Muchos de los que crecimos mostrando un interés primario
por el rock sinfónico o progresivo en nuestros años de adolescencia treinta
años más tarde nos congratulamos que semejante fenómeno musical, lejos de haber
quedado arrinconado a efectos historicistas, ha sido capaz de sobrevivir a las
modas y ganar prestancia en las salas de concierto de medio mundo aunque éstas sean
de dimensiones más bien modestas. No cabe duda, pues, que 2014 marcará un hito cara
a los aficionados del estado español en la ya larga historia del rock sinfónico
acorde al rosario de conciertos que han visto o verán la luz este año bajo una etiqueta
“efectiva” en cuanto a distinguir auténticos virtuosos de la música contemporánea,
pero un tanto incómoda si razonamos sobre la variabilidad de formas que adopta,
ora escorada hacia el heavy metal,
ora deudora de una herencia del progresivo manufacturado en la «Edad de Oro»
del rock (los 70, of course) o al
abrigo de tendencias pop instaladas, por ejemplo, en la espina dorsal de bandas como Marillion. Entre el line-up titular de esta notable formación
británica —a mi juicio, la más regular de
cuantas orbita en el planeta del neo rock progresivo— se cuenta Pete Trevawas, para quien la Ciudad Condal va siendo un
espacio recurrente a golpe de las giras celebradas por Marillion en los últimos
años y lo ha sido más aún porque el pasado 28 de febrero el menudo bajista
arribaría a las costas catalanas a bordo del Transatlantic comandado por Neal Morse. Desde hacía casi cuatro
años esta superbanda no habían vuelto a pisar territorio hispano, pero a decir
de los que asistieron a los conciertos programados en Barcelona y Madrid en el
marco del The Whirlwing Tour 2010, la experiencia merecía ser repetida. Al
anunciarse que Transatlantic regresaba a
la carretera (todo un eufemismo; más bien contemplan media vida de gira
subidos en un avión o en las salas VIPs de los aeropuertos) con un nuevo disco bajo
el brazo —el cuarto en estudio, Kaleidoscope (2014)— el efecto reflejo sería reservar una entrada y
marcar en rojo ese postrer día del mes de febrero. En previsión de que las
redes sociales volvieran a prender la mecha y se citaran multitud de fans del
rock progresivo —diseminados a lo largo y ancho de
la península ibérica— en las puertas de la sala 2 de Razzmatazz (con
un aforo rondando los 450-500 espectadores), tuve la precaución de llegar a la
hora de apertura marcada en la entrada, reuniéndome con algunos sospechosos habituales y otros recién
llegados al conocimiento de un fenómeno musical presto a crear adicción. A las 19 h 00 empezaría a
cumplirse el ceremonial. Un público
mayoritariamente integrado por varones, de edades comprendidas entre los veinte
y los cincuenta y tantos años, se mostraba expectante ante una lección de progresivo
enfundado de metal en algunos de sus
pasajes. No hubo teloneros. Previamente, me había vuelto a familiar con las caras
del line-up de Transatlantic, esto es Neal Morse, Roine Stolt, Pete Trevawas (un
viejo conocido para un servidor;
hasta en dos ocasiones le había visto actuar con Marillion en la sala grande de Razzmatazz) y Mike Portnoy (ex Dream Theatre), the
entertainer, al que, a juzgar por su animosidad pocos podrían asegurar que
hubiera padecido recientemente algún tipo de contractura muscular en una de sus
piernas rotuladas, al igual que sus
brazos, con todo tipo de simbologías. En el otro extremo del cuadro, su gran amigo Neal Morse, no lucía
ningún ornamento en forma de tattoo.
Más bien, Morse representa el prototipo de middle
class, al que prácticamente nadie acertaría a relacionar como el buque
insignia de una banda del neo prog rock. Morse se manejaba con el tablero de un
sintetizador mientras proyectaba de tanto en tanto algunos de sus salmos (verbigracia de una fe cristiana
que le devolvió a la vida tras la
milagrosa recuperación de su hija, afectada de una dolencia cardíaca) que
cobran realidad en el contexto de una propuesta musical barnizada de distintos colores, los más llamativos referidos a
su ascendente metalero (Portnoy, fiel
discípulo de Neal Pearty de Rush,
desafía las leyes de la física con su incesante despliegue a la batería) y los
de tonos más cálidos cuando el front man
y el sueco Roine Stolt (Flower Kings) ejercen en el ecuador de la función
una especie de duelo de guitarras arboladas
de esencias acústicas. Contrapunto melódico de una velada que pareció dejar satisfecho al público, pero con la sensación que quedaban algunos temas de Kaleidoscope en el tintero. Dos horas
largas de un rock desafiante, enérgico, vitaminado, bien condimentados con la
amplia paleta vocal de sus cinco integrantes, incluido Ted Leonard, una auténtica
revelación con ese toque más afincado en la raíz del blues, quien durante la mayor parte del concierto guardaría la
espalda de Trevawas salvo cuando las ondas
sónicas de Transatlantic buscaban el cuerpo
a cuerpo con un hard rock pasado
por el sedal de cada uno de sus
integrantes. En medio de esta propuesta musical de alto voltaje, Morse parecía advertir el susurro de la voz paterna desde el Más Allá cuando tocó el turno a
la ejecución de Rose Colored Glasses.
Contemplamos a un Morse enviando un código cifrado hacia el cielo. Ese cielo infinito que años atrás le había
entregado a Dios y comportaría que se descabalgara del proyecto que él mismo
había fundado a finales del siglo pasado, el de Transatlantic, y también el de Spock’s Beard, donde ahora
milita Leonard. Parecí advertir las lágrimas de Morse correr por sus mejillas
desde un sitio relativamente privilegiado de la sala. Morse siente una música
imbuida de cristianismo, la hace suya pero también la comparte con el resto de
la banda, de una superbanda que cerraría su concierto antes de tiempo si
tomamos la referencia, por ejemplo, con el celebrado en Buenos Aires semanas
atrás. Empero, no cabían reproches. Había cubierto una página más de mi
calendario vital asistiendo a un concierto que seguirá proyectándose en mi
memoria con una luz especial, la
propia de una velada que abre este «año
del caballo» el resurgir del rock sinfónico.
