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viernes, 9 de marzo de 2018

«LA CÁMARA VERDE» de Martine Desjardins: LA CAÍDA DE LA CASA DELMORE


Resulta curioso y hasta cierto punto sorprendente que la ciudad de Montreal tenga a dos de sus más (re)conocidas ciudadanas a mujeres con idéntico nombre y apellido. A buen seguro, la escritora Martine Desjardins (n. 1957) se toma el hecho que tenga una “rival nominal” —la activista política nacida en la capital del Québec en 1981— con ese sentido del humor tan particular —que transita por el arco de distintos tonos oscuros— que muestra en su quinta pieza literaria, La cámara verde (2017), editada por primera vez en lengua castellana gracias al sello Impedimenta. Asimismo, la confusión puede darse en relación a este título, idéntico —en su original: La chambre verte— al film dirigido por François Truffaut en 1978 —completando así el denominado «Ciclo de las velas»— a partir de diversos relatos escritos por Henry James. Este último contribuyó sobremanera a la literatura gótica con piezas como Otra vuelta de tuerca, de cuyo inmueble principal —un imponente castillo victoriano— Martine Desjardins (escritora) toma el molde para crear una ficción literaria con la peculiaridad que acontece en Montreal en el periodo presente y hace del humor negro una carta abierta a que el lector transite por sus páginas esbozando una media sonrisa.
    Sobrepasado con creces el centenar de libros publicados, a fecha de hoy, por Impedimenta, si desplegáramos un virtual mapamundi para ubicar el origen de los autores que forman parte de este suculento catálogo la “plaza” de Canadá quedaría cubierta por Martine Desjardins con esta delicatessen que se lee con fruición, asomando un timbre propio que, si acaso, recuerda de soslayo la literatura de David Nobbs (un nombre alineado geográficamente con multitud de escritores en la “casilla” de Gran Bretaña; no en vano, una de las señas de identidad de Impedimenta) en esa descripción de personajes reglados por conductas esquivas a la ortodoxia, y Jane Austen, Penelope Fitzgerald o Stella Gibbons cuando el foco se concentra en el personaje de Penny Sterling, la mecha que prende para que estalle en mil pedazo el (des)orden que impera en la hacienda de los Delmore, una «familia Monster» con acento quebequés. Horneada a fuego lento verbigracia de una narradora que bien hubiera podido formar parte del gremio de escritores con sello so british, La cámara verde hace del humor negro su estilete en un espacio invadido por una familia que trata de sacar tajada de la posibilidad que uno de sus miembros contraiga matrimonio con Penny Sterling, un nombre que adopta un doble significado vinculado con ese “principio activo” (el dinero) inspirador de una especie de congregación de corte sectario con domicilio fiscal en la cámara verde de marras. En las páginas dedicadas a pormenorizar las cuestiones que implican a esta congregación familiar —Diana Arbus hubiera tenido material de sobras para ampliar su catálogo fotográfico de personajes freakies, en singular las hermanas Mórula, Glástula y Blástula (sic), auténtico compendio de lo “antifemenino”— en que el Dinero se revela un Bien supremo, objeto de adoración y sujeto a un mandamiento de obligado cumplimiento sopena de adoptar medidas drásticas por parte del patriarca Louis-Dollar (otro apellido con intencionalidad "redoblada"), Martine Desjardins eleva la mirada por encima de ese ejercicio de descripción de ambientes y de presentación de personajes que hacen acto de presencia en la primera parte del libro. El ardid que se dibuja en las páginas finales no es más que la constatación de la habilidad de Martine Desjardins por conducirnos hacia los derroteros de una literatura barnizada de ironía, con apremio a que el lector sienta compasión por esos personajes desnortados, cuando no yendoal precipicio moral e imaginario.
    Presumiblemte, La cámara verde sea el punto de partida por parte de Impedimenta para que integre algunos de los otros títulos de la autora canadiense a su selecto catálogo, con especial atención por Maleficium (2009), incursión en la novela fantástica que, a buen seguro, despertará la curiosidad de muchas aficionados a este género literario. Por esta pieza Desjardins recibió el premio Jacques Brossard, distinción que ha repetido con La chambre verte, una de esas apuestas que permiten descubrir un talento literario indiscutible, que realiza inserciones en la piel humana de una innoble familia canadiense empleando a modo de cutícula un humor de exquisita finura y precisión en su lenguaje, no exento de expresiones (por ejemplo, “pimplar”) captadas a ras de calle.

