lunes, 27 de mayo de 2019

«EL OASIS» (1949), de Mary McCarthy: CAMINO A UTOPÍA

Prácticamente desde sus inicios el sello Impedimenta ha querido rei(vindicar) el papel de la mujer en el desarrollo de la literatura preferentemente del siglo pasado. Cumplida una docena de años desde aquel firme propósito –entre otros varios--, la editorial madrileña ha facultado a incorporar a su exquisito catálogo el nombre de Mary McCarthy (1912-1989), presumiblemente una de las intelectuales estadounidenses más distinguidas del siglo XX, en cuyo segundo tercio se acumula –amén de sus tres matrimonios fallidos-- el grueso de sus contibuciones al campo de la prosa, del ensayo, de la crónica y de los artículos periodísticos. En la necesidad por tener presencia algún título de la autora oriunda de Seattle, Impedimenta hizo una prospección por una obra recorrida en su espina dorsal por las propias experiencias vitales de Mary McCarthy, entre las que se cuentan Memorias de una joven católica (1957) —publicada en castellano por Lumen en 2001—, El grupo (1962) —Tusquets para su publicación en castellano en 2004—, extraído de la etapa que pasó en el Vassar’s College, How I Grew (1987) y, en forma epistolar, Entre amigas: correspondencia entre Hannah Arendt y Mary McCarthy (1996) —editada en 1998 a cargo de Lumen—. Sería precisamente Hannah Arendt quien confesó su grata impresión con la lectura de The Oasis, al punto de describirla de manera sintética como «una pequeña obra maestra». Incorporado a modo de elemento promocional en la edición (por primera vez) en lengua castellana, El Oasis (1949) ofrece la medida de la capacidad intelectual de una escritora que, una vez más, esculpió a partir de la realidad unos personajes que intervienen en una especie de cónclave para promover ponencias y análisis sobre cuestionen que comprometen al avance de la sociedad en el ecuador de la pasada centuria. Medio millar personas guiadas por una brújula que apunta a un espacio residencial llamado El Oasis, metáfora de una sociedad –la norteamericana— que confina a sus intelectuales en círculos geográficos muy determinados, que contrasta con ese desierto del razonamiento y de la reflexión cautivo de la inmensa mayoría de la población. En la introducción a cargo de Vivian Gornick queda constancia que Mary McCarthy obtuvo de su conocimiento de primera mano sobre distintas esferas de la intelectualidad estadounidense el material humano con el que iría dando acomodo a un relato breve —en torno a las ciento treinta páginas— que volvió a levantar ampollas tras su controvertido debut literario con The Company She Keeps (1942). Precisamente, en los pliegues de esta pequeña obra descubrimos que cada una de las “facciones de pensamiento” en pos de que prevalezcan sus postulados, esto es, los realistas y los puristas, sus respectivos líderes Will Taub y MacDougal Macdermott encuentran acomodo en el molde que procuran Philip Rahv y Dwight MacDonald. Con ellos coincidió por primera vez Mary McCarthy, a propósito de la celebración en la que se dieron cita intelectuales de izquierdas. De aquellas reuniones asimismo McCarthy extrajo anécdotas y situaciones que jugarían a favor a la hora de tejer un relato en que se filtran referencias a piezas de Victor Hugo, Sinclair Lewis o Henry Thoreau, entre otros distinguidos literatos y/o pensadores. Con todo, el ejercicio literario al que se encomendó Mary McCarthy representa una sucesión infinita de frases tocadas por el ingenio a cuenta de una afilada capacidad de observación de su entorno. Un ingenio que se viste con el color del sarcasmo, de lo vitriólico y de lo mordaz, incluso para el pasaje de una mera descripción física de uno de los quinientos invitados a asistir al templo de El Oasis: «Henry, un joven alto y delgado con la cabeza ovoide, que recordaba a una lima de uñas (…)». Por ello, sería preceptivo dejar margen para una segunda lectura que permita ir más al fondo y aparcar (a nivel subconsciente) la forma de una narración que demuestra que la mordacidad y el sarcasmo no son características exclusivas de los escritores varones. Solo una doble lectura, a mi juicio, permite observar con detalle la proeza narrativa cuya autoría descansa en Mary McCarthy, la antítesis del pensamiento reaccionario que demostró tener otra personalidad de la historia de los Estados Unidos del siglo XX de idéntico apellido, pero de nombre de pila Joseph. El otro maccarthismo, el acomodado al plano literario, puede tener su prédica para algunos lectores en El Oasis a la hora de ampliar el terreno en lo sucesivo por parte de Impedimenta a otros textos de su autora que aún queden pendientes de edición en lengua castellana.

