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lunes, 19 de enero de 2026

«PARA LEER AL ANOCHECER: HISTORIAS DE FANTASMAS» de CHARLES DICKENS: LA MUERTE OS SIENTA TAN BIEN

 

En su prefacio de Canción de Navidad —asimismo conocido como Cuentos de Navidad— Charles Dickens (1812-1870) escribe: «Con este relato fantasmal he tratado de evocar el espectro de una idea que no debería contrariar a mis lectores ni enemistarlos con otros, con estas fiestas o conmigo. Confío en que frecuente gratamente sus hogares y nadie sienta el deseo de conjugarlo». Toda una declaración de principios que el prosista inglés tuvo a bien poner sobre aviso a sus lectores, trazando así la orientación que, según su perspectiva, debía adoptar el que al poco de publicarse pasaría a convertirse en un clásico imperecedero de la Literatura Universal y punto de partida de una serie de relatos cortos con el denominador común de la Navidad. En cierta manera, el pronunciamiento fantasmagórico al que alude en el mencionado prefacio Dickens quedaría integrado en una serie de relatos —bastante más breves que su «serie» recorrida con el leit motiv de la Navidad— que vio publicados a lo largo y a lo ancho de las siguientes décadas.

Al cumplir su primer año de «vida», el sello Impedimenta editó en la Navidad de 2009 Para leer al anochecer, mereciendo años más tarde —casi a la par que Mondadori, dentro de su colección de «Grandes Clásicos» publicaba una excelsa edición ilustrada de Cuentos de Navidad— la quinta de las múltiples reediciones (hasta un total de diez hasta la fecha) y, por consiguiente, el que podríamos colegir uno de los primeros grandes éxitos comerciales de la editorial capitaneada por Enrique Redel. Dieciséis años más tarde, ya bajo una (seudo)colección —un tanto «invisibilizada», a pesar de su diseño diferencial— denominada «Los aerolitos de Impedimenta», el sello madrileño ha vuelto a publicar Para leer al anochecer, respetando la traducción de Mariam Womack y Enrique Gil-Delgado de la versión seminal.

Trece son los cuentos breves que jalonan esta pieza literaria bajo el genérico Para leer al anochecer —To Be Read a Dusk en el original—, en la que Charles Dickens dejaría constancia de sus propias experiencias personales sobre todo a través de dos de ellos: «El guardavías» (1865) y «El año que soñé con una estrella» (1850). Para el primero, el popular escritor levantaría acta —a través de una prosa transitada a menudo por una veta cargada de humor y/o ironía (perceptible asimismo en el relato «Una casa encantada»)— de un accidente ferroviario en el que se vio implicado, pero del que salió indemne. En relación al último de los relatos que integran Para leer el anochecer, un par de años después del fallecimiento de su hermana mayor Frances Elizabeth «Fanny» Dickens (1810-1848) evocaría su figura en «El niño que soñó con una estrella» en apenas cinco páginas, suficientes en todo caso para mostrar una pequeña muestra de su talento literario a la hora de hilar historias en las que sobrevuela la noción de la muerte. La misma visitaría a Charles Dickens en 1870 —a los cincuenta y ocho años de edad—, al cierre de una década que se llevaría la palma por lo que atañe a aportaciones de carácter fantasmagórico en forma de cápsulas literarias, buena parte de las cuales computan en el presente volumen. Previamente, Dickens había visto publicar piezas como «El letrado y el fantasma» —integrada originalmente en su opera prima Los papeles póstumos del club Pickwick (1837)— y Para leer al anochecer (1852), el relato conformado por una veintena de páginas que da nombre a esta antología, mostrando en su portada una estampa mucho más esquinada hacia lo mágico que la portada escogida para su primera edición.   


lunes, 4 de noviembre de 2024

«CADA NOCHE, A LAS NUEVE» (1963) de JULIAN GLOAG: CHILD’S PLAY

 

Aunque compartíamos el amor por los libros, el cine y asimismo ciudad —un servidor de nacimiento y él de adopción— José María Latorre (1945-2014) y yo nos vimos poco y tan solo coincidimos en una ocasión con un grupo de amigos. Celoso a la hora de dejar prestados libros (figuraba escrito su nombre y la fecha de adquisición), recuerdo que de su inmensa colección tuve acceso gracias a él por primera vez a la lectura de A las nueve, cada noche (1963) del británico Julian Gloag (1930-2023), en una vieja edición del sello Destino con una portada de tonalidades azulverdosas. Entiendo que no resultó fácil para José María Latorre «desprenderse», ni que fuese durante unos días de esta pieza literaria que muchos de los que visitamos la cinta dirigida por Jack Clayton con una cierta inquietud literaria quisimos saber del contenido de la novela de partida adaptada por la que acabaría siendo la esposa del cineasta —Haya Harareet, de origen palestino—, y por su compatriota Jeremy Brooks. Desde entonces anidaba la esperanza que algún día podía poseer mi propia edición de la opera prima de Gloag. Todo indicaba que el sello Impedimenta, tarde o temprano, llevaría a cabo la publicación de Our Mother’s House, máxime después de los precedentes de haber editado Un lugar en la cumbre (1957) de John Braine, La solitaria pasión de Judith Hearne (1955) de Brian Moore y El devorador de calabazas (1962) de Penelope Mortimer, todas ellas con un hilo en común: sus adaptaciones al celuloide corrieron a cargo de Jack Clayton. Me consta que Our Mother’s House era un título que tenía en cartera Enrique Redel y su equipo, pero quizás el conocimiento de la noticia de la muerte de su autor en Francia —convertido con el devenir de los años en su país de adopción— precipitara la publicación de la novela, eso sí, con el título cambiado en relación a la edición de Destino, Cada noche, a las nueve. Sería, pues, la primera de las correcciones a las que se encomendaría Olalla García para la traducción de un texto en el que proliferan los diálogos. En todo caso, el orden de los factores (gramaticales) no altera el producto. Con la confianza que me sigue generando un libro de Impedimenta que cuente con una traducción a cargo de uno de los integrantes de la formidable «plantilla» de profesionales del sello madrileño, en mi segunda lectura de Cada noche, a las nueve he podido recrearme en algunas sutilezas empleadas por Gloag en el curso de la narración. A modo de ejemplo, Gloag, valiéndose de una voz omnisciente, describe las sensaciones que experimenta al descubrir el tipo de mujeres a las que invita Charlie Hoock (el padre ausente que regresa al hogar tras el fallecimiento de la madre a la que se refiere el título original): «Pero Hubert sabía que no se había equivocado. Ahora, cuando iba a abrir la puerta principal, ya no sentía ningún cosquilleo de emoción, ni de miedo. En un par de ocasiones habían venido mujeres… ¿O señoras? Cuando se marcharon, su aroma permanecía en la sala durante mucho tiempo». Al omitir el vocablo «prostituta» o «puta» indica que Julian Gloag pensaba también en el potencial público adolescente o juvenil que podría acercarse a una novela que, al ser «traducida» en imágenes quedó sustancialmente rebajado su contenido dramático, sobre todo en el episodio que compromete a la salud de Gerty, optando Harareet y Brooks por la recuperación «milagrosa» de la pequeña, en contraste con la fatalidad a la que aguarda al segundo más pequeño de los siete vástagos que tiene a su «cargo» Charlie Hook. A tenor de la descripción física que hace Gloag de este pendenciero y mujeriego personaje, cuadraría mejor con la fisonomía del Gérard Depardieu de los años noventa que Dick Bogarde. No obstante, la vileza que muestra bajo los efectos del alcohol Bogarde en su encarnación de Charles Roland Hoock cautivaron de tal manera a Luchino Visconti que lo eligió para el papel de Friedrick Bruckman en La caída de los dioses (1969) y para el rol de Gustav von Aschenbach en Muerte en Venecia (1971).  Sin lugar a dudas, Latorre aplaudiría la decisión de Visconti y, al mismo tiempo, debió conocer en algún momento de su vida la problemática generada entre Gloag e Ian McEwan, a quien acusó de «inspirarse» en Out Mother’s House el ensamblaje narrativo de Jardín de cemento (1978), editado en lengua española por Anagrama. A pesar de las evidentes similitudes relativas a su premisa argumental —fruto o no de la casualidad—, McEwan iría más allá de lo que plantea Gloag en su novela, deslizándose por esos oscuros rincones relativos al incesto y la identidad sexual. No obstante, Gloag se reservaría en la recámara una dulce venganza —tras haber perdido la fe en los tribunales de justicia; McEwan nunca fue condenado por plagio— con la publicación de Lost and Found (1981), en que de alguna manera adapta al terreno de la ficción novelada una historia que, al parecer, le marcó de por vida. Huelga decir que Ian McEwan es el escritor de éxito al que se refiere la novela de Gloag que podría ser traducida como «Objetos perdidos» y quien sabe si en un futuro puede quedar integrada al catálogo de Impedimenta.             


