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lunes, 23 de octubre de 2017

«RUMBO AL MAR BLANCO», LA OBRA INACABADA DE MALCOLM LOWRY, RESURGE DE LAS «CENIZAS»

En cada viaje al extranjero me acompaña la lectura de una novela que, al cabo, la relaciono con la estancia en un determinado país. En el caso del viaje a Gales a principios de septiembre del año en curso la obra escogida fue Rumbo al Mar Blanco, escrita por alguien como Malcolm Lowry (1909-1957), quien hizo precisamente de la aventura de viajar uno de los principales alicientes de su agitada y, a la par, turbulenta existencia. Al regresar de Gales concluí la novela de marras pero definitivamente decidí releer varios pasajes para tener una perspectiva más certera sobre su contenido. He dejado un considerable margen de tiempo para reposar y meditar la valoración que me merece una obra inconclusa, cuya rocambolesca historia queda glosada en la nota editorial que acompaña a Rumbo al Mar Blanco. Entonces, por mi parte se abre una ventana a la intuición en el sentido que la obra Rumbo al Mar Blanco tal como la conocemos en su edición a cargo del sello Malpaso apunta que hubiera podido ser un texto de incalculable valor intelectual, quedando alineada entre los más granado servido por la Literatura Universal en la primera mitad del siglo XX. Por ello debemos lamentarnos que Lowry, dipsómano contumaz, no llegara ni tan siquiera a apuntalar un manuscrito con el que albergaba serias esperanzas de situarlo entre las grandes plumas de la pasada centuria. De entrada, cabe agradecer el arrojo de Malpaso en ofrecer a la comunidad de entusiastas de la Literatura la traducción a la lengua de Dámaso Alonso de esta pieza inconclusa, subrayando el ímprobo trabajo llevado a cabo por Ignacio Villaro. Sobre este traductor descansa la tarea suplementaria de colocar infinidad de notas a pie de página referidas a personajes, citas, alusiones, referencias veladas, ejercicios tautológicos a los que era tan aficionado Lowry. En cierta forma estas ingentes notas que se suceden en la inmensa mayoría de las páginas (unas trescientas setenta) ralentizan el cometido de una lectura que, a juzgar por la experiencia propia, camina con un sentimiento de ambivalencia. Por una parte, la erudición de la que hace gala el escritor inglés sirve para entender la profundidad de un texto nacido con un propósito de trascender a la propia Historia de la Literatura, pero por otra desdibuja el fin último de una narración que debe tratar de acercarse a la orilla del pensamiento de un público lector adulto. En ese ejercicio de releer fragmentos de una obra de una complejidad laberíntica, he podido descifrar algunas de las claves que se me pasaron por alto en una primera lectura, pero aun así queda mucho por explorar sobre las intenciones reales de Lowry sobre ese texto más que sin pulir, fragmentado e incluso pendiente de ser aprobada una estructura narrativa lo suficientemente sólida para resistir las embestidas del paso del tiempo y, por consiguiente, de obtener el beneplácito de varias generaciones de lectores. Llegados a este punto, cabe reboninar sobre lo ocurrido el 7 de junio de 1944, en que una cabaña situada en la Columbia Británica ardió como una tea. Malcolm Lowry se encontraba a las puertas de cumplir su treinta y cinco aniversario cuando el incendio declarado en su refugio alejado del mundanal ruido marcó un nuevo punto de inflexión en su existencia. Si bien pudo rescatar a tiempo el manuscrito Bajo el volcán (1947), que tres años más tarde se editó con una buena acogida entre aficionados a la Literatura, Lowry se sintió presa de la desesperación al recuperar tan solo entre las llamas unas decenas de páginas de un manuscrito que llevaría por título In Ballast in the White Sea. Lo paradójico del asunto es que el propio Lowry había depositado en 1936 una copia en papel carbón del manuscrito en la residencia neoyorquina de su suegra, la madre de su primera mujer, Jan Gabrial. En este lapso de tiempo de seis años Lowry se dedicó en cuerpo y alma a la escritura de Under the Volcano, pero iría dejando espacio en su privilegiada mente para cavilar sobre aspectos de una novela que pretendía más ambiciosa que su precedente. Una novela de madurez que interpela a clásicos incuestionables como Moby Dick de Herman Melville, o piezas pertenecientes al ámbito creativo de Joseph Conrad, en ese viaje homérico al que se pliegan los hermanos Tor i Sibjorn, hijos de un armador escandinavo. Diversas lenguas hacen acto de presencia en un texto que persigue un propósito de excelencia en su narrativa, pero afectada de su condición de obra mostrada en alfileres y, por consiguiente, un traje que precisaría de una mayor elaboración. Con todo, en contra de algunas voces que puedan cuestionar su edición, Rumbo al Mar Blanco es otra herramienta que nos permite seguir reconstruyendo el talento de un escritor de conocimientos enciclopédicos, que vivió más que bajo el volcán, en el interior de un volcán en erupción, el propio de alguien que se sintió tocado por los Dioses pero se dejó seducir en exceso por los aromas etílicos prestos a convocarle a una vida desordenada y definitivamente corta. Su certificado de defunción se dio el 26 de junio de 1957, en su país natal. Trece años antes, empero, de que su razón para vivir quedara seriamente dañada tras el fatídico incendio de la que levantaría acta su segunda esposa, Margerie Bonner. Ella le sobrevivió, como también esta edición en el haber de Malpaso con el habitual sello de calidad de este sello barcelonés.         

