural, étnica) representa
un valor añadido, en sentido contrario al que ha querido adoptar en los Estados
Unidos Donald Trump a lo largo de su (prácticamente) primer año de legislatura.
Un presidente que, sin duda, seguirá dando juego a un septuagenario Neil Young
a la hora de articular el contenido de nuevas canciones. No en vano, en tantos aspectos ese visitante procedente de Canadá representa su antítesis.
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sábado, 25 de junio de 2016
NEIL YOUNG, EN CONCIERTO: SIETE AÑOS DESPUÉS DE LA PRIMERA CITA
![]() |
| Foto copyright: Christian Aguilera (Poble Espanyol, Barcelona, 20 de junio de 2016) |
Los signos astrales y
la numerología nunca han formado parte de mis distracciones —léase hobbies— mundanas. Pero estos días me he
entretenido en saber a qué características se asocia el 7, mi lucky number por motivos puramente banales. Era el dorsal que solía
escoger, por ejemplo, para que se estampara en la camiseta de las distintas equipaciones
de fútbol en la época en que éstas se solían imprimir siguiendo un orden correlativo, sabiéndose de antemano que demarcación ocuparía cada uno en el terreno de juego. Al leerlo me quedé estupefacto: «Signo del pensamiento, la
espiritualidad, la conciencia, el análisis psíquico, la sabiduría. El número
del intelecto, el idealismo y la represión. Son personas amantes de la lectura,
el estudio y las ansias por aprender. Tendentes a proyectar su vida en una
esfera de idealismo y actividad intelectual. Habilidades para el análisis y la
investigación y la inteligente búsqueda del conocimiento; mentalidad científica
y con capacidad de inventiva; estudiosa, meditadora; de personalidad
encantadora; amantes de la soledad y de la paz; perfeccionistas». Podría ser
una buena definición de mí mismo, con la salvedad que no soy un amante de la
soledad, aunque el ejercicio de la escritura invite a serlo muy a menudo. Leído
nuevamente, más que una definición de uno mismo podría tratarse (en parte) de
una aspiración a la que sí ha llegado, desde mi perspectiva, Neil Young, presumiblemente
una de las personas de este mundo que al ir adentrándome en el conocimiento de
aspectos de su vida y obra, —en razón
del libro que escribí en 2009 Neil Young:
una leyenda desconocida (T&B Editores), reeditado en 2015— mejor sintonizan con mi forma de ser, la propia de aquellos que nunca
damos por bueno nada de lo que hacemos, y que generalmente tenemos puesta la
mirada en el futuro en aras a cumplimentar nuevos proyectos.
Asimismo, siete
han sido los años transcurridos desde que ví por primera vez a Neil Young actuar
sobre un escenario. Desde aquella lejana representación en el Primavera Sound no había tenido la oportunidad de volver a disfrutar de su música en directo.
Lo sería por partida doble, en el marco de Mad Cool Festival en Madrid y en el
Poble Espanyol en Barcelona, los días 18 y 20 de junio, respectivamente, ambos organizados por la empresa Live Nation. En músicos
de su edad —setenta años había cumplido el 12
de noviembre del año pasado— siempre
tienes el pálpito que ciclos de siete años pueden representar una «eternidad». Así pues, el paso del tiempo hace mella si cabe aún más en todos aquellos que han
formado o formaron parte de una prodigiosa generación de artistas imbuidos por
la cultura de las drogas y del alcohol como parte indisoluble a una forma de
vida que ha acabado pasando factura en muchos de ellos. Por fortuna, las
capacidades motoras, intelectuales y creativas de Neil Young siguen (aparentemente) intactas,
demostrando que su compromiso para con la música sigue siendo el principio
vector que rige su existencia, dejando toda su energía sobre el escenario, esta
vez, en compañía de la banda comandada por Lukas Nelson —vástago del también legendario Willie Nelson—, Promise of the Real, cuyo álbum en común The Monsanto Years (2015) apenas estuvo
representado en el set list de sendos
conciertos. Algo que hubiera podido llamar al desconcierto si desconoces de antemano el carácter imprevisible del
canadiense. Una imprevisibilidad que ha acabado siendo un aliado de excepción
de cara a aquellos aficionados que han seguido desde hace mucho tiempo —caso de Ricard, quien guardó nuestras espaldas en
ambos conciertos, en primera línea de un mar de sensaciones que revolucionaron
nuestros corazones de oro— a Neil Young por distintos puntos del planeta
tierra. Precisamente, en la camiseta del genio norteamericano lucía la palabra «Earth»
en sendos conciertos, una manera un tanto subliminal de publicitar su disco que
ha salido en el mercado estos días, con una diatriba sobre la tecnología mp3 en
forma de bonus tracks que puede
resultar ciertamente indigesto para aquellos centrados en exclusiva en degustar el contenido musical de un cancionero que ha superado con creces los quinientos
