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domingo, 2 de marzo de 2014

EL «CÓDIGO» MORSE DE TRANSATLANTIC LLEGA A BARCELONA: EL AÑO DEL RESURGIMIENTO DEL (NEO) PROG ROCK (I)

Muchos de los que crecimos mostrando un interés primario por el rock sinfónico o progresivo en nuestros años de adolescencia treinta años más tarde nos congratulamos que semejante fenómeno musical, lejos de haber quedado arrinconado a efectos historicistas, ha sido capaz de sobrevivir a las modas y ganar prestancia en las salas de concierto de medio mundo aunque éstas sean de dimensiones más bien modestas. No cabe duda, pues, que 2014 marcará un hito cara a los aficionados del estado español en la ya larga historia del rock sinfónico acorde al rosario de conciertos que han visto o verán la luz este año bajo una etiqueta “efectiva” en cuanto a distinguir auténticos virtuosos de la música contemporánea, pero un tanto incómoda si razonamos sobre la variabilidad de formas que adopta, ora escorada hacia el heavy metal, ora deudora de una herencia del progresivo manufacturado en la «Edad de Oro» del rock (los 70, of course) o al abrigo de tendencias pop instaladas, por ejemplo, en la espina dorsal de bandas como Marillion. Entre el line-up titular de esta notable formación británica —a mi juicio, la más regular de cuantas orbita en el planeta del neo rock progresivo— se cuenta Pete Trevawas, para quien la Ciudad Condal va siendo un espacio recurrente a golpe de las giras celebradas por Marillion en los últimos años y lo ha sido más aún porque el pasado 28 de febrero el menudo bajista arribaría a las costas catalanas a bordo del Transatlantic comandado por Neal Morse. Desde hacía casi cuatro años esta superbanda no habían vuelto a pisar territorio hispano, pero a decir de los que asistieron a los conciertos programados en Barcelona y Madrid en el marco del The Whirlwing Tour 2010, la experiencia merecía ser repetida. Al anunciarse que Transatlantic regresaba a la carretera (todo un eufemismo; más bien contemplan media vida de gira subidos en un avión o en las salas VIPs de los aeropuertos) con un nuevo disco bajo el brazo —el cuarto en estudio, Kaleidoscope (2014)— el efecto reflejo sería reservar una entrada y marcar en rojo ese postrer día del mes de febrero. En previsión de que las redes sociales volvieran a prender la mecha y se citaran multitud de fans del rock progresivo —diseminados a lo largo y ancho de la península ibérica— en las puertas de la sala 2 de Razzmatazz (con un aforo rondando los 450-500 espectadores), tuve la precaución de llegar a la hora de apertura marcada en la entrada, reuniéndome con algunos sospechosos habituales y otros recién llegados al conocimiento de un fenómeno musical presto a crear adicción. A las 19 h 00 empezaría a cumplirse el ceremonial. Un público mayoritariamente integrado por varones, de edades comprendidas entre los veinte y los cincuenta y tantos años, se mostraba expectante ante una lección de progresivo enfundado de metal en algunos de sus pasajes. No hubo teloneros. Previamente, me había vuelto a familiar con las caras del line-up de Transatlantic, esto es Neal Morse, Roine Stolt, Pete Trevawas (un viejo conocido para un servidor; hasta en dos ocasiones le había visto actuar con Marillion en la sala grande de Razzmatazz) y Mike Portnoy  (ex Dream Theatre), the entertainer, al que, a juzgar por su animosidad pocos podrían asegurar