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viernes, 11 de diciembre de 2015

¿POR QUÉ VOTARÉ A PODEMOS EL 20-D?: DEL MINUTO «DE GRACIA» A LA LEGISLATURA «DE GRACIA»

7 de diciembre de 2015. De regreso de un largo semana en Carcassone, conocida por su ciudad amurallada situada en un promontorio cercano al núcleo urbano, al poco de cruzar en automóvil la frontera francoespañola, hicimos un alto en el camino en la Jonquera, a pie de autopista. A pesar de los atentados acaecidos en París que habían conmocionado a la sociedad francesa semanas antes, no parecía advertirse un incremento de la policía aduanera al paso por territorio español y, una vez cubiertos unos cuantos kilómetros, el puesto de descanso registraba en un lunes festivo muy poca actividad. Mientras mi mujer Esther y mi cuñada Silvia trataban de recuperar el apetito a base de ensaladas, me abstuve de ingerir alimento alguno y me interesé por ver el debate a cuatro programado por Atresmedia en distintos canales y emisoras. Situadas en una de las paredes que revisten el self service donde entramos, dos pantallas de televisión parecían concitar a una cinefilia invisible (Paramount Channel hacía su enésima referencia a un mundo en armas a través de una película protagonizada por Charlton Heston). Sugerí que cambiaran de canal con el ánimo de ver un programa largamente anunciado. Debía hacer algún comentario para mí mismo que las antenas de la mujer de la limpieza que actuaba por esa zona del self service donde me encontraba se subió rauda al carro de las ilusiones, viendo reflejado esa luz en sus ojos cuando hablaba que su voto sería a favor de Podemos, al tiempo que la mirada del encargado de sala parecía dirigirnos alguna suerte de letanía (anuncio de una reprimenda que quedaría fuera de campo para un servidor). En un punto intermedio, se situaba una mujer de mediana edad que se ocupaba de servir los platos, firme en su postura de comentar que todos los políticos cuando tocan poder se convierten en lo mismo y, por consiguiente, se desapuntaba a la hora de votar el próximo 20 de diciembre. 
 Al regresar sobre la carretera, aquella minúscula anécdota me reafirmó en la idea que Podemos ha despertado renovadas esperanzas para la base de un país que ha experimentado un grave retroceso en el último lustro en materia educativa, social, económica, sanitaria, cultural, etc. Cuando volví a tomar tierra mis pensamientos sintonizaron con ese debate a cuatro, pero me batí en retirada sin saber el contenido de ese “minuto de oro” reservado a cada uno de los participantes. Al día siguiente, entré en Youtube y me recreé en ese minuto reservado a Pablo Iglesias, en un speech que fue todo un prodigio de capacidad de síntesis de las razones del porqué votar a Podemos. Un discurso final exento de mácula, en que Iglesias colocaba en el muro de la vergüenza, casi como si se trataran de postifs, un rosario de actos punibles, denunciables amparados por el gobierno del PP (Partido Popular) con el ausente (en el debate) Mariano Rajoy al frente de la presidencia. En contraposición, la invitación a esbozar una sonrisa (la misma que parecía dibujar de manera profética la humilde trabajadora de la limpieza con la que intercambié unas palabras la noche anterior) por parte de esas clases bajas y medias si soplaban aires de cambio en vísperas de Navidad me llevó al convencimiento que Iglesias, en esa formulación dual, había dado en la diana en poco menos de un minuto “de gracia”. Esos aires de cambio parejos a los que habían soplado, de norte a sur, de