miércoles, 11 de noviembre de 2015

«CRONOMOTO» (1997) de Kurt Vonnegut: DOBLE SALTO MORTAL

En  marzo de 2003, a las puertas de una primavera especialmente “caliente” en cuanto a agitaciones sociales y políticas en nuestro país, Angle Editorial, en su colección titulada «Narrativas», publicaba Salt en el temps, una suerte de reflexiones plasmadas al papel por Kurt Vonnegut (1922-2007), que habían nacido tras una tentativa frustrada por dar acomodo a una nueva novela. Aquellos ociosos en ir completando el parque de piezas literarias (relatos cortos, ensayos, novelas, etc.) de Vonnegut nos hicimos con un ejemplar, pero me aventuro a creer que la tirada fue ciertamente limitada, máxime al tratarse de un libro escrito en catalán. Recuerdo con certeza, eso sí, que Salt en el temps pasó por mis manos con celeridad, acomodando una de esas lecturas rápidas que suelen sustanciarse en una plaza hotelera o en el interior de un tren de media o larga distancia. Para los que orbitamos en el «planeta Trafalmadore» las lecturas de Vonnegut resultan de esta naturaleza; no precisan de una serie de etapas para dejar “reposar” el texto y volver sobre el mismo al cabo de unos días o semanas. El compromiso para con la literatura de Vonnegut requiere de otra actitud, la que pasa por “anclarse” a su lectura y devorarla, a poder ser, de un tirón. Una docena de años más tarde, aún conservo el recuerdo de un texto preñado de indulgencia por parte de Vonnegut en relación al grueso de los miembros que conforman la genealogía familiar. Primos, hermanos, tíos, cuñados, suegros, padres, abuelos maternos y paternos, hijos biológicos o adoptados de Vonnegut asoman en las páginas de Salt en el temps, cuya edición al castellano en el haber de Malpaso —haciendo hincapié en lo subversivo, el color de moda de distintos sellos de nuevo cuño (Capitán Swing, Sexto Piso, etc.)— en otro periodo no menos convulso en lo social y en lo político —otoño de 2015— se ofrece bajo un nombre diferente, el de Cronomoto. Pero lo que sigue presidiendo la cubierta en uno y otro caso es el concepto de la esfera de un reloj “dislocada” o “fracturada”, jugando con la idea de que el tiempo se detiene. Curiosamente, idéntica noción se representa pero en el plano audiovisual en Madre noche (1996), la adaptación al celuloide de la novela homónima de Vonnegut donde él mismo representa a un peatón (cameo obliga) que aparece conforme a una especie de estatua en medio de una calle o avenida fuertemente transitada. A su coguionista Robert D. Weide y a su intérprete principal Nick Nolte se refiere en una de las páginas de una obra que, excusa decirse, despierta el hambre voraz de su lectura si previamente nos hemos familiarizado con su prosa, una forma de expresar las ideas sobre el papel que surgen al dictado de una mente abonada a cierta dispersión “controlada”, en esa contienda diaria que debió ser para él reformular pensamientos que quizás habían quedado superados en el pórtico del nuevo milenio. Así pues, el absurdo se apodera de determinadas páginas para luego ir alternando capítulos o fragmentos de los mismos en que saca brillo a un prosa que trata de auscultar la esencia del ser humano lleno de contradicciones cuando se razona sobre el sentido de la guerra o hace un somero repaso por la historia de los Estados Unidos a través de un anecdotario que refuerza si cabe aún más lo irreverente e impertinente en ocasiones de su discursos a los ojos de los celadores del tea party o, cuanto menos, de las capas más conservadoras del país. Un anecdotario que ya había acomodado en el espacio de las conferencias celebradas en multitud de universidades de los Estados Unidos, algunas de las cuales habían sido los principales feudos para la incipiente divulgación de la obra de Vonnegut verbigracia de novelas del alcance metafórico de Cuna de gato (1963) y Matadero Cinco (1969), por citar dos de los títulos contenidos en el catálogo de Anagrama en distintas colecciones. Longsellers que devienen la puerta de entrada al particular mundo creativo de Vonnegut para luego pasar a otro “estadio” de conocimiento, el que permite recrearnos (en modo empático) con algunas de las expresiones de Vonnegut que, a ratos, parecen hablar en boca de su alter ego literario, Kilgore Trout. No son pocas precisamente las páginas donde se recurre a Trout para lanzar al aire algún que otro concepto que nos invita a esbozar una sonrisa que acaba escondiendo una reflexión de hondo calado. 
   Al regresar otra vez sobre este texto (pero en su variante castellana), puedo calibrar con mayor tino el alcance de una propuesta que imprime carácter, el propio de un Vonnegut socarrón, irónico, perspicaz, decidido a salvaguardar las bondades de una estirpe familiar donde quedan convocados arquitectos, inventores, científicos y practicantes de oficios de muy distinto sesgo. Con todo, ninguno de los que ha pertenecido o perteneció a similar linaje ha obtenido u obtuvo la proyección internacional de Kurt Vonnegut, Jr, fruto de la cual se han sucedido traducciones a multitud de lenguas de sus obras más (re)conocidas y aquellas que destilan un aroma a despedida, a capitulación ejecutando un doble salto mortal en el tiempo. Uno realizado de espaldas a la realidad y el otro apegado a la misma cuando toca sacar polvo al álbum familiar estacionado en el baúl de los recuerdos.       