que hubiera padecido recientemente algún tipo de contractura muscular en una de sus piernas rotuladas, al igual que sus brazos, con todo tipo de simbologías. En el otro extremo del cuadro, su gran amigo Neal Morse, no lucía ningún ornamento en forma de tattoo. Más bien, Morse representa el prototipo de middle class, al que prácticamente nadie acertaría a relacionar como el buque insignia de una banda del neo prog rock. Morse se manejaba con el tablero de un sintetizador mientras proyectaba de tanto en tanto algunos de sus salmos (verbigracia de una fe cristiana que le devolvió a la vida tras la milagrosa recuperación de su hija, afectada de una dolencia cardíaca) que cobran realidad en el contexto de una propuesta musical barnizada de distintos colores, los más llamativos referidos a su ascendente metalero (Portnoy, fiel discípulo de Neal Pearty de Rush, desafía las leyes de la física con su incesante despliegue a la batería) y los de tonos más cálidos cuando el front man y el sueco Roine Stolt (Flower Kings) ejercen en el ecuador de la función una especie de duelo de guitarras arboladas de esencias acústicas. Contrapunto melódico de una velada que pareció dejar satisfecho al público, pero con la sensación que quedaban algunos temas de Kaleidoscope en el tintero. Dos horas largas de un rock desafiante, enérgico, vitaminado, bien condimentados con la amplia paleta vocal de sus cinco integrantes, incluido Ted Leonard, una auténtica revelación con ese toque más afincado en la raíz del blues, quien durante la mayor parte del concierto guardaría la espalda de Trevawas salvo cuando las ondas sónicas de Transatlantic buscaban el cuerpo a cuerpo con un hard rock pasado por el sedal de cada uno de sus integrantes. En medio de esta propuesta musical de alto voltaje, Morse parecía advertir el susurro de la voz paterna desde el Más Allá cuando tocó el turno a la ejecución de Rose Colored Glasses. Contemplamos a un Morse enviando un código cifrado hacia el cielo. Ese cielo infinito que años atrás le había entregado a Dios y comportaría que se descabalgara del proyecto que él mismo había fundado a finales del siglo pasado, el de Transatlantic, y también el de Spock’s Beard, donde ahora milita Leonard. Parecí advertir las lágrimas de Morse correr por sus mejillas desde un sitio relativamente privilegiado de la sala. Morse siente una música imbuida de cristianismo, la hace suya pero también la comparte con el resto de la banda, de una superbanda que cerraría su concierto antes de tiempo si tomamos la referencia, por ejemplo, con el celebrado en Buenos Aires semanas atrás. Empero, no cabían reproches. Había cubierto una página más de mi calendario vital asistiendo a un concierto que seguirá proyectándose en mi memoria con una luz especial, la propia de una velada que abre este «año del caballo» el resurgir del rock sinfónico. Pronto tomarán el testigo Camel, IQ, Steve Hackett (uno de los guest stars en la gira anterior a propósito del cover de un tema de Genesis) y Pendragon a lo largo de este 2014. Is It Really Happening?. La respuesta parece afirmativa, pese a que gran parte de los medios de comunicación sigan silenciando semejante resurgimiento y se muestren complacidos en dar máxima cobertura a otro tipo de música prefabricada para sónar al gusto de las almas de metal pero no para emocionar a gente que no hacemos del freakismo galopante nuestras señas de identidad.  

