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domingo, 5 de mayo de 2024

«CUENTOS INCOMPLETOS» de T. C. BOYLE: LA GENIALIDAD DE UN MAESTRO DEL RELATO CORTO

 

Al fallecer hace unos pocos días Paul Auster (1947-2024) me preguntaba, entre otras cuestiones, el porqué ninguno de los principales integrantes de una excepcional generación de escritores estadounidenses ha obtenido el Nobel de Literatura hasta la fecha. En nuestro país podemos calibrar la importancia de la aportación a la Literatura de algunos de los integrantes de esta excelsa generación como John Irving (n. 1948), Stephen King (n. 1947), James Ellroy (n. 1948) o el propio Auster, dado que sus respectivas obras llevan tiempo circulando en el mercado nacional en lengua española. En cambio, Thomas Coraghessan Boyle (n. 1947) ─en arte, T. C. Boyle─ apenas había asomado, a nivel editorial, en el estado español en periodo finisecular con su voluminosa novela El balneario de Battle Creek (1993), a rebujo del estreno de la adaptación cinematográfica llevada a cabo por el inglés Alan Parker, cuyo relato pivota sobre el pintoresco doctor Kellogs. Pero a partir de la segunda década del siglo XXI el sello Impedimenta ha propiciado una «operación rescate» de uno de los más distinguidos escritores norteamericanos a través de la publicación de algunas de sus novelas y, desde la primavera del año en curso de su prolija actividad en calidad de cuentista. No en vano, presumo que un considerable porcentaje lectores estadounidenses han entrado en contacto con el universo literario de Boyle a través de su «especialidad» como cuentista. Al respecto, hay donde escoger porque, a día de hoy, son diez los volúmenes de cuentos o relatos cortos que Boyle ha visto publicados. Dos de ellos han servido de base para los Cuentos incompletos que acaba de ver la luz en librerías en el estado español con la rúbrica de un neoyorquino ─al igual que el finado Auster─ que lleva mucho tiempo instalado California, un «punto caliente» de la geografía estadounidense que sigue sufriendo toda suerte de calamidades climáticas, en particular una oleada de incendios de gran magnitud por su virulencia, uno de los cuales llegaría a devastar su domicilio cercano a Santa Bárbara. Con todo, T. C. Boyle no ha perdido su peculiar sentido del humor que queda reflejado en no pocos de los cuentos que jalonan el presente volumen conformado por un total de cuarenta y cuatro relatos extraídos de Stories (1998) e Stories II (2013). Los mismos basculan entre la decena y la treintena de páginas, en que Boyle deja al descubierto su proverbial dominio y riqueza del lenguaje al servicio de historias que, a buen seguro, podían tener un desarrollo más extenso. Pienso, por ejemplo, en «Después de la plaga» (1998), en que el lector penetra en un espacio de devastación, el provocado por una epidemia de naturaleza vírica, dando carta de naturaleza a una historia al más puro estilo Last Man on Earth. Botón de muestra del humor (corrosivo) que invade a la escritura de Boyle lo encontramos, por ejemplo, en un párrafo de este relato cuando razona (en tercera persona) que dos de los personajes supervivientes de la devastación «… bebían coñac de una bota y hacían el amor envueltos en propileno, Gore-Tex y nailon». Un modo de entender la práctica sexual que conecta con el principio vector que rige la relación entre los protagonistas de «Amor moderno», la primera de las piezas integradas en este volumen. Al término del relato se hace referencia a la enfermedad de Lyme. Ironías del destino, el propio T. C. Boyle sufrió dicha enfermedad muchos años después de escribir esta pieza incluida en Stories. Una enfermedad que afecta a la piel, endémica de zonas como el sureste de los Estados Unidos, allí donde sigue dando clases ─en la UCLA─, cuya trayectoria llama a las puertas de un Nobel de Literatura que se ha resistidos a una generación excepcional de escritores USA de registros disímiles. De todos ellos Boyle es quien ha seguido (obstinadamente) dedicado al relato corto, en paralelo a su quehacer como novelista desde su irrupción a mediados los años setenta hasta la fecha con su última obra, Blue Skies (2023), ya en fase de preparación por parte de Impedimenta para su puesta de largo en librerías de cara al próximo curso. Mientras tanto, podemos deleitarnos con estos Cuentos incompletos socorridos por una punción humorística que llama a la desmitificación en el caso de «En lo profundo» (1975), a propósito de la figura del oceanógrafo Jacques Yves Cousteau o de «Beat» (1997), colocando en el centro de su trama ─a medio camino entre el homenaje y la sátira─  a los (Allen) Ginsberg, (William) Burroughs, (Jack) Kerouac y (Neal) Cassidy. Asimismo, de sus páginas podemos extraer una expresión ─«hypster»─ que hizo fortuna en nuestro país en los años previos a la irrupción de la pandemia, justo el periodo en que Impedimenta fijó su atención en T. C. Boyle con el ánimo de dar a conocer su vitaminada obra incompleta… gracias a su desempeño diario de seguir escribiendo sin parar.  


