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domingo, 29 de noviembre de 2015

«EL ÁRBOL» (1979), de JOHN FOWLES: DESHOJANDO AL NATURALISTA

John Fowles (1926-2005) vivió hasta los setenta y nueve años, pero puede decirse que tan sólo fueron unos veinticinco los que pudo desarrollar una actividad plena en el ejercicio profesional de la escritura. El éxito de su novela de debut, El coleccionista (1963), acompañado por su proverbial adaptación cinematográfica un par de años más tarde, propiciaría que el inglés Fowles asumiera el mando de su futuro en el campo de las letras, destinando innumerables horas a perfeccionar una técnica literaria extraordinariamente refinada al final de esa misma década. En ese periodo alumbraría La mujer del teniente francés (1969), cuya traslación en imágenes a cargo del angry young man Karel Reisz —teórico del free cinema— no llegaría hasta los inicios de la década de los ochenta. En este intervalo temporal Fowles consignaría la escritura de un ensayo sobre la naturaleza titulado de manera escueta The Tree (1979). Haciendo un alto en su “tradición” por publicar piezas literarias, el sello Impedimenta ha acomodado a su excelente catálogo el ensayo El árbol coincidiendo con el cumplimiento del décimo año de la muerte de Fowles, afectado de apoplejía en los que, a la postre, serían los últimos dieciocho años de su vida.
    A falta de certificar una autobiografía —a buen seguro, la enfermedad cerebrovascular que padeció laminaría cualquier tentativa viable en este sentido— El árbol (con una impecable traducción al castellano de la también escritora Pilar Adón) deja filtrar en ese suelo donde se asienta su celebrado ensayo aspectos vitales referidos al propio Fowles, abonando así la idea que su dedicación literaria tuvo su germen en las veleidades artísticas de su progenitor. Unas inclinaciones creativas de la figura paterna que salieron a la luz precisamente cuando John Fowles recibió elevados emolumentos por las ventas de El coleccionista, una cuestión que reclamaría la atención del primero por encima de la calidad de la escritura que atesorara esta pieza de debut. Así, al calor del éxito comercial de The Collector, Mr. Fowles, dedicado a un negocio de tabaco que iría languideciendo con el paso de los años, hizo entrega a su hijo de un manuscrito novelado sobre su experiencia en la Primera Guerra Mundial, un entorno bélico con un fondo romanticista que el incipiente escritor utilizaría alguno de sus pasajes para incorporarlo al corpus literario de su ambiciosa El mago (1966).  Una manera de “premiar” un texto que, según el prisma de John Fowles, no tenía los márgenes de calidad necesarios para ser considerado ni tan siquiera por un editor para su eventual publicación. En virtud de este juicio severo, John Fowles trataría de disuadir a su padre de que albergara cualquier esperanza porque le siguiera los pasos profesionales. Esos pasos que condujeron a John Fowles hacia una senda inexplorada por el autor de The Magus, la de un ensayo sobre la naturaleza que amaga por derroteros autobiográficos (con algún que otro apunte curioso, como su devoción, compartida por su colega Vladimir Nabokov, por la caza de mariposas para coleccionarlas, elemento inspirador de su opera prima) pero que, al cubrir la lectura de sus primeras páginas, reconduce el texto hacia un propósito inicial. Éste recibió el respaldo de una erudición nacida de ingentes lecturas relativas a un sinfín de temáticas (algo que le permitió vincular las obras literarias primerizas de la Historia con una de sus constantes, la ubicación de las mismas en espacios boscosos), pero también de la observación de esa fiel compañera durante su exilio de la realidad urbana: la naturaleza. En cierto sentido, más que en un ensayo, El árbol muda a un follaje de distinto color, el correspondiente a una especie de manifiesto en favor de la preservación de una naturaleza salvaje fruto de una pulsión ecologista que había arraigado a finales de la década de los setenta, con movimientos impulsados por la sociedad civil que cuestionaban la seguridad de centrales nucleares, tal como ocurrió por las fechas de la publicación de esta pequeña obra con el accidente registrado en la central Three Mile Island, en Harrisburg (Estados Unidos). Entre líneas podemos leer una conciencia ecológica por parte de John Fowles que amplía la visión de un humanista dedicado en cuerpo y alma al estudio desde su refugio espiritual, una granja de Dorset, confiando que semejante entorno privilegiado le guiara hacia la inspiración, aunque su producción literaria fuera relativamente baja en comparativa con otros escritores coetáneos. Con todo, cada página (del centenar que contiene el total) de El árbol vale su peso en oro por la lucidez de su razonamiento, avanzado en tantos aspectos a su tiempo, proponiendo que ese propósito taxonómico que embarga al naturalista (semi)aficionado quede en segundo plano, imponiéndose una observación medida casi con un enfoque espiritual y dejando constancia que sigue siendo uno de los bienes más preciados del que la humanidad puede beneficiarse. Una temática nada baladí en tiempos donde el cambio climático puede causar estragos que, de no poner coto de manera proactiva entre todos, resultaría irreversible. Bajo la luz de la realidad actual del siglo XXI, las palabras de John Fowles plasmadas en El árbol encierran una orientación de carácter profético que hace aún si cabe más recomendable su lectura. Se lee en un suspiro, pero las lecciones que podemos extraer de la misma se antojan imperecederas. 

