Consolidada la propuesta editorial de Impedimenta hace
varios años, en una toma de decisión preñada de inteligencia y astucia, el
sello madrileño quiso integrar a su excelso catálogo libros ilustrados que
pueden ser saboreados indistintamente
por jóvenes y adultos. Para tal menester, cabía imaginar una suerte de colección
en paralelo a las novelas del formato clásico de la editorial y con portadas
caracterizadas por la agradable rugosidad a su tacto. En estas delicatessen reposa la esperanza de
captar a lectores a futuro, formando parte así de una estrategia que, haciendo
un símil automovilístico, se alternan las luces cortas con las largas. En el
interior de ese imaginario vehículo viajan los editores —con Enrique Redel
ocupando la plaza del conductor— y en su parte trasera los escritores e
ilustradores que han sido “invitados” a integrarse en un proyecto editorial que
arrancó hace once años. Para la ocasión, la escritora canadiense especializada
en cuentos infantiles Linda Bailey y la ilustradora barcelonesa Júlia Sardà, se
suben al automóvil de Impedimenta
para dar a conocer al público lector Mary,
que escribió Frankenstein (2018). A lo largo de ese recorrido por la «Carretera de las Letras» nos asomamos a un prodigio de
síntesis que bien hubiera podido ser el relato explicado de manea sucinta de Mary Shelley (2017), la propuesta
cinematográfica que he visto en la gran pantalla en el verano de este año. Mas,
probablemente hubiese sido el documental televisivo canadiense del mismo nombre,
fechado en 2004, el que habría contribuido a avivar el interés de Bailey por dar
acomodo a un relato centrado en Mary Wollstonecraft Shelley (1797-1851), quien a
los dieciocho años resolvió rubricar una novela “inmortal”, un "long-long seller" con doscientos años de
antigüedad: Frankenstein o el Moderno
Prometeo (1818). Al igual que la protagonista de la función televisiva —Sarah
Allen—, es natural de la Columbia Británica donde reside desde hace tiempo y
elabora una obra de una reputación excepcional en el campo del libro infantil y
juvenil. En la edición de Impedimenta Bailey encuentra alianza con el talento
de Júlia Sardà en calidad de ilustradora. Habiendo emprendido un anterior viaje con Impedimenta en este mismo año —suyas
son las ilustraciones que podemos encontrar en el interior de Los Liszt (2018) de Kyo McLear—, Sardà
deja impreso un estilo singular en la práctica totalidad de la cincuentena de
páginas que integran este precioso volumen encuadernado en tapa dura.
Descontadas las notas de la propia autora Linda Bailey, que entre otras
cuestiones reflexiona sobre el contenido del prefacio escrito por Mary Shelley
en 1831, las dos últimas láminas cuentan con ilustraciones a sangre. Mientras
en la página impar observamos una imagen del soñado estreno londinense de
Frankenstein (1931), luciendo la imagen de un transfigurado Boris Karloff
(maquillaje cortesía de Jack Pierce con sugerencias a cargo del propio director
de la cinta, James Whale) como el «Monstruo», en su reverso —página par— aparece el retrato de la procaz
escritora concebido por Richard Rothwell y que se exhibe en la National
Portrait Gallery. En el momento que Rothwell inmortalizó su imagen en un lienzo, Mary Shelley contaba con cuarenta y tres años. Una edad que tan solo llegaría a
alcanzar su hermanastra Claire de las otras cuatro personas que quedaron a
resguardo en una casa solariega, situada a los pies del largo Lehman, en una desapacible noche de verano de 1817. En ese
momento Lord Byron retó a sus acompañantes a escribir una historia de fantasmas
cada uno de ellos. Únicamente Mary Shelley y John William Polidori (el médico de Lord Byron) llegaron a la meta
propuesta, aunque con fortuna dispar. Si bien es cierto que Mary Shelley
pasaría a la posteridad por su novela Frankenstein
o el Moderno Prometeo, Polidori presumiblemente —tal como razona la propia
Bailey— con su errática El vampiro
creó el gérmen de la otra novela —Drácula (1897) de Bram Stoker— que prácticamente todo el mundo verbaliza cuando se trata de
empezar a enumerar dos obras adscritas al género de terror gótico. Antes de
definir las líneas maestras de sus respectivas piezas literarias, Mary Shelley
y Stoker tuvieron que valerse de esos “castillos en el aire”, sinónimo de una
imaginación que en el caso de la hija de un renombrado escritor de la época (William Godwin) y
la autora de uno de los primeros tratados sobre el feminismo (Mary Wollstonecraft), empezó a
desbordarla sobre todo a partir de su “destierro” escocés, a pocos años vista de alumbrar
su Opus magna.
