Mostrando entradas con la etiqueta ARTUR MAS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ARTUR MAS. Mostrar todas las entradas

domingo, 7 de enero de 2018

PASAPORTE A TABARNIA: CATALUNYA BAJO EL «REINADO» DE LA EALING

Presumiblemente, para la práctica totalidad de los residentes en la Ciudad Condal pasó desapercibida la noticia que los Cines Verdi proyectaban un ciclo bajo el genérico So British! en el verano de 2015. Ocioso de poder contemplar en la gran pantalla uno de esos títulos caros a “perpetuarse” en el cargo de clásico por razones que van más allá de lo estrictamente cinematográfico, acudí a la cita de la proyección de Passport to Pimlico (1948), incluido en el miniciclo compuesto por otros títulos más conocidos por parte del aficionado al Séptimo Arte y del cine británico en particular. A la salida de la proyección recorrí las estrechas calles de Gràcia mientras daba rienda suelta a la imaginación en torno a la posibilidad que el popular barrio barcelonés —a imagen y semejanza de lo que ocurre en la cinta auspiciada por la Ealing— se segregara del resto de la Ciudad Condal una vez encontrado en uno de sus refugios —creados a tal efecto durante la Guerra Civil Española— un tesoro que revelara su pertenencia a un ducado europeo que se remontara al periodo medieval. Meses después de asistir a aquella proyección el espejismo que se había dibujado en mi mente parecía depositarse sobre la realidad de mis conciudadanos, pero ampliando el foco geográfico verbigracia de una renovada ofensiva (en fase creciente) del independentismo catalán por segregarse del estado español con motivo de las elecciones autonómicas celebradas en diciembre de ese mismo año. A las puertas de la formación de un nuevo gobierno, el rey Artur Mas sería destronado por imperativo de un partido anticapitalista —la CUP— con especial arraigo en el barrio de Gràcia que prestaría sus votos a Junts Pel Sí (la suma de CIU y Esquerra Republicana de Catalunya) en la investidura con la condición sine qua non de que fuera elegido President de la Generalitat un candidato libre de polvo y paja de cualquier asunto de corrupción y que diera un perfil netamente independentista. De aquel (semi)desconocido para muchos de nosotros para ocupar el máximo cargo institucional de Catalunya en poco más de dos años ha pasado a ser una de las figuras políticas más populares del territorio español y asimismo de distintas plazas europeas, sobre todo Bélgica. Su nombre: Carles Puigdemont, de cuya peripecia por llegar a la capital belga en la madrugada del día 19 de octubre no se ocuparán los libros de Historia sino que podría formar parte perfectamente de esa crónica del escapismo hispano de personajes con el hábito puesto de político, de confidente o de director de la Benemérita, entre otras nobles profesiones. En el trayecto realizado probablemente en automóvil o automóviles que cubre la distancia entre una localidad cercana a Girona —Sant Julià de Ramis, residencia habitual de los Puigdemont— y Bruselas, hubiera podido pasar por Dijon, la capital de la Borgoña, otrora ducado al que la fértil imaginación de T. B. E. Clarke —el guionista de Passport to Pimlico— recurrió para elaborar la premisa en que el barrio londinense, fruto del tesoro encontrado en su subsuelo tras explosionar una bomba, activa la maquinaria jurídica para segregarse del resto de Londres.
    Cumplido un par de años de aquella cita electoral con aroma de plebiscito a favor de la convocatoria de un referéndum por la independencia de Catalunya —así lo planteó el conglomerado Junts pel Sí de común acuerdo con la CUP—, ha empezado a arraigar la construcción de una nueva nación, Tabarnia (neologismo surgido a partir de los nombres de Tarragona y Barcelona, el extenso territorio al que pertenecen algunas de las comarcas más ricas e industrializadas) a modo de réplica y/o antídoto a las ínfulas de la confección de una República sustentada por los votos registrados en las urnas el pasado 21 de diciembre de 2017 pertenecientes a PdeCat —la antigua CIU tutelada por Carles Puigdemont en su destierro belga—, ERC y la CUP. Desde que la propuesta empezó a prender por las redes sociales, algunos tertulianos han querido trazar paralelismos con el concepto "berlangiano" al referirse a Tabarnia. Pero para un servidor el rescate de Tabarnia me devuelve al pensamiento el contenido de la cinta dirigida por Henry Cornelius, que reserva sus primeros fotogramas a la visión de Pimlico bajo unas condiciones metereológicas que invitan a tomar el sol en las terrazas a sus lugareños. Una vez cubierto la casi totalidad de su metraje —cercano a la hora y media—, el barrio de marras se viste del gris habitual de la ciudad londinense, a modo de alegoría en torno a ese anhelo independentista de la mayoría de habitantes de Pimlico que no llega a cristalizar. Siguiendo el hilo de ese juego alegórico, tras esa Catalunya sometida a los rigores del verano en 2017, en que muchos independentistas parecían advertir con mayor nitidez el efecto de una sonrisa marcada en sus rostros ante la posibilidad de acariciar un anhelo soberanista, los nubarrones se ciernen sobre el cielo del Noreste del estado español con la llegada del invierno. Una estación que ahuyenta a la convocatoria masiva de manifestaciones y sobre todo encuentra en Tabarnia (una iniciativa por recuperar las antiguas reivindicaciones del condado de Barcelona en aras a crear una nueva autonomía integrada en el estado español) una genialidad que coloca frente al espejo el grueso del argumentario por el que los independentistas quieren segregarse del estado español. Lo hace, como diría Joan Tardà  —destacado miembro de la cúpula dirigente de ERC—, a modo de letanía, «de manera tranquila, pacífica y democrática», pero con el añadido de un sesgo humorístico con domicilio fiscal en otro barrio londinense, el de Ealing. Un ejemplo paradigmático de como a veces la inventiva sirve mejor al propósito para combatir determinados argumentarios. Solo hace falta acudir a los libros de Historia y esgrimir una dialéctica que coloque contra las cuerdas esos razonamientos independentistas que se han ido nutriendo en sus filas a conversos debido a una política errática de represión por parte del gobierno que preside (para nuestra desgracia) Mariano Rajoy y Brey.  


