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miércoles, 20 de noviembre de 2013

«LA CARTERA DEL CRETINO» (2013) de Kurt Vonnegut: LA MIRADA DESDE TRAFALMADORE DE UN HUMANISTA

«Dios mío, concédeme la serenidad
para aceptar las cosas que no puedo cambiar,
el valor para cambiar las cosas que sí puedo cambiar
 y la sabiduría para distinguirlas»

Reinhold Niebuhr (1892-1971)



Desde que tuvo uso de razón, sobre todo a partir de la experiencia vivida durante la Segunda Guerra Mundial con los bombardeos sobre la ciudad de Dresden (de ahí sacaría las notas necesarias para su ficción literaria Matadero Cinco), Kurt Vonnegut Jr. (1922-2007) supo las cosas que sí podía cambiar, empezando por evaluarse a sí mismo. Militó en el “Partido Humanista”, siendo un firme defensor de los derechos civiles individuales y colectivos de su país: «Habiendo sido un amante de los indios durante toda mi vida, siempre me escandaliza conocer a blancos que viven cerca de una comunidad india a la que desprecian. No abundan, y por lo que yo he visto, casi todos los miembros de este partido político que defiende la supremacía blanca y el darwinismo social, el partidos de los presidentes Ronald Reagan y George Bush: los Republicanos». Y ya se sabe que la música amansa a las fieras. Él fue una de ellas, una fiera literaria que expresaba sus pensamientos en voz alta, en tribunas académicas o periodísticas sin importarle demasiado herir la sensibilidad en especial de los poderosos. La música que le amansaría durante sus largas horas frente a una máquina de escribir sería esencialmente la ligada a un estilo musical con un color reconocible en su proceso de fermentación: «La gente a la que se considera negra, y que se considera negra a sí misma, es una minoría pequeña y fácil de derrotar, cosa del diez por ciento de todos nosotros. No obstante, esa gente ha realizado en este hemisferio la que tal vez sea la contribución que más consuelo e inofensivos estímulos ha aportado a la civilización mundial: el jazz». Un entretenimiento preferible, en todo caso, a los contenidos de la “caja tonta” de la que Vonnegut expresa que «la televisión norteamericana es muy parecida a una excavadora, en el sentido de que lo convierte todo en algo limpio, pulcro, plano y carente de vida y de personalidad. De todos modos, la mejor analogía de la tele  en el continuo espacio-temporal sería un agujero negro en que los mayores crímenes y estupideces, por no hablar de continentes enteros, podían hundirse hasta desaparecer de nuestras conciencias». Toda esta retahíla de razonamientos vonnegutianos los podemos localizar en el ensayo «El último de Tasmania» incluido en la edición de La cartera del cretino (2013) a cargo del sello de nuevo cuño Malpaso. La imagen icónica de Kurt Vonnegut —una cabellera rizada, una gorra convenientemente ladeada, un bigote poblado, unos ojos saltones y unas ojeras prominentes— domina la fajita que recubre la tapa del libro editado por Malpaso con la intención que pronto mude a otro en que se pueda leer con riqueza tipográfica 2ª edición y así sucesivamente hasta alcanzar la categoría de longseller. Lo será si la mayoría de aficionados a la literatura de cariz subversivo —ciertamente, están/estamos de enhorabuena en los últimos tiempos con a publicación de textos de David Nobbs, Hunter S. Thompson, etc.