martes, 21 de mayo de 2019

«EL VAGABUNDO DE LAS ESTRELLAS» (1915) de Jack London: PRISIONERO DE LA IMAGINACIÓN


La proverbial capacidad de los hermanos Joel y Ethan Coen por dar acomodo a un número ciertamente considerable de historias para el medio cinematográfico tiene entre sus fundamentos la habilidad de procesar textos de autores preferentemente estadounidenses y hacerlos pasar por el sedal de sus propias aspiraciones autorales. Situados en la divisoria entre el espacio cinematográfico y el televisivo verbigracia de su condición de producto made in Netfilix, el estreno en las plataformas digitales —y de manera puntual su comparecencia en salas comerciales— de La balada de Buster Scruggs (2018) ha servido, entre otras cuestiones, para fijar la atención en Jack London (1876-1916), el novelista, cuentista, aventurero y ensayista que creó la serie de historias que concurren en la producción dirigida y guionizada por los hermanos Coen. Sin duda, cumplido con creces el centenario de su nacimiento, John Griffith Chaney —operando bajo el álias de Jack London en virtud de sus atribuciones de escritor salvada una etapa prosaica y una vida sojuzgada por un sentido itinerante— sigue siendo un pozo sin fondo a la hora de amueblar relatos fílmicos que, por lo general, incursionan en el género de aventuras. No en vano, algunas de sus más célebres narraciones —La llamada de lo salvaje (1903), El lobo de mar (1904), Colmillo blanco (1906), etc— han cobrado relevancia en la historia de un género literario con una amplia tradición entre sus compatriotas estadounidenses, pero asimismo en países del viejo continente y de Asia. Empero, El vagabundo de las estrellas (1915) —al que Fernando Savater se refiere en su prólogo para Nørdica Editorial con el título El peregrino de la estrella, el empleado por una añeja edición de un sello valenciano—, a día de hoy, sigue quedando al margen de cualquier tentativa de ser trasladada a la gran pantalla dada la extrema dificultad a la hora de acomodar al terreno de los imágenes una novela de carácter eminentemente introspectivo, narrado (en primera persona) por un convicto llamado Darrell Standing. De manera puntual, Standing interpela al lector en la necesidad de establecer un cordón umbilical desde el plano emocional con aquellos prestos a dejarse seducir por la fragancia de la obra de un escritor que por aquel entonces acumulaba infinitas horas de vuelo. Pero sin este ardid la novela hubiese podido funcionar de igual modo; se trata de un relato en blanco y negro (el color que mejor le sentaría para una eventual traslación al cinematógrafo) que nos sumerge en una realidad que coloca de manera perenne a nuestro héroe en el frontispicio de la muerte. Lejos de claudicar frente a las acciones de sus torturadores —los guardias y el alcaide de la prisión de San Quintín—, Standing extrae de sus pensamientos la materia prima para crear una realidad paralela, aquella capaz de explorar en mundos que pertenecen a periodos de la Historia muy diversos (incluido el de la crucifixión de Jesucristo) donde solo se ha podido viajar a través de la lectura de libros en que computa en primera instancia el género de aventuras. En este sentido, El vagabundo de las estrellas —en una proverbial traducción al castellano de Héctor Arnau— puede entenderse conforme a una carta abierta de amor a la literatura, en forma de corolario, cuya publicación se sitúa en los estertores de una vida que se apagó a las puertas de cumplir su cuarenta y un aniversario. La mitad de su corta existencia la dedicó en cuerpo y alma a la escritura de decenas de miles de páginas, un porcentaje residual de las cuales quedó al arbitrio de quienes lo juzgaban —entre ellos colegas de profesión— con el calificativo de «plagiador». No fueron pocas las evidencias de semejante práctica por parte de London, quien además del dolor moral que le comportó sentirse atacado con vileza por periodistas, editores y escritores a los que en verdad apreciaba, sufrió el físico a propósito de sus problemas hepáticos, agudizados por sus tendencias dipsómanas. En buena lid, el padecimiento físico de Darrell Standing —doblemente prisionero, el de una celda espartana y de reducido tamaño, y el que le procura quedar atrapado en una camisa de fuerza (de ahí el título original de la novela de marras: The Jacket) durante varios días— va de la mano del propio Jack London en la recta final de una existencia en la que logró, eso sí, rubricar una auténtica obra maestra. En no pocos pasajes de El vagabundo de las estrellas, anexionados con la desbordante imaginación de Standing los lectores que hayan podido disfrutar de sus relatos de aventuras reconocerán su huella indeleble. Pero en esta ocasión la fórmula utilizada por London trasciende el marco propio del género, elevándolo a los altares de una obra que, como pocas, deviene una oda al poder de ensoñación que procura la literatura, a modo de punto de fuga de cada una de nuestras realidades cotidianas. A modo de botón de muestra de las enseñanzas que deja una lectura calibrada desde lo emocional sobre la capacidad de resistencia del ser humano, subrayo en rojo (virtualmente) una párrafo que define al personaje creado por el autor californiano: «Como digno heredero de las leyes de Mendel, debo reconocer que no soy otra cosa que mi pasado. Todos mis seres anteriores, con sus voces, sus ecos y sus impulsos residen dentro de mí. En mi modo de actuar, en el fuego de mis pasiones, en las intermitencias de cada uno de mis pensamientos intervienen todas y cada una de mis existencias anteriores: todos los seres que me precedieron y que formaron parte en el proceso de mi creación». Amén.