temas. Una pequeña porción pero significativa de ese descomunal cancionero estuvo al
servicio de un público entregado en esa noche de luna llena en la capital madrileña
—Neil Young al poco de iniciar el
concierto, señaló con el dedo índice de su mano diestra al planeta más cercano
de la Tierra ,
a modo de presagio de esas good
vibrations que dirían los Beach Boys—,
al igual que los pocos miles de espectadores que abarrotaron el recinto del
Poble Espanyol cuarenta y ocho horas después de aquella primera toma de
contacto. En esa segunda noche, apostados Esther Solías y un servidor en primera fila
en el front stage, pude calcular a vuela pluma que
llegamos a estar a unos siete metros de distancia de Neil Young, el hombre que unió nuestros
destinos como si de una epifanía se tratara. Otra vez ese número siete que me
permitió captar (tapé el flash por "error") con la cámara una imagen que define a
Neil Young, la de un artista que muestra su cara oculta. Allí se esconde el
secreto de su longevidad, de su constante capacidad por reinventarse y de que
siga aflorando una música que resiste como una roca el paso de los años, agarrándose
a la misma nuevas generaciones que, en una buena proporción, empezaron a saber
del genio de Toronto a partir de ir saboreando las esencias de su séptimo disco
(si contabilizamos su disco con Crosby, Stills & Nash, Déjà vú, y sus tres discos con Buffalo Springfield, además del recopilatorio
de la banda coliderada por Stephen Stills y Richie Furay), Harvest (1972), bien representado en la selección de canciones (“Heart
of Gold”, “Alabama”, una pieza que sonó de manera sublime en sendos conciertos,
y “Words (Between the Line of Age”)) que brillaron en esas noches con una
temperatura ideal en las que soplaba una leve brisa, anuncio de un verano que
para Promise of the Real y Neil Young significará el cierre de su gira europea.
Mientras tanto, seguiré soñando con ángeles,
aquellos capaces de proyectarme sobre un escenario imaginario siendo el séptimo componente por detrás de Lukas
Nelson (guitarra y voz), Corey McCormick (bajo), Anthony LoGerfo (batería) y Tato Melgar (percusión) —el cuarteto que conforma Promise
of the Real—, Micah Nelson (bajo, órgano y
voz) y sobre todo Neil Young. Desde el plano de la realidad, Young tomó la pastilla psicodélica para poder mantener
un ritmo in crescendo que culminaría
en la Ciudad Condal
con una magistral interpretación de “Cortez the Killer”, el tema de Zuma (1975) que vino a "substituir" en el set list al de “Like
a Hurricane” en el concierto anterior celebrado en el estado español para satisfacción de Norberto de la Mata , «capitán Young»,
a quien tuve el placer de reencontrarme en esa noche mágica tras siete años,
esta vez con la compañía de su mentor y tío, el leonés Luís de la Mata.
martes, 2 de febrero de 2016
LOS AMANTES DEL CÍRCULO POLAR: UN RELATO EN PRIMERA PERSONA
2016 lleva camino de ser uno de los annus horribilis para los amantes de la música de (pop)rock en sus
múltiples variantes por cuanto no cesan las noticias sobre defunciones (David
Bowie, Don Henley de Eagles, Paul Kanter y Signe Toly Anderson de Jefferson Airplane, Lemmy Kilmister de Motörhead, Black, etc.) de artistas que se
labraron un prestigio dentro de esta disciplina artística. Ante semejante
perspectiva, la aparente buena salud de la que gozan músicos por los que
profeso una pública y notoria admiración no es motivo suficiente para dejar
pasar la oportunidad para verlos y escucharlos sobre un escenario. En el caso
de Neil Young promedia esa edad —setenta
años— en que músicos entregados a la causa de una vida que cualquier
facultativo desaconsejaría sus cuerpos empiezan a pasarles factura, situándolos
en el pórtico de una eventual enfermedad que, a la postre, podría resultar
letal. Por ello, no podía dejar pasar la oportunidad de ver nuevamente en
concierto a Neil Young, en Madrid con motivo del recién creado Mad Cool
Festival. La suerte no me dio la espalda el primer día del mes de febrero del
año en curso cuando adquirí dos abonos del festival madrileño poco antes de que
la promoción expirara con todas las entradas vendidas. Esa suerte que me sería
esquiva en 1997 cuando Neil Young canceló una gira europea con parada en
Barcelona. Por aquel entonces, corrió el bulo que Young se había rebanado un
dedo mientras se aplicaba a la ebanistería. A efectos del relato personal, ese
año se situaba entre el fin de la etapa consagrada a la edición y dirección de
la revista Seqüències de cinema, y el
inicio de un nuevo proyecto que embarrancó por motivos ajenos a mi voluntad. De
aquel naufragio pude rescatar el
material que luego serviría para construir los pilares de la base de datos
de cine mundial www.cinearchivo.com
(hoy reformulada en www.cinearchivo.net).
