miércoles, 30 de octubre de 2013

GENERACIÓN NINI, UNA JUVENTUD SIN ESPERANZA: ¿MUROS INFRANQUEABLES?

Año 2013, España. 56% de paro juvenil. La pregunta surge por sí sola en una legión de mentes: ¿para qué seguir estudiando si lo tenemos crudo? El abandono escolar crece. Muchos se agarran a la idea que el aprendizaje de un oficio (no vinculado al ladrillo; mejor relacionado con las nuevas tecnologías) les puede sacar del atolladero. Otros se resignan a seguir aspirando a cursar una carrera universitaria frente al titánico sacrificio que comporta para familias afectadas por la crisis, en que alguno o la totalidad de sus miembros se encuentran sin trabajo. Asimismo, el fenómeno de la “fuga de cerebros” se ha convertido en rutina. Contra su voluntad, lo mejor de una generación abandona nuestro país en busca de oportunidades laborales en el extranjero. A buen seguro, todos ellos lo hacen con el pálpito que regresarán al país que les vio nacer, cuando el temporal del mercado laboral amaine, pero al cabo esta idea se torna en una vacua ilusión. La conclusión: llevamos camino de perder una generación en virtud de esa juventud sin esperanza en que un porcentaje cada vez más significativo de la misma busca su futuro allén de nuestras fronteras. Jóvenes que no se resignan a ver cumplidos sus sueños; trabajan por su dignidad pero también por la de unos padres, un entorno familiar que ha hecho auténticos equilibrios para ofrecerles la puerta de entrada a estudios superiores aun a pesar de la precariedad de sus bolsillos. Ellos llegan a la certeza, cuando no la convicción tras un periodo de aclimatación en otro país: fuera valoran sus conocimientos, aptitud, ganas, empuje, ilusión por seguir creciendo profesional y personalmente; en nuestro país, como reza el documental a mayor gloria de The Doors, podían tatarear when we were strangers («cuando éramos extraños»). La emigración cíclica conforme a lo que diría un sociólogo, al albur de un fenómeno que gana “adeptos” a fuerza de una realidad lacerante del mercado laboral y de un tejido empresarial carcomido por políticas que penalizan mucho más de la cuenta, a diferencia de otros países, a los emprendedores.
    Por contraste, observo de un tiempo a esta parte ese segmento de la población juvenil que ha optado por adoptar el papel de “parásitos” de la sociedad. Han abandonado sus estudios o bien, en el mejor de los casos, han concluido su ciclo de secundaria sin otra perspectiva que aplicarse en el ejercicio de la vagancia. La generación Nini, ni estudia ni trabaja se aisla de la realidad de la sociedad para trazar una vida paralela que funciona a modo de burbuja. Una burbuja que los padres de ellos y ellas no quieren pinchar porque aceptan ya sea un chantaje emocional o de otra naturaleza. Pero, ¿de qué se alimentan, de qué viven cuando el sol deja de broncear sus cuerpos en las terrazas de los bares o de las plazas públicas que hacen suyas? Algunos siguen tirando del grifo de los padres que se colocan la venda y piensan que así les hacen un favor y les mantienen (desde la distancia) a raya. Otros se acomodan a ese juego peligroso de saberse inmunes y plegarse a una vida fácil donde la cultura (?) del esfuerzo deviene una auténtica entelequia. Lo fácil: el robo, la compra-venta de material rodabo, el trapicheo, el tráfico de drogas (se empieza por la maría y se acaba por la farlopa). No tienen un domicilio fijo. Funcionan por clanes. Se buscan unos a otros a través del whatsup o del Facebook para quedar en un determinado sitio. La única esperanza que tienen es pasárselo bien, disfrutar el momento y creer que aquellos dispuestos a esforzarse, a superar barreras son auténticos imbéciles. ¿Quién consiente la existencia de estos “Ninis”? Unos progenitores que han hecho dejación de funciones. En general, se produce un fenómeno asimétrico, en que ya sea el padre o la madre han desistido de seguir luchando y aceptan con doliente resignación que sus hijos hagan y deshagan cuando les plazca, utilizando las casas familiares como un hotel donde pernoctar con o sin la pareja. Un hotel abierto las 24 horas del día con la señal luminosa parpadeando en lo alto de la puerta principal en que se puede leer «vuelve hijo/ja, te queremos». Muchas de esas parejas acaban rompiéndose porque la cobardía de unos o unas no camina en el sentido de la otra parte de la pareja de querer enderezar el rumbo del hijo o la hija extraviados. A esos padres que actúan con esa laxitud no parecen conscientes del error que cometen. A mi entender la solución pasa por cerrar ese grifo del suministro económico y que esos jóvenes, por falta de aire (money, of course) acaben pinchado ellos mismos esas burbujas que se han creado, a modo de muro frente a la verdadera realidad social. Dura, sí, pero en la que no faltan personas, jóvenes y adultos, que tratan de tirar adelante, con la cultura del sacrificio y el esfuerzo por bandera. Si esos progenitores siguen ignorando el problema, echando mano una vez más del mundo musical, estarán colocando another brick in the wall («otro ladrillo en el muro»). Un muro cada vez más elevado en que padres e hijos irán perdiendo contacto visual y lo que es peor, emocional. En un lado del muro esos jóvenes “Nini” se ríen y cantan a coro we don’t need no education («Nosotros no necesitamos ninguna educación»). Roger Waters AKA Pink Foyd dixit. Al otro lado del muro, algunos por la noche no logran conciliar el sueño y se levantan, cuál sonámbulos, con los ojos húmedos. La cobardía les atenaza pero no ha impedido que los ríos de lágrimas formen parte de la geografía de sus rostros.    

