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martes, 31 de agosto de 2021

«LA DESAPARICIÓN DE ADÈLE BEDEAU» (2014), de GRAEME MacRAE BURNET: CITA EN SAINT LOUIS

 

«Todo es verdad pero nada es exacto»

Prólogo de Pedigrí (1948) de Georges Simenon

 

No son pocas las novelas que han favorecido a su culto la inclusión de un capítulo final o epílogo que por una serie de avatares editoriales fueron excluidos para su edición en algunos países en otra lengua o bien en la misma lengua primigenia. Cabe recordar, al respecto, lo acontecido con La naranja mecánica (1962) de Anthony Burgess o Picnic en Hanging Rock (1967) de Joan Lindsay, cuyo último capítulo —el XVIII— quedó excluida en su primera edición en lengua castellana a cargo del sello Impedimenta. La misma editorial ha considerado en tiempos de pandemia publicar La desaparición de Adèle Bedeau (2014) que contiene en su epílogo un motivo adicional para elevarlo a los altares de las obras de culto, provocando un inesperado giro que una simple búsqueda a través del navegador de internet deja patente el «juego» propuesto por su autor, Graeme MacRae Burnett (n. 1967). El mismo apunta hacia una ensoñación —a la que suelo referirme con el término anglosajón «Walter Mitty idea»— en que Raymond Burnet, hijo único oriundo de St, Louis y huérfano de padre al cumplir los diecisiete años llegó a confeccionar una pieza teatral que apenas fue representada sobre los escenarios y una obra literaria, La disaparition d’Adèle Bedeau que cursó en librerías a principios de los ochenta gracias al empeño de una modesta editorial. Al cabo, entra en escena Claude Chabrol (1930-2010), uno de los representantes de la nouvelle vague, quien descubre la novela en una tienda de viejo y decide adquirir los derechos de explotación cinematográfica por una módica cantidad. A finales de la década resuelve rodarla con Isabelle Adjani —un valor en alza por aquel entonces— entre su equipo artístico. Al visionar el film en la gran pantalla Raymond Burnett se muestra profundamente decepcionado, sobre todo por el tratamiento dado a Manfred Baumann. Personaje depresivo y poco sociable por naturaleza, Burnett decide echar el cierre a su vida en similares términos a cómo lo hace Baumann en su única novela. En este epílogo de pura ensoñación Graeme MacRae Burnet a buen seguro tuvo en mente a otro escritor con tres «nombres», John Kennedy Toole (1937-1969). Raymond Burnet y Kennedy Toole coinciden en una infancia y adolescencia marcada por el sentimiento de soledad, el poderoso ascendente maternal, el refugio de la lectura y de la escritura como válvula de escape y la dificultad por relacionarse con mujeres que abonaron el terreno de la homosexualidad, aunque sin resultar un diagnóstico concluyente. Empero, a Burnet y Kennedy Toole les diferencia que mientras el primero llegó a ver publicada en vida su única novela, al segundo su opera prima fue rechazada sistemáticamente por un buen puñado de editoriales a lo largo de los años 60. Tras su suicidio, la madre de John rescató el manuscrito y con el auxilio de un amigo de su hijo logró que en 1980 una editorial se interesara en publicarlo. Su título es bien conocido por el aficionado a la literatura: La conjura de los necios (1982). Seis años más tarde el cinematógrafo brindó una adaptación que contribuyó a seguir despertando interés por la novela seminal cara a nuevas generaciones.

