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martes, 31 de agosto de 2021

«LA DESAPARICIÓN DE ADÈLE BEDEAU» (2014), de GRAEME MacRAE BURNET: CITA EN SAINT LOUIS

 

«Todo es verdad pero nada es exacto»

Prólogo de Pedigrí (1948) de Georges Simenon

 

No son pocas las novelas que han favorecido a su culto la inclusión de un capítulo final o epílogo que por una serie de avatares editoriales fueron excluidos para su edición en algunos países en otra lengua o bien en la misma lengua primigenia. Cabe recordar, al respecto, lo acontecido con La naranja mecánica (1962) de Anthony Burgess o Picnic en Hanging Rock (1967) de Joan Lindsay, cuyo último capítulo —el XVIII— quedó excluida en su primera edición en lengua castellana a cargo del sello Impedimenta. La misma editorial ha considerado en tiempos de pandemia publicar La desaparición de Adèle Bedeau (2014) que contiene en su epílogo un motivo adicional para elevarlo a los altares de las obras de culto, provocando un inesperado giro que una simple búsqueda a través del navegador de internet deja patente el «juego» propuesto por su autor, Graeme MacRae Burnett (n. 1967). El mismo apunta hacia una ensoñación —a la que suelo referirme con el término anglosajón «Walter Mitty idea»— en que Raymond Burnet, hijo único oriundo de St, Louis y huérfano de padre al cumplir los diecisiete años llegó a confeccionar una pieza teatral que apenas fue representada sobre los escenarios y una obra literaria, La disaparition d’Adèle Bedeau que cursó en librerías a principios de los ochenta gracias al empeño de una modesta editorial. Al cabo, entra en escena Claude Chabrol (1930-2010), uno de los representantes de la nouvelle vague, quien descubre la novela en una tienda de viejo y decide adquirir los derechos de explotación cinematográfica por una módica cantidad. A finales de la década resuelve rodarla con Isabelle Adjani —un valor en alza por aquel entonces— entre su equipo artístico. Al visionar el film en la gran pantalla Raymond Burnett se muestra profundamente decepcionado, sobre todo por el tratamiento dado a Manfred Baumann. Personaje depresivo y poco sociable por naturaleza, Burnett decide echar el cierre a su vida en similares términos a cómo lo hace Baumann en su única novela. En este epílogo de pura ensoñación Graeme MacRae Burnet a buen seguro tuvo en mente a otro escritor con tres «nombres», John Kennedy Toole (1937-1969). Raymond Burnet y Kennedy Toole coinciden en una infancia y adolescencia marcada por el sentimiento de soledad, el poderoso ascendente maternal, el refugio de la lectura y de la escritura como válvula de escape y la dificultad por relacionarse con mujeres que abonaron el terreno de la homosexualidad, aunque sin resultar un diagnóstico concluyente. Empero, a Burnet y Kennedy Toole les diferencia que mientras el primero llegó a ver publicada en vida su única novela, al segundo su opera prima fue rechazada sistemáticamente por un buen puñado de editoriales a lo largo de los años 60. Tras su suicidio, la madre de John rescató el manuscrito y con el auxilio de un amigo de su hijo logró que en 1980 una editorial se interesara en publicarlo. Su título es bien conocido por el aficionado a la literatura: La conjura de los necios (1982). Seis años más tarde el cinematógrafo brindó una adaptación que contribuyó a seguir despertando interés por la novela seminal cara a nuevas generaciones.