Existe vida después del cine. Muchos me vinculan a este campo. Este blog está dedicado a mis otros intereses: hablaré de música, literatura, ciencia, arte en general, deportes, política o cuestiones que competen al día a día. El nombre del blog remite al nombre que figura en mi primera novela, "El enigma Haldane", publicada en mayo de 2011.
lunes, 12 de noviembre de 2018
«MARY, QUE ESCRIBIÓ FRANKENSTEIN» (2018) de Linda Bailey y Júlia Sardà: CASTILLOS EN EL AIRE
domingo, 11 de noviembre de 2018
SANDY DENNY (1947-1978): «ESCALERAS AL CIELO» DEL FOLK-ROCK BRITÁNICO
Entre las numerosas curiosidades que adornan
el untitled cuarto álbum en estudio
de Led Zeppelin se encuentra la participación de Sandy Denny (1947-1978) para
complementar las voces que se escuchan en la grabación del tema “The Battle of
Evermore”, que hace alusión a la confrontación de ingleses y británicos en el
siglo XV. Óbviamente, la canción nacida de unos acordes creados por Jimmy Page a
la mandolina (instrumento raro de localizar el abecedario de los Zeppelin), quedó
de inmediato eclipsada por ese “milagro” musical llamado “Stairway to Heaven”
que computó en el siguiente surco de
un disco que contribuyó a elevar a los altares del rock a la banda británica
liderada por Robert Plant. A pesar de que los caminos de Denny no volvieron a
cruzarse, Plant sentenció: «ella es mi cantante
favorita de todas las chicas británicas que hayan existido». La frase lapidaria encabeza el texto
del libreto rubricado por Clinton Heylin para el disco recopilatorio Sandy Denny: No More Sad Refrains. The
Anthology (2000). Un título cargado de cierta ironía que el propio Heylin
utilizó para la publicación de una biografía que llegó al circuito comercial
dos años más tarde, dando así a conocer los pormenores de una vida truncada a
los treinta y un años de edad, tras una serie de complicaciones derivadas de
una caída en que su cabeza golpeó contra el suelo. Aquella cabeza provisionada
de una revuelta melena rubia de la que surgirían composiciones direccionadas hacia esas
almas afligidas por el dolor, el sentimiento del abandono y/o la necesidad de la
búsqueda de renovadas motivaciones alejadas de entornos hostiles. Con un hiato de catorce años, otra biografía --si acaso menos contemplativa que la de Heylin al abordar cuestiones un tanto escabrosas--, Sandy Denny: The Tragic Story of Britain's Unsung Folk Heroine (2016) de Len Brown, reforzaría el interés por conocer cuestiones relativas a este ángel caído.
En un viaje por tierras holandeses que tuvo
lugar este pasado verano reparé en una tienda de Utrech en el doble disco
compacto Sandy Denny: No More Sad Refrains.
The Anthology. Por aquel entonces, para un servidor la obra de Denny era
sinónimo de un eco lejano, de tonadas que presumiblemente había escuchado en mi
prospección a finales del siglo XX por las voces femeninas, casi todas adscritas
a figuras musicales procedentes del continente norteamericano. Al calor de
varias escuchas de este CD que contiene la integridad de las canciones que
jalonan los dos primeros álbums en solitario de Denny —The North Star Grassman and the Ravens (1971) y Sandy (1972)—, su música ha ejercido una
especie de hechizo en mi persona. Su voz se contorsiona
hasta adoptar aires inherentes al folk, rock, de canción tradicional irlandesa, pop e incluso country. Su escucha se hace especialmente favorable cuando el termómetro de nuestros sentimientos situado
en zonas valle, arropando la calidez
de su voz en esas noches de vigilia a la espera que amaine el temporal que
sopla con intensidad. Es entonces cuando la música de Sandy Denny —parafraseando
una de sus emblemáticas canciones— suena como
un viejo vals, aquel provisionado para rememorar cada uno de sus compases ¾
en lo más recóndito de nuestra memoria. No me cabe duda que si Sandy Denny,
cuanto menos hubiese alcanzado la cincuentena, hoy en día seguiría siendo
venerada por una legión de fans. El infortunio quiso que Alexandra Elene
MacLean Denny —cuyos ancestros por parte de madre se ubican en la tierra de
William Wallace— expirara al poco de cumplir la treintena, dejando tras de sí
un reguero de piezas maestras abordadas en solitario, y una carrera musical asociada
a la historia de Fairport Convention. De esencias folk, la banda en cuestión se
benefició de la participación de Sandy Denny para algunos de sus discos más
emblemáticos, pero decidió descabalgarse de Fairport Convention para seguir su
propio instinto, aquel adueñado de la idea de edificar una actividad profesional
en calidad de cantautora en solitario, dejando para los anales un total de cuatro discos de
estudio a lo largo de los años setenta. Espero que llegue el momento para
atender a la escritura de un ensayo en forma de libro que ayude a redimensionar
la importancia de esas féminas cantautoras, responsables de esa revolución
silenciosa arbitrada desde los tiempos del flower power y que alcanza hasta
nuestros días. Sin duda, un apartado quedará reservado a Sandy Denny, la autora
de proezas compositivas y vocales como “Man of Iron”, “Solo”, “One More Chance”
o Late November”.
