El pasado 3 de enero Stephen Stills cumplía su 68 aniversario. No han sido estos últimos años el mejor periodo vivido por Stills, quien por fortuna ha superado un cáncer. Frustrada a última hora una nueva reunión de los Buffalo Springfield no se sabe con qué propósito, el texano sigue participando en un rosario de discos en que deja patente su indiscutible talento armado a la guitarra y una voz cada vez más quebrada por efectos propios de la edad y una maltrecha salud. Al volver una y otra vez sobre esa «Golden Age of Rock», la que comprende la orquilla temporal de finales de los sesenta y finales de los setenta, casi coincidiendo con la fecha de cumpleaños de Stills me hice con el disco compacto Stephen Stills 2 (1971), del que desconocía hasta el momento su contenido, aunque algunos de sus doce temas me resultaban familiares. Varias escuchas han propiciado que crezca en mi fuero interno que esta obra hubiera merecido una mayor significación en el cómputo global de la historia de la música de rock de los 70 en su “afinación” bluesy. Aprovechando el tirón del disco epónimo de 1970, Atlantic Records añadiría el carácter nominal «2» en una suerte de díptico stillsiano que no llegaría a enraizar. Todo ello podría llamar a la sospecha que Stills nutría su nuevo álbum de descartes de su opera prima, dando así continuidad a una producción en solitario al abrigo de una reivindicación personal que contaría con una amplia lista de colaboradores de primer nivel. Muestra inequívoca que los de su gremio entendían que Stills, el ex cantante, compositor y guitarrista de Buffalo Springfield, por aquel entonces tuvo poco rivales en su capacidad de conformar un discurso musical fermentado en las dependencias del blues y del rock con aliño latino y country (preferentemente el corte “Know You Got to Run”) al presentarse frente a los comensales, esto es un público aficionado cada vez más exigente con los platos cocinados en tiempos del flower power y de mensajes ecologistas que cabalgaban a los lomos de la contracultura. A las antípodas del tratamiento musical empleado siete años más tarde por Yes en relación a "Don’t Kill the Whale", perteneciente al álbum Tormato (1978), otro mensaje ecologista se filtraría en las comisuras del rock a través de este Stephen Stills 2. La sección de viento toma las riendas de “Ecology Song” y define hasta qué punto una idea, un concepto musical adscrito al rock puede viajar en sentido al contrario al enunciado de sus letras. Unas letras que para esta segunda entrega en el erial de Stephen Stills alone, toparían con la censura franquista en la evaluación del contenido de la canción “Relaxing Town”, en virtud de su calado antimilitar. Más allá del compromiso social administrado en algunos de los temas del disco que nos ocupa, Stephen Stills 2 emerge a mis oídos conforme a una pieza de enorme riqueza, en esos tránsitos a la guitarra que van marcando el paso de una voz portentosa que va moldeándose en un juego de armónicos que se elevan por encima de lo terrenal. Lógicamente, el disco gana en matices al acomodar un rosario de recursos instrumentales en cada uno de los temas que lo jalonan, mereciendo especial consideración la “diabólica” habilidad para construir en "Sugar Babe” un relato musical descrito sobre distintos timbres vocales de su propia cosecha. Reminiscencias de la corta pero productiva etapa Buffalo Springfield, del que asimismo Stills rescata el mainstream “Bluebird” para el tema de cierre del álbum en que vuelve a refulgir el saxo tenor de de Andrew Love, Sidney George y Ed Logan, y las trompetas de Wayne Jackson y Roger Hopps. Un broche de oro con aires de celebración para un disco que no tiene desperdicio de principio o a fin que, puestos a escoger un título más facultado para la reivindicación hubiera podido llamarse “Fishes and Scorpions”. Allí donde los guitarras de Mr. Stills y «Slow Hand» Eric Clapton dialogan mientras la voz del primero busca el acople pertinente para ofrecer en el resultado final de la ecuación una solemne lección de rock & blues o blues & rock. El orden de los factores no altera el producto, el de una obra proverbial encuadrado en los inicios de la década prodigiosa para tantos músicos de la cuerda de Stills, Nils Lofgren (recién salido de su participación en el álbum After the Gold Rush, obra de otro ex Buffalo, Neil Young), Clapton, David Crosby, Graham Nash, Dallas Taylor, los Memphis Horns y un sinfín de figuras en sus respectivos campos que hicieron parada en la segunda estación de la discografía personal e intransferible del gran Stephen Stills. Que lo disfrutemos por muchos más, amigo Daniel Ruiz, el hombre que mejor ha cartografiado la carrera profesional de Stills a través de su blog altamente recomendable ((http://stillsalone.blogspot.com.es) y en sus numerosos escritos sobre su músico favorito, con o sin “permiso” del «tío» Neil.