Pronto tomarán el testigo Camel, IQ, Steve Hackett (uno de los guest stars en
la gira anterior a propósito del cover de un tema de Genesis) y Pendragon a lo
largo de este 2014. Is It Really
Happening?. La respuesta parece afirmativa, pese a que gran parte de los
medios de comunicación sigan silenciando semejante resurgimiento y se muestren
complacidos en dar máxima cobertura a otro tipo de música prefabricada para sónar al gusto de las almas de metal pero no para emocionar
a gente que no hacemos del freakismo galopante nuestras
señas de identidad.
Existe vida después del cine. Muchos me vinculan a este campo. Este blog está dedicado a mis otros intereses: hablaré de música, literatura, ciencia, arte en general, deportes, política o cuestiones que competen al día a día. El nombre del blog remite al nombre que figura en mi primera novela, "El enigma Haldane", publicada en mayo de 2011.
domingo, 2 de marzo de 2014
EL «CÓDIGO» MORSE DE TRANSATLANTIC LLEGA A BARCELONA: EL AÑO DEL RESURGIMIENTO DEL (NEO) PROG ROCK (I)
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viernes, 28 de febrero de 2014
«OPERACIÓN PALACE» (2014): JORDI ÉVOLE Y LA OTRA CARA DEL 23-F… DE FRAUDE
Hace poco más de un mes, por no sé que motivo salió a
colación el fatídico 23-F en el curso de una charla con unos amigos de la
infancia que acudían a la presentación de mi último libro, Historia del cine británico (T&B Editores, 2013) en la Tecla Sala de
L’Hospitalet de Llobregat. Uno de ellos, Agustí Borras, trataba de refrescarme
la memoria que ese día estuvo en mi casa. Pero, en ese momento, me mostré
incapaz a la hora de recordar al detalle las personas que estaban a mi
alrededor, salvo padres y hermanos. La televisión y la radio se habían
convertido en los “protagonistas” de aquella velada, la puerta de entrada para
conocer la realidad de un país que había padecido cuarenta años de dictadura y
que, tan solo un lustro después de haber entrado en un proceso democrático, la
alargada sombra del poder militar se cernía sobre el órgano donde reside la
máxima representación de la soberanía popular, esto es, el parlamento. Al
viajar en el tiempo hacia ese momento concreto de la historia de nuestro país
mi mente procesaba la información bajo un manto de maniqueísmo. Esa es la
lectura que extraje a mis trece años: el Bien había triunfado sobre el Mal. De
la tensión, la zozobra y la inquietud de las primeras horas de la tarde cuando el coronel de la Guardia Civil Francisco Tejero irrumpió en el Congreso amb
tricorni i metralleta (La
Trinca dixit), al
respirar hondo, al alivio cuando amanecía el día martes 24 de febrero de 2014.
Como si se tratara
de un relato bíblico, treinta y tres
años después Operación Palace (2014)
“resucita” el tema del 23-F en la programación dominical para batir récords de
audiencia en una televisión que ya no es ni de lejos la del UHF y el VHF; más
bien se cuentan por decenas las cadenas televisivas prestas a satisfacer una variopinta
selección de propuestas apta para todos los paladares.
Tampoco hay rombos que valgan, en forma de balizas que indiquen sobre el
peligro de ver determinados canales por parte de los más pequeños de la casa.
En ese periodo en plena Transición, el contenido de Operación Palace no hubiera sido observado lesivo para los
intereses de infantes o adolescentes por temas relacionados con la violencia o
el sexo. Pero sí que cabía, a día de hoy, una nota de aviso para un amplio
sector de la población que pasó realmente miedo ese fatídico 23-F, y ni
siquiera el paso del tiempo ha borrado ese amargo recuerdo. No obstante, en esa
jungla tan solo apta para depredadores en la que se ha convertido
la televisión con el fin de preservar el share
conquistado frente a los competidores, la Sexta movería ficha y, a golpe de teaser, avivarían el interés para que
los españoles nos sentáramos frente al televisor el domingo 23 de febrero de
2014 y sintonizáramos con la emisión
de Operación Palace, encubierto de
una especie de “especial” a la sombra de Salvados, dirigido igualmente por
Jordi Évole. Solo hubo un consejo por parte de la Sexta : que no nos
perdiéramos el final. Vamos, que no nos fuéramos a la cama cuando aparecieran
los títulos de crédito. No obstante, hice caso omiso al aparato publicitario de
la Sexta —un
canal que solemos frecuentar en casa, dicho sea de paso— y orientamos la antena hacia otra cadena más con un ánimo prosaico
que por dar con alguna auténtica gema en
prime time. A la mañana siguiente, los posicionamientos en contra y a favor
sobre el especial de marras tuvieron ocupados a gran parte de la nómina de
asiduos de las (mal) llamadas redes sociales. Entonces, me mostré un tanto
ambivalente, esquivo a situarme en una posición firme del signo que fuera. Simplemente,
no había visto el programa y, por tanto, no podía emitir un juicio con todas
las de la ley. Hubo un hecho, en cambio, que me llamó poderosamente la atención
cuando Antonio García Ferreres, el conductor de Al rojo
vivo de la Sexta ,
entrevistó a Jordi Évole a pie de obra,
es decir, en la redacción en que, al fondo figuraban varios de sus
colaboradores con las miradas absortas en sus trabajos. Al ser abordado por
Ferreres con una pregunta relativa a la comparación que había generado
Operación Palace con la narración radiofónica de La guerra de los mundos por
parte de Orson Welles, el periodista catalán tiró del manual de la modestia,
apelando al sonrojo que le generaba el solo acto de citar al multidisciplinar
artista norteamericano. El vocablo “genio” no asomaría al referirse a la
persona de Orson Welles, pero sí cuando hizo mención a, por ejemplo, el ex miembro de La Trinca Josep María Mainat, quizás por aquello de la cercanía. La misma cercanía que había
llevado a razonar a Jordi Évole que el “equivalente” de Stanley Kubrick en Operación Luna (2002) —el mockmentary que, según confesión propia, le había servido de
inspiración— para ser para otra Operación, la del Palace, un cineasta madrileño
batido en retirada tras el último fiasco en taquilla, de nombre de pila José
Luis, y que adquiriría el álias de Garci
al eliminar la última vocal de su recurrente apellido en los listines
telefónicos. Garci, atrincherado en los despachos de su productora Nickelodeon,
aceptó el envite. Él mismo se prestaría a un juego que pasaba, entre otros
asuntos, que el plan pergeñado en el Hotel Palace por personajes de la vida
pública situada en las altas esferas del poder, tuviera una recompensa para José Luis Garci en forma de Oscar a la Mejor Película
de Habla No Inglesa por Volver a empezar
(1982). La sola presencia del cineasta madrileño en esta Operación Palace me hubiera hecho torcer el gesto al acudir a la
convocatoria “catódica” del día 23-F de 2014. Rocambolesca, sin duda, resulta
el relacionar su estatuilla dorada conquistada en Hollywood con su
participación en un asunto de estado perpetrado en la trastienda del poder.
