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viernes, 14 de septiembre de 2018

LA MINISERIE «22.11.63» (2016): REGRESO AL PASADO

Durante los años ochenta Stephen King (n. 1947) pasó a ser uno de los escritores cuya obra visitaba con asiduidad. Difícilmente se me escapaba una película que llevara el “membrete” de King, ya por aquel entonces una marca de éxito editorial de la que inopinadamente se aprovechaba para su “explotación” en el medio cinematográfico. En la medida que vas evolucionando y atiendes a renovadas inquietudes, paulatinamente fui aparcando las lecturas de novelas y relatos cortos de King, cada vez más “contaminados” por una composición más propia de un guión cinematográfica que de una pieza literaria en sentido estricto. Con el advenimiento del nuevo milenio, King ya no formaba entre mis lecturas, aunque atendía a las noticias relativas el escritor de Maine, llamándome la curiosidad el título nominal de una de sus voluminosas novelas, 22.11.63 (2011). Para los que solemos desviar más de un pensamiento sobre la figura de John Fitzgerald Kennedy (1914-1963) al cabo de cada año, esta fecha ha quedado grabada a perpetuidad. Ochocientas sesenta páginas era un plato demasiado copioso para que no se me atragantara tras varios años de ayuno de la prosa de Stephen King. Siete años después de aquella presentación en sociedad, quizás sea el momento de volver a la obra literaria de King, y en concreto la "mastodóntica" 22.11.63, máxime tras haber visto la miniserie homónima estrenada en febrero de 2016. En un formato convenientemente ajustado a la extensión de la novela —ocho episodios  con una duración de algo más de una hora para el primer y el último, y unos cuarenta y dos minutos los de “en medio”— 22.11.63 sirve de anticipo para uno de sus principales impulsores —J. J. Abrams— de la ambiciosa producción Castle Rock (2018) que aguarda estreno en las plataformas digitales como Neflix para estas fechas. Si bien Castle Rock persigue un propósito de homenaje continuado del universo King, en 22.11.63 no faltan alusiones –algunas un tanto veladas— a la obra del ya septuagenario escritor norteamericano. Seguramente, para los no familiarizados al detalle del contenido de las novelas de King y, por ende, de sus correspondientes adaptaciones cinematográficas y/o televisivas, les pueda pasar por alto la respuesta de Jake Amberson (James Franco) cuando la bibliotecaria Sadie Dunhill (Sarah Gadon) le pregunta en qué instituto ha cursado sus estudios medios. El nombre que da —Bates— hace alusión al instituto en el que celebra su graduación Carrie White en Carrie (1975), recubierta con la funda de la socarronería si atendemos a que se trata del famoso motel de la película de aquella época dirigida por Alfred Hitchcock. Precisamente, un devoto del cine de Hitchcock —véase su ascendente en la cinta El eslabón del Niágara (1979)—, Jonathan Demme, estuvo en negociaciones con Stephen King para que se ocupara de la dirección, de la producción y de los guiones de una miniserie vehiculada a nivel financiero por Bad Robots, la compañía de Abrams. La elección de Demme no había sido fruto del azar. King había reparado en su remake de El mensajero del miedo (1962), adaptación de la novela The Manchurian Candidate (1955) de Richard Condon en que un francotirador trata de atentar contra