martes, 22 de octubre de 2013

«A DOS METROS BAJO TIERRA» (2005) (QUINTA TEMPORADA): ÁNGELES Y DEMONIOS

El consenso general es que la última temporada de una serie marca la valoración que, al cabo, puedas extraer sobre la misma. Una verdad relativa por cuanto la decepción sobre la elección de un determinado final no debería hacernos perder de vista las virtudes que concurren en las temporadas precedentes. En cierta manera, los seguidores de la serie A dos metros bajo tierra (Six Feet Under, 2005) podríamos colegir que la quinta temporada viene a resultar un compendio de los aciertos que atesoraban los cuarenta y un capítulos anteriores. Más, me atrevería a razonar que la evolución de los personajes ha permitido que corriera en paralelo con la exigencia interpretativa, al punto que asistimos a un auténtico recital actoral en su fase final. Se advierte casi una pulsión shakespeariana en el corazón de ese drama, cuando no "maldición" familiar de los Fisher, que tiende sus tentáculos en el devenir de otros grupos o unidades familiares de su entorno. Cierto que en el caso de los Chenowith ya venía de “fábrica” —en no pocas ocasiones Billy (Jeremy Sisto) y Brenda (Rachel Griffiths) ironizan sobre el asunto—, dando por descontado que son un “modelo” de familia disfuncional, agravada por la entrada de Olivier Castro-Staal (Peter Macdissi) conforme al nuevo compañero sentimental de Margaret (Joanna Cassidy) después de enviudar, y por otra parte, Claire Fisher (Lauren Ambrose) —la novia en fuga del, “redimido”, en apariencia, hermano de Brenda—, que va de flor en flor hasta acabar a los brazos de un treintañero (Ben Foster), compañero de trabajo y a las antípodas de su pensamiento ideológico. Con estas cartas sobre la mesa, parecería razonable que la serie televisiva se desplazara invariablemente hacia la realidad de los Chenowith y de su entorno afectivo, pero A dos metros bajo tierra seguiría siendo fiel, hasta el último suspiro, a las extrañas desdichas de los Fisher. Para esta parte final, el “contrapeso” de importancia por lo que compete a los Fisher en relación a Chenowith se concentra sobre todo en la persona de George (James Cromwell). Ruth (Frances Conroy) siente como propio el sufrimiento de George cuando debe ingresar en un hospital psiquiátrico para tratar una patología que trabaja a pleno rendimiento en una mente quebrada por un estado paranoide. A la vuelta al hogar del espigado profesor de geología, Ruth inscribirá de nuevo en el casillero de los fracasos de pareja el nombre de George Sibley, con quien se había casado por la iglesia —en una toma de decisión que, en retrospectiva, se advierte todo un error— con la asistencia de la hija de éste, Maggie (Tina Holmes). El sostén del afecto se revela insuficiente para que la relación entre Ruth y George se mantenga en pie, y por tanto, consensúan la decisión de que éste trate de encontrar su propia estabilidad en un piso de alquiler, alejado de la convivencia con otro ser, pero manifestando su deseo de seguir en contacto con su (aún) esposa y Maggie. A fin de cuentas, la necesidad de los artífices de A dos metros bajo tierra por seguir ofreciendo el relato emocional de Ruth se debe a que, a estas alturas de la serie, saben que un porcentaje significativo de espectadores han creado una especial “empatía” con esa matriarca que se desvive por su entorno pero que, al observar en su interior, se va vaciando progresivamente. La culminación de esa realidad íntima se manifiesta en Ruth tras la pérdida de Nate (Peter Krause), uno de los pilares fundamentales de la serie. El fallecimiento del primogénito de los Fisher lleva aparejado un cuestionamiento de orden moral que implica a Maggie y Brenda. Al respecto, el antepenúltimo capítulo “All Alone” muestra el escenario del hospital angelino donde ha ingresado Nate, al que acude en primera instancia Dave (Michael C. Hall) para luego reunirse con otros de los miembros de la familia (su novio Keith/Matthew St. Patrick, recién estrenado su papel de padre "dominante" de dos hermanos de raza negra con una mochila demasiado llena de sinsabores vividos en casas de acogida) y la propia Maggie. Por su parte, Brenda, embarazada de varios meses, llega con retraso porque no estaba enterada de lo ocurrido. En el cruce de miradas sostenido entre Brenda y Maggie se lee el pensamiento de cada una de ellas. Pero Brenda entiende que la infidelidad debe quedar en un segundo plano cuando está en juego en la mesa del quirófano la vida de Nate. La mayor de los hermanos Chenowith vuelve a protagonizar otra de las escenas más sutiles y, a la vez, duras cuando sugiere a Nate, postrado en la cama del hospital —que acabará convirtiéndose en su lecho de muerte— que «superamos esto juntos». Nate niega la mayor y sin verbalizarlo anuncia una separación definitiva. Quizás, en su fuero interno Nate se sabe muy cerca de la muerte y, por consiguiente, nada tiene que perder. Una muerte con la que ha convivido a diario desde que asumió, junto a Dave, la herencia del negocio familiar. Como no podría ser de otra manera, Dave acaba siendo cliente de Fisher & Diaz, una sociedad limitada que se tambalea merced a la inestabilidad emocional que padece Dave. Un escenario ideal para que Rico Díaz (Freddy Rodríguez) saque tajada y quiera comprar las acciones de Dave y de Brenda. Así, el ascensor de ese arribista llamado Rico (un diminutivo, por tanto nada ocioso) se proyecta hasta la última planta del negocio funerario. Una aspiración legítima si se quiere, pero cuestionable en todo caso en su fundamento moral. Todo ello queda refrendado en uno de los tramos del último capítulo, “Everybody’s Waiting”, en que Alan Ball vuelve a tomar las riendas de la dirección (firmaría un total de la seis a lo largo de la misma) que había creado un lustro antes. Más largo que la media —superando de forma excepcional la hora de duración— el título “Everybody’s Waiting” hace referencia a su epílogo. Para la elaboración del mismo, Ball debió tener fresca en la memoria títulos como Magnolia (1999) y Big Fish (2003), dirigidas por Paul Thomas Anderson y Tim Burton, respectivamente. Asimismo, un desenlace que no sorprende en el firmante del guión de American Beauty (1999), cuyo final da un giro de 180º. El de A dos metros bajo tierra también lo hace, siendo fiel a esa idea que la muerte puede ser una prolongación de la vida. Allí donde habitan ángeles y demonios.  