Pero eso ocurrió con la llegada del nuevo milenio. En 1998 viví mi particular annus horribilis, tratando de recomponer
la figura y alzar la vista para enfrentarme a nuevos proyectos. En realidad,
aquella experiencia me fortaleció, pero al mismo tiempo explica el porqué de
querer controlar a partir de entonces aquellos proyectos donde me haya tenido
que implicar a fondo. En ese periodo de impasse,
el cine seguía siendo un «valor-refugio», mostrando un singular interés por la novedad que
representaba IMAX —una tecnología muy costosa que
acabaría claudicando frente al chip prodigioso—, al punto que llegué a escribir un guión para este
formato basado en el relato La doble
hélice escrito por mi scientific
hero James D. Watson. De las contadas personas que llegaron a leer el
guión se encontraba una chica llamada Anna que conocí durante la organización
de una muestra de documentales en la zona del Port Vell de Barcelona, muy cerca
de donde sigue ubicada la sala IMAX, ahora convertida en un “fantasma del
pasado” que vivió sus días de gloria en los estertores del siglo XX. Como reza
una estrofa de “Wish You Were Here” (una de las canciones-himno de Pink Floyd),
en aquel periodo Anna y yo We're just two lost souls
swimming in a fish bowl («tan solo éramos dos almas perdidas
nadando una pecera»). En una ocasión fuimos al cine a
ver Los amantes del Círculo Polar (1998).
Para ella, el film dirigido por Julio Medem representó una revelación toda
vez que se sintió identificada con el personaje de Ana que compone Najwa Nimri en
la pantalla. Al cabo de poco tiempo ella conoció a una persona de nacionalidad
argentina llamado Otto, al igual que el personaje que interpreta Fele Martínez.
Los palíndromos en la vida real iniciaron un idilio. Nunca más
supe de aquella chica rubia. Sencillamente, la perdí la pista. La sigo deseando
lo mejor para alguien que compartió conmigo momentos difíciles.
Transcurridos
varios lustros, Los amantes del Círculo
Polar asimismo han cobrado un significado particular para mí. Lo haría a raíz de
que Neil Young dio un concierto en 2009 en el marco del Primavera Sound. En
aquel periodo me encontraba enfrascado en la escritura de una monografía sobre
el genio canadiense y la ocasión —tras
la tentativa frustrada una docena de años atrás— resultaba propicia. Éramos miles de personas concentradas
en torno al escenario donde Neil Young ofreció un recital que demostraría su extraordinaria calidad
artística. En aquel recinto, entre el público asistente muy cerca de mí había
una persona muy especial. Quizás nos llegáramos a cruzar o tomáramos contacto a
nivel visual sin saber nada el uno del otro. Tres años más tarde, ella estuvo
en Torredembarra, en el III Rust Festival, evento consagrado a mayor gloria de
Neil Young. Ella se llama Esther Solías y ha pasado a ser mi mujer, mi compañera
y mi amiga. El destino nos ha unido. Prácticamente cuatro años después de aquel
primer encuentro, volveremos a gozar de un espectáculo presidido por Neil Young situado encima de los escenarios. Pero en esta ocasión lo haremos juntos, sin perder detalle
de lo que ocurra sobre los escenarios. It’s
a dream, only a dream. Un sueño del que no pienso despertar el resto de mi vida, sabedor que el amor llegó hace cuatro años para quedarse. Espero algún día
que nos sigamos procesando ese amor contemplando auroras boreales mientras desvío
un pensamiento hacia el film de Medem. Uno de esos films que, lejos de
desvanecerse, ha quedado sedimentada en el fondo de mis recuerdos
preferentemente por un doble motivo: al quedar asociado a la imagen de esa amistad
surgida en tiempos de confusión y desconcierto, y al calor del relato de esas almas sabedoras que sus destinos están
escritos para quedar conectadas para siempre.