lunes, 15 de abril de 2024

«LAS HUELLAS DEL SOL» (1983) de WALTER TEVIS: UN «BUSCAVIDAS» ESPACIAL

 

Durante los tiempos de la pandemia de la COVID-19 en las plataformas digitales llegaron dos miniseries unidas por un mismo tronco en común: Walter Tevis (1928-1984). La primera en ser emitida, Gambito de dama (2020), no había sido adaptada previamente a la gran pantalla, a diferencia de El hombre que cayó a la tierra (2021-2022), cuyo precedente cinematográfico sigue formando parte del amplio repertorio de producciones guiadas tras las cámaras por Nicolas Roeg ociosas de ser catalogadas de cult movie o, en su defecto, de películas malditas. Tevis hizo su debut como novelista de ciencia-ficción precisamente con The Man who Fell to the Earth (1963), aún reciente en la memoria de los aficionados al cine la excelente adaptación al celuloide de El buscavidas (1958) a cargo de Robert Rossen.

   En la que, a la postre, sería la recta final de su trayectoria vital, Walter Tevis abordó la escritura de un par de novelas que le volverían a situar en la senda de la sci-fi. Presumiblemente, Enrique Redel y su cuerpo de colaboradores de Impedimenta, repararon en el nombre de Tevis a partir de conocer el contenido de los siete episodios que conforman la miniserie de Gambito de dama. Al escarbar en su obra dieron con dos gemas preciosas, Sinsonte (1980) y Las huellas del sol (1983), prestas a ser publicadas en lengua española y, de esta forma, abonar el espacio de la ciencia-ficción dentro del sello madrileño. Tras la lectura de sendos libros la apuesta de Impedimenta razona sobre la idea de integrar en la excelsa editorial varias de las piezas literarias fundamentales del género fantástico y de la ciencia-ficción (en su derivada distópica) surgidas más allá del nombre propio de Stanislaw Lem en la pasada centuria. Cuando el propio escritor polaco tan solo acertaba a nombras a Philip K. Dick conforme a un colega de profesión digno de ser destacado entre los del «bando» estadounidense, presumiblemente no hubiese sido captado por su radar Sinsonte y Las huellas del sol, debido a que Tevis estaba a años luz de ser considerado un autor reconocido dentro del género en el viejo continente. Al igual que Dick, Tevis nació en 1928, dejando patente una concepción pareja sobre la raza humana que camina hacia su extinción fruto de su propia vanidad y capacidad de autodestrucción en un planeta cada vez más capidisminuido en sus recursos naturales «clásicos» en el devenir del siglo XX, esto es, el carbón y el petróleo. El carácter visionario de Tevis (profesor de Literatura Inglesa y Escritura Creativa) queda patente en varios pasajes de Las huellas del sol cuando, por ejemplo, hace referencia a los coches electrónicos que se integran en el «paisaje» urbano de las grandes ciudades o deja que su fértil imaginación muestre una suerte de impresora 3-D («Introduces los pies en un precioso dispositivo llamado “lector de contorno” y el puñetero trasto te hace un par de Adidas ahí mismo»)— en una inmensa galería. En contrapartida, el escritor californiano yerra al pronosticar, a más de treinta años vista, que «la última gasolinera de Estados Unidos cerró cuando yo tenía cuatro años», esto es, al cabo de cumplir cuatro años Benjamin Belson —un apellido fonéticamente muy próximo al Eddie Felson de The Hustler—, el (anti)héroe de una función literaria que se proyecta en el tiempo al año 2064, en que el futuro de la Tierra depende de su supervivencia de los recursos naturales provenientes de otros planetas. En una toma de decisión propia de un ególatra en grado superlativo, Ben Belson bautiza con su mismo apellido un planeta que ha descubierto junto con otros tripulantes de la nave Isabel. De allí extrae el que podría ser un sustituto para el petróleo y el carbón, un salvoconducto para ser venerado por su país de nacimiento, del que el multimillonario lanza uno de sus dardos envenenados al confesar durante su visita a la Ciudad Imperial de Pekín, al rescate de su esposa, que «la verdad es que nada de lo que se hace en Estados Unidos es de primera categoría salvo las teles y las patatas fritas. Me refiero a la televisión en sí, porque nuestros programas son para cretinos». Sin margen de error, Belson habla por boca de Tevis, quien a sus cincuenta y cinco años –una edad similar a la del millonario cosmopolita oriundo de Ohio— brindó la que, a mi juicio, se corresponde con una de las grandes novelas adscritas a la ciencia-ficción de perfil distópico del último tercio del siglo XX. Al año de su comparecencia en librerías de este hito de la sci-fi, Walter Trevis falleció dejando tras de sí una huella firme en el suelo de un género por cuyos derroteros no hubiesen apostado que se podría conducir el autor de El buscavidas a los ojos de infinidad de lectores de la época en que vio la luz.  