domingo, 28 de octubre de 2018
«EL HECHICERO» (1939): LA «NOUVELLE» RESCATADA DE VLADIMIR NABOKOV EN EL VIAJE A ITHACA
En octubre
de 1998, a las puertas de conmemorarse el centenario del nacimiento de Vladimir
Nabokov (1899-1977), su único hijo Dimitri anunció, a través de sus abogados,
una querella ante los tribunales de justicia estadounidenses para evitar la
publicación de Los diarios de Lolita,
de Pia Pera. En su defensa, la editorial dispuesta a publicar el manuscrito de
Pera alegó que se trataba de historias distintas y que incluso se habían
cambiado el nombre de los personajes manteniendo, eso sí, el de la ninfa nacida de la pluma de Vladimir
Nabokov. Así pues, además de traductor del ruso al inglés de las novelas o
relatos que su progenitor había
pergeñado en su patria de origen antes de trasladarse a vivir a Norteamérica,
Dimitri Nabokov (1934-2012) se consagró a la salvaguarda de su patrimonio literario. Fallecido a
los setenta y ocho años en el mismo país que lo hizo su padre —Suiza—,
Dimitri, a buen seguro, hubiese abierto otro frente judicial a la publicación
en este pasado mes septiembre del ensayo The
Real Lolita: The Kidnapping of Sally Horner (2018), en que su autora Sarah
Weinman abona la tesis que el secuestro real de Sally Horner por parte de un
paedófilo llamado Frank LaSalle, en Candem (Nueva Jersey) en junio de 1948,
marca diversos puntos de contacto con la ficción literaria de Vladimir Nabokov
que cursó categoría de longseller. A
modo de ejemplo de semejante catalogación, en el sello Anagrama han alcanzado
veintitrés ediciones de Lolita y no
parece detenerse en esta cifra. Mucho más modesta, pero asimismo harto
significativo del interés que sigue despertando el genio literario de Vladimir
Nabokov, deviene la cuarta edición de El
hechicero (1939), la nouvelle que
indefectiblemente figura en el cuerpo de análisis de aquellos dispuestos a bosquejar
en los orígenes de una pieza suprema de la literatura universal como Lolita. La “divina providencia”, pues,
ha querido que tras la publicación del ensayo de Weinman, el sello barcelonés
ha “contraprogramado” una nueva edición de El
hechicero que coloca los puntos sobre las íes en la medida que las apenas setenta páginas de las que consta la última de las novelas rusas de Vladimir
Nabokov anticipa la principal línea argumental de Lolita. En la mente de personalidades abocadas al ejercicio de la
escritura en prosa el “principio de linealidad”, en que «A» conduce a «B», y así
sucesivamente, no tiene sentido aplicar, más aún si cabe en la mente de un
creador de la singularidad de Vladimir Nabokov que no concedía a la adecuación
de una trama bien armada de principio a fin el andamiaje básico para construir
una pieza literaria capaz de quedar perpetuada con el devenir de los años.
El favoritismo que he mostrado durante
lustros por la obra de Vladimir Nabokov me ha llevado a atender a la lectura de
El hechicero con fruición. El propio afamado escrito la dio por perdida hasta que figuró entre el material que, tras un complejo traslado, "domicilió" en los Estados Unidos. A su muerte, su hijo, ya instalado en Ithaca (Grecia) se consagró a traducirla guiado "espiritualmente" por su progenitor. En el palpitar de sus páginas parecen desprenderse
las sombras de las imágenes de Lolita,
así como los temas que marcarían el “itinerario” de una propuesta tan desafiante
para la moralidad estadounidense de la época como milimétrica en su dispositivo
narrativo. Bien es cierto que las diferencias entre sendas piezas literarias —un
aspecto que Dimitri Nabokov recalca en su particular ensayo Sobre un libro titulado El hechicero fechado en abril de 1986, a modo
de complemento de la presente edición con una sublime ilustración de la portada
a cargo de Hemm Klim y traducción de Enrique Murillo— resultan palmarias en cada uno de los frentes que se
quiera indagar con la salvedad de su esqueleto argumental. Con todo, en los
pliegues de esa literatura pautada por el aliento poético inherente a Vladimir
Nabokov reconocemos la huella primigenia de Lolita Haze plenamente afincada en
el imaginario colectivo sobre todo a partir de su “representación” en la gran
pantalla de la mano de Stanley Kubrick en 1962. En esa misma década, Dimitri Nabokov, compaginó el ejercicio de traductor y fiel escudero de la obra paterna
con el bel canto, aquel que le llevó
a subirse en los escenarios donde llegó a compartir cartel con la recientemente
desaparecida Montserrat Caballé y Jaume Aragall. Pero, sin duda, donde su voz se dejó sentir con mayor fuerza fue
al enfrentarse a traducir textos que, en ocasiones, obedecían a auténticos
ejercicios de equilibrismo con la mente orientada a no traicionar el espíritu –en
ocasiones un tanto burlón— de su insigne progenitor.
martes, 16 de octubre de 2018
LA «NAVE» MUSICAL DE «STARMAN» JOHN CARPENTER, ATERRIZÓ EN SITGES
Sin margen de error, 1987 —en vísperas de
cumplir mi veinte aniversario— fue el año que empecé a seguir la pista de John Carpenter, un
director cuyo rostro asociaba por aquel entonces con Mike D’Antoni, el playmarket estadounidense que llegó a
formar parte de una de las más celebradas plantillas del equipo de básket de
Milán. Dificilmente podré olvidar el impacto que causó en mi persona la
proyección en una copia doblada en 16 m/m de Asalto a la comisaría del Distrito 13 (1976) en la última sesión
del primer día del mes de septiembre de aquel año. Arranque, pues, de un curso cinematográfico que concluyó en
los cines Nàpols (hoy en día reformulada en la sala Phenomena) con
la proyección de La cosa (1982), en
régimen de reposición, en agosto de 1988. Posiblemente estos sean dos de los
títulos de la filmografía de Carpenter que siguen atrapándome al revisarlas, la
primera porque representa un ejemplo paradigmático de que la economía de medios
puede fomentar el ingenio, y la otra porque soporta el paso del tiempo dado que nació con la denominación de origen de “clásico instantáneo”, todo un dechado
de virtudes con resabios hawskianos.
