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viernes, 28 de marzo de 2014

«MEMORIAS DE NEIL YOUNG: EL SUEÑO DE UN HIPPIE» (2014)

Si hay algún documental sobre Neil Young que cumpla, desde mi perspectiva, el requisito de ser visitado varias veces éste sería Heart of Gold (2006). Se trata de una producción Shakey Pictures dirigida por Jonathan Demme, poblada de pequeños detalles que nos descubren muchos aspectos sobre el músico canadiense. Así pues, entre sus pliegues podemos observar cómo la emoción embarga a Neil Young cuando interpreta el tema It’s a Dream, en memoria de su padre Scott Young, cuyos últimos años de su vida los pasó padeciendo demencia senil. No me equivocaría demasiado si manifestara que uno de los factores básicos para entender que Neil Young iniciaba una nueva etapa de su actividad artística incluyendo la labor de escritor, vino derivado de la pérdida de su progenitor. En cierta manera, Neil Young trataría de tomar el testigo del popular periodista deportivo canadiense conforme a la idea de preservar su recuerdo y tratar así de rendirle tributo. Pero para alguien que sigue teniendo tantos frentes abiertos —desde el plano familiar, artístico y empresarial— el momento para poner a prueba su vertiente de escritor se iría postergando hasta que un incidente en la piscina de su primera residencia —situada a las afueras de San Francisco, California— parecía dictado a través de la providencia. Una providencia presta a que el reposo obligado por la fractura detectada en el dedo meñique de su pie derecho le llevara a situarse frente al ordenador y, al cabo, escribiera unas cien mil palabras, traducido en formato libro, a unas cuatrocientas cincuenta páginas, con una treintena de fotos en blanco y negro intercaladas en las mismas. Más que unas memorias, Neil Young iría conformando un itinerio sin orden ni concierto por una vida trufada de suculentas anécdotas, de desgracias, de sinsabores pero también de momentos de esplendor, de brillo. “Conociendo” al personaje tras haber cumplimentado una monografía de carácter analítico que no desdeña el componente biográfico, sabía en primera instancia, antes de consagrarme a la lectura, que Neil Young actuaría a “campo abierto” sin encomendarse ni a Dios ni al Diablo. Lo caótico configura parte de su paisaje discográfico, descartando un proyecto para cabalgar a lomos de otro, volviendo la mirada hacia atrás y así hasta.... el infinito. Neil Young: el sueño de un hippie (2014, Malpaso Ediciones) no es más que una traducción al papel de ese universo un tanto deslavazado que no ha buscado ni pretendido buscar el anzuelo de la comercialidad, sino que ha tratado de amueblar un discurso musical trazado por lo artístico. Una vez advertido, prácticamente a las primeras de cambio, que el sentido acronológico dominaría el texto, me puse a leerlo con fruición. Tan solo necesité de dos o tres “tomas” para hacer un “barrido” por esta producción literaria que hábilmente los editores de nuestro país han titulado El sueño de un hippie y, de esta manera, se han desmarcado del original Waging Heavy Peace, un juego de palabras en verdad “intraducible”. No todos los libros tienen esa cualidad: la lectura que pasa a velocidad de vértigo, abriendo y cerrando páginas en un santiamén, así hasta un total de poco más de cuatrocientas, algo inferior en volumen a la edición seminal, con un texto que “respira” más espacios en blanco. Algunos lectores podrán argüir que estamos ante una letra sin música, la que descuida un lenguaje de mayor riqueza y variedad expresiva. Pero Neil Young, en su primera tentativa en calidad de escritor, se decanta por un lenguaje más llano, directo, que trate de conectar de inmediato con el lector, sin menoscabo de practicar el arte de la digresión que me ha recordado de soslayo las postreras obras de Kurt Vonnegut Jr, evaluadas desde una perspectiva autobiográfica, a modo de ir cerrando el círculo.  