domingo, 15 de enero de 2012

«LA HISTORIA DEL ROCK SINFÓNICO», NUEVO LIBRO EN MAYO

Portada provisional de
 La historia del rock sinfónico

De un tiempo a esta parte me he preguntado en numerosas ocasiones del porqué el rock sinfónico —asimismo llamado rock progresivo— quedara confinado en el olvido por los tiempos de los tiempos después de haber dominado buena parte del espectro de la escena musical —aquel consumido por un público mayoritariamente joven— durante la década de los setenta. En buena lógica, según los dictados de las modas, el rock sinfónico no parecía ser objeto de demanda entre las editoriales versadas en material musical —al menos, en algunas de sus colecciones— que destinaban sus esfuerzos económicos a apuestas más «seguras». Por fortuna, T&B Editores ha confiado en un proyecto que para un servidor tiene un tanto de especial por cuanto con este tipo de música crecí y con el tiempo me fui labrando una afición que ha perdurado hasta la fecha.
A mediados de mayo de 2012, pues, verá la luz La historia del rock sinfónico,  un proyecto de larga gestación, ajeno a esos imperativos de la inmediatez marcados por numerosas editoriales, a la caza de una coyuntura sociocultural con la que salvar una temporada, en lo económico, de vacas flacas. A falta de confirmar el autor del prólogo, esta monografía contiene una extensa y soberbia introducción a cargo de Jaume Carreras —perfilada sobre los fundamentos histórico-filosóficos que alimentaron esas sinergias musicales de real abolengo durante los años sesenta, el fermento necesario para lo que estaría por llegar— para, a continuación, entrar en materia con el centro de gravedad dispuesto sobre ese quinteto de bandas que ofrecen la magnitud de estilos que redundan en torno al concepto de rock progresivo o sinfónico. Pink Floyd, Genesis, Yes, King Crimson y Marillion ocupan un espacio importante en el conjunto del libro, con un número de páginas para cada entidad musical que bascula entre las treinta y cinco y las cincuenta páginas. Evidentemente, no quedan fuera de cobertura el análisis de la obra de Camel, Supertramp, Barclay James Harvest, Emerson, Lake & Palmer, Caravan, Jethro Tull, Transatlantic, Pendragon, Asia... ya que desde el primer momento que me puse a escribir el libro tuve en mente dar una visión de conjunto lo más amplia posible.
   Numerosas lecturas —preferentemente en inglés— e infinitas escuchas de rock sinfónico y los distintos planetas musicales que los circundan me han acompañado en los últimos meses. Ahora solo queda el sprint final, esas páginas que tratan de sintetizar el recorrido musical de una banda que merece su lugar en esta particular historia y el redondeo en forma de material gráfico que contribuye a entrar por los ojos un determinado libro. Creo que el esfuerzo ha valido la pena en aras a legitimar si cabe aún más un legado musical edificado por personas de un extraordinario talento, algunos de los cuales fueron y siguen siendo auténticos virtuosos. Unos dinosaurios, eso sí, que se extinguieron pero que merecen integrarse en los libros de historia... de la música contemporánea en lengua castellana. En El mundo de Haldane iré publicando de aquí a mayo algunas semblanzas de aquellos prohombres del sinfónico y derivados que, por un motivo u otro, me han llamado especialmente la atención en la fase de revisión de sus trabajos ya sea en solitario o al amparo de las bandas que les dieron solera. 

"Wish You Were Here", uno de los temas floydianos que me mostraron el "camino" 
hacia las esencias del rock sinfónico:



viernes, 24 de septiembre de 2010

EL DISCRETO DESENCANTO DE LA «BURGUESÍA» DEL ROCK-SINFÓNICO

En el número 28 de Scifiworld, en una de sus últimas páginas  se reproduce un cuestionario al cineasta Mick Garris (un fiel y prolijo adaptador del universo literario de Stephen King) —avanzadilla a la excelente entrevista que se publicaría en el número posterior, el correspondiente a julio de 2010— en que presumo muchos de los lectores de la revista debían fruncir el ceño. A la pregunta «¿Qué música escuchas habitualmente?» Garris respondía: «rock sinfónico». ¿rock sinfónico? Algunos volverían a mirar la foto de Garris y se debían interrogar para sí mismos: pues no parece tan mayor como para escuchar una música que, a los oídos de la plana mayor de la progenie fanatizada por el fantastique de curso legal, esto es, el macerado con dosis de gore a golpe de Heavy o Trash-Metal, sería sinónimo de música de hace un millón de años y para un buen número de ellos les debía sobrevenir un enorme interrogante en forma de «¿qué diantres es eso?»
Hubo un tiempo que, como los dinosaurios, el planeta musical anglosajón estaba dominado, en buena medida, por esas formaciones del rock-sinfónico. Cierto es que esa extinción ocasionada por un meteorito en forma de radio-fórmulas (temas de un cuarto de hora o veinte minutos con los que solían deleitar a la parroquia los del progresivo no tenían cabida en este formato herziano) que impactó sobre el planet music en las primeras estribaciones de los años ochenta, dejó tocado de muerte a muchas bandas del espectro sinfónico, cuando no hacía demasiados años atrás llenaban estadios con la misma facilidad que el Barça de Pep Guardiola lo hace en los últimos años, mal que les pese a esos videoblogeros de marca. Algunos de los grupos de esta índole supieron verlas venir y mutaron a otra especie que desplegaría sus alas sobre la esfera del pop-rock, más acorde con los vientos que empezaban a soplar —Genesis—; unos cuantos ya habían procedido a la muda con suficiente antelación como para que ni tan siquiera gran parte de sus fans repararan en sus orígenes —Queen—; y otros siguieron aferrados a unos «valores supremos» que han ido marcando un tránsito hacia la agonía hasta alcanzar su práctica desaparición —Yes, Pink Floyd, Camel, Emerson Lake & Palmer, King Crimson, etc. Como todo fenómeno de desaparición lleva implícito un efecto de resurgimiento, éste se dio en el entorno del rock sinfónico con Marillion, pivote de una nueva hornada de formaciones —Pendragon, Asia, etc.— que para no llamar a la suspicacia entre la remozada cúpula de promotores musicales, extendían sus tarjetas de visita figurando con riqueza tipográfica el de «practicantes de pop-rock de calidad». Ese camuflaje a menudo cobraba hechuras de realidad, y aquellos devotos del rock-sinfónico más primitivo acabaron por batirse en retirada, buscando un botón de anclaje con otros estilos, tales como la world music de la que Peter Gabriel (en la foto), padre espiritual de la mejor cosecha de Genesis —Nursery Crime (1971), Foxtrot (1972) Selling England By the Pound (1973), The Lamb Lies Down On Broadway (1974): raro es el año que no vuelvo sobre esos pasajes que emanan creatividad y genialidad compositiva-acústica a raudales—, a través de su proyecto Real World, tripulaba con un horizonte tan incierto como estimulante.
La música, como el cine, en tanto que artes relativamente jóvenes, ha vivido periodos de una extraordinaria fertilidad creativa. Gabriel, un músico del que poco ha trascendido que su salida de Genesis tuvo mucho que ver con su interés por hacerse un nombre en calidad de director de cine, ha formado parte de dos de esas oleadas creativas de aupa, primero en el sinfónico, y luego en la World Music. Los que todavía tenemos la certidumbre de que una buena porción de la mejor música contemporánea —la reproducida fuera de las salas de concierto y/o de las cinematográficas— se dio en los años setenta y, en forma de destellos, en los años ochenta, debemos reparar en esa lenta agonía de aquellos forjadores de obras de indudable categoría que, como restos fosilizados, permanecen ocultos a los oídos de las nuevas generaciones. El ciclo natural empieza a cerrarse para personalidades como Peter Gabriel, que prorrogan su vigencia encima de los escenarios (cada vez más despoblados: cuatro mil almas en el recinto del Sant Jordi barcelonés en el pasado 23 de septiembre de 2010) sobre la base de versiones de temas de otros grupos o cantantes. Scratch My Back (2010) responde a ese acto-reflejo por buscar las respuestas musicales en el pasado en forma de versiones de temas de Paul Simon (Boy in the Bubble), Neil Young (Philadelphia) o Lou Reed (Power of the Heart), entre otros. En eso coincide con el músico que le reemplazó en el liderazgo de Genesis, Phil Collins, que con Goin Back (2010) rinde pleitesía al sonido Motown. Señales de humo visibles para la tribu de amantes del rock-sinfónico confinada en esas reservas de la espiritualidad musical en los tiempos en que los tambores de guerra se dejan sentir con fiereza desde los coches tuneados con un sonido atronadoramente... plano, buscando plaza en algún aparcamiento cercano de unas multisalas del extrarradio para degustar —acompañados de palomitas, faltaría plus— la última producción gore con sus correspondientes números romanos a modo de rúbrica para un título bien llamativo.  

domingo, 11 de julio de 2010

«DREAM THEATER»: EL ESTADIO DEL ROCK PROGRESIVO... CON PARADA Y FONDA EN EL «METAL».