En cierto sentido, la seminal The Thing
marcó un punto de inflexión en relación a la consideración crítica que podría
merecer hasta entonces la obra de Carpenter. No obstante, las noticias que
llegaban del otro lado del Atlántico hablaban de una enfermedad que se le había
diagnosticado. Ciertamente, año tras año el Festival Internacional de Cine
Fantástico de Sitges cursaba invitación a Carpenter para asistir al certamen catalán,
pero había la negativa por respuesta parapetándose en la enfermedad que, al
parecer, padecía. Su deterioro físico en cuestión de pocos años no iba
encaminado a desmentirlo. Han tenido que transcurrir treinta y seis años desde
entonces para que John Howard Carpenter hiciera acto de presencia en Sitges,
pero con un camuflaje distinto al que
podría presuponerse. Lo hizo ejerciendo de frontman
del sexteto de músicos que tocan mayoritariamente piezas de su repertorio en
calidad de compositor de bandas sonoras de sus producciones cinematográficas y que se encuentran de gira este otoño por distintos puntos del planeta.
Liberado de mis obligaciones como jurado de
un par de secciones —Órbita y Fantastic Discovery— de la 51 edición del
Festival Internacional de Cine Fantástico de Sitges, acudí en compañía de mi
mujer Esther Solías al concierto que la banda de John Carpenter dio el pasado
13 de octubre de 2018 en su estelar
jornada de cierre. La jornada se iniciaba con una visita al vetusto y, a la
par, entrañable cine El Prado para contemplar La noche de Halloween (1978) —un film que me ha ido ganando con el
correr de los años— antes de la hora de comer. Una manera adecuada para empezar
a sintonizar la emisora musical de Mr. Carpenter en un espacio deslumbrante como el
Auditori Melià —la sede central del certamen de la Blanca Subur—, en que el
público asistente —cerca de un millar, con el aforo prácticamente lleno— quiso,
antes que nada, en un acto reflejo fijar la mirada en el centro del rectángulo para, presumo, que la espera
de tanto años años para muchos de nosotros había valido la pena. En la víspera
del evento, alguien me comentó que John Carpenter estaba de vuelta del cine. A
la luz de lo escuchado y visto en aquel prodigioso sábado con el cielo encapotado niego la
mayor. Carpenter sigue aferrado al cine, pero siendo observado desde otro
flanco, acaso el más desconocido para el común de los mortales. A pesar de la
escasa hora de concierto no se escucharon reproches. Carpenter cumplió un sueño
para la plana mayor de los que asistimos a un concierto en que se hizo un
repaso de sus trabajos cinematográficos a través de composiciones (en su
inmensa mayoría) propias y ajenas (Starman
y La cosa, cortesía de Jack Nitzsche
y Ennio Morricone, respecitvamente). En distintas fases del concierto llegaron
a intervenir tres bajistas (John Koresky, Scott Server y Daniel Davies, el más virtuoso de todos ellos), formando un particular combo junto a dos teclados (administrados por padre e hijo, Cody
Carpenter) y batería (John Spiker). Sin duda, uno de los high points de la velada fue la
ejecución del tema medular de In the
Mouth of Madnsess, en que se respiraban aires de blues en ese mar de secuencias musicales programadas al ordenador
por el maestro de ceremonias. Con aderezo de algunos temas que no tienen
correspondencia con la hacienda cinematográfica, la velada resultó un viaje a ese cine ordeñado con una
proverbial capacidad de síntesis, al compás de una música que se define por su
sencillez y eficacia. Pocas notas bastan, por ejemplo, para adentrarnos en la boca del miedo de propuestas como La noche de Halloween o Asalto a la comisaría del Distrito 13. Al
filo de las diez de la noche, en aquella jornada inolvidable los astros se
conjuraron una vez más para contemplar en pantalla gigante y en calidad 4K 2001: una odisea del espacio (2001). No
en vano, al igual que para tantos de su generación, para un veinteañero John
Carpenter representó toda una “revelación”. En mi caso, en la misma franja de
edad esa añeja proyección de Assault On
Precinct 13 despertó la atención y el interés por un cineasta irrepetible y singular, entre
otras consideraciones, por su desdoblamiento en compositor con
apenas unos someros conocimientos teóricos en esta materia. El ejercicio del
autodidacta elevado a la enésima potencia. Carpenter, en definitiva, triunfó en esa jornada de cierre de una excepcional edición concebida bajo el influjo del monolito de 2001, leit motiv del cartel del festival.
sábado, 29 de septiembre de 2018
A PROPÓSITO DEL PRIMER ANIVERSARIO DEL 1-0: HISTORIA DE UN GRAN FRACASO
A lo
largo de sus aproximadamente noventa años de existencia el cine sonoro ha
creado sus propios códigos narrativos que tienen en la entrada reservada a la
letra «M» de su singular diccionario un término
de raíz anglosajona: McGuffin. El inglés Alfred
Hitchcock, acaso una de las personalidades cinematográficos más influyentes en
el devenir de la Historia del Séptimo Arte una vez vencido el periodo silente del
que participó activamente, acuñó el término en cuestión. En este vocablo se
condensa la idea que un determinado elemento que de partida parece cobrar
relevancia de cara al avance o desarrollo de la trama, al final no tiene
incidencia alguna en la misma. Puede interpretarse, por consiguiente, conforme
a un elemento de distracción sobre todo especialmente pertinente en tramas de
suspense.