lunes, 28 de septiembre de 2015

«CUENTOS COMPLETOS» de E. L. Doctorow, A TÍTULO PÓSTUMO: LA OTRA DIMENSIÓN LITERARIA DEL GENIO NEOYORQUINO

«Una novela puede nacer en tu cabeza en forma de imagen evocadora, fragmento de conversación, pasaje musical, cierto incidente en la vida de alguien sobre el que has leído, una ira imperiosa, pero sea como sea, en forma de algo que propone un mundo con significado. Y por tanto el acto de escribir tiene carácter de exploración. Escribes para averiguar qué escribes. Y mientras trabajas, las frases pasan a ser generadoras; el libro prefigurado en esa imagen, en ese retazo de conversación, empieza a aflorar y participa él mismo en su composición, diciéndote qué es y cómo debe realizarse.
En cambio, un relato suele presentarse como una situación, hallándose los personajes y el escenario irrevocablemente unidos a ella. Los relatos se imponen, se anuncian a sí mismos, su voz y sus circunstancias están ya decididos y son innumerables. No se trata de encontrar el camino para llegar a ellos; han llegado por propia iniciativa y, más o menos enteros, exigiéndote que lo dejes todo y lo escribas antes que se desvanezcan como se desvanecen los sueños». Así se expresa, a las primeras de cambio, en el prefacio de Todo el tiempo del mundo Edgar Lawrence Doctorow (1931-2015), para mi gusto uno de los escritores norteamericanos fundamentales de la segunda mitad del siglo XX, que ha prologado su descomunal talento literario, a las primeras estribaciones de la presente centuria. Malpaso Ediciones amplía el horizonte en calidad de cuentista de Doctorow on la publicación de sus Cuentos completos, casi coincidiendo en el tiempo con la noticia de su deceso. Miscelánea, el sello por antonomasia cautiva de la obra de Doctorow en lengua castellana, cede así el relevo a la editorial barcelonesa para la presentación en sociedad de un plato literario exquisitamente cocinado por el escritor neoyorquino. Para la ocasión, dieciocho relatos cortos jalonan esta pieza literaria —cinco más que en la edición de Miscelánea— en la que Doctorow se bate el cobre en el desarrollo de sendas historias arraigadas al firme de la realidad social estadounidense —con alguna que otra salvedad— mostrando, una vez más, la “cara oculta” del sueño norteamericano. De algún modo, pese a lo variopinto de los relatos que convergen bajo un mismo manto de edición, Doctorow hace extensible en estas breves historias una necesidad vital por sumergirse en esas procelosas aguas de lo cotidiano, aflorando un discurso social en que levanta acta de esos seres incapacitados para adaptarse a su entorno; unforgivens en la “tierra santa”, en la tierra de “las segundas oportunidades” que representa los Estados Unidos de América. En esas distancias cortas, la punción crítica se nota sobremanera, derivando toda clase de historias subsidiarias de la violencia de género (desgarrador el relato Jolene envuelto, eso sí, en esa cortina poética tan cara a su autor que lo distancia de otros de sus colegas de profesión), la precariedad laboral (Wakefield) o la inmigración (Integración). Historias que conectan directamente con un paisaje humano que dista de haber sido observado a través de un filtro idealizado de la sociedad que acogería a los ancestros del propio Doctorow, emigrantes rusos judíos que buscarían una nueva vida en esa ciudad que se convirtió en el escenario en permanente rotación del exquisito autor de Ragtime (1975): Nueva York. En esta recopilación de relatos cabe uno particularmente autobiográfico, El escritor de la familia, previamente publicado en la distinguida revista “Esquire”. Una mano tendida a rendir tributo a la figura paterna, colocando el broche final al relato la trascripción íntegra de una carta escrita por Donald Doctorow, en una muestra más de que los aspectos sentimentales que incriminan a la familia alcanzan un significado especial en el que se presume el último tramo vital y profesional de un escritor.
Si tuviera que quedarme con uno de los relatos que conformar esta antología soberbiamente editada me decantaría por Walter John Harmon. Una obra maestra del relato corto vestida a través de su treintena de páginas con esa proverbial finura de Doctorow en ofrecer una descripción espacial de un entorno determinado, al tiempo que da volumen y forma a los personajes en liza. Una narración que pudiera servir de punto de partida para una novela en la que se desvelara, merced al modus vivendi y al modus operandi de una secta, esa América al abrigo de conceptos involucionistas, que se reconoce en los postulados del Tea Party y que exhibe el arma como seña de identidad. Esas mismas armas que se pueden reconocer en algún lugar a resguardo de la fortificación que ha dejado marcada Walter John Harmon en unas hojas que tienen un tanto de revelación para con sus fieles seguidores, incluido el personaje que da voz al relato y que trata de agarrarse a la doctrina impartida por su "Mesías", aunque éste se haya fugado con su propia esposa. Doctorow cincela su masterpiece mostrando, en su enunciado final, una idea bastante aproximada de lo que repercute en la gran pantalla en Red State (2010) con guión, montaje y dirección de Kevin Smith. No en vano, el relato en cuestión concluye con una frase demoledora: «Nos asegura un campo de tiro despejado y libre de obstáculos». Otra bala, pues, que colocar en el cargador sutilmente crítico de este “francotirador” con la mirilla calibrada tanto para el largo como para el corto alance. Doctorow cumple, pues, una vez más, las (elevadas) expectativas puestas en su prosa con este compendio de relatos que, en relación a la edición publicada bajo el genérico Todo el tiempo del mundo, incluye El hombre de Cuero, Niño muerto, en la rosaleda (con un singular punto de partida no demasiado explotado en lo literario, donde la historia acontece en el interior de la Casa Blanca con la identidad del cadáver de un niño por esclarecer), La depuradora, La legación extranjera y Vidas de poetas. Esta última había constituido el principal caballo de batalla entre empresa editora y el propio Doctorow, remiso a incluir un texto que su autor consideraba desligada de su selección de relatos, una novela corta, en cierta manera compendio de muchos elementos que conforman su particular cosmogonía. Cerca de cincuenta páginas elaboradas con ese grado de imperfección pretendido en su particular visión de un grupo de individuos colocados frente al espejo de una época que nos acerca más a una historia de “fantasmas contemporáneos”, vestigios de un pasado que irremediablemente han desaparecido. En su desesperanza y en su desazón, Doctorow les ofrece abrigo a través de una prosa que traspúa humanidad, incluso un sentido romántico de la vida que lo distancia de otros escritores de su generación.
    Al igual que surge con otros autores, la muerte de Doctorow a buen seguro generará un afán por peinar textos un tanto desperdigados, esbozos de novelas o relatos que no llegarían a prosperar. Pero hasta la fecha su legado literario publicado es suficientemente rico como para defenderlo con una pasión medida desde el conocimiento sobre alguien hiperdotado para relacionar a su libre albredrío personajes de ficción con reales (en ocasiones, él mismo a través de trasuntos) en un contexto histórico especialmente preceptivo que le ha situado en el pórtico de los grandes novelistas de los últimos sesenta años, que asimismo puso a disposición de su talento la construcción de relatos cortos que apuntalan un descomunal prestigio del que han tomado nota, en cuanto a técnica y estructura literaria, no pocos escritores, coetáneos, caso de su amigo Dom DeLillo, y de generaciones posteriores.    

    


martes, 25 de agosto de 2015

«NEIL YOUNG. SPECIAL DE LUXE: MI VIDA AL VOLANTE» (2015): A REBUFO DE SCOTT YOUNG

En noviembre Neil Young cumplirá setenta años. Dado su historial clínico, su adicción a distintas sustancias psicotrópicas sostenida durante décadas y sus antecedentes familiares (en especial, el proveniente de vía paterna, fallecido después de sufrir demencia senil), que llegue a esta edad con sus facultades físicas relativamente intactas representa todo un logro. Mas, las razones que impulsaron hace unos años a Neil Young a seguir una actividad literaria en paralelo a su quehacer diario se deben, en buena lid, a esa necesidad acuciante por explicar cosas que habían quedado en el tintero antes de recibir la visita de un sombrío personaje empuñando una guadaña… De tal suerte, en 2012 emprendió la que muchos interpretaron una fugaz tarea literaria con Neil Young: el sueño de un hippie pero que se puede formular más extensa de lo esperado. Así parece refrendarlo la aparición en el mercado editorial el año pasado de Special DeLuxe: A Memoir of Life and Cars (2014), traducida en lengua castellana en tiempo récord por Editorial Malapaso, con su bautizo en librerías (virtuales y físicas) prevista para septiembre del año en curso. Para la ocasión, Abel Debritto, el traductor del texto seminal a la lengua cervantina, debió familiarizarse con ese mundo del motor que ruge en las páginas de la presente monografía de una manera singular, a golpe de cita de un rosario de automóviles que, en menor o mayor grado, han acompañado a lo largo de unos sesenta y cuatro años a Neil Young, posiblemente desde que el canadiense se subiera al coche de un comerciante de la zona donde residió a los seis años y lo arrancó. Acto seguido, el pequeño Neil Young supo que podía ponerlo en movimiento. Magic time. Una experiencia demasiado poderosa para pasar desapercibida. De aquel temprano vínculo con el mundo del motor nacería una pasión que perduraría en el tiempo y que le serviría para hilar un relato biográfico con un posicionamiento más ortodoxo que su primera tentativa literaria, al menos hasta la altura de la páginas doscientos (aproximadamente) donde el texto derrapa hacia la autopista de otra de sus obsesiones, esta de carácter otoñal, la que le compromete con favorecer la implantación de automóviles accionados por biocombustibles ecológicos y así aparcar paulatinamente el uso de combustibles fósiles cuyos recursos son cada vez más limitados. 
    Al igual que me ocurrió con la lectura de Neil Young: el sueño de un hippie (2014, Malpaso Editores), un éxito de ventas que sorprendió a la propia empresa, este Special DeLuxe  se ha ido devorando capítulo a capítulo en poco más de un día (con su correspondiente noche), prueba palmaria que Neil Young posee una innegable capacidad narrativa fuera de las fronteras de su fecundo cancionero. Si no hubiera sido así, lo normal hubiera sido que dejara enfriar el texto para retomarlo al cabo de unos días o quizás unas semanas con el sentido del “deber” cumplido y poco más. No era fácil resolver la ecuación de integrar historias de coches con un relato personal, pero Neil Young, a mi juicio, lo ha conseguido sin que perdiera interés ninguno de estos aspectos. Sin ser un extraordinario aficionado a los automóviles, me he acomodado en la parte trasera del coche que conduce Neil Young para dejarme guiar por ese recorrido vital repleto de obstáculos —algunos bien conocidos, como el relato en primera persona del singular del diagnóstico de la polio y posterior ingreso hospitalario, o los ataques de epilepsia sufridos especialmente durante su juventud y que le llegaría a descabalgar de algunas actuaciones con los Buffalo Springfield—, donde el fin último deviene la música. Un relato que nos sirve para ir colocando las piezas de ese puzzle gigantesco que lleva la rúbrica de Neil Young y en la que no falta la imagen en el cuadro de un modelo de automóvil en representación de una nutrida colección de la que parcialmente debió desprenderse en 2010, sabedor que el descenso en picado de las ventas de discos aconsejaba acotar esos caprichos de «estrella del rock», tal como él se autodenomina con cierta ironía. La misma que emplea para referirse en una suerte de prólogo a su indecisión al decantarse por la inclusión o no de la historia de los perros que tuvo bajo su tutela o de su entorno familiar y/o fraternal para su segunda incursión literaria en la que nuevamente se coloca frente al espejo de la vida. La decisión, concluye, duró una hora. Un guiño humorístico que encuentra asidero en no pocas páginas de esta obra cincelada con una prosa que invita a creer que Neil Young heredó el talento literario de su padre Scott Young, pero sus compromisos musicales le impidieron sacar a la luz hasta hace unos años. Neil Young podría enfrentarse perfectamente a la escritura de una novela y salir bien librado. Tiene pulso para ello. Posee una proverbial mente creativa, requisito imprescindible para trazar un relato que se adentre en el terreno de la ficción y sepa sacar partido de las infinitas posibilidades que se le ofrecen. Asimismo, acredita un “doctorado” en dolor, una herramienta que puede servir a la causa de un relato en clave de terror, por ejemplo, a la estela de Christine y Buick 8: un coche perverso —extraído de la canción de idéntico título compuesta por Bob Dylan—, sendas novelas escritas por Stephen King donde los automóviles adoptan un rol principal. De seguir esta veta, Neil Young no precisaría dedicar demasiado tiempo a la fase de investigación sobre numerosos modelos de automóviles —desde todoterrenos hasta Mercedes o Buicks pasando por el Lincoln Continental sobre cuyo molde mandaría construir su prototipo de coche, el LincVolt, propulsado con biocombustible—, a los que él mismo ha dibujado para ilustrar una de las obras biográficas más honestas, sinceras y bien hilvanadas con su preceptivo toque de originalidad firmadas por un músico de nuestro tiempo. Con este background en calidad de escritor Neil Young amplía su leyenda cada vez menos desconocida por estos lares gracias al empeño de editoriales como Malpaso. A tal efecto, para cualquier buen aficionado a la música con la mirada puesta en sus grandes figuras, Neil Young. Special DeLuxe: Mi vida al volante supone una elección que está lejos de decepcionar. Más bien, corrige y aumenta al precedente literario que lleva la rúbrica del genio canadiense.              

