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viernes, 9 de marzo de 2018

«LA CÁMARA VERDE» de Martine Desjardins: LA CAÍDA DE LA CASA DELMORE


Resulta curioso y hasta cierto punto sorprendente que la ciudad de Montreal tenga a dos de sus más (re)conocidas ciudadanas a mujeres con idéntico nombre y apellido. A buen seguro, la escritora Martine Desjardins (n. 1957) se toma el hecho que tenga una “rival nominal” —la activista política nacida en la capital del Québec en 1981— con ese sentido del humor tan particular —que transita por el arco de distintos tonos oscuros— que muestra en su quinta pieza literaria, La cámara verde (2017), editada por primera vez en lengua castellana gracias al sello Impedimenta. Asimismo, la confusión puede darse en relación a este título, idéntico —en su original: La chambre verte— al film dirigido por François Truffaut en 1978 —completando así el denominado «Ciclo de las velas»— a partir de diversos relatos escritos por Henry James. Este último contribuyó sobremanera a la literatura gótica con piezas como Otra vuelta de tuerca, de cuyo inmueble principal —un imponente castillo victoriano— Martine Desjardins (escritora) toma el molde para crear una ficción literaria con la peculiaridad que acontece en Montreal en el periodo presente y hace del humor negro una carta abierta a que el lector transite por sus páginas esbozando una media sonrisa.
    Sobrepasado con creces el centenar de libros publicados, a fecha de hoy, por Impedimenta, si desplegáramos un virtual mapamundi para ubicar el origen de los autores que forman parte de este suculento catálogo la “plaza” de Canadá quedaría cubierta por Martine Desjardins con esta delicatessen que se lee con fruición, asomando un timbre propio que, si acaso, recuerda de soslayo la literatura de David Nobbs (un nombre alineado geográficamente con multitud de escritores en la “casilla” de Gran Bretaña; no en vano, una de las señas de identidad de Impedimenta) en esa descripción de personajes reglados por conductas esquivas a la ortodoxia, y Jane Austen, Penelope Fitzgerald o Stella Gibbons cuando el foco se concentra en el personaje de Penny Sterling, la mecha que prende para que estalle en mil pedazo el (des)orden que impera en la hacienda de los Delmore, una «familia Monster» con acento quebequés. Horneada a fuego lento verbigracia de una narradora que bien hubiera podido formar parte del gremio de escritores con sello so british, La cámara verde hace del humor negro su estilete en un espacio invadido por una familia que trata de sacar tajada de la posibilidad que uno de sus miembros contraiga matrimonio con Penny Sterling, un nombre que adopta un doble significado vinculado con ese “principio activo” (el dinero) inspirador de una especie de congregación de corte sectario con domicilio fiscal en la cámara verde de marras. En las páginas dedicadas a pormenorizar las cuestiones que implican a esta congregación familiar —Diana Arbus hubiera tenido material de sobras para ampliar su catálogo fotográfico de personajes freakies, en singular las hermanas Mórula, Glástula y Blástula (sic), auténtico compendio de lo “antifemenino”— en que el Dinero se revela un Bien supremo, objeto de adoración y sujeto a un mandamiento de obligado cumplimiento sopena de adoptar medidas drásticas por parte del patriarca Louis-Dollar (otro apellido con intencionalidad "redoblada"), Martine Desjardins eleva la mirada por encima de ese ejercicio de descripción de ambientes y de presentación de personajes que hacen acto de presencia en la primera parte del libro. El ardid que se dibuja en las páginas finales no es más que la constatación de la habilidad de Martine Desjardins por conducirnos hacia los derroteros de una literatura barnizada de ironía, con apremio a que el lector sienta compasión por esos personajes desnortados, cuando no yendoal precipicio moral e imaginario.
    Presumiblemte, La cámara verde sea el punto de partida por parte de Impedimenta para que integre algunos de los otros títulos de la autora canadiense a su selecto catálogo, con especial atención por Maleficium (2009), incursión en la novela fantástica que, a buen seguro, despertará la curiosidad de muchas aficionados a este género literario. Por esta pieza Desjardins recibió el premio Jacques Brossard, distinción que ha repetido con La chambre verte, una de esas apuestas que permiten descubrir un talento literario indiscutible, que realiza inserciones en la piel humana de una innoble familia canadiense empleando a modo de cutícula un humor de exquisita finura y precisión en su lenguaje, no exento de expresiones (por ejemplo, “pimplar”) captadas a ras de calle.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