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viernes, 11 de diciembre de 2015
¿POR QUÉ VOTARÉ A PODEMOS EL 20-D?: DEL MINUTO «DE GRACIA» A LA LEGISLATURA «DE GRACIA»
7 de diciembre de 2015. De regreso de un largo semana en Carcassone, conocida por su ciudad amurallada situada en un promontorio cercano al núcleo urbano, al poco de cruzar en automóvil la frontera francoespañola, hicimos un alto en el camino en la Jonquera, a pie de autopista. A pesar de los atentados acaecidos en París que habían conmocionado a la sociedad francesa semanas antes, no parecía advertirse un incremento de la policía aduanera al paso por territorio español y, una vez cubiertos unos cuantos kilómetros, el puesto de descanso registraba en un lunes festivo muy poca actividad. Mientras mi mujer Esther y mi cuñada Silvia trataban de recuperar el apetito a base de ensaladas, me abstuve de ingerir alimento alguno y me interesé por ver el debate a cuatro programado por Atresmedia en distintos canales y emisoras. Situadas en una de las paredes que revisten el self service donde entramos, dos pantallas de televisión parecían concitar a una cinefilia invisible (Paramount Channel hacía su enésima referencia a un mundo en armas a través de una película protagonizada por Charlton Heston). Sugerí que cambiaran de canal con el ánimo de ver un programa largamente anunciado. Debía hacer algún comentario para mí mismo que las antenas de la mujer de la limpieza que actuaba por esa zona del self service donde me encontraba se subió rauda al carro de las ilusiones, viendo reflejado esa luz en sus ojos cuando hablaba que su voto sería a favor de Podemos, al tiempo que la mirada del encargado de sala parecía dirigirnos alguna suerte de letanía (anuncio de una reprimenda que quedaría fuera de campo para un servidor). En un punto intermedio, se situaba una mujer de mediana edad que se ocupaba de servir los platos, firme en su postura de comentar que todos los políticos cuando tocan poder se convierten en lo mismo y, por consiguiente, se desapuntaba a la hora de votar el próximo 20 de diciembre.
Al regresar sobre la carretera, aquella minúscula anécdota me reafirmó en la idea que Podemos ha despertado renovadas esperanzas para la base de un país que ha experimentado un grave retroceso en el último lustro en materia educativa, social, económica, sanitaria, cultural, etc. Cuando volví a tomar tierra mis pensamientos sintonizaron con ese debate a cuatro, pero me batí en retirada sin saber el contenido de ese “minuto de oro” reservado a cada uno de los participantes. Al día siguiente, entré en Youtube y me recreé en ese minuto reservado a Pablo Iglesias, en un speech que fue todo un prodigio de capacidad de síntesis de las razones del porqué votar a Podemos. Un discurso final exento de mácula, en que Iglesias colocaba en el muro de la vergüenza, casi como si se trataran de postifs, un rosario de actos punibles, denunciables amparados por el gobierno del PP (Partido Popular) con el ausente (en el debate) Mariano Rajoy al frente de la presidencia. En contraposición, la invitación a esbozar una sonrisa (la misma que parecía dibujar de manera profética la humilde trabajadora de la limpieza con la que intercambié unas palabras la noche anterior) por parte de esas clases bajas y medias si soplaban aires de cambio en vísperas de Navidad me llevó al convencimiento que Iglesias, en esa formulación dual, había dado en la diana en poco menos de un minuto “de gracia”. Esos aires de cambio parejos a los que habían soplado, de norte a sur, de este a oeste, en el territorio español a principios de los años ochenta de la mano de un PSOE (Partido Socialista Obrero Español) con Felipe González en su punta de lanza. A lo largo de las últimas décadas del siglo XX y en el arranque del nuevo milenio los logros del PSOE han sido incuestionables, pero resulta más que evidente que han sido incapaces muchos de sus dirigentes por combatir una corrupción enquistada en sus órganos de gobierno, sobre todo allí donde se sigue localizando uno de sus principales graneros de voto, en la comunidad andaluza. Asimismo, los desvaríos verbales, entre otros, del que había sido el vicepresidente del Gobierno, Alfonso Guerra, en relación al Estatut de Catalunya aprobado a mediados de la década pasada por el Parlament, contribuyeron a abrir la caja de Pandora en forma de un independentismo que ha ido haciéndose fuerte en los últimos tiempos. Momento más que oportuno para que Artur Mas, el líder de la extinta Convergència i Unió, aprovechara la circunstancia para levantar una cortina de humo y así tratar de tapar la puerta de entrada de ese avispero de corrupción localizado en el seno de un partido que acabaría escindiéndose en el verano de 2015, en la antesala de las elecciones autonómicas con marchamo plebiscitario verbigracia de la formación/agrupación de nuevo cuño Junts Pel sí (la suma de distintas