«Una novela puede nacer en tu cabeza en forma de
imagen evocadora, fragmento de conversación, pasaje musical, cierto incidente
en la vida de alguien sobre el que has leído, una ira imperiosa, pero sea como
sea, en forma de algo que propone un mundo con significado. Y por tanto el acto
de escribir tiene carácter de exploración. Escribes para averiguar qué
escribes. Y mientras trabajas, las frases pasan a ser generadoras; el libro
prefigurado en esa imagen, en ese retazo de conversación, empieza a aflorar y
participa él mismo en su composición, diciéndote qué es y cómo debe realizarse.
En cambio, un relato suele presentarse como una
situación, hallándose los personajes y el escenario irrevocablemente unidos a
ella. Los relatos se imponen, se anuncian a sí mismos, su voz y sus
circunstancias están ya decididos y son innumerables. No se trata de encontrar
el camino para llegar a ellos; han llegado por propia iniciativa y, más o menos
enteros, exigiéndote que lo dejes todo y lo escribas antes que se desvanezcan
como se desvanecen los sueños». Así se expresa, a las primeras de cambio, en el
prefacio de Todo el tiempo del mundo Edgar Lawrence Doctorow (1931-2015), para mi gusto uno de los escritores norteamericanos
fundamentales de la segunda mitad del siglo XX, que ha prologado su descomunal
talento literario, a las primeras estribaciones de la presente centuria. Malpaso
Ediciones amplía el horizonte en calidad de cuentista de Doctorow on la
publicación de sus Cuentos completos, casi
coincidiendo en el tiempo con la noticia de su deceso. Miscelánea, el sello por
antonomasia cautiva de la obra de Doctorow en lengua castellana, cede así el
relevo a la editorial barcelonesa para la presentación en sociedad de un plato
literario exquisitamente cocinado por el escritor neoyorquino. Para la ocasión,
dieciocho relatos cortos jalonan esta pieza literaria —cinco más que en la
edición de Miscelánea— en la que Doctorow se bate el cobre en el desarrollo de
sendas historias arraigadas al firme de
la realidad social estadounidense —con alguna que otra salvedad— mostrando, una
vez más, la “cara oculta” del sueño norteamericano. De algún modo, pese a lo
variopinto de los relatos que convergen bajo un mismo manto de edición, Doctorow hace extensible
en estas breves historias una necesidad vital por sumergirse en esas procelosas aguas de lo cotidiano, aflorando un
discurso social en que levanta acta de esos seres incapacitados para adaptarse
a su entorno; unforgivens en la “tierra santa”, en la tierra de
“las segundas oportunidades” que representa los Estados Unidos de América. En
esas distancias cortas, la punción crítica se nota sobremanera, derivando
toda clase de historias subsidiarias de la violencia de género (desgarrador el
relato Jolene envuelto, eso sí, en esa cortina
poética tan cara a su autor que lo distancia de otros de sus colegas de
profesión), la precariedad laboral (Wakefield) o la inmigración (Integración).
Historias que conectan directamente con un paisaje humano que dista de haber
sido observado a través de un filtro idealizado de la sociedad que acogería a
los ancestros del propio Doctorow, emigrantes rusos judíos que buscarían una
nueva vida en esa ciudad que se convirtió en el escenario en permanente
rotación del exquisito autor de Ragtime (1975): Nueva York. En esta
recopilación de relatos cabe uno particularmente autobiográfico, El escritor de la familia, previamente publicado
en la distinguida revista “Esquire”. Una mano tendida a rendir tributo a la
figura paterna, colocando el broche final al relato la trascripción íntegra de
una carta escrita por Donald Doctorow, en una muestra más
de que los aspectos sentimentales que incriminan a la familia alcanzan un
significado especial en el que se presume el último tramo vital y profesional
de un escritor.
Si tuviera que
quedarme con uno de los relatos que conformar esta antología soberbiamente
editada me decantaría por Walter John Harmon. Una obra maestra del relato corto
vestida a través de su treintena de páginas con esa proverbial finura de
Doctorow en ofrecer una descripción espacial de un entorno determinado, al
tiempo que da volumen y forma a los personajes en liza. Una narración que
pudiera servir de punto de partida para una novela en la que se desvelara,
merced al modus vivendi y al modus operandi de una secta, esa América al abrigo de
conceptos involucionistas, que se reconoce en los postulados del Tea
Party y que exhibe el
arma como seña de identidad. Esas mismas armas que se pueden reconocer en algún
lugar a resguardo de la fortificación que ha dejado marcada Walter John Harmon
en unas hojas que tienen un tanto de revelación para con sus fieles seguidores,
incluido el personaje que da voz al relato y que trata de agarrarse a la
doctrina impartida por su "Mesías", aunque éste se haya fugado con su
propia esposa. Doctorow cincela su masterpiece mostrando, en su enunciado final, una
idea bastante aproximada de lo que repercute en la gran pantalla en Red State (2010) con guión, montaje y dirección de Kevin
Smith. No en vano, el relato en cuestión concluye con una frase
demoledora: «Nos asegura un campo de tiro despejado y libre de obstáculos».
Otra bala, pues, que colocar en el cargador sutilmente crítico
de este “francotirador” con la mirilla calibrada tanto para el largo como para
el corto alance. Doctorow cumple, pues, una vez más, las (elevadas)
expectativas puestas en su prosa con este compendio de relatos que, en relación
a la edición publicada bajo el genérico Todo
el tiempo del mundo, incluye El hombre de Cuero, Niño muerto, en la rosaleda (con un singular punto
de partida no demasiado explotado en lo literario, donde la historia acontece
en el interior de la Casa Blanca
con la identidad del cadáver de un niño por esclarecer), La depuradora, La legación
extranjera y Vidas de poetas. Esta última había constituido el principal caballo de batalla entre empresa editora y el propio
Doctorow, remiso a incluir un texto que su autor consideraba desligada de su selección de relatos, una novela corta, en
cierta manera compendio de muchos elementos que conforman su particular cosmogonía. Cerca de cincuenta páginas
elaboradas con ese grado de imperfección pretendido en su particular visión de
un grupo de individuos colocados frente al espejo de una época que nos acerca más
a una historia de “fantasmas contemporáneos”, vestigios de un pasado que
irremediablemente han desaparecido. En su desesperanza y en su desazón,
Doctorow les ofrece abrigo a través de una prosa que traspúa humanidad, incluso
un sentido romántico de la vida que lo distancia de otros escritores de su
generación.
Al igual que surge con otros autores, la
muerte de Doctorow a buen seguro generará un afán por peinar textos un tanto desperdigados, esbozos de novelas o relatos
que no llegarían a prosperar. Pero hasta la fecha su legado literario publicado
es suficientemente rico como para defenderlo con una pasión medida desde el
conocimiento sobre alguien hiperdotado para relacionar a su libre albredrío
personajes de ficción con reales (en ocasiones, él mismo a través de trasuntos)
en un contexto histórico especialmente preceptivo que le ha situado en el pórtico
de los grandes novelistas de los últimos sesenta años, que asimismo puso a
disposición de su talento la construcción de relatos cortos que apuntalan un
descomunal prestigio del que han tomado nota, en cuanto a técnica y estructura literaria, no pocos escritores, coetáneos, caso de su amigo Dom DeLillo, y de generaciones posteriores.
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