viernes, 14 de septiembre de 2018

LA MINISERIE «22.11.63» (2016): REGRESO AL PASADO

Durante los años ochenta Stephen King (n. 1947) pasó a ser uno de los escritores cuya obra visitaba con asiduidad. Difícilmente se me escapaba una película que llevara el “membrete” de King, ya por aquel entonces una marca de éxito editorial de la que inopinadamente se aprovechaba para su “explotación” en el medio cinematográfico. En la medida que vas evolucionando y atiendes a renovadas inquietudes, paulatinamente fui aparcando las lecturas de novelas y relatos cortos de King, cada vez más “contaminados” por una composición más propia de un guión cinematográfica que de una pieza literaria en sentido estricto. Con el advenimiento del nuevo milenio, King ya no formaba entre mis lecturas, aunque atendía a las noticias relativas el escritor de Maine, llamándome la curiosidad el título nominal de una de sus voluminosas novelas, 22.11.63 (2011). Para los que solemos desviar más de un pensamiento sobre la figura de John Fitzgerald Kennedy (1914-1963) al cabo de cada año, esta fecha ha quedado grabada a perpetuidad. Ochocientas sesenta páginas era un plato demasiado copioso para que no se me atragantara tras varios años de ayuno de la prosa de Stephen King. Siete años después de aquella presentación en sociedad, quizás sea el momento de volver a la obra literaria de King, y en concreto la "mastodóntica" 22.11.63, máxime tras haber visto la miniserie homónima estrenada en febrero de 2016. En un formato convenientemente ajustado a la extensión de la novela —ocho episodios  con una duración de algo más de una hora para el primer y el último, y unos cuarenta y dos minutos los de “en medio”— 22.11.63 sirve de anticipo para uno de sus principales impulsores —J. J. Abrams— de la ambiciosa producción Castle Rock (2018) que aguarda estreno en las plataformas digitales como Neflix para estas fechas. Si bien Castle Rock persigue un propósito de homenaje continuado del universo King, en 22.11.63 no faltan alusiones –algunas un tanto veladas— a la obra del ya septuagenario escritor norteamericano. Seguramente, para los no familiarizados al detalle del contenido de las novelas de King y, por ende, de sus correspondientes adaptaciones cinematográficas y/o televisivas, les pueda pasar por alto la respuesta de Jake Amberson (James Franco) cuando la bibliotecaria Sadie Dunhill (Sarah Gadon) le pregunta en qué instituto ha cursado sus estudios medios. El nombre que da —Bates— hace alusión al instituto en el que celebra su graduación Carrie White en Carrie (1975), recubierta con la funda de la socarronería si atendemos a que se trata del famoso motel de la película de aquella época dirigida por Alfred Hitchcock. Precisamente, un devoto del cine de Hitchcock —véase su ascendente en la cinta El eslabón del Niágara (1979)—, Jonathan Demme, estuvo en negociaciones con Stephen King para que se ocupara de la dirección, de la producción y de los guiones de una miniserie vehiculada a nivel financiero por Bad Robots, la compañía de Abrams. La elección de Demme no había sido fruto del azar. King había reparado en su remake de El mensajero del miedo (1962), adaptación de la novela The Manchurian Candidate (1955) de Richard Condon en que un francotirador trata de atentar contra el presidente de los Estados Unidos de América. La novela de Condon resultó profética, quedando consignada una primera adaptación cinética un año antes del asesinato de Kennedy. Demme no dio su brazo a torcer en la defensa de un criterio artístico que no iba en sintonía con el del “padre de la criatura”, King. Haciendo acopio de una voluntad por controlar las distintas fases creativas, una vez descablagado del proyecto Demme, King ejerció de productor ejecutivo de 22.11.63, un “viaje al pasado” realizado por Jake Amberson con el objetivo de evitar el asesinato/magnicidio del máximo mandatario de la Casa Blanca. Bajo el férreo control dispuesto por King el proyecto siguió adelante hasta su concreción en la pequeña pantalla en 2016. Salpicada del juego (auto)referencial, 22.11.63 presenta en su “fondo de armario” trajes de tonalidades oscuras que combinan bien con el terror que produce la acción de un sádico, Frank Dunning (Josh Duhamel) que pretende asesinar a su esposa y sus dos hijos. No obstante, el objetivo del profesor Jake Amberson (James Franco, en un papel que no hubiese sido complicado "ver" a Matt Dillon) al regresar al pasado es dar con el paradero de Lee Harvey Oswald (Daniel Webber con un notable parecido con el joven filocomunista) para cambiar el rumbo de la historia. Siguiendo el itinerario narrativo marcado por King —suyos son la totalidad de  guiones de la serie—, el británico Kevin McDonald (poseedor de dos almas bien diferenciadas: la de storyteller de obras de ficción y la de documentalista) se encargó de un primer episodio —“The Rabbit Hole”— para luego ceder el testigo tras las cámaras a tres James —Kent, Strong y Franco— y al "todoterreno" Frederick E. O. Toye y John David Coles. Contribuciones dispares pero ceñidas a un estilo de realización que no busca epatar al espectador, sino quedar rendido al contenido de un relato que King empezó a barruntar a principios de los setenta. Sin embargo, el proyecto requería de un proceso de documentación cuyos “costes” no estaba dispuesto a asumir el prolífico King, dejando que reposara de manera conveniente en su particular bodega de proyectos en standy by. Ese grado de detallismo y de rigor histórico que queda plasmado en el papel jugó en beneficio de una estimulante miniserie cosecha del 2018 que, a mi juicio, ha flaqueado en su aparato promocional, incluida una horrible carátula que muestra un fugaz destello en forma de imagen de un guardaespaldas de John Fitzgerald Kennedy, peón de esa comitiva de seguridad que custodió de manera infructuosa al presidente de los Estados Unidos de visita a Dallas en una soleada mañana de noviembre de 1963, un año más tarde del estreno de la seminal El mensajero del miedo  y de hacer lo propio un par de meses antes Corredor sin retorno (1963), el film que gana al homenaje cuando Jake y Saddie visitan a Bill Turcotte (George MacKay) al psiquiátrico donde se le ha practicado una lobotomía. Así pues, Bill se mira frente al espejo de Johnny Barrett (en la piel de Peter Beck) de Shock Corridor. Sería Constante Towers, la actriz que encarna a la heroína del siguiente film de Sam Fuller, Una luz en el hampa (1964), la que protagoniza, junto a Jake, la secuencia final de esta estimable serie que combina documento histórico con un clásico del fantastique, el de los «viajes en el tiempo». 