   Favorecido por una encomiable labor de traducción a cargo de Abel Debritto, Memorias de Neil Young: el sueño de un hippie aborda, desde esa premisa intencionadamente caótica, su autor desgrana numerosos aspectos que competen a su vida personal, familiar y profesional. Se trata de un libro observado desde el prisma del continuo agradecimiento, de una deuda no siempre reconocida en su momento por el propio Neil Young. La existencia de Neil Young ha ido girando sobre esos círculos de amistad, básicamente confeccionado por colegas de profesión. Para preservar semejante entorno no ha dudado en ahuyentar a la prensa codiciosa de un enfoque sensacionalista, la inherente a un genio recluido en su "Sangri-La" con dos hijos afectados de parálisis cerebral —Ben y Zeke— fruto de la relación con sendas parejas sentimentales, la conformada por la actriz Carrie Snodgress y su actual esposa, the real love, Pegi Young, constante fuente de inspiración en su obra musical. El carácter estrafalario de Neil Young gana dimensión a través del relato decididamente desordenado que hace de sus múltiples aficiones con un afán de coleccionista mórbido (los trenes eléctricos, al punto de ser accionista de una marca de prestigio internacional cuya fábrica se localiza desde hace años en China; los automóviles accionados por biocombustible, aparatos antiguos de grandes dimensiones que un día formaron parte del parque de turismos preferentemente de los años 50; su propio legado musical y cinematográfico que administra cuál orfebre, etc.) al que no parece haber puesto freno con el paso de los años. En esa dimensión seguramente el buen conocedor de la obra musical de Neil Young, que ha repasado una y mil veces en los entresijos de las grabaciones de discos memorables y no tan memorables, encontrará los mayores estímulos para la lectura de El sueño de un hippie porfiado en la idea que su perenne sentido por reinventarse deviene una rara avis entre los músicos de su generación que aún se sostienen en pie. Por ventura, después de haber sufrido toda clase de penalidades en lo físico, ese árbol de más de ciento ochenta centímetros se sostiene en pie a los sesenta y ocho años, con una endiablada capacidad por buscar nuevos retos (su última obsesión, la aplicación Pono que preserva una calidad de sonido muy superior a las administradas por formatos como mp3), entre ellos el que se dirime en el terreno literario. Hasta un total de cuatro ideas de proyecto relativas a proseguir su veta de escritor he contabilizado a lo largo de las páginas de la presente obra. Dado el cúmulo de proyectos que tiene en marcha o en stand by, difícilmente todos ellos tendrán cabida al corto o medio plazo, pero nunca se sabe cuando se trata de Neil Young. Si la musa musical no le acompaña o, cuanto menos, con la frecuencia de antaño, posiblemente asistamos a una sucesión de obras escritas por Neil Young con el “membrete” de su carácter osado y desprejuiciado, siguiendo a pies juntillas el enunciado de una frase que solía repetir su productor y amigo del alma David Briggs: «destaca o desaparece».