miércoles, 5 de julio de 2017

«EL VIENTO Y EL LEÓN»: EN EL «CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS» DEL INDEPENDENTISMO CATALÁN

Presumiblemente, para todos aquellos desconocedores de las peculiaridades de Catalunya se pueden llegar a formar la imagen mental que algo más de la mitad de sus habitantes con mayoría de edad se mira frente al espejo cada día del año con el deseo expreso que, a partir de la fecha fijada para un eventual referéndum a celebrar el 1 de octubre de 2017, el anhelo independentista se cumplirá y con ello atravesaremos esa línea de sombra, la correspondiente a una nación oprimida por el estado español que suelta amarras y crea su ideal de república equiparable en su fundamento orgánico a una democracia moderna propia del siglo XXI, similar a la de países del continente europeo (elevando la mirada hacia el norte) como Dinamarca, Holanda o Suecia. Desde la lejanía, sin haber pisado el territorio y conocer a sus gentes más que para cubrir un periodo vacacional, se puede tener la presunción que esa mitad de la población catalana que daría apoyo a la independencia en las urnas hablan y piensan en catalán, asisten a aplecs de cultura popular, en la lista de selecciones musicales de plataformas como spotify no para de sonar Sopa de cabra, Els Pets, Glaucs o Antònia Font, consumen literatura de Salvador Espriu, Julià de Jòdar  o Ausiàs March, o escogen sistemáticamente la versión en catalán frente al castellano cuando acuden a ver una película en salas comerciales. Empero, con conocimiento de causa un servidor podría argumentar que nada más lejos de la realidad de la existencia de este mundo ideal se corrige al noreste de la península ibérica haciendo frontera con Francia y bañada la integridad de su costa por el Mar Mediterráneo. Para nada Catalunya representa un oasis de excepcionalidad en muchas materias (incluida la cultural más allá de lo netamente folclórico) dentro del contexto de la realidad del estado español. Ahora bien, la maquinaria independentista sigue siendo capaz de fabricar un relato que lleva a la creencia que todos los males que padecemos tendrán su preceptiva panacea al bañarnos en las aguas cristalinas de un ideal de república ya liberada del yugo opresor del estado español. En esa corriente de opinión bombarbeada por tierra, mar y aire por medios de comunicación afines, arrecia con fuerza el viento de tramontana proveniente de Girona, a todas luces, el feudo de ese independentismo mórbido que ha encontrado en Carles Puigdemont –ex edil de la capital gerundense— una especie de figura mesiánica que ruge como un león cuando exhorta a sus audiencias con sus discursos en que trata de dibujar en el aire la imagen de ese enemigo llamado estado español. Así pues, el PP (Partido Popular) alojado en el gobierno desde 2012 con algún que otro “contratiempo” deviene el combustible perfecto para retroalimentar a las hordas independentistas. Sin ese fuelle en forma de visualización del Mal, del enemigo con el rostro carcomido por la corrupción del PP, saben de puertas para adentro la cúpula de Junts pel Sí (la suma del Pdcat y ERC) que la fortaleza de su discurso se resquebrejaría por todos lados. Solo así se entiende que el Pdcat (Partido Demócrata de Catalunya) pague con su abstención o su voto favorable en el Congreso de los Diputados en asuntos como el techo de gasto presupuestario o el CETA la continuidad del PP al frente del gobierno. Mientras tanto, en un gesto de pura hipocresía, ERC (Esquerra Republicana de Catalunya) se coloca de perfil y acepta pulpo (esto es, Pdcat) como animal de compañía.  
    A modo de sugerencia, para todos aquellos que elevan a los altares del liderazgo político –eclipsando incluso a su predecesor Artur Mas— de Carles Puigdemont un título de carácter alegórico para un hipotético documental presto a glosar su importancia en el contexto sociopolítico que vivimos en la actualidad, podría ser el de El viento y el león, calcado al utilizado por John Milius para una de sus piezas maestras. El cineasta oriundo de Missouri emplazaría la cámara (parcialmente) en el sur de España para rodar una producción estadounidense cuyo estreno en nuestras carteleras se dio cita en la antesala del fallecimiento del caudillo Francisco Franco. Muerto el dictador, muerta la dictadura. Estos días se cumplen cuarenta años desde las primeras elecciones legislativas en el estado español. En esa frontera temporal se sitúa el denominado “desafío independentista catalán”. Siguiendo el hilo de los títulos que pueblan la filmografía de John Milius (indistintamente en su faceta de director y guionista), Junts pel Sí y la CUP (el contrapeso en forma de partido “antisistema”) se conjuran para decir Adiós al rey (Felipe VI de España) y aguardan a El gran miércoles (el día 4 de octubre) para proclamar la independencia de Catalunya de manera unilateral (faltaría más) si las urnas emiten un sí rotundo o incluso con matices. Pero más bien me temo que ese escenario no se dará el 1 de octubre de 2017 y los radicales de la CUP se empeñarán en inflamar las calles para dejar constancia de la posibilidad de un amanecer rojo. Ante la opresión del estado que hace valer la legalidad, cabe un Apocalypse Now pensarán para sus adentros el sector más radicalizado de la CUP que desoye las consignas de Junts pel Sí, más focalizados en una noción de performance sin atisbo de actos vandálicos. Milius encontró inspiración en El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad para dar forma al guión de Apocalypse Now. En ese corazón de las tinieblas (alegórico) es donde habita Carles Puigdemont enfundado en el traje del coronel Kurtz, viviendo su particular matrix, ajeno a una realidad mundial que dibuja un panorama de retos de primer orden, entre otros, el del cambio climático, el inexorable avance del yihadismo (a modo de hidra del Mal) o la pervivencia de los paraísos fiscales, puerta de entrada (trasera) del lavado de dinero negro o de asuntos que competen a la corrupción y/o al crimen organizado. Al lado de Puigdemont se ubica Oriol Junqueras, cuya sonrisa bobalicona muestra mientras hace aspavientos con las manos para dar cuerda a su discurso que solo conoce de cifras (la pela és la pela), me recuerda a la encarnación en pantalla del fotoperiodista con los rasgos propios de Dennis Hopper en la libérrima versión del clásico de Conrad. La cara amable de esa corte en cuyo santuario resuenan en sus paredes interiores un grito seco con acento de Girona, en que se repite casi como una letanía: «¡el horror!, ¡el horror!». En la mente de Puigdemont parece visualizarse la entrada de tanques por la avinguda Diagonal de la Ciudad Condal con María Dolores de Cospedal, ataviada de uniforme color caqui, presidiendo esas maniobras en la víspera del 1-O, el “día D” para un frente independentista que definitivamente desde hace tiempo ha entrado en un cul-de-sac. Para buscar la salida quizás mejor apelar al seny (que para un servidor se corresponde con un amplio sector de Catalunya Sí que es Pot; algún día espero que Xavier Domènech sea President de la Generalitat de Catalunya) más que la rauxa.   