domingo, 13 de agosto de 2017

«WAYWARD PINES» (2015, TEMPORADA 1): MI IDAHO PRIVADO

De manera simultánea al “resurgimiento” de M. Night Shyamalan dentro de la escena cinematográfica con la estimable La visita (2015) y la magnífica Múltiple (2016) –un auténtico magisterio interpretativo por parte del escocés James McAvoy—, el cineasta de origen hindú se sumó a la participación en la elaboración de series de televisión pero con una condición previa. Ésta razona sobre la voluntad de dirigir nada más que el episodio piloto de Wayward Pines (2015-     ), cuyo material de partida deviene la trilogía escrita por Blake Crouch. Prácticamente coincidiendo con la entrada del tercer volumen en imprenta —The Last Town— el canal Fox dio luz verde a la puesta en marcha de una serie que concitaba, más allá de los seguidores que arrastraba la obra pergeñada por Crouch, un interés nada desdeñable la presencia al frente del reparto de Matt Dillon y de Shyamalan asumiendo el bastón de mando a través de posicionarse en el cargo de productor ejecutivo. Con ello, Shyamalan se garantizaba que su primer envite televisivo, en cierta forma, entrara en “armonía” con su propia obra cinética, a pesar que él no se responsabilizara de la firma de los guiones. Mas, el reparto de papeles dentro del apartado técnico estaba asignado de antemano, siendo Chad Hodge el showrunner de Wayward Pines, un título cuya “sonoridad” recuerda de soslayo a la serie Twin Peaks, hoy en día en boga verbigracia de la salida a la luz de nuevos episodios para regozijo de la “parroquia” lynchiana. Bien es cierto que en una primera aproximación a Wayward Pikes podemos colegir que el universo creado por Mark Frost y David Lynch para Twin Peaks favorece a alimentar ciertos paralelismos entre sendas series norteamericanas. Pero, más allá de esta primeriza impresión, a las que podría añadirse idílicos pueblos del interior del país estadounidense plasmados en la gran pantalla —el Lumberton de Terciopelo azul (1986) del propio Lynch, o el enclave pictórico de Big Fish (2003), maniobrada tras las cámaras por Tim Burton—, Wayward Pines, excusa decirse, participa de un tratamiento narrativo “hermanado” con propuestas anteriores de Shyamalan –en especial, El bosque (2004) en cuanto a la concepción de una sociedad secreta, hermética y jerarquizada— y sobre todo con la obra de Stephen King. No en vano, en determinados pasajes Wayward Pines adopta un carácter mimético en relación a piezas literarias de King socorridas por nocios simples, pero efectivas, caso de Los chicos del maíz.
    A estas alturas, resulta difícil aseverar si Wayward Pines ha resultado un ejercicio de “distracción” prescindible por lo que atañe a la singladura profesional de Shymalan, o por el contrario, podríamos tildarlo de un ejercicio estimulante que, lejos de colisionar con el corpus de su obra, lo complementa. En cualquier caso, Wayward Pines bebe de las mismas fuentes que ese manantial de esos mundos futuros manufacturadas con una orientación a caballo entre la utopía y la distopía que ataca al corazón de series coetáneas como El cuento de la doncella (2016-) —a partir de la novela homónima de Margaret Atwood, una influencia más que presumible en los trabajos de Crouch— o Westworld (2015-). A efectos historiográficos vinculados al análisis de la «Edad de Oro de las series de televisión» en el siglo XXI este carácter ambivalente es el que legitima el interés por Wayward Pines, independientemente del apunte que comporte que su primer episodio hubiese sido dirigido por un destacado enfant terrible finisecular como Shyamalan. Ciertamente, el autor de El sexto sentido marca su propio estilo –patente, por ejemplo, en esos trávelings circulares que envuelven, en esta ocasión, al personaje del agente del FBI reciclado a sheriff local Ethan Burke (Dillon)--, aunque Wayward Pines no anda corto de directores de cierta enjundia. Entre éstos figuran James Foley y Tim Hunter (por dos veces: The Friendly Place On Earth y Cycle), un viejo conocido de Matt Dillon tras haberlo dirigido en Ángeles sin cielo (1993). Ambos se despiden de la serie en el episodio postrero, cerrando así un círculo que da paso a uno nuevo ya sin el concurso de algunas de sus piezas principales del tablero, el propio Dillon y Toby Jones, en el rol de un científico-visionario que juega a ser Dios en ese «Idaho Privado» bautizado con el nombre de Wayward Pines. Eso sí, repiten Melissa Leo, Carla Gugino y Hope Davis para una segunda temporada que había quedado en stand by durante unos meses, a la espera de confirmación oficial para una eventual renovación.                  

