domingo, 2 de marzo de 2014

EL «CÓDIGO» MORSE DE TRANSATLANTIC LLEGA A BARCELONA: EL AÑO DEL RESURGIMIENTO DEL (NEO) PROG ROCK (I)

Muchos de los que crecimos mostrando un interés primario por el rock sinfónico o progresivo en nuestros años de adolescencia treinta años más tarde nos congratulamos que semejante fenómeno musical, lejos de haber quedado arrinconado a efectos historicistas, ha sido capaz de sobrevivir a las modas y ganar prestancia en las salas de concierto de medio mundo aunque éstas sean de dimensiones más bien modestas. No cabe duda, pues, que 2014 marcará un hito cara a los aficionados del estado español en la ya larga historia del rock sinfónico acorde al rosario de conciertos que han visto o verán la luz este año bajo una etiqueta “efectiva” en cuanto a distinguir auténticos virtuosos de la música contemporánea, pero un tanto incómoda si razonamos sobre la variabilidad de formas que adopta, ora escorada hacia el heavy metal, ora deudora de una herencia del progresivo manufacturado en la «Edad de Oro» del rock (los 70, of course) o al abrigo de tendencias pop instaladas, por ejemplo, en la espina dorsal de bandas como Marillion. Entre el line-up titular de esta notable formación británica —a mi juicio, la más regular de cuantas orbita en el planeta del neo rock progresivo— se cuenta Pete Trevawas, para quien la Ciudad Condal va siendo un espacio recurrente a golpe de las giras celebradas por Marillion en los últimos años y lo ha sido más aún porque el pasado 28 de febrero el menudo bajista arribaría a las costas catalanas a bordo del Transatlantic comandado por Neal Morse. Desde hacía casi cuatro años esta superbanda no habían vuelto a pisar territorio hispano, pero a decir de los que asistieron a los conciertos programados en Barcelona y Madrid en el marco del The Whirlwing Tour 2010, la experiencia merecía ser repetida. Al anunciarse que Transatlantic regresaba a la carretera (todo un eufemismo; más bien contemplan media vida de gira subidos en un avión o en las salas VIPs de los aeropuertos) con un nuevo disco bajo el brazo —el cuarto en estudio, Kaleidoscope (2014)— el efecto reflejo sería reservar una entrada y marcar en rojo ese postrer día del mes de febrero. En previsión de que las redes sociales volvieran a prender la mecha y se citaran multitud de fans del rock progresivo —diseminados a lo largo y ancho de la península ibérica— en las puertas de la sala 2 de Razzmatazz (con un aforo rondando los 450-500 espectadores), tuve la precaución de llegar a la hora de apertura marcada en la entrada, reuniéndome con algunos sospechosos habituales y otros recién llegados al conocimiento de un fenómeno musical presto a crear adicción. A las 19 h 00 empezaría a cumplirse el ceremonial. Un público mayoritariamente integrado por varones, de edades comprendidas entre los veinte y los cincuenta y tantos años, se mostraba expectante ante una lección de progresivo enfundado de metal en algunos de sus pasajes. No hubo teloneros. Previamente, me había vuelto a familiar con las caras del line-up de Transatlantic, esto es Neal Morse, Roine Stolt, Pete Trevawas (un viejo conocido para un servidor; hasta en dos ocasiones le había visto actuar con Marillion en la sala grande de Razzmatazz) y Mike Portnoy  (ex Dream Theatre), the entertainer, al que, a juzgar por su animosidad pocos podrían asegurar que hubiera padecido recientemente algún tipo de contractura muscular en una de sus piernas rotuladas, al igual que sus brazos, con todo tipo de simbologías. En el otro extremo del cuadro, su gran amigo Neal Morse, no lucía ningún ornamento en forma de tattoo. Más bien, Morse representa el prototipo de middle class, al que prácticamente nadie acertaría a relacionar como el buque insignia de una banda del neo prog rock. Morse se manejaba con el tablero de un sintetizador mientras proyectaba de tanto en tanto algunos de sus salmos (verbigracia de una fe cristiana que le devolvió a la vida tras la milagrosa recuperación de su hija, afectada de una dolencia cardíaca) que cobran realidad en el contexto de una propuesta musical barnizada de distintos colores, los más llamativos referidos a su ascendente metalero (Portnoy, fiel discípulo de Neal Pearty de Rush, desafía las leyes de la física con su incesante despliegue a la batería) y los de tonos más cálidos cuando el front man y el sueco Roine Stolt (Flower Kings) ejercen en el ecuador de la función una especie de duelo de guitarras arboladas de esencias acústicas. Contrapunto melódico de una velada que pareció dejar satisfecho al público, pero con la sensación que quedaban algunos temas de Kaleidoscope en el tintero. Dos horas largas de un rock desafiante, enérgico, vitaminado, bien condimentados con la amplia paleta vocal de sus cinco integrantes, incluido Ted Leonard, una auténtica revelación con ese toque más afincado en la raíz del blues, quien durante la mayor parte del concierto guardaría la espalda de Trevawas salvo cuando las ondas sónicas de Transatlantic buscaban el cuerpo a cuerpo con un hard rock pasado por el sedal de cada uno de sus integrantes. En medio de esta propuesta musical de alto voltaje, Morse parecía advertir el susurro de la voz paterna desde el Más Allá cuando tocó el turno a la ejecución de Rose Colored Glasses. Contemplamos a un Morse enviando un código cifrado hacia el cielo. Ese cielo infinito que años atrás le había entregado a Dios y comportaría que se descabalgara del proyecto que él mismo había fundado a finales del siglo pasado, el de Transatlantic, y también el de Spock’s Beard, donde ahora milita Leonard. Parecí advertir las lágrimas de Morse correr por sus mejillas desde un sitio relativamente privilegiado de la sala. Morse siente una música imbuida de cristianismo, la hace suya pero también la comparte con el resto de la banda, de una superbanda que cerraría su concierto antes de tiempo si tomamos la referencia, por ejemplo, con el celebrado en Buenos Aires semanas atrás. Empero, no cabían reproches. Había cubierto una página más de mi calendario vital asistiendo a un concierto que seguirá proyectándose en mi memoria con una luz especial, la propia de una velada que abre este «año del caballo» el resurgir del rock sinfónico. Pronto tomarán el testigo Camel, IQ, Steve Hackett (uno de los guest stars en la gira anterior a propósito del cover de un tema de Genesis) y Pendragon a lo largo de este 2014. Is It Really Happening?. La respuesta parece afirmativa, pese a que gran parte de los medios de comunicación sigan silenciando semejante resurgimiento y se muestren complacidos en dar máxima cobertura a otro tipo de música prefabricada para sónar al gusto de las almas de metal pero no para emocionar a gente que no hacemos del freakismo galopante nuestras señas de identidad.  

