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jueves, 19 de octubre de 2017

EL PRESIDENT PUIGDEMONT Y LA «RASPUTINA» MARCELA EN EL «TEATRO DEL ABSURDO»

Superado el ecuador del siglo XXI presumo que los nuevos volúmenes consagrados a la Historia del estado español reservarán un generoso espacio a trazar una panorámica sobre lo acontecido en la segunda década de esta centuria en el noreste del país, concretamente en Catalunya. En ese recorrido cronológico no faltará el detalle de lo ocurrido en octubre de 2017, un mes que arrancó con un seudoreferéndum y concluyó con la aplicación del artículo 155 de la Constitución Española como antídoto a la decisión del Govern de la Generalitat de Catalunya de proclamar la DUI, esto es, la Declaración Unilateral de Independencia de Catalunya. Condenada al fracaso desde su fecha de nacimiento al no haber obtenido el beneplácito de las cancillerías europeas y de prácticamente la totalidad del resto del mundo, la DUI representaría un órdago al Estado español impulsada por un govern liderado por Carles Puigdemont y Oriol Junqueras, sendos máximos mandatarios de PDeCat (Partit Demòcrata de Catalunya) y ERC (Esquerra Republicana de Catalunya), respectivamente. La suma de ambos partidos arroja como resultado de la ecuación Junts pel Sí, un proyecto surgido con el objetivo de alcanzar la independencia con el inestimable apoyo de la CUP, formación de carácter asambleario e instalado en la noción del anticapitalismo. En diversas ocasiones he tratado de razonar el porqué de esa precipitación al lanzarse al vacío en un proyecto suicida, con el Estado español evitando que no se quiebre el status quo. Al cabo, la explicación la encuentro tras varias lecturas reveladoras de un hecho determinante: para tirar adelante un proyecto de tamaña envergadura cabía tener al frente personajes desligados de un sentido de la realidad que, a buen seguro, les hubiera comportado frenar sus impulsos primarios. El uno (Junqueras), creyente acérrimo del catolicismo, apelando a cuestiones divinas buscando en su bondad y de quién les rodea un escudo protector frente a toda suerte de críticas; el otro (Puigdemont) imbuido de una mística que ya había cultivado durante sus años de adolescencia y juventud en su localidad natal de Amer (un pequeño municipio de la comarca de la Selva envuelto de un manto de naturaleza), reactivado exponencialmente al conocer a la que hoy en día sigue siendo su esposa, Marcela Topor. Sin parentesco alguno con el artista pluridisciplinar Roland Topor, la rumana Marcela padeció las calamidades inherentes a la dictadura de Nicolae Ceaucescu y encontró refugio en el teatro para dibujar ventanas de esperanza de cara al futuro. La representación escénica de piezas de su coetáneo Eugène Ionesco —figura capital de la cultura en su país de nacimiento— llevaron a Marcela Topor a participar en uno de los festivales de teatro que se programan anualmente en Girona. A partir de asistir a la representación de la pieza El rey se ha muerto —cuyo protagonista curiosamente se llama Berenguer, apellido enrraizado a la propia Historia de Catalunya a través de una nissaga de poder— Marcela y Carles Puigdemont cruzaron sus destinos, procurando que sus aficiones comunes sirvieran para ir apuntalando una relación de pareja.