este a oeste, en el territorio español a principios de los años ochenta de la mano de un PSOE (Partido Socialista Obrero Español) con Felipe González en su punta de lanza. A lo largo de las últimas décadas del siglo XX y en el arranque del nuevo milenio los logros del PSOE han sido incuestionables, pero resulta más que evidente que han sido incapaces muchos de sus dirigentes por combatir una corrupción enquistada en sus órganos de gobierno, sobre todo allí donde se sigue localizando uno de sus principales graneros de voto, en la comunidad andaluza. Asimismo, los desvaríos verbales, entre otros, del que había sido el vicepresidente del Gobierno, Alfonso Guerra, en relación al Estatut de Catalunya aprobado a mediados de la década pasada por el Parlament, contribuyeron a abrir la caja de Pandora en forma de un independentismo que ha ido haciéndose fuerte en los últimos tiempos. Momento más que oportuno para que Artur Mas, el líder de la extinta Convergència i Unió, aprovechara la circunstancia para levantar una cortina de humo y así tratar de tapar la puerta de entrada de ese avispero de corrupción localizado en el seno de un partido que acabaría escindiéndose en el verano de 2015, en la antesala de las elecciones autonómicas con marchamo plebiscitario verbigracia de la formación/agrupación de nuevo cuño Junts Pel sí (la suma de distintas plataformas sociales, ERC i Convergència Democrática). Tratando de recomponer la figura, el PSOE ha escogido a Pedro Sánchez como su frontman para aspirar a ganar las elecciones el 20-D. Una vez puesto en evidencia frente a alguien mucho más preparado que él como es Pablo Iglesias en el debate a cuatro, con las expectativas de voto en franco declive el PSOE ha movilizado a barones y ex presidentes para contrarrestar el avance inexorable de Podemos, el partido que representa para un servidor lo mejor de aquel partido socialista —al que confié el voto al estrenar mi mayoría de edad hasta 2012, con algún que otro voto en blanco en forma de “castigo” por los asuntos de corrupción que salpicarían a algunos representantes de su cúpula y a cuadros intermedios— guiado por la dupla González-Guerra. Ahora, esa guardia pretoriana del PSOE de los años ochenta y noventa, lejos de entender la realidad de la cosas con un partido emergente que ha sabido aglutinar una ilusión, armando un discurso dictado por el sentido común (el menos común de los sentidos, dicho sea de paso) y con un claro objetivo por “rescatar” a las personas más necesitadas y dejar de que el gobierno de turno sea, entre otras cuestiones, la correa de transmisión para los intereses de una élite económica y financiera, arremete contra el partido liderado por Pablo Iglesias con una artillería de despropósitos que quizás alcance para ser recogida con entusiasmo por un sector de la población. Pero, intuyo, que gran parte de los votantes de izquierda —una etiqueta que personalmente no me entusiasma pero resulta orientativa al respecto— y aquellos instalados en el abstencionismo sine die empiezan a mirar un horizonte con esperanza gracias a una formación llamada Podemos, enraizada en la sociedad civil, a la que daré mi voto el próximo 20-D. Cada una de las palabras, frases expresadas por Pablo Iglesias el pasado 7 de diciembre en los estudios de Atresmedia en Madrid las suscribo a pies juntillas. Un minuto "de gracia" que esperemos se convierta en una legislatura "de gracia” con Podemos encabezando un gobierno del que nos podamos sentir orgullosos fuera y dentro de nuestro propio territorio. Podemos.