el presidente de los Estados Unidos de América. La novela de Condon resultó profética, quedando consignada una primera adaptación cinética un año antes del asesinato de Kennedy. Demme no dio su brazo a torcer en la defensa de un criterio artístico que no iba en sintonía con el del “padre de la criatura”, King. Haciendo acopio de una voluntad por controlar las distintas fases creativas, una vez descablagado del proyecto Demme, King ejerció de productor ejecutivo de 22.11.63, un “viaje al pasado” realizado por Jake Amberson con el objetivo de evitar el asesinato/magnicidio del máximo mandatario de la Casa Blanca. Bajo el férreo control dispuesto por King el proyecto siguió adelante hasta su concreción en la pequeña pantalla en 2016. Salpicada del juego (auto)referencial, 22.11.63 presenta en su “fondo de armario” trajes de tonalidades oscuras que combinan bien con el terror que produce la acción de un sádico, Frank Dunning (Josh Duhamel) que pretende asesinar a su esposa y sus dos hijos. No obstante, el objetivo del profesor Jake Amberson (James Franco, en un papel que no hubiese sido complicado "ver" a Matt Dillon) al regresar al pasado es dar con el paradero de Lee Harvey Oswald (Daniel Webber con un notable parecido con el joven filocomunista) para cambiar el rumbo de la historia. Siguiendo el itinerario narrativo marcado por King —suyos son la totalidad de  guiones de la serie—, el británico Kevin McDonald (poseedor de dos almas bien diferenciadas: la de storyteller de obras de ficción y la de documentalista) se encargó de un primer episodio —“The Rabbit Hole”— para luego ceder el testigo tras las cámaras a tres James —Kent, Strong y Franco— y al "todoterreno" Frederick E. O. Toye y John David Coles. Contribuciones dispares pero ceñidas a un estilo de realización que no busca epatar al espectador, sino quedar rendido al contenido de un relato que King empezó a barruntar a principios de los setenta. Sin embargo, el proyecto requería de un proceso de documentación cuyos “costes” no estaba dispuesto a asumir el prolífico King, dejando que reposara de manera conveniente en su particular bodega de proyectos en standy by. Ese grado de detallismo y de rigor histórico que queda plasmado en el papel jugó en beneficio de una estimulante miniserie cosecha del 2018 que, a mi juicio, ha flaqueado en su aparato promocional, incluida una horrible carátula que muestra un fugaz destello en forma de imagen de un guardaespaldas de John Fitzgerald Kennedy, peón de esa comitiva de seguridad que custodió de manera infructuosa al presidente de los Estados Unidos de visita a Dallas en una soleada mañana de noviembre de 1963, un año más tarde del estreno de la seminal El mensajero del miedo  y de hacer lo propio un par de meses antes Corredor sin retorno (1963), el film que gana al homenaje cuando Jake y Saddie visitan a Bill Turcotte (George MacKay) al psiquiátrico donde se le ha practicado una lobotomía. Así pues, Bill se mira frente al espejo de Johnny Barrett (en la piel de Peter Beck) de Shock Corridor. Sería Constante Towers, la actriz que encarna a la heroína del siguiente film de Sam Fuller, Una luz en el hampa (1964), la que protagoniza, junto a Jake, la secuencia final de esta estimable serie que combina documento histórico con un clásico del fantastique, el de los «viajes en el tiempo». 