Existe vida después del cine. Muchos me vinculan a este campo. Este blog está dedicado a mis otros intereses: hablaré de música, literatura, ciencia, arte en general, deportes, política o cuestiones que competen al día a día. El nombre del blog remite al nombre que figura en mi primera novela, "El enigma Haldane", publicada en mayo de 2011.
lunes, 7 de enero de 2013
«STEPHEN STILLS 2» (1971): LA PIEZA MAESTRA OCULTA DEL GENIO DE TEXAS
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viernes, 28 de diciembre de 2012
ENRIQUE REDEL, BUQUE INSIGNIA DE IMPEDIMENTA: EL PERSONAJE DEL AÑO 2012 EN «EL MUNDO DE HALDANE»
Camino de los cinco años publicando con regularidad este
blog que surgió casi en forma de impulso, sin precisar otro objetivo que el de
dar cabida a temáticas de distinta índole que difícilmente asoman en el primer
plano de la actualidad, si el empeño persiste me gustaría que al cierre de cada
año tributar un pequeño, minúsculo homenaje a personas que hacen una labor silenciosa
pero efectiva en pro de la cultura en este bendito país. He barajado varios
nombres para inaugurar esa modesta distinción con carácter anual. Al final me
he decantado por Enrique Redel (Madrid, 1971), cuya Editorial Impedimenta nació
prácticamente al unísono que El mundo de Haldane. Cumplido, pues, ese lustro no
me mueve más que mi propio criterio para manifestar que Impedimenta es uno de
los mejores sellos editoriales existentes en lengua castellana en la
actualidad. Su principal «culpable» se llama Redel, a quien tuvo el privilegio
de conocer meses atrás. Atlético por la gracia del Dios balompédico, de trato afable, Redel por
encima de cualquier consideración es un amante cuál copa de pino de la
literatura, aquella provisionada para degustarse mientras sorbemos una taza de
té o de café, colocando piezas de música clásica o de bandas sonoras (como sería,
por regla general, en mi caso) al fondo de esos ratos aptos para el placer de
la lectura. Tras esa siembra de esos
primeros años complicados, en las que las palabras de aliento se contraponen a
las advertencias de un rumbo (editorial) equivocado (sobre todo proveniente de
las filas de los correligionarios de un tipo de novelas carentes de un cuerpo
literario de enjundia arbitradas por (seudo)escritores mediáticos), Impedimenta
ha proveído a los lectores de una larga relación de novelas presididas por un
nivel de calidad por encima de la media. Suyo ha sido el mérito de convertirse
en el editor que mayor proporción por libro publicado de autores desconocidos
por estos pagos que han abandonado el anonimato puestos a disposición por los
lectores curiosos y ávidos a la búsqueda y captura de piezas maestras. Podría
ocupar un solo post de las dimensiones habituales de El mundo de Haldane pasar
lista de las mismas bajo el sello Impedimenta. Pero ya que Redel merece,
para un servidor, la consideración de personaje de 2012 en este espacio, tomaremos
una selección de novedades del presente año que toca a su fin —escogidas por el propio editor—, para ofrecer la medida de que la capacidad de
riesgo, en ocasiones, obtiene los frutos adecuados y deseados: Nostalgia
de Mircea Cartarescu; El país imaginado de Eduardo Berti; Caída
y auge de Reginald Perrin de David Nobbs; Gazier & Ciccolini de
Virginia Woolf; y La muerte del corazón de Elizabeth Bowen. Ésta última —de la que me ocuparé en el próximo post de El mundo de Haldane— deviene un ejemplo paradigmático del tesón de
Redel por escrutar en esa literatura de altos vueltos que ha permanecido
durante tanto tiempo opaca a los lectores aficionados. Su olfato le suele
situar en las Islas Británicas, un filón aún por explotar, si bien las antenas de Enrique Redel están
orientadas hacia infinidad de rincones del planeta, algunos tan privativos para
colegas de su gremio como Rumanía, Australia o Polonia. En tiempos de zozobra económica, la empresa de Redel se
sostiene merced a su buen tino en la elección de material literario con letras
mayúsculas, siendo esos sellos que imprimen confianza en el lector habida
cuenta que la palabra decepción tiene poco encaje entre tanta excelencia, de la «A »de Adón (Pilar) a la «W »de Woolf (Virginia). Esperemos, por
tanto, que Impedimenta se posicione conforme a una de las editoriales punteras
del siglo XXI por lo que compete a la literatura de alta graduación en su fondo
y en su forma. Gracias Enrique por tu excelente labor. Un personaje, sin duda,
digno de admiración en un panorama editorial yermo de editores que merezcan tal nombre.