viernes, 28 de febrero de 2014

«OPERACIÓN PALACE» (2014): JORDI ÉVOLE Y LA OTRA CARA DEL 23-F… DE FRAUDE

Hace poco más de un mes, por no sé que motivo salió a colación el fatídico 23-F en el curso de una charla con unos amigos de la infancia que acudían a la presentación de mi último libro, Historia del cine británico (T&B Editores, 2013) en la Tecla Sala de L’Hospitalet de Llobregat. Uno de ellos, Agustí Borras, trataba de refrescarme la memoria que ese día estuvo en mi casa. Pero, en ese momento, me mostré incapaz a la hora de recordar al detalle las personas que estaban a mi alrededor, salvo padres y hermanos. La televisión y la radio se habían convertido en los “protagonistas” de aquella velada, la puerta de entrada para conocer la realidad de un país que había padecido cuarenta años de dictadura y que, tan solo un lustro después de haber entrado en un proceso democrático, la alargada sombra del poder militar se cernía sobre el órgano donde reside la máxima representación de la soberanía popular, esto es, el parlamento. Al viajar en el tiempo hacia ese momento concreto de la historia de nuestro país mi mente procesaba la información bajo un manto de maniqueísmo. Esa es la lectura que extraje a mis trece años: el Bien había triunfado sobre el Mal. De la tensión, la zozobra y la inquietud de las primeras horas de la tarde cuando el coronel de la Guardia Civil Francisco Tejero irrumpió en el Congreso amb tricorni i metralleta (La Trinca dixit), al respirar hondo, al alivio cuando amanecía el día martes 24 de febrero de 2014.
   Como si se tratara de un relato bíblico, treinta y tres años después Operación Palace (2014) “resucita” el tema del 23-F en la programación dominical para batir récords de audiencia en una televisión que ya no es ni de lejos la del UHF y el VHF; más bien se cuentan por decenas las cadenas televisivas prestas a satisfacer una variopinta selección de propuestas apta para todos los paladares. Tampoco hay rombos que valgan, en forma de balizas que indiquen sobre el peligro de ver determinados canales por parte de los más pequeños de la casa. En ese periodo en plena Transición, el contenido de Operación Palace no hubiera sido observado lesivo para los intereses de infantes o adolescentes por temas relacionados con la violencia o el sexo. Pero sí que cabía, a día de hoy, una nota de aviso para un amplio sector de la población que pasó realmente miedo ese fatídico 23-F, y ni siquiera el paso del tiempo ha borrado ese amargo recuerdo. No obstante, en esa jungla tan solo apta para depredadores en la que se ha convertido la televisión con el fin de preservar el share conquistado frente a los competidores, la Sexta movería ficha y, a golpe de teaser, avivarían el interés para que los españoles nos sentáramos frente al televisor el domingo 23 de febrero de 2014 y sintonizáramos con la emisión de Operación Palace, encubierto de una especie de “especial” a la sombra de Salvados, dirigido igualmente por Jordi Évole. Solo hubo un consejo por parte de la Sexta: que no nos perdiéramos el final. Vamos, que no nos fuéramos a la cama cuando aparecieran los títulos de crédito. No obstante, hice caso omiso al aparato publicitario de la Sexta —un canal que solemos frecuentar en casa, dicho sea de paso— y orientamos la antena hacia otra cadena más con un ánimo prosaico que por dar con alguna auténtica gema en prime time. A la mañana siguiente, los posicionamientos en contra y a favor sobre el especial de marras tuvieron ocupados a gran parte de la nómina de asiduos de las (mal) llamadas redes sociales. Entonces, me mostré un tanto ambivalente, esquivo a situarme en una posición firme del signo que fuera. Simplemente, no había visto el programa y, por tanto, no podía emitir un juicio con todas las de la ley. Hubo un hecho, en cambio, que me llamó poderosamente la atención cuando Antonio García Ferreres, el conductor de Al rojo vivo de la Sexta, entrevistó a Jordi Évole a pie de obra, es decir, en la redacción en que, al fondo figuraban varios de sus colaboradores con las miradas absortas en sus trabajos. Al ser abordado por Ferreres con una pregunta relativa a la comparación que había generado Operación Palace con la narración radiofónica de La guerra de los mundos por parte de Orson Welles, el periodista catalán tiró del manual de la modestia, apelando al sonrojo que le generaba el solo acto de citar al multidisciplinar artista norteamericano. El vocablo “genio” no asomaría al referirse a la persona de Orson Welles, pero sí cuando hizo mención a, por ejemplo, el ex miembro de La Trinca Josep María Mainat, quizás por aquello de la cercanía. La misma cercanía que había llevado a razonar a Jordi Évole que el “equivalente” de Stanley Kubrick en Operación Luna (2002) —el mockmentary que,  según confesión propia, le había servido de inspiración— para ser para otra Operación, la del Palace, un cineasta madrileño batido en retirada tras el último fiasco en taquilla, de nombre de pila José Luis,  y que adquiriría el álias de Garci al eliminar la última vocal de su recurrente apellido en los listines telefónicos. Garci, atrincherado en los despachos de su productora Nickelodeon, aceptó el envite. Él mismo se prestaría a un juego que pasaba, entre otros asuntos, que el plan pergeñado en el Hotel Palace por personajes de la vida pública situada en las altas esferas del poder, tuviera una recompensa para José Luis Garci en forma de Oscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa por Volver a empezar (1982). La sola presencia del cineasta madrileño en esta Operación Palace me hubiera hecho torcer el gesto al acudir a la convocatoria “catódica” del día 23-F de 2014. Rocambolesca, sin duda, resulta el relacionar su estatuilla dorada conquistada en Hollywood con su participación en un asunto de estado perpetrado en la trastienda del poder. Pero lo que definitivamente  desmonta el ardid es la explicación que Garci ofrece a cámara en torno a la película escogida por el ente de RTVE para amenizar una velada que se hizo eterna para tantos conciudadanos españoles. Protagonizada por Bob Hope y Virginia Mayo, El corista y el pirata (1945) no figuraría ni entre las 10.000 películas que Garci hubiera seleccionado para emitir, máxime tratándose de una producción sin púrpura en la silla del directed by, reservada en esta ocasión a David Butler, un auténtico desconocido incluso entre la cinefilia más recalcitrante. Con este par de “detalles” me bastó para que la propuesta de Évole y su equipo acabaría diluyéndose, asomando en su superficie un espléndido trabajo visual, marca Salvados, pero bajo la misma un arabesco que apenas sostiene el edificio narrativo. Un edificio que se desmorona desde la distancia una vez los explosivos se activan francos a dinamitar las versiones oficiales, las que se llevan arrastrando año tras año hasta sumar treinta y tres. Évole se daba por satisfecho con que el experimento sirviera para que el espectador reflexionara sobre si la mentira se ha instalado definitivamente en nuestros días al asomar periódicamente a la ventana de la información, la que ofrece Internet, la televisión, la prensa escrita o la radio. Una información presa de intereses políticos, financieros, económicos, sociales y/o ideológicos, difícil de procesar cuando su caudal es abundante y baja con fuerza, erosionando en sus laderas ese periodismo a la vieja usanza en el que el primer mandamiento deviene la verdad. Évole faltó ese 13/12/014 a la cita con la verdad, leit motiv de Salvados para buscar precisamente el reverso de la misma, el de una mentira encofrada en una mentira. Él lo sabía pero se la jugó, en un gesto de gallardía que tiene un arma de doble filo. Más que perseguir una comparativa con la locución radiofónica de La guerra de los mundos, de la que el oyente estuvo advertido del relato ficticio desde el principio de su emisión, según el prisma de un servidor, Operación Palace responde mejor a los paralelismos con otra producción arbitrada por Orson Welles, titulada F for Fake (1973), un mockmentary en toda regla. 23-F… de Fraude, el título escogido para el estreno en nuestro país del que acabaría resultando el canto del cisne de Welles cineasta. Otro canto de cisne se adivina en el horizonte profesional de Évole si vuelve a incurrir en el «falso documental» una vez puestos en una balanza los pros y los contras de un experimento tan fallido como afortunadamente lo fue el golpe de Estado un día del primer invierno de la década de los ochenta.