     Hubiese sido estimulante contemplar en la gran pantalla una versión de La deaparición de Adèle Bedeau bajo la dirección del prolífico Claude Chabrol, quien a buen seguro hubiese consultado su particular Biblia, la Guía Michelin, para ver qué restaurantes obtenían mejor puntuación en Saint. Louis o Estrasburgo, y de paso tomar algunos apuntes (mentales) para la recreación de uno de los escenarios principales que se dan cita en la novela, el restaurant de La Cloche. Pero ese placer queda absolutamente fuera del alance de la realidad al saberse fallecido Chabrol en 2010, cuatro años que Graeme MacRae Burnet publicara a los cuarenta y seis años su primera novela, auténtica cátedra de aquella literatura que sabe perfilar una narración sin epatar al lector, decidido a contarnos una historia en que se cruza lo detectivesco, lo psicológico y el drama humano en un espacio temporal que nos retrotrae presumiblemente a los setenta u ochenta del siglo pasado. En este sentido, Graeme Macrae Burnet nos ofrece pocas pistas que tan solo la perspicacia del lector es capaz de resolver. En cierto sentido, se trata de una novela que nos recuerda lecturas de tiempos pretéritos en que los teléfonos móviles, las tablets y los ordenadores no se configuran en el espacio de una historia arbitrada bajo el concepto de coypcat, en que el inspector Gorski deviene el sabueso que debe desentrañar el autor responsable de la desaparición de la niña Adèle Bedeau y asimismo de una joven llamada Juliette Hurel cuyo cuerpo inerte encuentran flotando en el río Rin, en las inmediaciones de Saint Louis. Graeme Macrae Burnet consigue con ello una prodigiosa obra que atrapa hasta su desenlace final y para degustar en la hora del té o del café un bonus en forma de epílogo en que el autor de Un plan sangriento (también publicada por Impedimenta) nos obsequia con una «bufonada» complementada con la campaña promocional de la novedad editorial a cuenta de Impedimenta que incluye la difusión en redes sociales de un tráiler de un film… inexistente. Touché.  


martes, 20 de octubre de 2020

«LA TORRE VIGÍA» (1966) de Elizabeth Harrower: LA VIDA VALE MÁS


«Clare miraba ahora por la ventana abierta, el sendero y la puerta, ahora la página impresa entre sus manos. Los cosacos. Nadie venía. Paciencia.

    Aquella ventana era su torre vigía»

 

 

Muestra de la importancia que cobran aquellas editoriales prestas a recuperar novelas descatalogadas la encontramos en el sello Text Publishing, fundado a mediados los años noventa por Diana Gribble y Eric Beecher. Así pues, desde hace un cuarto de siglo Text Publishing ha tenido el empeño de volver a imprimir títulos clásicos de la literatura australiana, saliendo especialmente beneficiada Elizabeth Harrower (1928-2020), a quien se la había perdido el rastro desde la publicación de The Watch Tower (1966). De tal suerte, el sello aussie tomó la iniciativa de editar In Certain Circles (2014), un material que había permanecido inconcluso durante cuatro decenios fruto de un bloqueo creativo por parte de su autora. Con cierto orgullo, pues, una octogenaria Harrower vio cumplido su sueño de completar su sexta novela, después de asistir a la reedición del resto de sus trabajos literarios. Una vez más, los radares de Impedimenta han funcionado a pleno rendimiento para captar la lejana señal proveniente del continente oceánico, al que han regresado tras la publicación de Picnic en Hanging Rock (1967), de Joan Lindsay, en 2009 para editar la penúltima novela de Harrower, La torre vigía, en plena segunda oleada de la pandemia de la COVID-19 y pocos meses después de certificarse su deceso.