«HECATOMBE»» (1927), de WILLIAM GERHARDIE: THINGS TO COME

En 1991 Editorial Versal publicaba por primera vez en lengua castellana una novela escrita por William Gerhardie (1895-1977). Empleando para la cubierta la imagen de un cuadro en que aparece un joven sentado ataviado con un vestido anaranjado y sosteniendo entre sus manos una fruta, Futilidad (1922) parecía un título demasiado “sofisticado” para “trascender” en el mercado editorial. Una quincena de años más tarde, Editorial Siruela —un sello más acorde con el tipo de literatura que proponía Gerhardie ya desde su primera novela— recuperaba el texto en cuestión, pero facultando a una operación de “lavado de cara” con la publicación de una edición con un nuevo título (Inutilidad) y una nueva portada —la que se corresponde con una hipotética imagen del personaje central, Nikolai Vasilievich, en cierto sentido alter ego del propio escritor—, una traducción ex novo a cargo de Menchu Gutiérrez y la inclusión de un prólogo, nada menos, que de Edith Wharton. Entiendo que con todos estos cambios operados sobre la opera prima de Gerhardie en relación a su primigenia edición no serían suficiente para que la apuesta de Siruela cuajara, postergando sine die la publicación de alguna de las otras novelas cinceladas por el talento del escritor de nacionalidad británica con fuertes vínculos con el otrora Imperio Ruso. Una vez más, Impedimenta anduvo resuelta a la hora de ampliar el abanico de publicaciones referidas a Gerhardie en la lengua de Dámaso Alonso, apostando por la edición en 2013 de Los políglotas (1925), acaso la novela que parece llamar al consenso sobre su extraordinaria calidad y que le granjearía un sólido prestigio en determinados círculos literarios. Él mismo pareció ser consciente de ello cuando se avino a publicar Memoirs of a Polyglot: The Autobiography of William Gerhardie (1931). En la misma se ocupa de levantar acta de las visicitudes experimentadas durante el tiempo de escritura de Doom (1927), la otra novela recuperada por Impedimenta bajo el título Hecatombe (2016) y con traducción a cargo de Martín Schifino. Tan solo asomándonos a su portada entendemos que el título “contradice” a la imagen en que aparecen siete damas de distintas edades luciendo vestidos de noche color champán con unos sombreros que cubren sus respectivas cabelleras convenientemente recogidas. Al correr de las páginas, entendemos que esa imagen de portada cuadra con el de esa alta sociedad rusa a la que pertenece Eva Dickin, la joven por la que suspira Frank Dickin, un escritor en ciernes. A propósito de este peculiar personaje, Gerhardie construye un fresco de época decididamente sarcástico y mordaz en su conjunto, e irónico en algunos de sus pasajes.
    William Alexander Gerhardie encaja dentro de la consideración de «escritor de escritores», poseedor de un timbre estilístico propio en esa afinación por combinar un universo literario persuadido por lo satírico y/o lo humorístico con una orientación visionaria que le sitúa por derecho propio entre aquellos capaces de haber entendido porqué derroteros se conducía en mundo en el periodo de entreguerras. De tal suerte, el ayer (en relación al peso del pasado que arrastra consigo una saga familiar rusa en franco declive), el hoy (cuyo diapasón lo marca las acciones emprendidas por Frank Dikin, a quien acoge cuál protector el adinerado Lord Ottercove) y el mañana (el que hace referencia al título, el provocado por una bomba atómica que anticipa lo ocurrido en el plano de la realidad a casi veinte años vista) “conviven” en un texto literario de exquisita factura en su formulación narrativa, que incluye numerosas referencias a prohombres de las letras (algunos de ellos compatriotas como Jane Austen o H. G. Wells) y unas pocas al mundo de la ciencia. Éstas últimas se dan cita cuando el relato encara su parte final, aquel capaz de dar un giro un tanto imprevisible para el lector, procediendo a “domesticar” la ironía y el sarcasmo en beneficio de la crudeza de los escenarios que sobrevuelan en nuestra imaginación al calor de la representación de un mundo apocalíptico producto de la sinrazón del ser humano. Sin duda, H. G. Wells tuvo presente Doom a la hora de conformar el guión de Things to Come (La vida futura para su distribución en suelo español) por encargo de Alexander Korda. Aunque con ciertas reservas, acaso Stanley Kubrick conociera asimismo el contenido de la novela de Gerhardie para decantarse definitivamente por modificar el rumbo de la historia de Dr. Strangelove (¿Teléfono Rojo? Volamos hacia Moscú) que quería imprimir en la gran pantalla a partir de la novela Red Alert (1958) de Peter George, que adopta un semblante “serio” en su fondo y forma. Una hipótesis de trabajo bastante probable, pero que en todo caso Hecatombe representa una propuesta única que, amén de cautivar por su prosa precisa y elegante, sorprende por las dotes de “adivino” de Gerhardie sobre el potencial de autodestrucción del ser humano bien entrado el siglo XX y que nos sitúa de facto en una nueva era. La fisión nuclear de los átomos procuraba la confección de un arma de destrucción masiva hasta entonces ni tan siquiera imaginada. Por su parte, la “fusión nuclear” de una familia rusa, en combinación con un escritor de talento dudoso en el que, sin embargo, confía Lord Overcotte (no es difícil "visualizar" la figura de Sir Ralph Richardson , uno de los actores partícipes en Things to Come, en una hipotética representación de esta pieza literaria en la escena teatral o cinematográfica que nunca se dio), ofrece buena parte de la cuota de hilaridad e ironía de un relato que había adoptado distintos nombres —My Sinful Earth, Eva’s Apples y Jazz and Jasper— antes de imponerse el de Hecatombe. En ese lado oscuro del planeta literario británico, transcurridos casi noventa años desde su primera edición, aún podemos observar esa huella en forma de cráter que lleva la rúbrica de William Gerhardi, en arte con el añadido final de la «e» al final de su apellido. Una «e» que equivale a excelencia literaria, a los ojos inclusive de coetáneos de mucho mayor reconocimiento artístico y/o mediático como el caso de Graham Greene o Edith Wharton, quien sentencia en el prólogo de Siruela para la edición de Inutilidad: «yo tengo talento, pero lo de él es genio».   