lunes, 17 de febrero de 2014

«SHAKEY, LA BIOGRAFÍA DE NEIL YOUNG»: UNA SERIE DE CATASTRÓFICAS DESDICHAS

Para la elaboración de Neil Young: una leyenda desconocida (2009, T&B Editores) me resultó de suma utilidad la biografía titulada Shakey (2002, Anchor Books), firmada por el periodista Jimmy McDonough. El volumen en cuestión se revelaría ante mis ojos al poco de ser editada, a un precio astronómico merced a sus ochocientas páginas la tapa dura que debió encarecerla, y su carácter de pieza de importación servida por una tienda de discos que lo exhibía, cuál reliquia, entre su poco concurrida sección dedicada a las obras en papel. En aquel momento desistí de comprarlo, pero un lustro más tarde, en plena inmersión por los procelosos mundos de Neil Young, me hice con una edición en tapa blanda, impreso en papel de escaso gramaje (a las puertas de ser catalogado de papel-biblia) pero con un alto contenido calórico en la narración de una existencia bigger than life. A Jimmy McDonough el genio canadiense le hizo un traje a medida... de un carácter que persigue el horizonte de “su” verdad sin reparar en demasía en los “daños colaterales”. En la particular epifanía de Neil Young no debía entrar los planes de una obra que cambiara el rumbo de lo presumiblemente pactado entre biografiado y biógrafo. A priori, la línea que jamás debía traspasar el redactor de “Village Voice” era el de explayarse en cuestiones de ámbito doméstico que comprometieran a familiares del entorno más cercano del canadiense de Ontario. Era como tocar su médula espinal con un punzón, el mismo aparato que había medido a los cinco años el alcance de una polio que a punto estuvo de dejarlo postrado en una silla de ruedas. Demasiado dolor enquistado en el fuero interno de un cantante y compositor excepcional para que McDonough derrumbara esos muros de privacidad, cuyo cemento a menudo dejaba filtrar una luz desde el interior en forma de canciones que debían leerse en clave metafórica. Sin encomendarse ni a dios ni al diablo, al leer las galeradas de Shakey —el inveterado seudónimo utilizado por Neil Young cuando ha tratado de configurarse sobre todo en una “entidad” cinematográfica más próxima a Jean-Luc Godard que de un academicista estilo James Ivory— el artista norteamericano frunciría el ceño y, acto seguido, vetaría la publicación de la biografía de marras. Jimmy McDonough movió ficha y entraría en una espiral de litigios en aras a que su trabajo de investigación de casi diez años no quedara varado por mor de la ruptura de un acuerdo que consideraba improcedente. A la postre, Neil Young convino en reconducir la situación y adaptarse a la nueva realidad, fuera de los focos de las salas de justicia que había visitado con motivo, por ejemplo, de las visicitudes derivadas del accidentado proceso de producción del largometraje Human Highway (1982), una rareza en toda regla. McDonough, desgastado por todo aquel proceso, parecía hacer suyo el estribillo de la canción “It’s the End of the World”, de Skeeter Davis que se escucha en algún tramo de esa «autopista humana» con regusto de serie Z, pero con una leve variación: “It’s the End of the Neil Young’s World". Otro biógrafo se hubiera prestado a incluir una suerte de postfacio, de actualización para alguna de las sucesivas reediciones de Shakey. Sin embargo, Jimmy McDonough había cerrado un capítulo de su vida personal y profesional en 2002. Han transcurrido una docena de años desde entonces y Neil Young, lejos de levantar el pie del acelerador sigue con un ritmo de trabajo endiablado, sumido en dar cabida al relato de su propia historia —la primera parte de su autobiografía ya ha tenido acomodo en el mercado editorial bajo el título Waging Heavy Peace (2012, Blue Rider Press)—, giras de conciertos por medio mundo (que ha incluido el comeback del resto de los Crazy Horse), ediciones de discos y la consagración a desempolvar tesoros aún ocultos para los amantes tot court de su música. Si para una persona corriente reiventarse puede suponer toda una prueba de fuego, llamándose Neil Percival Young representa una empresa titánica. Y en eso anda una vez traspasado el umbral de una edad de jubilación que no guarda sentido en un alma inquieta como la del canadiense. 
   Un par de años después de la publicación de Neil Young: una leyenda desconocida la inminencia de la edición en lengua castellana de Shakey parecía una certeza casi irrefutable. En la web de Global Rythym lucía idéntica foto en blanco y negro del Neil Young de los 70 que en la edición de Anchor Books, eso sí con el subtítulo «Una biografía de Neil Young». La buenanueva parecía haber llegado, corrobado por los preceptivos enlaces de compra en las páginas web de las versiones digitales de casadellibro.com y fnac.es, o del portal amazon. A partir de ese noviembre de 2011 los meses se irían sucediendo pero sin que el libro cobrara visibilidad en las tiendas. A través de diversos posts los amigos de En la playa de Neil Young —la mayor colonia de seguidores del músico canadiense en nuestro país—, una vez procesado un cierto sentido de desazón, se calibraría la posibilidad de abordar una labor colectiva consistente en traducir Shakey a la lengua de Dámaso Alonso con algunos voluntarios familiarizados con las peculiaridades de la lengua de John Milton. Hasta lo que conozco, el proyecto quedaría desarbolado; los gestos voluntarios se cobran, a veces, sus propias limitaciones.    
   El relato de «las catastróficas desdichas» en torno a la biografía de Neil Young no finaliza aquí. Una vez perdida la pista de Global Rhythm, al principio del mes de febrero del año en curso recibí una newsletter de Malpaso Ediciones en que pude leer entre los avances de edición el lanzamiento de la biografía de Neil Young traducida al castellano. Releí un par o tres de veces la noticia para cerciorarme que regresaba sobre la pista de Shakey. Luego conocí de primera mano que la salida al mercado de tal novedad se posponía sine die. Otra mal paso para una biografía que nació "maldita". Llegados a este punto, no puedo por menos que apelar a la voluntad de los neilyoungueros que habitan en la playa y en sus aledaños para resolver semejante entuerto. Neil Young, para un servidor uno de los más grandes músicos de nuestro tiempo, merece la publicación de esa biografía “gafada”, básica para conocer los entresijos vitales y profesionales de un “pura sangre”, inasequible al desaliento y con los arrestos suficientes cumplidos los sesenta y ocho años para brindarnos un buen puñado de gemas en forma de álbumes que se acercan a la cifra de cincuenta, descontados los directos, los discos en comunión con Buffalo Springfield, y Crosby, Stills, Nash & Young, y otros artistas y formaciones ociosas de haber cumplido un sueño. Maybe, A missing dream.         

martes, 21 de enero de 2014

«YES: MÁS ALLÁ DEL ABISMO» (2013): EXTRAÑOS (DE LA MÚSICA DEL SIGLO XXI) EN EL «PARAÍSO»