    Coetánea de Lindsay, Elizabeth Harrower, a punto de cumplir la treintena, al final de su etapa residiendo en las Islas Británicas, llegó a un acuerdo con la editorial inglesa Cassell & Co. para la publicación de Down in the City (1957), una opera prima en que se puede reconocer en el personaje de Stan Peterson —un representante de la middle-class del Sidney de los años cincuenta— rasgos inherentes a Felix Shaw, cuya crueldad y perfidia es descrita de manera detallada en no pocas páginas de La torre vigía, de cuya traducción al castellano para la edición de Impedimenta se ha encargado Jon Bilbao, un autor que asimismo forma del señorial catálogo del sello madrileño. Las víctimas propiciatorias de un individuo esquinado hacia comportamientos machistas, aparejados de un sentimiento autodestructivo cuyo catalizador deviene —al igual que Peterson— el alcohol, son las hermanas Laura y Claire Vaizey. «Ellas eran australianas, mortales de talla media, carentes, en buena medida, de la fragilidad y de la herencia exótica de su madre. Era natural que corrieran de acá para allá, que se despellejaran las espinillas y las caderas, que sufrieran cortes en los dedos y que les salieran ojeras en el proceso de apañárselas por su cuenta para salir adelante, tanto ellas como su madre». Así las describe en primera instancia Harrower, dejando que el paso del tiempo las libere de actitudes propias de adolescentes y entren a formar parte integral de un mundo adulto que las reserva la tragedia de saberse dominadas por un ser abyecto que tras someterlas —especialmente a Laura, su empleada en una próspera fábrica de chocolate, con quien llega a contraer matrimonio sin que medie el enamoramiento— al chantaje emocional, al maltrato psicológico y físico (aunque sin cargas las tintas por parte de su autora), las gratifica materialmente al asumir un cierto grado de culpabilidad por sus acciones. En ese círculo vicioso transita la trama de una novela que para su tercio final introduce un cuarto vértice, el joven Bernard, fundamental a la hora de alentar a una de las hermanas Vaizey a decidir sobre su propio futuro alejada de la «aniquilación» de la personalidad que significa permanecer junto a Felix Shaw.

    Indiscutiblemente, una novela de las características de La torre vigía gana plena vigencia en la actualidad, siendo la voz de Harrower una de las primeras en alzarse para denunciar a través de su fluida prosa, cargada de matices, el comportamiento de un estereotipo de machos que lejos de representar un complemento para el sexo femenino se han convertido en sus principales depredadores, al activar en ellas unos mecanismos de anulación que pueden derivar en el suicidio.         

jueves, 14 de febrero de 2019

ESTHER SOLÍAS, LA RAZÓN DE MI VIDA: LA «ETERNIDAD»... Y UN DÍA


«Todo lo que vemos o parecemos es solo un sueño dentro de un sueño»


Edgar Allan Poe (1809-1849)