lunes, 12 de noviembre de 2018

«MARY, QUE ESCRIBIÓ FRANKENSTEIN» (2018) de Linda Bailey y Júlia Sardà: CASTILLOS EN EL AIRE


Consolidada la propuesta editorial de Impedimenta hace varios años, en una toma de decisión preñada de inteligencia y astucia, el sello madrileño quiso integrar a su excelso catálogo libros ilustrados que pueden ser saboreados indistintamente por jóvenes y adultos. Para tal menester, cabía imaginar una suerte de colección en paralelo a las novelas del formato clásico de la editorial y con portadas caracterizadas por la agradable rugosidad a su tacto. En estas delicatessen reposa la esperanza de captar a lectores a futuro, formando parte así de una estrategia que, haciendo un símil automovilístico, se alternan las luces cortas con las largas. En el interior de ese imaginario vehículo viajan los editores —con Enrique Redel ocupando la plaza del conductor— y en su parte trasera los escritores e ilustradores que han sido “invitados” a integrarse en un proyecto editorial que arrancó hace once años. Para la ocasión, la escritora canadiense especializada en cuentos infantiles Linda Bailey y la ilustradora barcelonesa Júlia Sardà, se suben al automóvil de Impedimenta para dar a conocer al público lector Mary, que escribió Frankenstein (2018). A lo largo de ese recorrido por la «Carretera de las Letras» nos asomamos a un prodigio de síntesis que bien hubiera podido ser el relato explicado de manea sucinta de Mary Shelley (2017), la propuesta cinematográfica que he visto en la gran pantalla en el verano de este año. Mas, probablemente hubiese sido el documental televisivo canadiense del mismo nombre, fechado en 2004, el que habría contribuido a avivar el interés de Bailey por dar acomodo a un relato centrado en Mary Wollstonecraft Shelley (1797-1851), quien a los dieciocho años resolvió rubricar una novela “inmortal”, un "long-long seller" con doscientos años de antigüedad: Frankenstein o el Moderno Prometeo (1818). Al igual que la protagonista de la función televisiva —Sarah Allen—, es natural de la Columbia Británica donde reside desde hace tiempo y elabora una obra de una reputación excepcional en el campo del libro infantil y juvenil. En la edición de Impedimenta Bailey encuentra alianza con el talento de Júlia Sardà en calidad de ilustradora. Habiendo emprendido un anterior viaje con Impedimenta en este mismo año —suyas son las ilustraciones que podemos encontrar en el interior de Los Liszt (2018) de Kyo McLear—, Sardà deja impreso un estilo singular en la práctica totalidad de la cincuentena de páginas que integran este precioso volumen encuadernado en tapa dura. Descontadas las notas de la propia autora Linda Bailey, que entre otras cuestiones reflexiona sobre el contenido del prefacio escrito por Mary Shelley en 1831, las dos últimas láminas cuentan con ilustraciones a sangre. Mientras en la página impar observamos una imagen del soñado estreno londinense de Frankenstein (1931), luciendo la imagen de un transfigurado Boris Karloff (maquillaje cortesía de Jack Pierce con sugerencias a cargo del propio director de la cinta, James Whale) como el «Monstruo», en su reverso —página par— aparece el retrato de la procaz escritora concebido por Richard Rothwell y que se exhibe en la National Portrait Gallery. En el momento que Rothwell inmortalizó su imagen en un lienzo, Mary Shelley contaba con cuarenta y tres años. Una edad que tan solo llegaría a alcanzar su hermanastra Claire de las otras cuatro personas que quedaron a resguardo en una casa solariega, situada a los pies del largo Lehman, en una desapacible noche de verano de 1817. En ese momento Lord Byron retó a sus acompañantes a escribir una historia de fantasmas cada uno de ellos. Únicamente Mary Shelley y John William Polidori (el médico de Lord Byron) llegaron a la meta propuesta, aunque con fortuna dispar. Si bien es cierto que Mary Shelley pasaría a la posteridad por su novela Frankenstein o el Moderno Prometeo, Polidori presumiblemente —tal como razona la propia Bailey— con su errática El vampiro creó el gérmen de la otra novela —Drácula (1897) de Bram Stoker— que prácticamente todo el mundo verbaliza cuando se trata de empezar a enumerar dos obras adscritas al género de terror gótico. Antes de definir las líneas maestras de sus respectivas piezas literarias, Mary Shelley y Stoker tuvieron que valerse de esos “castillos en el aire”, sinónimo de una imaginación que en el caso de la hija de un renombrado escritor de la época (William Godwin) y la autora de uno de los primeros tratados sobre el feminismo (Mary Wollstonecraft), empezó a desbordarla sobre todo a partir de su “destierro” escocés, a pocos años vista de alumbrar su Opus magna.                  