— acierten en localizar a Vonnegut una figura referencial inexcusable, cuya virtud literaria no estuvo tanto en sobre lo qué escribió sino cómo lo escribió. Y lo hizo con un estilo suelto, sobre la base de un fraseo corto, sin demasiado abalorios aunque el episodio inicial —«Entre tibio y Tumbuctú»— de serie de siete que comprende Sucker’s Portafolio pueda desmentirlo. En el mismo, Vonnegut muestra esa inclinación hacia un relato en el que planea la sombra de la muerte, uno de los temas que le obsesionarían al encarar la recta final de su tramo final, al que pertenece el citado ensayo de 1992 «El último de Tasmania». Más atrás en el tiempo nos debemos remontar para localizar el grueso de los distintos relatos cortos que conforman La cartera del cretino, algunos deudores de su veta teatral administrada no con demasiado fervor crítico en Feliz cumpleaños, Wanda June (1970) con traducción cinematográfica prácticamente opaca al conocimiento del espectador del siglo XXI. Se trata del Episodio dos, «Roma», no demasiado alejado de un guión que hubiera podido llevar la rúbrica de Woody Allen en la línea de Balas sobre Broadway (1994) si no fuera porque la heroína de la función, Melody lo carga el diablo de vitriolo de Vonnegut con frases del jaez de Nunca ha visto la televisión. Nunca he visto una película. Nunca he visto una obra de teatro. Papá dice que los libros, el cine, la televisión y demás son los que ensucian hoy en día la mente de los jóvenes». Un alma pura, en suma, en el erial vonnegutiano atestado de personajes cínicos, ventajistas, inmorales, mezquinos (entre ellos, el viejo Arthur Futz del episodio «París», nativo de Indianápolis, con unas señas de identidad sospechosamente cercanas al entorno afectivo del escritor de idéntica localidad)… y cretinos. Ese cretino al que hace alusión el episodio central de este volumen, un auténtico delicatessen de veinticinco páginas con sorpresa final. Una soberana lección de literatura creativa de tramo corto y preciso, conciso y por encima de todo brillante, calificativo indisociable a un escritor que bebió de muy distintas fuentes —por ejemplo, su interés por la Antropología le llevó a estudiar en profundidad sobre la materia, aunque su tesis no fue admitida a trámite— y que haría de la observación de la propia estupidez humana la herramienta más útil para articular un pensamiento encauzado en una docena de novelas, múltiples ensayos, piezas teatrales e incluso una autobiografía. “Píldoras” de ésta se pueden acceder a través de la lectura del texto que antecede a su inacabado cuento «La ciudad robot y el señor Caslow». Para entonces, La cartera del cretino ya ha proveído al lector de un arte que se mide desde la ironía y la necesidad de entender el mundo con distanciamiento si no queremos caer en un estado de perplejidad absoluta. Palabra de Vonnegut.