   La celebridad de Ionesco viene determinada por haber sido el impulsor de lo que se dio en llamar «El teatro del absurdo». Desde el plano del subconsciente el título de El rey se ha muerto debió seducir a Puigdemont antes de asistir a la representación de la obra de Ionesco en un teatro gerundense a finales del siglo pasado cuando ocupaba el cargo de director del Centre de Cultura de Girona. Allí, sobre los escenarios, lucía la figura de Marcela, quien poco más tarde asumiría la condición de rasputina en el contexto de ese «teatro del absurdo» en el que se ha convertido la política en Catalunya a partir de que la CUP “destronara” al Rey Artur(o) Mas sopena de amenaza de convocatoria de nuevos comicios electorales de ámbito autonómico (sic) en 2016. Para la inmensa mayoría de los habitantes con derecho a voto de Catalunya, el sustituto de Mas resultaba ser un auténtico desconocido con la salvedad de haber sido edil en el ayuntamiento de Girona con el cambio de milenio. Pronto salieron a relucir detalles sueltos de su biografía fuera de la esfera política. Por razones óbvias reparé en aquellos gustos musicales que le llevaron a ejercer de bajista en una banda denominada Zénit. Me llamó la curiosidad su afición por Motörhead. Luego entendí el porqué: la conexión con el satanismo y la brujería que había sido una de sus pasiones de adolescencia. Ya instalado en la cuarentena, la entrada en contacto con Marcela avivó esa llama semiapagada por esos temas esotéricos. En esa dimensión sobrenatural a la que acuden representaciones provenientes de la tradición pagana de Centroeuropa es donde su ubica el hoy president de la Generalitat de Catalunya Carles Puigdemont, cuya decisión de hacerse fuerte en el Palau de la Generalitat, pasando a residir allí sine die (la amenaza de una hipotética detención planea sobre el nido del cuco), abunda sobre algo que hace meses he meditado: no solo trata de escapar de la legalidad sino de la realidad. Entretanto, la rasputina sigue tratando de hacer vida normal en Girona. La conexión entre ambos no tan solo viaja por skype o por línea telefónica, sino por vía espiritual. En una de las escasas entrevistas que ha concedido Marcela Topor manifestó que «no le importaba salir de la Unión Europea con tal que Catalunya se independizara de España». En manos de una conversa con aspiraciones de rasputina y un fanático mórbido del independentismo (en sus años de juventud llegó a utilizar un falso DNI catalán para identificarse en distintas plazas hoteleras de Europa) se encuentra el destino de Catalunya, a los ojos de aquellos que no dudarían en aclamarlo como el President de la República del nou Estat. Óbviamente, el Estado español se verá impelido a aplicar el artículo 155 de la Carta Magna y de no deponer su actitud Puigdemont le espera un horizonte judicial sumamente complicado. Me aventuro a creer que el destierro de los Cárpatos no resultaría un mal destino para alguien que quiso llevar a Catalunya al zenit del independentismo, impelido por esa conexión de tintes esotéricos con su consorte Marcela. Ella que había nacido para educarse en el infierno, que diría el finado Lemmy Kilmister, el líder espiritual de Motörhead, banda de cabecera de alguien como Carles Puigdemont, a quien no deseo ver en prisión; más bien intuyo que puede acabar en algún otro tipo de espacio con paredes bien acolchadas por si le sobreviene un mal pensamiento.    