martes, 7 de marzo de 2017

«LOS CASOS DE HORACE RUMPOLE, ABOGADO» (1978) de John Mortimer: EL BUEN JUICIO DE UN ILUSTRE ESCRITOR

Aunque la Editorial Impedimenta va camino de la publicación de más de ciento treinta obras, no deja de resultar curioso que en su catálogo convivan piezas literarias, escritas por separado, del matrimonio formado por Penelope y John Mortimer. En 2014 vio la luz en las librerías El devorador de calabazas (1962) y tres años más tarde, en febrero de 2017, Impedimenta ha lanzado al mercado Los casos de horace Rumpole, abogado (1978), cuyo autor John Mortimer, a diferencia de su consorte durante veintidós años, se mostró proactivo en diversos ámbitos en calidad de guionista (indistintamente para televisión y cine), dramaturgo y ensayista, llegando a ser considerado uno de los escritores británicos más prolíficos de la segunda mitad del siglo XX. Produce vértigo solo asomarse a la contribución en distintas disciplinas artísticas de Sir John Mortimer, al que la vida continuamente le deparaba “distracciones” suficientes, ya sea dentro o fuera de su ámbito familiar, para ir fermentando historias que quedaran refrendadas en papel. Sin duda, su condición de abogado le procuraría “munición” suficiente para armar, a partir de finales de la década de los setenta (batiéndose en retirada en el frente cinematográfico), una serie de novelas que pivotan sobre el estrafalario Horace Rumpole, en buena lid inspirado en su figura paterna, Clifford Mortimer, cuya ceguera no le impidió seguir en el ejercicio de su profesión. Los casos de Horace Rumpole, abogado abre el fuego editorial, en una apuesta dedicida del sello Impedimenta para que vaya creciendo en su catálogo el número de referencias vinculadas a un humor so british, uno de los rasgos distintivos de la idiosincrasia de las Islas, que funciona a modo de antídoto cuando lo dramático sobrevuela en un determinado entorno y/o afecta a una determinada persona. En cierta manera, Horace Rumpole no se encuentra demasiado alejado del Reginald Perry, la criatura literaria de David Nobbs —rescatado del olvido en su momento por parte de Impedimenta—, pero la particularidad del primero radica en su ámbito de trabajo, el inherente al estamento judicial en que la hipocresía, lo ruín, el sentido de la traición y la soberbia campan a sus anchas. De la lectura de Rumpole of the Bailey —el título original—  se desprende esa capacidad corrosiva, a ratos mordaz y aisladamente irónica de John Mortimer a la hora de describir una realidad que conoció en primera persona y asimismo a través de las historias que le contaba su progenitor, más “adornadas” si cabe a medida que su visión se iba apagando y su oído se iba afinando. De aquellas escuchas surgió la pieza teatral A Voyage Round My Father (1963).    
    Bien es cierto que el acto de escribir ficción implica necesariamente que soltamos lastre, de manera consciente o inconsciente, de nuestra propia realidad. En el caso de John Mortimer el cóctel preciso para dar rienda a una critatura literaria de las características de Horace Rumpole requería de la combinación de las experiencias propias —que afectarían al ámbito conyugal: «Ella, la que ha de ser obedecida», no es difícil asociarla con Penelope Mortimer— y de un padre que actuó de banister preferentemente en el periodo de entreguerras. De tal suerte, John Mortimer “revivió” a su progenitor en un total de once novelas, editadas en la lengua de John Milton entre 1978 y 1992. Al alcanzar la condición de septuagenario, John Mortimer se plegó a la escritura de sus memorias —Murderers and Other Friends: Another Part of Live (1995)— y, de manera puntual, regresaría sobre el personaje de Horace Rumpole a través de la publicación de nuevas viñetas de una cotidianeidad judicial transformada al albur de las nuevas tecnologías. Fallecido en 2009 a los ochenta y cinco años, presumo que aún no tenemos la perspectiva suficiente para poner en valor la enorme contribución de John Mortimer en su dilatada actividad vinculada a las letras. Precisamente, en el año de su deceso se consignaría la emisión televisiva del documental John Mortimer: A Life in Words (2009), en que desfilan ante las cámaras, entre otros, el actor Sinéad Cusack, su hijastro Ross Bentley, su hija (la actriz) Emily Mortimer, Penelope Mortimer y Jon Lord, miembro de Deep Purple. Al igual que en el caso de esta legendaria formación británica adscrita al hard-rock, John Mortimer había ejercido la defensa de los Sex Pistols y de la actriz porno Linda Lovelace en los juzgados. Por ello no resulta nada extraño que se deslice en la pieza bautismal consagrada al díscolo Horace Rumpole referencias a los Rolling Stones en la primera parte de un libro que se cierra con un episodio referido a los hermanos Delgardo, en cierta manera trasuntos de los hermanos Quay que dominaron los bajos fondos de la ciudad de Londres en la década de los sesenta. En ese periodo John Mortimer ya mostraba sus garras de hábil guionista cinematográfico —contribuyó a la escritura de los libretos de las magistrales adaptaciones del relato de Henry James Otra vuelta de tuerca y de la novela de Marryam Modell Bunny Lake Is Missing—, pero con el cambio de decenio le aguardaba un plato que había “recalentado” en su mente en infinitas ocasiones y que acabaría siendo degustado por esos comensales ávidos de literatura con un sello de alta calidad.              