lunes, 30 de septiembre de 2013

EL «OTRO» MAESTRO JOAQUÍN RODRIGO, DE PRIMER APELLIDO VALLET, DE OFICIO, AMANTE DEL CINE

Ese mismo año que Joaquín Rodrigo, uno de los ilustres compositores españoles del siglo XX, fallecía —1999— quedaría sembrado de noticias luctuosas en torno a realizadores y técnicos cinematográficos de verdadera enjundia —Stanley Kubrick, Charles Crichton, etc.—  que se quedarían a las puertas del nuevo milenio. Por aquel entonces, el otro Joaquín Rodrigo con el primer apellido "intercalado", el de Vallet, se situaba en la frontera de publicar sus primeros artículos o reseñas críticas en un medio que le diera las tablas necesarias para seguir prosperando en el ejercicio de una afición que trataría de reformularse en una profesión. El portal Miradas de cine  se lo brindaría y desde entonces Vallet no ha abandonado su dedicación por la escritura sobre temas cinematográficos, avivando una pasión que se tornará, a buen seguro, “eterna”.
   Conocí a Joaquín Vallet Rodrigo (Cullera, Valencia, 1978) en persona hace unos años cuando él empezaba a velar sus primeras armas en www.cinearchivo.com. Hubo circunstancias complejas por aquel entonces y, sin duda, Ximo fue uno de los baluartes de un portal llamado a convertirse en un referente de las publicaciones on line con una base de datos por lo que concierne al estado español realmente potente. Después de pasar por un periodo rodeado de personas que, en realidad, el cine les importaba un bledo o, cuanto menos, los contenidos de ese portal les resultaban indiferentes, encontrar a una persona como Ximo Vallet resultó un efecto balsámico por el severo contraste entre ambos mundos, esto es, el del pasotismo y el de la pasión, el de la indiferencia y el del compromiso. Fue un placer discutir o intercambiar opiniones sobre este noble arte con una persona que, al margen de su enciclopédico conocimiento, transmite un amor por el cine que no tiene límites. Echo de menos a veces esas charlas telefónicas que, a la par de ir al encuentro de nuestros directores e intérpretes predilectos, encontraba el aliento de un amigo en tiempos en que trataba de borrar de la memoria las sombras de un pasado referidas a unas personas que dejaban tanto que desear. Vallet fue el hombre clave para entender que hoy en día, tras el naufragio, cinearchivo.com sea el portal de referencia que anhelamos cuando el proyecto arrancó en 2001 en esa odisea por el espacio de internet. Una docena de años on line de la que me enorgullezco sobre todo por el hecho de haber entrado en contacto con personas de la calidad humana y de la pasión cinéfila de Joaquín Vallet. Sentí como propio el alumbramiento de su primera obra cinematográfica relativa al realizador norteamericano Joseph Losey. No es por casualidad que sea uno de los mejores libros —de los que conozco, que son bastantes— de la colección “Signo e Imagen / Cineastas”, de Editorial Cátedra, con esa capacidad de combinar un tono ameno y didáctico con una información milimetrada que le llevaría a visionar cada uno de los largometrajes del ex blacklisted, una misión ciertamente encomiable por la dificultad de recopilar una lista cercana a los cuarenta títulos. Semejante dedicación de Vallet por rastrear cada rincón posible en el espacio de internet y en el mundo de las ediciones digitales, valdría para su siguiente libro, Diccionario de películas. El cine de terror (2012) de T&B Editores. Empero, me entristecí que Vallet ni tan siquiera citara en la solapa de su segunda monografía el nombre de cinearchivo al enumerar los distintos medios en los que ha ido forjando su categoría de crítico e historiador cinematográfico. En esa decisión adoptaba por Vallet tomaba la palabra la voz de la frustración, alimentada por una serie de equívocos y porqué no decirlo, por la combustión inherente a un sentimiento de lo que hubiera podido ser y no fue. No resulta fácil permanecer por tiempo indefinido en ese "nido de víboras", en ese espacio donde los silencios de unos expresan la idea que los otros también merecen atención, y así hasta crearse un círculo vicioso retroalimentado por la envidia y el complejo de superioridad o inferioridad, según sea el caso. A sus treinta y cinco años Vallet Rodrigo rubrica su tercer libro —dedicado a su admirado Terence Fisher—, el segundo para Cátedra, que refuerza su dimensión de analista de primer nivel, en que vuelve a asomar su capacidad por expresar su visión sobre una determinada obra sin obviar la carga de emoción que implica la misma, a menudo, a través de unos maximalismos “marca de la casa”.
   Hace tiempo que debía este escrito a Ximo, quien lleva camino de ser saludado como el «otro» maestro Rodrigo de ascendencia valenciana, de primer apellido Vallet y residente Over the Rainbow, allí donde el Séptimo Arte adopta sus mejores ropajes de la mano de una infinita nómina de realizadores, técnicos e intérpretes por los que él sigue sintiendo (una enorme) devoción. Gràcies Ximo per a la teva amistat i la teva passió. Tots, d’una manera o altre, t'ho seguim agraint.