martes, 25 de agosto de 2015

«NEIL YOUNG. SPECIAL DE LUXE: MI VIDA AL VOLANTE» (2015): A REBUFO DE SCOTT YOUNG

En noviembre Neil Young cumplirá setenta años. Dado su historial clínico, su adicción a distintas sustancias psicotrópicas sostenida durante décadas y sus antecedentes familiares (en especial, el proveniente de vía paterna, fallecido después de sufrir demencia senil), que llegue a esta edad con sus facultades físicas relativamente intactas representa todo un logro. Mas, las razones que impulsaron hace unos años a Neil Young a seguir una actividad literaria en paralelo a su quehacer diario se deben, en buena lid, a esa necesidad acuciante por explicar cosas que habían quedado en el tintero antes de recibir la visita de un sombrío personaje empuñando una guadaña… De tal suerte, en 2012 emprendió la que muchos interpretaron una fugaz tarea literaria con Neil Young: el sueño de un hippie pero que se puede formular más extensa de lo esperado. Así parece refrendarlo la aparición en el mercado editorial el año pasado de Special DeLuxe: A Memoir of Life and Cars (2014), traducida en lengua castellana en tiempo récord por Editorial Malapaso, con su bautizo en librerías (virtuales y físicas) prevista para septiembre del año en curso. Para la ocasión, Abel Debritto, el traductor del texto seminal a la lengua cervantina, debió familiarizarse con ese mundo del motor que ruge en las páginas de la presente monografía de una manera singular, a golpe de cita de un rosario de automóviles que, en menor o mayor grado, han acompañado a lo largo de unos sesenta y cuatro años a Neil Young, posiblemente desde que el canadiense se subiera al coche de un comerciante de la zona donde residió a los seis años y lo arrancó. Acto seguido, el pequeño Neil Young supo que podía ponerlo en movimiento. Magic time. Una experiencia demasiado poderosa para pasar desapercibida. De aquel temprano vínculo con el mundo del motor nacería una pasión que perduraría en el tiempo y que le serviría para hilar un relato biográfico con un posicionamiento más ortodoxo que su primera tentativa literaria, al menos hasta la altura de la páginas doscientos (aproximadamente) donde el texto derrapa hacia la autopista de otra de sus obsesiones, esta de carácter otoñal, la que le compromete con favorecer la implantación de automóviles accionados por biocombustibles ecológicos y así aparcar paulatinamente el uso de combustibles fósiles cuyos recursos son cada vez más limitados. 
    Al igual que me ocurrió con la lectura de Neil Young: el sueño de un hippie (2014, Malpaso Editores), un éxito de ventas que sorprendió a la propia empresa, este Special DeLuxe  se ha ido devorando capítulo a capítulo en poco más de un día (con su correspondiente noche), prueba palmaria que Neil Young posee una innegable capacidad narrativa fuera de las fronteras de su fecundo cancionero. Si no hubiera sido así, lo normal hubiera sido que dejara enfriar el texto para retomarlo al cabo de unos días o quizás unas semanas con el sentido del “deber” cumplido y poco más. No era fácil resolver la ecuación de integrar historias de coches con un relato personal, pero Neil Young, a mi juicio, lo ha conseguido sin que perdiera interés ninguno de estos aspectos. Sin ser un extraordinario aficionado a los automóviles, me he acomodado en la parte trasera del coche que conduce Neil Young para dejarme guiar por ese recorrido vital repleto de obstáculos —algunos bien conocidos, como el relato en primera persona del singular del diagnóstico de la polio y posterior ingreso hospitalario, o los ataques de epilepsia sufridos especialmente durante su juventud y que le llegaría a descabalgar de algunas actuaciones con los Buffalo Springfield—, donde el fin último deviene la música. Un relato que nos sirve para ir colocando las piezas de ese puzzle gigantesco que lleva la rúbrica de Neil Young y en la que no falta la imagen en el cuadro de un modelo de automóvil en representación de una nutrida colección de la que parcialmente debió desprenderse en 2010, sabedor que el descenso en picado de las ventas de discos aconsejaba acotar esos caprichos de «estrella del rock», tal como él se autodenomina con cierta ironía. La misma que emplea para referirse en una suerte de prólogo a su indecisión al decantarse por la inclusión o no de la historia de los perros que tuvo bajo su tutela o de su entorno familiar y/o fraternal para su segunda incursión literaria en la que nuevamente se coloca frente al espejo de la vida. La decisión, concluye, duró una hora. Un guiño humorístico que encuentra asidero en no pocas páginas de esta obra cincelada con una prosa que invita a creer que Neil Young heredó el talento literario de su padre Scott Young, pero sus compromisos musicales le impidieron sacar a la luz hasta hace unos años. Neil Young podría enfrentarse perfectamente a la escritura de una novela y salir bien librado. Tiene pulso para ello. Posee una proverbial mente creativa, requisito imprescindible para trazar un relato que se adentre en el terreno de la ficción y sepa sacar partido de las infinitas posibilidades que se le ofrecen. Asimismo, acredita un “doctorado” en dolor, una herramienta que puede servir a la causa de un relato en clave de terror, por ejemplo, a la estela de Christine y Buick 8: un coche perverso —extraído de la canción de idéntico título compuesta por Bob Dylan—, sendas novelas escritas por Stephen King donde los automóviles adoptan un rol principal. De seguir esta veta, Neil Young no precisaría dedicar demasiado tiempo a la fase de investigación sobre numerosos modelos de automóviles —desde todoterrenos hasta Mercedes o Buicks pasando por el Lincoln Continental sobre cuyo molde mandaría construir su prototipo de coche, el LincVolt, propulsado con biocombustible—, a los que él mismo ha dibujado para ilustrar una de las obras biográficas más honestas, sinceras y bien hilvanadas con su preceptivo toque de originalidad firmadas por un músico de nuestro tiempo. Con este background en calidad de escritor Neil Young amplía su leyenda cada vez menos desconocida por estos lares gracias al empeño de editoriales como Malpaso. A tal efecto, para cualquier buen aficionado a la música con la mirada puesta en sus grandes figuras, Neil Young. Special DeLuxe: Mi vida al volante supone una elección que está lejos de decepcionar. Más bien, corrige y aumenta al precedente literario que lleva la rúbrica del genio canadiense.              