domingo, 10 de enero de 2016

EL HUEVO DE LA SERPIENTE EN LA CATALUNYA DEL SIGLO XXI: UN NEOFASCISMO CAMUFLADO DE INDEPENDENTISMO

A mediados los años setenta, impelido por cuestiones de orden fiscal, Ingmar Bergman abandonaría temporalmente su país natal, Suecia —escenario de la treintena de largometrajes que había filmado hasta entonces—, para rodar Das Schlangenener / The Serpent’s Egg en la extinta Alemania del Este a partir de un guión propio. Presumiblemente no sea uno de los títulos más conocidos de la vasta filmografía de Bergman, pero a mi juicio sí uno de los más interesantes porque coloca el foco sobre la realidad de los años veinte en la Alemania de la República del Weimar, allí donde se fermentaría el caldo de cultivo del nazismo a través de una propuesta que, como lleva implícito su propio título, adopta un componente alegórico-metafórico de verdadero calado. Estrenada en nuestro país a las puertas de aprobarse la Constitución Española vía referéndum —julio de 1978—, su repercusión fue puntual y nunca llegó a adquirir el rango de clásico de la cinematografía europea por razones que se me escapan. Lo que sí parece fuera de toda duda es que la expresión metafórica «el huevo de la serpiente» hizo fortuna, siendo acuñada por la clase periodística para titular artículos en torno al auge de movimientos de sesgo totalitario preferentemente registrados en el viejo continente. Incluso la literatura adoptaría la expresión El huevo de la serpiente como título, por ejemplo, en la obra de Eugeni Xammar publicada por Editorial Acantilado en 2005, quien conocería de primera mano la realidad de la Alemania de los años veinte, coincidiendo en aquel periodo con Josep Pla en Berlín debido a su condición de corresponsal de La publicitat. Xammar y Pla constatarían que ese discurso desbocado hacia el totalitarismo en la voz de Adolf Hitler —a quien llegó a entrevistar el primero— tuvo en la asfixia económica producto de una inflación creciente uno de los principales argumentos para que infinidad de ciudadanos acabaran “comprándolo”.
    Transcurridos casi cuarenta años desde el estreno de El huevo de la serpiente, este término obtiene para un servidor una pertinente aplicación en la realidad de la Catalunya del siglo XXI, en razón de esa vena totalitarista que recorre el cuerpo de un independentismo que se sabe fuerte cuando identifica al enemigo. Pero ese enemigo ha dejado de ser en exclusiva el gobierno del Partido Popular (PP) incapaz de dar su brazo a torcer en relación a las demandas de carácter económico (léase recaudatorio) provenientes del gobierno catalán liderado por Artur Mas. Ahora, el enemigo está en todas partes y cabe combatirlo con la artillería propia de los que se sienten fuertes porque el independentismo es un valor en alza en esa bolsa imaginaria donde todo se mide en términos de dinero, de balances fiscales, de dividendos económicos, etc. El 9 de enero de 2016 será la fecha que quede grabada para muchos de los catalanes conforme a ese punto de inflexión que adopta la forma del huevo de la serpiente, aquel capaz de incendiar las redes sociales con insultos y descalificaciones por parte de ese sector independentista que se sabe victorioso porque en el Parlament tendrá una mayoría de representantes (léase diputados) a favor del proceso de “desconexión” del estado español. En esos escritos dictados con el corazón caliente sale el verdadero fascista que llevan dentro, proyectando insultos como el de “viejo” a aquel como Lluís Rabell —con una amplia trayectoria a sus espaldas en la lucha en defensa de las clases más desfavorecidas, y que fue candidato por Catalunya Sí que es pot en los pasados comicios autonómicos convertidos por la formación Junts pel sí en un plebiscito cuyo resultado no arrojaría una mayoría de votos a favor de la independencia— simplemente expresó una verdad como un puño: el nuevo President de la Generalitat de Catalunya, Carles Puigdemont, es un “testaferro” de Artur Mas. Una decisión adoptada in extremis por Artur Mas, sabedor que si se convocaban elecciones en marzo de 2016 el independentismo sufriría un considerable retroceso, entre otros factores, merced a la irrupción de Podemos en el estado español —situada como tercera fuerza en las elecciones generales celebradas el 20 de diciembre de 2015, a escasa distancia en número de votos del segundo, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE)—, plasmando en su programa un referéndum a celebrar al corto plazo que desbarata los planes marcados en la hoja de ruta de Junts pel Sí, esto es, Convergència Democràtica (CD) y Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), con el auxilio de las plataformas sociales que los arropan. Así pues, se daba por cumplida la finalidad de imbestir un Presidente que apueste por seguir la hoja de ruta del independentismo gracias a dos votos a favor de miembros de la CUP (un partido de sesgo asambleario, anticapitalista y que plantea en su programa la salida de Catalunya del Euro) después de tres meses de “negocaciones” más propias de un sainete o de un argumento de una película de Luis G. Berlanga (buen conocedor del territorio). Una maniobra que para esos totalitaristas con la piel de cordero de independentistas que se mueven como pez en el agua en el éter de internet ha sido poco menos que dar cumplimiento a una aspiración altamente deseada. Y en esa lectura, Mas ha sido el “sacrificado”, el Presidente que pasará a la historia por su acto “heroico”. Pero difícilmente Mas se resistirá a abandonar la política con apenas sesenta años cumplidos. Como expresa Richard Hughes en el título de la primera obra de su trilogía inconclusa, Mas es el zorro en el ático que aguardará su momento para ser saludado por muchos el referente inexcusable capaz de dar carta de naturaleza al independentismo en Catalunya. Será entonces cuando la serpiente rompa su frágil cascarón. Vacua ilusión a mi entender porque afortunadamente el seny se acabará imponiendo al totalitarismo disfrazado de independentismo, solo representativo de una parte de la sociedad catalana con sede en Girona, la ciudad donde ha ocupado en los últimos años el puesto de alcalde Carles Puigdemont. En virtud de su fugaz paso por la Presidencia de la Generalitat, la existencia de Puigdemont bien podría tildarse «De la vida de las marionetas»... precisamente el título de la segunda y última producción dirigida por Bergman alejado de los dominios de su Suecia natal.      


viernes, 11 de diciembre de 2015

¿POR QUÉ VOTARÉ A PODEMOS EL 20-D?: DEL MINUTO «DE GRACIA» A LA LEGISLATURA «DE GRACIA»