martes, 25 de junio de 2013

«INOCENCIA» de Penelope Fitzgerald: ENTRE LA TRADICIÓN Y LA MODERNIDAD EN LA FLORENCIA DE POSTGUERRA

«Sentí que el mundo del que habla 84 Charing Cross Road estaba sorprendentemente cerca de mis obsesiones: el paisaje de los sentimientos ocultos, el amor como proyección de las cosas que no se dicen porque no necesitan decirse, de la soledad como vocación». Así se expresaba Isabel Coixet cuando presentaba en el marco del XIII Festival Internacional de Teatro Temporada Alta de Salt (localidad limítrofe con Girona) su adaptación escénica de la novela breve 84 Charing Cross Road, uno de los referentes literarios inexcusables de La librería (1978), escrita por Penelope Fitzgerald (1916-2000), de cuya traslación —esta vez al celuloide— se ocupará la propia realizadora catalana en los próximos meses. Presumiblemente, para un sector del público familiarizado con la obra de Coixet, La librería en su derivada cinematográfica sirva de puerta de entrada al conocimiento de la producción literaria de Fitzgerald. Llegados a este punto, Impedimenta ofrece un muestrario significativo de la misma a través de las traducciones de, amén de la susodicha La librería, El inicio de la primavera (2011) e Inocencia (2013). A buen seguro, esta prospección de Enrique Redel por el mundo literario anglosajón a la búsqueda de autores y autoras susceptibles de ser (rei)vindicados por el lector de habla hispana, llevará a Penelope Fitzgerald a situarla en el espacio de las damas de mayor aceptación entre los lectores que precisan el amparo de textos de exquisita finura estilística y que no renuncien a temas universales, condición sine qua non para ser degustados en plena modernidad del siglo XXI.   
   Perteneciente a una estirpe de prohombres del mundo de la cultura y de las artes en general, inequívocamente Penelope Knox parecía destinada a seguir los pasos de una tradición familiar esquiva a una realidad operada fuera de las coordenadas de lo recurrente en la existencia que embarga al común de los mortales. El viaje formaría parte de ese «plan de vida» diseñado por y para Penelope Knox, y con ello el mapa literario se desplegaría más allá de los confines de su Inglaterra natal. La novela que nos ocupa, Inocencia (1986), fue abordada por Penelope Fitzgerald —adoptando el apellido de su marido, un oficial irlandés fallecido al poco que contraer matrimonio— al filo de cumplir su setenta aniversario, fruto de su entrada en contacto con la Italia de postguerra. Seducida por ese universo donde confluían temáticas que enriquecieran el sustrato literario con el que partía, Fitzgerald abogaría para su primera novela en que su propia persona quedaba excluida de las tramas por armar, un conjunto de situaciones comprometidas con la idiosincrasia del país transalpino. En prácticamente ninguno de los episodios de Inocencia, tenemos la percepción que Fitzgerald sea una escritora británica que vuela sobre el relato sin quedar adherida a la superficie de un mundo que evoluciona hacia un cambio de estatus social, político, financiero y cultural. Producto de la influencia ejercida por la literatura de Sir Walter Scott, Fitzgerald mezcla personajes reales — el político Antonio Gramschi (1891-1937)— y ficticios al servicio de una obra que se postula en sus “acertijos” en torno al amor conforme a una comedia shakespeariana —en especial Mucho ruido y pocas nueces— por encima inclusive de las tibias analogías que se intuyen “entre líneas” con respecto al legado literario de Jane Austen. Su “alineamiento” con el patrimonio creativo de William Shakespeare crece al albur de una composición literaria basada en una profusión de diálogos de una punzante ironía y armoniosa delicadeza, al margen de un manto visionario-profético que se extiende sobre algunas de las reflexiones brindadas por sus personajes principales y secundarios. Mas, algunos de éstos parecen nacer al dictado de la realidad de nuestros días en el contexto de un viejo continente que va a la deriva —expresión que casa precisamente con otro de los títulos de Fitzgerald, merecedor del Booker Prize que se le había resistido un año antes con La librería—, como se desprendre de las siguientes líneas de diálogo brindadas a renglón seguido de las dudas que se ciernen sobre el cirujano Salvatore Rossi al unir su futuro sentimental con Chiara Ridolfi, de linaje aristrocrático, educada en colegios ingleses:

— «No pierdas la esperanza —dijo Cesare—. Según mis cálculos, dentro de veinte años el divorcio será legal en Italia.
—    ¿Según qué calculos?
—  Cuando la Comunidad Europea se ponga en marcha, tendremos que unirnos a ella para poder vender nuestro vino, aunque a Alemania le parezca mal y se ponga en contra. En cuanto nos unamos a ellos en una cosa, tendremos que unirnos en todas».

   Lejos de demostrar con semejante diálogo animadversión para con el país teutón, la escritora inglesa volvería a “sumergirse” en otro espacio ajeno al de su país de origen para la construcción de la novela La flor azul (1995) —como apunta Terence Dooley en el epílogo titulado “Amena Stanza”, derivado de una “transmutación” de un proyecto abortado que se localizaría igualmente en Florencia y que iba a desarrollar el tema del simbolismo de las flores en el arte sagrado primitivo—, que con toda probabilidad el sello Impedimenta tiene en su agenda para encontrar acomodo, en un futuro más o menos cercano, en su particular «Biblioteca Penelope Fitzgerald». De esta forma, Johann Wolfgang Von Goethe o Friedrich Von Schlegel, en su calidad de figuras extraídas de la realidad, se colarán en la más que presumible traducción de una ficción literaria más que pertinente en la idea, cuando no convicción, que su autora sigue siendo merecedora de la atención de lectores inasequibles al desaliento de viajar a través de las páginas de novelas bañadas por la luz solar en los periodos estivales. Una estación especialmente indicada para este tipo de ejercicios que comprometen más a la intuición que al deber, al placer que a la necesidad. En esta tesitura, Impedimenta nos abre, pues, nuevamente una ventana al saber de la obra de una escritora de tardía dedicación pero que empezó en su juventud a forjar los mimbres de un pensamiento inequívocamente avanzado a su tiempo desde la perspectiva de una mujer, en la senda de sus compatriotas Naomi Mitchinson o Stella Gibbons.         