domingo, 5 de mayo de 2019

«VOCES HUMANAS» (1980) de Penelope Fitzgerald: DESPACHOS DE GUERRA


Dentro del mundo literario el de Penelope Fitzgerald (1916-2000) representa un caso ciertamente singular. No en vano, su pulsión como escritora despertó tardíamente, ya cumplidos los cincuenta y cuatro años. Pero, a la vista del contenido de las novelas que llegó a publicar en una franja de apenas dieciocho años —desde 1977 hasta 1995—, Penelope Knox —su apellido antes de contraer primeras nupcias con el soldado irlandés Desmond Fitzgerald— echó mano de una existancia previa repleta de experiencias en distintos ámbitos y, por consiguiente, susceptibles que el valor del detalle de lo vivido cotizara a favor de ser transcrito en la hoja de papel con visos de enriquecer sobremanera el sustrato literario. Asimismo, no cabe perder la perspectiva de su propio linaje familiar, con la figura del pater familiar Edmund Knox, el editor de Punch, la revista satírica británica por antonomasia surgida en la cuarta década del siglo XIX. De la lectura de tan célebre publicación a temprana edad iría forjándose un peculiar sentido de humor que quedaría reflejado en obra que empezó a levantar el vuelo a mediados los años setenta —con la publicación de la biografía de Edward Burne-Jones— y que no se detuvo hasta el fin de sus días, en los primeros compases del nuevo milenio, a propósito de la antología de cuentos The Means of Escape (2000), publicado a título póstumo. A un lustro de haber acomodado el ensayo a mayor gloria del pintor prerrafaelita del siglo XIX, Penelope Fitzgerald podía vanagloriarse de tener impresas un total de cuatro novelas, a razón casi de una por año. Una gesta que hasta entonces pocos compatriotas británicos habían cosechado a semejante edad —sesenta y cuatro años—, culminando esa década prodigiosa con Human Voices (1980).
    Fruto de la notable acogida dispensada con el repóquer de publicaciones dedicadas a la obra de Penelope Fitzgerald —con La Librería como punta de lanza (presentada en tres ediciones distintas, una en castellano, otra en catalán y una especial conmemorativa del centenario del nacimiento de la escritora)—, el sello Impedimenta reservó para el primer trimestre de 2019 la puesta de largo de Voces humanas (1980), una oda al personal que trabajó en la BBC durante la Segunda Guerra Mundial en condiciones que pusieron a prueba no tan solo su capacidad de resistencia sino su compromiso irreductible por mantener informado a la población civil. La propia Penelope Knox había sido empleada en uno de los departamentos de la BBC en los denominados años del Blitz. Una vez transcurridos casi cuarenta años de aquella experiencia, Penelope —ya con el apellido Fitzgerald luciendo en las portadas de sus libros— acomodó una pieza literaria evocadora de un periodo observado con una mirada idealizada sobre valores tales como la solidaridad, el sentido del deber y el espíritu fraternal establecido entre compañeros de profesión. Sobre estos pilares, pues, se levantó un muro que trataba de contrarrestar el efecto de los continuos bombardeos por parte de la aviación nazi sobre suelo londinense, procurando viñetas de auténtico horror. Penelope Fitzgerald se emplea a fondo para que la lectura de Voces humanas se canalice por los conductos del tono amable, prensado de idealismo pero sin que descuidemos en modo alguno el contexto de degradación de la fisonomía de un ciudad que no hacía demasiadas décadas había sido considerado uno de los puntos neurálgicos a escala mundial. Una ciudad con hechuras de megápolis densamente poblada, a la que quedó convocada Penelope Knox pocos años después de haber nacido en Lincoln, la capital del condado de Lincolnshire situado al noreste de Inglaterra. Otrora un asentamiento celta, Lincoln alumbró en el ecuador de la Gran Guerra a una escritora que, al calor de la publicación de gran parte de las novelas que ha impreso el sello Impedimenta hasta la fecha, debería ser observada como un auténtico tesoro de la literatura británica. Una obra trenzada desde, en buena lid, desde las experiencias vividas, constatable por ejemplo en esta historia coral de voces humanas que apagan la llama del sufrimiento y la desesperación, y apuestan para que salga a la superficie lo mejor de nuestra especie. Doscientas páginas que se leen con fruición, sumergiendo al lector en un microcosmos que nos alienta a pensar que incluso en las horas más oscuras de la Historia de Inglaterra del siglo pasado quedaba una ventana abierta para la esperanza, a la que se acogían Delta, Lise, Annie, Sam y otros tantos que operaban bajo el manto de la BBC en tiempos convulsos.                 