     Hubiese sido estimulante contemplar en la gran pantalla una versión de La deaparición de Adèle Bedeau bajo la dirección del prolífico Claude Chabrol, quien a buen seguro hubiese consultado su particular Biblia, la Guía Michelin, para ver qué restaurantes obtenían mejor puntuación en Saint. Louis o Estrasburgo, y de paso tomar algunos apuntes (mentales) para la recreación de uno de los escenarios principales que se dan cita en la novela, el restaurant de La Cloche. Pero ese placer queda absolutamente fuera del alance de la realidad al saberse fallecido Chabrol en 2010, cuatro años que Graeme MacRae Burnet publicara a los cuarenta y seis años su primera novela, auténtica cátedra de aquella literatura que sabe perfilar una narración sin epatar al lector, decidido a contarnos una historia en que se cruza lo detectivesco, lo psicológico y el drama humano en un espacio temporal que nos retrotrae presumiblemente a los setenta u ochenta del siglo pasado. En este sentido, Graeme Macrae Burnet nos ofrece pocas pistas que tan solo la perspicacia del lector es capaz de resolver. En cierto sentido, se trata de una novela que nos recuerda lecturas de tiempos pretéritos en que los teléfonos móviles, las tablets y los ordenadores no se configuran en el espacio de una historia arbitrada bajo el concepto de coypcat, en que el inspector Gorski deviene el sabueso que debe desentrañar el autor responsable de la desaparición de la niña Adèle Bedeau y asimismo de una joven llamada Juliette Hurel cuyo cuerpo inerte encuentran flotando en el río Rin, en las inmediaciones de Saint Louis. Graeme Macrae Burnet consigue con ello una prodigiosa obra que atrapa hasta su desenlace final y para degustar en la hora del té o del café un bonus en forma de epílogo en que el autor de Un plan sangriento (también publicada por Impedimenta) nos obsequia con una «bufonada» complementada con la campaña promocional de la novedad editorial a cuenta de Impedimenta que incluye la difusión en redes sociales de un tráiler de un film… inexistente. Touché.  