domingo, 23 de diciembre de 2012
«MAS-CARADA» PARA UN REFERÉNDUM O LA PIEDRA ROSETA DEL NACIONALISMO CATALÁN
Desde el 11 de septiembre del año que está a punto de
echar el cierre he ido observando y tomando nota de lo que acontece en torno al
órdago a la grande planteado por Artur Mas, el actual Presidente de la Generalitat de
Catalunya –embestido por segunda vez con tales honores hace poco menos de una
semana–, al gobierno del PP en relación al territorio español. Las
interpretaciones que se han llevado a cabo sobre el porqué Mas plantea un pulso
al gobierno estatal español que sabe tiene perdido de antemano, convocando un
referéndum que el marco de la Constitución
Española no contempla, son muchas y algunas de ellas
ciertamente rocambolescas. Para entender el perquè
de tot plegat (Quim Monzó dixit) cabe
remontarnos a ese 11 de septiembre de 2012 donde, a vista de pájaro, las
capitales de provincia de Catalunya, y en especial, la Ciudad Condal se cubrían de un
manto de banderas cuatribarradas, combinación de rojo y amarillo. Ni los más
viejos del lugar pudieron dar crédito de que un millón y medio de personas mostraran
un supuesto afán reivindicativo cuando en la Diada de no demasiados años atrás
se contabilizaban apenas unas decenas de miles enarbolando la bandera en un acto,
a todas luces, de marcado signo independentista. A esas alturas del ciclo
legislativo de Artur Mas la conclusión a la que había llegado él y sus consellers parecía bastante certera: un
callejón sin salida, en forma de ahogo financiero, se cernía sobre la administración
catalana si no se operaba en el horizonte un milagro... o un espejismo.
Descartado el milagro, el espejismo se crearía a través del millón y medio de
habitantes del planeta catalán que parecían ir al unísono en la voluntad de
proclamar el estado independentista. En esa jornada de sábado estuve allí no
con el afán reivindicativo que se podría presuponer si no en calidad de
acompañante, si se quiere notario de una realidad en que se podía palpar un
aire festivo, pero asimismo se mostraban rostros de indignación, de pesar, de
agotamiento y de profundo desconcierto. Y como un servidor, contabilizo que,
cuanto menos, algún que otro centenar o varios centenares de miles de personas congregados
en la vía pública de la Diada
2012 tenían o siguen teniendo en mente que la solución para Catalunya no se llama
independencia. No obstante, ese comité de
sabios que asesoran a presidentes incapaces de pisar los mercados más que
en viernes electoral o coger el metro
en alguna estación susceptible de inaugurar para hacerse la foto pertinente
camino de algún que otro mítin, debieron hacerle llegar a Mas que “el gran
momento” estaba servido. Pese a los cantos de sirena que podrían tentarlo de
emprender una huida hacia adelante, el líder de CIU hubiera esperado a concluir
su ciclo legislativo en 2014 y luego plantear en el programa electoral de su
partido una aspiración independentista colocada negro sobre blanco, y siempre
con el consenso del otro partido hermanado bajo las siglas de CIU, esto es, Unió
Democràtica, con Josep Antoni Durán i Lleida al frente. No obstante, la situación,
lejos de mejorar, pintaban bastos por cuanto los recortes en materia de
sanidad, educación, cultura, bienestar social y demás, unido a la subida de
impuestos, irían creando un creciente malestar entre la ciudadanía. En ese
mecanismo de autodefensa en que la culpa es de los demás a las que se agarran
no pocas personas para eludir sus responsabilidades y en particular sus
fracasos, Artur Mas sabía que culpabilizar de todos los males a la Administración
Rajoy podría servir como muro de contención de esa avalancha
de críticas que se le venían encima. Pero ese muro de contención advertía de
fisuras en su estructura de difícil arreglo y, perdidos al río, algún día de la
segunda quincena de septiembre de 2012, Mas debió interrogarse sobre la bondad
de adelantar las elecciones. El pulso al poder del PP estaba servido, y
entonces cubierto sobre la bandera del independentismo su figura y la de su
partido parecía salir, según sus cálculos, reforzada. En esa ecuación faltaba,
sin embargo, un detalle nada baladí: la asfixia económica de la Generalitat de
Catalunya tenía fecha concreta: la profecía del 2013, no la concebida por
Francesc Miralles en su obra literaria, si no la de índole económica se cifraba
en más de 10.000 millones de euros que la administración de la Generalitat debe
satisfacer en concepto de intereses generados, entre otras partidas, por los
bonos emitidos en estos últimos años con un claro sentido de «operación patriótica». Cada cuál en su casa echa
cuentas para saber hasta dónde puede llegar. La Generalitat , con Mas
gobernando los destinos de la misma, las tenía bien claras y su plebiscito del pasado 25 de noviembre fue
una cortina de humo, una maniobra dilatoria que le ha dejado en un escenario,
si acaso, más pantanoso, arrimándose a ERC (Esquerra Republicana de Catalunya).
La formación que lidera Oriol Junqueras actúa de contrapoder a partir de que
han firmado un pacto de gobierno con CIU para tirar adelante con un referéndum
para la independencia, loable, pero con toda seguridad, inviable. Más que nada,
porque solo el discurso de desagravio económico no soporta una ruptura de Catalunya
para con el estado español, mire por dónde se mire. No tengo la menor duda que
ese referéndum no se celebrará en el horizonte de los próximos años y, a unas
decenas de años vista, dudo mucho que en los hijos de los inmigrantes arraigue
un sentimiento nacionalista con tal fuerza que conlleve la escisión con el
estado español. Quizás para entonces, el verdadero problema se encuentre bajo
nuestros pies, el de una terra trema por
efectos de la acción del hombre, sea cuál sea su signo ideológico o identitario.