Hace unos días acudí a la Filmoteca de la Generalitat de Catalunya para ver por primera vez en la gran pantalla Picnic en Hanging Rock (1975). La trama gira en torno a la desaparición el día 14 de febrero de 1900 de cuatro jóvenes procedentes de un internado al adentrarse en las entrañas del Monte Diógenes, en Hanging Rock, situado al sur de Australia. A partir de entonces se las pierde el rastro, procediendo buena parte del metraje a un ejercicio de reconstrucción de los hechos acontecidos en una jornada que debía ser festiva en uno de los enclaves más representativos del estado de Victoria del país austral. La tierra se las tragó y con ello el enigma de Hanging Rock sigue despertando todo tipo de especulaciones, a las que el silencio de Joan Lindsay, la autora de la novela homónima de partida que inspiró la película dirigida por Peter Weir. Sin duda, lo más similar que tenemos en Catalunya del Monte Diógenes deviene la Montaña de Montserrat, asimismo envuelta de un manto de misterio que arranca desde su singular mofología moldeada por sus componentes de origen volcánico. En ese enclave «sagrado» tuve la oportunidad de ir conociendo a Esther Solías, en una de las primeras ocasiones que compartimos una salida. Corría 2013. Meses antes, Esther se había aparecido en mi vida en una tarde de verano en la localidad tarraconense de Torredembarra, a propósito de una convención de fans de Neil Young (el Rustfest en su tercera edición). Fue lo más parecido a un cuento de hadas. Llevávamos unas horas juntos, pero parecía como si hubiésemos permanecido una eternidad juntos. Mirando hacia atrás, si me diesen a escoger mil opciones de cómo quisieras conocer a la compañera de tu vida, sin dudarlo, sería tal como ocurrió aquel 7 de julio de 2012. Sucedió de manera natural. Nos hablamos con los ojos; estábamos en esa zona de recreo en que un niño y una niña se cogen de la mano con la idea en mente que prometerse que cuando sean mayores no se separarán nunca el uno del otro. Al cabo de unos días de aquel primer encuentro nos citamos en diversas ocasiones, una de ellas con la Montaña de Montserrat ejerciendo de testimonio al fondo del cuadro donde dos seres enamorados contaban cada segundo de sus vidas para volver a estar juntos. Transcurridos casi siete años desde entonces, Esther sigue siendo la compañera de viaje que había soñado en esas noches de vigilia; una persona pura de espíritu como la Miranda de Picnic en Hanging Rock, cuya cabellera rubia azotada por el viento va dibujando formas invisibles en el espacio. El título de este blog debe su nombre al título de mi primera novela, El enigma Haldane, publicada en 2011. Un año después conocí a la persona que me ha acompañado hasta la fecha en esa aventura de la vida que cada día te pone a prueba. Pocas cosas tengo seguras, pero no me cabe duda que una de éstas responde al nombre de Esther Solías, la mujer que mejor sabe de mis debilidades y mis fortalezas, junto a mi madre. Cuando vas a pasar una eternidad junto a una persona como Esther solo puedes sentirte un afortunado. A lo largo de esos viajes por Escocia, Italia, Austria, Holanda, Gales y la República de Irlanda han servido para fortalecer si cabe aún más un vínculo que entiendo inquebrantable, en la búsqueda de una felicidad que deviene una de las claves para seguir manteniendo intacta la ilusión y la motivación por avanzar cada día. Si la salud me sigue acompañando no voy a desfallecer, y seguiré firme a la hora de regar ese pequeño jardín llamado El mundo de Haldane que cumple 500 entradas. Todo un hito para un blog que desde marzo de 2008 hace de la difusión de la cultura bandera, y que en el cumplimiento del millar de entradas quiero compartir esta dicha con una persona excepcional, Esther Solías, en el día de los enamorados porque no hay mejor definición del estado anímico de un servidor y de su pareja con la que espero seguir compartiendo infinidad de placenteras experiencias a lo largo de toda una eternidad... y un día.    