domingo, 8 de junio de 2014

«WHO I AM: MEMORIAS» de Pete Townshend: A CORAZÓN ABIERTO

Dos títulos. Dos únicos títulos versados sobre el mundo de la música que Malpaso Ediciones ha puesto en circulación en el corto espacio de unos meses y que llevan en su título un denominador común, el de «Memorias». Las de Neil Young más bien responden al efecto de un impulso de escritor que apelara al duende de su difunta figura paterna, pero que inapelablemente redundaría en un trabajo con muchas aristas sin pulir, un borrador presto a una corrección y/o revisión que nunca llegaría, derivando en una primera tentativa literaria acorde a ese espíritu libre incapaz de obedecer a una normativa, someterse a una estructura correlativa con el propio sentido cronológico. Mas, en el otro libro de Memorias publicado por Malpaso, Pete Townshend, uno de los principales motores creativos de The Who, ha elaborado un manual de peso —más de quinientas cincuenta páginas lo contemplan— pero extraordinariamente liviano por lo que atañe a lo fácil que resulta su lectura. Nacidos ambos en 1945, Neil Young y Pete Townshend comparten asimismo una similar fidelidad-devoción por la música y una tragedia localizada en sus fases primarias —las relativas a la infancia— que marcarían un punto de inflexión en sus respectivas existencias, quedando impregnados para siempre de unas secuelas difíciles de soslayar. Si en el caso del artista canadiense la polio que se le diagnosticó al cumplir los cinco años acarrearía problemas de por vida, con esos fantasmas del pasado que sobrevolaban en su interior en los momentos de aflicción y derivados de un agotamiento físico, el genio británico Pete Townshend arrastraría para el resto de sus vidas el haber sido víctima de abusos infantiles por parte de un eventual padre sustituto, Denny. En uno de los pasajes más lúcidos de Who I Am: Memorias (2014) Pete Townshend comparte con el lector una honda reflexión que persigue una consideración de raíz sociológica: «En aquella época no tenía ni idea de cuántas personas debían lidiar con sentimientos parecidos. En los años de la inmediata posguerra en Gran Bretaña había tantos críos que habían experimentado traumas terribles que resultaba habitual cruzarse con jóvenes tremendamente confundidos. La vergüenza conducía al secretismo; el secretismo, a la alineación. De todos esos sentimientos brotaba en mí la convicción de que los daños colaterales inflingidos a los que crecimos en la posguerra debían confrontarse y expresarse a través de todas las formas populares del arte; no sólo de la literatura, de la poesía o del Guernica de Picasso. También de la música. En el camino hacia la verdad, el buen arte no puede más que desbaratar la negación». 
    De manera fortuita, a lo largo del primer semestre de 2014 he tenido una doble “cita” con The Who. En primera instancia, accedí al visionado de Amazing Journey: The Story of the Who (2007), en que al margen de las habituales featuretes que corresponden por “definición” a la edición en formato digital en torno a un grupo o un solista, presté atención al detalle del contenido de un documental servido con un poso historiográfico nada desdeñable. Al cabo, la agradable sorpresa que ha comportado la publicación de la obra de Townshend en lengua castellana, ha servido para despejar algunas incógnitas o malentendidos en torno a un personaje tan poliédrico como Neil Young, presto a pasar a la posteridad por una serie de trabajos labrados entre finales de los sesenta y mediados de los setenta, en especial Tommy (1969) y Quadrophenia (1973). En todo caso, el balance global me reafirma en el pensamiento que Pete Towshend puede haber trascendido cara al aficionado a la música por este par de obras magnas guiadas por un sentido conceptual, pero su importancia en cuanto a su personalidad artística, creativa va mucho más allá, involucrando de una forma absolutamente diáfana su faceta de escritor. Un escritor self made man —cuando su profesor de la Escuela de Arte supo que cobraba menos que aquel advenedizo músico,  tuvo la convicción que podía ir por el buen camino, al menos desde un prisma crematístico— que cubriría contra todo pronóstico el cargo de editor adjunto de Faber & Faber, procurando bajo su tutela dar salida a ediciones en inglés de textos de Jean Genet... e incluso una autobiografía de Pau Casals (¡). Lejos que su vertiente de editor le situara en un espacio de placentera estabilidad emocional y/o creativa, Pete Towshend ha vivido instalado en un perenne tobogán fruto de sus excesos con sustancias psicotrópicas (LSD, heroína, cocaína, etc.) y el alcohol que me han recordado de soslayo la biografía personal de Dan Fante —hijo del notable escritor John Fante— publicada en Sajalín hace un par de años. Con todo, Pete Townshend ha sabido sortear toda clase de contratiempos, siendo el fallecimiento de sus compañeros de grupo Keith Moon y John Entwistle —celoso de una privacidad que impediría en vida poner en conocimiento de su gran amigo su filiación a una orden masónica— puntos capitales en el desarrollo de un relato personal preñado de sinceridad, en que convive el logro de la conquista de los objetivos fijados por ese adolescente de figura desgarbada, pero también el de la derrota, más patente si cabe cuando ataca al flanco de los sentimientos —excelente la narración de ese episodio de amor no correspondido con la actriz Theresa Russell, a la que acabaría dedicando una canción— que cuando queda apeado de toda clase de proyectos de índole musical, sabedor que la capacidad de reciclar material obra “milagros”. Especialmente pertinente al respecto deviene la transformación sufrida por el proyecto de The Iron Man que pasaría a denominarse The Giant Man bajo el manto protector de la Disney comandada en su aparato de dirección por un emergente Brad Bird. Peor suerte tuvo Lifehouse, una pieza propia de un visionario —el concepto de internet parecía trazada en su fecunda imaginación— que se situaría a primeros de los años sesenta, a través del grupo Detours,  al pie de una cima que parecía impensable de escalar. De aquel embrión nacería a mediados de esa misma década The Who, situándose al poco de su creación en ese campamento base que daría acceso a ollar la cumbre del éxito comercial y artístico cumplido el cambio de década. Una vez conquistada la cumbre, Keith Moon pronto acabaría precipitándose al vacío, absorto por una vida sin freno. Su muerte dejaría una situación de desamparo a una formación británica adjetivada de mítica cumplido apenas un lustro de su existencia. Pese a la baja de Moon y más tarde la de Entwistle, Townshend y Roger Daltrey no han querido despegarse del significado de mantener viva la llama de The Who, en honor a una banda que marcaría un antes y después en la Historia del rock. En cierto sentido, Who I Am rinde honores a ese legado musical cultivado con mimo a lo largo de las décadas, el que ha dado crédito para que el nombre de Pete Townshend se eleve al conocimiento de aficionados de la música de distintas generaciones. Pero asomarse a este volumen de memorias representa un encuentro con los aspectos más ocultos de una personalidad que persigue en los últimos capítulos de Who I Am un enfoque sobre todo reflexivo, que parece ir acompañado de las lecciones aprendidas merced a su mentor espiritual Meher Baba, junto a Roger Daltrey y su esposa Karen durante tantos años, el más citado en una obra franca a ocupar un espacio preferente en las bibliotecas de los buenos aficionados al rock. Con permiso de Bob Dylan, sin duda Pete Townshend es el que ha demostrado un mayor background literario, dispuesto a jugar a favor de los intereses de armar un libro de memorias de una extraordinaria calidad a todos los niveles. En su largo proceso de maduración Who I Am encontramos presumiblemente la clave de que Townshend haya aquilatado el peso de lo anecdótico con la sustancia propia de un relato narrado en primera persona expresado a corazón abierto por un ser culto, amén de un superdotado de la música. Malpaso, pues, anota un acierto más en su política editorial de ir al encuentro de textos que nos ayuden a configurar con mayor precisión el cosmos personal y profesional de leyendas forjadas en el espacio del rock de los años sesenta. El de Who I Am representa uno de esos textos para enmarcar, con una soberbia traducción de Miquel Izquierdo, cuyo medio millar de páginas pasan conforme a un suspiro merced a ese vendaval de sapiencia llamado Pete Townshend, de oficio genio y figura hasta una sepultura que esperemos tarde mucho tiempo en llegar. De tal suerte, podrá seguir cultivando su vena de escritor.  