miércoles, 20 de noviembre de 2013

«LA CARTERA DEL CRETINO» (2013) de Kurt Vonnegut: LA MIRADA DESDE TRAFALMADORE DE UN HUMANISTA

«Dios mío, concédeme la serenidad
para aceptar las cosas que no puedo cambiar,
el valor para cambiar las cosas que sí puedo cambiar
 y la sabiduría para distinguirlas»

Reinhold Niebuhr (1892-1971)



Desde que tuvo uso de razón, sobre todo a partir de la experiencia vivida durante la Segunda Guerra Mundial con los bombardeos sobre la ciudad de Dresden (de ahí sacaría las notas necesarias para su ficción literaria Matadero Cinco), Kurt Vonnegut Jr. (1922-2007) supo las cosas que sí podía cambiar, empezando por evaluarse a sí mismo. Militó en el “Partido Humanista”, siendo un firme defensor de los derechos civiles individuales y colectivos de su país: «Habiendo sido un amante de los indios durante toda mi vida, siempre me escandaliza conocer a blancos que viven cerca de una comunidad india a la que desprecian. No abundan, y por lo que yo he visto, casi todos los miembros de este partido político que defiende la supremacía blanca y el darwinismo social, el partidos de los presidentes Ronald Reagan y George Bush: los Republicanos». Y ya se sabe que la música amansa a las fieras. Él fue una de ellas, una fiera literaria que expresaba sus pensamientos en voz alta, en tribunas académicas o periodísticas sin importarle demasiado herir la sensibilidad en especial de los poderosos. La música que le amansaría durante sus largas horas frente a una máquina de escribir sería esencialmente la ligada a un estilo musical con un color reconocible en su proceso de fermentación: «La gente a la que se considera negra, y que se considera negra a sí misma, es una minoría pequeña y fácil de derrotar, cosa del diez por ciento de todos nosotros. No obstante, esa gente ha realizado en este hemisferio la que tal vez sea la contribución que más consuelo e inofensivos estímulos ha aportado a la civilización mundial: el jazz». Un entretenimiento preferible, en todo caso, a los contenidos de la “caja tonta” de la que Vonnegut expresa que «la televisión norteamericana es muy parecida a una excavadora, en el sentido de que lo convierte todo en algo limpio, pulcro, plano y carente de vida y de personalidad. De todos modos, la mejor analogía de la tele  en el continuo espacio-temporal sería un agujero negro en que los mayores crímenes y estupideces, por no hablar de continentes enteros, podían hundirse hasta desaparecer de nuestras conciencias». Toda esta retahíla de razonamientos vonnegutianos los podemos localizar en el ensayo «El último de Tasmania» incluido en la edición de La cartera del cretino (2013) a cargo del sello de nuevo cuño Malpaso. La imagen icónica de Kurt Vonnegut —una cabellera rizada, una gorra convenientemente ladeada, un bigote poblado, unos ojos saltones y unas ojeras prominentes— domina la fajita que recubre la tapa del libro editado por Malpaso con la intención que pronto mude a otro en que se pueda leer con riqueza tipográfica 2ª edición y así sucesivamente hasta alcanzar la categoría de longseller. Lo será si la mayoría de aficionados a la literatura de cariz subversivo —ciertamente, están/estamos de enhorabuena en los últimos tiempos con a publicación de textos de David Nobbs, Hunter S. Thompson, etc.