sábado, 29 de septiembre de 2018

A PROPÓSITO DEL PRIMER ANIVERSARIO DEL 1-0: HISTORIA DE UN GRAN FRACASO


A lo largo de sus aproximadamente noventa años de existencia el cine sonoro ha creado sus propios códigos narrativos que tienen en la entrada reservada a la letra «M» de su singular diccionario un término de raíz anglosajona: McGuffin. El inglés Alfred Hitchcock, acaso una de las personalidades cinematográficos más influyentes en el devenir de la Historia del Séptimo Arte una vez vencido el periodo silente del que participó activamente, acuñó el término en cuestión. En este vocablo se condensa la idea que un determinado elemento que de partida parece cobrar relevancia de cara al avance o desarrollo de la trama, al final no tiene incidencia alguna en la misma. Puede interpretarse, por consiguiente, conforme a un elemento de distracción sobre todo especialmente pertinente en tramas de suspense.
    Cuando vuelvo la mirada hacia atrás y trato de reflexionar sobre lo acontecido en mi tierra —Catalunya— el pasado 1 de octubre de 2017, interpreto las urnas como el equivalente del término McGuffin. Esa película que para buena parte de mis paisanos pasaría a ser la más importante de sus vidas duró varias semanas y tuvo su clímax el 1-O. En ese relato cinético el elemento que estaba en boca de todo el mundo se correspondía con las urnas, alimentando un juego especulativo sobre su procedencia, si habían podido llegar a territorio catalán y un largo etcétera en forma de múltiples variables. Más propio del plot de una comedia de la Ealing —pienso, por ejemplo, en Whisky Galore! (1949)—, a toro pasado hemos sabido de esas historietas de cómo el ingenio humano —combinado con la ingenuidad (valga el eufemismo) de los servicios de inteligencia (sic) del estado español— hizo posible mantener en secreto la ubicación de miles de urnas diseminadas por todo el territorio, al punto que en algunos casos las mismas se encontraban en el interior de garajes o trasteros situados a decenas o escasos centenares de metros de los colegios donde se iba a proceder a un amago de referéndum. De la Diada del 11-S se pasó al Día «D» del 1-O. Ambas fechas habían sido marcadas en rojo en el calendario de los afines al independentismo, en que el fervor de la una –el 11 de septiembre— debía servir para reforzar, potenciar un sentimiento de motivación y, a la par de resistencia para la jornada dominical del primer día de octubre de 2017. Sendas jornadas, pues, habían servido para tender un puente de plata hacia Itaca, en busca del Santo Grial del independentismo a los que un elevado porcentaje de catalanes quedamos (auto)excluidos. La imagen cegadora de una Catalunya independiente nubló la capacidad de razonar de infinidad de personas que en su quehacer diario aplican el seny. Poco o nada importaba que los partidos mal llamados “unionistas” o “constitucionalistas” no participaran de lo que consideraban una farsa, una propuesta de referéndum en que solo una de las partes hizo campaña. De esta forma, el concepto referéndum perdía todo sentido, disolviéndose como un azucarillo en un mar de proclamas a la movilización de cara al 1-O por parte de los partidos independentistas de nuevo cuño o de larga tradición. El engaño estuvo servido y, a partir de bien entrada la mañana de aquel domingo de otoño, a los ojos de un servidor, las urnas pasaban a convertirse en el McGuffin de una trama que se teñía de terror. Con motivo del cumplimiento del primer aniversario del 1-O, aquellos dirigentes políticos invadidos por un perfil fanatizado —en cabeza, el President de la Generalitat de Catalunya (para solaz desgracia de muchos de nosotros) Quim Torra— expresan que se trata de una fecha marcada a fuego en la reciente Historia de Catalunya, una señal de victoria en la defensa de las urnas. Es como si hicieran una reseña crítica de una película de Alfred Hitchcock y subrayaran en diversas ocasiones del texto la importancia del McGuffin. Lejos de las ataduras del fanatismo, si hacemos un juicio ponderado y medido desde una mínima capacidad de análisis, lo que más se asemeja a lo acontecido en Catalunya el 1-O de 2017 deviene una historia de terror, una pesadilla que no quisiera volver a ver. Aquel día lloré porque pegaron a personas con las que me puedo cruzar por la calle, al ir a comprar el pan o compartir recinto cuando voy a tomar un café con leche o un aperitivo. No hubo épica en aquel 1-O; las urnas eran lo de menos. Salvo a los “abducidos”, ¿a quién le importó que el falso referéndum se saldara con el 90 0 el 95% de los votos a favor?. Quim Torra y los de su cuerda se expresan en términos de victoria cuando, en realidad, para cualquier persona sensata representó un fracaso en toda regla. El fracaso por convocar una farsa de referéndum; el de unas autoridades policiales que actuaron como los drugos de La naranja mecánica, y de unos dirigentes políticos que los días 6 y 7 de septiembre de 2017 se colocaron en el frontispicio de la legalidad para, a renglón seguido, enarbolar la bandera de un independentismo que ha traído como consecuencia muchas más penalidades que beneficios.

domingo, 16 de septiembre de 2012

«AUGUSTUS CARP» de Henry Howarth Bashford: LA RECUPERACIÓN DE UN CLÁSICO DEL HUMOR BRITÁNICO