viernes, 28 de marzo de 2014

«MEMORIAS DE NEIL YOUNG: EL SUEÑO DE UN HIPPIE» (2014)

Si hay algún documental sobre Neil Young que cumpla, desde mi perspectiva, el requisito de ser visitado varias veces éste sería Heart of Gold (2006). Se trata de una producción Shakey Pictures dirigida por Jonathan Demme, poblada de pequeños detalles que nos descubren muchos aspectos sobre el músico canadiense. Así pues, entre sus pliegues podemos observar cómo la emoción embarga a Neil Young cuando interpreta el tema It’s a Dream, en memoria de su padre Scott Young, cuyos últimos años de su vida los pasó padeciendo demencia senil. No me equivocaría demasiado si manifestara que uno de los factores básicos para entender que Neil Young iniciaba una nueva etapa de su actividad artística incluyendo la labor de escritor, vino derivado de la pérdida de su progenitor. En cierta manera, Neil Young trataría de tomar el testigo del popular periodista deportivo canadiense conforme a la idea de preservar su recuerdo y tratar así de rendirle tributo. Pero para alguien que sigue teniendo tantos frentes abiertos —desde el plano familiar, artístico y empresarial— el momento para poner a prueba su vertiente de escritor se iría postergando hasta que un incidente en la piscina de su primera residencia —situada a las afueras de San Francisco, California— parecía dictado a través de la providencia. Una providencia presta a que el reposo obligado por la fractura detectada en el dedo meñique de su pie derecho le llevara a situarse frente al ordenador y, al cabo, escribiera unas cien mil palabras, traducido en formato libro, a unas cuatrocientas cincuenta páginas, con una treintena de fotos en blanco y negro intercaladas en las mismas. Más que unas memorias, Neil Young iría conformando un itinerio sin orden ni concierto por una vida trufada de suculentas anécdotas, de desgracias, de sinsabores pero también de momentos de esplendor, de brillo. “Conociendo” al personaje tras haber cumplimentado una monografía de carácter analítico que no desdeña el componente biográfico, sabía en primera instancia, antes de consagrarme a la lectura, que Neil Young actuaría a “campo abierto” sin encomendarse ni a Dios ni al Diablo. Lo caótico configura parte de su paisaje discográfico, descartando un proyecto para cabalgar a lomos de otro, volviendo la mirada hacia atrás y así hasta.... el infinito. Neil Young: el sueño de un hippie (2014, Malpaso Ediciones) no es más que una traducción al papel de ese universo un tanto deslavazado que no ha buscado ni pretendido buscar el anzuelo de la comercialidad, sino que ha tratado de amueblar un discurso musical trazado por lo artístico. Una vez advertido, prácticamente a las primeras de cambio, que el sentido acronológico dominaría el texto, me puse a leerlo con fruición. Tan solo necesité de dos o tres “tomas” para hacer un “barrido” por esta producción literaria que hábilmente los editores de nuestro país han titulado El sueño de un hippie y, de esta manera, se han desmarcado del original Waging Heavy Peace, un juego de palabras en verdad “intraducible”. No todos los libros tienen esa cualidad: la lectura que pasa a velocidad de vértigo, abriendo y cerrando páginas en un santiamén, así hasta un total de poco más de cuatrocientas, algo inferior en volumen a la edición seminal, con un texto que “respira” más espacios en blanco. Algunos lectores podrán argüir que estamos ante una letra sin música, la que descuida un lenguaje de mayor riqueza y variedad expresiva. Pero Neil Young, en su primera tentativa en calidad de escritor, se decanta por un lenguaje más llano, directo, que trate de conectar de inmediato con el lector, sin menoscabo de practicar el arte de la digresión que me ha recordado de soslayo las postreras obras de Kurt Vonnegut Jr, evaluadas desde una perspectiva autobiográfica, a modo de ir cerrando el círculo.  
   Favorecido por una encomiable labor de traducción a cargo de Abel Debritto, Memorias de Neil Young: el sueño de un hippie aborda, desde esa premisa intencionadamente caótica, su autor desgrana numerosos aspectos que competen a su vida personal, familiar y profesional. Se trata de un libro observado desde el prisma del continuo agradecimiento, de una deuda no siempre reconocida en su momento por el propio Neil Young. La existencia de Neil Young ha ido girando sobre esos círculos de amistad, básicamente confeccionado por colegas de profesión. Para preservar semejante entorno no ha dudado en ahuyentar a la prensa codiciosa de un enfoque sensacionalista, la inherente a un genio recluido en su "Sangri-La" con dos hijos afectados de parálisis cerebral —Ben y Zeke— fruto de la relación con sendas parejas sentimentales, la conformada por la actriz Carrie Snodgress y su actual esposa, the real love, Pegi Young, constante fuente de inspiración en su obra musical. El carácter estrafalario de Neil Young gana dimensión a través del relato decididamente desordenado que hace de sus múltiples aficiones con un afán de coleccionista mórbido (los trenes eléctricos, al punto de ser accionista de una marca de prestigio internacional cuya fábrica se localiza desde hace años en China; los automóviles accionados por biocombustible, aparatos antiguos de grandes dimensiones que un día formaron parte del parque de turismos preferentemente de los años 50; su propio legado musical y cinematográfico que administra cuál orfebre, etc.) al que no parece haber puesto freno con el paso de los años. En esa dimensión seguramente el buen conocedor de la obra musical de Neil Young, que ha repasado una y mil veces en los entresijos de las grabaciones de discos memorables y no tan memorables, encontrará los mayores estímulos para la lectura de El sueño de un hippie porfiado en la idea que su perenne sentido por reinventarse deviene una rara avis entre los músicos de su generación que aún se sostienen en pie. Por ventura, después de haber sufrido toda clase de penalidades en lo físico, ese árbol de más de ciento ochenta centímetros se sostiene en pie a los sesenta y ocho años, con una endiablada capacidad por buscar nuevos retos (su última obsesión, la aplicación Pono que preserva una calidad de sonido muy superior a las administradas por formatos como mp3), entre ellos el que se dirime en el terreno literario. Hasta un total de cuatro ideas de proyecto relativas a proseguir su veta de escritor he contabilizado a lo largo de las páginas de la presente obra. Dado el cúmulo de proyectos que tiene en marcha o en stand by, difícilmente todos ellos tendrán cabida al corto o medio plazo, pero nunca se sabe cuando se trata de Neil Young. Si la musa musical no le acompaña o, cuanto menos, con la frecuencia de antaño, posiblemente asistamos a una sucesión de obras escritas por Neil Young con el “membrete” de su carácter osado y desprejuiciado, siguiendo a pies juntillas el enunciado de una frase que solía repetir su productor y amigo del alma David Briggs: «destaca o desaparece».