Enlace a la página web de Malpaso Ediciones


miércoles, 16 de enero de 2013

«WOODY ALLEN: EL DOCUMENTAL» (2012): UNA DELICADA MELODÍA A RITMO DE JAZZ

Excelente «barómetro» de que Woody Allen (1935, Brooklyn, Nueva York) ha tratado de «desterrar» de su recuerdo el documental Wild Man Blues (1997) es que, al reparar en el índice onomástico y por películas de Conversaciones con Woody Allen (Ed. Lumen, 2008) de Eric Lax, brilla por su ausencia el nombre de su realizadora, Barbara Kopple, y del título en cuestión. Motivos para ello no parecían faltar a Allen atendiendo a la visión premeditadamente deformada que se extraía del polifacético artista, haciendo hincapié en su carácter hipocondríaco y, en general, extremadamente maniático que parecía perseguirlo, cuál sombra de algunos de los personajes que cobran vida en la gran pantalla, invirtiendo el efecto reproducido en La rosa púrpura de El Cairo (1984). Quedaba, por consiguiente, la necesidad de Woody Allen por desquitarse de aquella mala experiencia verbigracia de un documental que ofreciera la medida de una personalidad más acorde a la realidad o, cuanto menos, a la que tiene de él mismo.
En una nueva muestra más que la cinefilia ha desertado en tropel de las salas cinematográficas buscando refugio en las pantallas caseras cada vez mejor equipadas, asistí días atrás a la proyección de Woody Allen: el documental (2012) en las salas Méliès, fiel a un repertorio de qualité heredado de su fundador, el también cineasta Carles Balagué. Al concluir la sesión tuve el pálpito que Allen ha podido resarcirse de ese “error” del pasado a través de un documental modélico en su estructura, en su composición visual y en su sentido último, el de dejar para los anales testimonio de la trayectoria vital y profesional de un genio en el sentido más estricto del término. Un genio precoz capaz de proveer de decenas de chistes diarios al rotativo neoyorquino que empezaba a escribir la historia de Allen Koninsberg, la de un chico judío aficionado al béisbol y al cine, su «segunda casa» en esa década de los cincuenta donde iría alimentando un ingenio irreverente y ácido. Muchos conocemos al Allen que podemos observar en la gran pantalla, pero poco ha trascendido, a nivel de imágenes y documentales, de esa versión de principios de los sesenta en que su popularidad creacía exponencialmente a través de sus apariciones en la gran pantalla. Esa primera parte del documental dirigido y escrito por Robert B. Weide me interesó especialmente, reparando en la idea de que Allen acudía al programa de Dick Cavett en similar disposición de cómo lo han hecho en los últimos años Jordi Évole o Berto Romero en relación al late show (bajo distintas denominaciones) orquestado por Andreu Buenafuente. Como éste último, Woody Allen construyó su personalidad artística-humorística a partir de su condición de stand up («monologuista»), que llamaría poderosamente la atención de Charles H. Joffe y Robert Greenhut, dos de los nombres más “familiares” en los créditos de la plana mayor de los films dirigidos por el autor de Manhattan. Joffe & Greenhut supieron medir la proyección profesional de Allen merced a una calculada operación que pasaba inexorablemente porque la «caja de resonancia» de la pequeña pantalla contribuyera sobremanera a dimensionar las prestaciones artísticas del joven natural de Brooklyn. El siguiente escalón fue su aparición en la obra teatral Don’t Drink the Water, que él mismo había escrito en paralelo a su actividad como guionista. Allí conocería a Tony Roberts, a quien reclutaría años más tarde para Annie Hall (1977), un cambio de rumbo en la andadura profesional de Allen que llevaría implícita una legión de admiradores un tanto contrariados, al cabo, al tratar de descifrar las segundas lecturas de Recuerdos (1980). Primera de sus «cartas de amor» al cine de Federico Fellini, empero, mueve a cierta perplejidad que Allen prácticamente no hable con los operadores del calado de Gordon Willis («el príncipe de las tinieblas»), responsable de la iluminación de Stardust Memories, de las influencias que le han dejado cineastas en su inmensa mayoría con pasaporte europeo. Una de tantas cuestiones que navegan en contra de lo que podríamos presuponer, perfectamente mostrados en este soberbio documental. A partir de ahora reservo un espacio en la DVDteca a este Woody Allen: A Documentary pergeñado por Wiede con trazo firme, inmaculado en torno a un genio que sigue procesando su cerebro… a veinticuatro imágenes por segundo, eso sí, a ritmo de dixieland y el jazz que sale de las entrañas de Nueva Orleáns. Gracias, Woody, por hacernos más agradable nuestras vidas.