7 de diciembre de 2015. De regreso de un largo semana en Carcassone, conocida por su ciudad amurallada situada en un promontorio cercano al núcleo urbano, al poco de cruzar en automóvil la frontera francoespañola, hicimos un alto en el camino en la Jonquera, a pie de autopista. A pesar de los atentados acaecidos en París que habían conmocionado a la sociedad francesa semanas antes, no parecía advertirse un incremento de la policía aduanera al paso por territorio español y, una vez cubiertos unos cuantos kilómetros, el puesto de descanso registraba en un lunes festivo muy poca actividad. Mientras mi mujer Esther y mi cuñada Silvia trataban de recuperar el apetito a base de ensaladas, me abstuve de ingerir alimento alguno y me interesé por ver el debate a cuatro programado por Atresmedia en distintos canales y emisoras. Situadas en una de las paredes que revisten el self service donde entramos, dos pantallas de televisión parecían concitar a una cinefilia invisible (Paramount Channel hacía su enésima referencia a un mundo en armas a través de una película protagonizada por Charlton Heston). Sugerí que cambiaran de canal con el ánimo de ver un programa largamente anunciado. Debía hacer algún comentario para mí mismo que las antenas de la mujer de la limpieza que actuaba por esa zona del self service donde me encontraba se subió rauda al carro de las ilusiones, viendo reflejado esa luz en sus ojos cuando hablaba que su voto sería a favor de Podemos, al tiempo que la mirada del encargado de sala parecía dirigirnos alguna suerte de letanía (anuncio de una reprimenda que quedaría fuera de campo para un servidor). En un punto intermedio, se situaba una mujer de mediana edad que se ocupaba de servir los platos, firme en su postura de comentar que todos los políticos cuando tocan poder se convierten en lo mismo y, por consiguiente, se desapuntaba a la hora de votar el próximo 20 de diciembre. 
 Al regresar sobre la carretera, aquella minúscula anécdota me reafirmó en la idea que Podemos ha despertado renovadas esperanzas para la base de un país que ha experimentado un grave retroceso en el último lustro en materia educativa, social, económica, sanitaria, cultural, etc. Cuando volví a tomar tierra mis pensamientos sintonizaron con ese debate a cuatro, pero me batí en retirada sin saber el contenido de ese “minuto de oro” reservado a cada uno de los participantes. Al día siguiente, entré en Youtube y me recreé en ese minuto reservado a Pablo Iglesias, en un speech que fue todo un prodigio de capacidad de síntesis de las razones del porqué votar a Podemos. Un discurso final exento de mácula, en que Iglesias colocaba en el muro de la vergüenza, casi como si se trataran de postifs, un rosario de actos punibles, denunciables amparados por el gobierno del PP (Partido Popular) con el ausente (en el debate) Mariano Rajoy al frente de la presidencia. En contraposición, la invitación a esbozar una sonrisa (la misma que parecía dibujar de manera profética la humilde trabajadora de la limpieza con la que intercambié unas palabras la noche anterior) por parte de esas clases bajas y medias si soplaban aires de cambio en vísperas de Navidad me llevó al convencimiento que Iglesias, en esa formulación dual, había dado en la diana en poco menos de un minuto “de gracia”. Esos aires de cambio parejos a los que habían soplado, de norte a sur, de este a oeste, en el territorio español a principios de los años ochenta de la mano de un PSOE (Partido Socialista Obrero Español) con Felipe González en su punta de lanza. A lo largo de las últimas décadas del siglo XX y en el arranque del nuevo milenio los logros del PSOE han sido incuestionables, pero resulta más que evidente que han sido incapaces muchos de sus dirigentes por combatir una corrupción enquistada en sus órganos de gobierno, sobre todo allí donde se sigue localizando uno de sus principales graneros de voto, en la comunidad andaluza. Asimismo, los desvaríos verbales, entre otros, del que había sido el vicepresidente del Gobierno, Alfonso Guerra, en relación al Estatut de Catalunya aprobado a mediados de la década pasada por el Parlament, contribuyeron a abrir la caja de Pandora en forma de un independentismo que ha ido haciéndose fuerte en los últimos tiempos. Momento más que oportuno para que Artur Mas, el líder de la extinta Convergència i Unió, aprovechara la circunstancia para levantar una cortina de humo y así tratar de tapar la puerta de entrada de ese avispero de corrupción localizado en el seno de un partido que acabaría escindiéndose en el verano de 2015, en la antesala de las elecciones autonómicas con marchamo plebiscitario verbigracia de la formación/agrupación de nuevo cuño Junts Pel sí (la suma de distintas plataformas sociales, ERC i Convergència Democrática). Tratando de recomponer la figura, el PSOE ha escogido a Pedro Sánchez como su frontman para aspirar a ganar las elecciones el 20-D. Una vez puesto en evidencia frente a alguien mucho más preparado que él como es Pablo Iglesias en el debate a cuatro, con las expectativas de voto en franco declive el PSOE ha movilizado a barones y ex presidentes para contrarrestar el avance inexorable de Podemos, el partido que representa para un servidor lo mejor de aquel partido socialista —al que confié el voto al estrenar mi mayoría de edad hasta 2012, con algún que otro voto en blanco en forma de “castigo” por los asuntos de corrupción que salpicarían a algunos representantes de su cúpula y a cuadros intermedios— guiado por la dupla González-Guerra. Ahora, esa guardia pretoriana del PSOE de los años ochenta y noventa, lejos de entender la realidad de la cosas con un partido emergente que ha sabido aglutinar una ilusión, armando un discurso dictado por el sentido común (el menos común de los sentidos, dicho sea de paso) y con un claro objetivo por “rescatar” a las personas más necesitadas y dejar de que el gobierno de turno sea, entre otras cuestiones, la correa de transmisión para los intereses de una élite económica y financiera, arremete contra el partido liderado por Pablo Iglesias con una artillería de despropósitos que quizás alcance para ser recogida con entusiasmo por un sector de la población. Pero, intuyo, que gran parte de los votantes de izquierda —una etiqueta que personalmente no me entusiasma pero resulta orientativa al respecto— y aquellos instalados en el abstencionismo sine die empiezan a mirar un horizonte con esperanza gracias a una formación llamada Podemos, enraizada en la sociedad civil, a la que daré mi voto el próximo 20-D. Cada una de las palabras, frases expresadas por Pablo Iglesias el pasado 7 de diciembre en los estudios de Atresmedia en Madrid las suscribo a pies juntillas. Un minuto "de gracia" que esperemos se convierta en una legislatura "de gracia” con Podemos encabezando un gobierno del que nos podamos sentir orgullosos fuera y dentro de nuestro propio territorio. Podemos.

viernes, 26 de diciembre de 2014

ALGUIEN VOLÓ SOBRE EL NIDO DE PODEMOS

Mañana del 21 de diciembre de 2014. Recién cumplido mi cuarenta y siete aniversario me enfrentaba a la asistencia del primer mítin de mi vida después de casi medio siglo de existencia. La formación Podemos ha obrado este pequeño “milagro” en el fuero interno de un servidor alejado de los fastos (pre)electoralistas de unos partidos en que los unos tratan de “rendir cuentas” para con sus votantes y los otros tratan de enmendar la plana a los que han tocado poder. En el pabellón de la Vall d’Hebrón de Barcelona se concentrarían unas tres mil personas en su interior y algo más de un par de miles en sus aledaños durante un mítin que apenas duró una hora. En todo caso, tiempo suficiente para que la dialéctica de Pablo Iglesias prendiera en el ánimo de los asistentes al acto, en razón de un discurso perfectamente trabado que trataba de mantener una actitud equidistante frente al poder que representa Convergencia i Unió (CIU) y el Partido Popular (PP) en Barcelona y Madrid, respectivamente. En la primera hilera de las sillas habilitadas para la prensa reconocí, entre otros, los rostros de Joan Tardà d’ Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) y Ricard Gomà d’Iniciativa per Catalunya Verds (IU), también Teniente de Alcalde por el Ayuntamiento de Barcelona. Demasiado confiados estuvieron los organizadores del acto de que ese espacio reservado a la prensa se llenaría a las primeras de cambio, pero no fue así al punto que un servidor y mi pareja, Esther Solías, nos pudimos sentar en las cercanías de un escenario parejo en sus medidas a las de un cuadrilátero. Sobre la lona del Pabelló de la Vall d’Hebrón Pablo Iglesias no tenía más que un adversario ficticio; su punch dialéctico arremetió contra el stablishment, pero también lanzó algún recado para la CUP (un abrazo con carga de simbolismo entre su líder David Fernández y Artur Mas, al calor de los logros cosechados durante la jornada del 9-N, en pro de una Catalunya independiente) que el propio interesado recogió el guante en las redes sociales con elegancia matizada en los días subsiguientes con un sentimiento de decepción. No en vano, la CUP y Podemos preservan en su «ADN» una similar visión en la lucha por los derechos sociales del pueblo, pero mientras el partido en el que milita Fernández persigue unas señas identitarias en el territorio catalán, Podemos abunda en la necesidad de trabar un discurso integrador de la realidad de distintas naciones en una misma. Fuera de esa referencia, acaso un tanto malintencionada de Iglesias (algo que hubiera podido ahorrarse, en verdad), gran parte de su discurso lo hubieran suscrito los representantes catalanes de los partidos de la izquierda que se situaban a pie de escenario/cuadrilátero, sobre todo cuando hizo referencia a las desigualdades sociales registradas en la propia Ciudad Condal, enfrentando la realidad de Sarrià (feudo, dicho sea de paso, de la mansión de la familia de la Infanta Cristina, actualmente desterrada a Suiza por la divina providencia de una implacable justicia) con la de Ciudad Meridiana, bautizada de un tiempo a esta parte Villa Desahucio para escarnio de un Partido Popular, en connivencia con los bancos, que ampara estas políticas que atentan contra la dignidad de las personas. En ese punto del mítin, los colectivos por los afectados de la Hipoteca (la PAH), algunos de los ellos situados a nuestras espaldas, arrancaron en aplausos y vítores hacia la figura mesiánica de Pablo Iglesias, quien había llevado el mensaje a la tierra santa catalana que el cambio dependía de la voluntad de un pueblo que debería ser dueño de su destino, sopena que el bipartidismo siga amparando un status quo invadido de corrupción, en que los unos se tapan las vergüenzas a los otros. Brillante orador (no leyó ni una sola línea que hubiera podido haber anotado en la previa en algún papel y guardado en uno de los bolsillos de sus jeans), Iglesias tuvo tiempo para hacer una nota culta al referirse a las novelas de Pepe Carvallo, escritas por Manuel Vázquez Montalbán, que para muchos españoles no nacidos en Catalunya constituye una mirada a la realidad de “otra” Barcelona, la afincada en el Barrio Chino en los años sesenta y setenta. Un periodo temporal donde asimismo hizo fortuna el nombre de otro escritor, Ken Kesey, autor de Alguien voló sobre el nido del cuco (1962), cuyo contenido establece una conexión directa con la realidad de nuestro país en la segunda década del siglo XXI. En su sentido alegórico, Pablo Iglesias viene a postularse el Randle Patrick McMurphy de la ficción literaria de Kesey, en ese mundo donde Mariano Rajoy (el equivalente a la enfermera Ratched) gobierna una realidad a golpe de píldoras que tratan de hacernos creer una realidad inexistente. Cuerpos somatizados que deambulan por el espacio de la mentira, del mantra del peligro que representa la fuerza de Podemos para la viabilidad de un país como España. A todos los que hemos apostado por Podemos nos llaman ilusos, ingenuos y demás calificativos que me ahorro reproducir. Siguiendo el dictado del título de otra de las novelas de Ken Kesey, A veces, un gran impulso llama a la puerta del despertar de nuestras conciencias aletargadas durante tanto tiempo en una idea de bipartidismo, sinónimo de estabilidad social, política, financiera y económica (Mariano Rajoy dixit). De A veces, un gran impulso (1964) se hizo una adaptación cinematográfica que llevaría por título Casta invencible para su estreno en el estado español. Un título que, en esencia, rebate una de las máximas de los front (wo)men de Podemos, dispuestos a combatir a la casta en tantos cuadriláteros habilitados para la oratoria desde donde sea posible de aquí al otoño de 2015. Mientras tanto, alguien nacido en Barcelona en diciembre de 1967 seguirá volando sobre el nido de Podemos con la mirada puesta en alimentar una idea de cambio que cubra un manto de esperanza en aras a una mayor justicia social.