domingo, 20 de mayo de 2012

LOOKING FOR OLIVER STONE

A cuenta del boxoffice (Seizure computa entre las operas primas privativas de una distribución comercial regular en cualquiera de sus formatos posible), La mano (1981) se corresponde con el debut en la dirección de largometrajes de Oliver Stone (1946, Nueva York) . La historia parte de la novela The Lizard’s Tail («La cola de la iguana») de Marc Brandell que hubiera tenido todas las prerrogativas para que su desarrollo argumental —la de un dibujante de cómics que, debido a un accidente, pierde su mano, y acaba convirtiéndose en un asesino cuando se le trasplanta su miembro amputado— lo hubiera suscrito Stephen King. No es el caso, empero, de JKF, caso abierto (1991), de la que poco debió servir su revisión por parte de King a la hora de afianzar la propuesta argumental de su última novela, 23/XI/1963 (2012) en que, a través del ardid de los viajes en el tiempo, razona en contra de la teoría conspiratoria en torno al asesinato de John F. Kennedy, al que se agarra con uñas y dientes el film dirigido por Stone. Más bien, el razonamiento de King se muestra en sentido opuesto, llegando a la conclusión de que Lee Harvey Oswald actuó solo, y que su posterior asesinato a manos de Jack Ruby desataría el tarro de las esencias conspiranoicas, desechando la versión oficial amparada por el Informe Warren. Hace tiempo que no visito la literatura de King pero la novela en cuestión puede llevarme nuevamente sobre su obra. Un tema éste, el de imbricar los saltos en el tiempo con el futuro que aguarda a un político proyectado a ocupar plaza en la Casa Blanca o instalado en la misma, no resulta novedosa en la literatura del escritor de Maine y que emparenta, en cierta medida, 23/XI/1963 con La zona muerta (1979) y desde un prisma más vinculado al retrato sociológico de una época, la segunda de las piezas que se integran dentro de la colección Corazones en Atlantis (1999).
El planteamiento de la novela de King de reciente publicación en nuestro país —en Plaza & Janés— propicia que un individuo en la actualidad del siglo XXI realice un salto temporal que lo sitúe en la América de finales de los años cincuenta, a un lustro vista de sustanciarse la muerte de John F. Kennedy en Dallas. El individuo hace las veces de narrador, siguiendo el desarrollo de la vida cotidiana de Lee Harvey Oswald, quien pasó una temporada en Cuba llamado por esa fiebre revolucionaria promulgada por el castrismo y por Che Guevara. Interpreto que para King esa estancia de Oswald en la isla caribeña ni el posterior episodio de la invasión de Bahía Cochinos no sirvió a la causa de un entramado de intereses que acabaran por aliarse para atentar contra JKF. Oliver Stone, en cambio, crearía esos espacios en su película dispuestos a alimentar la teoría del magnicidio. El hecho de que el mayor de los Kennedy abortara, a última hora, el plan de invasión de Bahía Cochinos durante los días de la "crisis de los misiles", Stone lo interpretaría como un factor determinante para que ciertos lobbies de la sociedad estadounidense vieran con buenos “ojos” un hipotético asesinato del máximo dirigente de la Casa Blanca. Al cabo, esa visión que colocaba en el punto de mira a sectores republicanos en su derivación extremista de lo que hoy colegimos como tea party, pareció merecer la aprobación de Fidel Castro, quien merced a ese giro al inferno que adoptaría la singladura profesional de Stone, pasaba a formar parte de material susceptible de rodar. A ello se consagraría Stone, al ejercicio de tributo a la figura de Fidel Castro en el diptico Comandante (2003) y Looking for Fidel (2004). Castro colaría unas cuantas mentiras de estado por la escuadra a un Oliver Stone, al que por ejemplo, el tema de los terroristas de ETA acogidos por el gobierno cubano le debía sonar a música celestial en forma de grupos revolucionarios. Julio Antonio Alfonso Fonseca, el alto funcionario del Partido Comunista Cubano (PCC) que tuteló a la comunidad de etarras en suelo caribeño por espacio de quince años, coloca en el disparadero a Fidel Castro a través de las declaraciones que se puede leer en la edición digital de El país (http://www.elpais.com/). Una más de tantas falsedades que adornan al personaje, a propósito de esa comunidad de miserables etarras residentes en Cuba bajo protectorado de su gobierno. Cuando vi Comandante y Looking for Fidel no pude dar crédito al porqué Stone se había prestado a las reglas impuestas por Fidel Castro, en otro más de sus mecanismos de propaganda que ya pocos compran. Con todo, sigo creyendo que Oliver Stone dio lo mejor de sí en esa franja temporal que cubre desde la primera mitad de la década de los ochenta hasta mediados los noventa, esto es, los que delimitan Salvador (1985) y Nixon (1995). Puestos a escoger, entre mis favoritas sigue figurando Hablando con la muerte  (1988) y The Doors (1991), esa otra iguana (así se autodenominaba el vocalista Jim Morrison cuando su parte mística le superaba por todas partes) a costa del legendario grupo de los sesenta que alimentaría un prestigio que él mismo se encargaría de ir sepultando a marchas forzadas. Ni siquiera el recurso de aferrarse a prologar un éxito de antaño, Wall Street (1987), ha servido a Stone para congraciarse con esa parroquía que asistía con entusiasmo a dar su bendición en taquilla en esos años de lucidez fílmica en los que aún no asomaban "iluminados" de la política con pedigrí de dictadores.  