lunes, 22 de abril de 2019

«CARNIVÀLE»(2003-2005): EL MILAGRO DE BEN HAWKINS Y LAS MÁSCARAS DEL DEMONIO


Para una eventual antología que haga un recorrido por la historia de lo que podríamos colegir la «Segunda Edad de Oro de la televisión», presumiblemente Carnivàle (2003-2005) podría figurar conforme a una nota de pie de página o, en el mejor de los casos, glosando su argumento en unos pocos párrafos en alguno de los apartados en que se agrupen series que hayan abordado la temática de los fenómenos sobrenaturales. Sin embargo, para un servidor su importancia en el contexto del florecimiento de las series de televisión de ámbito anglosajón en el arranque del siglo XXI es bastante mayor del que se podrá adjudicar a Carnivàle. Se podrá esgrimir en su contra que la serie de marras, en virtud de su alto coste de producción por episodio y su paulatino descenso de audiencia llevó a la HBO a cancelar una tercera temporada que había quedado sobre la mesa. Con ello, cabía otorgar de facto el calificativo de serie inacabada y relegada al olvido al poco de haber sido emitida su segunda temporada.
    Debo confesar que sentí curiosidad cuando leí el plot de Carnivàle recién concluida la lectura del ensayo de Juan Andrés Pedrero Santos Filmando la crisis: una mirada desde el Séptimo Arte (2019, Calamar Ediciones), en que dedica un notable espacio a analizar la incidencia que tuvo el crack bursátil del 29 en el seno de la sociedad estadounidense y que se vio reflejado en el celuloide con un abanico de propuestas formuladas en distintos géneros prestas a mostrar, quizás como ninguna otra cinematografía, una realidad en que cursaba billete la noción de supervivencia en un amplio sector de la población. Lo paradójico del caso es que los feriantes que recorrían distintos puntos del país, en cierta medida, se beneficiaron de aquella quiebra económica que estaba sufriendo el gruso de la población de los Estados Unidos. En cada una de estos espectáculos ambulantes no faltaba la figura del vidente que se valía de la desesperación de sus clientes para engrosar sus arcas y con ello la de la empresa que sostenía su, por regla general, fraudulento negocio. Asimismo, proliferaron los «mensajeros de Dios» que trataban de recabar la atención de sus feligreses con espectáculos presentados en centros de culto donde se obraban «milagros». Semejantes componentes no faltan en el relato creado por el showrunner de Carnivàle Daniel Knauf, quien presentó a los directivos de la HBO un proyecto que cubría un total de seis temporadas. Bien es cierto que el nivel de desarrollo de los episodios resultaba muy desigual a medida que nos alejamos de la primera y segunda temporada, estas sí, bien delimitadas sobre el papel por Knauf y el pool de guionistas —incluido el mismo— que participaron en su arquitectura narrativa. Sin duda, para reforzar las expectativas de éxito de la serie en ciernes HBO contrató al colombiano –nacionalizado estadounidense— Rodrigo García, quien había merecido la atención de la crítica cinematográfica con la cinta coral Cosas que diría con solo mirarla (2001). Él se responsabilizó de un primer episodio —"Milfay"— (de los cinco que llegó a filmar) en que se da cita entre su nutrido reparto un actor de lá órbita lynchiana, Michael J. Anderson, de apenas un metro de estatura y, a la sazón, experto en computadoras a sueldo de la NASA y cantante itinerante con una banda llamada, no sin cierta sorna, Wayward Gene and the Natural Selection (sic). En un caso ciertamente singular, el de otorgar a un actor enano el rango de protagonista en una serie, Michael J. Anderson representa uno de los grandes aciertos de Carnivàle en el papel de Samson, el patrón del circo ambulante. A pesar de su corta estatura, Samson se gana el respeto de una troupe que hubiese podido dar juego en forma de versión actualizada al siglo XXI de La parada de los monstruos / Freaks (1932), de Tod Browning, precisamente rodada en los estudios de la Metro en el epicentro de la Gran Depresión. No obstante, Knauf optó por favorecer la explotación de lo sobrenatural, en una apuesta por una visión maniqueísta que requiere de una amplia paleta de matices. Una visión que se acentúa en el devenir de una segunda temporada en que, de una forma sistemática, en el montaje se entrelazan secuencias en que por regla general toma el mando de la acción el personaje del miracle man Ben Hawkins (Nick Stahl) con aquellas donde entramos en los dominios del reverendo Justin Crowe (Clancy Brown). A propósito de la historia procura la convergencia de sendas líneas argumentales, el director Todd Field vuelve a demostrar la importancia que adquiere una trama con un fundamento dramático/trágico a través del uso de los escenas nocturnos —véase sus largometrajes En la habitación (2001) y Juegos secretos (2006)— en el antepenúltimo episodio —"Cheyenne, WY"— de una antología que da la impresión cierra el círculo. Eso sí, deja alguna ventana abierta para una tercera temporada, que pese a la presión ejercida por los incondicionales de Carnivàle, no logró que HBO diera su brazo a torcer en una decisión que parecía haber adoptada en el inicio de la second season. Curiosamente, se trata a mi juicio de la mejor de las dos temporadas en virtud, entre otras cuestiones, de la portentosa encarnación del Mal de la que hace acopio un imperial Clancy Brown, encarnando al amo y señor de una comunidad religiosa (de la que forma parte su hermana Iris/Amy Madigan y la sirvienta Sofie/Clea DuVall, dos de las actrices especialmente entonadas) que pretende difundir su evangelio del Mal desde un enclave rural  de California con voluntad de propagarse por el resto del país.    