domingo, 20 de mayo de 2012

LOOKING FOR OLIVER STONE

A cuenta del boxoffice (Seizure computa entre las operas primas privativas de una distribución comercial regular en cualquiera de sus formatos posible), La mano (1981) se corresponde con el debut en la dirección de largometrajes de Oliver Stone (1946, Nueva York) . La historia parte de la novela The Lizard’s Tail («La cola de la iguana») de Marc Brandell que hubiera tenido todas las prerrogativas para que su desarrollo argumental —la de un dibujante de cómics que, debido a un accidente, pierde su mano, y acaba convirtiéndose en un asesino cuando se le trasplanta su miembro amputado— lo hubiera suscrito Stephen King. No es el caso, empero, de JKF, caso abierto (1991), de la que poco debió servir su revisión por parte de King a la hora de afianzar la propuesta argumental de su última novela, 23/XI/1963 (2012) en que, a través del ardid de los viajes en el tiempo, razona en contra de la teoría conspiratoria en torno al asesinato de John F. Kennedy, al que se agarra con uñas y dientes el film dirigido por Stone. Más bien, el razonamiento de King se muestra en sentido opuesto, llegando a la conclusión de que Lee Harvey Oswald actuó solo, y que su posterior asesinato a manos de Jack Ruby desataría el tarro de las esencias conspiranoicas, desechando la versión oficial amparada por el Informe Warren. Hace tiempo que no visito la literatura de King pero la novela en cuestión puede llevarme nuevamente sobre su obra. Un tema éste, el de imbricar los saltos en el tiempo con el futuro que aguarda a un político proyectado a ocupar plaza en la Casa Blanca o instalado en la misma, no resulta novedosa en la literatura del escritor de Maine y que emparenta, en cierta medida, 23/XI/1963 con La zona muerta (1979) y desde un prisma más vinculado al retrato sociológico de una época, la segunda de las piezas que se integran dentro de la colección Corazones en Atlantis (1999).
El planteamiento de la novela de King de reciente publicación en nuestro país —en Plaza & Janés— propicia que un individuo en la actualidad del siglo XXI realice un salto temporal que lo sitúe en la América de finales de los años cincuenta, a un lustro vista de sustanciarse la muerte de John F. Kennedy en Dallas. El individuo hace las veces de narrador, siguiendo el desarrollo de la vida cotidiana de Lee Harvey Oswald, quien pasó una temporada en Cuba llamado por esa fiebre revolucionaria promulgada por el castrismo y por Che Guevara. Interpreto que para King esa estancia de Oswald en la isla caribeña ni el posterior episodio de la invasión de Bahía Cochinos no sirvió a la causa de un entramado de intereses que acabaran por aliarse para atentar contra JKF. Oliver Stone, en cambio, crearía esos espacios en su película dispuestos a alimentar la teoría del magnicidio. El hecho de que el mayor de los Kennedy abortara, a última hora, el plan de invasión de Bahía Cochinos durante los días de la "crisis de los misiles", Stone lo interpretaría como un factor determinante para que ciertos lobbies de la sociedad estadounidense vieran con buenos “ojos” un hipotético asesinato del máximo dirigente de la Casa Blanca. Al cabo, esa visión que colocaba en el punto de mira a sectores republicanos en su derivación extremista de lo que hoy colegimos como tea party, pareció merecer la aprobación de Fidel Castro, quien merced a ese giro al inferno que adoptaría la singladura profesional de Stone, pasaba a formar parte de material susceptible de rodar. A ello se consagraría Stone, al ejercicio de tributo a la figura de Fidel Castro en el diptico Comandante (2003) y Looking for Fidel (2004). Castro colaría unas cuantas mentiras de estado por la escuadra a un Oliver Stone, al que por ejemplo, el tema de los terroristas de ETA acogidos por el gobierno cubano le debía sonar a música celestial en forma de grupos revolucionarios. Julio Antonio Alfonso Fonseca, el alto funcionario del Partido Comunista Cubano (PCC) que tuteló a la comunidad de etarras en suelo caribeño por espacio de quince años, coloca en el disparadero a Fidel Castro a través de las declaraciones que se puede leer en la edición digital de El país (http://www.elpais.com/). Una más de tantas falsedades que adornan al personaje, a propósito de esa comunidad de miserables etarras residentes en Cuba bajo protectorado de su gobierno. Cuando vi Comandante y Looking for Fidel no pude dar crédito al porqué Stone se había prestado a las reglas impuestas por Fidel Castro, en otro más de sus mecanismos de propaganda que ya pocos compran. Con todo, sigo creyendo que Oliver Stone dio lo mejor de sí en esa franja temporal que cubre desde la primera mitad de la década de los ochenta hasta mediados los noventa, esto es, los que delimitan Salvador (1985) y Nixon (1995). Puestos a escoger, entre mis favoritas sigue figurando Hablando con la muerte  (1988) y The Doors (1991), esa otra iguana (así se autodenominaba el vocalista Jim Morrison cuando su parte mística le superaba por todas partes) a costa del legendario grupo de los sesenta que alimentaría un prestigio que él mismo se encargaría de ir sepultando a marchas forzadas. Ni siquiera el recurso de aferrarse a prologar un éxito de antaño, Wall Street (1987), ha servido a Stone para congraciarse con esa parroquía que asistía con entusiasmo a dar su bendición en taquilla en esos años de lucidez fílmica en los que aún no asomaban "iluminados" de la política con pedigrí de dictadores.  