Contaba con cuarenta y cuatro años cuando Henry Howarth Bashford (1880-1961) vio publicada su primera y la que sería, a la postre, su única novela humorística. Pero tuvo la “prudencia” de que su prestigio profesional —ejerció de doctor a las órdenes del rey Jorge VI, además de ostentar el cargo de Asesor Médico del Tesoro de Su Majestad— no se viera mancillado merced a una vena literaria encarada hacia lo satírico. De ahí que optara por firmar bajo seudónimo, primero en su Inglaterra natal, y repitiendo idéntica disposición cuando su novela Augustus Carp (1924) se publicaría en los Estados Unidos. Transcurridos casi cuarenta años desde aquel bautizo editorial, a Bashford le sobrevino la muerte y con ello su anonimato oscureció para dar paso a un reconocimiento de su figura literaria. La curiosidad mórbida de Anthony Burgess propiciaría esta realidad tan ligada al oficio de escritor. Una tienda de viejo permitió al políglota novelista, ensayista y compositor británico ir al rescate de una edición de Augustus Carp, sepultada entre infinidad de libros. A partir de entonces, saldría a la luz el verdadero nombre del autor de este incunable, Henry Howarth Bashford, que Ático de los Libros, en una operación que entraña cierto riesgo, acaba de publicar por vez primera en lengua castellana, dando carta de naturaleza a una política de recuperación de textos inéditos preferentemente de ámbito anglosajón. Con el afán de rendir honores al verdadero descubridor de esta obra de cara a nuevas generaciones y, a la par, servir a la noble causa de la promoción, Ático de los Libros ha tenido la gentileza de bordar el nombre de Anthony Burgess en el margen inferior derecho de la portada, justo debajo de la frase que reza: «Una de las grandes novelas cómicas del siglo XX».
   A tenor de la sentencia que hizo suya el autor de La naranja mecánica, uno de los escritores con una mayor formación intelectual de los que tengo constancia, mi interés por Augustus Carp creció más allá de sus premisas argumentales. Al cabo, una vez leída la novela en cuestión, sorprende sobremanera que Bashford no hubiera seguido firme en su decisión de cultivar un género que cuenta con una legión de practicantes en el Reino Unido y que en los años de postguerra florecerían nombres de la importancia de P. D. Wodehouse, David Nobbs o Edmund Crispin, estos últimos recuperados por un sello so british como Impedimenta. Allí donde hubiera podido tener acomodo el nombre de Bashford, quien para Augustus Carp recupera ciertos modos y costumbres literarios de la novelística del siglo XVIII, tomando el modelo, por ejemplo, de Los viajes de Gulliver (1726). Al igual que en la novela de Jonathan Swift (1667-1745), en el encabezado de los capítulos de Augustus Carp se despachan en unas pocas líneas, de manera telegráfica, los acontecimientos que tienen lugar en la vida del protagonista. Lo contradictorio del personaje campa a sus anchas en un relato de vidriosa comicidad, al amparo de un sentido tragicómico por el que discurre cada una de las doscientas treinta páginas del presente volumen. Asimismo, la novelística del siglo XVII alcanza a esa intermitente interpelación que hace el autor a su público lector, buscando un amago de comprensión en esa alma objeto de mofa fruto de su alicaída figura. Pasajes de cierta hilaridad se combinan con un humor sutil, sibilino que, a veces, se cobra a cuenta de referirse a las Sagradas Escrituras: «El resto de la carta, de la cuál aún conservo copia, es quizá la denuncia más severa del carácter femenino que se haya escrito jamás, con la posible excepción de algunos pasajes del Apocalipsis (pág. 214)». En boca de un cristiano irreductible, este Augustus Carp, la frase muestra hasta qué punto lo irreverente iría ganando peso a medida que Bashford iba construyendo su relato.
    Para aquellos devotos de la literatura de calado humorístico británico, Augustus Carp deparará una velada de primera magnitud, dejando tras de sí el interrogante que hubiera sido de Bashford de haberse dedicado en cuerpo y alma a la gimnasia diaria de la escritura. Ciertamente, Augustus Carp hubiera sido el punto de arranque de una nueva vida profesional para Bashford pero prefirió tomar un camino acaso más seguro.  