lunes, 25 de julio de 2016

«MENDELSSOHN EN EL TEJADO» (1960), de JIRÍ WEIL: DE LA ALEGORÍA AL TERROR

Existen muchas formas de supervivencia. Una de ellas pasa por negar la propia existencia, simulando un suicidio al lanzarse al mar o al río y dejando una nota de despedida al lado de la “última” ropa utilizada o en alguno de los rincones del hogar. Jirí Weil (1900-1959) no jugaba a ser Reginald Perrin —el singular personaje creado por la pluma de David Nobbs— cuando simuló haberse suicidado para procurarse una “segunda vida”, alejándose así de un entorno familiar y laboral que le iba consumiendo en el pozo del hastío y del tedio. Mas, Weil perseguía la pura supervivencia, escapando de ser deportado al campo de concentración de Terezín cuando el nazismo había penetrado en los intersticios de la ciudad de Praga a la caza y captura de la población judía, por aquel entonces un porcentaje muy significativo de habitantes de la capital checa. Las expropiaciones del patrimonio cultural y de los inmuebles propiedad de familias judías estaba a la orden del día en tiempos en que el nazismo sembró el terror en aras a expandirse a lo largo y ancho del continente europeo. Al concluir la Segunda Guerra Mundial y con ello la Ocupación a la que se vieron sometidos los habitantes de la ciudad de Praga, siendo el principal blanco de los objetivos de los nazis el exterminio de la población de raíz judía, Weil regresó “a la vida” pero con un aspecto que le asemejaba al de un preso que había sufrido el rigor extremo de campos de concentración como Treblinka, Auschwitz o el propio Terezín. La existencia en la clandestinidad le pasó factura, reduciendo su anatomía a prácticamente un saco de huesos, pero por fortuna con la mente lúcida para saber que ya había tocado fondo y que en adelante lo que debería hacer era levantar acta de las atrocidades sufridas por su pueblo a través de la escritura de una obra que pasaría a denominarse Vida con estrella (1949). En paralelo al redactado de la novela de marras, Weil iría esbozando un amago de obra más ambiciosa desde el plano literario, aunque no llegó a tiempo para verla publicada. Aquellas condiciones de vida infrahumanas en tiempos de guerra acabarían haciendo mella en el organismo de Weil, quien falleció a los cincuenta y nueve años víctima de una leucemia. Al año siguiente, apareció en Checoeslovaquia una primera edición de Mendelssohn en el tejado (1960), la obra póstuma de Weil que mereció su publicación en lengua inglesa en 1991 con prólogo de Philip Roth. De esta forma, Roth “apadrinaba” una obra de un colega de profesión que compartía idénticas raíces judías, pero que pertenece a una generación y a una realidad geográfica muy distinta.
     Presumiblemente, Mendelssohn en el tejado hubiera cuadrado a la perfección dentro del catálogo del sello barcelonés Acantilado, al lado de textos que exploran en esas «raíces del miedo» a través del testimonio literario de otro Roth (de nombre de pila Joseph) o de Stefan Zweig. No obstante, en otro gesto más por parte de la editorial Impedimenta que su mirada no se concentra en exclusiva en el parque de escritores británicos ociosos de ser (re)descubiertos –incluido el propio David Nobbs a través de su serie de obras consagradas al personaje de Reginald Perrin bajo un enfoque netamente tragicómico–, ha abierto el campo de visión a países como la extinta Checoeslovaquia donde nació Jirí Weil a caballo entre el siglo XIX y el XX. A buen seguro, de la calidad que se deriva de la lectura de Moscú frontera (1935), primera de las incursiones literarias de Weil que mereció la publicación de Ediciones del Oriente y del Mediterráneo en 2015, y de la defensa a ultranza que Philip Roth hizo de su autor, Enrique Redel se reafirmaría en la idea de publicar Mendelssohn en el tejado, presumiendo así que el sello Impedimenta actúa bajo pabellón de la excelencia literaria, sin hacer distinciones entre naciones y autores. Trescientas páginas traducidas al castellano por Dianna Bass (amén del prólogo escrito por Philip Roth) que pueden incomodar al lector por la dureza de algunas de sus páginas que podemos “visualizar” de inmediato, sobre todo localizadas en ese último tramo en que ese nazismo moribundo aún acumulaba el veneno suficiente en sus entrañas para causar dolor, incluso entre niñas que permanecían en silencio y tan solo accionaban las cuerdas vocales para cantar canciones populares. Su delito: ser judías. Su castigo: el maltrato físico y psicológico. Si en sus capítulos iniciales cierto grado de causticidad y humor recorren sus páginas —en una secuencia que hubiera sido del gusto de Milos Forman y de Jirí Menzel para ser reproducida en el celuloide en los años sesenta, en plena eclosión de la denominada «Nueva Ola Checa»—  a propósito de la confusión generada con la eliminación de una estatua que no era la del compositor judío Félix Mendelssohn en el tejado del Rudolfinum por parte del empleado Julius Schlesinger —de allí el título del libro— al encarar la segunda parte del libro el cielo literario de Weil se nubla con estampas de puro delirio devastador. Dinámicas inherentes a un nazismo que tuvo en Praga uno de los lugares escogidos para erradicar el mal del judaísmo, ese enemigo a batir en aras a hacer prevalecer la noción de raza aria en el continente europeo. La ejecución (en este caso, de nueve soldados, algunos de ellos menores de edad) serviría de paradigma para describir ese sentido aleccionador mostrado por el nazismo y que Jirí Weil pone en conocimiento —desde su propia experiencia y la de familiares, amigos y vecinos— del lector a través de una novela que va creciendo en intensidad a cada página, despojándose de esta manera de un enfoque alegórico (al estilo de Matadero Cinco de Kurt Vonnegut o Trampa 22 de Joseph Heller) contenido en el arranque, que sirve de señuelo para atraer la atención de una realidad que, lejos de permanecer cubierta bajo la lona de la vergüenza, debería quedar viva la llama del recuerdo de una barbarie para que no se repita jamás.             


