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lunes, 17 de febrero de 2014

«SHAKEY, LA BIOGRAFÍA DE NEIL YOUNG»: UNA SERIE DE CATASTRÓFICAS DESDICHAS

Para la elaboración de Neil Young: una leyenda desconocida (2009, T&B Editores) me resultó de suma utilidad la biografía titulada Shakey (2002, Anchor Books), firmada por el periodista Jimmy McDonough. El volumen en cuestión se revelaría ante mis ojos al poco de ser editada, a un precio astronómico merced a sus ochocientas páginas la tapa dura que debió encarecerla, y su carácter de pieza de importación servida por una tienda de discos que lo exhibía, cuál reliquia, entre su poco concurrida sección dedicada a las obras en papel. En aquel momento desistí de comprarlo, pero un lustro más tarde, en plena inmersión por los procelosos mundos de Neil Young, me hice con una edición en tapa blanda, impreso en papel de escaso gramaje (a las puertas de ser catalogado de papel-biblia) pero con un alto contenido calórico en la narración de una existencia bigger than life. A Jimmy McDonough el genio canadiense le hizo un traje a medida... de un carácter que persigue el horizonte de “su” verdad sin reparar en demasía en los “daños colaterales”. En la particular epifanía de Neil Young no debía entrar los planes de una obra que cambiara el rumbo de lo presumiblemente pactado entre biografiado y biógrafo. A priori, la línea que jamás debía traspasar el redactor de “Village Voice” era el de explayarse en cuestiones de ámbito doméstico que comprometieran a familiares del entorno más cercano del canadiense de Ontario. Era como tocar su médula espinal con un punzón, el mismo aparato que había medido a los cinco años el alcance de una polio que a punto estuvo de dejarlo postrado en una silla de ruedas. Demasiado dolor enquistado en el fuero interno de un cantante y compositor excepcional para que McDonough derrumbara esos muros de privacidad, cuyo cemento a menudo dejaba filtrar una luz desde el interior en forma de canciones que debían leerse en clave metafórica. Sin encomendarse ni a dios ni al diablo, al leer las galeradas de Shakey —el inveterado seudónimo utilizado por Neil Young cuando ha tratado de configurarse sobre todo en una “entidad” cinematográfica más próxima a Jean-Luc Godard que de un academicista estilo James Ivory— el artista norteamericano frunciría el ceño y, acto seguido, vetaría la publicación de la biografía de marras. Jimmy McDonough movió ficha y entraría en una espiral de litigios en aras a que su trabajo de investigación de casi diez años no quedara varado por mor de la ruptura de un acuerdo que consideraba improcedente. A la postre, Neil Young convino en reconducir la situación y adaptarse a la nueva realidad, fuera de los focos de las salas de justicia que había visitado con motivo, por ejemplo, de las visicitudes derivadas del accidentado proceso de producción del largometraje Human Highway (1982), una rareza en toda regla. McDonough, desgastado por todo aquel proceso, parecía hacer suyo el estribillo de la canción “It’s the End of the World”, de Skeeter Davis que se escucha en algún tramo de esa «autopista humana» con regusto de serie Z, pero con una leve variación: “It’s the End of the Neil Young’s World". Otro biógrafo se hubiera prestado a incluir una suerte de postfacio, de actualización para alguna de las sucesivas reediciones de Shakey. Sin embargo, Jimmy McDonough había cerrado un capítulo de su vida personal y profesional en 2002. Han transcurrido una docena de años desde entonces y Neil Young, lejos de levantar el pie del acelerador sigue con un ritmo de trabajo endiablado, sumido en dar cabida al relato de su propia historia —la primera parte de su autobiografía ya ha tenido acomodo en el mercado editorial bajo el título Waging Heavy Peace (2012, Blue Rider Press)—, giras de conciertos por medio mundo (que ha incluido el comeback del resto de los Crazy Horse), ediciones de discos y la consagración a desempolvar tesoros aún ocultos para los amantes tot court de su música. Si para una persona corriente reiventarse puede suponer toda una prueba de fuego, llamándose Neil Percival Young representa una empresa titánica. Y en eso anda una vez traspasado el umbral de una edad de jubilación que no guarda sentido en un alma inquieta como la del canadiense. 
   Un par de años después de la publicación de Neil Young: una leyenda desconocida la inminencia de la edición en lengua castellana de Shakey parecía una certeza casi irrefutable. En la web de Global Rythym lucía idéntica foto en blanco y negro del Neil Young de los 70 que en la edición de Anchor Books, eso sí con el subtítulo «Una biografía de Neil Young». La buenanueva parecía haber llegado, corrobado por los preceptivos enlaces de compra en las páginas web de las versiones digitales de casadellibro.com y fnac.es, o del portal amazon. A partir de ese noviembre de 2011 los meses se irían sucediendo pero sin que el libro cobrara visibilidad en las tiendas. A través de diversos posts los amigos de En la playa de Neil Young —la mayor colonia de seguidores del músico canadiense en nuestro país—, una vez procesado un cierto sentido de desazón, se calibraría la posibilidad de abordar una labor colectiva consistente en traducir Shakey a la lengua de Dámaso Alonso con algunos voluntarios familiarizados con las peculiaridades de la lengua de John Milton. Hasta lo que conozco, el proyecto quedaría desarbolado; los gestos voluntarios se cobran, a veces, sus propias limitaciones.    
   El relato de «las catastróficas desdichas» en torno a la biografía de Neil Young no finaliza aquí. Una vez perdida la pista de Global Rhythm, al principio del mes de febrero del año en curso recibí una newsletter de Malpaso Ediciones en que pude leer entre los avances de edición el lanzamiento de la biografía de Neil Young traducida al castellano. Releí un par o tres de veces la noticia para cerciorarme que regresaba sobre la pista de Shakey. Luego conocí de primera mano que la salida al mercado de tal novedad se posponía sine die. Otra mal paso para una biografía que nació "maldita". Llegados a este punto, no puedo por menos que apelar a la voluntad de los neilyoungueros que habitan en la playa y en sus aledaños para resolver semejante entuerto. Neil Young, para un servidor uno de los más grandes músicos de nuestro tiempo, merece la publicación de esa biografía “gafada”, básica para conocer los entresijos vitales y profesionales de un “pura sangre”, inasequible al desaliento y con los arrestos suficientes cumplidos los sesenta y ocho años para brindarnos un buen puñado de gemas en forma de álbumes que se acercan a la cifra de cincuenta, descontados los directos, los discos en comunión con Buffalo Springfield, y Crosby, Stills, Nash & Young, y otros artistas y formaciones ociosas de haber cumplido un sueño. Maybe, A missing dream.         