Ah, y para los que puedan recelar, al leer este post, sobre mi aprecio por Catalunya, un servidor editó y dirigió una
revista en catalán –Seqüencies de cinema–, hablo y escribo con corrección la
lengua de Salvador Espriu y conozco la mayor parte de sus rincones. Pero esto
no quiere decir que comulgo con ruedas de molino... de viento forjados en el
imaginario de Mas y Junqueras, repartiéndose los papeles de Don Quijote y
Sancho Panza, haciendo del independentismo las puntas de lanza para ahuyentar al «enemigo»
español y crear un estado propio en una idea de shangri-La post-2013 nada más lejos de la realidad.
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domingo, 16 de diciembre de 2012
«LA BUENA NOVELA» de LAURENCE COSSÉ: LA LIBRERÍA DE LA RUE DUPUYTREN O LA EXPRESIÓN DE UNA UTOPÍA
«Y, además, recuerde: en Méribel, durante aquella semana
en la que reflexionamos todas las noches sobre la librería de nuestros sueños,
llegamos a la conclusión de que, para lograr nuestro objetivo, necesitaríamos
una librería así pero inglesa y en Inglaterra, una italiana en Italia, una
española, una alemana, con una selección diferente cada vez, centrada en cada
ocasión en un área lingüística y en un patrimonio literario particulares, de la
misma manera en que en La Buena Novela
se privilegia un fondo editorial francófono» expresa Francesca, una de las empleadas
de la exquisita librería gala que da nombre a la novela que nos ocupa. Con ello
la autora Laurence Cossé (1950, Boulogne-Billancourt) trata de manifestar, en
boca de Francesca, la vocación universal de una obra literaria que debía
figurar, ya desde su impresión en el país vecino, por derecho propio en la
colección de novelas que tributan en el sello Impedimenta. Así, tres años después
de su bautizo editorial francés, la pieza literaria de Cossé amplia espacio
geográfico al ser traducida a la lengua de Machado por parte de Isabel González-Gallarza,
en una nueva apuesta de Impedimenta por dar a conocer obras que sin un cierto
sentido de la osadía y de la valentía, dormirían el sueño de los justos en ese
Departamento invisible de multitud de editoriales donde se acumulan propuestas
sin que nadie ose reparar en las mismas.
Además de una pieza
ociosa para «recolectores» de delicatessens,
imbuidos por el arte de la lectura, en el que verbo o el adjetivo preciso
produce un «efecto placebo», La Buena Novela
razona sobre el territorio de la utopía, en que una idea vaga sobre la
necesidad de concentrar en unos centenares de metros cuadrados obras literarias
de enjundia lesivas a seguir criterios del gusto de la mayoría de público,
acabe germinando y tornándose en un oasis dentro de una cultura en plena fase
de desmenbramiento en la sociedad actual, en virtud de un rendimiento económico,
por lo general, deficitario. Para construir esta «novela utópica» Cossé orilla el recurso epistolar
que había empleado Helen Hanff en 84
Charing Cross Road (1970) —otra
novela imprescindible para los amantes de la cultura que buscan refugio en las
librerías out-system, que resuman olor a viejo—, dejando que el debate establecido entre librero y
cliente quede acotado sumariamente, ya que el motor de la propuesta de la escritora francesa se circunscribe a
los hombres y mujeres que hacen posible tamaño sueño. Cierto que resultan tan
solo unos pocos —al frente de la intendencia, la
citada Francesca Aldo-Valbelli (de linaje aristocrático) e Ivan «Van» Georg (con un pasado turbio a sus espaldas que tuvo en
la literatura una pauta «redentora»)— los que
quedan expuestos de cara al público (memorable las páginas que destina Cossé a
establecer categorías de hipotéticos clientes), pero representa la punta del
iceberg de un operativo en forma de comité de selección, responsable de filtrar
los títulos que acaban conformando el patrimonio literario (con claro acento
francófono) de La Buena Novela.
Bajo criterios que para algunos puede sonar a sinónimo de pretenciosidad, elistismo o
pedantería, o sendos calificativos a la vez, la librería parisina se hace visible el último
día del mes de agosto de 2004 para acabar quedándose y formar parte de la
inmensa red de librerías que siguen abasteciendo al país vecino. Entre los
individuos que asoman por la librería de la Rue Dupuytren y que son
descritos por Cossé —por lo general, sin reparar en
demasía en sus respectivos aspectos físicos; espacio para que la imaginación
del lector pueda poner cara, por ejemplo, a la joven Audrey Doudou, que podría
ser un trasunto de la actriz de idéntico nombre y con un apellido de una fonética
muy cercana—, se cuelan periodistas
atraídos por ese fenómeno que, en ciertos casos, tratan de torpedear un
proyecto nacido desde el entusiasmo, cuando no devoción, por la «alta literatura».
Ataques desde el exterior que son repelidos por ese cuerpo de mando concretado
en las personas de Ivan y Francesca, alma matters de una empresa que reside,
como apuntaba, en el propósito de la utopía trazado por la pluma de un autora
que no tardará, aventuro, a repetir presencia en el catálogo de Impedimenta.