Pero lo que definitivamente desmonta el
ardid es la explicación que Garci ofrece a cámara en torno a la película
escogida por el ente de RTVE para amenizar una velada que se hizo eterna para tantos conciudadanos
españoles. Protagonizada por Bob Hope y Virginia Mayo, El corista y el pirata (1945) no figuraría ni entre las 10.000
películas que Garci hubiera seleccionado para emitir, máxime tratándose de una
producción sin púrpura en la silla
del directed by, reservada en esta
ocasión a David Butler, un auténtico desconocido incluso entre la cinefilia más
recalcitrante. Con este par de
“detalles” me bastó para que la propuesta de Évole y su equipo acabaría
diluyéndose, asomando en su
superficie un espléndido trabajo visual, marca Salvados, pero bajo la misma un arabesco que apenas sostiene el edificio narrativo. Un edificio que se
desmorona desde la distancia una vez los explosivos se activan francos a
dinamitar las versiones oficiales, las que se llevan arrastrando año tras año
hasta sumar treinta y tres. Évole se daba por satisfecho con que el experimento
sirviera para que el espectador reflexionara sobre si la mentira se ha
instalado definitivamente en nuestros días al asomar periódicamente a la ventana
de la información, la que ofrece Internet, la televisión, la prensa escrita o
la radio. Una información presa de intereses políticos, financieros,
económicos, sociales y/o ideológicos, difícil de procesar cuando su caudal es
abundante y baja con fuerza, erosionando en sus laderas ese periodismo a la vieja usanza en el que el primer
mandamiento deviene la verdad. Évole faltó ese 13/12/014 a la cita con la
verdad, leit motiv de Salvados para
buscar precisamente el reverso de la misma, el de una mentira encofrada en una
mentira. Él lo sabía pero se la jugó, en un gesto de gallardía que tiene un
arma de doble filo. Más que perseguir una comparativa con la locución
radiofónica de La guerra de los mundos,
de la que el oyente estuvo advertido del relato ficticio desde el principio de
su emisión, según el prisma de un servidor, Operación
Palace responde mejor a los paralelismos con otra producción arbitrada por
Orson Welles, titulada F for Fake
(1973), un mockmentary en toda regla.
23-F… de Fraude, el título escogido
para el estreno en nuestro país del que acabaría resultando el canto del cisne
de Welles cineasta. Otro canto de cisne
se adivina en el horizonte profesional de Évole si vuelve a incurrir en el «falso
documental» una vez puestos en una balanza los pros y los contras de un
experimento tan fallido como afortunadamente lo fue el golpe de Estado un día
del primer invierno de la década de los ochenta.
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lunes, 17 de febrero de 2014
«SHAKEY, LA BIOGRAFÍA DE NEIL YOUNG»: UNA SERIE DE CATASTRÓFICAS DESDICHAS
Para la
elaboración de Neil Young: una leyenda
desconocida (2009, T&B Editores) me resultó de suma utilidad la biografía
titulada Shakey (2002, Anchor Books),
firmada por el periodista Jimmy McDonough. El volumen en cuestión se revelaría
ante mis ojos al poco de ser editada, a un precio astronómico merced a sus
ochocientas páginas la tapa dura que debió encarecerla, y su carácter de
pieza de importación servida por una tienda de discos que lo exhibía, cuál
reliquia, entre su poco concurrida sección dedicada a las obras en papel. En
aquel momento desistí de comprarlo, pero un lustro más tarde, en plena inmersión
por los procelosos mundos de Neil Young, me hice con una edición en tapa
blanda, impreso en papel de escaso gramaje (a las puertas de ser catalogado de
papel-biblia) pero con un alto contenido calórico en la narración de una
existencia bigger than life. A Jimmy
McDonough el genio canadiense le hizo un traje a medida... de un carácter que
persigue el horizonte de “su” verdad sin reparar en demasía en los “daños
colaterales”. En la particular epifanía de Neil Young no debía entrar los
planes de una obra que cambiara el rumbo de lo presumiblemente pactado entre
biografiado y biógrafo. A priori, la línea que jamás debía traspasar el
redactor de “Village Voice” era el de
explayarse en cuestiones de ámbito doméstico que comprometieran a familiares del entorno más cercano del canadiense de Ontario. Era como tocar su médula
espinal con un punzón, el mismo aparato que había medido a los cinco años el
alcance de una polio que a punto estuvo de dejarlo postrado en una silla de
ruedas. Demasiado dolor enquistado en el fuero interno de un cantante y
compositor excepcional para que McDonough derrumbara esos muros de privacidad, cuyo
cemento a menudo dejaba filtrar una
luz desde el interior en forma de canciones que debían leerse en clave metafórica.
Sin encomendarse ni a dios ni al diablo, al leer las galeradas de Shakey —el inveterado seudónimo
utilizado por Neil Young cuando ha tratado de configurarse sobre todo en una “entidad”
cinematográfica más próxima a Jean-Luc Godard que de un academicista estilo
James Ivory— el artista norteamericano frunciría el ceño y, acto seguido,
vetaría la publicación de la biografía de marras. Jimmy McDonough movió ficha y
entraría en una espiral de litigios en aras a que su trabajo de investigación
de casi diez años no quedara varado por mor de la ruptura de un acuerdo que
consideraba improcedente. A la postre, Neil Young convino en reconducir la
situación y adaptarse a la nueva realidad, fuera de los focos de las salas de
justicia que había visitado con motivo, por ejemplo, de las visicitudes
derivadas del accidentado proceso de producción del largometraje Human Highway (1982), una rareza en toda
regla. McDonough, desgastado por todo aquel proceso, parecía hacer suyo el
estribillo de la canción “It’s the End of
the World”, de Skeeter Davis que se escucha en algún tramo de esa «autopista humana» con regusto de serie Z, pero con
una leve variación: “It’s the End of the Neil Young’s World". Otro biógrafo
se hubiera prestado a incluir una suerte de postfacio, de actualización para
alguna de las sucesivas reediciones de Shakey.