sábado, 24 de septiembre de 2011

EN EL «GRAN MÁS ALLÁ» DE LA DESPEDIDA DE R. E. M.

En las páginas de ese brillante ensayo llamado Mientras escribo (2001, Plaza & Janés), con un Stephen King expresándose a corazón abierto al poco de haberse enfrentado cara a cara con la muerte fruto de un accidente que dejó una de sus piernas hecha añicos, recalcaba su oposición a firmar un contrato editorial a modo de anticipo de una novela que aún estaba por plasmarse en el papel. De igual manera que la inspiración puede llegar en cualquier momento, el bloqueo creativo puede sobrevenirle a uno, entre otras cosas, bajo la presión ejercida por un contrato de cifras mareantes que se adivina un arma de doble filo. Aún tierna la noticia de la separación de R. E. M., uno de los motivos que cabe tomar en cuenta para semejante decisión arranca desde la fecha que la banda de Athens parecía vanagloriarse de haber suscrito el contrato de su(s) vida(s) con Warner. Al parecer, los directivos del sello discográfico tuvieron tan mal ojo de halcón como las agencias destinadas a regular el mercado bursátil y financiero en los Estados Unidos hace unos cuantos años. El montante astronómico que se llevaría R. E. M. por cinco discos aún por fabricar daba la medida de una industria que nadaba en la abundancia sin haber hecho una mínima simulación, en el peor de los escenarios —una práctica habitual en economía— de las consecuencias del avance de las nuevas tecnologías capaces, cuál maremoto, de borrar de un plumazo un core business que, a todas luces, tenía los meses contados. Confiar que una banda arraigada en la tradición de la escena indie por espacio de una década cambiaría de tal modo el chip que la comodidad de tener resuelta la existencia n veces sería la ecuación perfecta para dar lo mejor de sí era demasiado confiar. Como tantos otros, disco tras disco confié que R. E. M. brillara a similar altura que sus piezas maestras en ese punto de giro —a distintos niveles— que representaría la publicación de Out of Time (1991) y Automatic for the People (1992). Pero esa dicha no llegaría, aunque los ramalazos de grandes piezas quedarían encofrados en CD’s que, como el buen vino de crianza, han madurado bien: Reveal (2001) y Around the Sun (2004). El sentido autocrítico de Michael Stipe, Mike Mills y, en especial, Peter Buck, hace tiempo les llevaría a mover ficha, primero con un amago de tomarse algún que otro año sabático y luego reconsiderando la decisión en frío con un cambio de productor —Garret «Jacknife» Lee en lugar de Pat McCarthy— que, a mi modo de ver (algo que puse de manifiesto en un anterior post a propósito de la edición de Collapse into Now: ir a enlace), sumiría aún más en el pozo creativo a la banda.
   Si tengo que ser sincero, la ruptura de uno de mis grupos favoritos no me ha pillado por sorpresa. R. E. M. hubiera podido mantener el piloto automático para la gente que quisiera seguir escuchándolos y pasar por caja, cada vez más con las ventas en fase menguante. Cabía confiar, pues, en la militancia de aquellos que crecieron a ritmo de Losing my Religion o Man On the Moon para que la franquicia siguiera en pie mientras los millonarios Stipe, Mills y Buck iban tirando de los réditos de un contrato que había sido la envidia de la plana mayor de las formaciones rockeras del orbe mundial. Pero la honestidad les ha podido. El sentido de la amistad les mantuvo a flote en un naufragio creativo que cruzó de punta a punta la década pasada con algún que otro destello discográfico. Puede que el contacto entre ellos se vaya perdiendo al trazar vidas diferentes, en sitios distintos y la idea de una refundación de la banda se vaya perdiendo en un horizonte muy remoto. Sin embargo, allá donde estén, cuando el sueño les pueda vencer y entren en la fase R. E. M. (Rapid Eye Movement) se recrearán en el recuerdo de aquel periodo en Athens donde cuatro chicos confiaron en sus posibilidades e hicieron posible el milagro de no aparcar ese carácter auténtico cuando el éxito internacional les sobrevino. La presión por haber firmado un contrato que les comprometía, en el apartado creativo, a medio o largo plazo quizás haya sido la tumba artística de R. E. M. Pero, como seguidor de R. E. M. desde los tiempos de Automatic for the People —para un servidor, uno de los mejores discos de rock de la década de los noventa— el comportamiento de la banda estadounidense ha sido prácticamente inmaculada. Demasiada honestidad para pensar lo contrario para un grupo al que seguiré visitando a través de los auriculares año tras año para que un supuesto retorno no me pille con la guardia baja. Si lo hacen será con el «trío de oro» —lealtad obliga— como las tres letras cuyas iniciales se refieren a la fase de sueño profundo. Profunda también ha sido la huella que han dejado para los aficionados a la música de rock en aquel periodo en que semejante arte guardaba un significado especial. Gracias Michael, Mike, Pete y también Bill (Berry), que formaste parte de ello. Y seguiremos esperando que the great beyond nos proporcione el marco de un reencuentro, aunque tan sólo fuera por una noble causa. Bien que lo sabe el combativo abogado de las causas perdidas (o no tan perdidas) —justas, en todo caso—, Michael Stipe, genio y figura incluso en la despedida, tan sentida como meditada, tan honesta como tristemente imaginada.  