martes, 27 de mayo de 2014

«EL FRAGOR DEL DÍA» de Elizabeth Bowen: EL RIESGO DE LA TRAICIÓN

«Una novela sobre el tiempo, la identidad y la libertad que explora los lazos de unión entre lo personal y lo político. Un noir que podría haber firmado Graham Greene pero también Virginia Woolf». De esta manera se destaca en la contraportada de El fragor del día (1948) por parte de los responsables del sello Impedimenta de lo que podría considerarse una frase orientativa cara al lector en torno a la séptima novela escrita por Elizabeth Bowen (1899-1973). Mas, desde mi perspectiva The Heat of the Day podría resultar un híbrido entre la literatura de Graham Greene y la de Virginia Woolf, un texto que pivota sobre un personaje situado en el frontispicio de la fatalidad pero que se resiste a desprenderse de aquellos elementos que configuran la esencia de su propia persona, la de una soñadora convencida de la existencia del elixir del amor. Es cierto que si tratamos de permutar el personaje femenino de Stella Rodney por uno masculino acorde a la elección que hubiera merecido por parte de Greene —rara vez los protagonistas de sus novelas son féminas—, el tejido narrativo de una novela de la clase de El fragor del día se resentiría sobremanera, no así una estructura que aquilata el contexto histórico y político donde se desenvuelve —el Londres de la Segunda Guerra Mundial bajo una incesante lluvia de bombas que causan estragos en la población civil, a la par que redoblan el espíritu patriótico y solidario entre sus conciudadanos— con el estudio de caracteres definidos bajo la luz de la agudeza propia de una autora con una capacidad de observación descomunal.
    En mi segundo acercamiento a la prosa de Elizabeth Bowen (tras la lectura de La muerte del corazón, de cuyo contenido di cuenta en este mismo blog y que puede consultarse a través de este enlace) vuelvo a reparar en esa apropiación de un lenguaje hilvanado con suprema maestría por parte de Bowen, destilado de un sentido descriptivo que no interrumpe en modo alguno el tránsito de unos personajes por la trastienda de una guerra que levanta barricadas frente a la idea de un amor perdurable, imperecedero. Vacua ilusión que sigue latiendo en el corazón de Stella, esa «antiheroína» que camina sostenida por un brazo de Greene y por el otro de Woolf, aquel presto a dominar el flanco en que converge el pensamiento femenino proyectado hacia un espacio de libertad, de desmembramiento de la doctrina tradicional en materia de diferencia entre sexos. Algo más de trescientas páginas que Bowen destina a hacer aflorar, a través del personaje de Stella, un pensamiento avanzado para su época, descrito con un puntillismo que nos aferra la consideración de la excelencia narrativa al alcance de unos contados privilegiados. Solo en determinadas ocasiones esa excelencia se quiebra en la repetición de expresiones o vocablos que quizás persiguieran una intencionalidad por parte de la escritora oriunda de Irlanda.  Lo que sí no parece admitir dudas es que Bowen tuvo en mente antes de la redacción del texto la necesidad de que el contexto social y político descrito no acabara sepultando la matriz de un relato que invoca a la necesidad de amar o, en su defecto, a la pérdida de amor, peaje insoslayable para el aprendizaje y posterior proceso de maduración al que se de abocado el personaje de Stella, estableciendo un particular triángulo sentimental con Robert Kelway y Harrison, escurridizo personaje, a imagen y semejanza del Harry Lime de la novela de Greene El tercer hombre, de la que Carol Reed extrajo un film homónimo perdurable en la memoria de un sinfín de aficionados. A buen seguro Reed hubiera podido extraer un enorme partido de la pieza literaria de Bowen en sus tiempos de esplendor creativo, pero las convenciones de la época, marcadas sobre patrones masculinos, dejaron sin efecto cualquier tipo de tentativa. Reed abandonaría la práctica cinematográfica en 1973, el mismo año que se conocería el fallecimiento de Mrs. Owen, cuyas penurias económicas concentradas en los últimos lustros de su existencia harían mella en su matrimonio, en la frecuencia de sus escritos y en su propia salud. Una quincena de años más tarde, casi de manera consecutiva, Granada Televisión produjo The Heat of the Heart (1987) y En el calor del día (1989), a partir de sendas novelas escritas por la pluma de Bowen y con la participación en ambos casos de Michael Gambon antes que su nombre traspasara fronteras. Harold Pinter firmaría el libreto de esta última, apropiándose de un texto que permitía dar rienda suelta a su fijación por plasmar las tensiones derivadas de las diferencias entre clases sociales (en ese mismo alambre narrativo se mueve El sirviente, a partir de la novela de Robin Maugham). Material, por tanto, reservado a ese principio clasista que define a la sociedad británica que Pinter trataría de acomodar al formato de producción televisiva servido para una historia, la de Bowen, que hubiera podido llamarse El riesgo de la traición, el título de estreno en nuestro país de una producción inglesa de principios de los años 80. Un espacio temporal aún poco maduro para que el árbol del conocimiento de la prosa de Elizabeth Bowen diera sus frutos en forma de publicaciones traducidas a la lengua cervantina. Éstos llegarían, una vez más, gracias a la empresa editorial comandada por Enrique Redel, pero sin descuidar la contribución de los sellos Pre-texto —La casa en París (2008) y el ensayo Siete inviernos: memorias de una infancia en Dublín (2008) — y Acantilado —El último septiembre (2013)—. 


miércoles, 2 de abril de 2014

«LA CASA Y EL CEREBRO» de Edward Bulwer-Lytton: MUNDO SOBRENATURAL EN LA ÉPOCA VICTORIANA

A lo largo de la segunda mitad del siglo pasado el mercado editorial español sería capaz de asimilar numerosas publicaciones de Los últimos días de Pompeia (1834) bajo distintos sellos. Al hilo de los datos que ofrece el Ministerio de Cultura, la última de las ediciones servidas en lengua castellana sobre la novela de mayor arraigo popular de Edward Bulwer-Lytton (1803-1873) data de 2003. Con el cambio de milenio se iría abriendo el abanico de obras confeccionadas por Bulwer-Lytton que trataban de buscar refugio fuera de la alargada sombra de Los últimos días de Pompeia que había escrito a los treinta y un años. A lo largo de los cuarenta años siguientes, el escritor británico daría acomodo a una extensa relación de narraciones cortas, novelas y ensayos, labor que compartiría con su quehacer político. En ambos frentes se movería Bulwer-Lytton mientras sus compromisos conyugales y familiares caminaban con suerte dispar. Así, a finales de la década de los 50 del siglo XIX el temperamental Bulwer-Lytton crearía un relato circunscrito en la época victoriana envuelta de espectros. Bautizada The Haunters and the Haunted, su título asimismo se conocería por The House and the Brain, cuya traducción directa arrojaría el de La casa y el cerebro (1859). Impedimenta confeccionaría a finales del pasado año otra vuelta de tuerca referida a su adscripción a la literatura anglosajona al publicar La casa y el cerebro, en una edición que apenas se contabilizan un centenar de páginas. Tamaño suficiente, en todo caso, para entender el porqué Bulwer-Lytton exhibía músculo narrativo en una plaza ciertamente distinguida de la época, la de un Londres arbolado de grandes talentos literarios entre los que se cuenta por derecho propio su coetáneo Charles Dickens (1812-1870). La amistad mantenida durante mucho tiempo entre Dickens y Bulwer-Lytton conllevaría que se intercambiaran sus propios manuscritos antes de ir a imprenta. De tal suerte, por ejemplo, el autor de Los últimos días de Pompeya sugirió a Dickens un final alternativo para Grandes esperanzas (1859). Lejos de mostrarse remiso a aceptar la sugerencia, Charles Dickens accedió de buen grado a rectificar un final que, según la plana mayor de analistas de la obra del famoso escritor, hacía justicia al desarrollo de la narración. Curiosamente, Bulwer-Lytton lidió con el final de su propio texto The House and the Brain, ya que si bien en su primera publicación en la "Blackwood’s Magazine" —1859— se podía leer en su integridad, años más tarde aparecería en el mercado una versión sustancialmente reducida. La “línea de corte” la localizamos en el capítulo que arranca con un elocuente «Pero mi historia no ha terminado...». Al parecer, según indica en la introducción biográfica del personaje Arturo Agüero Herranz —a la sazón traductor a la lengua de Dámaso Alonso de The House and the Brain—, Bulwer-Lytton quiso evitar a toda cosa que se establecieran analogías entre este relato de fantasmas y A Strange Story (1862), a punto de ver la luz cuando su autor encaraba el cumplimiento de su sesenta aniversario. Afortunadamente, la edición que nos ocupa cuenta con la integridad del relato. Con todo, estamos ante un texto de poco más de ochenta páginas, francas a ser degustadas, parafraseando a Ray Bradbury, mucho después de medianoche, en un horario donde los miedos interiores alcanzan nuestro intelecto y nos dejamos abrazar por los dominios de lo sobrenatural... En este sentido, La casa y el cerebro cubre las expectativas, perfectamente encardinada en el concepto de ghost story sostenida sobre un discurso relativo a esa ciencia que busca respuestas sobre asuntos que escapan a la comprensión. Una fenomología sobrenatural que recorre de principio a fin un sustrato narrativo hilado con maestría por Bulwer-Lytton, sirviendo para Henry James de interesante muestra para que varias décadas más tarde el subgénero de fantasmas alcanzara uno de sus puntos culminantes con The Turn of the Screw (1898). Por aquel entonces, el que fuera Barón de Lytton seguía encadenado, a efectos de reconocimiento popular, a Los últimos días de Pompeya. Aún quedaba, pues, por ordenar su excelsa colección de textos, desde la novela de anticipación The Coming Race (1871), traducida como La raza futura —constituida en todo un referente para una organización secreta alemana, gérmen del pensamiento (sic) ario—  hasta Zanoni, o el secreto de los inmortales (1842), un relato publicado por Valdemar en 2011. Una editorial que, a buen seguro, aspiraba a registrar The House and the Brain en alguna de sus antologías integradas en el fantástico. Nuevamente, Impedimenta anduvo diligente al incorporarla a un catálogo que ya sobrepasa los cien títulos en algo más de seis años de actividad frenética comandada con señorío por Enrique Redel. Todo un logro en tiempos de crisis.