Sin embargo, Jimmy McDonough había cerrado un capítulo de su vida personal y
profesional en 2002. Han transcurrido una docena de años desde entonces y Neil
Young, lejos de levantar el pie del acelerador sigue con un ritmo de trabajo
endiablado, sumido en dar cabida al relato de su propia historia —la primera parte de su
autobiografía ya ha tenido acomodo en el mercado editorial bajo el título Waging Heavy Peace (2012, Blue Rider
Press)—, giras de conciertos por
medio mundo (que ha incluido el comeback
del resto de los Crazy Horse), ediciones de discos y la consagración a
desempolvar tesoros aún ocultos para los amantes tot court de su música. Si para una persona corriente reiventarse
puede suponer toda una prueba de fuego, llamándose Neil Percival Young
representa una empresa titánica. Y en eso anda una vez traspasado el umbral de
una edad de jubilación que no guarda sentido en un alma inquieta como la del
canadiense.
Un par de años después de la publicación de
Neil Young: una leyenda desconocida
la inminencia de la edición en lengua castellana de Shakey parecía una certeza casi irrefutable. En la web de Global Rythym lucía idéntica foto
en blanco y negro del Neil Young de los 70 que en la edición de Anchor Books, eso
sí con el subtítulo «Una
biografía de Neil Young». La
buenanueva parecía haber llegado, corrobado por los preceptivos enlaces de
compra en las páginas web de las
versiones digitales de casadellibro.com y fnac.es, o del portal amazon. A
partir de ese noviembre de 2011 los meses se irían sucediendo pero sin que el
libro cobrara visibilidad en las tiendas. A través de diversos posts los amigos de En la playa de Neil Young —la mayor colonia de
seguidores del músico canadiense en nuestro país—, una vez procesado un cierto sentido de desazón,
se calibraría la posibilidad de abordar una labor colectiva consistente en
traducir Shakey a la lengua de
Dámaso Alonso con algunos voluntarios familiarizados con las peculiaridades de la lengua de John Milton. Hasta lo que conozco,
el proyecto quedaría desarbolado; los gestos voluntarios se cobran, a veces, sus
propias limitaciones.
El relato de «las catastróficas desdichas» en torno a la biografía de Neil Young no finaliza aquí. Una vez perdida la pista de Global Rhythm, al principio del mes de febrero del año en curso recibí una newsletter de Malpaso Ediciones en que pude leer entre los avances de edición el lanzamiento de la biografía de Neil Young traducida al castellano. Releí un par o tres de veces la noticia para cerciorarme que regresaba sobre la pista de Shakey. Luego conocí de primera mano que la salida al mercado de tal novedad se posponía sine die. Otra mal paso para una biografía que nació "maldita". Llegados a este punto, no puedo por menos que apelar a la voluntad de los neilyoungueros que habitan en la playa y en sus aledaños para resolver semejante entuerto. Neil Young, para un servidor uno de los más grandes músicos de nuestro tiempo, merece la publicación de esa biografía “gafada”, básica para conocer los entresijos vitales y profesionales de un “pura sangre”, inasequible al desaliento y con los arrestos suficientes cumplidos los sesenta y ocho años para brindarnos un buen puñado de gemas en forma de álbumes que se acercan a la cifra de cincuenta, descontados los directos, los discos en comunión con Buffalo Springfield, y Crosby, Stills, Nash & Young, y otros artistas y formaciones ociosas de haber cumplido un sueño. Maybe, A missing dream.
El relato de «las catastróficas desdichas» en torno a la biografía de Neil Young no finaliza aquí. Una vez perdida la pista de Global Rhythm, al principio del mes de febrero del año en curso recibí una newsletter de Malpaso Ediciones en que pude leer entre los avances de edición el lanzamiento de la biografía de Neil Young traducida al castellano. Releí un par o tres de veces la noticia para cerciorarme que regresaba sobre la pista de Shakey. Luego conocí de primera mano que la salida al mercado de tal novedad se posponía sine die. Otra mal paso para una biografía que nació "maldita". Llegados a este punto, no puedo por menos que apelar a la voluntad de los neilyoungueros que habitan en la playa y en sus aledaños para resolver semejante entuerto. Neil Young, para un servidor uno de los más grandes músicos de nuestro tiempo, merece la publicación de esa biografía “gafada”, básica para conocer los entresijos vitales y profesionales de un “pura sangre”, inasequible al desaliento y con los arrestos suficientes cumplidos los sesenta y ocho años para brindarnos un buen puñado de gemas en forma de álbumes que se acercan a la cifra de cincuenta, descontados los directos, los discos en comunión con Buffalo Springfield, y Crosby, Stills, Nash & Young, y otros artistas y formaciones ociosas de haber cumplido un sueño. Maybe, A missing dream.
martes, 21 de enero de 2014
«YES: MÁS ALLÁ DEL ABISMO» (2013): EXTRAÑOS (DE LA MÚSICA DEL SIGLO XXI) EN EL «PARAÍSO»
No
cabe duda alguna que el proyecto de publicar un libro para los fans de Yes
empezaría a coger cuerpo en forma de propuesta en firme a raíz de la publicación
de Historia del rock sinfónico (2012),
escrito por un servidor. La buena acogida dispensada al mismo traería, por
consiguiente, que esa propuesta fuera estimada viable por parte de T&B
Editores, aunque dentro de unos parámetros más modestos en distintos aspectos
en relación al grueso de la producción editorial vinculada sobre todo al cine, a
los deportes (preferentemente fútbol) y a la música (esencialmente de rock y
pop).
Siempre me he mostrado cómodo frente a la
aparición de trabajos que puedan, en algún sentido, complementar a lo que
personalmente haya podido hacer. No resulta la norma de conducta habitual en un
mundo presidido por las envidias, el sentido de la exclusión y el tratar de “patrimonializar”
un ámbito del conocimiento como pueda ser, por ejemplo, el del rock sinfónico o
progresivo. Por ello, en primera instancia, cabe saludar de manera positiva la
aparición en el mercado de Yes: Más allá
del abismo (2013), en que para el título y la cubierta de la portada Paraíso
afina en el sentido del (auto)homenaje, aquel presto a rendir tributo a la “pieza
roseta” que le abriría el conocimiento y posterior inmersión sobre un universo extraordinariamente
variopinto merced a las características de la veintena (a día de hoy, a buen
seguro, Chris Squire y Steve Howe estarán sopesando la idea de alguna baja o
alta) de músicos que han formado parte de la banda nacida a finales de los 60.