plataformas sociales, ERC i Convergència Democrática). Tratando de recomponer la figura, el PSOE ha escogido a Pedro Sánchez como su frontman para aspirar a ganar las elecciones el 20-D. Una vez puesto en evidencia frente a alguien mucho más preparado que él como es Pablo Iglesias en el debate a cuatro, con las expectativas de voto en franco declive el PSOE ha movilizado a barones y ex presidentes para contrarrestar el avance inexorable de Podemos, el partido que representa para un servidor lo mejor de aquel partido socialista —al que confié el voto al estrenar mi mayoría de edad hasta 2012, con algún que otro voto en blanco en forma de “castigo” por los asuntos de corrupción que salpicarían a algunos representantes de su cúpula y a cuadros intermedios— guiado por la dupla González-Guerra. Ahora, esa guardia pretoriana del PSOE de los años ochenta y noventa, lejos de entender la realidad de la cosas con un partido emergente que ha sabido aglutinar una ilusión, armando un discurso dictado por el sentido común (el menos común de los sentidos, dicho sea de paso) y con un claro objetivo por “rescatar” a las personas más necesitadas y dejar de que el gobierno de turno sea, entre otras cuestiones, la correa de transmisión para los intereses de una élite económica y financiera, arremete contra el partido liderado por Pablo Iglesias con una artillería de despropósitos que quizás alcance para ser recogida con entusiasmo por un sector de la población. Pero, intuyo, que gran parte de los votantes de izquierda —una etiqueta que personalmente no me entusiasma pero resulta orientativa al respecto— y aquellos instalados en el abstencionismo sine die empiezan a mirar un horizonte con esperanza gracias a una formación llamada Podemos, enraizada en la sociedad civil, a la que daré mi voto el próximo 20-D. Cada una de las palabras, frases expresadas por Pablo Iglesias el pasado 7 de diciembre en los estudios de Atresmedia en Madrid las suscribo a pies juntillas. Un minuto "de gracia" que esperemos se convierta en una legislatura "de gracia” con Podemos encabezando un gobierno del que nos podamos sentir orgullosos fuera y dentro de nuestro propio territorio. Podemos.
Al regresar sobre la carretera, aquella minúscula anécdota me reafirmó en la idea que Podemos ha despertado renovadas esperanzas para la base de un país que ha experimentado un grave retroceso en el último lustro en materia educativa, social, económica, sanitaria, cultural, etc. Cuando volví a tomar tierra mis pensamientos sintonizaron con ese debate a cuatro, pero me batí en retirada sin saber el contenido de ese “minuto de oro” reservado a cada uno de los participantes. Al día siguiente, entré en Youtube y me recreé en ese minuto reservado a Pablo Iglesias, en un speech que fue todo un prodigio de capacidad de síntesis de las razones del porqué votar a Podemos. Un discurso final exento de mácula, en que Iglesias colocaba en el muro de la vergüenza, casi como si se trataran de postifs, un rosario de actos punibles, denunciables amparados por el gobierno del PP (Partido Popular) con el ausente (en el debate) Mariano Rajoy al frente de la presidencia. En contraposición, la invitación a esbozar una sonrisa (la misma que parecía dibujar de manera profética la humilde trabajadora de la limpieza con la que intercambié unas palabras la noche anterior) por parte de esas clases bajas y medias si soplaban aires de cambio en vísperas de Navidad me llevó al convencimiento que Iglesias, en esa formulación dual, había dado en la diana en poco menos de un minuto “de gracia”. Esos aires de cambio parejos a los que habían soplado, de norte a sur, de este a oeste, en el territorio español a principios de los años ochenta de la mano de un PSOE (Partido Socialista Obrero Español) con Felipe González en su punta de lanza. A lo largo de las últimas décadas del siglo XX y en el arranque del nuevo milenio los logros del PSOE han sido incuestionables, pero resulta más que evidente que han sido incapaces muchos de sus dirigentes por combatir una corrupción enquistada en sus órganos de gobierno, sobre todo allí donde se sigue localizando uno de sus principales graneros de voto, en la comunidad andaluza. Asimismo, los desvaríos verbales, entre otros, del que había sido el vicepresidente del Gobierno, Alfonso Guerra, en relación al Estatut de Catalunya aprobado a mediados de la década pasada por el Parlament, contribuyeron a abrir la caja de Pandora en forma de un independentismo que ha ido haciéndose fuerte en los últimos tiempos. Momento más que oportuno para que Artur Mas, el líder de la extinta Convergència i Unió, aprovechara la circunstancia para levantar una cortina de humo y así tratar de tapar la puerta de entrada de ese avispero de corrupción localizado en el seno de un partido que acabaría escindiéndose en el verano de 2015, en la antesala de las elecciones autonómicas con marchamo plebiscitario