Del mismo no dudo que esa librería imaginada perlada de incunables, de obras
mayúsculas de la Literatura
de alcance internacional con domicilio fiscal en nuestro país (calculo que en
casco antiguo de Madrid o en el Eixample barcelonés), extraería decenas de los
títulos publicados por Impedimenta. Una empresa que, por ventura, se ha ido
consolidando cada vez más en el suelo editorial español, capitaneado por
Enrique Redel y operando en la «sombra» ese comité de sabios entre su legión de fieles
lectores, que presumo recomiendan títulos leídos en las lenguas más diversas
que todavía no han tenido traducción en papel con membrete made in spain. A vuela pluma, en esa soñada librería —émula de La Buena
Novela — arraigada en Madrid, Barcelona o
en cualquier capital de provincia del estado español, no resultaría ninguna
sorpresa encontrar ediciones de La
juguetería errante de Gervaise Fenn, Nostalgia
de Mircea Cârtâcescu, La hija de
Robert Poste de Stella Gibbons, Picnic en Hanging Rock de Joan Lindsay... y
a soberbia La Buena Novela de Laurence
Cossé. Todas ellas fácilmente distinguibles al tacto por la rugosidad de su
cubierta e ilustraciones que sirven de puerta de entrada a un ejercicio de
seducción a través del mundo de las palabras que ordenadas de forma conveniente
se transforman en un arte tan placentero como la lectura.
domingo, 2 de diciembre de 2012
«COSAS TRANSPARENTES» de Vladimir Nabokov: ÚLTIMO CAPÍTULO... COMPLETO
«El tiempo actúa sobre
las relaciones efímeras
y un nuevo
aroma se añade al recuerdo»
Vladimir Nabokov (Cosas transparentes)
En el mundo del arte, el término «completista»
suele asociarse a aquellos aficionados al cine o a la música, celosos de conocer
hasta el último detalle la obra de un determinado director, cantante o grupo a
través del coleccionismo de cada una de las piezas que conforman la misma. Los
cada vez más contados aficionados a la literatura, en cambio, difícilmente nos
invade esa pulsión completista, salvo honrosas excepciones. Para un servidor,
Vladimir Nabokov (1899-1977) es de esos autores que invitan el sentir completista por la
sencilla razón que tiene pocos “competidores” cuando su prosa se envenena de un estilo que parece rimar a cada página. No extrañaría,
pues, que Vladimir Nabokov cultivara la poesía al tiempo que el ejercicio en
prosa le procuraba prestigio literario. No en vano, Pálido fuego (1962) se revela un arabesco de trescientas veinte páginas
sostenidas sobre un imaginario de novela pero pergeñada con la métrica propia de un poemario. Para
alguien que busque el puro placer de la escritura, Nabokov sin duda es una
apuesta segura.
Cierto que un
servidor comulga con el propósito de enmienda de ir cubriendo todos los flancos
de lectura que provee la suerte de la edición de un autor de la dimensión y de
la relevancia de Vladimir Nabokov, pero existe un límite, una frontera que cada
uno debe escoger dónde la sitúa. Más allá de esa frontera localizo El original de Laura (2010, Editorial
Anagrama), una obra inacabada que el propio Nabokov ordenaría su destrucción
una vez falleciera. Lo hizo en 1977, siendo su viuda Vera Nabokov la que velaría para
que se preservara la decisión de Vladimir Nabokov. A la muerte de ésta,
acaecida en 1991, Dimitri, el hijo de la pareja, después de dar vueltas sobre
el asunto infinidad de veces decidió «desenterrar» El original de Laura, un manuscrito que había descansado treinta
años en un depósito de un banco suizo, poniéndolo en conocimiento del editor
jefe de McGraw-Hill. Nada más caer en sus manos, se activaría la maquinaria
editorial, presentándolo a los ojos de los “nabokonianos” —si se me permite la expresión— la considerada última novela escrita por el autor
de origien ruso... pero a todas luces inconclusa. No es el primer ejemplo de
tamaño “atrevimiento” editorial, actuando a espaldas de la voluntad del propio
autor. Baste reparar en lo ocurrido con F. Scott Fitzgerald o Ernest Hemingway y
sus respectivas obras El último magnate
y La isla del adiós. Por razones personales,
si se quiere tomado como una forma de expresar el respeto que siento por la
obra de Nabokov, decidí evitar la tentación de exumar ese “cadáver” literario de una pieza que remite de soslayo a
la masterpiece del autor, Lolita (1955), a través del personaje de
Flora. No ha sido el caso de su penúltima novela, Cosas transparentes, “cursada” a nivel editorial por primera vez
en 1972 y que en el otoño de 2012 Anagrama ha lanzado al mercado en lengua
castellana con traducción de Jordi Fibla. Este profesional se estrena dentro
del catálogo de novelas y relatos traducidos de Navokov para Anagrama, el sello
poseedor en exclusiva del fondo literario en lengua castellana del excelso
escritor y entomólogo.