viernes, 12 de noviembre de 2010

«LE NOISE» (2010) de NEIL YOUNG: EL AUTOESTOPISTA Y LA GUITARRA

Una de las últimas entrevistas que leí a Neil Young explicaba que pasaba por una etapa en que escuchaba mucha música clásica con el propósito, al margen de otras consideraciones, de ir tomando nota de la estructura melódica de multitud de partituras. Para Young, el aprendizaje en la vida del artista no concluye cuando se doctora ante un público que abarrota un estadio de proporciones, cuanto menos, olímpicas. Muchos confunden el precio de la fama con el del compromiso artístico. Su alma de cantante, compositor y multiinstrumentista es inquieta, sagaz y persuasiva. Si al cabo de la conclusión del libro Neil Young: una leyenda desconocida (2009) me hubieran preguntado porqué derroteros artísticos se manejaría el canadiense en un futuro inmediato, no me hubiera atrevido a vaticinar pronóstico alguno. Imprevisible, esa hubiera sido la respuesta.
Cumplido un año sabático que me he tomado en relación a escuchar música de Neil Young —distanciarse de lo realizado siempre resulta una buena terapia para llevar a cabo nuevos proyectos con mayor fuerza si cabe—, el regreso sobre la obra del artista norteamericano viene presentada en forma de compacto con la denominación de origen de Daniel Lanois —colaborador, entre una larga nómina, de Peter Gabriel, U-2 y Bob Dylan— en el apartado de producción que, a la postre, ha redundado a la hora de titular el disco. Ha transcurrido una semana desde la preceptiva compra; un ritual de obligado cumplimiento para un servidor como ir a ver la propuesta anual de Woody Allen, aunque me genere dudas sobre si asistiré a una representación de déjà vu. Diez, quince escuchas que van penetrando. Buena señal. El mal de San Vito se apodera de mi pierna derecha al compás de Peaceful Valley Boulevard. Otra buena señal. Aquella figura filiforme embutida en el traje de indio que empezaba a hacer sombra al vaquero Stephen Stills, el frontman de Buffalo Springfield, manda, después de más de cuarenta años, señales de humo al espacio musical a través de unas letras cargadas de sinceridad concentradas sobre todo en la canción Hitchhicker. El propio Neil Young levanta acta de sus excesos —anfetaminas, cocaína, marihuana... un cóctel demasiado indigesto para alguien que quisiese ser eterno sobre los escenarios— en esa autopista vital que ha dejado en la cuneta un rosario de amigos —el último de los cuales Ben Keith (1937-2010), su fiel escudero—, y procurada un número de canciones que se cuenta por varios centenares. Con este background es tarea fácil que esos ríos de desbordante caudal creativo no acaben desembocando en un mismo mar de sonidos por mucho que Lanois haya dado su toque de gracia en los estudios de grabación. Fuera de Crosby, Stills, Nash & Young, y los referidos Buffalo Springfield, y dando por descontado que Crazy Horse ha sido un grupo hecho para y por el canadiense, cuando un artista o grupo trabaja con Neil Young sabe del riesgo que corre, nada favorecedor para sus egos. Bien lo saben los componentes de Pearl Jam, quienes nunca más supieron de ese propósito de enmienda a la paridad cuando se acercaban los días previos para grabar Mirror Ball (1995). La voz y la guitarra bastan a Neil Young para plantar cara en los estudios de grabación con la insolencia propia de ese joven que hacía autoestop con destino a la soleada california, la tierra de la gran promesa, visitada nuevamente en las letras del superlativo Peaceful Valley Boulevard. Ocho temas que crecen, maduran a cada escucha si tomamos conciencia de donde viene Neil Young y que la búsqueda de lo infinito es el espacio musical donde él habita. Ahora se presenta desnudo de su habitual parafernalia instrumental —ora el órgano, ora la armónica, el piano...—  extrayendo una gama de efectos sónicos de esa guitarra blanca, nívea, que destila una fuerza embriagadora, en algunos de sus acordes en perpetuo rozamiento con las esencias de ese buque insignia del álbum Freedom (1989), Rockin’ the Free World, que parece corporizarse por momentos en los temas Peace and Love y Hitchicker, y que me devuelve a la memoria el sonido sucio del Monsters (1994) de R. E. M. cuando reparo en el tema que abre La Noise (2010). Otra conexión con la banda de Athens asoma al calor de la escucha de ese Angry World, que parece creada ex profeso para que Michael Stipe amortigue su voz rocosa, personal e instraferible en esa nube sónica diseñada por Lanois. Pero aún con este par de referencias a uno de mis grupos favoritos es Peaceful Valley Boulevard la pieza de inescrutable belleza recorrida por un magisterio de sinceridad, de saber leer en las entrañas de uno mismo para proclamar en voz alta las debilidades de un ser humano en perenne gratitud para con su esposa Pegi Young, esa compañera de viaje a la que susurra una y otra vez a la oreja Walk with Me. Walk with Us, en tu 65 aniversario, Mr. Soul Man. Gracias por hacernos creer una vez más en la música. Esa música que nace para ocupar plaza en las estanterías reservadas a las obras inmortales. A este paso, la discografía de Neil Young pronto cubrirá toda una renglera. Y esta será nuestra dicha. Happy Birthday, Neil.

Invitación a ver y escuchar el videoclip de Peaceful Valley Boulevard de Neil Young en Youtube