domingo, 14 de abril de 2019

UNA «MONTAÑA RUSA» MUSICAL EN L’H: A PROPÓSITO DE THE NEAL MORSE BAND Y SU THE GREAT ADVENTURE TOUR

13 de abril de 2019. En la tarde de un sábado de primavera el cielo se mantuvo sereno con una ligera brisa mientras recorría andando los quinientos metros que separaba la vivienda de mis padres de la sala de concierto Salamandra de L’Hospitalet de Llobregat. Acompasado a mi paso ligero (trato de corregirme en el ejercicio de la puntualidad), una furgoneta ralentizaba su velocidad habitual por vías urbanas debido a que iba colocando conos con la intención de perimetrar una zona en relación a algún acto popular a celebrar en las inminentes horas. Al fijar mi mirada sobre el suelo firme la mente de un servidor viajó a ese pasado lejano en que el firme lo ocupaba el carrilet, el tren a cuyo paso se levantaba un muro de ladrillo de más de dos metros y medio de altura. Una altura insalvable para aquellos niños camino de la adolescencia que íbamos a la escuela durante los denominados «años del plomo». Ha transcurrido una eternidad desde entonces y en la primavera del año que el siglo XXI ha superado por unos meses la mayoría de edad, observo cómo se baja una formación llamada The Neal Morse Band a la altura del edificio en que luce el rótulo «Sala Salamandra» de ese carrilet trazado a lápiz en mi imaginación. En los prolegómenos del concierto que iba a tener lugar en la emblemática sala de L’H me perdía en aquellos gratos momentos en que la sala Razmatazz había acogido en 2013 el concierto de Transatlantic, una de las diversas «identidades» musicales en las que ha tenido como denominador común al californiano Neal Morse, cuya carrera profesional arranca precisamente cuando el contador de los ochenta se colocaba a cero para dar inicio a una década repleta de acontecimientos de cariz social, político, económico y cultural, culminando la misma con la caída de otro muro, este de proporciones bíblicas, como el de Berlín. En ese periodo de tiempo Neal Morse cultivó el gusto por el neo rock progresivo, dejando patente, al cabo, que su formación de multiinstrumental dotado de una portentosa voz, le serviría para construir un proyecto musical, el de Spock’s Beard, que dejaría una serie de gemas en forma de discos de estudio, en coalición con uno de sus hermanos, Alan Morse. Pero su galopante inquietud creativa le ha llevado por distintos derroteros, y con la necesidad vital que, cumplidos los cincuenta y tres años, una banda llevara acoplado su nombre, el de todo un referente del neo prog. Tres discos de estudio han bastado para consolidar un proyecto musical, el de Neal Morse Band, que deja al descubierto en sus directos la voluntad que el espectador se suba a una suerte de montaña rusa musical, en que el epic rock de temas como Welcome to the World —un himno de rutilante rocosidad instrumental que, a buen seguro acompañará a cada uno de los conciertos de NMB en los años venideros— actúan de high points en una secuencia formada por una treintena de canciones, la mayor parte pertenecientes al doble disco conceptual que da nombre a la gira. Una gran aventura musical en que Morse se transmuta de bufón del reino al estilo Peter Gabriel en la Edad Dorada de Genesis en el tema “Vanity Fair”, ataviado de un sombrero de copa alta y el traje propio de un arlequín. Teniéndolo a escasos metros de mi privilegiada visión en las primeras filas, guardando la espalda de mi querida Esther Solías, reparé en el detalle de las rodilleras que, a buen seguro, llevaba por debajo de un pantalón de mil jirones —supercasual—, merced a su tendencia al ejercicio de la genuflexión. Sin llegar a las cotas de emotividad que había alcanzado en su actuación en la sala Razzmatazz al frente de una superbanda, bañado en lágrimas al elevar su súplica en forma de canción, Neal Morse volvió a hacer acopio de una entrega absoluta sobre los escenarios, sin menoscabo a algún interludio humorístico cuando uno de los técnicos de la casa se convirtió durante unos minutos en el quinto miembro de Neal Morse Band. En un parón obligado por las circunstancias –a cuenta del defectuoso funcionamiento del teclado que manejaba Morse— a esas notas de humor se sumó el guitarra Eric Gillette, el más joven del grupo dotado de un proverbial virtuosismo y una voz que se complementa a la perfección con la del ex líder de Spoke’s Beard. Asimismo hizo lo propio el bajista Randy George —una de las piezas recurrentes en el tablejo musical de la singladura profesional de Morse—, cuya apariencia podría cuadrar con la imagen estereotipada de un villano de Piratas del Mar Caribe, pero en las distancias cortas exhibe el afecto propio de quién se sabe un privilegiado de formar parte de la Historia de una banda que dirigirá el rumbo a cotas si cabe aún más ambiciosas, preñadas de aciertos en una arquitectura musical de polivalencia estilística, ora afincada en el metal rock, ora deudora de la herencia del rock sinfónico, ora deslizándose por la pendiente del blues… Composiciones, en todo caso, vitaminadas con la participación en esa segunda línea por el teclista Bill Hubauer —con esa gorra calada que juega al despiste; sin la misma lo podríamos reconocer conforme a un miembro de una filarmónica— y por uno de los íntimos amigos de Neal Morse, el star drummer Mike Portnoy, quien me sigue deleitando con el manejo de las baquetas, al tiempo que participa en esa ecuación vocal a cuatro, algo muy caro de escuchar y sentir en una formación de rock. Un placer celestial para los oídos ubicado en el tramo final de un concierto que sobrepasó las dos horas y medias de concierto. Mientras las aproximadamente seiscientas personas que acudimos a la primera cita de NMB en el estado español con su gira de The Great Adventure íbamos desfilando a cuenta gotas hacia la puerta de salida a algunos de nosotros aún nos aguardaba una espera de más de una hora. Sobrepasada la medianoche, reparé en el rostro de Neal Morse, quien parecía adoptar el traje de un profesor universitario que camina con cierto desasosiego por los pasillos que dan acceso al aula donde da clase. Más allá de esta ironía, Neal Morse, arropado de una formación extraordinariamente bien engrasada, volvió a impartir su particular magisterio, armado de su fender stratocaster, de su guitarra de doce cuerdas, de su teclado (para la ocasión observándolo con un indisimulado recelo en algunos instantes) y de una voz que nos eleva a los altares de un rock trenzado de sentimientos que ganan a la espiritualidad y a un humanismo larvado en el fuero interno de este gentil hombre que se acerca a la sesentena con una animosidad y un dominio de la escena que para sí quisieran muchos de sus colegas de generación y de su precedente elevados a la categoría de celebrities.