— acierten en localizar a Vonnegut una figura referencial inexcusable, cuya virtud literaria no estuvo tanto en sobre lo qué escribió sino cómo lo escribió. Y lo hizo con un estilo suelto, sobre la base de un fraseo corto, sin demasiado abalorios aunque el episodio inicial —«Entre tibio y Tumbuctú»— de serie de siete que comprende Sucker’s Portafolio pueda desmentirlo. En el mismo, Vonnegut muestra esa inclinación hacia un relato en el que planea la sombra de la muerte, uno de los temas que le obsesionarían al encarar la recta final de su tramo final, al que pertenece el citado ensayo de 1992 «El último de Tasmania». Más atrás en el tiempo nos debemos remontar para localizar el grueso de los distintos relatos cortos que conforman La cartera del cretino, algunos deudores de su veta teatral administrada no con demasiado fervor crítico en Feliz cumpleaños, Wanda June (1970) con traducción cinematográfica prácticamente opaca al conocimiento del espectador del siglo XXI. Se trata del Episodio dos, «Roma», no demasiado alejado de un guión que hubiera podido llevar la rúbrica de Woody Allen en la línea de Balas sobre Broadway (1994) si no fuera porque la heroína de la función, Melody lo carga el diablo de vitriolo de Vonnegut con frases del jaez de Nunca ha visto la televisión. Nunca he visto una película. Nunca he visto una obra de teatro. Papá dice que los libros, el cine, la televisión y demás son los que ensucian hoy en día la mente de los jóvenes». Un alma pura, en suma, en el erial vonnegutiano atestado de personajes cínicos, ventajistas, inmorales, mezquinos (entre ellos, el viejo Arthur Futz del episodio «París», nativo de Indianápolis, con unas señas de identidad sospechosamente cercanas al entorno afectivo del escritor de idéntica localidad)… y cretinos. Ese cretino al que hace alusión el episodio central de este volumen, un auténtico delicatessen de veinticinco páginas con sorpresa final. Una soberana lección de literatura creativa de tramo corto y preciso, conciso y por encima de todo brillante, calificativo indisociable a un escritor que bebió de muy distintas fuentes —por ejemplo, su interés por la Antropología le llevó a estudiar en profundidad sobre la materia, aunque su tesis no fue admitida a trámite— y que haría de la observación de la propia estupidez humana la herramienta más útil para articular un pensamiento encauzado en una docena de novelas, múltiples ensayos, piezas teatrales e incluso una autobiografía. “Píldoras” de ésta se pueden acceder a través de la lectura del texto que antecede a su inacabado cuento «La ciudad robot y el señor Caslow». Para entonces, La cartera del cretino ya ha proveído al lector de un arte que se mide desde la ironía y la necesidad de entender el mundo con distanciamiento si no queremos caer en un estado de perplejidad absoluta. Palabra de Vonnegut.

Enlace a la página web de Malpaso Ediciones


viernes, 28 de diciembre de 2012

ENRIQUE REDEL, BUQUE INSIGNIA DE IMPEDIMENTA: EL PERSONAJE DEL AÑO 2012 EN «EL MUNDO DE HALDANE»