Cosas transparentes comprende un total
de ciento cincuenta y cuatro páginas que rezuman el estilo característico de
Navokov, inmaculado en su propuesta arbolada de figuras literarias con los
adornos propios en francés y algún que otro timbre en italiano. El polo de
atracción de Cosas transparentes queda
cautivo de esa finura literaria que nos sorprende, nos descoloca porque, como
bien señala Peter Aykroyd en la contraportada «Ha dominado todos los trucos técnicos
de la novela y ha inventado unos cuantos más de cosecha propia». Nabokov fue un
gigante a la hora de moldear el lenguaje y transformarlo en un arte
imperecedero, derivándolo hacia lo lírico incluso cuando el personaje central
de la historia —Hugh Person— se enfrenta a los miedos más recónditos de su ser
al viajar hacia el pasado. Person
regresa a Suiza para dar cuenta de un tiempo pretérito que ve desaparecer a sus
pies, el espacio geográfico que serviría de refugio para el propio Nabokov, en
compañía de su esposa Vera, a la que dedicaría (no sería la primera vez) una nouvelle. Transparent Things no sería la más bella ni inspirada de su autor,
pero sí la última (en términos “absolutos”) elevada en forma de coda de una obra profunda y sensible,
evocadora y majestuosa como pocas que puedan encontrarse dentro de la
literatura universal.
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domingo, 18 de noviembre de 2012
LACINIA, «GENERACIÓN DEL 67»: DÍAS DEL LEJANO PASADO
Por «imperativo» biológico, en el ecuador de nuestras
vidas empezamos a tomar plena conciencia, a palpar que nuestra presencia en el planeta tierra tiene fecha de
caducidad. Esos padres a los que adjudicamos la cualidad mitológica de la
eternidad, empezamos a dudar si nos acompañaran hasta el fin de nuestros ciclos
vitales. Nos llegan noticias de los fallecimientos de los progenitores de
amigos de esa infancia que nos enseñaba el camino hacia la adolescencia.
Sabemos, más que nunca, medir los tiempos en términos finitos y nos hace pensar
que, a la conclusión del ciclo vital de cada uno de nosotros, queramos o no, la
nostalgia nos embargará, llevándonos de la mano hacia la infancia que expide
billetes hacia el destino que nos tiene reservado un futuro tan incierto como
fascinante. Convertidos en hombres y mujeres de cuarenta y tantos años hacemos
un alto en el camino, aliviamos el dolor de espalda al aparcar ni que fuera
durante un suspiro la mochila que cada uno de nosotros llevamos y echamos la
mirada hacia atrás. Una mirada que se pierde en la inmensidad mientras resuenan
los ecos de nuestra querida infancia. Un haz luminoso invade la misma; sabemos
distinguir con claridad los rostros de nuestros compañeros con los que compartíamos
pupitre, juegos y deportes, excursiones y visitas culturales. Nos asalta, como
una ráfaga, una línea de diálogo, una expresión, una jugada maestra o una viñeta cómica en ese «teatro de los sueños» contenido en una escuela que el
recuerdo engrandece pero que la realidad la reduce al tamaño de una superficie
más bien modesta. Allí se forjarían esas amistades que el tiempo jamás podrá
borrar. Las conservamos en nuestra memoria como oro en paño, encofrada en lo más
profundo de nuestro ser, aquel capaz de razonar sobre nuestra verdadera
naturaleza. Quizás, solo quizás, en algún periodo de nuestras vidas negábamos o
no reparamos en su existencia, pero tarde o temprano sale a la superficie para
proyectarse en un primer plano cuando hacemos el ejercicio de reconocer que la
semilla de todo lo que somos o quisimos ser se encuentra en esa infancia
observada a través del filtro de la nostalgia y de la melancolía. Entonces, creamos esos
bocetos de vida que muchos años más
tarde adquiere las formas perfectamente definidas en esos lienzos recubiertos de colores intensos, pero asimismo de una
paleta de grises en un rincón del cuadro
que conforma cada una de nuestras existencias.
Me
alegré reconocer ese sábado del mes de octubre de 2012, en ese enclave
privilegiado de la Costa Mediterránea,
que Luis sigue siendo the entertainer;
Agustí el perfecto relaciones públicas dotado de una descomunal humanidad y una
sonrisa inquebrantable; Pedro destilando nobleza a raudales; Víctor haciendo de
la discreción un sello inconfundible, o Jaume mostrando una franqueza conforme
a un valor inviolable... Y Mª Àngels, Sergio (“uno de los nuestros”, aunque
fuera un curso por debajo)... y todos los de la Generación del 67 de
Lacinia que no estuvieron allí en el plano físico pero sí en nuestro recuerdo
al rememorar pasajes que conservamos con arreglo a perpetuarse. Para ellos y
los profesores (Alfonso, Eusebio, Josep, Andrés...) que velaron por la mejor
educación posible, solo tengo palabras de gratitud y espero que esa amistad
retomada no se pierda en una nube de disculpas en forma de «pasé página» y otras tantas frases hechas en el
devenir de una vida que algún día cesará. Entonces si que habremos pasado página...
definitivamente.