domingo, 12 de enero de 2014

CINECIUTAT DE PALMA DE MALLORCA: EL «PERSONAJE» DEL AÑO 2013 EN EL MUNDO DE HALDANE

Caer en el desánimo y la resignación parece moneda de cambió común entre aquellas personas o grupo de personas dedicadas a labores culturales, algunos desde una vertiente profesional y otros desde una óptica puramente amateur. Hemos conocido a lo largo de 2013 noticias sobre cierres de salas cinematográficas, sobre todo localizadas en pequeñas o medianas ciudades del territorio español porque, calculadora en mano, sus gestores han visto inviable seguir manteniendo un negocio cuyo IVA se ha encaramado hasta el 21%, además de requerir de un «plan renove» en forma de reconversión de lo analógico a lo digital, que deben asumir en su mayoría por el propio empresario. Ante semejante realidad, éstos han tratado de revertir la situación con iniciativas de descuentos en la entrada tras la excelente respuesta obtenida con el día del cine que superaría las expectativas incluso más optimistas. Rebajar el precio de las entradas puede suponer un arma de doble filo al “acostumbrar” al espectador a una determinadas tarifas que no sobrepasan los 6 € por visionado de película, pero al menos sirve de «dique de contención» a expensas que el sector acabe regulándose con unos criterios al dictado de la lógica, y no del afán recaudatorio mórbido de un gobierno que ni siente ni padece cuando se trata de prender fuego a una cultura patrimonio de la humanidad, la que nos hace mejores como individuos, la que alienta nuestra capacidad de razonar y, por consiguiente, de crear un tejido humano entre personas de distintas “sensibilidades”. Ese mismo tejido humano que ha hecho posible y viable un “pequeño milagro” en las Islas Baleares, y más concretamente en Palma de Mallorca al levantar un proyecto del que las autoridades locales, a priori, se mostrarían cuanto menos escépticas. Se trata del desempeño de un grupo de apasionados del cine que unirían esfuerzos para sacar a flote unas salas comerciales pertenecientes a la cadena Renoir hundido en unas turbulentas aguas donde la luz de los proyectores se ha apagado y el patio de butacas ha quedado huérfano de público. Dar la vuelta a esta desasogante realidad no ha sido fácil para estos voluntariosos aficionados, pero una vez más el tesón y el sentirse partícipe de un proyecto común de una manera solidaria han llevado a saludar, un año y medio después de una junta que marcaría un punto de inflexión en el desarrollo del mismo, la consolidación de Cineciutat Palma de Mallorca conforme un hecho sobradamente probada su eficacia. Una modélica gestión amparada en un concepto cooperativista que había tenido un fuerte arraigo en los años 70, ha propiciado este pequeño “milagro”, con una programación estable que no descuida el valor de los clásicos a través de la celebración de ciclos retrospectivos. Un “caldo de cultivo” imprescindible para fomentar una cinefilia que no sea esclava de una modernidad más como pose que como verdadera fuente de conocimiento y aprendizaje. Así pues, el equipo que forma parte de CineCiutat (fonéticamente con resonancias a Cinecittà, los estudios italianos que dieron cobertura, entre otros muchos, a los sueños de Federico Fellini) Palma de Mallorca toma el relevo a Enrique Redel de Editorial Impedimenta en la distinción anual en este veterano blog de personas o grupo de personas que contribuyen a dinamizar el parque cultural de un país que cada vez debe fiar más su suerte al ingenio, la habilidad, la perspicacia y la constancia de sus ciudadanos. Mil cuatrocientos de estos ciudadanos han sido los que han avalado un proyecto que nacía cuál entelequia y que hoy en día deviene el espejo con el que mirarse esas localidades del estado español que resisten a quedarse sin salas de cine. La ciudad de Majadahonda, localizada en las cercanías de Madrid, esperemos que sea una de tantas que persiguen emular la iniciativa de Cineciutat de les Illes Balears con similares resultados. Gratitud infinita, pues, a esos rostros anónimos que nunca abrirán los telediarios por una obra realizada que debe merecer el aplauso de todos los interesados en la cultura. En todo caso, las compensaciones ya llegan al ver un patio de butacas lleno y una pantalla en que vuelve a cobrar vida a través de historias que nos emocionan, nos provocan reflexión y/o nos llaman a esbozar una sonrisa. Ahora toca perseguir nuevas ilusiones. Mi más sincera enhorabuena. 

viernes, 28 de diciembre de 2012

ENRIQUE REDEL, BUQUE INSIGNIA DE IMPEDIMENTA: EL PERSONAJE DEL AÑO 2012 EN «EL MUNDO DE HALDANE»