jueves, 14 de febrero de 2013

«NEIL YOUNG JOURNEYS» (2011): UN ITINERARIO EMOCIONAL POR LOS ORÍGENES


Un escenario que no suele ser esquivo a artistas que se sitúan en los aledaños de la vejez o de la senectud deviene el regresar a los orígenes geográficos para crear una fantasía literaria, musical, audiovisual... en función de la disciplina a la que se encuentren vinculados cada uno de éstos. Neil Young carga sobre su maltrecha espalda casi cincuenta años de carrera musical y, al cumplir la edad de jubilación, convino con su amigo Jonathan Demme la confección de un documental que sellara ese vínculo emocional con un pasado remoto, el que situaría al cantante y compositor en los dominios de su ciudad natal, Toronto, y en una de las plazas ineludibles pertenecientes a su infancia, la localidad de Omemee. Al volante de un modelo Ford Crown Victoria de 1956, Young nos guía por ese itinerario vital y emocional por la carretera que conecta Toronto con Omemee, provocando todo un alud de recuerdos en la fértil mente de Young. Quizás, solo quizás el genio canadiense ha querido con Neil Young Journeys (2011) —editado en enero de 2013 en nuestro país por Sony— dejar para la posteridad testimonio visual (y emocional) de su apego para con un territorio que ha honrado a través de la composición de la letra de algunas de las canciones que conforman su amplio y excelso repertorio. Esa necesidad por salvaguardar los recuerdos arraigados en lo más profundo de su memoria asimismo ha tenido transcripción en el que se presume la primera de sus obras autobiográficas, Waving Heavy Peace (2012), conforme a la posibilidad que esa memoria algún día deje de ser fértil. Plenamente consciente de ello es Neil Young, quien conocería de primera mano el deterioro mental de su progenitor Scott Young, afectado de una demencia senil que sería, si acaso, más traumática para alguien necesitado de escribir a diario empujado por una pulsión casi orgánica. En este viaje sentimental de Neil Young acompañado por Demme, precisamente el instituto que lleva el nombre de su padre —el propio músico recalca para los no advertidos que era uno de los escritores más famosos de Canadá— representa una parada obligatoria, reflejándose en sus ojos un semblante de orgullo y gratitud. Una gratitud que, por su parte, expresa el público del Massey Hall —templo de la música sito en el nº 178 de Victoria St. de la cosmopolita ciudad de Toronto— cuando Neil Young celebra una de sus actuaciones en solitario para tocar algunos de los temas de Le noise (2010), al abrigo de su guitarra, y situándose en uno de los laterales del escenario un talismán en forma de tothem. La magia de Neil Young sigue intacta en el recinto en el que velaría sus primeras armas, haciendo alarde de una fortaleza vocal que para sí quisieran músicos con la mitad de su edad. Disconforme con un planteamiento “de mínimos” que hubiera supuesto filmar de una manera funcional, Jonathan Demme amuebla su propuesta a través de la colocación de una cámara diminuta al lado del micrófono dispuesta a captar en primerísimo plano a Neil Young en plena actuación, además de recurrir a un muestrario de ítems audiovisuales inherentes a los años de fogueo sobre los escenarios (entre ellos, el mismo Massey Hall), esto es, los años 70, como el uso de la split screen («división de pantalla») o el diseño de los títulos de crédito a cargo de su hija Amber Young. Otros de sus familiares, su hijo menor Ben Young —afectado por una parálisis cerebral desde las fechas de su nacimiento— y su hermano Bob Young aparecen de manera testimonial o episódica en esta propuesta que completa una especie de trilogía sobre Neil Young —tras la excelente Heart of Gold (2005) y la “invisible” por estos pagos Trunk Show (2009)— administrada por el cineasta que le marcaría la puerta de entrada del cine de categoría «A» al ofrecerle elaborar un tema para la banda sonora de Philadelphia (1993). Al igual que Heart of Gold, Journeys trabaja de una manera primorosa los aspectos lumínicos, persiguiendo un efecto de irrealidad que gana altura mientras suena la melancólica canción "You Never Call", uno de los pasajes más brillantes, en sintonía con su ejecución vocal de la «canción-protesta» “Ohio”, raramente recreada sobre los escenarios por el canadiense, y “Hey Hey My My”. Allí está el genuino Neil Young, ataviado con su chaqueta blanca, a juego con su raído sombrero de ala ancha. En su despedida, calca el gesto del que hacía acopio en su primer documental con Demme, ofreciendo una muestra de afecto para con un público que va renovándose continuamente aunque sigan presentes sus fieles seguidores desde los tiempos de sus actuaciones en el Massey Hall. Allí donde se forjaría una de las mayores leyendas de la música contemporánea: Neil Percival Young.         

Este post está dedicado a una fan de Neil Young, Esther, mi compañera de viaje espero que por mucho tiempo.