martes, 2 de febrero de 2016

LOS AMANTES DEL CÍRCULO POLAR: UN RELATO EN PRIMERA PERSONA

2016 lleva camino de ser uno de los annus horribilis para los amantes de la música de (pop)rock en sus múltiples variantes por cuanto no cesan las noticias sobre defunciones (David Bowie, Don Henley de Eagles, Paul Kanter y Signe Toly Anderson de Jefferson Airplane, Lemmy Kilmister de Motörhead, Black, etc.) de artistas que se labraron un prestigio dentro de esta disciplina artística. Ante semejante perspectiva, la aparente buena salud de la que gozan músicos por los que profeso una pública y notoria admiración no es motivo suficiente para dejar pasar la oportunidad para verlos y escucharlos sobre un escenario. En el caso de Neil Young promedia esa edad —setenta años— en que músicos entregados a la causa de una vida que cualquier facultativo desaconsejaría sus cuerpos empiezan a pasarles factura, situándolos en el pórtico de una eventual enfermedad que, a la postre, podría resultar letal. Por ello, no podía dejar pasar la oportunidad de ver nuevamente en concierto a Neil Young, en Madrid con motivo del recién creado Mad Cool Festival. La suerte no me dio la espalda el primer día del mes de febrero del año en curso cuando adquirí dos abonos del festival madrileño poco antes de que la promoción expirara con todas las entradas vendidas. Esa suerte que me sería esquiva en 1997 cuando Neil Young canceló una gira europea con parada en Barcelona. Por aquel entonces, corrió el bulo que Young se había rebanado un dedo mientras se aplicaba a la ebanistería. A efectos del relato personal, ese año se situaba entre el fin de la etapa consagrada a la edición y dirección de la revista Seqüències de cinema, y el inicio de un nuevo proyecto que embarrancó por motivos ajenos a mi voluntad. De aquel naufragio pude rescatar el material que luego serviría para construir los pilares de la base de datos de cine mundial www.cinearchivo.com (hoy reformulada en www.cinearchivo.net). Pero eso ocurrió con la llegada del nuevo milenio. En 1998 viví mi particular annus horribilis, tratando de recomponer la figura y alzar la vista para enfrentarme a nuevos proyectos. En realidad, aquella experiencia me fortaleció, pero al mismo tiempo explica el porqué de querer controlar a partir de entonces aquellos proyectos donde me haya tenido que implicar a fondo. En ese periodo de impasse, el cine seguía siendo un «valor-refugio», mostrando un singular interés por la novedad que representaba IMAX —una tecnología muy costosa que acabaría claudicando frente al chip prodigioso—, al punto que llegué a escribir un guión para este formato basado en el relato La doble hélice escrito por mi scientific hero James D. Watson. De las contadas personas que llegaron a leer el guión se encontraba una chica llamada Anna que conocí durante la organización de una muestra de documentales en la zona del Port Vell de Barcelona, muy cerca de donde sigue ubicada la sala IMAX, ahora convertida en un “fantasma del pasado” que vivió sus días de gloria en los estertores del siglo XX. Como reza una estrofa de “Wish You Were Here” (una de las canciones-himno de Pink Floyd), en aquel periodo Anna y yo We're just two lost souls swimming in a fish bowl  («tan solo éramos dos almas perdidas nadando una pecera»). En una ocasión fuimos al cine a ver Los amantes del Círculo Polar (1998). Para ella, el film dirigido por Julio Medem representó una revelación toda vez que se sintió identificada con el personaje de Ana que compone Najwa Nimri en la pantalla. Al cabo de poco tiempo ella conoció a una persona de nacionalidad argentina llamado Otto, al igual que el personaje que interpreta Fele Martínez. Los palíndromos en la vida real iniciaron un idilio. Nunca más supe de aquella chica rubia. Sencillamente, la perdí la pista. La sigo deseando lo mejor para alguien que compartió conmigo momentos difíciles.
    Transcurridos varios lustros, Los amantes del Círculo Polar asimismo han cobrado un significado particular para mí. Lo haría a raíz de que Neil Young dio un concierto en 2009 en el marco del Primavera Sound. En aquel periodo me encontraba enfrascado en la escritura de una monografía sobre el genio canadiense y la ocasión —tras la tentativa frustrada una docena de años atrás— resultaba propicia. Éramos miles de personas concentradas en torno al escenario donde Neil Young ofreció un recital que demostraría su extraordinaria calidad artística. En aquel recinto, entre el público asistente muy cerca de mí había una persona muy especial. Quizás nos llegáramos a cruzar o tomáramos contacto a nivel visual sin saber nada el uno del otro. Tres años más tarde, ella estuvo en Torredembarra, en el III Rust Festival, evento consagrado a mayor gloria de Neil Young. Ella se llama Esther Solías y ha pasado a ser mi mujer, mi compañera y mi amiga. El destino nos ha unido. Prácticamente cuatro años después de aquel primer encuentro, volveremos a gozar de un espectáculo presidido por Neil Young situado encima de los escenarios. Pero en esta ocasión lo haremos juntos, sin perder detalle de lo que ocurra sobre los escenarios. It’s a dream, only a dream. Un sueño del que no pienso despertar el resto de mi vida, sabedor que el amor llegó hace cuatro años para quedarse. Espero algún día que nos sigamos procesando ese amor contemplando auroras boreales mientras desvío un pensamiento hacia el film de Medem. Uno de esos films que, lejos de desvanecerse, ha quedado sedimentada en el fondo de mis recuerdos preferentemente por un doble motivo: al quedar asociado a la imagen de esa amistad surgida en tiempos de confusión y desconcierto, y al calor del relato de esas almas sabedoras que sus destinos están escritos para quedar conectadas para siempre.