martes, 8 de enero de 2019

«ESTUDIOS DE LO SALVAJE» (1904) de BARBARA BAYNTON: UNA PIONERA EN LAS ANTÍPODAS

Salvo para una ínfima parte del público lector en lengua castellana, la literatura australiana sigue siendo una auténtica desconocida. Presumo que por iniciativa de Pilar Adón —traductora al castellano de Picnic en Hanging Rock (1967) de Joan Lindsay, la primera novela aussie en formar parte del selecto catálogo de Impedimenta—, una de las obras pioneras de la literatura australiana, Estudios de lo salvaje (1904) de Barbara Baynton (1857-1929), fue una de las apuestas del sello madrileño que vio la luz en las librerías en el último trimestre de 2018. En el último suspiro del año di cumplida cuenta de la lectura de esta pieza literaria que recopila un total de seis relatos —“La soñadora”, “La compañera de Squeaker”, “Mano tullida”, “Billy Skywonkie”, “Una iglesia en la maleza” y “El instrumento elegido”—, complementado por un prefacio a cargo de la propia Adón, a la sazón responsable de una traducción que ha tratado de preservar un lenguaje enrraizado en la tradición oral de lo que se conoce como el bush, una zona geográficamente intermedia a la costa australiana –allí donde se concentra la inmensa mayoría de la población de un país con dimensiones de continente— y el outback, un área infinita presidida por un clima árido y (semi)desértico. De hecho, esta pieza literaria fechada a principios del siglo pasado, fue rebautizada con el título bush stories, ya sea en una edición soportada únicamente por el sexteto de relatos o bien con el «añadido» de la única novela que Barbara Baynton llegó a publicar, Human Toll (1907). Las dimensiones de esta última equivalen en extensión a los relatos cortos —oriunda de Scone, una población rural situada en Nueva Gales del Sur— compilados por Baynton bajo el genérico bush stories, en los que aflora una firme voluntad por describir una forma de vida de una zona concreta, pero extensible a otros rincones del país oceánico. Óbviamente, la nula familiaridad en nuestro país con el término «bush» hizo inevitable buscar una alternativa lo más “ajustada a derecho” posible, optando por el vocablo «salvaje». De algún modo, semejante alternativa abarca, por una parte, el propio comportamiento de individuos (preferentemente machos) que se mueven por los cauces de un aliento primitivo en el trato con las féminas, y por otra parte, la importancia que cobra en entorno natural virginal, en que una vez se traspasa la divisoria (invisible) que separa el bush del outback si se penetra en un territorio plagado de peligros al albur de la presencia de ofidios y vertebrados de comportamiento, en determinadas circunstancias, nada predecibles.
   En plena vorágine de conflictos amorosos —llegó a casarse hasta en tres ocasiones, de perfiles disímiles cada uno de ellos (Alexander Frater, con una vida sojuzgada por sus desvaríos amorosos, el doctor Thomas Baynton y el Barón Headley)—, ya cumplidos los cuarenta años, Barbara Baynton decidió colocar rumbo a la escritura de historias que gozarían de un tardío reconocimiento en su país de origen, refractarios en primera instancia a dar validez a una visión edificante sobre el being australian de cara a la imagen que debía computar cara al exterior. Tal como relata en el prefacio Adón, la fortuna sonrió a Baynton cuando, de manera fortuita, se cruzó en su camino el influyente crítico literario de la época Edward Garnett, al que D. H. Lawrence agradeció que se involucrara en el proceso editorial de la masterpiece Hijos y amantes (1911). Éste hubiese sido un título pertinente para una suerte de autobiografía de la escritora aussie, pero no llegó a formalizarla. Eso sí, llegó a consignar Estudios de lo salvaje contra viento y marea, en lo que vino a ser una evocación de sus experiencias en suelo australiano ante de emigrar a Gran Bretaña. El suyo sería un camino de «ida y vuelta» constante entre la reina patria para gran parte de los australianos y el país oceánico que, al cabo, reconoció la impronta literaria de Baynton, al punto que bush stories sigue siendo un título de obligada lectura en ámbitos docentes. De la misma se extraen algunas peculiaridades del habla autóctona en aquel periodo a caballo entre el siglo XIX y XX, y de determinados prejuicios raciales y de un modelo patriarcal que por ventura ha ido transformándose en una realidad mucho más igualitaria entre hombres y mujeres. En buena lid, este es uno de los aspectos más reseñables que se pueden extraer de la lectura de una obra escrita por Barbara Baynton, que ganó a la influencia para autoras como la citada Joan Lindsay (1896-1984), Patrick White (1912-1990) —el autor de la excelente Voss (1957), igualmente publicada hace pocas fechas por el sello Impedimenta— o Doris Pillington (1937-2014), cuya pieza literaria Follow the Rabbit Proof-Fence prorroga, en cierta manera, esa mirada sobre la «Australia blanca», próxima a los postulados eugenistas, que servía de eslogan de un país sumido en pleno debate de identidad nacional, y al que la escritora de Nueva Gales del Sur quiso ofrecer su propia perspectiva (nada edulcorada; más bien en sentido contrario) de la realidad.           