                                                          
                                                       
                     

lunes, 23 de septiembre de 2013

«A DOS METROS BAJO TIERRA. CUARTA TEMPORADA» (2004): CAMINOS SENTIMENTALES DE IDA Y VUELTA

Uno de los preceptos que suelen cumplirse en series de larga duración —las evaluadas en más de tres o cuatro temporadas— es que los personajes en liza suelen retornar, en un momento u otro, a la casilla de partida en materia sentimental con el ánimo de superar experiencias que devienen, en algunos casos, traumáticas. A dos metros bajo tierra (2000--2005) no es una excepción a esta suerte de "axioma" que compete a las series dramáticas televisivas. Así, al encarar su penúltima temporada en Six Feet Under tanto Nate (Peter Krause) como su hermano menor David Fisher (Michael C. Hall) entienden que la ansiada estabilidad emocional se las procura la compañía de Brenda Chenowith (Rachel Griffiths) y Keith Charles (Matthew St. Patrick), y vicecersa. Ambos han atravesado por periodos convulsos. En el caso de Nate fruto de la pérdida de Lisa (Lily Taylor) que le lleva a actuar “sin control” y que se cobrará su factura más adelante en forma de enemistad con la familia directa de la difunta. Por su parte, David padece el ataque de un autoestopista con piel de cordero en el quinto capítulo, “That’s My Dog”, en que una vez más Alan Poul raya a gran nivel en la dirección de una pieza que no deja aliento al espectador. Simplemente, se trata de un prodigio en la administración del tempo que deriva en una función terrorífica, a modo de contrapunto de los otros episodios de la serie que transitan por cauces narrativos bien distintos salvo puntuales pinceladas con un toque perverso o, cuanto menos, malévolo, localizado en sus cada vez menos importantes prólogos. A partir de entonces, un traumatizado David busca refugio en Keith, pero éste debe cumplir compromisos laborales de guardaespaldas de caprichosas celebrities por todo el territorio nacional. La situación acaba tornándose insostenible, máxime cuando Keith cae en la trampa tendida por una odiosa estrella de la showbusiness, y observa como el mundo se desmorona bajo sus pies si no acude en auxilio de un desesperado Dave. La situación de éste fuerza a Nate a replantearse su regreso a la actividad en una funeraria en pleno trasiego de personal. A la salida de Arthur Martin (Rainn Wilson: lástima que su aportación al conjunto de la serie haya quedado “empobrecida” y “acortada”; presumo que este sería uno de los focos principales de discusión entre los guionistas habituales) se une la situación de Rico Díaz (Freddy Rodríguez), quien incluso llega a dormir en su puesto de trabajo cuando es expulsado de su propio hogar una vez se descubre una infidelidad con una voluptuosa, a la par que inestable, mujer dedicada al mundo del strip-tease. Con todo, la fortaleza mental de Ruth (Frances Conroy) alienta su capacidad para aglutinar a sus seres queridos cerca de ella, aunque las tensiones con su nueva pareja, George Sibley (James Cromwell), se van acrecentando al punto del anuncio de una eventual ruptura. No obstante, Ruth reconsidera tal decisión después de un impasse (viaje a México incluido que sirve de velado homenaje a Thelma & Louise cuando un plano la capta junto a su amiga Bettina/Kathy Bates colocándose las gafas de sol y adoptando ambas un sentido de liberación) y se entrega nuevamente al buen funcionamiento de una familia instalada en  “cambios perpetuos”. Los Fisher se observan bajo una luz disfuncional (para acabar de rizar el rizo, Claire/Lauren Ambrose mantiene una experiencia lésbica con Edie, encarnada por Mena Suvari, un fichaje asumido por el propio creador de la serie, Alan Ball, en atención a su participación en American Beauty por cuyo libreto obtuvo un Oscar), similar a la que irradia las vidas de los Chenowith. El humor negro acude en volandas cuando se trata de dar cobertura a los diálogos mantenidos entre los integrantes de una familia cuyo pater familias, el doctor Bernard (Robert Foxworth), fallece de manera repentina, dejando a su viuda Margaret (Joanna Cassidy) el campo expedito para mostrarse al mundo “rejuvenecida” en compañía de Olivier (Peter Maccdisi), el altivo e "indigesto" profesor de artes plásticas de Claire. Quizás los guionistas de A dos metros bajo tierra forzarían demasiado la máquina al colocar a un "rehabilitado" para la vida civil Billy (Jeremy Sisto), el hermano de Brenda, en calidad de profesor suplente, en el mismo instituto de Artes Plásticas que recibe clases la menor de los Fisher. Una forma de relacionar personajes en un entorno más cercano que sirva para encender la espoleta dramática necesaria para mantener en alerta a los seguidores de la serie. Abierto el posibilismo que Claire y Billy vayan más allá de mostrar entre sí una cierta empatía, la cuarta temporada de Six Feet Under pretende dar lustre a un interrogante si cabe aún más grande al calor de la obsesión que preside el comportamiento de George, dispuesto a hacer de un refugio antiatómico situado en el subsuelo de la empresa funeraria (todo un guiño a la ironía teñido de azabache) su principal fortín. Su carácter cada vez más escorado hacia la misantropía coloca al espectador vigilante a lo que puedan deparar los siguientes (y últimos) doce episodios de una serie que, a la altura de su cuarta temporada, el reemplazo de su cuadro de productores y asimismo del director de fotografía titular —Alan Caso—  fue toda una apuesta de buscar nuevas motivaciones. Y a fuer de ser sinceros, lo lograron.         