viernes, 17 de agosto de 2012

LOS VERDUGOS TAMBIÉN MUEREN


En el verano de hace quince años un par de noticias vinculadas con ETA mostraban con toda su crudeza cómo el fanatismo de esos «libertadores de la patria vasca» se las gastaban, tratando de reflotar esos años de plomo que dejarían tras de sí un reguero de muertos en el curso de la denominada Segunda Transición Democrática al amparo del PSOE liderado por Felipe González. Con tan solo un intervalo de doce días se sucedía la noticia de la liberación de José Antonio Ortega Lara —después de un secuestro que duró 532 días en condiciones infrahumanas— y la de la ejecución de Miguel Ángel Blanco, el concejal del PP en Ermua, quien después de un «secuestro express», ante la negativa del gobierno de turno a dar su brazo a torcer, perdería vilmente la vida. Desde entonces, la historia de ETA ha experimentado un descenso vertiginoso que le ha conducido a una progresiva autoinmolación, habitando la diezmada banda terrorista en las cloacas de las trincheras donde no hace demasiado tiempo se creían a resguardo en una suerte de santuario. Pero la serpiente enroscada que ha salido del cesto ya sin poder de inocular su veneno, sigue reptando por los ayuntamientos y las organizaciones tipo Bildu y sus satélites en aras a tratar de vehicular un discurso independentista sin menoscabo a renunciar de ese habitual victimismo que les lleva a equiparar el sufrimiento de los terroristas encarcelados con el de las familias de los asesinados por ETA.
   Pocas imágenes recuerdo proyectadas en mi mente que expresen el sufrimiento y el padecimiento humano como el experimentado por José Antonio Ortega Lara al salir de esa jaula donde fue confinado por espacio de más de quinientos días. Recuerdo con alivio su liberación, al tiempo que me interrogaba hasta qué punto la condición humana puede ser capaz de un acto de semejante grado de vileza y maldad. La respuesta: en el ADN de la comunidad de etarras que operaban por aquel entonces la inmisericordia dominaban pensamiento y corazón, convirtiéndose en esas alimañas que las definen por sí sola. Hoy, una quincena de años más tarde, una de esas alimañas, Josu Uribetxeberría, se la ha certificado que padece un cáncer terminal. Él fue uno de los responsables de “enterrar vivo” a Ortega Lara en un zulo de 3,5 metros cuadrados situado en los bajos de una empresa de Mondragón, feudo abertzale por antonomasia. Lejos de mantenerse en silencio, Bildu, el sindicato LAB y todos esos grupos gobernados por el ideal del independentismo vasco, han hecho frente común por la causa de Uribetxeberría, en huelga de hambre desde hace unos días a modo de medida de presión para poder obtener un tercero grado penitenciario para pasar lo poco que le queda de vida entre los suyos. En breve, el Tribunal de Justicia del estado español deberá decidir sobre qué postura adoptar sobre las peticiones promulgadas por estos colectivos abertzales. El dilema está servido: si se activa esta “medida de gracia” —que cuadra dentro del espíritu legislativo de un país cuyo régimen penal anda a sideral distancia de la mano de hierro, por ejemplo, de algunos de los estados los Estados Unidos de América o la China—, parecería una muestra de debilidad del estado democrático; y si se mantiene la prisión a perpetuidad para Uribetxeberría la deshumanización, para algunos, se habrá instalado en el seno de la Justicia con hilo directo con el gobierno de turno. Me detengo a pensar sobre ello y razono que si tenemos la certeza médica de que la guadaña de la muerte aguarda al doblar la esquina a esa alimaña con rostro humano, su liberación no haría más que dar la medida de la grandeza de un estado democrático en oposición a esas correas de transmisión de los etarras practicantes a full time de un cinismo a ultranza, parapetados en un ejercicio reivindicativo que provoca nauseas, aun sabedores que entre las “marcas” a superar de ETA se encuentra lo acontecido con Ortega Lara y Miguel Ángel Blanco.  Ambos víctimas de esa ETA ahogada en la maldad que cubre sus vergüenzas con una capucha tocada de una txapela. La viva expresión del verdugo. Por fortuna, Los verdugos también mueren. Bertold Brecht dixit. Agur, Josu. Asististe a un entierro en esa primavera de 1995, en la que tú mismo ayudaste a cavar la zanja, pero os olvidastéis de un pequeño “detalle”: el muerto estaba vivo. Esta vez nos hemos asegurado que estés bien muerto. Eso sí, a tu entierro asistirán los de tu misma catadura moral: las alimañas. Justicia poética. Amén.


jueves, 11 de junio de 2009

ECOLOGISTAS EN ACCIÓN: LA IZQUIERDA «DALTÓNICA»