domingo, 16 de diciembre de 2012

«LA BUENA NOVELA» de LAURENCE COSSÉ: LA LIBRERÍA DE LA RUE DUPUYTREN O LA EXPRESIÓN DE UNA UTOPÍA


«Y, además, recuerde: en Méribel, durante aquella semana en la que reflexionamos todas las noches sobre la librería de nuestros sueños, llegamos a la conclusión de que, para lograr nuestro objetivo, necesitaríamos una librería así pero inglesa y en Inglaterra, una italiana en Italia, una española, una alemana, con una selección diferente cada vez, centrada en cada ocasión en un área lingüística y en un patrimonio literario particulares, de la misma manera en que en La Buena Novela se privilegia un fondo editorial francófono» expresa Francesca, una de las empleadas de la exquisita librería gala que da nombre a la novela que nos ocupa. Con ello la autora Laurence Cossé (1950, Boulogne-Billancourt) trata de manifestar, en boca de Francesca, la vocación universal de una obra literaria que debía figurar, ya desde su impresión en el país vecino, por derecho propio en la colección de novelas que tributan en el sello Impedimenta. Así, tres años después de su bautizo editorial francés, la pieza literaria de Cossé amplia espacio geográfico al ser traducida a la lengua de Machado por parte de Isabel González-Gallarza, en una nueva apuesta de Impedimenta por dar a conocer obras que sin un cierto sentido de la osadía y de la valentía, dormirían el sueño de los justos en ese Departamento invisible de multitud de editoriales donde se acumulan propuestas sin que nadie ose reparar en las mismas.
   Además de una pieza ociosa para «recolectores» de delicatessens, imbuidos por el arte de la lectura, en el que verbo o el adjetivo preciso produce un «efecto placebo», La Buena Novela razona sobre el territorio de la utopía, en que una idea vaga sobre la necesidad de concentrar en unos centenares de metros cuadrados obras literarias de enjundia lesivas a seguir criterios del gusto de la mayoría de público, acabe germinando y tornándose en un oasis dentro de una cultura en plena fase de desmenbramiento en la sociedad actual, en virtud de un rendimiento económico, por lo general, deficitario. Para construir esta «novela utópica» Cossé orilla el recurso epistolar que había empleado Helen Hanff en 84 Charing Cross Road (1970) —otra novela imprescindible para los amantes de la cultura que buscan refugio en las librerías out-system, que resuman olor a viejo—, dejando que el debate establecido entre librero y cliente quede acotado sumariamente, ya que el motor de la propuesta de la escritora francesa se circunscribe a los hombres y mujeres que hacen posible tamaño sueño. Cierto que resultan tan solo unos pocos —al frente de la intendencia, la citada Francesca Aldo-Valbelli (de linaje aristocrático) e Ivan «Van» Georg (con un pasado turbio a sus espaldas que tuvo en la literatura una pauta «redentora»)—  los que quedan expuestos de cara al público (memorable las páginas que destina Cossé a establecer categorías de hipotéticos clientes), pero representa la punta del iceberg de un operativo en forma de comité de selección, responsable de filtrar los títulos que acaban conformando el patrimonio literario (con claro acento francófono) de La Buena Novela. Bajo criterios que para algunos puede sonar a sinónimo de pretenciosidad, elistismo o pedantería, o sendos calificativos a la vez, la librería parisina se hace visible el último día del mes de agosto de 2004 para acabar quedándose y formar parte de la inmensa red de librerías que siguen abasteciendo al país vecino. Entre los individuos que asoman por la librería de la Rue Dupuytren y que son descritos por Cossé —por lo general, sin reparar en demasía en sus respectivos aspectos físicos; espacio para que la imaginación del lector pueda poner cara, por ejemplo, a la joven Audrey Doudou, que podría ser un trasunto de la actriz de idéntico nombre y con un apellido de una fonética muy cercana—, se cuelan periodistas atraídos por ese fenómeno que, en ciertos casos, tratan de torpedear un proyecto nacido desde el entusiasmo, cuando no devoción, por la «alta literatura». Ataques desde el exterior que son repelidos por ese cuerpo de mando concretado en las personas de Ivan y Francesca, alma matters de una empresa que reside, como apuntaba, en el propósito de la utopía trazado por la pluma de un autora que no tardará, aventuro, a repetir presencia en el catálogo de Impedimenta. Del mismo no dudo que esa librería imaginada perlada de incunables, de obras mayúsculas de la Literatura de alcance internacional con domicilio fiscal en nuestro país (calculo que en casco antiguo de Madrid o en el Eixample barcelonés), extraería decenas de los títulos publicados por Impedimenta. Una empresa que, por ventura, se ha ido consolidando cada vez más en el suelo editorial español, capitaneado por Enrique Redel y operando en la «sombra» ese comité de sabios entre su legión de fieles lectores, que presumo recomiendan títulos leídos en las lenguas más diversas que todavía no han tenido traducción en papel con membrete made in spain. A vuela pluma, en esa soñada librería —émula de La Buena Novela— arraigada en Madrid, Barcelona o en cualquier capital de provincia del estado español, no resultaría ninguna sorpresa encontrar ediciones de La juguetería errante de Gervaise Fenn, Nostalgia de Mircea Cârtâcescu, La hija de Robert Poste de Stella Gibbons, Picnic en Hanging Rock de Joan Lindsay... y a soberbia La Buena Novela de Laurence Cossé. Todas ellas fácilmente distinguibles al tacto por la rugosidad de su cubierta e ilustraciones que sirven de puerta de entrada a un ejercicio de seducción a través del mundo de las palabras que ordenadas de forma conveniente se transforman en un arte tan placentero como la lectura.  