Cuando vuelvo la mirada hacia atrás y trato
de reflexionar sobre lo acontecido en mi tierra —Catalunya— el pasado 1 de
octubre de 2017, interpreto las urnas como el equivalente del término McGuffin. Esa película que para buena parte de mis paisanos pasaría a ser la más
importante de sus vidas duró varias semanas y tuvo su clímax el 1-O. En ese relato
cinético el elemento que estaba en boca de todo el mundo se correspondía con
las urnas, alimentando un juego especulativo sobre su procedencia, si habían podido llegar a territorio catalán y un largo
etcétera en forma de múltiples variables. Más propio del plot de una comedia de la Ealing —pienso, por ejemplo, en Whisky Galore! (1949)—, a toro pasado
hemos sabido de esas historietas de cómo el ingenio humano —combinado con la
ingenuidad (valga el eufemismo) de los servicios de inteligencia (sic) del
estado español— hizo posible mantener en secreto la ubicación de miles de urnas
diseminadas por todo el territorio, al punto que en algunos casos las mismas se
encontraban en el interior de garajes o trasteros situados a decenas o escasos
centenares de metros de los colegios donde se iba a proceder a un amago de
referéndum. De la Diada del 11-S se pasó al Día «D» del 1-O.
Ambas fechas habían sido marcadas en rojo en el calendario de los afines al
independentismo, en que el fervor de la una –el 11 de septiembre— debía servir
para reforzar, potenciar un sentimiento de motivación y, a la par de
resistencia para la jornada dominical del primer día de octubre de 2017. Sendas
jornadas, pues, habían servido para tender un puente de plata hacia Itaca, en
busca del Santo Grial del independentismo a los que un elevado porcentaje de
catalanes quedamos (auto)excluidos. La imagen cegadora de una Catalunya
independiente nubló la capacidad de razonar de infinidad de personas que en su
quehacer diario aplican el seny. Poco
o nada importaba que los partidos mal llamados “unionistas” o “constitucionalistas”
no participaran de lo que consideraban una farsa, una propuesta de referéndum
en que solo una de las partes hizo campaña. De esta forma, el concepto
referéndum perdía todo sentido, disolviéndose como un azucarillo en un mar de
proclamas a la movilización de cara al 1-O por parte de los partidos independentistas de nuevo cuño o de larga tradición. El engaño estuvo servido y, a
partir de bien entrada la mañana de aquel domingo de otoño, a los ojos de un
servidor, las urnas pasaban a convertirse en el McGuffin de una trama que se teñía de terror. Con motivo del
cumplimiento del primer aniversario del 1-O, aquellos dirigentes políticos invadidos
por un perfil fanatizado —en cabeza, el President de la Generalitat de
Catalunya (para solaz desgracia de muchos de nosotros) Quim Torra— expresan que
se trata de una fecha marcada a fuego en la reciente Historia de Catalunya,
una señal de victoria en la defensa de las urnas. Es como si hicieran una reseña
crítica de una película de Alfred Hitchcock y subrayaran en diversas ocasiones
del texto la importancia del McGuffin.
Lejos de las ataduras del fanatismo, si hacemos un juicio ponderado y medido
desde una mínima capacidad de análisis, lo que más se asemeja a lo acontecido
en Catalunya el 1-O de 2017 deviene una historia de terror, una pesadilla que
no quisiera volver a ver. Aquel día lloré porque pegaron a personas con las que
me puedo cruzar por la calle, al ir a comprar el pan o compartir recinto cuando
voy a tomar un café con leche o un aperitivo. No hubo épica en aquel 1-O; las urnas eran lo de
menos. Salvo a los “abducidos”, ¿a quién le importó que el falso referéndum se
saldara con el 90 0 el 95% de los votos a favor?. Quim Torra y los de su cuerda
se expresan en términos de victoria cuando, en realidad, para cualquier persona sensata representó un fracaso en toda regla. El fracaso por
convocar una farsa de referéndum; el de unas autoridades policiales que
actuaron como los drugos de La naranja mecánica, y de unos
dirigentes políticos que los días 6 y 7 de septiembre de 2017 se colocaron en
el frontispicio de la legalidad para, a renglón seguido, enarbolar la bandera
de un independentismo que ha traído como consecuencia muchas más penalidades que
beneficios.