lunes, 20 de junio de 2011

KENNEDY-LINCOLN: EXTRAÑAS COINCIDENCIAS

Generalmente reviso el capítulo de las escenas eliminadas —si las hubiere— que se encuentran entre el material de extras de los largometrajes de ficción editados en DVD ó Bluray sabedor de antemano que pocas sorpresas me puedo llevar al respecto. A grandes rasgos, se trata de material de derribo, reiteraciones sobre algún aspecto que ya queda reflejado en el metraje estrenado en salas comerciales, o colas de escenas que redundan sobre un mismo concepto. Empero, hace tiempo reparé en los contenidos adicionales de Gattaca (1997) —la deslumbrante opera prima de Andrew Niccol— una de cuyas secuencias hubiera merecido acoplarse a su final cut. Se trata, en concreto, de la escena final alternativa (Ver enlace) en que el objetivo de la cámara del cineasta neozelandés se proyecta sobre un cielo de estrellas donde van desfilando figuras reconocidas en distintos ámbitos —el artístico, científico o político, entre otros— mientras se lee a pie de foto la enfermedad hereditaria que padecieron cada uno por separado. Ello no fue óbice para que desarrollaran sus capacidades innatas y/o adquiridas, destacando en distintas áreas del conocimiento a escala internacional. Ese determinismo genético por el que se conduce el plot de Gattaca en el marco de una sociedad futurista donde los viajes planetarios son moneda de cambio común, hubiera provocado un efecto de cribado sobre esos seres que mostraban algún «defecto de fábrica» en su ADN, obteniendo como respuesta la condición de «no-aptos» para dar descendencia. Dos de esas personalidades que se citan en ese cielo ataviado de riguroso negro por Niccol se aplicarían en el campo de la política: Abraham Lincoln (1809-1865) y John F. Kennedy (1917-1963). Curiosamente, a ninguno de ellos las enfermedades genéticas que padecieron les imposibilitaría el desarrollo del ejercicio de sus profesiones por muy exigentes que estas fueran. Se sabe que Lincoln sufrió el síndrome de Marfan —la extensión de sus dedos y lo angulado de su rostro delatan algunos rasgos de esta enfermedad autosómica (ligada al sexo) dominante— y, por su parte, el mayor de los hermanos Kennedy se vio afectado por el síndrome de Addison —relativo a un déficit hormonal— combinado con un hiperitoidismo que crearía un cuadro de dependencia farmacológica de por vida desde el periodo —al poco de cumplir los treinta años— que le fue diagnosticado. De la lista de los cuarenta y cuatro Presidentes que ha tenido, a fecha de hoy, los Estados Unidos, John F. Kennedy y Abraham Lincoln fueron los únicos —al menos, que se sepa de una forma fehaciente— de haber padecido enfermedades hereditarias que, si bien no se contabilizan entre las más severas, hubieran condicionado su calidad de vida en una vejez que, por desgracia, ninguno de ellos alcanzaría. A partir de ese conocimiento sobre esas realidades consustanciales a sus respectivos ADN’s que no trascenderían en la época de sus mandatos, fui tirando del hilo hasta el extremo de descubrir una multiplicidad de conexiones entre uno y otro mandatario que abonan el terreno de la casuística pero, de carambola, el de la fiebre por las teorías conspiradoras.