lunes, 28 de enero de 2013

«LA MUERTE DEL CORAZÓN» de Elizabeth Bowen: ORGULLOS Y PREJUICIOS EN LA SOCIEDAD VICTORNIANA


De un tiempo a esta parte las tertulias que antes llevaban acompañadas el sustantivo de políticas cada vez tienen un sesgo más económico en virtud de la demanda del espectador o del radioyente por saber de las claves del porqué de la crisis que nos acucia, cuanto menos de una forma feroz desde hace un lustro. Por ello, la voz de los tertulianos con pedigrí de economistas se deja sentir con mayor intensidad, aflorando en esas mesas de debate términos tales como el keynesianismo. Para los puestos en la materia, el término resulta sumamente familiar; en cambio, para el común de los mortales obedece a sinónimo de desconocimiento en tanto que John Maynard Keynes (1883-1946) muy pocos entre una inmensa mayoría relacionarían con uno de las más influyentes economistas contemporáneas y menos aún con el denominado «Círculo de Bloomsbury», una suerte de versión británica de «La mesa Redonda de Algonquin». Grupo de intelectuales elitistas por definición y por convicción, dentro del «Círculo de Bloomsbury» se darían cita diversas féminas, entre las cuales destacarían las escritoras Virginia Woolf (1882-1941), Katherine Mansfield (1888-1923) y Elizabeth Bowen (1899-1973), la más longeva de todas ellas.
   A punto de cumplirse cuarenta años de la fecha de su deceso (el 22 de febrero), Elizabeth Bowen gana una nueva “causa literaria” para el conocimiento de su obra al poner en circulación Impedimenta uno de sus trabajos más destacados: La muerte del corazón (1938). Si hay en nuestro país una persona que haya acogido con especial entusiasmo la publicación de esta novela escrita en el periodo de entreguerras se llama Esther Roy Torrijos, autora de la tesis doctoral La narrativa de Elizabeth Bowen: Estudio de aspectos culturales y formales (2006) (ver enlace). En la parte introductoria de su tesis, Roy Torrijos se encarga de enumerar los aspectos literarios, conforme a un sentido que va más allá de la materia tratada, que lleva implícito el sentido reivindicativo que precisa la figura de Bowen. Al calor de esta tesis “tutelada” por la doctora Beatriz Villacañas Palomo, adscrita a la Universidad Complutense de Madrid, el sello Pre-Textos —vinculada, en mayor o menor medida, al mundo universitario y/o de la docencia a través de su amplio abanico de colecciones—  publicaría en 2008 La casa en París (1935) y Siete inviernos: recuerdos de una infancia dublinesa (1942), librada en vida en formato autobiográfico, no así Pictures and Conversations (1974) que lo haría a título póstumo. El ímpetu mostrado por Pre-Textos por publicar textos de la autora angloirlandesa pronto cedería a una dura realidad condicionada por imperativos de la crisis que llevaría aparejada una respuesta más bien tibia por parte del público lector. Por ventura, la «cadena» iniciada en cierta medida por Roy Torrijos no se rompería y, a finales de 2012, Impedimenta cerraría un año de ensueño para la editorial madrileña con la publicación de la que se presume la masterpiece de Elizabeth Bowen.  
   A través de sus cuatrocientas páginas con un sublime trabajo de traducción en el debe de Eduardo Berti, La muerte del corazón muestra y demuestra la finura descriptiva, a nivel emocional, de la que hace gala Elizabeth Bowen en similar sintonía que Jane Austen (1775-1817) —a la que en un pasaje de la novela se remite a su nombre— o Virginia Woolf, su compañera del «Círculo de Bloomsbury». Se trata de un relato que, en lo tocante a su argumento, se solapa preferentemente con los escritos de Austen pero, debido al encaje de su obra dentro de la primera mitad del siglo XX se advierten un aliento de modernidad en la forma de evaluar el tránsito de la «antiheroína» Portia Quayne (de perfil dickensiano) de la adolescencia a la juventud. Lo hace guiado por ese espíritu humanista e individualista que distinguiría al subversivo grupo de Bloomsbury y, en particular, a Elizabeth Bowen, dama que se descubre tocada por la “divinidad” literaria en cada página, cada rincón de esta obra que eleva el arte de la escritura hasta sus más altas cotas de refinamiento, asumiendo un estilo propio que poco guarda relación con el sometimiento a las reglas de la moralidad victoriana en la construcción de unos personajes de espíritu libertino, refractarios a los convencionalismos y que, en definitiva, sirven a la causa de una oleada de obras que aún estarán por llegar en el umbral de la segunda mitad del siglo pasado. Conociendo ese otro “espíritu”, el de Impedimenta, la aventura de publicar las novelas —un total de ocho aún quedan pendientes en lengua castellana—  y los relatos de Bowen no se detendrán con La muerte del corazón.  Un título, en todo caso, que revela toda una paradoja para el que se adivina el nacimiento de una colección (sin acreditar ni en la portada ni en su interior) dispuesta a rendir honores a una escritora de la talla de Elizabeth Bowen.          

Enlaces a otras obras publicadas en lengua castellana de Elizabeth Bowen:

La casa en París (2008, Ed. Pre-Textos)