lunes, 25 de marzo de 2019

«UN HOMBRE CON ATRIBUTOS» (2011) de David Lodge: LA VIDA MANDA


Rebasando con amplitud el centenar de libros publicados hasta la fecha, en el sello Impedimenta ingresa en su esplendoroso catálogo una obra que responde a una curiosa categoría, el de una biografía novelada en que el propio autor ejerce de «segunda» voz en el relato. Así pues, David Lodge (n. 1935) dio carta de naturaleza a principios de esta década que toca a su fin a una obra que, al correr de las primeras páginas, nos resulta harto difícil entender que el propósito del autor, al parecer, no había encontrado obstáculo alguno para merecer alguna acción judicial, o cuanto menos, el reproche de los herederos de H. G. Wells (1866-1946), «desnudando» al que presumible había sido uno de los novelistas y ensayistas más preminentes de su época. Bien es cierto que David Lodge, en aras a cubrirse las espaldas a efectos legales, omite el nombre del afamado literato en el título original —A Man of Parts—, traducido para la ocasión para su edición en castellano como Un hombre con atributos, «en oposición» a una de las obras referenciales de la literatura germana del siglo XX, Un hombre sin atributos de Robert Musil. Con todo, la perplejidad ha sido un aliado indisociable a mi pensamiento a medida que he ido robando horas al sueño para cumplimentar la lectura al completo de Un hombre con atributos, un título huelga decir cargado de ironía si atendemos a la agitada vida sexual de H. G. Wells —prácticamente nadie lo llamaba por sus nombres de pila, Herbert y George— con invitación expresa al adulterio, una cuestión no menor a juzgar del progresivo alejamiento de la Sociedad Fabiana, una influencia en la sombra del socialismo en las Islas Británicas. De los entresijos de la misma se ocupa de manera especial esta voluminosa obra que arranca con una vida, la del septuagenario Wells que está a punto de irse por el desagüe, a causa de la enfermedad que se le ha diagnosticado. Al calor de la lectura del primer bloque de páginas de Un hombre con atributos me sobrevino una de las imágenes icónicas de Ciudadano Kane (1941), aquella en que Charles Foster Kane (Orson Welles) en su lecho de muerte acierta a susurrar ya moribundo una palabra —«Rosebud»— que le conectaba con un episodio clave de su infancia. Sabiéndose en el frontispicio de la muerte, para quien había llegado a convertirse en un autor de una inmensa popularidad y que se ganó con creces la etiqueta de visionario fundamentalmente por sus novelas finiseculares acomodadas a un conocimiento sobre diversas materias científicas (se licenció en zoología con excelente calificaciones) —La máquina del tiempo (1895), La isla del doctor Moreau (1896), El hombre invisible (1897), y La guerra de los mundos (1898), de la que el propio Orson Welles hizo una adaptación radiofónica de un fuerte impacto a nivel social—, cabía, pues, colocar el retrovisor del pasado, llevando a cabo su sombra Lodge un retrato evaluado en partes —a juego con el enunciado del título original—. En el refugio de sus pensamientos nocturnos Wells encuentra un interlocutor ficticio que le interroga sobre un sinfín de cuestiones, colocando un especial énfasis a una actividad sexual que precisó de distintas amantes al margen de sus matrimonios con Isabel Mary —en esos años de penurias económicas y de una salud maltrecha que le llevó a una hiperactividad literaria sabiéndose que su final se aventuraba próximo— y Amy Catherine, el más longevo de ambos, pero sembrado de disputas en el ámbito conyugal en razón de una de las características más volubles de su personalidad, aquellos que le incapacitaban para reprimir sus impulsos sexuales sobre todo ante jóvenes a las que le podía doblar la edad.  
    Días después de concluir la lectura de Un hombre con atributos sigue persistiendo en mi fuero interno el sentimiento de perplejidad sin menoscabo a reconocer que Lodge se revela un escritor first class, en que su afinidad por Wells presumiblemente venga derivada —al margen de compartir profesión— por unos principios erradicados en el socialismo del que el autor de Kipps fue un defensor a ultranza, y el saberse un firme combatiente de una élite académica —perfectamente reconocible en alguno de los notables de la Sociedad Fabiana— que mostró cierto desdén en relación a obras que abrigaban una necesidad de salirse de un cierto encasillamiento conforme a artífice de novelas de fantaciencia o ciencia-ficción, un género que, en cierta medida, había contribuido a crear. Cabe asomarse al contenido de la «Trilogía del campus» —conformada por Intercambios (1974), El mundo es un pañuelo (1984) y Buen trabajo (1988)— para darse cuenta que Lodge camina en una similar dirección a la trazada por H. G. Wells en su particular mirada sobre esas élites académicas a las lanza no pocos dardos, por ejemplo, cuando el entrevistador imaginario interpela al taimado literato, a propósito del futuro de Amber Reeves tras su cumplimentar su ciclo académico, quebrándose las expectativas que se habían depositado en ella, entre otras consideraciones, por su relación extramatrimonial. Wells le rebate arguyendo: Sé que eso es lo que decían en Cambridge, y probablemente seguirían diciéndolo, pero en Cambridge siempre piensan que son el centro del mundo intelectual. Y no es así». En ese dardo lanzado a toda una institución académica de las Islas Británicas se reconoce el talante combativo de H. G. Wells, al que este volumen primorosamente escrito muestra la otra cara de su luna literaria, aquella dispuesta a filtrar o sugerir la idea que sus obras mayores se localizan fuera del foco de la popularidad, como se deduce de las intermitentes referencias a Tono-Bungay (1909) –una de sus piezas maestras, llamadas a la reivindicación—, Kipps (1905)  —que lo acercaron al universo literario de Charles Dickens— o retratos de lo femenino como Mr. Polly (1910) o Ana Verónica (1909), sendas piezas literarias que prefiguraban una noción de liberación sexual en los albores del siglo XX.          