miércoles, 4 de septiembre de 2013

FRANCISCO MARHUENDA: EL «BUFÓN» DEL PERIODISMO EN LA «CORTE DEL REY RAJOY»

En tiempos en que el debate político se sitúa en la primera plana de la actualidad, entre otras cuestiones, por mor de la aparición de múltiples escándalos de corrupción, difícil resulta evitar la presencia de Francisco Marhuenda García (Barcelona, 1961) en las mesas de debate, ya que se ha convertido en habitual contertulio de televisiones privadas, públicas o emisoras radiofónicas. De entrada sorprende el don de la «ubicuidad» mediática de Marhuenda dada su condición, en teoría, de director del diario La razón. Concesiones, intuyo, de los accionistas del rotativo madrileño a cambio de que esa cuota de opinión resulte rentable para la empresa. En este sentido, la estrategia de situar a Marhuenda en el punto de mira de los espacios de opinión, en especial los televisivos, ha contribuido a un incremento significativo de ventas de La razón, que parece haberse quedado solo en la defensa de las políticas auspiciadas por el PP en el primer tramo de la legislatura, y sobre todo valida a pies juntillas las explicaciones de la cúpula del partido sobre el «caso Bárcenas» sin encomendarse a una información objetiva que cualquier de los mortales razonaría, cuanto menos, susceptible de ser veraz. No en vano, la impronta de Marhuenda se deja sentir en la orientación de un periódico que, a veces, abandona uno de los principales mandatos de tan noble profesión para fiar la suerte de sus escritos a la bondad que su director atribuye a la persona de Mariano Rajoy y quienes lo rodean, con la salvedad del ex tesorero Luis Bárcenas.
    Un personaje de la catadura moral de Marhuenda denigra la profesión de periodista hasta límites insospechados. Jamás le vemos en una actitud de conceder ni tan siquiera el beneplácito de la duda en torno a asuntos que llevan “carga explosiva” en sus contenidos referidos a la persona de Mariano Rajoy convirtiéndose, de esta forma, en correa de transmisión de la cúpula directiva del PP que niega sistemáticamente la mayor. Más allá de los colores políticos por los que sienta más o menos simpatía, mi visión del periodismo se sitúa a las antípodas de la de Marhuenda, enrocado en un posicionamiento a la defensiva cuando se sitúa en el disparadero el PP, cuestionado por distintos frentes en el manejo del «caso Bárcenas», sinónimo de prácticas de financiación ilegal sostenidas en el tiempo por espacio de veinte años. Él parece sentirse cómodo en ese oasis de autocomplacencia; se parapeta en su hoja curricular para aplacar las insidias (según su razonamiento) de algunos de sus compañeros de debate; repite el mantra de la honorabilidad de su Presidente (y amigo para el que había trabajado durante seis años en calidad de Director de Gabinete del Ministerio de Administraciones Públicas y Director General de Relaciones con las Cortes durante el mandato de José María Aznar) y juega a retroalimentar la dicotomía izquierdas y derechas en un ejercicio de simplismo que provoca sonrojo en la voz de alguien que imparte clases en una universidad. «No es verdad» repite en forma de latiguillo alguien que se siente “acorralado” por sus compañeros de mesa. En ocasiones éstos no dan crédito a las palabras expresadas por un Marhuenda ensimismado en sus paupérrimas argumentaciones disculpatorias en que el periodismo no rima con el ejercicio que practica en su defensa numantina en torno al Presidente del Gobierno.
   Expreso mi convencimiento que Marhuenda acompañará a Rajoy y otros miembros del actual gobierno del PP prestos a rendir cuentas en virtud de esa red de mentiras que han tratado de ocultar en relación al estercolero de corrupción que se localizaba bajo sus pies durante un largo periodo de tiempo. En las facultades de periodismo deberían mostrarse participaciones radiofónicas y televisivas de Marhuenda a modo de ejemplo de lo que lamina la imagen de la profesión. Que alguien como él llegara a ser director de un rotativo de alcance nacional expresa en qué manos descansa la información. Marhuenda representa la peor cara del periodismo no por el discurso de sesgo (ultra)conservador que maneja sino por el profundo desprecio que siente por lo que debería ser una práctica amparada en la búsqueda de la verdad de las cosas a partir de una concienzuda labor de investigación. Todas esas bravatas, sentencias “a la contra” expresadas en la persona de Marhuenda llevan curso de caer en saco roto. Cuando se le recuerde lo errática de sus predicciones se mostrará, a buen seguro, impertérrito, como si no fuera con él. Ilustrativo de un personaje cuyo recuerdo perdurará en la “cámara de horrores” de un periodismo zafio que busca cobijo bajo la sombra de un árbol. Un árbol con demasiadas ramas torcidas que ofrecen una silueta de salud más bien maltrecha en cuyo tronco se graba el anagrama del PP.        