Parece haber cierto consenso entre los analistas e historiadores musicales que la extinción de los «dinosaurios» del rock sinfónico o progresivo se debió, entre otras consideraciones, a la expansión del fenómeno de las radio-fórmulas —léase Los 40 principales, como paradigma de la misma— que no encontraban acomodo en sus parillas de programación herzianas temas que sobrepasaran los 3 ó 4 minutos. Al entrar en el periodo de la «glaciación» musical creativa en tantos sentidos —y que, en cierta manera, perdura—, Yes, Genesis, King Crimson, Pink Floyd y Emerson, Lake & Palmer, entre otros, iban quedando progresivamente fuera de la onda a los oídos de las nuevas generaciones que observaban el fenómeno sinfónico como un efecto residual, un vestigio del pasado arrinconado por Los 40 principales y sucedáneos. Como suele suceder en estos casos, la alternativa al conocimiento de estos grupos y de sus legítimos continuadores se debía más a una labor de arqueología por parte de aquellos aficionados que huían de la dictadura de las modas y mataban el tiempo buscando y rebuscando en las tiendas especializadas, preferentemente los viernes y los sábados por la tarde. Hoy en día ese ejercicio que comportaba su particular liturgia ya no tiene lugar en la era de las descargas por internet o las visitas a los vídeos de Youtube. El valor de «jugártela» con la adquisición de un determinado disco es pura entelequia al correr de los tiempos. No acierto a recordar si alguna vez me quedé frente a una portada de alguno de los CD’s de Dream Theater y tuve la tentación de apostar por destapar el tarro de las esencias o abjurar de mi mala elección al reproducirlo en la cadena. Pero, sea como fuere, lamento mi tardanza en el descubrimiento de una banda de la que tenía vagas referencias, y que mi recelo seguramente procedía de su militancia en el sector metalero, del que por prescripción médica (los decibelios a tropemil casan poco con tener una buena puesta a punto del oído medio para percibir toda la gama de sonidos posible que procura la madre naturaleza) me he abstenido. La prospección estos últimos meses por el sinfónico jurásico me ha llevado hasta unos grupos de nacimiento más cercanos en el tiempo, en las que ese terceto de antiguos estudiantes de Berkeley parecían llamados a disputar el cetro del rock progresivo a los escoceses Marillion toda vez que Genesis, Yes y Cia habían entrado en barrena por distintos motivos.
A punto de cumplir sus bodas de plata, Dream Theater pueden vanagloriarse de haber dado cabida a una decena de álbumes en estudio, una cifra nada baladí si tenemos en cuenta que los neoyorquinos han conquistado a un público disperso por medio planeta sin perder la perspectiva de una calidad digna de todo encomio en las grabaciones y una necesidad imperiosa por abandonar cualquier reducto de complacencia en la modalidad de repetir una fórmula que les resultara exitosa en el pasado. Definitivamente, Dream Theater es un grupo que me ha ganado en esas propuestas más melódicas sin dejar de enarbolar la bandera del sinfónico con resabios de Pink Floyd y mostrando vasos comunicantes con los Marillion lideados por Mr. Hogarth. Piezas con las que voy construyendo ese particular museo de los sueños acústicos, apuntalada en los últimos tiempos por esa vertiente del progresivo en su derivación metalera que Dream Theater define con majestuosidad. Las agendas para un servidor estarán libres cuando los de New York decidan escoger Barcelona o cercanías para su próximo tour europeo, aquel que presumible les lleve nuevamente por el viejo continente para conmemorar su 25 aniversario. Allí estaremos para dejarnos seducir por esos generosos conciertos de más de tres horas. Hasta entonces tiempo habrá para «bucear» en ese «océano» sonoro donde habitan en el fondo marino  «perlas» como Thorough My Words, Anna Lee o The Silent Man, y donde podemos dar las vueltas precisas a esa llave de la sensibilidad vocal e instrumental que abra el cofre de su masterpiece Train of Thought (2002). Luego vendría una cierta fase experimental que ensombrencería los hallazgos de antaño pero, al cabo James LaBrie, sigue manejando con firmeza el timón de la nave Dream Theatre sin abandonar sus raíces del rock progresivo, si bien haciendo gala de algún que otro abordaje a un barco (con bandera pirata, of course) bañado de  «metal» pesado. En estos paréntesis musicales con prospección a un género que no tengo el honor de cultivar habrá que atender al enunciado de su quinto álbum de estudio y mantenerse a Seis grados de la oculta turbulencia... de un heavy que parece no ser de ese mundo, de ese «teatro de los sueños» cuando la misma voz, arropado a los teclados por Jordan Rudess (con un look cruce Peter Gabriel post-Up y Mark Kelly de Marillion), por la batería y la percusión de Mike Portnoy y por las guitarras de John Myung y John Petrucci, se encomienda a trazar versos musicales de una sensibilidad exquisita.

Este post está dedicado a mi buen amigo Àlex Romano, un amante del rock como pocos. Su entusiasmo por la música es de las que motiva a seguir haciendo nuevos descubrimientos. Dream Theatre lo ha sido y en grado sumo.