En el hipotético comité que se vio en el brete de decidir qué colores debían configurar los semáforos, destinados a ceder o no el paso de los vehículos rodantes, con toda probabilidad no se contaba con ningún daltónico entre sus miembros. Maldita la gracia que debió hacerles a todos aquellos que, merced al físico John Dalton (1766-1844) se les identificaría su enfermedad con el apellido de éste per se. Entre la inmensa mayoría de los daltónicos lo normal es confundir el verde con el rojo, y los menos, con colores que se mueven en el espectro del violeta. Se trata de una de las enfermedades autosómicas por excelencia, es decir, de componente hereditaria ligada al sexo. Las mujeres pueden resultar portadoras del gen ligado al daltonismo pero únicamente sufren esta disfunción en la visión si se localizan los alelos recesivos en cada uno de sus dos cromosomas X. En cambio, en los hombres la frecuencia es mayor porque tan sólo es necesario que ese alelo recesivo se localice en el cromosoma X.
Desconozco si Daniel Cohn-Bendit padece daltonismo pero extropolándolo al ámbito político la bandera que enarboló al albur del mayo del 68 ha virado del rojo —incluso se le conocía con este sobrenombre, por otra parte, no demasiado original— al verde por la gracia divina de un ecologismo que ha arraigado con fuerza en el país vecino. Las recientes elecciones europeas han arrojado suculentos réditos a la causa ecologista, que se disputa codo con codo el segundo puesto con el Partido Socialista en el que no hay día sin noche que algún asunto oscuro les salpique para sonrojo de aquellos que construyeron los cimientos de una Europa moderna desplegando un tapiz de progresismo que se ha visto contrarestado en los últimos tiempos por el avance inexorable de los partidos (ultra)conservadores. Con la caída del Muro de Berlín, la disidencia de los postulados comunistas era moneda de cambio común y, por consiguiente, ideólogos pertrechados en la izquierda más dogmática vieron las orejas al lobo y se amarraron al bote salvavidas del ecologismo antes de que la corriente les llevaran río abajo y acabaran desembocando en «casas del pueblo» proclamando a los cuatro vientos la bonda de un discurso anacrónico. En ese frente ha militado en los últimos decenios Daniel Cohn-Bendit, quien ha sabido aglutinar voces de la izquierda alineadas en la misma causa, en lugar de realizar cada uno la guerra por su cuenta como ocurre en nuestro bendito país, en la que no hace demasiado tiempo había todas las gamas de verde posible en forma de minúsculos (pseudo)partidos. Incluso, una persona tan válida como José María de Mendiluce se quedó por el camino en el abanderamiento de un ecologismo que, en contra de lo que sucede en España, gana adeptos a pasos gigantescos en Francia de la mano de Cohn-Bendit, el «verde».
Es cierto que la autoridad moral de la que hace gala un combatiente en toda regla como Cohn-Bendit a los ojos de una juventud desencantada no se fabrica de un día para otro. Pero interpreto que en un futuro no demasiado lejano puede darse la figura de un líder que, en verdad, sea una alternativa de voto para aquellos que practicamos la disidencia del voto o el voto en blanco en las últimas elecciones en vista de la zafiedad que demuestran los partidos con mayor representación parlamentaria —enzarzados, por lo general, en estériles debates— y los que entran en el juego democrático para llevarse a la boca las migajas que dejan éstos. A la espera que se produzca este hipotético escenario, nos quedamos con la estampa de Joan Herrera, de Izquierda Unida, poniendo cara de circunstancias ante las vacilantes explicaciones de José Luís Rodríguez Zapatero cuando se traga el sapo, en sede parlamentaria, de que la central nuclear de (Santa María de) Garoña, en Burgos, parece tener los días contados para dejar de ser operativa, tal como venía recogido en el vigente programa electoral del PSOE. Si, los días contados... pero 3.652 (año bisiesto arriba)... los que concede una moratoria a los que se acogerán como un clavo ardiendo los trabajadores de la «decana» de las centrales nucleares españolas para salvar sus puestos de trabajo. Zapatero, cuyo regate en corto no lo supera ni el Romario de los buenos tiempos (blaugrana, of course), no enmendaría la plana a su antecesor socialista en el cargo, Felipe González, y hará de la debilidad de los ecosocialistas un nuevo argumento para salir indemne de su perenne falta de compromiso sobre lo pactado y escrito en su momento. Con una versión hispana de Cohn-Bendit otro gallo le cantaría al Presidente del Gobierno español, aunque el desmantelamiento de las centrales nucleares no pasaría como prioridad en su agenda visto que el modelo francés con los reactores de fisión a toda máquina funciona. Pero no sólo del debate de las centrales nucleares vive el ecologismo; hay demasiadas cuestiones que deben abordarse con cierta urgencia si queremos seguir siendo los principales beneficiarios de la biodiversidad que emana del planeta tierra. O al menos, esa es la perspectiva de un modesto militante que pretende serlo del «partido del sentido común», alejado de diatribas políticas que en nada afectan al devenir de nuestra sociedad, al menos, en lo sustancial y en lo que compromete al día a día.