verbigracia de la formación/agrupación de nuevo cuño Junts Pel sí (la suma de distintas plataformas sociales, ERC i Convergència Democrática). Tratando de recomponer la figura, el PSOE ha escogido a Pedro Sánchez como su frontman para aspirar a ganar las elecciones el 20-D. Una vez puesto en evidencia frente a alguien mucho más preparado que él como es Pablo Iglesias en el debate a cuatro, con las expectativas de voto en franco declive el PSOE ha movilizado a barones y ex presidentes para contrarrestar el avance inexorable de Podemos, el partido que representa para un servidor lo mejor de aquel partido socialista —al que confié el voto al estrenar mi mayoría de edad hasta 2012, con algún que otro voto en blanco en forma de “castigo” por los asuntos de corrupción que salpicarían a algunos representantes de su cúpula y a cuadros intermedios— guiado por la dupla González-Guerra. Ahora, esa guardia pretoriana del PSOE de los años ochenta y noventa, lejos de entender la realidad de la cosas con un partido emergente que ha sabido aglutinar una ilusión, armando un discurso dictado por el sentido común (el menos común de los sentidos, dicho sea de paso) y con un claro objetivo por “rescatar” a las personas más necesitadas y dejar de que el gobierno de turno sea, entre otras cuestiones, la correa de transmisión para los intereses de una élite económica y financiera, arremete contra el partido liderado por Pablo Iglesias con una artillería de despropósitos que quizás alcance para ser recogida con entusiasmo por un sector de la población. Pero, intuyo, que gran parte de los votantes de izquierda —una etiqueta que personalmente no me entusiasma pero resulta orientativa al respecto— y aquellos instalados en el abstencionismo sine die empiezan a mirar un horizonte con esperanza gracias a una formación llamada Podemos, enraizada en la sociedad civil, a la que daré mi voto el próximo 20-D. Cada una de las palabras, frases expresadas por Pablo Iglesias el pasado 7 de diciembre en los estudios de Atresmedia en Madrid las suscribo a pies juntillas. Un minuto "de gracia" que esperemos se convierta en una legislatura "de gracia” con Podemos encabezando un gobierno del que nos podamos sentir orgullosos fuera y dentro de nuestro propio territorio. Podemos.
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jueves, 11 de junio de 2015
«BREAKING BAD», TEMPORADA 1 Y 2 (2008-2009): WALT & JESSE, CUESTIÓN DE QUÍMICA
Ante el
alud de series de televisión de calidad que han surgido en los últimos quince o
veinte años resulta una tarea difícil la elección. Sin el estímulo propio de
un seriófilo o seriófago que, de
manera inopinada, destina la franja nocturna a ver uno, dos o tres capítulos
(si se tercia) diarios entre semana y presumiblemente también durante los fines
de semana, a sugerencia de Antònia Pizà (alguien que conoce particulamente mis
gustos en materia cultural) me decanté por ver, junto a mi pareja Esther Solías, Breaking Bad (2008-2013). Iba con la
mirada límpia, desconociendo la práctica totalidad del contenido de la serie,
salvo algunas de las premisas iniciales. Confieso que los capítulos de arrance
de la serie me descolocaron un tanto y en mi subconsciente se iba forjando la
idea que los excelentes resultados cosechados, en su globalidad, por A dos metros bajo tierra (2001-2005)
distarían de repetirse. Pero pronto esa impresión de contacto sufriría un
paulatino giro atendiendo a que el juego comparativo para con Six Feet Under no daba lugar.
Si ambas militan en la
Categoría de Honor de la Liga de las Series Norteamericanas
concebidas en el presente siglo las tácticas empleadas por el equipo comandado
por Michael Ball y el de Vince Gilligan difieren ostensiblemente. Dos temporadas
han bastado para certificar que Gilligan, el alma mater del proyecto producido
por la cadena televisiva AMC (siglas de American Movie Classics), trabajaría sobre un diseño táctico armado con una
línea defensiva rocosa (un cuerpo de secundarios de contrastada solvencia, del
que destaca el carisma del miembro de la DEA Hank
Schrader/Dean Norris) y un par de estiletes arriba, Jesse Pinkman (Aaron Paul)
y Walter White AKA Heinsenberg (Bryan Cranston) que se adueñan (por separado o formando parte)
del 80-85 % de las escenas de un total de veinte episodios. Al cabo, Jesse y
Walt demuestran que saben rematar la jugada
interpretativa desde distintas posiciones (dramáticas, cómicas y/o tragicómicas),
facultando a que el resultado final imaginado en la pizarra de Gilligan y su equipo de colaboradores fuera favorable a
sus intereses. Esa «extraña pareja del siglo XXI» a la
que alude Gilligan, en tono jocoso, en una de las entrevistas incluidas en la
edición en formato digital editada por Sony de Breaking
Bad daría cara a los espectadores, por consiguiente, muchas noches de
gloria a una serie que, como A dos metros
bajo tierra, alcanzaría su quinta temporada de emisión.