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AGUSTÍ BORRAS,
AMISTAD,
ESCOLES LACINIA,
JAUME VILA,
LLUIS GONZÁLEZ,
Mª ÀNGELS AUGUÉ,
PEDRO HERNÁNDEZ,
SERGIO RINCÓN,
VÍCTOR CORTÉS
domingo, 28 de octubre de 2012
«EL LAGARTO ASTRONAUTA» de Kenneth Cook: GUÍA ANIMALESCA DE UN ESCRITOR «GALÁCTICO»
Para una legión de rockeros aussies amarrados a la bandera de AC/DC, Fremantle representa un
lugar de peregrinaje obligado para rendir honores al vocal hero Bon Scott, quien estuvo en la banda de los hermanos Angus y Malcolm Young durante un lustro. Pero para Kenneth Cook (1929-1987) su presencia en
este enclave situado al oeste de Australia tuvo un propósito bien distinto
cuando devino el punto de partida de un periplo ciclista que le llevaría a
reseguir la línea de costa hasta ir a morir
nuevamente a Fremantle. En el curso de la ruta cicloturista, Cook tuvo tiempo
de recrearse en el paisaje... y la fauna autóctona que, al cabo, le proveería
de material para uno de los episodios más hilarantes reproducidos en El lagarto astronauta (1987), segunda
parte de una trilogía «flanqueda» por El
koala asesino (1986) —editada por Sajalín en 2011— y El canguro
alcohólico (1987). Material que podría ajustarse perfectamente a las
tiras de un cómic o adaptarse al cine de animación con un paisaje exótico
conforme a servir de reclamo añadido, Cook desarrolla en el capítulo «El quokka asesino»
un viaje a lo desternillante y al non sense
cuando una extraña clase de mamífero («es
un pequeño ualabí, no mucho mayor que un gatito o que una rata grande», en palabras del autor del libro impreso por
Sajalín Editores dentro de su colección Al margen) va reptando por la espalda provisionada de una mochila del
ciclista amateur mientras su
bibicleta va zizagueando por una carretera, a más de cien kilómetros de
velocidad, aguardándole al final de la recta una curva que se intuye el punto
final de su trayecto y el de su
eventual “compañero”. Cook juega a la perfección los elementos que tiene a
sus disposición, inclusive un suspense que alimenta un clímax mucho más liviano de lo esperado. Al final de esa curva le aguarda
un “precipicio” de cinco metros de altura, situando a nuestro “héroe” en la
orilla del mar, a la par que el quokka
se muestra impasible en la arena con la mirada perdida en el horizonte. Sin
abandonar las analogías para con el medio cinematográfico en el que Cook
cultivaría una relación más bien discreta —Despertar en el infierno (1971) y Stockade (1971) nacen de sendas novelas suyas—, otros capítulos de El lagarto astronauta (en especial «Con agallas se consigue ópalo» y «Cómo evadir impuestos») y se presumen piezas
sueltas extraídas del western
australiano, un género que choca con la realidad de los hechos: su nula difusión
fuera de los dominios del vasto país oceánico. O ya metidos en arena de psyco-thriller visualizado por angostas
carreteras desérticas a la luz de la luna austral, en «Un especímen peligroso» descansa el carácter cinético en un relato en que
nuestro héroe se pierde en conjeturas sobre la verdadera naturaleza de un tipo
apuesto que se hace llamar Charles Green transitando por la
Gibb River Road con un jeep en que su parte trasera se encuentran enjaulados un cocodrilo
vivo de considerables proporciones y un canguro muerto. Un marsupial que
protagoniza el segundo de los capítulos de la novela en cuestión, con un título
indicativo —«Nunca intentes ayudar a un canguro»— de la intención de El
lagarto astronauta por abrirse en el mercado editorial hispano en forma de guía práctica sobre los peligros a los
que uno se enfrenta si visita el Outback, infestado de animales de apariencia inofensiva pero que en su interior
late un asesino potencial. El alto
valor calórico de El lagarto astronauta se
debe a esa habilidad de Cook por describir la fauna australiana susceptible de
ser sometida a cuarentena —por el peligro que entraña— con apremio a que se
tratara de seres humanos, tocados de unos rasgos que les hacen muy cercanos a
extraer conclusiones sobre sus reacciones. Al referirse al quoakka, Cook añade a
la descripción anterior, «Tiene una cara mezquina y viciosa,
y unos ojos pequeños, malvados y faltos de compasión. Como todos los ualabíes,
salta a la manera del canguro y lleva a las crías en el marsupio. Por el
trasero arrastra una larga cola del tipo rata». El diablo se viste de quokka en este pasaje desbordante de ingenio
descriptivo que raya a una altura superior a la media de relatos contenidos en El lagarto astronauta, acompañados por
ilustraciones de Güido Sender Montes para esta cuidada edición de Sajalín,
provisionando a los lectores de una nueva novela tallada por lo irreverente y
con la convicción que lo alternativo tiene una cuota de mercado cada vez mayor.
A la espera de la publicación del título que cierra la trilogía de Cook, El canguro alcohólico solo cabe volver
sobre esos capítulos que han despertado en cada uno de nosotros instantes de
verdadero deleite, tratando de descodificar un humor que mueve a la extrañeza
para alguien que no sea un militante aussie
como Kenneth Cook, afincado en lo absurdo desde que decidiera escapar de la
disciplina escolar y situarse en una caprichosa realidad minada de peligros con
apariencia humana o semihumana. Un private pleasure en tiempos en que los
vendavales económico-financieros-sociales están a la orden del día.