No cabe duda alguna que el proyecto de publicar un libro para los fans de Yes empezaría a coger cuerpo en forma de propuesta en firme a raíz de la publicación de Historia del rock sinfónico (2012), escrito por un servidor. La buena acogida dispensada al mismo traería, por consiguiente, que esa propuesta fuera estimada viable por parte de T&B Editores, aunque dentro de unos parámetros más modestos en distintos aspectos en relación al grueso de la producción editorial vinculada sobre todo al cine, a los deportes (preferentemente fútbol) y a la música (esencialmente de rock y pop).
Siempre me he mostrado cómodo frente a la aparición de trabajos que puedan, en algún sentido, complementar a lo que personalmente haya podido hacer. No resulta la norma de conducta habitual en un mundo presidido por las envidias, el sentido de la exclusión y el tratar de “patrimonializar” un ámbito del conocimiento como pueda ser, por ejemplo, el del rock sinfónico o progresivo. Por ello, en primera instancia, cabe saludar de manera positiva la aparición en el mercado de Yes: Más allá del abismo (2013), en que para el título y la cubierta de la portada Paraíso afina en el sentido del (auto)homenaje, aquel presto a rendir tributo a la “pieza roseta” que le abriría el conocimiento y posterior inmersión sobre un universo extraordinariamente variopinto merced a las características de la veintena (a día de hoy, a buen seguro, Chris Squire y Steve Howe estarán sopesando la idea de alguna baja o alta) de músicos que han formado parte de la banda nacida a finales de los 60. No en vano, en la introducción Paraíso relata que su primo Vicente le regaló al cumplir los trece años el vinilo de Close to the Edge (1971). Desde entonces, el “verde celestial” alfombraría el camino a la búsqueda y captura de cualquier pieza (LP’s, EP’s, maxisingles, rarities, discos piratas, fotos, revistas, libros, etc.) que razonara sobre ese universo que evoca unas emociones íntimas expresadas a través de una música que requiere de auténticos virtuosistas para ejecutarla. Por aquel entonces, alargaba su vida comercial en los cines a través de programas dobles Extraños en el paraíso (1984), dirigida por Jim Jarmusch. Por su parte, Paraíso debía sentirse un extraño en el patio del instituto cuando trataba de comunicarse con sus compañeros, haciéndoles ver la grandeza de su descubrimiento. A mediados los años 80 Internet representaba una quimera y las posibilidades de crear una comunidad virtual que movieran de manera directa a Paraíso a intercambiar afinidades musicales relativas al rock sinfónico y en particular Yes, brillaban por su ausencia. Las tiendas de discos se convirtieron en una segunda o tercera casa en las tardes de los viernes o de los sábados, pero la perseverancia y el hecho de saber administrar un orden de prioridades cuando uno no nada en la sobreabundancia de dinero propiciaría que, al cabo, la «colección Yes» creciera hasta convertirse en un auténtico tesoro. Para levantar acta de ese patrimonio personal, ligado al paulatino conocimiento sobre la materia, en cierta forma, surge Yes: más allá del abismo, que para algunos de los no avisados podría llevarlos a la confusión que se trata de una traducción en lengua castellana de la biografía del especialista Chris Welch de idéntico subtítulo. Salvada semejante puntualización, a diferencia del texto de Welch, Paraíso propone una especie de miscelánea, claramente orientada hacia el fan de la banda, en que en algunos capítulos toman la palabra los propios miembros de Yes a través de extractos de entrevistas o de la traducción de programas de mano, textos aparecidos en las carpetas de los discos compactos recopilatorios, etc. Paraíso trata de poner sobre el tapete algunas de las claves del sonido Yes, intenta transmitir esa pasión por la música del grupo británico cara a las nuevas generaciones y elabora un detallado, por prolífico, apéndice-guía que cubre cada uno de los rincones que comprometen a la edición, ya sea en soporte musical, videográfico o bibliográfico. El propio formato del libro, interpreto, que las páginas referidas al análisis pormenorizado de cada disco en estudio, pero también recopilatorios o directos oficiales, no podían ganar mayor espacio del que finalmente se impuso por criterios estrictamente editoriales. Podría imaginar que la editorial tuvo en mente que ese flanco estaba plenamente cubierto en Historia del rock sinfónico, la verdadera esencia de la obra en que lo analítico impone su “ley” frente a lo anecdótico o lo accesorio. Por ello tengo la convicción que uno y otro texto recorridas por tonalidades verdosas en sus portadas, en definitiva, se complementan. Yes: más allá del abismo acabará, pues, fusionándose en la biblioteca particular de un servidor, ocupando un espacio al lado de monografías sobre música que tributan en el rock tocado por innumerables influencias desde que Chris Squire y Jon Anderson decidieran poner rumbo a lo desconocido hasta crear, como bien señala Paraíso, los pilares para estilos o subestilos como el metal prog o el prog blues.



sábado, 18 de enero de 2014

EL CANGURO ALCOHÓLICO: KENNETH COOK Y LA «FAUNA» AUSTRALIANA