jueves, 6 de noviembre de 2014

LA CONCIENCIA ECOLÓGICA DEL PLANETA TIERRA: LA MÁS SALUDABLE REIVINDICACIÓN IDENTITARIA

Hace unos meses mi mujer Esther y un servidor íbamos en automóvil por las calles de una localidad próxima al área metropolitana de Barcelona. Desde la distancia observé un rostro “familiar” (por sus apariciones televisivas), el de Joan Tardà, ofreciendo un mítin en una plaza del municipio barcelonés. Disponíamos de un cierto margen de tiempo, así que decidimos apearnos del coche y escucharlo en una plaza pública. Al final de su intervención, el público asistente —no superior a las cuarenta personas, incluida la representación local de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC)—  iba realizando una serie de preguntas a Joan Tardà. Entonces, decidí levantar la mano y más que una pregunta en concreto le hice una exposición personal de cómo veía el horizonte de la consulta electoral del 9 de noviembre. Básicamente, esgrimí el error de estrategia que suponía celebrar una consulta aún a sabiendas del muro de la negación que colocaría el partido en el gobierno del estado español, esto es, el Partido Popular (PP). Además, la cercanía con el referéndum de Escocia, que tenía todos los visos de perder (como así fue, aunque con un resultado más ajustado de lo que vaticinaban los sondeos encargados por el gobierno de David Cameron), podría tener una cierta incidencia en el ánimo del electorado, calando en un porcentaje de la población que pasaría a desmovilizarse. Razoné que la mejor solución sería plantear una consulta cuando los vientos fueran más favorables, ya con el PP despojado de la mayoría absoluta que había obtenido a finales de 2011, y en serias dificultados de gobernar si no llegara a acuerdos con otros partidos del arco parlamentario. En ese nuevo escenario, la entrada de Podemos, aventuré, sería clave, dando la ecuación resultante de los comicios de 2015 un número de partidos que, a buen seguro, variarían 180 º la estrategia del inmovilismo practicada por la Administración Mariano Rajoy. Tardà escuchó con atención y, en cierta manera, entendió el fondo del mensaje lanzado por un humilde ciudadano que trata de razonar por sí mismo. A partir de este punto, mantuvimos un intercambio de opiniones hasta llegar a la conclusión de un acto que supuso para Tardà tomar la temperatura de los habitantes de una población integrada en lo que, a efectos de política catalana, se denomina del "Cinturón Rojo del socialismo" y, por consiguiente, un territorio dónde el sentimiento independentista no ha calado con la fuerza e intensidad de otros rincones de Catalunya. Casi seis meses después de aquel encuentro, huelga decir que el tiempo me ha dado, en cierta medida, la razón. El CIS acaba de publicar una encuesta que sitúa a Podemos como primera fuerza en intención de voto de cara a las presumibles elecciones de otoño de 2015. Los diversos recursos presentados por el PP al Tribunal Constitucional han llevado a la Administración Artur Mas a rebajar las expectativas de la consulta, colocándola al nivel de una participación ciudadana de aires festivos-reivindicativos, algo similar a lo se podría visualizar en la Diada de Catalunya de este mismo año, pero en lugar de ocupar el ancho de las principales arterias de las zonas metropolitanas o urbanas, los colegios e institutos concentrarán al mayor número de personas posible.
Cuando visualizo ese escenario de personas que proclama el deseo (muy legítimo, por otra parte) del derecho a decidir sobre una hipotética soberanía, una emancipación del “todo-poderoso-estado-español” encuentro refugio en mis propios pensamientos, aquellos capaces de abstraerse de una mera cuestión identitaria y advertir que el verdadero peligro que se avecina (no más allá de unas décadas) responde a parámetros ecológicos, a la inviabilidad de un planeta tierra que en los años cincuenta tenía una población de 2.000 millones de habitantes y a principios del siglo XXI superamos con creces los 7.000 millones. Con una sencilla regla de tres podemos llegar a la conclusión que el consumo se ha disparado, menguando los recursos naturales de manera alarmante. Los políticos de nuestro país, sean catalanes, manchegos, canarios o vascos, parecen guiados en su mayoría por una visión cortoplazista, en que los indicadores que la ciudadanía debe advertir tienen un sesgo económico. Un discurso que para un servidor va perdiendo fuelle frente a la realidad de un planeta tierra que lleva tiempo dando síntomas de una mala salud. Los últimos informes sobre el deshielo de los casquetes polares ha encendido las alarmas, pero los políticos siguen instalados en esa lucha de banderas, de defensa a ultranza de unos sentimientos patrios. Un juego de niños, a mi entender, en relación al futuro que deparará a las nuevas generaciones si seguimos exprimiendo a nuestro planeta hasta el límite. Más que en ningún otro momento de la historia, los políticos deberían centrar sus esfuerzos adoptando medidas en la dirección de evitar un desastre ecológico. Llegado a este punto quizás sea el momento por parte de los habitantes del planeta de la necesidad que en la escala de valores de cada uno de nosotros prime un sentimiento de arraigo y estima al planeta que nos provee de los recursos necesarios para vivir (a fecha de hoy, algo que no se da en ningún otro punto de nuestra galaxia, al menos hasta lo que conocemos), sin necesidad de reparar en el color de la tierra donde nos ha tocado instalarnos.      