Camino de los cinco años publicando con regularidad este blog que surgió casi en forma de impulso, sin precisar otro objetivo que el de dar cabida a temáticas de distinta índole que difícilmente asoman en el primer plano de la actualidad, si el empeño persiste me gustaría que al cierre de cada año tributar un pequeño, minúsculo homenaje a personas que hacen una labor silenciosa pero efectiva en pro de la cultura en este bendito país. He barajado varios nombres para inaugurar esa modesta distinción con carácter anual. Al final me he decantado por Enrique Redel (Madrid, 1971), cuya Editorial Impedimenta nació prácticamente al unísono que El mundo de Haldane. Cumplido, pues, ese lustro no me mueve más que mi propio criterio para manifestar que Impedimenta es uno de los mejores sellos editoriales existentes en lengua castellana en la actualidad. Su principal «culpable» se llama Redel, a quien tuvo el privilegio de conocer meses atrás. Atlético por la gracia del Dios balompédico, de trato afable, Redel por encima de cualquier consideración es un amante cuál copa de pino de la literatura, aquella provisionada para degustarse mientras sorbemos una taza de té o de café, colocando piezas de música clásica o de bandas sonoras (como sería, por regla general, en mi caso) al fondo de esos ratos aptos para el placer de la lectura. Tras esa siembra de esos primeros años complicados, en las que las palabras de aliento se contraponen a las advertencias de un rumbo (editorial) equivocado (sobre todo proveniente de las filas de los correligionarios de un tipo de novelas carentes de un cuerpo literario de enjundia arbitradas por (seudo)escritores mediáticos), Impedimenta ha proveído a los lectores de una larga relación de novelas presididas por un nivel de calidad por encima de la media. Suyo ha sido el mérito de convertirse en el editor que mayor proporción por libro publicado de autores desconocidos por estos pagos que han abandonado el anonimato puestos a disposición por los lectores curiosos y ávidos a la búsqueda y captura de piezas maestras. Podría ocupar un solo post de las dimensiones habituales de El mundo de Haldane pasar lista de las mismas bajo el sello Impedimenta. Pero ya que Redel merece, para un servidor, la consideración de personaje de 2012 en este espacio, tomaremos una selección de novedades del presente año que toca a su fin —escogidas por el propio editor—, para ofrecer la medida de que la capacidad de riesgo, en ocasiones, obtiene los frutos adecuados y deseados: Nostalgia de Mircea Cartarescu; El país imaginado de Eduardo Berti; Caída y auge de Reginald Perrin de David Nobbs; Gazier & Ciccolini de Virginia Woolf; y La muerte del corazón de Elizabeth Bowen. Ésta última —de la que me ocuparé en el próximo post de El mundo de Haldane—  deviene un ejemplo paradigmático del tesón de Redel por escrutar en esa literatura de altos vueltos que ha permanecido durante tanto tiempo opaca a los lectores aficionados. Su olfato le suele situar en las Islas Británicas, un filón aún por explotar, si bien las antenas de Enrique Redel están orientadas hacia infinidad de rincones del planeta, algunos tan privativos para colegas de su gremio como Rumanía, Australia o Polonia. En tiempos de zozobra económica, la empresa de Redel se sostiene merced a su buen tino en la elección de material literario con letras mayúsculas, siendo esos sellos que imprimen confianza en el lector habida cuenta que la palabra decepción tiene poco encaje entre tanta excelencia, de la «A»de Adón (Pilar) a la «W»de Woolf (Virginia). Esperemos, por tanto, que Impedimenta se posicione conforme a una de las editoriales punteras del siglo XXI por lo que compete a la literatura de alta graduación en su fondo y en su forma. Gracias Enrique por tu excelente labor. Un personaje, sin duda, digno de admiración en un panorama editorial yermo de editores que merezcan tal nombre.   

domingo, 16 de diciembre de 2012

«LA BUENA NOVELA» de LAURENCE COSSÉ: LA LIBRERÍA DE LA RUE DUPUYTREN O LA EXPRESIÓN DE UNA UTOPÍA


«Y, además, recuerde: en Méribel, durante aquella semana en la que reflexionamos todas las noches sobre la librería de nuestros sueños, llegamos a la conclusión de que, para lograr nuestro objetivo, necesitaríamos una librería así pero inglesa y en Inglaterra, una italiana en Italia, una española, una alemana, con una selección diferente cada vez, centrada en cada ocasión en un área lingüística y en un patrimonio literario particulares, de la misma manera en que en La Buena Novela se privilegia un fondo editorial francófono» expresa Francesca, una de las empleadas de la exquisita librería gala que da nombre a la novela que nos ocupa. Con ello la autora Laurence Cossé (1950, Boulogne-Billancourt) trata de manifestar, en boca de Francesca, la vocación universal de una obra literaria que debía figurar, ya desde su impresión en el país vecino, por derecho propio en la colección de novelas que tributan en el sello Impedimenta. Así, tres años después de su bautizo editorial francés, la pieza literaria de Cossé amplia espacio geográfico al ser traducida a la lengua de Machado por parte de Isabel González-Gallarza, en una nueva apuesta de Impedimenta por dar a conocer obras que sin un cierto sentido de la osadía y de la valentía, dormirían el sueño de los justos en ese Departamento invisible de multitud de editoriales donde se acumulan propuestas sin que nadie ose reparar en las mismas.
   Además de una pieza ociosa para «recolectores» de delicatessens, imbuidos por el arte de la lectura, en el que verbo o el adjetivo preciso produce un «efecto placebo», La Buena Novela razona sobre el territorio de la utopía, en que una idea vaga sobre la necesidad de concentrar en unos centenares de metros cuadrados obras literarias de enjundia lesivas a seguir criterios del gusto de la mayoría de público, acabe germinando y tornándose en un oasis dentro de una cultura en plena fase de desmenbramiento en la sociedad actual, en virtud de un rendimiento económico, por lo general, deficitario. Para construir esta «novela utópica» Cossé orilla el recurso epistolar que había empleado Helen Hanff en 84 Charing Cross Road (1970) —otra novela imprescindible para los amantes de la cultura que buscan refugio en las librerías out-system, que resuman olor a viejo—, dejando que el debate establecido entre librero y cliente quede acotado sumariamente, ya que el motor de la propuesta de la escritora francesa se circunscribe a los hombres y mujeres que hacen posible tamaño sueño. Cierto que resultan tan solo unos pocos —al frente de la intendencia, la citada Francesca Aldo-Valbelli (de linaje aristocrático) e Ivan «Van» Georg (con un pasado turbio a sus espaldas que tuvo en la literatura una pauta «redentora»)—  los que quedan expuestos de cara al público (memorable las páginas que destina Cossé a establecer categorías de hipotéticos clientes), pero representa la punta del iceberg de un operativo en forma de comité de selección, responsable de filtrar los títulos que acaban conformando el patrimonio literario (con claro acento francófono) de La Buena Novela. Bajo criterios que para algunos puede sonar a sinónimo de pretenciosidad, elistismo o pedantería, o sendos calificativos a la vez, la librería parisina se hace visible el último día del mes de agosto de 2004 para acabar quedándose y formar parte de la inmensa red de librerías que siguen abasteciendo al país vecino. Entre los individuos que asoman por la librería de la Rue Dupuytren y que son descritos por Cossé —por lo general, sin reparar en demasía en sus respectivos aspectos físicos; espacio para que la imaginación del lector pueda poner cara, por ejemplo, a la joven Audrey Doudou, que podría ser un trasunto de la actriz de idéntico nombre y con un apellido de una fonética muy cercana—, se cuelan periodistas atraídos por ese fenómeno que, en ciertos casos, tratan de torpedear un proyecto nacido desde el entusiasmo, cuando no devoción, por la «alta literatura». Ataques desde el exterior que son repelidos por ese cuerpo de mando concretado en las personas de Ivan y Francesca, alma matters de una empresa que reside, como apuntaba, en el propósito de la utopía trazado por la pluma de un autora que no tardará, aventuro, a repetir presencia en el catálogo de Impedimenta. Del mismo no dudo que esa librería imaginada perlada de incunables, de obras mayúsculas de la Literatura de alcance internacional con domicilio fiscal en nuestro país (calculo que en casco antiguo de Madrid o en el Eixample barcelonés), extraería decenas de los títulos publicados por Impedimenta. Una empresa que, por ventura, se ha ido consolidando cada vez más en el suelo editorial español, capitaneado por Enrique Redel y operando en la «sombra» ese comité de sabios entre su legión de fieles lectores, que presumo recomiendan títulos leídos en las lenguas más diversas que todavía no han tenido traducción en papel con membrete made in spain. A vuela pluma, en esa soñada librería —émula de La Buena Novela— arraigada en Madrid, Barcelona o en cualquier capital de provincia del estado español, no resultaría ninguna sorpresa encontrar ediciones de La juguetería errante de Gervaise Fenn, Nostalgia de Mircea Cârtâcescu, La hija de Robert Poste de Stella Gibbons, Picnic en Hanging Rock de Joan Lindsay... y a soberbia La Buena Novela de Laurence Cossé. Todas ellas fácilmente distinguibles al tacto por la rugosidad de su cubierta e ilustraciones que sirven de puerta de entrada a un ejercicio de seducción a través del mundo de las palabras que ordenadas de forma conveniente se transforman en un arte tan placentero como la lectura.  