Invitación a escuchar una miscelánea de temas en Youtube en homenaje a R. E. M., iniciado con uno de mis temas favoritos The Great Beyond

lunes, 14 de junio de 2010

NEIL JORDAN EN «SCIFIWORLD» (JUNIO DE 2010, Nº 27)

Creo recordar que mi primer encuentro con el cine de Neil Jordan fue visionando un programa doble donde se proyectaba En compañía de lobos (1984), junto con El resplandor (1980). Sin margen a equivocarme la principal motivación de aquella doble oportunidad debió ser el film de Stanley Kubrick en tanto que adaptación de una novela de Stephen King por el que confieso me pasé una larga temporada familiarizándome con cada una de sus aportaciones indirectas a la gran pantalla mientras me enfrentaba a la lectura de algunos de sus textos —Carrie, Cujo, La zona muerta, Cementerio viviente, It, La larga marcha (bajo el pseudónimo de Richard Bachman), etc.—. Muy poco o nada podría decir por aquel entonces de Angela Carter, la coguionista y autora de tres de los cuentos —en el mejor de los casos, de la extensión de la mitad de un capítulo de una las voluminosas obras de Mr. King— en que se basa —al margen de La caperucita roja de Charles Perrault— In Company of the Wolves, incluidos todos ellos en la edición de La cámara sangrienta y otros cuentos (1979) a cargo de Minotauro. Es curioso que aquella sesión doble haya sido, en cierta medida, la semilla —seguramente había visto con anterioridad 2001: una odisea del espacio (1968) aprovechando alguna de sus múltiples reposiciones— de un libro consagrado a Stanley Kubrick (Dirigido por... Colección Serie Mayor nº 9, 1999) y ahora un extenso artículo sobre los films fantásticos de Jordan en la revista Scifiworld (junio 2010, nº 27). Además de En compañía de lobos el artículo en cuestión hace un análisis de la polémica en su día Entrevista con el vampiro (1994) e In Dreams (dentro de mis sueños) (1999), que adolece de una segunda parte consistente en contraposición con un arranque y una parte expositiva bastante interesante. A la espera de publicar pronto dentro de la misma revista el análisis de Ondine (2009), el último largometraje del cineasta irlandés antes de enfrascarse en la confección de un episodio piloto sobre la saga de Los Borgia, me satisface poder difundir el conocimiento de la obra de Neil Jordan. De todos los cineastas que surgieron en la década de los ochenta para adelante, Jordan ocupa un lugar preferente porque cumple un requisito fundamental: sus guiones presentan una robustez absoluta, en la mayoría de los casos satisfechos tras un proceso de encaje de relatos o cuentos cortos de raíz tradicional. En este aspecto, Jordan gana distancia frente a la plana mayor de sus colegas porque tiene un conocimiento enciclopédico de esa narrativa que ha cultivado como escritor, una faceta que ha quedado en una zona de penumbra o de pura opacidad incluso a los ojos de aquellos que le sitúan en el terreno de los directores más solventes del cine contemporáneo.
Después de En compañía de lobos he ido viendo cada una de las películas dirigidas y/o guionizadas por Neil Jordan de una forma algo atropellada, pero confiando que sobre una sólida base se asentarían propuestas de calado. El balance hasta la fecha es más bien favorable, e incluso advierto que en segundos o terceros visionados me ganan títulos como Juego de lágrimas (1992) o El buen ladrón (2002), en la que demuestra como ha llegado a dominar el lenguaje cinematográfico tomando como punto de partida Danny Boy / Angel (1982) —su bisoñez es ampliamente puesta sobre el tapete en una larga entrevista que se incluiría en Mis primeras películas (2001, Alba Editorial)—. En mi particular abecedario sobre cine, pues, no falta en la «J» Jordan, de nombre de pila Neil como otro gigante con pies de hierro. Si los hados le son favorables, creo que Neil Jordan en un futuro cercano o lejano, tiene acceso a rodar una obra maestra. De momento cuenta con algunas grandes películas —las citadas Juego de lágrimas y El buen ladrón—, un amplio muestrario de buenas películas y unos cuantos títulos que no llego a entender cómo se involucraría en los mismos —encabeza este deshonroso ránking la lamentable El hotel de los fantamas (1988)—. Mención aparte merece para un servidor En compañía de lobos, ejercicio de licantropía sublimado por un efecto hipnótico al que no sería ajeno la partitura de George Fenton, un compositor británico admirable. Sin duda, esa impresión debió calar en mi ánimo a la salida de aquella vespertina sesión en un cine sito en las proximidades del instituto de L’Hospitalet de Llobregat donde cursé estudios medios. Long time ago...

domingo, 17 de enero de 2010

ROD SERLING (1925-1975): UN ESCRITOR DE OTRA «DIMENSIÓN»