martes, 29 de julio de 2014

ARA SÍ TOCA. EL «CASO PUJOL»: SECRETOS Y MENTIRAS EN EL «OASIS CATALÁN»

Al calor de las noticias surgidas en los últimos días, buceando en la memoria sobre la primera imagen mental que conservo de Jordi Pujol i Soley (n. 1933) es la de un dibujo que realicé con diez u once años. En el mismo aparece, a toda página, Jordi Pujol vestido de Sancho Panza, a los lomos de un burro, y Josep Tarradellas ataviado con el traje de Don Quijote, tratando de fijar la posición de un equino. Desconozco si ese dibujo fue producto de la imaginación o simplemente me serví del modelo de una publicación en papel. En cualquier caso, ambos llegarían a compartir una idea similar de país y ocuparon, de manera sucesiva, el puesto de President de la Generalitat de Catalunya. A finales de una década que dejaría atrás por fortuna una época de oscuridad en la Tierra Media del estado español sometida a una Guerra Civil y la posterior etapa franquista, Jordi Pujol i Soley accedería al Trono de la Generalitat para quedarse por espacio de veintitrés años. Durante ese periodo no tan solo Jordi Pujol era el personaje de largo más popular de Catalunya sino que llegó a convertirse en una presencia diaria en los Telenotícies y, en general, en los medios de comunicación. Recuerdo que hacía broma al respecto, diciendo que en el estudio de TV3 donde se emitía el Telenoticies debían tener el retrato colgado de Jordi Pujol y, en un momento dado, la cámara enfocaba la imagen del "Molt Honorable". Para medir el alcance del conocimiento que podría tener la gente de Catalunya sobre Jordi Pujol el anecdotario nos ofrece una “foto” instantánea plenamente ilustrativa al respecto, más allá de lo que se relata en las notas biográficas publicadas en un sinfín de sitios, incluido la wikipedia. Catalunya tiene censados casi mil municipios. Pues bien, el ex President de la Generalitat presumía de haber estado en todos estos municipios, con alguna que otra salvedad presta a ser corregida. Además, Pujol se dejaba “querer” en los pueblos, hablando de manera distendida con sus habitantes y preocupándose por cuestiones que podrían evaluarse “menores” a los ojos de un político residente en una gran urbe. Sí, para muchos Pujol era Dios bajado a la tierra prometida en cuyo horizonte muchos querían ver y siguen viendo una idea de país emancipado del todopoderoso estado español. No lo sería para un servidor, manteniéndome durante todo este tiempo receloso sobre un personaje que parecía situarse por encima del Bien y del Mal, llegando a hacer célebre una frase, «Ara no toca», a partir del instante que un periodista le debió importunar con alguna pregunta fuera de la agenda de ese día. Calibré que ese era el típico gesto altivo de alguien que se siente legitimado por la púrpura del Poder, ejerciendo el «ordeno y mando» con firmeza. Pero no es menos cierto que en su última legistatura, desde sus propias filas de Convergència (el partido que cofundaría) i Unió se dejaron sentir las voces que abogaban por un relevo generacional. En el banquillo de CIU dos nombres se postularían con fuerza para sustituirlo: Josep Antoni Durán i Lleida, y Artur Mas. Finalmente, Artur Mas tomaría el mando de la dirección de CIU y después del experimento que supuso el tripartito (ERC + PSC + IC, una ecuación difícil de digerir), el delfín de Pujol ganaría la plaza de President de la Generalitat en 2010. Por aquel entonces, Jordi Pujol parecía pasar a la Historia de Catalunya conforme a una figura incuestionable, un referente inexcusable y un luchador por una patria que algunos empezaban a acariciar con la mirada puesta en la asunción de una serie de competencias en distintas materias, es decir, una mayor cuota de antonomía que diera alas a un anhelado estado independentista. En su calidad de pensador, estadista y hombre de estado, Jordi Pujol se plegaría a escribir por entregas sus memorias, eso sí, convenientemente pasadas por la destilería cuando tocaba evaluar los negocios familiares, excepción hecha del capítulo dedicado a su padre Florenci Pujol, perteneciente a la burguesía e impulsor de Banca Catalana, que generaría un proceso judicial cuando se liquidaría la sociedad, convenientemente tapado por espúreos intereses. Al margen de borrar cualquier sombra de duda en torno a la presunta gestión fraudulenta del caso Banca Catalana que le llegaría a colocar en el ojo del huracán en un determinado punto del proceso judicial, muy pocos repararon en el momento de la salida al mercado de las publicaciones de estos volúmenes las lagunas referidas a los negocios familiares gestados y consolidados durante el largo mandato del patriarca Pujol. Una de estas voces disidentes con el relato vital y profesional oficial de Jordi Pujol i Soley se llama Albert Boadella, fundador y director de Els Joglars. Él había sido vetado por diversos medios catalanes, al parecer, porque dijo verdades difíciles de escuchar en tiempos del pujolismo, y su representación sobre los escenarios de Ubú President, provocaría un terremoto de baja intensidad entre la clase política afín al ideario de Convergència i Unió. No obstante, el terremoto que sí haría trontollar (tambalear) los cimientos de CIU se produjo el pasado 25 de julio de 2014 cuando Jordi Pujol daba a conocer a la prensa un escrito de un folio que trata de exculpar a su familia sobre el asunto de una presunta herencia de su padre no regularizada durante más de treinta años. En ese paraíso fiscal andorrano, al parecer, Jordi Pujol guarda un tesoro que se ha transformado en una bomba con efectos retardados. Una bomba que después de tres décadas seguía intacta y ha acabado explosionando en las manos de Jordi Pujol i Soley. Prisionero de sus asesores durante tres días para consensuar una estrategia, Artur Mas comparecería ante la prensa para adoptar una serie de medidas, previo acuerdo con el Consell Directiu del Govern, que pasaban por eliminar una serie de privilegios heredados por Pujol en función de su cargo de President de la Generalitat y, de paso, lanzar el mensaje que la consulta del 9 de noviembre cara al independentismo seguía su curso sin alteración alguna, argumentando que «el país está por encima de las personas. Y así debe ser». Según sus propias palabras, Mas sentía dolor, pena y compasión por Jordi Pujol, reduciendo el asunto a un tema personal y familiar. Cuando la oposición reclama una Comisión de Investigación para esclarecer el «caso Pujol», CIU y su socio de gobierno en la sombra, Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) con Oriol Junqueras al frente, niegan la mayor. Ni tan siquiera CIU expresa su voluntad porque Jordi Pujol se explique en el Parlament ante unos hechos de una gravedad que no admite disculpas. Al escuchar las respuestas de Mas y la posición adoptada por CIU y ERC para evitar llegar al fondo del asunto conforme a un acto de higiene democrática (saben que la vía judicial puede eternizarse y así ganar tiempo cara a las metas fijadas), siento vergüenza de estos políticos incapaces de leer lo que el sentido común pide y exige. De aquí hasta principios de noviembre nos aguarda un vendaval de noticias referidas al clan Pujol, refrendando lo que en su día dijo Albert Boadella: «son como una familia siciliana, próxima a los Corleone». Mas ha acabado transformándose en ese personaje cervantino que lucha contra los Molinos de Viento en forma del estado español que representa la culpa de todos los males de la nació catalana. Y a su lado le acompañará para siempre ese Sancho Panza que dibujé en mi infancia, el de un ser afectado de una arrogancia mórbida, esposo de Marta Ferrusola (su apariencia de ama de casa volcada en la jardinería contrasta con su pérfida imagen reproducida por la mujer despechada, Victoria Álvarez, la ex del primogénito y pieza clave a la hora de destapar las corruptelas de la Sociedad Ilimitada de los Pujol) y padre de familia de siete hijos, buena parte de los cuales deberían ser perseguidos por la justicia hasta acabar en el precipicio. Otro precipicio nos aguarda si seguimos creyendo que esos "salvadores de la patria", ahora instalados en el poder (CIU) o en la antesala de poder (ERC), nos guían hacia su particular Shangri-La por el camino del independentismo. Los mismos que hacen caso omiso a un pueblo que exige luz y taquígrafos sobre un caso, el que incrimina a Jordi Pujol y el de su prole que, a efectos monetarios (por ejemplo, para blanquear tres mil millones de dólares en activos mobiliarios se requiere una lavadora del tamaño de un edificio de varias plantas), deja en un juego de niños el «caso Bárcenas». Limosna la que atesora el ínclito ex tesorero del PP en manos de esos sinvengüenzas llamados Oriol, Oleguer i Jordi (noms ben catalans, sí senyor) que lucían no hace demasiado tiempo con orgullo los apellidos Pujol i Ferrusola.   