   Hace unos días un enigmático correo redireccionado por mi buen amigo Jordi Marí me colocaría nuevamente frente a ese juego de espejos que representan, en no pocos aspectos, las personalidades de John F. Kennedy y Abraham Lincoln. La lista de coincidencias podría resultar prolija y un tanto cansina. Pero lo que resulta más chocante de todo es que en su conjunto muy pocas personas de este planeta, sin vínculo sanguíneo alguno y que no formen o formaran parte de una misma época, atesoran tantos puntos de conexión a nivel de fechas, datos, etc. como John F. Kennedy y Abraham Lincoln. Cualquiera mínimamente casado con el sentido común abriría los ojos como platos al llegar a la enésima coincidencia entre sendos moradores de la Casa Blanca. Pero basta para que se sostenga una verdad como un templo —la miríada de conexiones están allí y tan sólo hace falta ciertas dosis de paciencia para cotejar y contrastar datos en distintas fuentes bibliográficas, ya sea en papel o servidas por la red— para que alguien se afirme en sentido contrario. A lo uno siempre le surge su opuesto. El pan nuestro de cada día. En ese ejercicio de negacionismo se encomienda uno de los firmantes de los apartados que documentan la biografía de Abraham Lincoln en Wikipedia. Si Abe Lincoln y John Kennedy fueron asesinados un viernes, claro, la probabilidad es de 1 a 7; si los presidentes que les sucedieron se llamaban Johnson (Andrew y Lyndon Byron) se entiende que es un apellido bastante común; si fueron elegidos por el congreso con una diferencia exacta de cien años (1846 y 1946) tampoco representa algo revelador; si sus presuntos verdugos tenían nombres compuestos (John Wilkes Booth y Lee Harvey Oswald), ya se sabe que es un elemento que se suele repetir entre los asesinos psicópatas que alcanzaron fama por la significación de sus víctimas a lo largo de la historia contemporánea (a ello me referiré en un futuro post)… Pero, una vez más, los árboles no dejan ver el bosque. Ese bosque, el de la combinación de innumerables conexiones, algunas más obvias, otras tantas que llaman al asombro (en particular, me quedo de piedra cuando releo que Lincoln fue asesinado en el Ford Theatre mientras que el coche fabricado por la Ford donde realizaría su último viaje JFK era un Lincoln…), nos debería llevar al convencimiento que dos de los máximos mandatarios de la Casa Blanca más carismáticos debieron o han debido conocerse en algún que otro momento en una vida paralela… La cinematográfica podría ser una de ellas: las líneas de diálogo se escriben por sí solas. La explicación del porqué el celuloide o el digital no se ha encargado aún de plasmar ese encuentro en la cumbre celestial entre Lincoln y John F. Kennedy —departiendo amistosamente sobre esas interminables coincidencias que les conectan fuera y dentro del despacho Oval— se debe, en buena medida, al respeto cuando no veneración que siguen despertando sendas personalidades en los Estados Unidos. En particular, a pocos años de celebrarse el centenario de su nacimiento, buena parte de la sociedad norteamericana sigue vistiendo de luto sus pensamientos al rememorar a JFK. No pierdo, sin embargo, la esperanza de que esa idea se traduzca en la gran pantalla a través de cineastas militantes de la heterodoxia del perfil de los dos «Nicolas» aún en activo —Roeg y Meyer (el de Los pasajeros del tiempo, of course), o de un Oliver Stone de retorno a sus orígenes delirantes —Seizure (1974)—, y con las antenas nuevamente orientadas hacia la Casa Blanca. Stone podría completar, de esta forma, su particular póker de Presidentes de los Estados Unidos (Lincoln, Kennedy, Nixon, George W. Bush) retratados a través de su cámara. De ser así, otro motivo de coincidencia se daría en el ínterin: nació el mismo año que Kennedy resultó electo por el congreso —1946— y, por consiguiente, cien años después que lo hiciera Lincoln. Suma y sigue.             