No resulta habitual encontrar en librerías de nuestro país literatura proveniente de las Antípodas, esto es, del continente oceánico. Más bien cuando nos hayamos ante una novela o una colección de cuentos made in Austalia o made in New Zeland podemos convenir que si acaban formando parte de nuestras bibliotecas las podemos reservar en el apartado de «rarezas». En cambio, no son precisamente rarezas las especies de animales que hacen acto de presencia en El canguro alcohólico (2013), cuyo subtítulo —Relatos humorísticos de la Australia profunda— deviene harto esclarecedor del tono y el continente de un texto que supuso el canto del cisne de su escritor, Kenneth Cook. Eso sí, para la edición de Bantam/Totoiseshelle fechada en 1987 Cook tuvo tiempo de dedicarlo a su editora Margaret Gee, meses antes de fallecer víctima de un ataque cardíaco mientras realizaba una gira aussie para promocionar el segundo libro de la trilogía, El lagarto astronauta (1986) —también publicado por el sello Sajalín, en 2012; sobre el contenido del mismo me ocupé en un post de este blog—. No en vano, Gee se revelaría la editora de «Koala trilogy» —tomando prestado el sujeto del título del libro de partida—, reportándola pingües beneficios dado que se ha traducido a varios idiomas, incluido al castellano gracias a Sajalín, y ha obtenido diversas reediciones en su país de origen donde Cook es todo un referente en los sectores menos proclives al conservadurismo en términos ideológicos (él se opuso con firmeza a la Guerra del Vietnam, al punto que lograría formar el partido Liberal Reform Group).
   En relación a la última de las ediciones de la obra de Cook que no pudo llegar a promocionar por escasas fechas, la de Allen & Unwin House of Books —2012— para su equivalente en lengua castellana se advierte una alteración en el orden de los catorce capítulos que la conforman. Las razones para esta permutación se deben a que Sajalín optaría por utilizar otro título en lugar del original, Fill-Necked Frenzy, cuya traducción más plausible sería el de «frenesí con chorreras» en referencia al lagarto de cuello de Filled y su probada animadversión con algunos representantes de la especie humana (incluido el artífice del relato), orgullo patrio al punto que su imagen aparecería en monedas de curso legal. Monedas que con o sin la efigie del kingii (el término aussie con el que se conoce popularmente al Lagarto de cuello de Filled) sirven para apuestas que te llevan a la ruina o a la condición de millonario, aspiración de todo escritor, según razonamiento del propio Cook. Así lo describe el polifacético Cook en el capítulo “Cara o cruz” (“Heads I Win, Tails you Lose” en el original),  en que relata su experiencia junto a Joe —sumo sacerdote de la tribu Arkarala— en Broken Hill donde antaño se practicaba semanalmente una partida de two-up, un juego de apuestas de formato sencillo pero que te seca el aliento ante la suma de dinero que se pone en circulación. Un episodio no exento de moraleja localizado en la parte final del presente volumen, cuya parte central ocupa el capítulo que da nombre a la edición española, El canguro alcohólico. Un título, sin duda, no exento de cierto gancho publicitario en detrimento de “Frenesí con chorreras”, pero que comporta un arma de doble filo: el capítulo de “El canguro alcohólico” representa un texto más bien discreto, en que la narración queda a merced de lo anecdótico, las tropelías de un marsupial con tendencias dipsómanas custodiado por el viejo Benny, un amigo de la familia cuando ésta se instaló en los dominios de Walgett, en Nueva Gales del Sur. En razón de la cantidad de puntos del país oceánico por donde discurren las andanzas de Cook se hace especialmente pertinente acompañar la lectura con un mapa de Australia (una manera de darle salida a esos Atlas que, por su desuso, acumulan una capa de polvo en algún rincón del hogar). Así saltamos, cuál canguro, de las orillas de Fremantle, en la parte Occidental del país en el capítulo “Buenas obras y disciplina” (con un can díscolo que lleva de cabeza a su eventual ángel custodio, esto es, el propio Cook), a Gnalta, población localizada al noroeste de Gales del Sur para el episodio “De ratones y topos” —juego de palabras con una diáfana semblanza en el título del célebre texto de John Steinbeck, aunque aquí el contenido social queda desplazado por una feroz diatriba sobre roedores con intenciones beligerantes—, o al Coorong, en la Australia Meridional para el episodio “No se puede querer a un avestruz”, en que su autor lanza diversas pullas, al margen del ave de marras (implícito en su propio título) a los académicos. No será, pues, este noble colectivo instalado en la atalaya del conocimiento, en una elevada proporción, desconfían del valor terapéutico del humor para combatir el tedio de la vida universitaria, los que difícilmente degusten con fruición la lectura de El canguro alcohólico. Por el contrario, intuyo, estudiantes y lectores no necesariamente vinculados a la realidad académica que tratan de cubrir sus ratos de ocio con la lectura, entre otras cosas, encontrarán un buen libro en El canguro alcohólico, destilado por la ironía, haciendo frente al absurdo de la vida con capítulos como el de "La rueda de la fortuna", hilarante relato en que una, a priori, brillante idea —un restaurante giratorio— no siempre tiene una óptima traducción cuando se coloca en el plano de la realidad. Eso mismo deben pensar muchos visitantes del país oceánico entusiasmados con la perspectiva de encontrarse frente a frente con su fauna (lagartos, cocodrilos, koalas, canguros, avestruces, etc.) y, una vez levantada acta de la experiencia, no han podido por menos que asentir, esbozando una media sonrisa, sobre la realidad impresa en esta selección de cuentos con traducción e ilustraciones a cargo de Güido Sender Montes servidos con un trazo tan singular como eficaz, “cohesionándose” de manera proverbial con el texto urdido por Cook.    