martes, 6 de mayo de 2014

JORGE MORAGAS: MISERIAS DE UN «MOCHILERO» SIN IDENTIDAD

Hace pocas fechas el editorial del Financial Times reincide en sus críticas al gobierno del PP y más concretamente a su presidente Mariano Rajoy de “esconderse” tras la Constitución para no tender puentes de diálogo con el Govern de la Generalitat de Catalunya de Artur Mas. El prestigioso e influyente rotativo británico aboga por buscar una solución intermedia, una tercera vía que evite cualquier escenario de separación entre Catalunya y el resto del estado español. En este punto del relato, a medio año de que se pueda realizar una consulta popular (al parecer, no vinculante), el presidente del gobierno podría mover ficha, teniendo además un catalán como su brazo derecho, el Jefe del Gabinete de Presidencia y Diputado del PP Jorge Moragas (Barcelona, 1965), para facilitar esos puentes necesarios a los que alude el Financial Times. Pero Moragas ha demostrado por activa y por pasiva que hace frente común con el enrrocamiento propio de un mandatario incapaz de salirse de su hoja de ruta, aquella destinada a pasar a la historia como un reformista y gestor de un país sumido en una crisis galopante desde el principio de la legislatura. Él es la sombra de Mariano Rajoy allá dónde vaya el político gallego. Más que la cautela y la prudencia, lo que define a Moragas es su condición de «hombre-sin-rostro», el pelota del jefe  que no se sale ni un milímetro del plan que le ha reservado Rajoy hasta el final de su mandato de Presidente del Gobierno. Moragas ha quedado “abducido” por el poder, mostrándose un personaje alejado de aquel joven diputado dispuesto a dejarse “seducir” por los “encantos” de la avispada reportera Thais Villas —también catalana— de la Sexta, a pie de moto mientras se escuchaba de fondo otro rugido, el de los leones que custodian el Congreso de los Diputados. Con la llegada al Gobierno de Rajoy, Moragas ha pisado el acelerador y se ha consagrado a llevar la agenda del Presidente del PP, colocándose esas “orejas de burro” dispuestas para no ver más allá en el camino la realidad que les interesa, la de las cifras macroeconómicas para repetir, cuál mantra, las bondades de las políticas reformistas adoptadas. Muestra inequívoca que Jorge Moragas se ha transformado en un “accesorio” de Mariano Rajoy, cada vez con menor capacidad para razonar por sí mismo y de (de)mostrar que tiene criterio propio se dio en el curso del programa Salvados que abordaba el tema de la realidad del sector de discapacitados físicos y psíquicos que han sufrido los estragos de los recortes sociales hasta el extremo de dejarlos en una situación franca a la desesperación. Un tema ciertamente sensible cuya principal voz a lo largo del programa sería la de Jaume Martorell, parapléjico alicantino cuya minusvalía no le impide mostrarse activo en la defensa de una lucha que toda persona de bien debe entender justa. A tal efecto, en junio de 2012 Martorell envió una carta a la Presidencia del Gobierno formulada sobre el auténtico despropósito que comportaba los recortes sociales en un sector necesitado de estos recursos simplemente por una cuestión de supervivencia. La respuesta distaba de ser la que le hubiera gustado leer Martorell y el resto de personas que se encuentran en una situación parecida. Dado el cargo que Moragas ostenta desde 2012 parecía “ajustada a derecho” la petición de Jordi Évole, conductor y presentador de Salvados, para que ofreciera su parecer sobre el asunto, máxime cuando los políticos se suelen llenar la boca al intentar sentirse próximos a los problemas de la calle para tratar de contrarrestar su mala imagen cara a la sociedad. Las tentativas de los responsables del programa resultaron infructuosas en este sentido, pero Évole se guardaría un as en la manga y procedía, vía iphone, a contactar con Jorge Moragas, quien desde el primer instante se mostró “fuera de sitio”, runruneando más que manteniendo una conversación. Al cabo, Évole conminó a Moragas que escuchara la propia petición de Martorell, pero éste escurrió el bultó y decidió colgar, no sin antes recriminar al atribulado periodista que no hubiera resuelto las cosas de una mejor manera. Évole se justificó que tuvieron el silencio por respuesta para que el PP expresara su opinión o su punto de vista sobre un tema candente en la sociedad, más cuando afecta a uno de los sectores que mayor desamparo sufren.
Han pasado días, semanas desde aquel lamentable episodio, pero ese fontanero del Gobierno del PP sigue sin disculparse. Él sabrá las razones porqué no lo hace; todo parece medido en su agenda. Quizás sea consciente que una muestra pública de disculpas sea interpretada como un signo de debilidad por su mandamás Rajoy y, por consiguiente, “munición” para los adversarios políticos. Él (Moragas) calla. Ambos callan. Se tapan sus vergüenzas y siguen paseándose (el uno la sombra del otro) por medio mundo con la miras puestas en querer salvar al país. Moragas tuvo la oportunidad en ese programa de Salvados por comportarse conforme a persona con calidad humana, al menos en apariencia con una voluntad por dar amparo a los más necesitados. Pero Moragas operaría en sentido contrario, mostrándose el individuo que desde la atalaya del poder ha perdido contacto con la plebe. Seguro que Moragas (dicen de él  que es un gran cinéfilo), se cuela antes en una sala para contemplar historias de superheroes (con la factoría Marvel a pleno rendimiento tiene dónde escoger en los últimos años) que las cautivas de un tratamiento de la realidad social que coloca a diario la soga a infinidad de familias. El cine de Ken Loach, Stephen Frears o Mike Leigh le debe dar grima. Como tantos superheroes se coloca la coraza para repeler cualquier tipo de ataques. Pero para los ciudadanos que nos miramos los unos a los otros desde el mismo plano tenemos el derecho a “réplica”, a levantar la voz (no en el sentido literal) para dejar en evidencia los comportamientos de ciertos políticos de la catadura moral de Jorge Moragas, a quien su negativa por disculparse frente a Jaume Martorell le pesará como una losa en sus, intuyo, aspiraciones de alcanzar mayores cuotas de poder en el PP, escalando posiciones para quién sabe si algún día tomar el relevo del que ha sido su sombra estos años de agitada agenda. Ya se sabe que las cosas negativas suelen pesar mucho más que las positivas a la hora de pasar balance de una vida. Y allí estarán las heremotecas, Youtube y otras ventanas de la información de la era digital para levantar acta de las “miserias” de Jorge Moragas, alguien que sigue recibiendo clases en la Escuela Privada del «Padre» Mariano Rajoy y Brey con domicilio en la calle Génova.