lunes, 25 de abril de 2011

CADÁVERES EXQUISITOS, EDITORES «NECRÓFAGOS»

En pocos lugares del planeta se da una fiesta que, contra viento, lluvia y marea, se ha mantenido incólume su celebración el día de Sant Jordi, el 23 de abril, en Catalunya. Un modelo, el de regalar rosas y libros, que ha tratado de exportarse en países como Japón, pero que evidentemente con la situación actual vivida en aquellas latitudes no están para demasiados fastos. Realmente, me parece un motivo de orgullo de que esa tradición haya arraigado con fuerza en la tierra que un servidor ha nacido, pero detrás del oropel, de esa apuesta por la cultura se esconden no pocas prácticas, maniobras o subterfugios que escapan al buen nombre de una festividad que reivindica un espacio propio para la lectura en cada uno de nosotros. Una vez más, un bosque copado de mediáticos no ha dejado ver la realidad de escritores de tronío agazapados en los matorrales de pequeñas, modestas, minúsculas editoriales, pero también han quedado fuera del alcance —en este caso, por suerte— esos árboles que agitan sus ramas sacudidas por parte de editores (sic) «necrófagos» con el afán de reclamar su cuota de atención. Me refiero, en concreto, a la publicación de Cadáveres exquisitos (2011, Ed. Península) de Thomas T. Noguchi, que ejemplifica hasta qué punto la desesperación por vender en mayúsculas conduce a que editores desprovistos de escrúpulos se lancen al ruedo con una novedad que concite el revuelo mediático. Echando mano del refranero español, podríamos aplicar aquello de «A río revuelto, ganancia de pescadores». Esos pescadores, revestidos de editores, que tratan de asomarse a los caladeros de los bestsellers o longsellers verbigracia de la publicación de un título que aplica el principio de todo-vale a costa de la dimensión pública de unas personalidades que murieron, en su mayoría, jóvenes según los cánones de longevidad aplicables hoy en día. No puedo esconder que esta apuesta editorial a cargo de Península haya tenido un capítulo añadido para la indignación al ver escrito en portada el nombre de dos personalidades por las que siento verdadera admiración —los hermanos John F. y Robert F. Kennedy— y el hecho de constatar que ese «ángel caído» —relacionado con el primero más allá de su presencia para un happy birthday con fragancia a Channel Nº 5—, Marilyn Monroe, ya solo la falta que se publique su genoma humano para deleite de fetichistas ad nauseum. El mercadeo editorial sobre la figura de Monroe ya ultrapasa los límites del paroxismo para sumirse en ese ejercicio de necrofagia que representa Cadáveres exquisitos, que para mayor INRI apuesta por una portada provocativa, en contraposición con la original escrita en lengua inglesa —Coroner— en 1983. Nada, pues, supongo que las cabezas pensantes de Península ya habrían realizado sus estudios de mercado, habiendo llegado a la conclusión, al fin y al cabo, que existen lectores «necrófagos», capaces de escarbar, escudriñar en los datos facilitados por el doctor Noguchi con temas tan apasionantes del estilo de si a Sharon Tate la rajaron por el vientre por tres puntos distintos los secuaces de Charles Manson o Albert Dekker —al que ya me referí en este blog (ir a enlace) sobre su azarosa vida, sin colocar, eso sí, el bisturí en los detalles de su fallecmiento— conservaba la posición fetal una vez practicado un ejercicio de sadomasoquismo con final trágico. De la ética profesional de este médico forense de origen nipón mejor correr un tupido velo. Ya poco recorrido le debe quedar para seguir beneficiándose de los réditos de sus publicaciones en el campo literario que han debido convocar al sonrojo de infinidad de colegas de profesión. En cuanto a la editorial Península, como diría un castizo, adelante con los faroles y con presentaciones «fantasmas» como las que se anunciaban, en forma de videonoticia, en las páginas dedicadas al Sant Jordi en La Vanguardia (Ir a enlace). La provocación representa un argumento de venta que deben tener sus responsables entre ceja y ceja, porque lo que es coherencia editorial, en el ánimo de Península, brilla por su ausencia. Que convivan en el catálogo de una misma editorial autores como César Vidal y Gerard Piqué (en su «apasionante» relato biográfico) ya es ilustrativo de que los de Península disparan perdigonazos para a ver si aciertan en el blanco. Pero ahora ya no tan sólo apuntan al cielo si no que lo hacen dirigiéndose al subsuelo donde descansan… esos cadáveres exquisitos.
A propósito de todo lo dicho, una coda final. Para orillar suspicacias, nunca he enviado un solo escrito mío a Península, y visto lo visto, no tengo interés alguno en hacerlo in ilo tempore. Por el buen nombre y la memoria de Marilyn Monroe, John F. Kennedy, Robert F. Kennedy, Janis Joplin, Sharon Tate, John Belushi, Albert Dekker, William Holden y algunos más me he decidido a escribir este post, aun a riesgo que entre a formar parte de Las listas negras —como el título del ensayo que se encuentra en el catálogo del sello madrileño— de ese cajón de sastre, sin orden ni concierto, que es Editorial Península. Por fortuna, en este bendito país sigue provisto de grandes, pequeñas o medianas editoriales como Nørdica, Miscelánea, Los libros del Asteroide, Anagrama o Impedimenta, entre otros, contribuyendo al desarrollo sostenido de una cultura sin perder la cara que uno de sus objetivos es que sus respectivas empresas resulten, cuanto menos, rentables. Y en la coherencia, la constancia y la dedicación, tarde o temprano, recogerán, si no lo han hecho ya, sus frutos. Por desgracia, no puedo decir lo mismo de Península, en cuyo ejercicio de «necropsia» editorial llamado Cadáveres exquisitos tenía todos los números para haber sido un trending toppic en Twitter para solaz vergüenza de aquellos que se sienten parte de un gremio tan antiguo como respetado, tan castigado como necesario.