«LA MADONA DE LOS COCHES CAMA« (1925) de Maurice Dekobra: UNA DAMA DE ALTOS VUELOS
«Lady Diana Wynham reposaba sus hermosas piernas, enfundada en los husos
etéreos de dos sedosas medias de 44 denieres, sobre un puf cuadrado de
terciopelo color habano. Su busto quedaba oculto tras el parapeto blanco del
Times, desplegado entre sus dos brazos desnudos. Sus piececitos se agitaban
dentro de unos zapatos de brocado cereza y plata, amenazando el equilibrio de
una taza Wedgwood auténtica, tangente a uno de los inquietos tobillos». Así arranca la novela La Madona de los coches cama (1925), considerada
una de las masterpiece de Maurice
Dekobra (1883-1973) y por ventura recuperada por el sello Impedimenta en un
panorama editorial yermo en traducciones al castellano en relación a la fecunda
producción literaria del escritor galo. Hasta donde alcanza las fuentes
documentales consultadas, se trata de la primera edición al castellano de La Madona des sleepings, y la segunda de
las novelas —el bautizo se remonta a los años cincuenta con la impresión de La espía por parte del sello Imperia,
que mereció una reedición en 1969 bajo el genérico La espía que hace reír merced a la iniciativa de la efímera empresa
barcelonesa Edisven— que llevan la rúbrica de Ernest Maurice Tessier,
artísticamente Maurice Dekobra, un apellido (traducción literal a la lengua de
Dámaso Alonso: «dos cobras») surgido fruto de su eventual encuentro con un encantador de
serpientes. El mismo se produjo en uno de los miles de escenarios naturales que
Dekobra visitó en infinidad de viajes por todo el mundo, que le facultaron para
crear más de una veintena de novelas donde el común de los lectores de la época
no podían acceder más que a través de la ventana de la ficción literaria o, en
el caso concreto de La Madona de los
coches cama con el suplemento de una versión cinética financiada por la
productora Pathé-Natan. Dekobra dio la medida de la popularidad que se había
granjeado en un relativo corto espacio de tiempo con el triunfo personal y, a
la par, profesional de que tres producciones cinematográficas coincidieran en
un mismo año en las carteleras europeas, nacidas de sendas novelas o relatos de
un empedernido viajero y bon vivant
asociado al mundo de la denominada smart set.
Ese 1928 sería asimismo la fecha de la defunción de la germana de ambivalente
nombre artístico, Claude France, la que encarnó en pantalla a Lady Diana Wynham
en una producción silente que apenas trascendió fuera del territorio francés.
De su estreno quedó un eco remoto cuando el país vecino recuperó para el sello
Zulma en 2006 un texto que rivaliza en elegancia y exquisitez narrativa con la
coetánea El gran Gatsby (1927) de Francis
Scott Fitzgerald. Una docena de años más tarde la buena nueva que comportó su
inclusión en el catálogo de Éditions Zulma, en un prodigio de traducción en el
haber de Luisa Lucuix Venegas el sello madrileño Impedimenta nos ofrece la
posibilidad de recrearnos en una novela que excluye el lenguaje viperino a la
hora de describir los avatares de una dama británica que se agarra a la opción
de contraer matrimonio con un bolchevique, una más de las frivolités a cuenta de Diana Wynham cuya luz resplandece en gran parte de las casi trescientas páginas que
jalonan La Madona de los coches cama.
Cuando su presencia declina en favor
de otros personajes a lo largo del relato —preferentemente cuando el ojo de Dekobra se posa en los escenarios
de la Rusia postrevolucionaria—, la empresa
literaria pierde fuelle. Un efecto, en todo caso, transitorio que con el
correr del último tercio cincelado con el pincel
afilado, preñado de astucia, inteligencia y provisionado de las infinitas
experiencias acumuladas por un ser que tocó con la yema de sus dedos la
excelencia en el arte de la escritura. El descubrimiento de Maurice Dekobra,
pues, está servido por la vía de una edición
que cuenta con la particularidad de dos cubiertas distintas, la una trenzada
sobre un mosaico de plumas y la otra con la imagen de Diana Wynham en posesión
de sus facultades seductoras, aquellas que sirven de preámbulo a una desnudez real
conforme a una medida de transgresión que soliviantó los ánimos de la censura
de la época. De ahí que la cautela llevara a los productores norteamericanos a
descartar una adaptación cinematográfica, dejando que recayera en la industria gala
una versión muda, a modo de puerta de entrada para que Dekobra alternara a
partir de entonces su faceta de guionista, productor e incluso realizador (el
largometraje La rafle est pour ce soir)
con sus viajes (algunos por tierras recónditas como Nepal), sus asuntos amorosos
y el cultivo de una obra en prosa que abona el campo de la reivindicación.