Camino de los cinco años publicando con regularidad este blog que surgió casi en forma de impulso, sin precisar otro objetivo que el de dar cabida a temáticas de distinta índole que difícilmente asoman en el primer plano de la actualidad, si el empeño persiste me gustaría que al cierre de cada año tributar un pequeño, minúsculo homenaje a personas que hacen una labor silenciosa pero efectiva en pro de la cultura en este bendito país. He barajado varios nombres para inaugurar esa modesta distinción con carácter anual. Al final me he decantado por Enrique Redel (Madrid, 1971), cuya Editorial Impedimenta nació prácticamente al unísono que El mundo de Haldane. Cumplido, pues, ese lustro no me mueve más que mi propio criterio para manifestar que Impedimenta es uno de los mejores sellos editoriales existentes en lengua castellana en la actualidad. Su principal «culpable» se llama Redel, a quien tuvo el privilegio de conocer meses atrás. Atlético por la gracia del Dios balompédico, de trato afable, Redel por encima de cualquier consideración es un amante cuál copa de pino de la literatura, aquella provisionada para degustarse mientras sorbemos una taza de té o de café, colocando piezas de música clásica o de bandas sonoras (como sería, por regla general, en mi caso) al fondo de esos ratos aptos para el placer de la lectura. Tras esa siembra de esos primeros años complicados, en las que las palabras de aliento se contraponen a las advertencias de un rumbo (editorial) equivocado (sobre todo proveniente de las filas de los correligionarios de un tipo de novelas carentes de un cuerpo literario de enjundia arbitradas por (seudo)escritores mediáticos), Impedimenta ha proveído a los lectores de una larga relación de novelas presididas por un nivel de calidad por encima de la media. Suyo ha sido el mérito de convertirse en el editor que mayor proporción por libro publicado de autores desconocidos por estos pagos que han abandonado el anonimato puestos a disposición por los lectores curiosos y ávidos a la búsqueda y captura de piezas maestras. Podría ocupar un solo post de las dimensiones habituales de El mundo de Haldane pasar lista de las mismas bajo el sello Impedimenta. Pero ya que Redel merece, para un servidor, la consideración de personaje de 2012 en este espacio, tomaremos una selección de novedades del presente año que toca a su fin —escogidas por el propio editor—, para ofrecer la medida de que la capacidad de riesgo, en ocasiones, obtiene los frutos adecuados y deseados: Nostalgia de Mircea Cartarescu; El país imaginado de Eduardo Berti; Caída y auge de Reginald Perrin de David Nobbs; Gazier & Ciccolini de Virginia Woolf; y La muerte del corazón de Elizabeth Bowen. Ésta última —de la que me ocuparé en el próximo post de El mundo de Haldane—  deviene un ejemplo paradigmático del tesón de Redel por escrutar en esa literatura de altos vueltos que ha permanecido durante tanto tiempo opaca a los lectores aficionados. Su olfato le suele situar en las Islas Británicas, un filón aún por explotar, si bien las antenas de Enrique Redel están orientadas hacia infinidad de rincones del planeta, algunos tan privativos para colegas de su gremio como Rumanía, Australia o Polonia. En tiempos de zozobra económica, la empresa de Redel se sostiene merced a su buen tino en la elección de material literario con letras mayúsculas, siendo esos sellos que imprimen confianza en el lector habida cuenta que la palabra decepción tiene poco encaje entre tanta excelencia, de la «A»de Adón (Pilar) a la «W»de Woolf (Virginia). Esperemos, por tanto, que Impedimenta se posicione conforme a una de las editoriales punteras del siglo XXI por lo que compete a la literatura de alta graduación en su fondo y en su forma. Gracias Enrique por tu excelente labor. Un personaje, sin duda, digno de admiración en un panorama editorial yermo de editores que merezcan tal nombre.   