sábado, 26 de junio de 2010

LA «CAZADORA» Y EL «ÁNGEL» CAÍDO

Story of My Life (1988) de Jay McInerney no debía figurar entre las lecturas de John Edwards  (1953, Séneca, Carolina del Sur), por aquel entonces demasiado ocupado al frente de su bufete de abogados en el estado que le vio nacer. Una labor, la de Picapleitos a tiempo (casi) total, que le haría prosperar en la escala social y formar parte de ese infinito club de self made men que pueblan por doquier la geografía estadounidense. La fortuna sonreía a Edwards a medida que las demandas interpuestas en nombre de sus clientes prosperaban. Edwards estaba escribiendo la historia de su vida cuando pasó de una condición humilde, en la linde de la pobreza, a una prosperidad que le situaba en la parcela de los nuevos ricos del Sur de Carolina. Puestos a elucubrar sobre su futuro, la abogacía le daba suficientes réditos pero, al parecer no los suficientes para ahogar sus penas tras la muerte de uno de sus cuatro hijos —fruto de su relación con Elizabeth Ananay— en un accidente automovílistico. Una vez más, la biografía de un self made man que se escribe con algún que otro renglón torcido producto del infortunio personal o la tragedia familiar antes de concitar el interés mediático. El suyo se debería a su decisión por abordar una carrera política con garantías a partir de postularse como senador demócrata por el estado Sourth Caroline. En un cuatrienio el ascenso de John Edwards fue tal que su tocayo Kerry, ex combatiente en Vietnam, receloso en un principio dado la bisoñez de éste, hizo una apuesta para que ambos contrarrestaran el avance en los sondeos de la dupla republicana George Bush Jr-Dick Chenney en los comicios electorales de 2004. La apuesta quedaría en tentativa pero John Edwards, lejos de claudicar, en los siguientes comicios se perfilaba como uno de los firmes candidatos del Partido Demócrata en las primarias con vistas a disputar la plaza por la Casa Blanca. El fenómeno o el efecto Barack Obama no explicaba por sí solo el porqué de la frenada en seco la línea en progresión que parecía haber mantenido Edwards desde que capitulara y empezara a trazar paralelismos con la ejecutoria profesional de Robert F. Kennedy. Pero, al parecer, Edwards seguía sin leer a McInerney y el libro que le había situado en el mapa de la vanguardia literaria estadounidense, ni que fuera por esa necesidad perentoria de algunos críticos del New York Times Magazine y otras publicaciones de tirada nacional por escarbar a la búsqueda y captura de presuntos talentos con los que rendir pleitesía a una nueva generación de auteurs.
Hubo un tiempo (breve, eso sí) que pensé en John Edwards como el político que aglutinaba lo mejor del kennedismo, un término del que participan indistintamente John F. Kennedy y Robert F. Kennedy. Pero, al cabo, todo quedaría en un mero espejismo, ensombreciéndose la imagen del ex senador de Carolina del Sur hasta límites insospechados. Lo haría a costa de dinamitar una campaña de imagen que tuvo en el asunto de una infidelidad conyugal su primer y mortífero torpedo en la línea de flotación del buque portador de la campaña electoral al poco de salir del puerto demócrata con destino Washington DC. El hundimiento de ese navío trajo consigo un inevitable divorcio con la esposa y madre de sus cuatro hijos, que había pasado por el trance de librar una ardua batalla contra el cáncer. Los telespectadores de Oprah Winfrey no le perdonarían semejante afrenta moral, pero quien debía estar frotándose las manos era Jay McInerney, cuya heroiía y, a la sazón, narradora de Story of My Life, Alison Poole, se inspiraba en la mantis religiosa que había atendido a las requisitorias del acaudalado abogado en el backstage de la campaña electoral demócrata no tan sólo en calidad de documentalista. Tras su frustrada aspiración por convertirse en actriz, Rielle Hunter, la alter ego de Alison Poole, daba sentido a su apellido cuando movió los hilos necesarios para someter a un chantaje a Mr. Edwards: el silencio de la paternidad de éste se compraba por no menos de cinco mil dólares al mes. John Edwards, para salir del paso, construyó su propia mentira implicando en el affaire a su amigo Andrew Young, al punto que se falsificaron pruebas de ADN para negar cualquier vinculación del aspirante a la Presidencia de los Estados Unidos con Quinn, la hija biológica de Rielle Hunter. McInnerney supo que la realidad le servía un plato en bandeja para modelar Penelope On the Pond («Penélope en el estanque»), como punta de lanza de su colección de relatos breves, The Last Bachelor and How It Ended (2008). El fin en tantos sentidos de Edwards parecía haberlo anticipado McInerney. Ese John Edwards, al que muchos señalaban o señalábamos como un continuador de la doctrina del kennedismo, quedaría atrapado en el lodazal de la mentira y de la impostura moral. Más bien, echando la mirada hacia atrás, pienso en John Edwards en términos de esos embaucadores que produce a expuertas la política y la religión en los Estados Unidos, a la manera de esos personajes pintorescos que asoman en los relatos de Robert Penn Warren, Sinclair Lewis o Mary Flannery O’Connor. Pero presumo que estas referencias tampoco le digan demasiada cosa porque la lectura de ficción no ha debido ser el punto fuerte de Mr. Edwards y de sus asesores. De haber sido así, alguna que otra «cazadora» con el objetivo de su cámara apuntando hacia su bello rostro, se hubiera ahorrado.