La llegada al mundo de Rodman Edward Serling el día de Navidad de 1925 fue una «bendición» para todos aquellos que apreciamos su contribución en el campo del audiovisual sostenida a lo largo de un cuarto de siglo. Cuando está a punto de cumplirse treinta y cinco años de su fallecimiento, me parece de justifica regresar sobre la figura de Rod Serling, al que se le debe la confección de una serie, Dimensión desconocida (1959-1964) —Twilight Zone en su original— que he tenido oportunidad de revisar, en parte, estos días. Asimismo, cabe destacar una labor como guionista cinematográfico que, a menudo, se ha relativizado, pero que excuso decir que pocos profesionales del medio que engloban a todas las épocas pueden presentar una hoja de «servicios prestados» tan inmaculada, en la que se concentran propuestas de diversa índole: la ciencia-ficción con resabios filosóficos —El planeta de los simios (1968), aunque el impactante final corresponde su autoría a Blake Edwards, el director que figuró al principio del proyecto antes de la entrada de Franklin J. Schaffner—; la política-ficción —Siete días de mayo (1964)—, el drama pugilístico —Réquiem por un campeón (1962)—, el drama social —Patterns (1956), para mi gusto, la primera gran película que brindaron los integrantes de la denominada «Generación de la televisión»— e incluso un drama que alcanza la realidad de nuestros días —The Man (1972), en la que una cadena de (fatales) acontecimientos llevan a un senador de raza negra (James Earl Jones) a ser presidente de los Estados Unidos—.
Después de haber pasado medio siglo desde la emisión del primer capítulo de Twilight Zone el observar cómo hoy en día la serie creada por Rod Serling —cuyo embrión había sido The Storm, un experimento catódico que se desarrollaría en los modestos platós de una emisora local de Cincinati, Ohio— alberga una serie de temas que nos mueven a reflexionar, a interrogarnos sobre nuestro propia naturaleza es indicativo de su vigencia. Salvo excepciones, cada episodio de las primeras cinco temporadas son como «cápsulas» que no sobrepasan la media hora de duración, ofreciéndonos un abanico de temas de una extraordinaria riqueza, pero con preferencias hacia los viajes en el tiempo —Back There (1961), The Odyssey of Flight 33 (1961), A Hundred Years Over the Run (1961), Once Upon a Time (1961), No Time Live the Past (1963)—. Un tema que Richard Matheson —uno de los guionistas más recurrentes de la serie, junto a Charles Beaumon— desarrollaría en diversas novelas y relatos cortos. De los ciento cincuenta y seis episodios que conforman la primera etapa de Twilight Zone —emitidos (no la totalidad de los mismos) en su día por el canal autonómico de TV3— difícil resulta señalar preferencias entre tan excelsa oferta servida, a veces, de una forma muy distinta en su concepción visual en función del director de turno —por allí desfilaron Stuart Rosenberg, Richard Donner, John Brahm, Lamont Johnson e incluso Jacques Tourneur, por citar algunos que habian dado o dieron el paso a partir de entonces a la gran pantalla—, pero es harto improbable borrar de la memoria algunos capítulos. Entre éstos, señalaría Nightmare at 20,000 Feets (1963) —con guión de Matheson y dirección en el haber de Donner— que Joe Dante adaptaría para su segmento de En los límites de la realidad (1983); Number 12 Looks Just Like You (1964), confeccionada bajo el ascendente de Aldous Huxley al presentar una sociedad futura que ha dado con el elixir de la eterna juventud al calor de haber eliminado cualquier rastro de enfermedad—, The Invaders (1961) —con música de Jerry Goldsmith y nuevamente Matheson al mando del script—, en el que campan a sus anchas figuras extraterrestres para pasmo del personaje encarnado por Agnes Moorhead, o The Obsolete Man (1961), de aires bradburianos en la confección de una sociedad que prohibe la práctica de la lectura. Rod Serling participó en la confección de numerosos guiones para una serie que tras la muerte de su creador se ganaría la aureola de mítica. Para muchos escritores y cineastas Dimensión desconocida no pasaría inadvertida; la visión de la misma en sus etapas de infancia y adolescencia estimularía una capacidad creativa que «explosionaría» años más tarde. Baste el ejemplo de Stephen King, en cuyo subconsciente debió permanecer un pasaje de The Trouble with Templeton (1960), en la que un veterano actor de Broadway (Brian Aherne) regresa al año 1927 donde se recrea un escenario muy similar al que acontece en la Habitación Azul de El resplandor (1977), o el capítulo Mute (1963), cuya premisa argumental —en la que cohabitan la telequinesia y la piromanía— encontraría inspiración para Ojos de fuego (1980). Sendos relatos que llevarían la rúbrica de King acabarían transfiriéndose al medio cinematográfico, del que Rod Serling se despedía con la narración en off —no acreditada— de El fantasma del paraíso (1974), otra de las producciones de enjundia en las que participó el escritor neoyorquino, artífice asimismo de otra serie, Galería nocturna, de menor repercusión a todos los niveles. La muerte le sobrevino a los cincuenta años al sufrir un ataque al corazón en la mesa del quirófano. Más allá de los confines del planeta tierra, en paralelo a una constelación de estrellas descansa Rod Serling. El lugar natural para este creador perteneciente a otra dimensión.... desconocida para las nuevas generaciones salvo que alguna distribuidora —pienso en Atelier 13 o Absolute— se digne a editar el póker de temporadas que Rod Serling presentaría exhibiendo sus hechuras de serious man, al estilo de su coetáneo Edward R. Murrow.