domingo, 7 de octubre de 2012

«CAÍDA Y AUGE DE REGINALD PERRIN» de DAVID NOBBS: ORDINARIA LOCURA


En su autobiografía, publicada por Arrow Books bajo el irónico título I Didn’t Get Where I am Today (2004) («no consigo saber donde estoy hoy») David Gordon Nobbs dedica, una vez salvado su periodo de aprendizaje final, además del motivo de portada el capítulo más extenso a The Fall and Rise of Reginald Perrin. Se trata de la obra literaria que le dio relieve artístico y cierta prestancia económica, y a la que dedica cuarenta páginas de sus memorias para ofrecer un relato fidedigno de cómo se coció una pieza de estas características. Bajo una fachada humorística se encuentra una despiadada lectura de la condición humana y más concretamente en el Homo sapiens británico, generador entre su “tribu” de brillantísimas figuras dentro de la música, de la ciencia o de la política, entre otras muchas disciplinas, pero asimismo de un perfil de individuos amparados en la mezquindad, en el sentimiento de superioridad (referida sobre todo a las capas sociales) y en una idea de la tradición familiar que se perpetua de generación en generación. Con su habitual sentido del olfato afinado cada vez en esas Islas Británicas rebosantes de talentos literarios aún por descubrir en nuestros lares, Impedimenta ha publicado Caída y auge de Reginald Perrin (1975), la primera de una serie de novelas escritas por Nobbs, focalizadas en un pintoresco personaje que evidencia su torpeza cuando intenta “reinventarse” bajo una nueva identidad, pero que al cabo computarán varias más. Trescientas cincuenta y siete páginas que se devoran con fruición al combinar su autor la sátira social —en otra muestra del valor de la tradición británica— y el relato humorístico con un lenguaje preñado de brillantez expresiva y, al mismo tiempo, de una vitriólica mirada sobre lo que envuelve la triste realidad de nuestro “antihéroe”. Desde el primer párrafo, Nobbs suelta amarras y deja caer un torbellino de frases delirantes: «Cuando Reginald Iolanthe Perrin se dispuso a salir para el trabajo aquella mañana de jueves, no entraba en sus planes llamar hipopótamo a su suegra. Nada más lejos de su pensamiento». Podemos abrir la novela por la mitad y encontramos a un lado la descripción del mundo de Reginald Perrin —vestido de tonalidades grises, en que millares de lectores británicos debieron reconocerse en el personaje que poco más tarde representaría Leonard Rossiter (una excelente elección) en una serie de veintiún episodios auspiciada por la BBC—, y el que da crédito a su nueva vida marcada por el punto de inflexión que representa su desaparición mar adentro. En el ecuador del relato nace la raíz de una leve intriga detectivesca que queda abortada por la incapacidad de un par de investigadores por sacar conclusión alguna sobre la hipotética identidad con la que actúa en la vida civil —de regreso de la “muerte”— el otrora empleado de una fábrica especializada en la producción y distribución de postres. De Felpudo Coco Perrin pasa a autodenominarse Charles Windsor, pero pronto la evidencia de su charada le conduce a hacerse pasar por sir o Lord Wensley Amburst, Jasper Flask y el signor Antonio Stifado. Los capítulos finales se reservan para un giro narrativo (que evidentemente no desvelaré) de puro delirio, en que las dobles lecturas ganan prestancia en esta notable propuesta literaria aferrada a un sustrato humorístico refinado con una proverbial facultad de Nobbs con combinar lo mundano, lo coloquial (abundan las expresiones de este sesgo que la traductora, Julia Osuna Aguilar, ha tenido que afinar para ofrecer una pátina de “modernidad” a los ojos de las generaciones de lectores más jóvenes) con un proverbial sentido descriptivo que no orilla el valor de una cierta carga poética.
   En esta nueva cita con la literatura británica, Caída y auge de Reginald de Perrin concuerda con su bien ganado prestigio de una obra de culto en suelo inglés, armada para que nos pueda privar inclusive de horas de sueño, a cambio de seguir encarando la vida con las dosis de humor necesarias para soportar el peso del Apocalipsis económico-financiero que se nos avecina, a tenor de los imputs recibidos a lo largo del día. Esperamos con fruición la línea sucesoria de andanzas de un atribulado Reginald Perrin de la mano de Impedimenta, que coloca un nuevo autor descubierto en nuestro país en su particular casillero de aciertos... Un autor más que sumar, pues, y un deseo expreso porque se multipliquen los lectores en el conocimiento de escritores de la categoría de Nobbs, un talento que aún sigue dando guerra, a propósito de su recientemente publicado It had to Be You (2011), ya despojado del inefable Reginald Iolanthe Perrin, al que enterraría hace tiempo haciendo “honor” a las siglas que conforman su nombre y apellido (R. I. P.)  

domingo, 16 de septiembre de 2012

«AUGUSTUS CARP» de Henry Howarth Bashford: LA RECUPERACIÓN DE UN CLÁSICO DEL HUMOR BRITÁNICO