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SAJALÍN EDITORES
domingo, 7 de octubre de 2012
«CAÍDA Y AUGE DE REGINALD PERRIN» de DAVID NOBBS: ORDINARIA LOCURA
En su
autobiografía, publicada por Arrow Books bajo el irónico título I Didn’t Get Where I am Today (2004) («no
consigo saber donde estoy hoy») David Gordon Nobbs dedica, una vez salvado su
periodo de aprendizaje final, además del motivo de portada el capítulo más extenso a The Fall and Rise of Reginald Perrin. Se trata de la obra literaria
que le dio relieve artístico y cierta prestancia económica,
y a la que dedica cuarenta páginas de sus memorias para ofrecer un relato
fidedigno de cómo se coció una pieza de estas características. Bajo una fachada
humorística se encuentra una despiadada lectura de la condición humana y más
concretamente en el Homo sapiens británico,
generador entre su “tribu” de brillantísimas figuras dentro de la música, de la
ciencia o de la política, entre otras muchas disciplinas, pero asimismo de un
perfil de individuos amparados en la mezquindad, en el sentimiento de
superioridad (referida sobre todo a las capas sociales) y en una idea de la
tradición familiar que se perpetua de generación en generación. Con su habitual
sentido del olfato afinado cada vez en esas Islas Británicas rebosantes de
talentos literarios aún por descubrir en nuestros lares, Impedimenta ha
publicado Caída y auge de Reginald Perrin
(1975), la primera de una serie de novelas escritas por Nobbs, focalizadas en
un pintoresco personaje que evidencia su torpeza cuando intenta “reinventarse”
bajo una nueva identidad, pero que al cabo computarán varias más. Trescientas
cincuenta y siete páginas que se devoran con fruición al combinar su autor la sátira
social —en otra muestra del valor de la tradición británica— y el relato humorístico
con un lenguaje preñado de brillantez expresiva y, al mismo tiempo, de una vitriólica
mirada sobre lo que envuelve la triste realidad de nuestro “antihéroe”. Desde
el primer párrafo, Nobbs suelta amarras
y deja caer un torbellino de frases delirantes: «Cuando
Reginald Iolanthe Perrin se dispuso a salir para el trabajo aquella mañana de
jueves, no entraba en sus planes llamar hipopótamo a su suegra. Nada más lejos
de su pensamiento». Podemos abrir la novela por la mitad y encontramos a un
lado la descripción del mundo de Reginald Perrin —vestido de tonalidades
grises, en que millares de lectores británicos debieron reconocerse en el
personaje que poco más tarde representaría Leonard Rossiter (una excelente elección) en una serie de veintiún
episodios auspiciada por la BBC —,
y el que da crédito a su nueva vida marcada por el punto de inflexión que
representa su desaparición mar adentro. En el ecuador del relato nace la raíz
de una leve intriga detectivesca que queda abortada por la incapacidad de un
par de investigadores por sacar conclusión alguna sobre la hipotética identidad
con la que actúa en la vida civil —de regreso de la “muerte”— el otrora empleado
de una fábrica especializada en la producción y distribución de postres. De Felpudo Coco Perrin pasa a
autodenominarse Charles Windsor, pero pronto la evidencia de su charada le
conduce a hacerse pasar por sir o Lord Wensley Amburst, Jasper Flask y el signor Antonio Stifado. Los capítulos
finales se reservan para un giro narrativo (que evidentemente no desvelaré) de
puro delirio, en que las dobles lecturas ganan prestancia en esta notable
propuesta literaria aferrada a un sustrato humorístico refinado con una
proverbial facultad de Nobbs con combinar lo mundano, lo coloquial (abundan las
expresiones de este sesgo que la traductora, Julia Osuna Aguilar, ha tenido que
afinar para ofrecer una pátina de “modernidad” a los ojos de las generaciones
de lectores más jóvenes) con un proverbial sentido descriptivo que no orilla el
valor de una cierta carga poética.
En esta nueva cita con la literatura británica,
Caída y auge de Reginald de Perrin concuerda
con su bien ganado prestigio de una obra de culto en suelo inglés, armada para que nos pueda privar
inclusive de horas de sueño, a cambio de seguir encarando la vida con las dosis
de humor necesarias para soportar el peso del Apocalipsis económico-financiero que se nos
avecina, a tenor de los imputs
recibidos a lo largo del día. Esperamos con fruición la línea sucesoria de
andanzas de un atribulado Reginald Perrin de la mano de Impedimenta, que coloca
un nuevo autor descubierto en nuestro país en su particular casillero de
aciertos... Un autor más que sumar, pues, y un deseo expreso porque se
multipliquen los lectores en el conocimiento de escritores de la categoría de
Nobbs, un talento que aún sigue dando guerra, a propósito de su recientemente
publicado It had to Be You (2011), ya
despojado del inefable Reginald Iolanthe Perrin, al que enterraría hace tiempo
haciendo “honor” a las siglas que conforman su nombre y apellido (R. I. P.)
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