domingo, 17 de abril de 2011

JOHN BRAINE (1922-1986): UN LUGAR EN LA CUMBRE… LITERARIA


En función de la admiración que sigo sintiendo por la corta pero sugerente obra de Jack Clayton, desde hace tiempo quise leer la novela Un lugar en la cumbre (1957) que dio pie a la opera prima del director y productor británico. Semanas atrás he podido cumplir este modesto propósito merced a la edición que Impedimenta sacó al mercado hace tres años y que pasó un tanto desapercibida por las librerías de nuestro país. Su lectura lo ha hecho para quedarse grabada en mi memoria por tiempo indefinido, en una nueva muestra de que una opera prima —en correspondencia con el texto fílmico de Clayton— puede ser sinónimo de una elevada calidad en el uso del lenguaje, de la sintaxis gramatical y del buen oficio de relatar una historia con una diáfana mirada sobre unos personajes y un contexto social determinado. John Braine (1922-1986) consiguió publicarla a los treinta y cinco años, casi por la puerta de atrás una vez superado el obstáculo del rechazo de algunas editoriales y viendo un resquicio a la esperanza en una empresa que confiaría en las virtudes literarias de Room at the Top. En buen lid, del personaje central de Joe Lampton (en la pantalla, Laurence Harvey, el hombre de los perfiles a cámara) se intuyen trazos biográficos del propio Braine, quien anduvo resuelto a ocupar plaza de empleado en una tienda, en una fábrica y de bibliotecario, espacio que daría cabida a su pulsión lectora luego ampliada al espectro de la escritura de novelas de ficción, relatos cortos y ensayos. En su particular cuaderno de bitácora, Braine tomaría apuntes del natural de esa cruda realidad de postguerra que alentaría aún más esa falla existente entre la working class y las clases privilegiadas de Inglaterra. En paralelo, Braine echaría mano de sus propias experiencias personales en el ámbito de las relaciones sentimentales para ir cuadrando una historia titulada Un lugar en la cumbre, expresión que deja al descubierto ese runrún de fondo temático, el del arribismo, que se encuentra en multitud de piezas literarias provenientes de las Islas Británicas. Pero, a diferencia del grueso de las mismas, Braine abona el relato hacia una ficción orwelliana en que la sociedad está ligada a unas relaciones humanas de conveniencia en función del puesto —grados— que ocupen en la misma. No existe un determinismo eugenésico si no más bien la confección de una sociedad que atienda a relaciones de pareja en justa correspondencia a unos parámetros que inviolablemente tengan en el factor económico su punta de lanza. En ese microcosmos marcado por los intereses pecuniarios habita Alice (no pudo tener mejor traducción en pantalla que Simone Signoret), esa clase de mujer que corta el aliento a Joe y hace replantear a éste su vida en común con Susan. En ese juego de equilibrios emocionales reside uno de los mayores atractivos de la primera novela de John Braine, pero sin perder la perspectiva de ese retrato de un tiempo y de una época en que se iban apagando los ecos de una tradición literaria abocada al romanticismo desaforado para dar fuelle a ficciones confeccionadas por los representantes de los angry young men. Casi coincidiendo con el bautizo del free cinema, Un lugar en la cumbre pasaría de un lacerante anonimato a situarse en el box-office de los libros mejor vendidos de Inglaterra. Pero ese longseller quedaría como un fenómeno fundamentalmente anglosajón. Por fortuna, Impedimenta ha logrado rescatar este tesoro literario que se coloca, en determinados pasajes, en el umbral de la excelencia narrativa. Y no es casualidad que haya sido este sello madrileño capaz de desenterrar del olvido el texto de Braine, ya que Enrique Redel, su editor, lleva tiempo porfiado en dar a conocer al lector en castellano obras que han quedado arrinconadas, a pie de playa fruto de un naufragio literario provocado por un fuerte oleaje en un mar poblado de obras que se imprimen para crear artificiales necesidades en un mercado acomodado a las modas de principio, fin o de entretemporada. Seguramente, Redel ya habrá visitado el catálogo de House of Stratus para proseguir su enmienda a sacar del ostracismo a autores como John Braine. Queda en el tintero de la edición en suelo español la plana mayor de la obra de Braine, compuesta en su globalidad por una docena de novelas —entre las cuales figura Una vida en la cumbre (1962), continuación de las andanzas del arribista Joe Lampton—, un retrato biográfico sobre J. B. Priestley y Writing a Novel (1974), ensayo colectivo en el que ofrece su experiencia a la hora de urdir la obra por la que sería conocido y reconocido en su Inglaterra natal. Seguramente, Redel lo tendrá en cola de publicación una vez haya dado cancha a otros autores —Stella Gibbons, Stanislaw Lem, Muriel Spark, etc.— que van vistiendo una de las editoriales que mejor lucen en las librerías de nuestro bendito país. El tacto áspero, rugoso de las portadas de Impedimenta ya nos invita a deslizar nuestros dedos por sus páginas y abandonarnos a una suerte de territorio soñado, imaginado o deseado nacido del talento de creadores de distinta nacionalidad que ha ido agrupando para la dicha de aficionados a la literatura con letras mayúsculas. Un lugar en la cumbre cumple con creces este propósito a lo largo de sus trescientas setenta páginas alineadas con pulso firme por ese hombre sencillo que después de su pieza bautismal empezaría a descender por la ladera de la montaña haciendo bueno (o malo) el aforismo que reza que un autor va ligado a una sola obra. Gracias Enrique y personal de Impedimenta por darnos a conocer esta y tantas obras de un catálogo que empieza a provocar vértigo por la suma de talentos que lo jalonan.