No en vano, en la introducción Paraíso relata que su primo Vicente le regaló al
cumplir los trece años el vinilo de Close
to the Edge (1971). Desde entonces, el “verde celestial” alfombraría el camino a la búsqueda y
captura de cualquier pieza (LP’s, EP’s, maxisingles, rarities, discos piratas, fotos, revistas, libros, etc.) que
razonara sobre ese universo que evoca unas emociones íntimas expresadas a través
de una música que requiere de auténticos virtuosistas para ejecutarla. Por
aquel entonces, alargaba su vida comercial en los cines a través de programas
dobles Extraños en el paraíso (1984),
dirigida por Jim Jarmusch. Por su parte, Paraíso debía sentirse un extraño en el patio del instituto cuando
trataba de comunicarse con sus compañeros, haciéndoles ver la grandeza de su
descubrimiento. A mediados los años 80 Internet representaba una quimera y las
posibilidades de crear una comunidad virtual que movieran de manera directa a
Paraíso a intercambiar afinidades musicales relativas al rock sinfónico y en
particular Yes, brillaban por su ausencia. Las tiendas de discos se
convirtieron en una segunda o tercera casa en las tardes de los viernes o de
los sábados, pero la perseverancia y el hecho de saber administrar un orden de
prioridades cuando uno no nada en la sobreabundancia de dinero propiciaría que,
al cabo, la «colección Yes» creciera hasta convertirse en un
auténtico tesoro. Para levantar acta de ese patrimonio personal, ligado al
paulatino conocimiento sobre la materia, en cierta forma, surge Yes: más allá del abismo, que para algunos
de los no avisados podría llevarlos a la confusión que se trata de una traducción
en lengua castellana de la biografía del especialista Chris Welch de idéntico
subtítulo. Salvada semejante puntualización, a diferencia del texto de Welch,
Paraíso propone una especie de miscelánea, claramente orientada hacia el fan de
la banda, en que en algunos capítulos toman la palabra los propios miembros de
Yes a través de extractos de entrevistas o de la traducción de programas de
mano, textos aparecidos en las carpetas de los discos compactos recopilatorios,
etc. Paraíso trata de poner sobre el tapete algunas de las claves del sonido
Yes, intenta transmitir esa pasión por la música del grupo británico cara a las
nuevas generaciones y elabora un detallado, por prolífico, apéndice-guía que
cubre cada uno de los rincones que comprometen a la edición, ya sea en soporte
musical, videográfico o bibliográfico. El propio formato del libro, interpreto,
que las páginas referidas al análisis pormenorizado de cada disco en estudio,
pero también recopilatorios o directos oficiales, no podían ganar mayor espacio
del que finalmente se impuso por criterios estrictamente editoriales. Podría
imaginar que la editorial tuvo en mente que ese flanco estaba plenamente
cubierto en Historia del rock sinfónico,
la verdadera esencia de la obra en que lo analítico impone su “ley” frente a lo
anecdótico o lo accesorio. Por ello tengo la convicción que uno y otro texto
recorridas por tonalidades verdosas en sus portadas, en definitiva, se
complementan. Yes: más allá del abismo
acabará, pues, fusionándose en la biblioteca particular de un servidor,
ocupando un espacio al lado de monografías sobre música que tributan en el rock
tocado por innumerables influencias desde que Chris Squire y Jon Anderson
decidieran poner rumbo a lo desconocido hasta crear, como bien señala Paraíso, los
pilares para estilos o subestilos como el metal
prog o el prog blues.
sábado, 18 de enero de 2014
EL CANGURO ALCOHÓLICO: KENNETH COOK Y LA «FAUNA» AUSTRALIANA
No
resulta habitual encontrar en librerías de nuestro país literatura proveniente
de las Antípodas, esto es, del continente oceánico. Más bien cuando nos hayamos
ante una novela o una colección de cuentos made
in Austalia o made in New Zeland podemos
convenir que si acaban formando parte de nuestras bibliotecas las podemos
reservar en el apartado de «rarezas». En cambio, no son precisamente rarezas
las especies de animales que hacen acto de presencia en El canguro alcohólico (2013), cuyo subtítulo —Relatos humorísticos de la Australia profunda—
deviene harto esclarecedor del tono y el continente
de un texto que supuso el canto del cisne de su escritor, Kenneth Cook. Eso sí,
para la edición de Bantam/Totoiseshelle fechada en 1987 Cook tuvo tiempo de
dedicarlo a su editora Margaret Gee, meses antes de fallecer víctima de un
ataque cardíaco mientras realizaba una gira aussie
para promocionar el segundo libro de la trilogía, El lagarto astronauta (1986) —también publicado por el sello Sajalín, en 2012; sobre el contenido del mismo me ocupé en un post de este blog—.
No en vano, Gee se revelaría la editora de «Koala trilogy»
—tomando
prestado el sujeto del título del libro de partida—, reportándola
pingües beneficios dado que se ha traducido a varios idiomas, incluido al
castellano gracias a Sajalín, y ha obtenido diversas reediciones en su país de
origen donde Cook es todo un referente en los sectores menos proclives al
conservadurismo en términos ideológicos (él se opuso con firmeza a la Guerra del Vietnam, al
punto que lograría formar el partido Liberal Reform Group).
En relación a la última de las ediciones de
la obra de Cook que no pudo llegar a promocionar por escasas fechas, la de Allen
& Unwin House of Books —2012— para su equivalente en lengua castellana
se advierte una alteración en el orden de los catorce capítulos que la conforman. Las razones
para esta permutación se deben a que Sajalín
optaría por utilizar otro título en lugar del original, Fill-Necked Frenzy, cuya traducción más plausible sería el de «frenesí
con chorreras» en referencia al lagarto de cuello de Filled y
su probada animadversión con algunos representantes de la especie humana (incluido el artífice del relato),
orgullo patrio al punto que su imagen aparecería en monedas de curso legal.