jueves, 1 de enero de 2015

«EL VIAJE DE SHACKLETON» de William Grill: HACIA LO DESCONOCIDO

Suelo concluir cada año con una lectura que me provoque un sentimiento de estima, de placer por el mero hecho de enfrentarme a semejante ejercicio que alienta el intelecto. Años atrás comenté en este mismo blog un documental de IMAX sobre la hazaña del aventurero Ernest Henry Shackleton (1874-1922) y su tripulación del Endurance. Prácticamente en el último suspiro de 2014 regreso sobre este extraordinario personaje con motivo de la publicación de El viaje de Shackleton, una obra ilustrada del precoz talento británico William Grill que lleva el aval de Impedimenta. Un delicatessen con un formato próximo al tamaño Din A-4, en tapa dura y, por tanto, fuera de los estándares a los que nos tiene acostumbrados Impedimenta, aunque con la participación en la traducción (Pilar Adón) de una recurrente profesional en el sello madrileño. Merecedor del premio New York Times Best Illustrated Books en 2014 y del premio AOL Illustrarion New Talent, El viaje de Shackleton, en el año de la conmemoración del centenario del inicio de la expedición del Endurance a los confines del «quinto continente» viene a sumarse a las publicaciones en lengua castellana sobre tan notable personaje y la proeza que le elevaría a los altares de la fama y sobre todo del reconocimiento popular durante su existencia y posterior a la misma. Endurance, la legendaria expedición a la Antártida de Ernest Shackleton (2009, Planeta de Agostini), de Luis Bustos, Shackleton, expedición a la Antártida (2011, Bambú Editorial), de Lluís Prats, y Shackleton, el indomable (2013, Forcola Ediciones), de Javier Cacho preceden a este libro profusamente ilustrado verbigracia de unos dibujos cincelados por Grill con un estilo peculiar, que parece surgido de “otra época”. Algo más extenso en número de páginas  —setenta y cuatro— que el cómic-tipo, por ejemplo, de la serie sobre Tintín, El viaje de Shackleton nos invita a un recorrido por el periplo de la expedición del Endurance, abordada un par de años después de la tragedia del Titanic, pero colocando el objetivo en ese continente desconocido, la Antártida, que puso en jaque a la vida de una veintena de aguerridos hombres, alentados en todo momento por Shackleton para que las fuerzas no les vencieran. Una historia pertinente de leer en tiempos en que la crisis —a todos los niveles— azota, cuál vendaval, la vida de infinidad de personas, agarrados a una luz de esperanza en plena oscuridad. La oscuridad para Shackleton y sus compañeros de viaje tuvo un color, el blanco (con su infinidad de matices) de un paisaje nevado, gélido, que dominaría durante más de dieciséis meses, de 1914 a 1916, sus respectivas vidas. Mientras en el viejo continente se libraba la Primera Guerra Mundial, Shackleton, Frank Wild, Frank Worsley y tantos otros hasta completar veintisiete expedicionarios, batallarían en esa Antártida que se abría a la civilización en condiciones metereológicas extremadamente adversas. De esa gesta da cuenta un libro excelentemente ilustrado que refuerza si cabe aún más el “compromiso” de Impedimenta por escarbar en todos los rincones posibles de ese crisol de naciones llamado el Reino Unido, con un timbre singular para la narración. Esta vez, la narración se acomoda a unas ilustraciones que muestran individuos con cuerpos desproporcionados en relación a esas cabezas que, como la de Shackleton, maquinaron un proyecto de casi imposible realización. Pero la imperiosa necesidad del ser humano por ir más allá de donde dicta la lógica, movió a Shackleton a decidirse por escapar del conformismo. Él mismo escribió una frase con aliento a una sentencia que descansa en las páginas finales de este galardonado volumen: «Elegí la vida por encima de la muerte por mí mismo y para mis amigos... Creo que está en nuestra naturaleza el deseo de explorar, de adentrarnos en lo desconocido. La única derrota verdadera sería la de no salir a explorar jamás». Ernest Shackleton dixit.  