     

domingo, 12 de enero de 2014

CINECIUTAT DE PALMA DE MALLORCA: EL «PERSONAJE» DEL AÑO 2013 EN EL MUNDO DE HALDANE

Caer en el desánimo y la resignación parece moneda de cambió común entre aquellas personas o grupo de personas dedicadas a labores culturales, algunos desde una vertiente profesional y otros desde una óptica puramente amateur. Hemos conocido a lo largo de 2013 noticias sobre cierres de salas cinematográficas, sobre todo localizadas en pequeñas o medianas ciudades del territorio español porque, calculadora en mano, sus gestores han visto inviable seguir manteniendo un negocio cuyo IVA se ha encaramado hasta el 21%, además de requerir de un «plan renove» en forma de reconversión de lo analógico a lo digital, que deben asumir en su mayoría por el propio empresario. Ante semejante realidad, éstos han tratado de revertir la situación con iniciativas de descuentos en la entrada tras la excelente respuesta obtenida con el día del cine que superaría las expectativas incluso más optimistas. Rebajar el precio de las entradas puede suponer un arma de doble filo al “acostumbrar” al espectador a una determinadas tarifas que no sobrepasan los 6 € por visionado de película, pero al menos sirve de «dique de contención» a expensas que el sector acabe regulándose con unos criterios al dictado de la lógica, y no del afán recaudatorio mórbido de un gobierno que ni siente ni padece cuando se trata de prender fuego a una cultura patrimonio de la humanidad, la que nos hace mejores como individuos, la que alienta nuestra capacidad de razonar y, por consiguiente, de crear un tejido humano entre personas de distintas “sensibilidades”. Ese mismo tejido humano que ha hecho posible y viable un “pequeño milagro” en las Islas Baleares, y más concretamente en Palma de Mallorca al levantar un proyecto del que las autoridades locales, a priori, se mostrarían cuanto menos escépticas. Se trata del desempeño de un grupo de apasionados del cine que unirían esfuerzos para sacar a flote unas salas comerciales pertenecientes a la cadena Renoir hundido en unas turbulentas aguas donde la luz de los proyectores se ha apagado y el patio de butacas ha quedado huérfano de público. Dar la vuelta a esta desasogante realidad no ha sido fácil para estos voluntariosos aficionados, pero una vez más el tesón y el sentirse partícipe de un proyecto común de una manera solidaria han llevado a saludar, un año y medio después de una junta que marcaría un punto de inflexión en el desarrollo del mismo, la consolidación de Cineciutat Palma de Mallorca conforme un hecho sobradamente probada su eficacia. Una modélica gestión amparada en un concepto cooperativista que había tenido un fuerte arraigo en los años 70, ha propiciado este pequeño “milagro”, con una programación estable que no descuida el valor de los clásicos a través de la celebración de ciclos retrospectivos. Un “caldo de cultivo” imprescindible para fomentar una cinefilia que no sea esclava de una modernidad más como pose que como verdadera fuente de conocimiento y aprendizaje. Así pues, el equipo que forma parte de CineCiutat (fonéticamente con resonancias a Cinecittà, los estudios italianos que dieron cobertura, entre otros muchos, a los sueños de Federico Fellini) Palma de Mallorca toma el relevo a Enrique Redel de Editorial Impedimenta en la distinción anual en este veterano blog de personas o grupo de personas que contribuyen a dinamizar el parque cultural de un país que cada vez debe fiar más su suerte al ingenio, la habilidad, la perspicacia y la constancia de sus ciudadanos. Mil cuatrocientos de estos ciudadanos han sido los que han avalado un proyecto que nacía cuál entelequia y que hoy en día deviene el espejo con el que mirarse esas localidades del estado español que resisten a quedarse sin salas de cine. La ciudad de Majadahonda, localizada en las cercanías de Madrid, esperemos que sea una de tantas que persiguen emular la iniciativa de Cineciutat de les Illes Balears con similares resultados. Gratitud infinita, pues, a esos rostros anónimos que nunca abrirán los telediarios por una obra realizada que debe merecer el aplauso de todos los interesados en la cultura. En todo caso, las compensaciones ya llegan al ver un patio de butacas lleno y una pantalla en que vuelve a cobrar vida a través de historias que nos emocionan, nos provocan reflexión y/o nos llaman a esbozar una sonrisa. Ahora toca perseguir nuevas ilusiones. Mi más sincera enhorabuena. 