Monedas que con o sin la efigie del kingii
(el término aussie con el que se
conoce popularmente al Lagarto de cuello de Filled) sirven para apuestas que te
llevan a la ruina o a la condición de millonario, aspiración de todo escritor,
según razonamiento del propio Cook. Así lo describe el polifacético Cook en el
capítulo “Cara o cruz” (“Heads I Win, Tails you Lose” en el original), en que relata su experiencia junto a Joe —sumo
sacerdote de la tribu Arkarala— en Broken Hill donde antaño se practicaba
semanalmente una partida de two-up, un
juego de apuestas de formato sencillo pero que te seca el aliento ante la suma
de dinero que se pone en circulación. Un episodio no exento de moraleja localizado en la parte final del presente
volumen, cuya parte central ocupa el capítulo que da nombre a la edición
española, El canguro alcohólico. Un título,
sin duda, no exento de cierto gancho publicitario en detrimento de “Frenesí con chorreras”, pero que
comporta un arma de doble filo: el capítulo de “El canguro alcohólico” representa un texto más bien discreto, en
que la narración queda a merced de lo anecdótico, las tropelías de un marsupial con tendencias dipsómanas custodiado por
el viejo Benny, un amigo de la familia cuando ésta se instaló en los dominios
de Walgett, en Nueva Gales del Sur. En razón de la cantidad de puntos del
país oceánico por donde discurren las andanzas de Cook se hace especialmente
pertinente acompañar la lectura con un mapa de Australia (una manera de darle
salida a esos Atlas que, por su desuso, acumulan una capa de polvo en algún
rincón del hogar). Así saltamos, cuál canguro, de las orillas de Fremantle, en
la parte Occidental del país en el capítulo “Buenas obras y disciplina” (con un can díscolo que lleva de cabeza
a su eventual ángel custodio, esto
es, el propio Cook), a Gnalta, población localizada al noroeste de Gales del
Sur para el episodio “De ratones y topos”
—juego
de palabras con una diáfana semblanza en el título del célebre texto de John
Steinbeck, aunque aquí el contenido social queda desplazado por una feroz
diatriba sobre roedores con intenciones beligerantes—,
o al Coorong, en la Australia Meridional
para el episodio “No se puede querer a un
avestruz”, en que su autor lanza diversas pullas, al margen del ave de marras
(implícito en su propio título) a los académicos. No será, pues, este noble colectivo instalado en la atalaya del conocimiento, en una elevada proporción, desconfían del valor terapéutico
del humor para combatir el tedio de la vida universitaria, los que difícilmente degusten con
fruición la lectura de El canguro alcohólico. Por el contrario, intuyo, estudiantes y lectores no necesariamente vinculados a la realidad académica que tratan de cubrir
sus ratos de ocio con la lectura, entre otras cosas, encontrarán un buen libro en El canguro alcohólico, destilado por la ironía,
haciendo frente al absurdo de la vida con capítulos como el de "La rueda de la
fortuna", hilarante relato en que una, a priori, brillante idea —un
restaurante giratorio— no siempre tiene una óptima traducción cuando se
coloca en el plano de la realidad. Eso mismo deben pensar muchos visitantes del país oceánico entusiasmados con la perspectiva de
encontrarse frente a frente con su fauna (lagartos, cocodrilos, koalas, canguros, avestruces, etc.) y,
una vez levantada acta de la experiencia, no han podido por menos que asentir,
esbozando una media sonrisa, sobre la realidad impresa en esta selección de cuentos con
traducción e ilustraciones a cargo de Güido Sender Montes servidos con un trazo tan
singular como eficaz, “cohesionándose” de manera proverbial con el texto urdido por Cook.
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SAJALÍN EDITORES
domingo, 12 de enero de 2014
CINECIUTAT DE PALMA DE MALLORCA: EL «PERSONAJE» DEL AÑO 2013 EN EL MUNDO DE HALDANE
Caer en el desánimo y la resignación parece moneda de
cambió común entre aquellas personas o grupo de personas dedicadas a labores culturales, algunos
desde una vertiente profesional y otros desde una óptica puramente amateur. Hemos conocido a lo largo de
2013 noticias sobre cierres de salas cinematográficas, sobre todo localizadas
en pequeñas o medianas ciudades del territorio español porque, calculadora en
mano, sus gestores han visto inviable seguir manteniendo un negocio cuyo IVA se ha encaramado hasta el 21%, además de requerir de un «plan renove» en forma de reconversión de lo
analógico a lo digital, que deben asumir en su mayoría por el propio
empresario. Ante semejante realidad, éstos han tratado de revertir la situación
con iniciativas de descuentos en la entrada tras la excelente respuesta
obtenida con el día del cine que superaría las expectativas incluso más
optimistas. Rebajar el precio de las entradas puede suponer un arma de doble
filo al “acostumbrar” al espectador a una determinadas tarifas que no
sobrepasan los 6 € por visionado de película, pero al menos sirve de «dique de contención» a expensas que el sector acabe regulándose con unos criterios al
dictado de la lógica, y no del afán recaudatorio mórbido de un gobierno que ni siente ni padece cuando se trata de
prender fuego a una cultura patrimonio de la humanidad, la que nos hace mejores
como individuos, la que alienta nuestra capacidad de razonar y, por
consiguiente, de crear un tejido humano entre personas de distintas
“sensibilidades”. Ese mismo tejido humano que ha hecho posible y viable un
“pequeño milagro” en las Islas Baleares, y más concretamente en Palma de
Mallorca al levantar un proyecto del que las autoridades locales, a priori, se
mostrarían cuanto menos escépticas. Se trata del desempeño de un grupo de
apasionados del cine que unirían esfuerzos para sacar a flote unas salas
comerciales pertenecientes a la cadena Renoir hundido en unas turbulentas aguas
donde la luz de los proyectores se ha apagado y el patio de butacas ha quedado
huérfano de público. Dar la vuelta a esta desasogante realidad no ha sido fácil
para estos voluntariosos aficionados, pero una vez más el tesón y el sentirse
partícipe de un proyecto común de una manera solidaria han llevado a saludar,
un año y medio después de una junta que marcaría un punto de inflexión en el
desarrollo del mismo, la consolidación de Cineciutat Palma de Mallorca conforme
un hecho sobradamente probada su eficacia. Una modélica gestión amparada en un
concepto cooperativista que había tenido un fuerte arraigo en los años 70, ha propiciado este
pequeño “milagro”, con una programación estable que no descuida el valor de los
clásicos a través de la celebración de ciclos retrospectivos. Un “caldo de
cultivo” imprescindible para fomentar una cinefilia que no sea esclava de una
modernidad más como pose que como verdadera fuente de conocimiento y
aprendizaje. Así pues, el equipo que forma parte de CineCiutat (fonéticamente
con resonancias a Cinecittà, los estudios italianos que dieron cobertura, entre
otros muchos, a los sueños de Federico Fellini) Palma de Mallorca toma el
relevo a Enrique Redel de Editorial Impedimenta en la distinción anual en este
veterano blog de personas o grupo de personas que contribuyen a dinamizar el
parque cultural de un país que cada vez debe fiar más su suerte al ingenio, la
habilidad, la perspicacia y la constancia de sus ciudadanos. Mil cuatrocientos
de estos ciudadanos han sido los que han avalado un proyecto que nacía cuál
entelequia y que hoy en día deviene el espejo con el que mirarse esas
localidades del estado español que resisten a quedarse sin salas de cine. La
ciudad de Majadahonda, localizada en las cercanías de Madrid, esperemos
que sea una de tantas que persiguen emular la iniciativa de Cineciutat de les
Illes Balears con similares resultados. Gratitud infinita, pues, a esos rostros
anónimos que nunca abrirán los telediarios por una obra realizada que debe
merecer el aplauso de todos los interesados en la cultura. En todo caso, las
compensaciones ya llegan al ver un patio de butacas lleno y una pantalla en que
vuelve a cobrar vida a través de historias que nos emocionan, nos provocan
reflexión y/o nos llaman a esbozar una sonrisa. Ahora toca perseguir nuevas
ilusiones. Mi más sincera enhorabuena.