Contaba con cuarenta y cuatro años cuando Henry Howarth Bashford (1880-1961) vio publicada su primera y la que sería, a la postre, su única novela humorística. Pero tuvo la “prudencia” de que su prestigio profesional —ejerció de doctor a las órdenes del rey Jorge VI, además de ostentar el cargo de Asesor Médico del Tesoro de Su Majestad— no se viera mancillado merced a una vena literaria encarada hacia lo satírico. De ahí que optara por firmar bajo seudónimo, primero en su Inglaterra natal, y repitiendo idéntica disposición cuando su novela Augustus Carp (1924) se publicaría en los Estados Unidos. Transcurridos casi cuarenta años desde aquel bautizo editorial, a Bashford le sobrevino la muerte y con ello su anonimato oscureció para dar paso a un reconocimiento de su figura literaria. La curiosidad mórbida de Anthony Burgess propiciaría esta realidad tan ligada al oficio de escritor. Una tienda de viejo permitió al políglota novelista, ensayista y compositor británico ir al rescate de una edición de Augustus Carp, sepultada entre infinidad de libros. A partir de entonces, saldría a la luz el verdadero nombre del autor de este incunable, Henry Howarth Bashford, que Ático de los Libros, en una operación que entraña cierto riesgo, acaba de publicar por vez primera en lengua castellana, dando carta de naturaleza a una política de recuperación de textos inéditos preferentemente de ámbito anglosajón. Con el afán de rendir honores al verdadero descubridor de esta obra de cara a nuevas generaciones y, a la par, servir a la noble causa de la promoción, Ático de los Libros ha tenido la gentileza de bordar el nombre de Anthony Burgess en el margen inferior derecho de la portada, justo debajo de la frase que reza: «Una de las grandes novelas cómicas del siglo XX».
   A tenor de la sentencia que hizo suya el autor de La naranja mecánica, uno de los escritores con una mayor formación intelectual de los que tengo constancia, mi interés por Augustus Carp creció más allá de sus premisas argumentales. Al cabo, una vez leída la novela en cuestión, sorprende sobremanera que Bashford no hubiera seguido firme en su decisión de cultivar un género que cuenta con una legión de practicantes en el Reino Unido y que en los años de postguerra florecerían nombres de la importancia de P. D. Wodehouse, David Nobbs o Edmund Crispin, estos últimos recuperados por un sello so british como Impedimenta. Allí donde hubiera podido tener acomodo el nombre de Bashford, quien para Augustus Carp recupera ciertos modos y costumbres literarios de la novelística del siglo XVIII, tomando el modelo, por ejemplo, de Los viajes de Gulliver (1726). Al igual que en la novela de Jonathan Swift (1667-1745), en el encabezado de los capítulos de Augustus Carp se despachan en unas pocas líneas, de manera telegráfica, los acontecimientos que tienen lugar en la vida del protagonista. Lo contradictorio del personaje campa a sus anchas en un relato de vidriosa comicidad, al amparo de un sentido tragicómico por el que discurre cada una de las doscientas treinta páginas del presente volumen. Asimismo, la novelística del siglo XVII alcanza a esa intermitente interpelación que hace el autor a su público lector, buscando un amago de comprensión en esa alma objeto de mofa fruto de su alicaída figura. Pasajes de cierta hilaridad se combinan con un humor sutil, sibilino que, a veces, se cobra a cuenta de referirse a las Sagradas Escrituras: «El resto de la carta, de la cuál aún conservo copia, es quizá la denuncia más severa del carácter femenino que se haya escrito jamás, con la posible excepción de algunos pasajes del Apocalipsis (pág. 214)». En boca de un cristiano irreductible, este Augustus Carp, la frase muestra hasta qué punto lo irreverente iría ganando peso a medida que Bashford iba construyendo su relato.
    Para aquellos devotos de la literatura de calado humorístico británico, Augustus Carp deparará una velada de primera magnitud, dejando tras de sí el interrogante que hubiera sido de Bashford de haberse dedicado en cuerpo y alma a la gimnasia diaria de la escritura. Ciertamente, Augustus Carp hubiera sido el punto de arranque de una nueva vida profesional para Bashford pero prefirió tomar un camino acaso más seguro.