jueves, 27 de marzo de 2014

DIEGO A. MANRIQUE: A CONTRACORRIENTE DEL VERDADERO PERIODISMO (A PROPÓSITO DE «NEIL YOUNG: UN SUEÑO HIPPIE»)

Contagiados de ese «espíritu Neil Young» que invita a permanecer alerta, activo, sin bajar la guardia, el grupo de Facebook En la playa de Neil Young ofrecía días atrás un enlace a la página de El País (20/3/014) donde Diego Manrique (1950, Pedrosa de Valdeporres, Burgos) dejaba constancia de su particular lectura crítica de las presuntas memorias del genial artista canadiense, en razón de la inminente edición de la traducción castellana a cargo del sello Malpaso. Al acabar la reseña crítica tuve la convicción que el veterano periodista musical había cocinado aquel escrito con los fogones de unas certezas que solo operaban en su imaginario con el fin de articular un corpus crítico orientado a laminar cualquier atisbo de entusiasmo para los posibles incautos fans del canadiense en el despliegue de una nueva faceta más en su amplio repertorio artístico. No tardé en advertir en ese mismo foro, a través de un post, que Manrique colocaba en la pluma de Neil Young palabras que jamás habría expresado en un escrito con vistas a ser publicado. Sencillamente, porque son una pura mentira. Al respecto, especialmente llamativo me pareció el siguiente párrafo: «Tampoco sirven las comparaciones con las Crónicas dylanianas. Aquí no hay rastro de las ambiciones literarias de Bob (sí, Young se refiere a sus colegas por su nombre de pila). Neil no lee libros, por sospechar que pueden interferir con su proceso creativo.» Con estas líneas me bastaba para demostrar que Manrique hizo un ejercicio de periodismo... a contracorriente de la verdad.  
    Al cabo de recibir el volumen Neil Young: un sueño hippie (2014, Malpaso Ediciones) me apresté a leerlo con fruición. Las horas de lectura pasaron volando y en muy poco tiempo lo había terminado. Buena señal. Me expreso, por tanto, con conocimiento de causa para llegar a la conclusión que Manrique inventó no tan solo esa frase referida a que Neil Young no lee para no interferir en su proceso creativo, sino que amplía su campo de falta de compromiso con la verdad tergiversando a su conveniencia el siguiente párrafo que aparece en el libro publicado por Malpaso: «Escribir es, por frívolo que pueda antojarse así decirlo, muy cómodo, apenas acarrea gastos y es un buen pasatiempo. Algo que recomiendo encarecidamente a cualquier vieja gloria sin pasta que no tenga planes entre manos». Si Manrique lleva tanto tiempo en el periodismo debería saber que el entrecomillado debe ceñirse al contenido exacto de lo que expresa una persona. Asi las cosas, en su escrito Manrique redacta lo siguiente: «De hecho, hay momentos en que El sueño de un hippie huele a mofeta, a cinismo de superestrella. Recomienda a sus amigos famosos que le imiten: "Escribir [un libro] es muy cómodo, tiene pocos gastos y es una forma estupenda de pasar el tiempo"». Confrontemos sendos escritos para saber cómo se las gasta el escritor burgalés para remar en el sentido de construir un discurso crítico cargado de ignominia, malintencionado y nada que ver con lo que debería ser el temperamento de un periodista que goza de reputación, enfilando la edad de jubilación.