jueves, 29 de marzo de 2012

TERRY SOUTHERN (1924-1995): LA SUBVERSIÓN DE LA PALABRA

A propósito del estreno de No habrá paz para los malvados (2011), leí una muy interesante entrevista a su director y coguionista Enrique Urbizu, publicada en internet (Ir a enlace), en que desvela la cantidad ingente de guiones que tiene pendientes ver la luz en la gran o la pequeña pantalla. En el curso de la misma, esta situación, lejos de llenarle de pesar, le servía de acicate para seguir evolucionando, mejorar en su calidad de guionista. Presumiblemente, ese empeño y constancia le ha valido cincelar una obra suprema con No habrá paz para los malvados. Desconozco si el volumen de guiones (en sus distintas fases de desarrollo) que va amontonando Urbizu va siendo equiparable al de los scripts manufacturados por Terry Southern (1924-1995) y que no encontraron salida por motivos disímiles. Conforme a la documentación que obra en poder de la Biblioteca Pública de Nueva York desde hace casi diez años, seguramente trasciendan en fechas venideras el detalle del cúmulo de proyectos que quedaron aparcados para solaz desesperación de Southern. Paradojas de la vida, el que sigue siendo distinguido icono de la contracultura norteamericana del siglo pasado, se llevaría consigo a la tumba infinidad de trabajos para el celuloide “silenciados” en los créditos de algunas producciones y otros tantos pendientes de nueva orden para ser abordados en la gran pantalla. Con muchísimo menos se han amueblado antologías de escritores del siglo XX, ya sea en su derivación epistolar o de ensayos críticos de dudosa categoría. Me pregunto, sin embargo, que hubiera sido de Southern a la hora de enjuiciar su aportación al medio cinematográfico de haberse consignado, por ejemplo, su participación en El coleccionista (1965) y La naranja mecánica (1971) o una parodia sobre el Festival de Cannes. Si a ello sumamos su presencia en los créditos de ¿Teléfono Rojo?, volamos hacia Moscú (1964), Los seres queridos (1965) —como acertadamente señala Pat McGilligan en Backstory 3, una producción pendiente aún de una “seria” revisión crítica— y Easy Rider / Buscando mi destino (1969) tomaríamos conciencia real de que Southern figuraría por derecho propio entre la elite de guionistas de la segunda mitad del siglo XX. Su presencia en cada una de estas producciones no resultó un puro formulismo, el cumplimiento de un mero encargo profesional. Así pues, el escritor tejano se revelaría en la personalidad clave para ese giro de 180º que precisaba una historia que aborda el tema del fin del mundo, enterrando el pronunciamiento esencialmente dramático del texto de Peter George para su Alerta Roja y deslizándose hacia esa mezcla de acidez, ironía y sátira cautiva del pensamiento de Southern, del que hacían acopio sus novelas Candy (1958) –coescrita con Mason Hoffenberg— y El cristiano mágico (1959) —editada este mismo mes por parte de una editorial señera como Impedimenta—.  Otro tanto de lo mismo puede decirse de Easy Rider / Buscando mi destino, del que Southern construyó toda la estructura narrativa y en particular creó el personaje del abogado encarnado en la pantalla por Jack Nicholson —a imagen y semejanza de Gavin Stevens, hombre de leyes que se pasea por las páginas de los libros de William Faulkner— pero que por la gracia de un Dios menor, los créditos en materia de guión se repartieron entre Dennis Hooper, Peter Fonda (artífices simplemente de la idea matriz) y el autor de The Magic Christian.
    Quedan, pues, en el tintero conocer el contenido de guiones del calado de La naranja mecánica, El almuerzo desnudo, El coleccionista (de lo que él mismo detallaría en una entrevista sostenida con McGilligan, el final difiere al del film dirigido por William Wyler, con un ardid similar al que procura la fuga a Frank Morris/Clint Eastwood en Fuga de Alcatraz: una escultura "rupestre" que guarda las espaldas del preso/a). A la espera de ello, una manera de seguir la pista de la contribución artística de Southern se vehicula a través de ese par de obras publicadas en un corto espacio de tiempo en nuestro país —Una peli porno (2011, Ed. Valdemar) y la citada El cristiano mágico (2012, Ed. Impedimenta)—, sendos ejercicios que atacan al corazón del stablishment, prestos a demoler tabúes en materia sexual, institucional y de ese concepto del american way of life que se escribiría con renglones torcidos. Allí estuvieron autores como Gore Vidal, John Cheever, Richard Yates, Kurt Vonnegut o el propio Terry Southern (estos últimos, vasos comunicantes en la manera de construir relatos y personajes; urge un ensayo sobre esta dupla subversiva) para levantar acta de que, bajo esa apariencia de mundo feliz, hierven no pocos asuntos que comprometen a la naturaleza salvaje del ser humano. En tiempos de agitación social como los que vivimos, cuán importante es sentir cerca esas obras literarias, a modo de valor refugio, contundentes en su contenido crítico pero barnizadas de un sentido del humor que las hace mucho más digeribles y comprensibles sobre el absurdo y ruín, parámetros afincados en un planeta sobre cuyo eje gira la palabra Suprema: el dinero. Un dinero que derrocharía a mansalva el “antihéroe” de Un cristiano mágico, Guy Grand, para esta fantasía alegórica urdida por un Terry Southern que empezaba a situarse en la cresta de la ola crítica. Medio siglo después nos llega del otro lado Atlántico una botella que contiene el manuscrito de El cristiano mágico, con traducción de Enrique Gil-Delgado, y que nos puede servir para familiarizarnos con el “otro” Southern, el que presumo menos conocido por estos lares (en función de lo poco publicado en castellano hasta hace tan solo unos cuantos meses), el prosista “descolgado” del stablishment. Southern, por tanto, bien merece una misa literaria para esta Semana Santa que se avecina. 