domingo, 23 de diciembre de 2012

«MAS-CARADA» PARA UN REFERÉNDUM O LA PIEDRA ROSETA DEL NACIONALISMO CATALÁN


Desde el 11 de septiembre del año que está a punto de echar el cierre he ido observando y tomando nota de lo que acontece en torno al órdago a la grande planteado por Artur Mas, el actual Presidente de la Generalitat de Catalunya –embestido por segunda vez con tales honores hace poco menos de una semana–, al gobierno del PP en relación al territorio español. Las interpretaciones que se han llevado a cabo sobre el porqué Mas plantea un pulso al gobierno estatal español que sabe tiene perdido de antemano, convocando un referéndum que el marco de la Constitución Española no contempla, son muchas y algunas de ellas ciertamente rocambolescas. Para entender el perquè de tot plegat (Quim Monzó dixit) cabe remontarnos a ese 11 de septiembre de 2012 donde, a vista de pájaro, las capitales de provincia de Catalunya, y en especial, la Ciudad Condal se cubrían de un manto de banderas cuatribarradas, combinación de rojo y amarillo. Ni los más viejos del lugar pudieron dar crédito de que un millón y medio de personas mostraran un supuesto afán reivindicativo cuando en la Diada de no demasiados años atrás se contabilizaban apenas unas decenas de miles enarbolando la bandera en un acto, a todas luces, de marcado signo independentista. A esas alturas del ciclo legislativo de Artur Mas la conclusión a la que había llegado él y sus consellers parecía bastante certera: un callejón sin salida, en forma de ahogo financiero, se cernía sobre la administración catalana si no se operaba en el horizonte un milagro... o un espejismo. Descartado el milagro, el espejismo se crearía a través del millón y medio de habitantes del planeta catalán que parecían ir al unísono en la voluntad de proclamar el estado independentista. En esa jornada de sábado estuve allí no con el afán reivindicativo que se podría presuponer si no en calidad de acompañante, si se quiere notario de una realidad en que se podía palpar un aire festivo, pero asimismo se mostraban rostros de indignación, de pesar, de agotamiento y de profundo desconcierto. Y como un servidor, contabilizo que, cuanto menos, algún que otro centenar o varios centenares de miles de personas congregados en la vía pública de la Diada 2012 tenían o siguen teniendo en mente que la solución para Catalunya no se llama independencia. No obstante, ese comité de sabios que asesoran a presidentes incapaces de pisar los mercados más que en viernes electoral o coger el metro en alguna estación susceptible de inaugurar para hacerse la foto pertinente camino de algún que otro mítin, debieron hacerle llegar a Mas que “el gran momento” estaba servido. Pese a los cantos de sirena que podrían tentarlo de emprender una huida hacia adelante, el líder de CIU hubiera esperado a concluir su ciclo legislativo en 2014 y luego plantear en el programa electoral de su partido una aspiración independentista colocada negro sobre blanco, y siempre con el consenso del otro partido hermanado bajo las siglas de CIU, esto es, Unió Democràtica, con Josep Antoni Durán i Lleida al frente. No obstante, la situación, lejos de mejorar, pintaban bastos por cuanto los recortes en materia de sanidad, educación, cultura, bienestar social y demás, unido a la subida de impuestos, irían creando un creciente malestar entre la ciudadanía. En ese mecanismo de autodefensa en que la culpa es de los demás a las que se agarran no pocas personas para eludir sus responsabilidades y en particular sus fracasos, Artur Mas sabía que culpabilizar de todos los males a la Administración Rajoy podría servir como muro de contención de esa avalancha de críticas que se le venían encima. Pero ese muro de contención advertía de fisuras en su estructura de difícil arreglo y, perdidos al río, algún día de la segunda quincena de septiembre de 2012, Mas debió interrogarse sobre la bondad de adelantar las elecciones. El pulso al poder del PP estaba servido, y entonces cubierto sobre la bandera del independentismo su figura y la de su partido parecía salir, según sus cálculos, reforzada. En esa ecuación faltaba, sin embargo, un detalle nada baladí: la asfixia económica de la Generalitat de Catalunya tenía fecha concreta: la profecía del 2013, no la concebida por Francesc Miralles en su obra literaria, si no la de índole económica se cifraba en más de 10.000 millones de euros que la administración de la Generalitat debe satisfacer en concepto de intereses generados, entre otras partidas, por los bonos emitidos en estos últimos años con un claro sentido de «operación patriótica». Cada cuál en su casa echa cuentas para saber hasta dónde puede llegar. La Generalitat, con Mas gobernando los destinos de la misma, las tenía bien claras y su plebiscito del pasado 25 de noviembre fue una cortina de humo, una maniobra dilatoria que le ha dejado en un escenario, si acaso, más pantanoso, arrimándose a ERC (Esquerra Republicana de Catalunya). La formación que lidera Oriol Junqueras actúa de contrapoder a partir de que han firmado un pacto de gobierno con CIU para tirar adelante con un referéndum para la independencia, loable, pero con toda seguridad, inviable. Más que nada, porque solo el discurso de desagravio económico no soporta una ruptura de Catalunya para con el estado español, mire por dónde se mire. No tengo la menor duda que ese referéndum no se celebrará en el horizonte de los próximos años y, a unas decenas de años vista, dudo mucho que en los hijos de los inmigrantes arraigue un sentimiento nacionalista con tal fuerza que conlleve la escisión con el estado español. Quizás para entonces, el verdadero problema se encuentre bajo nuestros pies, el de una terra trema por efectos de la acción del hombre, sea cuál sea su signo ideológico o identitario. Ah, y para los que puedan recelar, al leer este post, sobre mi aprecio por Catalunya, un servidor editó y dirigió una revista en catalán –Seqüencies de cinema–, hablo y escribo con corrección la lengua de Salvador Espriu y conozco la mayor parte de sus rincones. Pero esto no quiere decir que comulgo con ruedas de molino... de viento forjados en el imaginario de Mas y Junqueras, repartiéndose los papeles de Don Quijote y Sancho Panza, haciendo del independentismo las puntas de lanza para ahuyentar al «enemigo» español y crear un estado propio en una idea de shangri-La post-2013 nada más lejos de la realidad.