domingo, 24 de febrero de 2019

«JUVENTUD SIN DIOS» (1937), de Ödön Von Horváth: LA SEMILLA DEL MAL

Antes de darse a conocer a nivel profesional en los Estados Unidos, en especial en el terreno del cine noir, Robert Siodmak (1900-1973) desarrolló una frenética actividad artística en su Alemania natal y posteriormente en Francia, al punto que llegó a filmar casi una veintena de largometrajes antes de cumplir cuarenta años. Mas, el mayor de los hermanos Siodmak hubiese podido llevar a cabo un proyecto de un incalculable valor historicista, Jugend Ohne Gott, que toma de partida la novela homónima de Ödön Von Horváth (1901-1938), publicada por primera vez en Holanda. Presumiblemente, si se hubiese concretado en la gran pantalla Jugend Ohne Gott, el interés por la primera etapa europea de Robert Siodmak hubiese ganado enteros entre los historiadores de cine. La fatalidad quiso que la cita del 1 de junio de 1938 entre el matrimonio formado por Robert Siodmak y Bertha (Odenheimer) y Von Hórvath quedara anulada merced al accidente que padeció este último yendo de camino al encuentro con el cineasta por les Champs Elisées. La rama de un castaño la cayó en la cabeza, provocando un traumatismo craneal del que no se recuperaría en el hospital y que le condujo hasta la tumba con tan solo treinta y siete años de edad. Aun reciente el éxito del estreno parisino de Mollenard (1938) a principios de ese mismo año, Robert Siodmak se las prometía muy felices para llegar a un entente con Von Hórvath, con la decisión de armar un guión que fuera fiel al espíritu de la segunda novela de éste último, por aquel entonces considerado un respetado dramaturgo centroeuropeo que había conocido de primera mano el fermento social y económico que dio pie a un cambio de paradigma en la Alemania de los años treinta con el nacionalsocialismo ejerciendo de palanca para movilizar a su sociedad. Consternado por aquella tragedia, Robert Siodmak abandonó el proyecto en cuestión y nadie más apostó por las posibilidades que ofrecía la traslación al celuloide del texto de Von Hórvath, enterrado a las primeras de cambio en un cementerio situado a las afueras de París para, una vez cumplidos los cincuenta años de su muerte, ser exhumados sus restos y trasladados a la tumba familiar, “reuniéndose” en Viena con sus padres el doctor Edmund (1874-1950) y Marie Von Horváth (1882-1959), y su hermano menor Lajos (1903-1968).   
   Escasean las novelas sobre un tema que me ha atraído de manera especial desde hace muchos años, el que razona sobre el embrión de la Alemania nazi, aquel capaz de favorecer a una mutación en el organismo de la sociedad germana, inoculada de un sentimiento de odio a lo «diferente» entre las generaciones más jóvenes. De ahí que celebre la aparición en el mercado editorial de Juventud sin Dios gracias al sello Nørdica, dentro de su colección «Otras latitudes». Ödön von Horvath fundamenta su discurso narrativo a través de un dispositivo alegórico que amaga hacia un cuento cruel, el protagonizado por esas juventudes que asisten a campamentos de verano donde reciben un adiestramiento paramilitar y un entrenamiento mental en el que el combate de las ideas queda soslayado. El odio sirve de aliento, de inspiración para “ordenar” una mente que piensa en términos bélicos y que los prepara para la lucha a campo abierto. Juventud sin Dios representa una propuesta, pues, que esimula a imaginar ese clima de adoctrinamiento que se va tejiendo en un microcosmos donde asimismo toma lugar un crimen que sirve en bandeja para poner a prueba la perspicacia como narrador de Von Horváth en la voz de un profesor. Con traducción de Isabel Hernández, Juventud sin Dios levanta acta de un mundo que no pasó inadvertido para el que hubiese podido ser un referente intelectual de la primera mitad del siglo XX, notario de una actualidad que dejó para los anales una pieza literaria de una lucidez extraordinaria observada en perspectiva. Episodios breves y diálogos directos pero vitaminados con referencias cultas que abrazan desde el pensamiento romano hasta el Viejo y el Nuevo Testamento, entran en la definición de un texto cuya lectura sirve de excelente complemento al visionado de La cinta blanca (2009), la excelente película dirigida por Michael Haneke al que se hace referencia explícita en la contraportada de un libro que reserva sus páginas finales a un epílogo escrito por la propia Isabel Hernández y que contiene la píldora, en forma de anécdota, a la que me he referido al principio de este post. En la misma Hernández orilla un dato que añade si cabe aún mayor surrealismo —una viñeta susceptible de ser reproducida en el celuloide por Jean-Pierre Jeunet— a lo acontecido en ese primer día del mes de junio de 1938 en unos enclaves emblemáticos de la capital francesa. El punto de encuentro entre los Siodmak y Ödön Von Horváth había sido la entrada de un cine donde se proyectaba desde hacía varias semanas Blancanieves y los siete enanitos (1937), el primer largometraje de la historia rodado en Technicolor. Siguiendo un pronunciamiento alegórico parejo al del libro de Von Horváth, meses más tarde la Historia de Europa adoptaría el color noir con esa Juventud sin Dios asumiendo cargos de responsabilidad dentro del organigrama de un poder jerarquizado de la Alemania nazi. El adiestramiento estaba servido; solo cabía ponerlo en práctica, llevando al viejo continente a uno de los periodos más oscuros de su historia contemporánea.                 