viernes, 3 de enero de 2014

«LAS MUJERES» (2013): DESCUBRIENDO A T. C. BOYLE, UN CLÁSICO CONTEMPORÁNEO


Una de las razones por las que Thomas Coraghessan Boyle (1948, Nueva York) —o para abreviar, T. C. Boyle— sigue siendo un autor poco conocido entre el público lector español resulta que su obra se encuentra dispersa por diversas editoriales. Por consiguiente, ningún sello ha sabido o podido “asociarlo” a sus respectivas colecciones. Llegados a este punto, cabe asimismo añadir que Boyle ha alternado indistintamente el relato corto con novelas la mayor parte de las cuales exceden al estándart habitual, sobrepasando con creces las trescientas o cuatrocientas páginas. De ahí que esas dos “identidades” literarias que convergen en el escritor estadounidense hagan aún más complejo si cabe su adecuación a un determinado sello editorial y, por ende, que el destino de su público tenga un sesgo determinado. Para empezar a recomponer ese puzzle editorial debemos remontarnos a finales de los años 80 con la publicación de una colección de cuentos de fuerte carga alegórica, Solo los muertos conocen Brooklyn (1988, Ed. Júcar), una pieza codiciada que cabría rebuscar en librerías «de viejo» o mercadillos de segunda mano. Un par de años después, Anagrama se hizo con los derechos pertinentes en aras a publicar El fin del mundo (1991), Oriente, oriente (1993) y El balneario de Battle Creek (1995), esta última aparecida en el mercado a rebujo del estreno de la adaptación al celuloide llevada a cabo por el británico Alan Parker. A punto de cruzar el umbral del milenio, un nuevo texto de Boyle orbitaría, en este caso, en la Galaxia Guttenberg, Música acuática (1999), la primera de sus novelas. Idéntica editorial ampararía la publicación de Encierro en Riven Rock (2000) y Un amigo de la tierra (2002). Mientras tanto, Boyle no paraba de acumular reconocimientos a escala planetaria. Pero en nuestro país su nombre seguía sin “posicionarse” entre los lectores. Random House haría su primera y única tentativa hasta la fecha con la puesta en circulación de Drop City (2004). El “maleficio” Boyle seguía sin romperse en el panorama editorial patrio. Una vez más, Impedimenta iría al rescate de un autor sin suerte en relación a lo que se había publicado en territorio español. En primer lugar, la operación de partida comprometía a un relato corto El pequeño salvaje (2012). Los resultados debieron resultar lo suficientemente esperanzadores para repetir jugada, aunque con una pieza de gran formato, Las mujeres (2013) —con una traducción inmaculada en el debe de Julia Osuna Aguilar— una novela de las dimensiones de las obras literarias del siglo XIX de las que Boyle sería un conpiscuo lector, a la par que contribuiría a cimentar su rocosa prosa, hilvanada de expresiones que persiguen un efecto un tanto ornamental pero también dispuestas o ofrecer una mácula de calidad indiscutible.    

Perteneciente a la Generación de escritores angloamericanos nacidos durante o en los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial —Richard Ford, Ian McEwan, Pete Dexter, John Irving, etc. —, T. C. Boyle exhibe músculo literario en una propuesta que especula sobre la vida de Frank Lloyd Wright (1867-1959), en una mirada administrada bajo la luz de las cuatro mujeres que estuvieron cerca de él en distintas fases de su existencia. Quinientas cuarenta páginas que valen su peso en oro por lo que compete a la definición de un estilo que concede poco margen a lo vulgar; su prosa es sencillamente un portento de elegancia en las formas. Boyle desbroza el entramado dramático que computa en cada una de los partes de la novela —«Olgivanna», «Miriam» y «Mamah»— con precisión quirúrgica, tomando la voz de un narrador —la del hijo oriental de Wietro San (su otro nombre)— que traba un relato a lo «Ciudadano Kane». Al correr de las páginas, Boyle crea una tela de araña de la que el lector ya no puede abandonar si ha “superado” una cuarta parte del relato de una existencia, la de Frank Lloyd Wright, quintaesencia de una megalomanía que no conoce fronteras, en que la dicotomía sobre el individualismo-sociedad, del poder y la humildad, el sacrificio profesional y el compromiso familiar no se resisten a ser abordados en cualesquiera de sus tramos. Una obra que muestra a las claras que Boyle ha tendido un puente definitivo con la alta literatura, el que le consagra como un escritor clásico, capaz de arbolar una narrativa majestuosa en cada línea de texto, en cada párrafo. Las mujeres mira de igual a igual a piezas literarias que han servido de fuente de inspiración para este superdotado de la escritura y saber soltar lastre en comparación a algunas de sus anteriores obras —en particular, El balneario de Battle Creek, sobre la base de “auditar” la vida de otro excéntrico venido del siglo XX, el doctor Kelloggs—, demasiado habitadas por un ejercicio de retórica que prometían más de lo que en verdad ofrecían. El de Las mujeres, intuyo, puede ser el punto de inflexión para que de una vez por todas T. C. Boyle deje ser sinónimo de fruncir el ceño entre el público lector de habla hispana. Por sus obras le conoceréis y este relato aventurado a destruir el Mito de un arquitecto de alcance internacional, no es más que la prueba fehaciente del magisterio de Mr. Boyle, un neoyorquino con apariencia de irlandés, de mirada aviesa y generosa frente, capaz de almacenar infinidad de expresiones literarias que, a la postre, han redundado en un texto sublime como pocos en el contexto del siglo XXI.   