Enlace a Editorial Impedimenta



jueves, 17 de septiembre de 2009

BASURA INFORMATIVA: EL «ADN» DEL PERIODISMO GRATUITO


Buena parte del descenso en las ventas de los periódicos de tirada nacional en papel se debe a la irrupción de alternativas de información que ofrece internet, incluidas las ediciones digitales de los mismos. Pero tampoco cabe descuidar el impacto de esos diarios de difusión gratuita que nacieron en los países escandinavos, expandiéndose como una mancha de aceite por los países del denominado Primer Mundo. La idea es muy sencilla: ofrecer información sin previo pago a todos aquellos que recurran a los transportes públicos de las grandes ciudades. Sin embargo, no contentos con inundar de periódicos estos puntos calientes del transporte público, ejemplares de los mismos empiezan a verse con mayor frecuencia en panaderías, locales de ocio, bares, gimnasios, etc. A mayor número de diarios en circulación, las expectativas por los ingresos de publicidad crecen. No obstante, esa ecuación se rompe por imperativos de la crisis y, si bien las empresas se mantienen a flote con unos ingresos x con tal de capear el temporal, lejos de hacer del rigor de la información un argumento para posicionarse como una opción más entre el amplio abanico de ofertas en el campo de la edición de periódicos (de pago o no), el sacrificio tiene nombre y apellidos para solaz desvergüenza de sus máximos responsables.
Casi como un acto reflejo, cometí la insensatez de coger un ejemplar del adn mientras aguardaba la llegada de una persona. Entre un mar de anuncios de publicidad, la información vaga a la deriva simplemente con ojear la falsedad que se esconde en determinados titulares. Uno de ellos, «Sitges estrena la nueva Naranja mecánica» en la pág. 21 de la edición barcelonesa no puede por menos que llevar a equívoco. Quizás el redactor de la noticia hubiera debido tener la prudencia de entrecomillar el término «nueva», pero para ello debería haber sido alguien que supiera el significado real de qué narices consiste o acarrea el vocablo informar. Antes de ponerse a redactar una noticia si se desconocen algunos datos hay un montón de herramientas para dar con los mismos y no empezar a escribir de oídas o sencillamente a inventarse la información. Veamos. El redactor de marras habla de La naranja mecánica como «la película más controvertida y más famosa de Stanley Kubrick». Una sentencia del todo gratuita porque si hay una película que se asocia con el director neoyorquino es 2001: una odisea del espacio (1968) y fue precisamente en razón de ésta que la popularidad de Kubrick creció exponencialmente. La fama del director de origen judío, por tanto, ya venía de haber estrenado 2001, antes de acometer el rodaje de La naranja mecánica. Pero estos aspectos pueden ser pecata minuta frente a la lectura de un tercer párrafo en el que el redactor (sic) escribe que «el próximo 23 de octubre, coincidiendo con el décimo aniversario de la muerte, se reestrenará la película en algunas salas seleccionadas, tanto en 35 milímetros como en la nueva versión digital». Stanley Kubrick falleció el 7 de marzo de 1999 debido a causas naturales; con dos segundos yendo a un buscador de internet puedes encontrar este dato. Una vez más la tecla de lo aleatorio se apodera del artífice de este auténtico atentado al buen periodismo al no contrastar una sola