viernes, 3 de enero de 2014
«LAS MUJERES» (2013): DESCUBRIENDO A T. C. BOYLE, UN CLÁSICO CONTEMPORÁNEO
Una de las
razones por las que Thomas Coraghessan Boyle (1948, Nueva York) —o para
abreviar, T. C. Boyle— sigue siendo un autor poco conocido entre el público
lector español resulta que su obra se encuentra dispersa por diversas
editoriales. Por consiguiente, ningún sello ha sabido o podido “asociarlo” a
sus respectivas colecciones. Llegados a este punto, cabe asimismo añadir que
Boyle ha alternado indistintamente el relato corto con novelas la mayor parte
de las cuales exceden al estándart habitual, sobrepasando con creces las
trescientas o cuatrocientas páginas. De ahí que esas dos “identidades”
literarias que convergen en el escritor estadounidense hagan aún más complejo
si cabe su adecuación a un determinado sello editorial y, por ende, que el
destino de su público tenga un sesgo determinado. Para empezar a recomponer ese
puzzle editorial debemos remontarnos a finales de los años 80 con la publicación
de una colección de cuentos de fuerte carga alegórica, Solo los muertos conocen Brooklyn (1988, Ed. Júcar), una pieza
codiciada que cabría rebuscar en librerías «de viejo» o
mercadillos de segunda mano. Un par de años después, Anagrama se hizo con los
derechos pertinentes en aras a publicar El
fin del mundo (1991), Oriente,
oriente (1993) y El balneario de
Battle Creek (1995), esta última aparecida en el mercado a rebujo del
estreno de la adaptación al celuloide llevada a cabo por el británico Alan
Parker. A punto de cruzar el umbral del milenio, un nuevo texto de Boyle
orbitaría, en este caso, en la Galaxia
Guttenberg , Música acuática
(1999), la primera de sus novelas. Idéntica editorial ampararía la publicación
de Encierro en Riven Rock (2000) y Un amigo de la tierra (2002). Mientras
tanto, Boyle no paraba de acumular reconocimientos a escala planetaria. Pero en
nuestro país su nombre seguía sin “posicionarse” entre los lectores. Random
House haría su primera y única tentativa hasta la fecha con la puesta en
circulación de Drop City (2004). El “maleficio”
Boyle seguía sin romperse en el panorama editorial patrio. Una vez más,
Impedimenta iría al rescate de un autor sin suerte en relación a lo que se había
publicado en territorio español. En primer lugar, la operación de partida
comprometía a un relato corto El pequeño
salvaje (2012). Los resultados debieron resultar lo suficientemente
esperanzadores para repetir jugada, aunque con una pieza de gran formato, Las mujeres (2013) —con una traducción inmaculada en el debe de Julia Osuna Aguilar— una novela de las
dimensiones de las obras literarias del siglo XIX de las que Boyle sería un conpiscuo
lector, a la par que contribuiría a cimentar su rocosa prosa, hilvanada de
expresiones que persiguen un efecto un tanto ornamental pero también dispuestas
o ofrecer una mácula de calidad indiscutible.
Perteneciente a la Generación de escritores angloamericanos nacidos durante o en los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial —Richard
Ford, Ian McEwan, Pete Dexter, John Irving, etc. —, T. C. Boyle exhibe músculo literario en
una propuesta que especula sobre la vida de Frank Lloyd Wright (1867-1959), en una mirada
administrada bajo la luz de las cuatro mujeres que estuvieron cerca de él en
distintas fases de su existencia. Quinientas cuarenta páginas que valen su peso
en oro por lo que compete a la definición de un estilo que concede poco margen
a lo vulgar; su prosa es sencillamente un portento de elegancia en las formas.
Boyle desbroza el entramado dramático que computa en cada una de los partes de la
novela —«Olgivanna», «Miriam» y «Mamah»— con precisión quirúrgica, tomando la voz de un
narrador —la del hijo oriental de Wietro San (su otro nombre)— que traba un
relato a lo «Ciudadano Kane». Al correr de las páginas, Boyle crea una tela de
araña de la que el lector ya no puede abandonar si ha “superado” una cuarta
parte del relato de una existencia, la de Frank Lloyd Wright, quintaesencia de
una megalomanía que no conoce fronteras, en que la dicotomía sobre el individualismo-sociedad,
del poder y la humildad, el sacrificio profesional y el compromiso familiar no
se resisten a ser abordados en cualesquiera de sus tramos. Una obra que muestra
a las claras que Boyle ha tendido un puente definitivo con la alta literatura,
el que le consagra como un escritor clásico, capaz de arbolar una narrativa
majestuosa en cada línea de texto, en cada párrafo. Las mujeres mira de igual a igual a piezas literarias que han
servido de fuente de inspiración para este superdotado de la escritura y saber
soltar lastre en comparación a
algunas de sus anteriores obras —en particular, El balneario de Battle Creek, sobre la base de “auditar” la vida de
otro excéntrico venido del siglo XX, el doctor Kelloggs—, demasiado habitadas
por un ejercicio de retórica que prometían más de lo que en verdad ofrecían. El
de Las mujeres, intuyo, puede ser el
punto de inflexión para que de una vez por todas T. C. Boyle deje ser sinónimo
de fruncir el ceño entre el público lector de habla hispana. Por sus obras le
conoceréis y este relato aventurado a destruir el Mito de un arquitecto de
alcance internacional, no es más que la prueba fehaciente del magisterio de Mr.