    Todo ello me lleva a capitular que Manrique, poseedor de las galeradas del libro en castellano (me consta de buena fuente), prefirió colgarse la medalla de ser el primero en abrir el fuego mediático en nuestro país con su devastador escrito y aparcar la idea de leerlo, fiándose de la memoria de haber dado cuenta de la lectura de la versión original publicada por Blue Rider Press en noviembre de 2012 con el estrafalario e “intraducible” título Neil Young: Waving Heavy Peace. A partir de unas notas “interpuestas” que tampoco obedecen a la realidad de los hechos (basta leer el breve capítulo en que Young muestra su ira por la manipulación llevada a cabo por unos periodistas que le adjudicaban el sanbenito de plegarse a las tesis belicistas de la Administración Reagan), Manrique trata de apuntalar un escrito que deja en mal lugar al auténtico periodismo, saltándose a la torera sus más fundamentales principios. Además, lo hace con un redactado pobre, a golpe de escrito en forma de “teletipo”, párrafos sin ligazón alguna entre ellos más que subrayar los aspectos negativos o tratando de denostar las distintas tentativas establecidas por Young fuera de la música. No está mal para alguien que plasma en el papel: «Sin embargo, finalmente Neil es el hijo de su padre: Scott Young, un periodista deportivo y novelista prolífico. Y le va cogiendo gusto. Cierto que no asume la necesidad de revisar, corregir o reescribir su texto: desde luego, nadie le acusará de haber usado un negro, un escritor profesional.» No será, por tanto, Diego A. Manrique quién sea capa de darle clases de escritura a Neil Young. Más bien, podría haber tenido muchos mejores maestros en autores como, por ejemplo, Robertson Davies, amigo de su padre Scott Young, periodista deportivo especializado en hoquei al que el burgalés adjudica la condición de «prolífico novelista» cuando tan solo tiene... una novela publicada. Prácticamente, al cierre de la presente obra, Neil Young expresa que «los libros siempre han formado parte de mi vida», merced a esas constantes idas y venidas de literatos al hogar familiar en Canadá durante los años de infancia y juventud del cantante, multinstrumentista y compositor musical. En pasajes puntuales Neil Young da fe de su interés por la lectura, en concreto, el contenido de Las nieblas de Avalón de Marion Zimmer Bradley (p. 155) o cuando hace referencia a que encontró y compró un ejemplar de un libro de Clive Cussler en una tienda de segunda mano del archipiélago de Hawai que le había pasado inadvertido en el momento de su publicación. El mundo al revés. El cazador cazado. Una periodismo, en definitiva, cuya realidad impresa o reproducida para la red se cuela por el desagüe de la falta de veracidad, a fuerza de olvidar un compromiso inviolable sellado con el lector o el internauta. 

lunes, 17 de febrero de 2014

«SHAKEY, LA BIOGRAFÍA DE NEIL YOUNG»: UNA SERIE DE CATASTRÓFICAS DESDICHAS

Para la elaboración de Neil Young: una leyenda desconocida (2009, T&B Editores) me resultó de suma utilidad la biografía titulada Shakey (2002, Anchor Books), firmada por el periodista Jimmy McDonough. El volumen en cuestión se revelaría ante mis ojos al poco de ser editada, a un precio astronómico merced a sus ochocientas páginas la tapa dura que debió encarecerla, y su carácter de pieza de importación servida por una tienda de discos que lo exhibía, cuál reliquia, entre su poco concurrida sección dedicada a las obras en papel. En aquel momento desistí de comprarlo, pero un lustro más tarde, en plena inmersión por los procelosos mundos de Neil Young, me hice con una edición en tapa blanda, impreso en papel de escaso gramaje (a las puertas de ser catalogado de papel-biblia) pero con un alto contenido calórico en la narración de una existencia bigger than life. A Jimmy McDonough el genio canadiense le hizo un traje a medida... de un carácter que persigue el horizonte de “su” verdad sin reparar en demasía en los “daños colaterales”. En la particular epifanía de Neil Young no debía entrar los planes de una obra que cambiara el rumbo de lo presumiblemente pactado entre biografiado y biógrafo. A priori, la línea que jamás debía traspasar el redactor de “Village Voice” era el de explayarse en cuestiones de ámbito doméstico que comprometieran a familiares del entorno más cercano del canadiense de Ontario. Era como tocar su médula espinal con un punzón, el mismo aparato que había medido a los cinco años el alcance de una polio que a punto estuvo de dejarlo postrado en una silla de ruedas. Demasiado dolor enquistado en el fuero interno de un cantante y compositor excepcional para que McDonough derrumbara esos muros de privacidad, cuyo cemento a menudo dejaba filtrar una luz desde el interior en forma de canciones que debían leerse en clave metafórica. Sin encomendarse ni a dios ni al diablo, al leer las galeradas de Shakey —el inveterado seudónimo utilizado por Neil Young cuando ha tratado de configurarse sobre todo en una “entidad” cinematográfica más próxima a Jean-Luc Godard que de un academicista estilo James Ivory— el artista norteamericano frunciría el ceño y, acto seguido, vetaría la publicación de la biografía de marras. Jimmy McDonough movió ficha y entraría en una espiral de litigios en aras a que su trabajo de investigación de casi diez años no quedara varado por mor de la ruptura de un acuerdo que consideraba improcedente. A la postre, Neil Young convino en reconducir la situación y adaptarse a la nueva realidad, fuera de los focos de las salas de justicia que había visitado con motivo, por ejemplo, de las visicitudes derivadas del accidentado proceso de producción del largometraje Human Highway (1982), una rareza en toda regla. McDonough, desgastado por todo aquel proceso, parecía hacer suyo el estribillo de la canción “It’s the End of the World”, de Skeeter Davis que se escucha en algún tramo de esa «autopista humana» con regusto de serie Z, pero con una leve variación: “It’s the End of the Neil Young’s World". Otro biógrafo se hubiera prestado a incluir una suerte de postfacio, de actualización para alguna de las sucesivas reediciones de Shakey. Sin embargo, Jimmy McDonough había cerrado un capítulo de su vida personal y profesional en 2002. Han transcurrido una docena de años desde entonces y Neil Young, lejos de levantar el pie del acelerador sigue con un ritmo de trabajo endiablado, sumido en dar cabida al relato de su propia historia —la primera parte de su autobiografía ya ha tenido acomodo en el mercado editorial bajo el título Waging Heavy Peace (2012, Blue Rider Press)—, giras de conciertos por medio mundo (que ha incluido el comeback del resto de los Crazy Horse), ediciones de discos y la consagración a desempolvar tesoros aún ocultos para los amantes tot court de su música. Si para una persona corriente reiventarse puede suponer toda una prueba de fuego, llamándose Neil Percival Young representa una empresa titánica. Y en eso anda una vez traspasado el umbral de una edad de jubilación que no guarda sentido en un alma inquieta como la del canadiense. 
   Un par de años después de la publicación de Neil Young: una leyenda desconocida la inminencia de la edición en lengua castellana de Shakey parecía una certeza casi irrefutable. En la web de Global Rythym lucía idéntica foto en blanco y negro del Neil Young de los 70 que en la edición de Anchor Books, eso sí con el subtítulo «Una biografía de Neil Young». La buenanueva parecía haber llegado, corrobado por los preceptivos enlaces de compra en las páginas web de las versiones digitales de casadellibro.com y fnac.es, o del portal amazon. A partir de ese noviembre de 2011 los meses se irían sucediendo pero sin que el libro cobrara visibilidad en las tiendas. A través de diversos posts los amigos de En la playa de Neil Young —la mayor colonia de seguidores del músico canadiense en nuestro país—, una vez procesado un cierto sentido de desazón, se calibraría la posibilidad de abordar una labor colectiva consistente en traducir Shakey a la lengua de Dámaso Alonso con algunos voluntarios familiarizados con las peculiaridades de la lengua de John Milton. Hasta lo que conozco, el proyecto quedaría desarbolado; los gestos voluntarios se cobran, a veces, sus propias limitaciones.    
   El relato de «las catastróficas desdichas» en torno a la biografía de Neil Young no finaliza aquí. Una vez perdida la pista de Global Rhythm, al principio del mes de febrero del año en curso recibí una newsletter de Malpaso Ediciones en que pude leer entre los avances de edición el lanzamiento de la biografía de Neil Young traducida al castellano. Releí un par o tres de veces la noticia para cerciorarme que regresaba sobre la pista de Shakey. Luego conocí de primera mano que la salida al mercado de tal novedad se posponía sine die. Otra mal paso para una biografía que nació "maldita". Llegados a este punto, no puedo por menos que apelar a la voluntad de los neilyoungueros que habitan en la playa y en sus aledaños para resolver semejante entuerto. Neil Young, para un servidor uno de los más grandes músicos de nuestro tiempo, merece la publicación de esa biografía “gafada”, básica para conocer los entresijos vitales y profesionales de un “pura sangre”, inasequible al desaliento y con los arrestos suficientes cumplidos los sesenta y ocho años para brindarnos un buen puñado de gemas en forma de álbumes que se acercan a la cifra de cincuenta, descontados los directos, los discos en comunión con Buffalo Springfield, y Crosby, Stills, Nash & Young, y otros artistas y formaciones ociosas de haber cumplido un sueño. Maybe, A missing dream.         