sábado, 30 de enero de 2010

EL «PAJARERO DE LEAVENWORTH»: TRAS LOS PASOS DE ROBERT F. STROUD

Reabierto, una vez más, el debate sobre la aplicación de la cadena perpetua al albur de los asesinatos acaecidos en los últimos años en nuestro país que han levantado una polvareda mediática y han creado una cierta alarma social, he regresado estos días sobre la historia de Robert Franklin Stroud (1890-1963). Su vida transcurrió entre barrotes la práctica totalidad de la misma si descontamos su infancia, adolescencia y parte de su juventud que pasó entre su ciudad natal —Seattle, en el estado de Washington— y Alaska, donde acabaría siendo acusado del homicidio de un individuo quien, al parecer, agredió a la que era su compañera sentimental, Kitty O’Brien, corista y prostituta a tiempo parcial. Desde su confinamiento en prisión en 1909, Stroud no abandonaría la vida carcelaria, aunque ya en su vejez, con la salud maltrecha (padecía, entre otros males, la enfermedad de Bright, que afectaba a su aparato renal) gozaría de una cierta libertad en el Centro Médico para Reclusos de Springfield, en el estado de Missouri. En ese punto de la historia teñida de tragedia se inicia el relato fílmico que United Artists construyó en torno a una de las estrellas de la compañía, Burt Lancaster —en el papel del propio Stroud— quien exhibía sus galones de mando no tan sólo al dar su aprobación al guión sino que se mostró inflexible a la hora de substituir al británico Charles Crichton y confiar en John Frankenheimer (uno de mis directores de cabecera) para hacerse cargo de la dirección de El hombre de Alcatraz (1962). Tanto en el prólogo como en el epílogo de la cinta Edmond O’Brien —curiosamente con el mismo apellido de origen irlandés de la primera mujer del preso (la otra sería Della Mae Jones, con la que llegaría incluso a contraer matrimonio)— adopta el rostro de Thomas E. Gaddis (1908-1984), cuya investigación sobre el personaje de Stroud le facultaría para elaborar una novela con un título impreso de inequívoco marchamo a bestseller: Birdman of Alcatraz (1955). Una de las prisiones de máxima seguridad de los Estados Unidos —conocida en tiempos como «la isla de los pájaros»— fue el último de los recintos penitenciarios que pisaría Stroud, en el que también recalarían Baby Face Nelson y Al Capone, entre otras (tristemente) celebridades de la primera mitad del siglo XX. Pero contraviniendo la lógica que dicta el título original escogido tanto para la novela como para el film para su estreno estadounidense, allí Robert Stroud no pudo dedicarse en cuerpo y alma a la pasión que había alimentado desde su primera fase de confinamiento en Leavenwoth, en el estado de Kansas: los pájaros. En realidad, Stroud debió haber sido conocido a escala internacional por el sobrenombre de «el pajarero de Leavenwoth», la prisión donde cultivaría una afición que le condujo a ser una verdadera eminencia en el campo de la ornitologia, llegando incluso a publicar —tras miles de horas plegadas a la investigación pese a condiciones de precariedad absoluta— una serie de obras de referencia, entre las cuales figuran Diseases of Canaries y Stroud’s Digest on the Diseases Birds. Éstas tuvieron traducción a la lengua de Dámaso Alonso pero su dificultad por hacerse con un ejemplar corre pareja a la suerte de hallar una copia de El hombre de Alcatraz. Por fortuna un buen amigo me hizo llegar una vieja edición (bien conservada, pese a que data de agosto de 1969) de éste, sabedor de mi vena bibliófila, máxime tratándose de incunables cuya lectura sirve para desnudar ciertos equívocos y poner en perspectiva la verdad sobre un personaje de estas características. En la página de introducción del libro publicado por Círculo de Lectores, Gaddis se refiere al propósito de escribir una obra en la que «persiste el sentimiento de que este preso y su vida están tratando de decir algo acerca del hombre». Invariablemente de la lectura de El hombre de Alcatraz se extrae una poderosa conclusión: cualquier persona puede dejar aflorar un talento que ha permanecido dormido y que algún día despierta, se manifiesta sin más. Existen infinitas posibilidades en forma de arte, naturaleza, deporte... para que una persona abandone la idea de que su función en la vida obedece a un mero impulso mecanicista, gregario, y atienda a una pulsión que nace desde su interior, una llamada que para Robert Stroud tendría el sonido del trino de un canario. Para este acusado de un doble homicidio —el segundo lo cometió en Leavenworth, cobrándose la muerte un guardia— que batió records de estancia en prisión —un total de cincuenta y tres años con sus días y sus noches—, no pudo contemplar su vida reflejada en la gran pantalla por el filtro mágico del celuloide que velaría no pocos pasajes y personajes con cierto peso en el desarrollo de la misma —por ejemplo, la ausencia de su hermano menor Marcus—. Aquella mañana soleada del día 23 de noviembre de 1963 en las cafeterías situadas en las inmediaciones de la Plaza Dealey de Dallas (Texas) algunos aguardaban la presencia de John F. Kennedy —acompañado de su esposa Jackie Kennedy—, leyendo en la prensa la noticia del fallecimiento de Robert F. Stroud. El uno conocería su ascenso a los cielos de la inmortalidad y de la mitología, y el otro ocuparía un puesto de mérito dentro de la historia de la ornitología que tan sólo alzaría el vuelo de la popularidad verbigracia de la primera novela escrita por Gaddis y de la película que dirigió con mano maestra John Frankenheimer y que, desde su filmación ya se intuía como un clásico. En paralelo, Thomas Gaddis tuvo crédito durante una larga temporada hasta que el futuro le depararía ocuparse de la vida  de otro preso, Carl Panzram (1891-1930), cuyo «material» humano daría para otra novela, convenientemente traspasada al cine —El corredor de la muerte (1997)— pero con un decalaje de más de un cuarto de siglo desde la fecha de publicación hasta el estreno de la producción interpretada por James Woods.