En su prefacio de Canción de
Navidad —asimismo conocido como Cuentos de Navidad— Charles Dickens
(1812-1870) escribe: «Con este relato fantasmal he tratado de evocar el
espectro de una idea que no debería contrariar a mis lectores ni enemistarlos
con otros, con estas fiestas o conmigo. Confío en que frecuente gratamente sus
hogares y nadie sienta el deseo de conjugarlo». Toda una declaración de
principios que el prosista inglés tuvo a bien poner sobre aviso a sus lectores,
trazando así la orientación que, según su perspectiva, debía adoptar el que al
poco de publicarse pasaría a convertirse en un clásico imperecedero de la
Literatura Universal y punto de partida de una serie de relatos cortos con el
denominador común de la Navidad. En cierta manera, el pronunciamiento
fantasmagórico al que alude en el mencionado prefacio Dickens quedaría
integrado en una serie de relatos —bastante más breves que su «serie» recorrida
con el leit motiv de la Navidad— que vio publicados a lo largo y a lo ancho de
las siguientes décadas.
Al cumplir su primer año de «vida»,
el sello Impedimenta editó en la Navidad de 2009 Para leer al anochecer,
mereciendo años más tarde —casi a la par que Mondadori, dentro de su colección
de «Grandes Clásicos» publicaba una excelsa edición ilustrada de Cuentos de
Navidad— la quinta de las múltiples reediciones (hasta un total de diez
hasta la fecha) y, por consiguiente, el que podríamos colegir uno de los
primeros grandes éxitos comerciales de la editorial capitaneada por Enrique
Redel. Dieciséis años más tarde, ya bajo una (seudo)colección —un tanto «invisibilizada»,
a pesar de su diseño diferencial— denominada «Los aerolitos de Impedimenta», el
sello madrileño ha vuelto a publicar Para leer al anochecer, respetando la
traducción de Mariam Womack y Enrique Gil-Delgado de la versión seminal.
Trece son los cuentos breves
que jalonan esta pieza literaria bajo el genérico Para leer al anochecer —To
Be Read a Dusk en el original—, en la que Charles Dickens dejaría
constancia de sus propias experiencias personales sobre todo a través de dos de
ellos: «El guardavías» (1865) y «El año que soñé con una estrella»
(1850). Para el primero, el popular escritor levantaría acta —a través de una
prosa transitada a menudo por una veta cargada de humor y/o ironía (perceptible
asimismo en el relato «Una casa encantada»)— de un accidente ferroviario
en el que se vio implicado, pero del que salió indemne. En relación al último
de los relatos que integran Para leer el anochecer, un par de años
después del fallecimiento de su hermana mayor Frances Elizabeth «Fanny» Dickens
(1810-1848) evocaría su figura en «El niño que soñó con una estrella» en
apenas cinco páginas, suficientes en todo caso para mostrar una pequeña muestra
de su talento literario a la hora de hilar historias en las que sobrevuela
la noción de la muerte. La misma visitaría a Charles Dickens en 1870 —a los
cincuenta y ocho años de edad—, al cierre de una década que se llevaría la palma
por lo que atañe a aportaciones de carácter fantasmagórico en forma de cápsulas
literarias, buena parte de las cuales computan en el presente volumen.
Previamente, Dickens había visto publicar piezas como «El letrado y el fantasma»
—integrada originalmente en su opera prima Los papeles póstumos del club Pickwick
(1837)— y Para leer al anochecer (1852), el relato conformado por una
veintena de páginas que da nombre a esta antología, mostrando en su portada una
estampa mucho más esquinada hacia lo mágico que la portada escogida para su
primera edición.

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