miércoles, 20 de noviembre de 2013

«LA CARTERA DEL CRETINO» (2013) de Kurt Vonnegut: LA MIRADA DESDE TRAFALMADORE DE UN HUMANISTA

«Dios mío, concédeme la serenidad
para aceptar las cosas que no puedo cambiar,
el valor para cambiar las cosas que sí puedo cambiar
 y la sabiduría para distinguirlas»

Reinhold Niebuhr (1892-1971)



Desde que tuvo uso de razón, sobre todo a partir de la experiencia vivida durante la Segunda Guerra Mundial con los bombardeos sobre la ciudad de Dresden (de ahí sacaría las notas necesarias para su ficción literaria Matadero Cinco), Kurt Vonnegut Jr. (1922-2007) supo las cosas que sí podía cambiar, empezando por evaluarse a sí mismo. Militó en el “Partido Humanista”, siendo un firme defensor de los derechos civiles individuales y colectivos de su país: «Habiendo sido un amante de los indios durante toda mi vida, siempre me escandaliza conocer a blancos que viven cerca de una comunidad india a la que desprecian. No abundan, y por lo que yo he visto, casi todos los miembros de este partido político que defiende la supremacía blanca y el darwinismo social, el partidos de los presidentes Ronald Reagan y George Bush: los Republicanos». Y ya se sabe que la música amansa a las fieras. Él fue una de ellas, una fiera literaria que expresaba sus pensamientos en voz alta, en tribunas académicas o periodísticas sin importarle demasiado herir la sensibilidad en especial de los poderosos. La música que le amansaría durante sus largas horas frente a una máquina de escribir sería esencialmente la ligada a un estilo musical con un color reconocible en su proceso de fermentación: «La gente a la que se considera negra, y que se considera negra a sí misma, es una minoría pequeña y fácil de derrotar, cosa del diez por ciento de todos nosotros. No obstante, esa gente ha realizado en este hemisferio la que tal vez sea la contribución que más consuelo e inofensivos estímulos ha aportado a la civilización mundial: el jazz». Un entretenimiento preferible, en todo caso, a los contenidos de la “caja tonta” de la que Vonnegut expresa que «la televisión norteamericana es muy parecida a una excavadora, en el sentido de que lo convierte todo en algo limpio, pulcro, plano y carente de vida y de personalidad. De todos modos, la mejor analogía de la tele  en el continuo espacio-temporal sería un agujero negro en que los mayores crímenes y estupideces, por no hablar de continentes enteros, podían hundirse hasta desaparecer de nuestras conciencias». Toda esta retahíla de razonamientos vonnegutianos los podemos localizar en el ensayo «El último de Tasmania» incluido en la edición de La cartera del cretino (2013) a cargo del sello de nuevo cuño Malpaso. La imagen icónica de Kurt Vonnegut —una cabellera rizada, una gorra convenientemente ladeada, un bigote poblado, unos ojos saltones y unas ojeras prominentes— domina la fajita que recubre la tapa del libro editado por Malpaso con la intención que pronto mude a otro en que se pueda leer con riqueza tipográfica 2ª edición y así sucesivamente hasta alcanzar la categoría de longseller. Lo será si la mayoría de aficionados a la literatura de cariz subversivo —ciertamente, están/estamos de enhorabuena en los últimos tiempos con a publicación de textos de David Nobbs, Hunter S. Thompson, etc.— acierten en localizar a Vonnegut una figura referencial inexcusable, cuya virtud literaria no estuvo tanto en sobre lo qué escribió sino cómo lo escribió. Y lo hizo con un estilo suelto, sobre la base de un fraseo corto, sin demasiado abalorios aunque el episodio inicial —«Entre tibio y Tumbuctú»— de serie de siete que comprende Sucker’s Portafolio pueda desmentirlo. En el mismo, Vonnegut muestra esa inclinación hacia un relato en el que planea la sombra de la muerte, uno de los temas que le obsesionarían al encarar la recta final de su tramo final, al que pertenece el citado ensayo de 1992 «El último de Tasmania». Más atrás en el tiempo nos debemos remontar para localizar el grueso de los distintos relatos cortos que conforman La cartera del cretino, algunos deudores de su veta teatral administrada no con demasiado fervor crítico en Feliz cumpleaños, Wanda June (1970) con traducción cinematográfica prácticamente opaca al conocimiento del espectador del siglo XXI. Se trata del Episodio dos, «Roma», no demasiado alejado de un guión que hubiera podido llevar la rúbrica de Woody Allen en la línea de Balas sobre Broadway (1994) si no fuera porque la heroína de la función, Melody lo carga el diablo de vitriolo de Vonnegut con frases del jaez de Nunca ha visto la televisión. Nunca he visto una película. Nunca he visto una obra de teatro. Papá dice que los libros, el cine, la televisión y demás son los que ensucian hoy en día la mente de los jóvenes». Un alma pura, en suma, en el erial vonnegutiano atestado de personajes cínicos, ventajistas, inmorales, mezquinos (entre ellos, el viejo Arthur Futz del episodio «París», nativo de Indianápolis, con unas señas de identidad sospechosamente cercanas al entorno afectivo del escritor de idéntica localidad)… y cretinos. Ese cretino al que hace alusión el episodio central de este volumen, un auténtico delicatessen de veinticinco páginas con sorpresa final. Una soberana lección de literatura creativa de tramo corto y preciso, conciso y por encima de todo brillante, calificativo indisociable a un escritor que bebió de muy distintas fuentes —por ejemplo, su interés por la Antropología le llevó a estudiar en profundidad sobre la materia, aunque su tesis no fue admitida a trámite— y que haría de la observación de la propia estupidez humana la herramienta más útil para articular un pensamiento encauzado en una docena de novelas, múltiples ensayos, piezas teatrales e incluso una autobiografía. “Píldoras” de ésta se pueden acceder a través de la lectura del texto que antecede a su inacabado cuento «La ciudad robot y el señor Caslow». Para entonces, La cartera del cretino ya ha proveído al lector de un arte que se mide desde la ironía y la necesidad de entender el mundo con distanciamiento si no queremos caer en un estado de perplejidad absoluta. Palabra de Vonnegut.

Enlace a la página web de Malpaso Ediciones