domingo, 5 de diciembre de 2010

EL MISTERIO CENTENARIO DEL MONTE MACEDON: LAS DESAPARICIONES DEL DÍA DE SAN VALENTÍN

El título que encabeza la introducción de la edición de Picnic en Hanging Rock (2010, Editorial Impedimenta), a cargo de Miguel Cane, se reserva a la expresión «Australian Gothic». Un término que más bien suena a música celestial a la hora de contextualizar genéricamente una novela surgida a las antípodas y escrita por una australiana de real abolengo, Joan Lindsay, de soltera Joan Beckett Weingall (1896-1984). Tiempo habrá en el curso de las próximas semanas para extenderme en cinearchivo.com, en forma de artículo, sobre esta pieza literaria en particular de Lindsay y de su adaptación cinematográfica homónima en el debe de Peter Weir. Pero la lectura de Picnic en Hanging Rock —publicada por vez primera en el estado español, con una calidad de edición por parte de Impedimenta digna de resaltar (Enlace a Editorial)— me ha acercado a la personalidad de Joan Lindsay, de quien hasta la fecha tenía una idea bastante vaga del conocimiento de su legado artístico, únicamente ligado a la obra de mi admirado Peter Weir, desde el momento que empezaron a resonar en mis oídos ese «¡Oh, capitán, mi capitán!» en el entorno académico de un college de Nueva Inglaterra en que se levantaría acta de «el club de los poetas muertos». Recuerdo su estreno como un pasaporte para el despertar de mi lado más utópico y que para toda una generación, la que iba quemando sus etapas educativas y encaraba sus compromisos universitarios —o de grado superior, dentro de la denominada Formación Profesional— en el último tercio de los años ochenta, Dead Poets Society (1989) tuvo una significación especial que, en mi caso, alcanzaría a trabajos pretéritos de ese ilustre aussie llamado Peter Weir. Planteada, al igual que El club de los poetas muertos, en un entorno académico restringido para un solo sexo, Picnic en Hanging Rock (1975) dio a Weir una aureola de culto dentro y fuera de su país de origen, que años más tarde refrendaría con La última ola (1978). Sendas historias —la una publicada en 1967; la otra, articulada por el propio Weir, pero únicamente impresa en forma de guión— guardan relación con leyendas aborígenes desde un plano geográfico —el Monte Macedon, sito en la provincia de Victoria, da cobijo a la famosa y, a la par, enigmática Hanging Rock— o abstracto —la hipnótica The Last Wave—, que asimismo interactúa con una fenomenología climatológica que no encuentra asidero en esa realidad de la que somos capaces de interpretar.
Por muchas razones, la novela Picnic en Hanging Rock desde la fecha de su publicación tuvo todos los pronunciamentos para erigirse en una obra de culto en el espacio de un país esquivo a propuestas editoriales formuladas sobre un sustrato gótico, que buscaran tender puentes con la tradición literaria proveniente de la Inglaterra victoriana. Empero, la influencia continental de Picnic en Hanging Rock vendría dada por dos caminos que, en cierto modo convergerían a la hora de construir algunas de las obras magnas fechadas en Europa: el aliento gótico en la narración de los