Boyle, un neoyorquino con apariencia de irlandés, de mirada aviesa y generosa
frente, capaz de almacenar infinidad de expresiones literarias que, a la
postre, han redundado en un texto sublime como pocos en el contexto del siglo
XXI.
domingo, 15 de diciembre de 2013
CAMINO DE LA INDEPENDENCIA (I): UNA VISIÓN PERSONAL SOBRE LA REALIDAD CULTURAL CATALANA
Puede que
centenares de miles de personas de Catalunya contemplen el 9 de noviembre de
2014 como una fecha clave para el devenir de sus vidas y sobre todo del anhelo
de contribuir a la creación de un estado independiente, segregado del estado español. A todo gesto, acto, posicionamiento, idea, expresión le surge su
contrario. En este sentido, el movimiento independentista catalán que ganaría
adeptos para la causa en junio de 2010 —creo que ese fue el verdadero punto de
inflexión en razón de la manifestación por el recorte del Estatut realizado por
el Tribunal Constitucional; luego el 11-S de 2012 y el de 2013 vinieron a
refrendar un posicionamiento en defensa de la terra— no es una excepción ya que los denominados partidos nacionales,
los que abogan por un estado federal (PSOE, UPyD)) o por mantener el status quo (léase PP) han movido ficha
en el sentido de evitar a toda costa la celebración de un referéndum en
Catalunya. Choque de trenes dirán algunos. Si vale el símil más bien un tren
AVE frente a un tren de mercancías al que se van uniendo más unidades en forma
de vagones a medida que el gobierno del PP se empecina en obviar el tema y
acogerse a la Carta Magna
como si fuera el único salvoconducto para preservar la unidad (sic) del estado
español.
Nací y resido en Catalunya desde hace
cuarenta y seis años, es decir, toda una vida. Este es un país para algunos,
una comunidad autónoma (menudo eufemismo en los tiempos que corren) para otros o un lugar para existir (para los menos; los que nos guiamos por una concepción
más universal acorde a un pensamiento utópico) bastante curioso. He recorrido
las calles de sus principales ciudades, he visitado centenares de pueblos, he
transitado por carreteras de toda condición en vehículo, pero también en
bicicleta y sigo creyendo que es un rincón del mundo maravilloso. Quiero a Catalunya y a su gente. Muchos quizás lo desconozcan pero dirigí y coedité la primera
revista de cine en lengua catalana de periodicidad mensual, Seqüències de cinema, y el próximo año
se cumple el veinte aniversario de mi primer libro, La generació de la televisió: la consciencia liberal del cinema americà
(1994). Leo, hablo y escribo con corrección el catalán. Para el uso diario,
en la forma de relacionarme con los demás, el catalán es mi primera lengua.
Pero no me siento nacionalista e independentista por la sencilla razón que considero el idioma un
factor de enriquecimiento, no conforme a un arma arrojadiza que divida a unos y
a otros. El tener una lengua propia es una condición necesaria pero no
suficiente para que un pueblo decida segregarse de un crisol de pueblos
denominado España. Los que básicamente contemplan la vida desde el prisma
económico el independentismo es una razón de peso para justificar su voto
afirmativo en caso de darse vía libre a un referéndum. Desde hace tiempo he
calibrado en mi fuero interno que la cultura y la difusión de la cultura forma
parte de mi «ADN». Y desde esa perspectiva niego la mayor que un
hipotético estado catalán nos conduzca a una prosperidad cultural. Más allá del
folclorismo con el que los dirigentes políticos juegan a su favor para arrimar
el agua a su molino (electoral), nos encontraríamos ante un país encallado en
tantas disciplinas artísticas, obligado a exportar talentos porque la demanda
interna se situaría bajo mínimos pese a ese factor “corrector” en forma de
subvenciones. Por ejemplo, siete millones camino de ocho no da para forjar una
industria cinematográfica “a la catalana”. Un par de planos a vista de pájaro
en una producción de Zack Snyder sería el presupuesto de un cine cuyos
productos acabarían derivándose a la pequeña pantalla, y en concreto, a la sacrosanta casa de TV3 donde
alimentarían el bulo de la existencia de una robusta cinematografía catalana
apadrinada por Ventura Pons en una suerte de video promocional. ¿O acaso creemos
que la cristalización de la independencia catalana llevaría aparejado una
explosión de consumo de la cultura autóctona? Me temo que no sería así. Conozco
la idiosincrasia del pueblo catalán. Salvo excepciones, aquellos tutelados por
un independentismo mórbido (los que
operan en la órbita de Ómnium Cultural y demás entidades apostadas en los
aledaños del gobierno, los que les dan de comer en forma de generosas
subvenciones) prefieren leer en castellano; van a ver películas dobladas al castellano porque aunque les quedara
otra, ya se sabe, la fuerza de la costumbre es un arte en sí mismo; sus guías
musicales se expresan en la lengua de John Milton, y el consumo de videojuegos,
mejor en versión norteamericana que
lucen más. Y no hablo de oídas. Seqüències
de cinema nació cuando se cumplía el centenario del cine. Entonces, existía
un bosque de revistas de cine en
lengua castellana, hasta un total de ocho. La lógica dictaba que protegieran
una iniciativa privada que apostaba por una publicación en catalán. La dejaron
caer. No tuvo subvenciones. Me sentí orgulloso de esa revista por su vocación
universal. www.cinearchivo.com
hubiera podido desdoblarse en www.cinemaarxiu.cat
como una herramienta de consulta válida para el sistema educativo vehiculado en
la lengua de Salvador Espriu, pero han preferido gastarse el dinero, por ejemplo, en el servicio
de cátering de actos pronacionalistas, como diría el sinpar José María García,
reservados a estómagos agradecidos… al poder. Ese poder al que importa la pela (Money, of course) pero hace oídos sordos a esa cultura que no opera
sobre el terreno del folclorismo, del localismo a ultranza. Los
independentistas llevan en mente una idea de país que un servidor no comulga.
No me interesan sus planes; no son los míos. Mi bandera es la cultura y su
difusión. Pero la cultura con mayúsculas, no la de cartón de piedra que aboga
por un sentimiento identitario de signo localista. La que se sostiene con
cimientos sólidos debido al material con el que ha sido efectuado y la que viaja de una parte a otra del planeta
sin que nos interroguemos sobre su procedencia. Quizás me equivoqué de país al haber nacido,
pero sigo amando esta tierra con una de las lenguas más hermosas que existen en
armonía con la lengua castellana, cuya riqueza no es sino una prolongación de
la existente en un crisol de identidades que opera bajo la “marca” España.
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