viernes, 14 de septiembre de 2018
LA MINISERIE «22.11.63» (2016): REGRESO AL PASADO
Durante los años ochenta Stephen King (n. 1947) pasó a ser uno de los
escritores cuya obra visitaba con asiduidad. Difícilmente se me escapaba una
película que llevara el “membrete” de King, ya por aquel entonces una marca de
éxito editorial de la que inopinadamente se aprovechaba para su “explotación”
en el medio cinematográfico. En la medida que vas evolucionando y atiendes a
renovadas inquietudes, paulatinamente fui aparcando las lecturas de novelas y
relatos cortos de King, cada vez más “contaminados” por una composición más propia de un guión
cinematográfica que de una pieza literaria en sentido estricto. Con el
advenimiento del nuevo milenio, King ya no formaba entre mis lecturas, aunque
atendía a las noticias relativas el escritor de Maine, llamándome la curiosidad
el título nominal de una de sus voluminosas novelas, 22.11.63 (2011). Para los que solemos desviar más de un pensamiento
sobre la figura de John Fitzgerald Kennedy (1914-1963) al cabo de cada año, esta
fecha ha quedado grabada a perpetuidad. Ochocientas sesenta páginas era un plato demasiado copioso para que no se
me atragantara tras varios años de ayuno de la prosa de Stephen King. Siete
años después de aquella presentación en sociedad, quizás sea el momento de volver a la
obra literaria de King, y en concreto la "mastodóntica" 22.11.63, máxime tras haber visto la miniserie homónima estrenada
en febrero de 2016. En un formato convenientemente ajustado a la extensión de la
novela —ocho episodios con una duración
de algo más de una hora para el primer y el último, y unos cuarenta y dos minutos
los de “en medio”— 22.11.63 sirve de
anticipo para uno de sus principales impulsores —J. J. Abrams— de la ambiciosa
producción Castle Rock (2018) que
aguarda estreno en las plataformas digitales como Neflix para estas fechas. Si
bien Castle Rock persigue un
propósito de homenaje continuado del universo King, en 22.11.63 no faltan
alusiones –algunas un tanto veladas— a la obra del ya septuagenario escritor
norteamericano. Seguramente, para los no familiarizados al detalle del
contenido de las novelas de King y, por ende, de sus correspondientes
adaptaciones cinematográficas y/o televisivas, les pueda pasar por alto la
respuesta de Jake Amberson (James Franco) cuando la bibliotecaria Sadie Dunhill
(Sarah Gadon) le pregunta en qué instituto ha cursado sus estudios medios. El
nombre que da —Bates— hace alusión al instituto en el que celebra su graduación
Carrie White en Carrie (1975),
recubierta con la funda de la socarronería si atendemos a que se trata del famoso
motel de la película de aquella época dirigida por Alfred Hitchcock.
Precisamente, un devoto del cine de Hitchcock —véase su ascendente en la cinta El
eslabón del Niágara (1979)—, Jonathan Demme, estuvo en negociaciones con
Stephen King para que se ocupara de la dirección, de la producción y de los guiones
de una miniserie vehiculada a nivel financiero por Bad Robots, la compañía de
Abrams. La elección de Demme no había sido fruto del azar. King había reparado en
su remake de El mensajero del miedo (1962), adaptación de la novela The Manchurian Candidate (1955) de Richard
Condon en que un francotirador trata de atentar contra el presidente de los Estados
Unidos de América. La novela de Condon resultó profética, quedando consignada
una primera adaptación cinética un año antes del asesinato de Kennedy. Demme no
dio su brazo a torcer en la defensa de un criterio artístico que no iba en sintonía
con el del “padre de la criatura”, King. Haciendo acopio de una voluntad por
controlar las distintas fases creativas, una vez descablagado del proyecto Demme, King ejerció de productor ejecutivo de
22.11.63, un “viaje al pasado”
realizado por Jake Amberson con el objetivo de evitar el asesinato/magnicidio
del máximo mandatario de la Casa Blanca. Bajo el férreo control dispuesto por King
el proyecto siguió adelante hasta su concreción en la pequeña pantalla en 2016.
Salpicada del juego (auto)referencial, 22.11.63
presenta en su “fondo de armario” trajes
de tonalidades oscuras que combinan bien con el terror que produce la acción de
un sádico, Frank Dunning (Josh Duhamel) que pretende asesinar a su esposa y sus
dos hijos. No obstante, el objetivo del profesor Jake Amberson (James Franco, en un papel que no hubiese sido complicado "ver" a Matt Dillon) al regresar al
pasado es dar con el paradero de Lee Harvey Oswald (Daniel Webber con un notable parecido con el joven filocomunista) para cambiar el rumbo
de la historia. Siguiendo el itinerario narrativo marcado por King —suyos son la
totalidad de guiones de la serie—, el
británico Kevin McDonald (poseedor de dos almas bien diferenciadas: la de
storyteller de obras de ficción y la de documentalista) se encargó de un primer
episodio —“The Rabbit Hole”— para luego ceder el testigo tras las cámaras a tres
James —Kent, Strong y Franco— y al "todoterreno" Frederick E. O. Toye y John David Coles. Contribuciones
dispares pero ceñidas a un estilo de realización que no busca epatar al
espectador, sino quedar rendido al contenido de un relato que King empezó a
barruntar a principios de los setenta. Sin embargo, el proyecto requería de un
proceso de documentación cuyos “costes” no estaba dispuesto a asumir el
prolífico King, dejando que reposara de manera conveniente en su particular
bodega de proyectos en standy by. Ese
grado de detallismo y de rigor histórico que queda plasmado en el papel jugó en
beneficio de una estimulante miniserie cosecha del 2018 que, a mi juicio, ha flaqueado en su
aparato promocional, incluida una horrible carátula que muestra un fugaz
destello en forma de imagen de un guardaespaldas de John Fitzgerald Kennedy, peón de esa comitiva de seguridad que
custodió de manera infructuosa al presidente de los Estados Unidos de visita a
Dallas en una soleada mañana de noviembre de 1963, un año más tarde del estreno
de la seminal El mensajero del miedo y de hacer lo propio un par de meses antes Corredor sin retorno (1963), el film
que gana al homenaje cuando Jake y Saddie visitan a Bill Turcotte (George
MacKay) al psiquiátrico donde se le ha practicado una lobotomía. Así pues, Bill
se mira frente al espejo de Johnny Barrett (en la piel de Peter Beck) de Shock Corridor. Sería Constante Towers, la
actriz que encarna a la heroína del siguiente film de Sam Fuller, Una luz en el hampa (1964), la que
protagoniza, junto a Jake, la secuencia final de esta estimable serie que combina documento
histórico con un clásico del fantastique, el de los «viajes en el tiempo».