acontecimientos, presentando personajes con distintas aristas y dando forma a ese colegio de exclusivo para féminas con un fondo más sombrío que su inmaculada presencia (incluso el personaje de la Srta. Appleyard tiene un extraño semblante con la ama de llaves de Rebeca de Daphne du Maurier), y la concepción epistolar que gana terreno en el desarrollo de los capítulos finales del libro urdido por Lady Lindsay. Quizás todo ello hubiera caído en saco roto si Lindsay no hubiera tenido la audacia de jugar al equívoco cuando se la preguntaba, aun con mayor insistencia al calor del estreno del film Picnic en Hanging Rock, sobre la veracidad de los hechos acontecidos en aquel soleado 12 de marzo de 1900 en Hanging Rock, que trajo consigo, al atardecer de ese mismo día, la desaparición de tres de las adolescentes estudiantes y una de sus tutoras del exclusivo colegio Appleyard. Lindsay siempre abogó por una actitud ambigua, en una tentativa por preservar el misterio que se llevaría consigo a la tumba en 1984. Tras leer determinados escritos que teorizan a favor o en contra sobre el poso de verdad en relación a los hechos relatados en la obra de Lindsay y su posterior transcripción en imágenes, para un servidor, el misterio aún se agudiza. Pero, al cabo de visionar el documental Hanging Rock... en 1900 (1975), que acompaña la excelente edición de la película en el debe de Avalon, una septuagenaria Joan Lindsay, que se mueve con soltura por el set de la producción, departiendo amistosamente con un joven Weir, a preguntas de una entrevistadora, manifiesta: «No la ví por primera vez en 1900, pero tampoco mucho después. Creo que tenía como tres años, la primera vez que la ví. Y me impresionó muchísimo. La última vez que la vi, fue hace cinco años, creo. Antes que construyeran tanto por desgracia. Pero para mí, gracias a Dios, tiene la misma magia». Si seguimos el dictado de sus recuerdos, Joan Beckett —como así se llamaba por aquel entonces— visitó la «Roca Colgante» en 1900, para una sesentena de años más tarde abordar una historia que aun hoy en día desconocemos sobre la base de realidad de la que se valdría. Quizás, Lady Lindsay la abordara en ese periodo donde los relojes se paran, perdiendo la noción del tiempo y de la realidad... Mientras seguimos deshojando la margarita sobre si se trata de una ficción asentada en elementos reales o un aconcecimiento veraz ficcionado, cabe observar la trayectoria literaria (dejando la pictórica, que la cultivó durante decenios) de Lindsay, si tomamos una orientación cronológica, como un tránsito de la edad madura —aquella que alimentaría una mirada hacia sus propias experiencias en los años posteriores a consagrarse en matrimonio (no por casualidad, el día de San Valentín, pero de 1922) con el pintor Daryl Lindsay , a la sazón Director de la National Gallery de Sydney —en Time Without Clocks (1962)— hasta la descripción de un universo típicamente infantil en su última obra publicada —Syd Experience (1983)—, pasando inexorablemente por Picnic en Hanging Rock, la novela que la llamaría a la posterioridad y de la que supo preservar un misterio ya centenario...