domingo, 15 de diciembre de 2013

CAMINO DE LA INDEPENDENCIA (I): UNA VISIÓN PERSONAL SOBRE LA REALIDAD CULTURAL CATALANA

Puede que centenares de miles de personas de Catalunya contemplen el 9 de noviembre de 2014 como una fecha clave para el devenir de sus vidas y sobre todo del anhelo de contribuir a la creación de un estado independiente, segregado del estado español. A todo gesto, acto, posicionamiento, idea, expresión le surge su contrario. En este sentido, el movimiento independentista catalán que ganaría adeptos para la causa en junio de 2010 —creo que ese fue el verdadero punto de inflexión en razón de la manifestación por el recorte del Estatut realizado por el Tribunal Constitucional; luego el 11-S de 2012 y el de 2013 vinieron a refrendar un posicionamiento en defensa de la terra— no es una excepción ya que los denominados partidos nacionales, los que abogan por un estado federal (PSOE, UPyD)) o por mantener el status quo (léase PP) han movido ficha en el sentido de evitar a toda costa la celebración de un referéndum en Catalunya. Choque de trenes dirán algunos. Si vale el símil más bien un tren AVE frente a un tren de mercancías al que se van uniendo más unidades en forma de vagones a medida que el gobierno del PP se empecina en obviar el tema y acogerse a la Carta Magna como si fuera el único salvoconducto para preservar la unidad (sic) del estado español.

   Nací y resido en Catalunya desde hace cuarenta y seis años, es decir, toda una vida. Este es un país para algunos, una comunidad autónoma (menudo eufemismo en los tiempos que corren) para otros o un lugar para existir (para los menos; los que nos guiamos por una concepción más universal acorde a un pensamiento utópico) bastante curioso. He recorrido las calles de sus principales ciudades, he visitado centenares de pueblos, he transitado por carreteras de toda condición en vehículo, pero también en bicicleta y sigo creyendo que es un rincón del mundo maravilloso. Quiero a Catalunya y a su gente. Muchos quizás lo desconozcan pero dirigí y coedité la primera revista de cine en lengua catalana de periodicidad mensual, Seqüències de cinema, y el próximo año se cumple el veinte aniversario de mi primer libro, La generació de la televisió: la consciencia liberal del cinema americà (1994). Leo, hablo y escribo con corrección el catalán. Para el uso diario, en la forma de relacionarme con los demás, el catalán es mi primera lengua. Pero no me siento nacionalista e independentista por la sencilla razón que considero el idioma un factor de enriquecimiento, no conforme a un arma arrojadiza que divida a unos y a otros. El tener una lengua propia es una condición necesaria pero no suficiente para que un pueblo decida segregarse de un crisol de pueblos denominado España. Los que básicamente contemplan la vida desde el prisma económico el independentismo es una razón de peso para justificar su voto afirmativo en caso de darse vía libre a un referéndum. Desde hace tiempo he calibrado en mi fuero interno que la cultura y la difusión de la cultura forma parte de mi «ADN». Y desde esa perspectiva niego la mayor que un hipotético estado catalán nos conduzca a una prosperidad cultural. Más allá del folclorismo con el que los dirigentes políticos juegan a su favor para arrimar el agua a su molino (electoral), nos encontraríamos ante un país encallado en tantas disciplinas artísticas, obligado a exportar talentos porque la demanda interna se situaría bajo mínimos pese a ese factor “corrector” en forma de subvenciones. Por ejemplo, siete millones camino de ocho no da para forjar una industria cinematográfica “a la catalana”. Un par de planos a vista de pájaro en una producción de Zack Snyder sería el presupuesto de un cine cuyos productos acabarían derivándose a la pequeña pantalla, y en concreto, a la sacrosanta casa de TV3 donde alimentarían el bulo de la existencia de una robusta cinematografía catalana apadrinada por Ventura Pons en una suerte de video promocional. ¿O acaso creemos que la cristalización de la independencia catalana llevaría aparejado una explosión de consumo de la cultura autóctona? Me temo que no sería así. Conozco la idiosincrasia del pueblo catalán. Salvo excepciones, aquellos tutelados por un independentismo mórbido (los que operan en la órbita de Ómnium Cultural y demás entidades apostadas en los aledaños del gobierno, los que les dan de comer en forma de generosas subvenciones) prefieren leer en castellano; van a ver películas dobladas al castellano porque aunque les quedara otra, ya se sabe, la fuerza de la costumbre es un arte en sí mismo; sus guías musicales se expresan en la lengua de John Milton, y el consumo de videojuegos, mejor en versión norteamericana que lucen más. Y no hablo de oídas. Seqüències de cinema nació cuando se cumplía el centenario del cine. Entonces, existía un bosque de revistas de cine en lengua castellana, hasta un total de ocho. La lógica dictaba que protegieran una iniciativa privada que apostaba por una publicación en catalán. La dejaron caer. No tuvo subvenciones. Me sentí orgulloso de esa revista por su vocación universal. www.cinearchivo.com hubiera podido desdoblarse en www.cinemaarxiu.cat como una herramienta de consulta válida para el sistema educativo vehiculado en la lengua de Salvador Espriu, pero han preferido gastarse el dinero, por ejemplo, en el servicio de cátering de actos pronacionalistas, como diría el sinpar José María García, reservados a estómagos agradecidos… al poder. Ese poder al que importa la pela (Money, of course) pero hace oídos sordos a esa cultura que no opera sobre el terreno del folclorismo, del localismo a ultranza. Los independentistas llevan en mente una idea de país que un servidor no comulga. No me interesan sus planes; no son los míos. Mi bandera es la cultura y su difusión. Pero la cultura con mayúsculas, no la de cartón de piedra que aboga por un sentimiento identitario de signo localista. La que se sostiene con cimientos sólidos debido al material con el que ha sido efectuado y la que viaja de una parte a otra del planeta sin que nos interroguemos sobre su procedencia. Quizás me equivoqué de país al haber nacido, pero sigo amando esta tierra con una de las lenguas más hermosas que existen en armonía con la lengua castellana, cuya riqueza no es sino una prolongación de la existente en un crisol de identidades que opera bajo la “marca” España.