martes, 25 de junio de 2013

«INOCENCIA» de Penelope Fitzgerald: ENTRE LA TRADICIÓN Y LA MODERNIDAD EN LA FLORENCIA DE POSTGUERRA

«Sentí que el mundo del que habla 84 Charing Cross Road estaba sorprendentemente cerca de mis obsesiones: el paisaje de los sentimientos ocultos, el amor como proyección de las cosas que no se dicen porque no necesitan decirse, de la soledad como vocación». Así se expresaba Isabel Coixet cuando presentaba en el marco del XIII Festival Internacional de Teatro Temporada Alta de Salt (localidad limítrofe con Girona) su adaptación escénica de la novela breve 84 Charing Cross Road, uno de los referentes literarios inexcusables de La librería (1978), escrita por Penelope Fitzgerald (1916-2000), de cuya traslación —esta vez al celuloide— se ocupará la propia realizadora catalana en los próximos meses. Presumiblemente, para un sector del público familiarizado con la obra de Coixet, La librería en su derivada cinematográfica sirva de puerta de entrada al conocimiento de la producción literaria de Fitzgerald. Llegados a este punto, Impedimenta ofrece un muestrario significativo de la misma a través de las traducciones de, amén de la susodicha La librería, El inicio de la primavera (2011) e Inocencia (2013). A buen seguro, esta prospección de Enrique Redel por el mundo literario anglosajón a la búsqueda de autores y autoras susceptibles de ser (rei)vindicados por el lector de habla hispana, llevará a Penelope Fitzgerald a situarla en el espacio de las damas de mayor aceptación entre los lectores que precisan el amparo de textos de exquisita finura estilística y que no renuncien a temas universales, condición sine qua non para ser degustados en plena modernidad del siglo XXI.   
   Perteneciente a una estirpe de prohombres del mundo de la cultura y de las artes en general, inequívocamente Penelope Knox parecía destinada a seguir los pasos de una tradición familiar esquiva a una realidad operada fuera de las coordenadas de lo recurrente en la existencia que embarga al común de los mortales. El viaje formaría parte de ese «plan de vida» diseñado por y para Penelope Knox, y con ello el mapa literario se desplegaría más allá de los confines de su Inglaterra natal. La novela que nos ocupa, Inocencia (1986), fue abordada por Penelope Fitzgerald —adoptando el apellido de su marido, un oficial irlandés fallecido al poco que contraer matrimonio— al filo de cumplir su setenta aniversario, fruto de su entrada en contacto con la Italia de postguerra. Seducida por ese universo donde confluían temáticas que enriquecieran el sustrato literario con el que partía, Fitzgerald abogaría para su primera novela en que su propia persona quedaba excluida de las tramas por armar, un conjunto de situaciones comprometidas con la idiosincrasia del país transalpino. En prácticamente ninguno de los episodios de Inocencia, tenemos la percepción que Fitzgerald sea una escritora británica que vuela sobre el relato sin quedar adherida a la superficie de un mundo que evoluciona hacia un cambio de estatus social, político, financiero y cultural. Producto de la influencia ejercida por la literatura de Sir Walter Scott, Fitzgerald mezcla personajes reales — el político Antonio Gramschi (1891-1937)— y ficticios al servicio de una obra que se postula en sus “acertijos” en torno al amor conforme a una comedia shakespeariana —en especial Mucho ruido y pocas nueces— por encima inclusive de las tibias analogías que se intuyen “entre líneas” con respecto al legado literario de Jane Austen. Su “alineamiento” con el patrimonio creativo de William Shakespeare crece al albur de una composición literaria basada en una profusión de diálogos de una punzante ironía y armoniosa delicadeza, al margen de un manto visionario-profético que se extiende sobre algunas de las reflexiones brindadas por sus personajes principales y secundarios. Mas, algunos de éstos parecen nacer al dictado de la realidad de nuestros días en el contexto de un viejo continente que va a la deriva —expresión que casa precisamente con otro de los títulos de Fitzgerald, merecedor del Booker Prize que se le había resistido un año antes con La librería—, como se desprendre de las siguientes líneas de diálogo brindadas a renglón seguido de las dudas que se ciernen sobre el cirujano Salvatore Rossi al unir su futuro sentimental con Chiara Ridolfi, de linaje aristrocrático, educada en colegios ingleses:

— «No pierdas la esperanza —dijo Cesare—. Según mis cálculos, dentro de veinte años el divorcio será legal en Italia.
—    ¿Según qué calculos?
—  Cuando la Comunidad Europea se ponga en marcha, tendremos que unirnos a ella para poder vender nuestro vino, aunque a Alemania le parezca mal y se ponga en contra. En cuanto nos unamos a ellos en una cosa, tendremos que unirnos en todas».

   Lejos de demostrar con semejante diálogo animadversión para con el país teutón, la escritora inglesa volvería a “sumergirse” en otro espacio ajeno al de su país de origen para la construcción de la novela La flor azul (1995) —como apunta Terence Dooley en el epílogo titulado “Amena Stanza”, derivado de una “transmutación” de un proyecto abortado que se localizaría igualmente en Florencia y que iba a desarrollar el tema del simbolismo de las flores en el arte sagrado primitivo—, que con toda probabilidad el sello Impedimenta tiene en su agenda para encontrar acomodo, en un futuro más o menos cercano, en su particular «Biblioteca Penelope Fitzgerald». De esta forma, Johann Wolfgang Von Goethe o Friedrich Von Schlegel, en su calidad de figuras extraídas de la realidad, se colarán en la más que presumible traducción de una ficción literaria más que pertinente en la idea, cuando no convicción, que su autora sigue siendo merecedora de la atención de lectores inasequibles al desaliento de viajar a través de las páginas de novelas bañadas por la luz solar en los periodos estivales. Una estación especialmente indicada para este tipo de ejercicios que comprometen más a la intuición que al deber, al placer que a la necesidad. En esta tesitura, Impedimenta nos abre, pues, nuevamente una ventana al saber de la obra de una escritora de tardía dedicación pero que empezó en su juventud a forjar los mimbres de un pensamiento inequívocamente avanzado a su tiempo desde la perspectiva de una mujer, en la senda de sus compatriotas Naomi Mitchinson o Stella Gibbons.         