domingo, 8 de agosto de 2010

BEN KEITH (1937-2010): ADIÓS AL «LUGARTENIENTE» DE NEIL YOUNG

Stray Gators, un grupo creado en el marco del sinfín de sinergias que se dieron en la ciudad de Nashville a finales de los años sesenta, con toda probabilidad no pasará a los anales de la historia de la música como tal. Pero no puede decirse lo mismo de algunos de sus miembros, en especial para un par de ellos que fueron vitales para el desarrollo de la carrera artística de Neil Young: Jack Nitzsche y Ben Keith. Nacidos ambos en 1937 —algún día se debería hacer un pormenorizado estudio estadístico que dejaría este año, a buen seguro, como uno de los más productivos en cuanto a alumbramientos de artistas en los USA en la pasada centuria—, lo paradójico del caso es que Nitzsche, el pianista de la banda, había sido el principal «benefactor» de Young cuando éste trataba de trazar una carrera en solitario fuera de los dominios de Buffalo Springfield, una formación de vida efímera que podría decirse, murió de éxito. Pero antes de «expirar» BS dejaría joyas del calibre de Expenting to Fly —incluída en el álbum Buffalo Springfield Again (1967)— para la que Young contaría con la inestimable colaboración de Nitzsche en calidad de arreglista, quien no cejó en su empeño hasta dar la forma y ofrecer el tono justo a una canción que ha resistido como pocas de la cosecha de la banda californiana las embestidas del paso del tiempo. Otra cosecha, la del ‘72, sería la que marcaría el punto de partida de una larga y prolija asociación entre Ben Keith, steel guitar de los Gators, y el «canadiense de oro». Presumiblemente concentrado en menesteres que no pasaban por seguir al dedillo la ejecutoria profesional de los front man o «espíritus» musicales en alza de la costa Oeste de los Estados Unidos, Keith acudió a la cita de las sesiones de grabación de Harvest con la certidumbre que Neil Young no había acumulado trabajo alguno como solista, y su conocimiento sobre él lo fiaba a los ecos que le llegaban en torno a la superbanda Crosby, Stills, Nash & Young. Por aquel entonces, Ben Keith trabajaba en una longitud de onda distinta a la que se cocía en las soleadas costas californianas, habiéndose forjado al frente de la banda de nombre tan poco sofisticado como A Team, en consonancia directa con las hechuras de cuarteto que aspiraba a modelarse en la tradición del blues y del jazz, a modo de bastiones de la música que se estilaba en los locales de Nashville. Para Keith, el primer golpe de suerte había llegado tiempo atrás cuando participó en la elaboración del tema I Fall to Pieces, cantado por Patsy Cline, convirtiéndose de la noche a la mañana en un hit casi con la misma celeridad que lo haría treinta y cuatro años más tarde cuando produjo el álbum de debut de Jewel, Pieces of You (1995), encaramado en las listas de obras musicales más vendidas a las pocas semanas de su presencia en tiendas. Su puntual unión con Cline le abriría las puertas del sector musical y le retuvo durante toda una década en Nashville. Pero la entrada de Young en su vida personal y profesional trastocó todos los planes de Keith por echar raíces en la tercera ciudad que había residido, descontando su Fort Riley (Kansas) natal, y Kentucky. La siguiente y definitiva parada sería a unas decenas de kilómetros de San Francisco, donde Neil Young concibió el rancho Broken Arrow, su comunidad orlada de hippies, pero con los bolsillos bien llenos merced al aclaparador éxito de Harvest y lo que estaría por llegar. La resaca de aquel éxito condujo a operaciones que desataron todo tipo de excesos y de la que resultó especialmente damnificado el tour de Time Fades Away (1973-1974), en el que tuvieron parte activa los Stray Gators. De aquella pesadilla de gira quien saldría reforzado sería Ben Keith, quien acabaría convirtiéndose en uno de sus más fieles colaboradores de Neil Young. Citar la lista de álbumes o CD’s de Mr. Young en los que aparece en los créditos principales Ben Keith es tanto como reseguir lo más granado del canadiense en el curso de cuatro décadas, con especial distinción para Old Ways (1985) y Silver & Gold (2000), dos de las obras que reivindico sin ambajes en el libro que escribí el año pasado con un subtítulo, La leyenda desconocida, que podría extrapolarse a esta figura señera de la música llamado Bennett Keith Schaeufele, artísticamente, Ben Keith.
La escasez de perfiles o reseñas que ha generado la muerte de Ben Keith no puede por menos que moverme a la desazón por cuanto la importancia de éste ha sido considerable en la evolución de la obra de uno de nuestros —me refiero a efectos de la humanidad— grandes nombres de la música contemporánea: Neil Young. Bien es cierto que esa condición de multiinstrumentista de Keith quedaría eclipsada al afrontar el puesto de «lugarteniente» de Young en una lista amplia de piezas grabadas en estudio y, de esta forma, dejar poco espacio para sus «creaciones» personales —To a Wild Rose (1984) y Seven Gates: A Christmas Album by Ben Keith and Friends (1994), una relectura de temas tradicionales y mainstreams relacionados con el motivo navideño— o quedar en un segundo término sus contribuciones para estandartes de la música como Ringo Starr, J. J. Cale, Emylou Harris, Linda Ronstadt o Todd Rundgren. Ese «comodín» del que Young extrajo el máximo partido, le valdría para amueblar sus propuestas creativas con el sonido de la pedal steel, instrumento del que Keith era un consumado especialista, sin menoscabo a su dominio de la steel guitar, y los respetos que merecía cuando se colocaba frente al piano o incluso cuando no tuvo reparos en tocar el saxo alto en la grabación con los Blue Notes de This Note's for You (1988), que representaría una vuelta al pasado, rememorando su paso por A Team.
Presumo que el deceso de Keith ha despertado en Neil Young una tristeza tan honda como la que le había generado en su día la pérdida del productor David Briggs. Winnipeg, la ciudad de adopción de Neil Young, sirvió de marco para calibrar la toma de temperatura de ese corazón nuevamente herido del canadiense. Su Old Man tocado en fechas recientes no tuvo el propósito de acudir a la memoria de su vecino de Broken Arrow Louis Avella, para quien había escrito las letras de esta emotiva canción; lo hacía desviando el pensamiento para ese músico con mayúsculas que supo de motu proprio que la vida tiene fecha de caducidad. Su contribución, como la de tantos músicos anónimos, no puede por menos que estamparse en un visado para la eternidad. Gracias Ben, Old Man. Descanse en paz.