viernes, 30 de agosto de 2013

MADRID-MIAMI-MADRID: ¿LA JUGADA MAESTRA DE CHACÓN (Y BARROSO)?

Agosto de 2013. Un nuevo curso político se avecina. El PP, el partido instalado en el gobierno con mayoría absoluta encara la segunda parte de la legislatura con numerosos frentes abiertos que pasan por la reforma laboral (susceptible de una serie de cambios en virtud de que los resultados distan de ser los óptimos), la educativa, la sanitaria (que han puesto en pie de guerra a ambos sectores), y la declaración de soberanía de Catalunya, en que el próximo 11 de septiembre se marcará un nuevo punto de inflexión. Es un país que “arde” por los cuatro costados, pero el gobierno espera que los datos del turismo y de las exportaciones apaguen un fuego que ha calcinado la vida de muchos de nuestros conciudadanos por mor de ese factor abrasivo que representa el poder de una banca que ni siente ni padece; únicamente se guía por el señuelo del «Dios» dinero y deben rendir cuentas a esas cúpulas directivas que viven instalados desde hace tiempo en sus particulares «Elysiums». En este panorama de turbulencia social, política, económica y financiera por el que transita el estado español, Carme Chacón, ex ministra de Defensa con José Luis Rodríguez Zapatero, ha diseñado una estrategia, una particular jugada maestra que busca un objetivo a medio plazo con arreglo a unas aspiraciones políticas que no tienen coto. Un ardid que parece jugar al despiste, hiciéndonos creer que su temporal abandono de la actividad política dejando su escaño de diputada obedece a una llamada a su “necesidad” de dar clases en Miami en una prestigiosa universidad. Si fuera así, ¿por qué solo un año? Podría plantearse, en función de cómo se sintiera en su regreso a la docencia, una línea de continuidad y así orientar el curso de su vida hacia un nuevo estímulo profesional que no pasara por la política, donde su imagen quedaría seriamente dañada por su connivencia con las políticas emprendidas por José Luis Zapatero, de la que no fue nada ajeno ese estratega en la sombra llamado Miguel Barroso, a la sazón marido de la ex diputada catalana. Como tampoco ha sido ajeno Barroso en esta jugada maestra perpetrada para sacar a su mujer de la tormenta política durante diez meses, tiempo suficiente para que en el socialismo español se abra un periodo de elección de candidatos para unas primarias donde debe salir el aspirante a ocupar cargo en la Moncloa si el descalabro del PP es lo suficientemente pronunciado al albur de los escándolos suscitados por el caso Würtel, el caso Bárcenas y una economía que se ve incapaz de aplacar unas cifras de paro que, en el menor de los escenarios de verano de 2014, se estabiliza sin amago de remontar.

   Miguel Barroso sabe, en definitiva, que la medicina en materia de marketing de las empresas donde ha ocupado altos cargos, asimismo se puede aplicar a su mujer. Con ello, Barroso & Chacón pretenden presentar una candidatura de cara a las hipotéticas primarias de una mujer que ha sabido labrarse un prestigio a escala internacional, manejándose con idiomas en un centro docente de pedigrí (en una zona que el primero conoce francamente bien; allí se sustanciaron algunos de sus negocios y se extendió su red de contactos para saciar su ambición devoradora) y ofrecen una imagen de renovación. La antítesis de lo que representa Alfredo Pérez Rubalcaba, la vieja imagen del aparato del PSOE, en la frontera de la jubilación y con demasiadas tablas, pero carcomidas por sus reiteradas presencias en las cúpulas de mano de los distintos gobiernos socialistas desde la etapa de Felipe González. Pero existe una duda razonable si semejante estrategia dará sus frutos en virtud de si Rubalcaba, astuto como pocos, nombra un delfín para que, en vistas del descalabro que se anuncia en el horizonte de un otoño caliente sembrado de huelgas desde distintos flancos de la sociedad –amén de esa marea verde cada vez más visible en las plazas públicas y en las calles de nuestro país– y empieza a mover ficha. Entonces, habrá posicionado a su candidato, alguien que haya exhibido un perfil de fidelidad y se haya mostrado especialmente activo en el combate “cuerpo a cuerpo” con los altos mandos del PP y de un Mariano Rajoy que, ni por asomo, repetirá en los próximos comicios electorales. Su propósito no va más allá de concluir una primera legislatura. En él muchos reconocerán el ángel redentor de un socialismo demasiado resabiado de alguien como Chacón, cuyos hilos sigue moviendo ese siniestro individuo llamado Miguel Barroso. Ya sin el apoyo de José Antonio Griñán, el aún presidente el PSOE salpicado por escándalo de los ERE en Andalucía, y de la plana mayor del PSC (Partit dels Socialistes de Catalunya) con Pere Navarro al frente, que no comulga con sus tesis de pedir ni tan siquiera un referéndum para la soberanía de la autonomía donde ella nació, Carme Chacón buscaría el voto de esas nuevas generaciones de socialistas para que comulgaron con ruedas de molino…Un molino cuyas aspas se mueven sin cesar gracias un viento proveniente de la costa sur de los Estados Unidos y que tiene visos, según las predicciones metereológicas de Miguel Barroso y Carme Chacón, de convertirse en un vendaval de renovación de progresismo por su paso por la península ibérica.  