viernes, 28 de diciembre de 2012

ENRIQUE REDEL, BUQUE INSIGNIA DE IMPEDIMENTA: EL PERSONAJE DEL AÑO 2012 EN «EL MUNDO DE HALDANE»


Camino de los cinco años publicando con regularidad este blog que surgió casi en forma de impulso, sin precisar otro objetivo que el de dar cabida a temáticas de distinta índole que difícilmente asoman en el primer plano de la actualidad, si el empeño persiste me gustaría que al cierre de cada año tributar un pequeño, minúsculo homenaje a personas que hacen una labor silenciosa pero efectiva en pro de la cultura en este bendito país. He barajado varios nombres para inaugurar esa modesta distinción con carácter anual. Al final me he decantado por Enrique Redel (Madrid, 1971), cuya Editorial Impedimenta nació prácticamente al unísono que El mundo de Haldane. Cumplido, pues, ese lustro no me mueve más que mi propio criterio para manifestar que Impedimenta es uno de los mejores sellos editoriales existentes en lengua castellana en la actualidad. Su principal «culpable» se llama Redel, a quien tuvo el privilegio de conocer meses atrás. Atlético por la gracia del Dios balompédico, de trato afable, Redel por encima de cualquier consideración es un amante cuál copa de pino de la literatura, aquella provisionada para degustarse mientras sorbemos una taza de té o de café, colocando piezas de música clásica o de bandas sonoras (como sería, por regla general, en mi caso) al fondo de esos ratos aptos para el placer de la lectura. Tras esa siembra de esos primeros años complicados, en las que las palabras de aliento se contraponen a las advertencias de un rumbo (editorial) equivocado (sobre todo proveniente de las filas de los correligionarios de un tipo de novelas carentes de un cuerpo literario de enjundia arbitradas por (seudo)escritores mediáticos), Impedimenta ha proveído a los lectores de una larga relación de novelas presididas por un nivel de calidad por encima de la media. Suyo ha sido el mérito de convertirse en el editor que mayor proporción por libro publicado de autores desconocidos por estos pagos que han abandonado el anonimato puestos a disposición por los lectores curiosos y ávidos a la búsqueda y captura de piezas maestras. Podría ocupar un solo post de las dimensiones habituales de El mundo de Haldane pasar lista de las mismas bajo el sello Impedimenta. Pero ya que Redel merece, para un servidor, la consideración de personaje de 2012 en este espacio, tomaremos una selección de novedades del presente año que toca a su fin —escogidas por el propio editor—, para ofrecer la medida de que la capacidad de riesgo, en ocasiones, obtiene los frutos adecuados y deseados: Nostalgia de Mircea Cartarescu; El país imaginado de Eduardo Berti; Caída y auge de Reginald Perrin de David Nobbs; Gazier & Ciccolini de Virginia Woolf; y La muerte del corazón de Elizabeth Bowen. Ésta última —de la que me ocuparé en el próximo post de El mundo de Haldane—  deviene un ejemplo paradigmático del tesón de Redel por escrutar en esa literatura de altos vueltos que ha permanecido durante tanto tiempo opaca a los lectores aficionados. Su olfato le suele situar en las Islas Británicas, un filón aún por explotar, si bien las antenas de Enrique Redel están orientadas hacia infinidad de rincones del planeta, algunos tan privativos para colegas de su gremio como Rumanía, Australia o Polonia. En tiempos de zozobra económica, la empresa de Redel se sostiene merced a su buen tino en la elección de material literario con letras mayúsculas, siendo esos sellos que imprimen confianza en el lector habida cuenta que la palabra decepción tiene poco encaje entre tanta excelencia, de la «A»de Adón (Pilar) a la «W»de Woolf (Virginia). Esperemos, por tanto, que Impedimenta se posicione conforme a una de las editoriales punteras del siglo XXI por lo que compete a la literatura de alta graduación en su fondo y en su forma. Gracias Enrique por tu excelente labor. Un personaje, sin duda, digno de admiración en un panorama editorial yermo de editores que merezcan tal nombre.