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jueves, 23 de agosto de 2018
«MÁS TRABAJO PARA EL ENTERRADOR» (1949), de Margery Allingham: ALBERT CAMPION EN APRON STREET
En proporción al número de títulos
publicados hasta la fecha —en torno a los ciento veinte—, Impedimenta aglutina
entre sus numerosas virtudes el ser uno de los sellos del estado español que
presenta un mayor porcentaje de obras escritas por mujeres, en justa
correspondencia con el desempeño de las féminas dentro de la Historia de la
literatura. No se trata de “cuotas” que ganan al mar del progresismo, si no de la constatación, a cada libro leído,
de una calidad literaria que, en el caso de Margery Allingham (1904-1966) puede
ser perfectamente equiparable, por ejemplo, de Edmund Crispin, seudónimo de Robert
Bruce Montgomery (1921-1978), de cuya obra de un tiempo a esta parte la
editorial Impedimenta ha dado “visibilidad” con la publicación de volúmenes
recorridos en cada de éstos por el personaje del profesor de Literatura Inglesa
Gervase Fen. Al correr de las páginas de Más
trabajo para el enterrador (1949), la segunda de las novelas editadas por
Impedimenta hasta la fecha (la primera El signo del miedo, en 2016), me sobrevino el recuerdo de las aventuras y
desventuras detectivescas de Gervaise Fen, quien muestra un notable parentesco
con Albert Campion, la “critatura” literatura por antonomasia de Margery Louise
Allingham. Asimismo, Crispin y Allingham son coincidentes a la hora que el
texto traspire por los poros de su cuerpo narrativo, fiado a la noción de
novela de misterio, una veta irónica capaz de hacer esbozar una (medio)sonrisa al
lector, sin que ello desmerezca un conjunto aplicado a un extraordinario
puntillismo en la descripción de escenarios y personajes. Sin duda, un dominio
del lenguaje y de los resortes que los sustenta que para Allingham, inmersa en
el periodo de postguerra, ya acumulaba ingentes horas de vuelo en menesteres de
escritora, el oficio que la había sido “revelada” prácticamente a la par que
empezaba a articular un lenguaje oral bien articulado. El investigador Albert
Campion fue el personaje que, de lejos, de dedicó mayor tiempo en su quehacer
de escritora de novelas y relatos cortos. A diferencia de Gervase Fen, Campion presume
de su linaje aristocrático y de haber podido figurar en la línea de sucesión al
trono inglés. Por ello, cuando inopinadamente la Rank decidió adaptar su novela
Tiger in the Smoke (1945) —se adivina
una de las apuestas literarias para venideras temporadas en la hacienda del
sello Impedimenta—, eliminando para la ocasión el personaje de Albert Campion,
Allingham, natural del barrio inglés que dio carta de naturaleza a nivel
nominal a una de las productoras por excelencia de la comedia inglesa —la Ealing--
volvió la espalda a esa misma industria que tres años de su muerte adaptaba Dr. Crippen (1963), una suerte de biopic sobre un asesino en serie que
envenenaba a sus víctimas en la Inglaterra de principios del siglo XX: Al
doctor Hawley Harvey Crippen el cinematógrafo le puso el rostro de Donald
Pleasence, y en la novela de Allingham es citado en diversas ocasiones, a
cuenta del proceso de investigación sobre Edward Chretin Palinode
(1883-1946), fallecido prácticamente a la misma edad que lo haría Margery
Allingham, a la que su coetánea Agatha Christie, rival en el campo de la novela
de misterio, dijo que fue una de sus indiscutibles influencias. Christie
siempre apreció el trazo firme de aquellos escritores con vocación de
narradores, capaces conjugar lo didáctico con lo lúdico, el rigor con lo
irónico. En la obra de Margery Allingham encontró semejantes atributos. La
lectura de Más trabajo para el enterrador da fe de ello, siendo preceptivo para
la misma el ir saboreando su fermento narrativo de manera especial a
propósito de un viaje como el de un servidor por tierras holandesas. Desde su
zona norte se puede hacer volar la imaginación y observar en lontanza la costa
británica, un espacio geográfico provisionado de una inacabable nómina de
escritores del talento de Margery Allingham, fiados a un magisterio en prosa
que no cesó hasta el fin de sus días, llegando a firmar una veintena de novelas
con el personaje fijo en esa ecuación literaria cuya incógnita –en su modalidad
de whodonit.. cabe despejar en sus respectivas páginas finales.
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