miércoles, 28 de agosto de 2013

«PROCOL HARUM» (1967): BAJO LA SOMBRA MÁS PÁLIDA QUE EL BLANCO

No tengas un éxito demasiado temprano, puede ser contraproducente para tu carrera. Este consejo o advertencia se elevaría a la categoría de aforismo, en especial, entre la comunidad de artistas que alumbrarían con sus obras el espacio de la música, del cine, de la literatura y demás disciplinas encardinadas en la cultura. Abril de 1967. Gary Brooker, ex Paramount, vuelve a probar fortuna creando un grupo cuyo nombre viene sugerido por el manager Guy Stevens, al toparse con el gato de Keith Reid, el que se vislumbra el artífice de las letras en su condición de poeta en ciernes. Procol Harum es lo suficientemente llamativo y, a la par, misterioso para ganar el consenso del quinteto de nuevo cuño. Un halo de misterio asimismo envuelve las letras de “A White Shade of Pale”, el tema por el cual Procol Harum se le asociará por los tiempos de los tiempos. Ninguna otra canción de la banda inglesa llegaría a eclipsar ni tan siquiera a aquel tema de cuatro minutos surgida merced a una conjunción de “astros” favorables bajo la constelación del rock progresivo que iniciaba su particular singladura por aquel entonces, del r&b y de la música clásica, dos focos demasiado potentes de los que Gary Brooker quedaría deslumbrado mientras cultivaba una ecléctica formación.
   Me dejo llevar por el vuelo de la imaginación atendiendo a la circunstancia que la fecundación del óvulo materno para engendrar a un servidor coincidiría en el tiempo —abril de 1967— con otra creación, la de una pieza musical cuyas escuchas no parecen tener fin. Una pieza de alto voltaje hipnótico. En esa ecuación participada por Brooker, el teclista Matthew Fisher y Reid en la escritura de sus crípticas letras, la música de Johann Sebastian Bach (1685-1750) se extendería conforme a una alfombra melódica donde se depositan sobre la misma figuras compositivas propias del rythm & blues y el rock progresivo en su definición más psicodélica. Ésta hubiera sido una canción que calzaría a la perfección en forma de colofón, de fin de fiesta, de un disco que no sobrepasa los cuarenta minutos de duración. El alma de la canción rezuma un sentido de despedida; visualizamos esa sala de baile a altas horas de la madrugada, desnuda de participantes pero con el recuerdo de una pérdida, de una oportunidad perdida, de un desencuentro que se anuncia a la manera de despedida. Allí radicaría el quid de la cuestión sobre la intemporalidad de “A White Shade of Pale”, el título que acompañaría al álbum epónimo para su edición discográfica en los Estados Unidos.
   Más allá de la sombra más pálida que el blanco, en Procol Harum (1967) interfieren igualmente distintos (sub)estilos operados por una formación de combo con el añadido del órgano Hammond comandado por Fisher capaces de actuar en armonía. En el fuero interno de los miembros de la banda parecía habitar una impostura un tanto lúdica para el bautismo discográfico. Por momentos, se crea la sensación que asistimos a distintos “palos” del blues: ora contorneándose hacia el que responde a estímulos más atemperados (“Something Following Me”), sin desgarros vocales que valgan y con algún que otra requiebro psicodélico que orbita en el planeta Pink Floyd; ora unos devaneos hacia la bluegrass (“Mabel”) con apremio al sentido lúdico —que asimismo computa en el tema “Good Captain Clark”— anteriormente señalado; ora fusionándose con el paisaje rock modelado por las guitarras “conjuntadas” de David Knights al bajo y Ray Royer.
   Procol Harum se cierra con un tema instrumental en el que resuena con brío el ascendente “bachiano” localizado en la pieza mayor del disco. Un fondo musical que parece proyectarse en la luz de los tiempos del prog rock, buscando en sus pliegues “metamorfearse” en las construcciones musicales inherentes a una superbanda del calado de Emerson Lake & Palmer, cuya armadura también estaría forjada por un órgano del cual se extraían de sus entrañas la fuerza de un demiurgo como Bach. Con estos dos temas situados en ambos “extremos” del disco se mostraría a las claras que la modernidad de Bach no pasaría inadvertida para varias generaciones de músicos. ELP, Walter (Wendy) Carlos, Hans Zimmer... pero también Procol Harum, instalados, a las primeras de cambio, en el Olimpo de los custodios de un cancionero celestial que se mece al compás de las almas dolientes de los habitantes del planeta tierra allá donde se encuentra una chica más pálida que el color blanco en el interior de una sala de fiesta.  