fuente. Pero la cosa no acaba ahí al referirse a Jan Harlan, «colaborador y coproductor de las películas de Kubrick», quien parece haber sido asignado por la organización del Festival de Cine de Sitges para hacer entrega de un premio Honorífico a Malcolm McDowell, el protagonista de La naranja mecánica. Tampoco hay que ser un lince para enterarse que Harlan fue el cuñado de Stanley Kubrick y que su condición de productor ejecutivo se inicia con 2001: una odisea del espacio. Pero claro está, la búsqueda de quien es Jan Harlan hubiera llevado otros dos segundos al redactor. Pero la burrada supina se reserva para el final cuando la persona encargada de dar forma a una noticia de agencia no se corta al hacer una valoración nuevamente desde la arbitrariedad: «La nueva Naranja mecánica mejora la primera versión para DVD que se hizo en 2001 y donde la presencia de grano afectaba la calidad». Entre los aspectos que destaca la versión en DVD de 2001 de La naranja mecánica es por su excelente calidad de imagen; lo del “grano” no lo veo por ninguna parte. Otra cosa hubiera sido explicar que el proceso de remasterización mejora si cabe aún más la calidad de imagen. Pero ni siquiera en la despedida, la perplejidad nos abandona al leer que «el sonido también se ha refinado, de manera que se aprecia mejor la banda sonora de William Carlos. La transformación electrónica que el compositor hizo vía Moog de varias piezas clásicas contribuye al ambiente claustrofóbico del filme». Para aquellos que no hayan visto el film, al hilo de estos razonamientos (sic), podrán pensar que se encuentran ante una cinta de terror. Si la versión vía sintetizador de La novena sinfonía de Ludvig Van Beethoven potencia la vertiente claustrofóbica del film se acepta pulpo como animal de compañía. Y ya puestos, al son de esa versión acelerada de La obertura de Guillermo Tell mientras Alex DeLarge (Malcolm McDowell) se encomienda a los placeres sexuales con un par de Lolitas, parece haber sido concebida por Kubrick con una intención que se sitúa a las antípodas de querer repercutir claustrofobia a la escena. Creo que también estaría de acuerdo en esta apreciación Walter Carlos, antes de obedecer al nombre de Wendy Carlos —tras su cambio de sexo— y no al de William, como lo bautiza muy alegremente el (ir)responsable de cubrir una noticia con el decoro profesional mínimo que ello exige. Un minuto a lo sumo dedicado/a a googlear hubiera bastado para dar salida a un digno ejercicio periodístico en lugar de esa basura de información que ocupa una de las páginas impares del diario adn en su edición del jueves 17 de septiembre de 2009. Ahora entiendo como esos periódicos gratuitos acaban a las pocas horas de vida (contabilizadas desde su salida de las imprentas) en las papeleras de las estaciones de metro o de autobús: en función de la pésima información que ofrecen ese es su lugar natural. El periodismo concebido bajo el único paraguas de la publicidad tiene estos riesgos; de ahí que es una alternativa más saludable hacerse con un crucigramas o un sudoku que creerse la sarta de mentiras o verdades a medias que acompañan esos seudoperiódicos que parecen ampararse en el letargo que vive buena parte de la población de a pie para seguir convenciendo a las empresas de publicidad de la bondad de su negocio. Seudoperiodismo de proximidad, pero alejado del rigor de la información.