En sintonía con lo que entiendo básico a la
hora de extraer conclusiones sobre el carácter intemporal de un largometraje de
ficción que funciona por capas, es decir, propone diferentes niveles de lectura —de lo
epidérmico a lo medular—, Breaking
Bad nos descubre, en primera instancia, un relato en negro que pivota sobre la vida de Walt White, al que la detección
de un cáncer de pulmón estimula a pensar que la cuenta atrás se ha iniciado
para el profesor de química de un instituto de Alburquerque (Nuevo México). Producto
de la reacción de la desmotivación que conlleva dar durante veinticinco años
las mismas asignaturas con una leve variación del temario y de un diagnóstico letal, Walt asume una metamorfosis en su
comportamiento; un cambio de muda.
Las dotes camaleónicas de las que hace acopio Cranston obran el milagro de hacernos verosímil un
personaje desbocado que pone sus conocimientos científicos a disposición de la construcción de un laboratorio rodante (leit motiv de no pocos episodios, algunos instalados en el surrealismo). Junto
a Jesse —uno de sus antiguos alumnos, no precisamente aventajado, de familia noble— Walt
se convierte en muñidor de ingentes
cantidades de dinero provenientes del narcotráfico a través de la puesta en
circulación de una droga sintética de gran pureza. Veinte episodios que, cuál
cadena de aminoácidos, forman un cuerpo proteíco de férrea estructura, sin
apenas fisuras en su superficie. Poco importa quién haya dirigido cada uno de los
equipos para sintetizar semejante proteína televisiva —con
todo se agradece la presencia tras las cámaras de John Dahl (Rounders, La última seducción), artífice del episodio “Down”, el cuatro de la magistral segunda temporada—.
Existe, eso sí, un brain man («cerebro»),
Vince Gilligan, capaz de trazar con precisión las líneas dramáticas de una
serie que progresa merced a la estrategia que una puerta (léase un giro
argumental imprevisible) abre otra y así sucesivamente. En esta dinámica ningún
personaje —Skyler White (Anna Gunn), Walt Jr. (RJ
Mitte, poco creíble en su papel de afectado de parálisis cerebral: una de las
pocas deficiencias del casting), Marie
Schrader (Betsy Brandt) y el citado Hank, entre otros— que se
habían posicionado en la línea de salida queda descolgado, manteniéndose o
incluso incrementándose el interés por los mismos. A ello cabe añadir la
llegada de nuevos personajes mediada o en los estertores de la segunda temporada, en
especial el abogado Saul Goodman (impagable Bob Odenkirk), más que un personaje una
abstracción de ese mundo de la judicatura al que los guionistas de Breaking Bad lanzan sus dardos
envenenados, en proporción similar a los que se sitúan en la diana de la
institución sanitaria —memorable la secuencia en que Walt Sr.
asiste atónito al desglose de la factura impresa por una operación quirúrgica
mientras la empleada del centro le coloca en la palma de su mano una chapa con
la escueta inscripción Hope («esperanza»)—, de la
gubernamental o de la policial. Esa última
especialmente activa dada la complejidad social propia de una zona fronteriza; rutas de ida y vuelta entre los Estados Unidos y México para dealers, piezas clave en el organigrama
de un negocio de elevada rentabilidad económica pero que coloca el miedo en el
cuerpo al más pintado. Solo los que no tienen nada que perder se sienten inmunes frente al adversario. Pero las
cosas cambian cuando los diagnósticos se equivocan... para bien. ¿Será
demasiado tarde? La respuesta se dará con el visionado de las siguientes temporadas de esta serie
categoría «A»
producida por una cadena más bien modesta que apostó por la propuesta de
Gilligan (antiguo guionista de Expediente
X) sin fruncir el ceño y dando por válido el contenido íntegro de la misma. Ver para creer.