                                           Invitación a escuchar el álbum completo 
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miércoles, 21 de agosto de 2013

EL DECLIVE DEL IMPERIO EUROPEO: EL HUMANISMO EN PELIGRO

20 de agosto de 2013. Casi mil muertos en Siria, según todos los indicios, a causa del empleo de armas químicas que han sesgado la vida de personas de todas las edades, incluidos bebés. En dos años se han contabilizado decenas de miles de víctimas en este país situado al norte de África. La comunidad Europa, a través de una nota de prensa de uno de sus portavoces, expresa unas palabras de repulsa, conminando a que las partes en conflicto (el gobierno de Bashar al-Asad dominado por el poder militar y la oposición, esto es, el ejército “rebelde”) lleguen a un pacto de no agresión y se adivina entre líneas una serie de operaciones en paralelo para tratar de esclarecer lo sucedido vía comisión de investigación a cargo de observadores internacionales. Cuerpos inertes de todas las dimensiones imaginables colocados en hileras asoman en los telediarios o en Internet con la intención de mostrar al mundo el alcance de una barbarie a la que sistemáticamente el viejo continente da la espalda en atención a que se trata de “asuntos internos” de Siria que nada guardan relación con los objetivos marcados por los burócratas, léase políticos y economistas que rigen los destinos de la comunidad europea. Ellos viven en sus Torres de Babel, preocupados y ocupados en que la zona Euro responda bien a la terapia de shock aplicada en determinados países (Grecia, España, Italia, etc.), en forma de rescates encubiertos o semiencubiertos, para salir de la recesión económica y mostrar al mundo que aún somos un continente solvente, fiable para atraer inversión extranjera y con ello generar un crecimiento sostenido por lo que atañe a los números.
    Desde hace tiempo, Europa habla el lenguaje de los banqueros, apropiándose sus dirigentes de la idea que el dinero deviene la «reserva espiritual» de Occidente a la que debe rendirse pleitesía y jugar «amor eterno». No importa lo que suceda fuera de nuestras fronteras en materia de violación de los derechos humanos, de atrocidades sistemáticas sobre poblaciones masacradas víctimas de dictadores que arman a sus ejércitos no tan solo desde los Estados Unidos o Rusia, sino de empresas de países del viejo continente algunas de las cuales tributan en paraísos fiscales. El humanismo es un valor residual cuando los máximos mandatarios de la Unión Europea se colocan frente al espejo de los millones de ciudadanos que forman parte del continente bombardeándonos con mensajes, imputs afianzados en el concepto de la homogeneidad, de la cohesión territorial en materia económica. Luego, si acaso, le tocará el turno a dejar caer algún que otro comunicado que muestre esa otra cara continental, la de una Europa que para el oído sobre lo que acontece allén de sus fronteras pero que obstruye los conductos que irrigan el corazón. Ese corazón delator vaciado de sentimientos que palpita solo al ritmo de los indicadores económicos, de lo que ocurre en los parquets financieros. Allí se cuece el futuro, según sus razonamientos, de las vidas de los seres registrados en el censo de la zona Euro del planeta Tierra.
    A la luz del siglo XXI, del que hemos recorrido hasta la fecha más de una década, no puedo por menos que expresar mi desazón, mi absoluta frustración por un continente que va a la deriva en materia humanista verbigracia de la aspiración de convertir Europa en un área del planeta aislado de lo que ocurre más allá de sus fronteras, en que el «Ser Supremo» deviene el dinero. No necesitamos rescates financieros a tutiplén; urge un rescate de ese humanismo que había aflorado en Europa al tomar conciencia de las atrocidades cometidas en un continente que vio nacer en el margen de menos de treinta años dos guerras mundiales. Entonces, una generación de políticos elevaron la antorcha de un rearme moral y ético al amparo de crear sociedades capaces de extraer de las lecciones que depara una historia (la relativa al viejo continente) escrita con tinta roja una idea de humanismo. Todo ello parece haber quedado desmantelado por esos tecnócratas que ocupan puestos de alta responsabilidad en el viejo continente que se desayunan con los periódicos digitales (a través de tablets o Ipads) o en papel especializados en economía.  No leen a Stefan Zweig ni a Joseph Roth. Tampoco ven películas de Charles Chaplin. En una de las líneas del monólogo final de El gran dicador (1940) escuchamos aquella frase de que «pensamos demasiado y sentimos muy poco». Gran verdad aplicada a esos tiempos modernos en que el humanismo, en su área de influencia del viejo continente, se encuentra en peligro fruto de las directrices de una comunidad de políticos influyentes imbricados con el poder (léase lobby) financiero en busca de la quimera del oro que hacen caso omiso al llanto proveniente de poblaciones civiles de Asia y África masacradas por dictadores disfrazados de bondad y victimismo cuando toca protagonizar esos videos promocionales con los que mostrarse al mundo. Irak, Egipto, Siria, Libia… Qué más da. El declive del imperio europeo en materia humanista razona como una de las verdades más evidentes de lo que llevamos de siglo XXI. En contra de la fórmula que se aplican estos dirigentes cautivos de una visión unidireccional de la vida sembrada de billetes de euro, sigo creyendo en el «valor refugio» del humanismo. Así me lo dicta un corazón que aviva su ritmo cardíaco cuando conoce noticias como la proveniente de Siria. Lloro por esas víctimas inocentes de un mundo que se desangra mientras hay médicos que auscultan el latido de un billete de 50, 100 0 500 euros. Saben que no tiene ritmo pero desprende un aroma ciertamente embriagador.