jueves, 14 de febrero de 2019

ESTHER SOLÍAS, LA RAZÓN DE MI VIDA: LA «ETERNIDAD»... Y UN DÍA


«Todo lo que vemos o parecemos es solo un sueño dentro de un sueño»


Edgar Allan Poe (1809-1849)

Hace unos días acudí a la Filmoteca de la Generalitat de Catalunya para ver por primera vez en la gran pantalla Picnic en Hanging Rock (1975). La trama gira en torno a la desaparición el día 14 de febrero de 1900 de cuatro jóvenes procedentes de un internado al adentrarse en las entrañas del Monte Diógenes, en Hanging Rock, situado al sur de Australia. A partir de entonces se las pierde el rastro, procediendo buena parte del metraje a un ejercicio de reconstrucción de los hechos acontecidos en una jornada que debía ser festiva en uno de los enclaves más representativos del estado de Victoria del país austral. La tierra se las tragó y con ello el enigma de Hanging Rock sigue despertando todo tipo de especulaciones, a las que el silencio de Joan Lindsay, la autora de la novela homónima de partida que inspiró la película dirigida por Peter Weir. Sin duda, lo más similar que tenemos en Catalunya del Monte Diógenes deviene la Montaña de Montserrat, asimismo envuelta de un manto de misterio que arranca desde su singular mofología moldeada por sus componentes de origen volcánico. En ese enclave «sagrado» tuve la oportunidad de ir conociendo a Esther Solías, en una de las primeras ocasiones que compartimos una salida. Corría 2013. Meses antes, Esther se había aparecido en mi vida en una tarde de verano en la localidad tarraconense de Torredembarra, a propósito de una convención de fans de Neil Young (el Rustfest en su tercera edición). Fue lo más parecido a un cuento de hadas. Llevávamos unas horas juntos, pero parecía como si hubiésemos permanecido una eternidad juntos. Mirando hacia atrás, si me diesen a escoger mil opciones de cómo quisieras conocer a la compañera de tu vida, sin dudarlo, sería tal como ocurrió aquel 7 de julio de 2012. Sucedió de manera natural. Nos hablamos con los ojos; estábamos en esa zona de recreo en que un niño y una niña se cogen de la mano con la idea en mente que prometerse que cuando sean mayores no se separarán nunca el uno del otro. Al cabo de unos días de aquel primer encuentro nos citamos en diversas ocasiones, una de ellas con la Montaña de Montserrat ejerciendo de testimonio al fondo del cuadro donde dos seres enamorados contaban cada segundo de sus vidas para volver a estar juntos. Transcurridos casi siete años desde entonces, Esther sigue siendo la compañera de viaje que había soñado en esas noches de vigilia; una persona pura de espíritu como la Miranda de Picnic en Hanging Rock, cuya cabellera rubia azotada por el viento va dibujando formas invisibles en el espacio. El título de este blog debe su nombre al título de mi primera novela, El enigma Haldane, publicada en 2011. Un año después conocí a la persona que me ha acompañado hasta la fecha en esa aventura de la vida que cada día te pone a prueba. Pocas cosas tengo seguras, pero no me cabe duda que una de éstas responde al nombre de Esther Solías, la mujer que mejor sabe de mis debilidades y mis fortalezas, junto a mi madre. Cuando vas a pasar una eternidad junto a una persona como Esther solo puedes sentirte un afortunado. A lo largo de esos viajes por Escocia, Italia, Austria, Holanda, Gales y la República de Irlanda han servido para fortalecer si cabe aún más un vínculo que entiendo inquebrantable, en la búsqueda de una felicidad que deviene una de las claves para seguir manteniendo intacta la ilusión y la motivación por avanzar cada día. Si la salud me sigue acompañando no voy a desfallecer, y seguiré firme a la hora de regar ese pequeño jardín llamado El mundo de Haldane que cumple 500 entradas. Todo un hito para un blog que desde marzo de 2008 hace de la difusión de la cultura bandera, y que en el cumplimiento del millar de entradas quiero compartir esta dicha con una persona excepcional, Esther Solías, en el día de los enamorados porque no hay mejor definición del estado anímico de un servidor y de su pareja con la que espero seguir compartiendo infinidad de placenteras experiencias a lo largo de toda una eternidad... y un día.