Invitación a escuchar los temas Through Her Eyes y Anna Lee en YouTube:
http://www.youtube.com/watch?v=mcG0dpBz7tc
http://www.youtube.com/watch?v=qk_o87vRt-0

domingo, 25 de abril de 2010

«LAS 9 EDADES DEL ROCK»: NUEVO PROYECTO

Hago mía la frase-epitafio de Rainer W. Fassbinder que solía decir, ante el alud de proyectos a los que se enfrentaba a cada mes vencido, «ya descansaré cuando haya muerto». El sentido de la autocomplacencia nunca ha formado parte de mi ideario y no renuncio a creer que, como me comentaba el otro mi buen amigo Jaume Carreras, tan sólo estamos al principio del camino. La pasión divulgadora, eso sí, prevalece incólume en mi forma de ser con especial inclinación por la música de calidad que nos dejó el siglo XX. Tras Neil Young: una leyenda desconocida (2009), el paréntesis de un cierto sosiego no ha hecho más que ir madurando un proyecto que, si los hados son propicios, verá la luz en formato papel a principios de noviembre de 2010. Siempre he sido remiso a las obras corales, pero en este caso la justificación es total por cuanto Las 9 edades del rock (portada provisional) —el working title con visos a imponerse para su publicación— precisa del concurso de otras dos personas que contribuyan a trazar ese recorrido por el rock a lo largo de una sesentena de años. Y a fuer de ser sinceros, Daniel Ruiz y Jaime Sirvent representan una «bendición» dado que sus conocimientos enciclopédicos —del primero ya tuve constancia el año pasado al entrar en contacto con él para ir perfilando el libro de Mr. Young; del segundo no tardaría en descubrirlo—, y que trabajarán en buena parte de los capítulos de los que consta Las 9 edades del rock. Es evidente que existen obras de referencia en lengua castellana sobre la materia, pero una vez más la perspectiva del paso del tiempo nos debe facultar para saber leer la evolución de este género musical en función de unos criterios esencialmente artísticos. A partir del ecuador del siglo pasado formalizaría su ingreso en la nómina musical un fenómeno que ha cautivado a diversas generaciones. La obra tiene visos de servir de referente para algunos de las mismas, y por lo que concierne a mi contribución se circunscribirá a la escritura de un par de capítulos, además de hacer el trabajo de coordinación con la editorial, corrección de estilo y apéndices al texto madre. Uno de los trazos diferenciales de Las 9 edades del rock para con las obras que he consultado en este primer trimestre del mes es que abundan, por lo general, los lugares comunes, por ejemplo, del rock sinfónico, dedicándoles espacios muy reducidos que no se corresponden con la importancia que adquirió desde finales de los sesenta hasta principios de los ochenta esta corriente/fenómeno musical hoy en día pasto del olvido. De este capítulo me ocuparé en solitario, haciendo una introspección sobre el rock sinfónico que espero resulte didáctico para aquellos aficionados a la música de rock y que complete la visión de los que el conocimiento sobre el mismo se sitúe en un escalafón superior. Por consiguiente, Yes, Genesis, Marillion, Emerson Lake & Palmer y Pink Floyd, pero también grupos menos populares como Barclay James Harvest, Pendragon o Asia se ofrecerán a mis oídos en los sucesivos meses haciendo bueno el título del álbum de Jethro Tull, ese «grupo satélite» de tantos planetas musicales: Living with the past. Un pasado lejano que vuelve como un reflujo con la voluntad de hacer la mejor publicación posible sobre esa música rock evaluada en nueve «edades». Para ello doy por descontado que Jaime y Daniel afilarán sus oídos y se dejarán seducir por esa infinita paleta musical con reminiscencias folkie, de r&b y country. Primera «parada» en calidad de escritores de libros para ambos que, a buen seguro, tendrá continuidad en el futuro. Por mi parte, al final de ese camino musical —septiembre de 2010— se situará la escritura de la segunda parte de El enigma Haldane, perteneciente a la «trilogía Haldane». Por aquellas fechas, la primera parte podría aterrizar en las librerías. Pero todo ello no me hace perder de vista www.cinearchivo.com, más que nunca erigiéndose en ese Rosebud particular e instransferible... ese trineo cargado de tantas sensaciones encontradas pero con la fuerza de la ilusión aún intacta.