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martes, 16 de julio de 2013
«SEARCHING FOR A SUGAR MAN» (2012): VINIENDO DE LA REALIDAD
Sábado noche del día 13 de julio de 2013. En una de esas salas que para
un servidor llevan camino de resultar entrañables, la de los cines Méliès,
recupero en compañía de Esther un título que me llamaba la atención por la
peculiaridad del personaje sobre el que pivota Searching for Sugar Man (2012). Oscar al Mejor Documental en la
pasada edición de los Oscar, la propuesta orquestada por el sueco Malik
Bendjelloul tributa en ese espacio que mixtura patrimonio musical y recorrido
por una figura errática cuyo talento estuvo reñido durante un largo, casi
eterno periodo del relato, con la realidad de una industria discográfica que lo
“fagocitaría” de la carrera artística con arreglo a unas irrisorias cifras de ventas
de sus dos únicos discos grabados en estudio. Convertido en un valor residual de la Industria , Sixto
Rodríguez (1942, Detroit, Michigan), lejos de buscar amparo en labores de
productor musical —una de las salidas más
plausibles cuando no sonríe la suerte en tareas de cantante y/o compositor— para grupos o solistas de una nueva hornada, se cobijaría en realizar distintos
cometidos dentro de la construcción. Con la misma modestia que razonaría sobre
la volatilidad que embarga al artista musical, Sixto se replegaría hacia esos
“cuarteles de invierno” en forma de reparaciones varias para un
sector especialmente sacudido por la crisis al cambiar de centuria. Allí obtuvo
su supervivencia laboral y, a la postre, garantizar la manutención de una prole
compuesta por su mujer y sus tres hijas, Eva, Regan y Sandra Rodríguez. Ellas son algunas
de las protagonistas que desfilan por el documental de Bendjelloul, recalcando
la hija mediana Regan de que, a pesar de las penurias económicas, Sixto las
alentaría en el conocimiento de la cultura, visitando museos, bibliotecas y
pinacotecas localizadas en la ciudad de Detroit. Trazas de una humanidad que se
va colando en cada uno de los fotogramas de este Searching for a Sugar Man, configurado en su arquitectura visual a golpe
de trávelings laterales que recorren esos ambientes marginales de Detroit donde
la guitarra y la voz de Sixto se podían oír en algunos de sus garitos. Unas
composiciones que operan a pie de obra, de aires de dylanianos, incapaces de someterse al dictámen de las modas. De ahí
que las letras de Cold Fact (1970) y Coming from Reality (1971) sigan
mereciendo el favor del aficionado del siglo XXI, la de un registro intemporal
que parecía, paradojas del destino, haberse borrado de no haber mediado el “milagro”
del (re)descubrimiento de su música en Sudáfrica en periodo finisecular. La
coyuntural cultural, social y política propiciaría que temas como “I Wonder”
alcanzaran categoría de himnos entre la juventud sudafricana preferentemente de raza blanca. El
insignificante peón de la música pasaría, pues, a convertirse en ídolo de
masas, pero todo ello no comportaría que su nivel de vida sufriera una radical
transformación. Sixto llegaría a vender más de medio millón de copias de sus
discos, pero los suculentos dividendos generados con semejantes cifras no
tuvieron traducción en sus bolsillos. La indignación no se apoderaría de él; más
bien, su temperamento calmo le llevaría a vivir esos momentos mágicos en Sudáfrica,
sin reparar en la posibilidad de un comeback que certificara la categoría de
sus primeros trabajos discográficos. Searching
for a Sugar Man preserva el carácter indómito, enigmático, harto singular
de Sixto Rodríguez, quien una vez se apagaron los ecos de su experiencia
sudafricana, regresaría sobre sus propios pasos a su Detroit natal, viviendo en
la frontera de la exclusión social. Un musicólogo con hechuras de investigador
le siguió la pista hasta las confines de la ciudad de Detroit. Él no había
muerto como algunas especularían al no saberse nada más de Sixto después del
fiasco comercial de Coming from Reality.
De esta forma, se levantaría acta de una leyenda que sigue entre nosotros,
buscando quemar sus últimos años sobre los escenarios —hace pocas fechas visitó el Poble Espanyol de Barcelona donde le
aguardaban una importante colonia de fans de nuevo cuño—, pero sin perder de vista una modestia que prende en el alma. La buena música no engaña porque va
directamente al corazón. Ese corazón que me dictaba al salir de la sesión sabatina
de los Méliès, hacerme con los dos discos compactos que jalonan la corta pero
vitaminada discografía de Sixto Rodríguez. Todas sus canciones suenan a retazos de una
realidad que surcan las aguas de un torrente de humanidad llamado Sixto Rodríguez.
Ha sido un placer descubrirte. God bless
you.
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