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miércoles, 28 de agosto de 2013

«PROCOL HARUM» (1967): BAJO LA SOMBRA MÁS PÁLIDA QUE EL BLANCO

No tengas un éxito demasiado temprano, puede ser contraproducente para tu carrera. Este consejo o advertencia se elevaría a la categoría de aforismo, en especial, entre la comunidad de artistas que alumbrarían con sus obras el espacio de la música, del cine, de la literatura y demás disciplinas encardinadas en la cultura. Abril de 1967. Gary Brooker, ex Paramount, vuelve a probar fortuna creando un grupo cuyo nombre viene sugerido por el manager Guy Stevens, al toparse con el gato de Keith Reid, el que se vislumbra el artífice de las letras en su condición de poeta en ciernes. Procol Harum es lo suficientemente llamativo y, a la par, misterioso para ganar el consenso del quinteto de nuevo cuño. Un halo de misterio asimismo envuelve las letras de “A White Shade of Pale”, el tema por el cual Procol Harum se le asociará por los tiempos de los tiempos. Ninguna otra canción de la banda inglesa llegaría a eclipsar ni tan siquiera a aquel tema de cuatro minutos surgida merced a una conjunción de “astros” favorables bajo la constelación del rock progresivo que iniciaba su particular singladura por aquel entonces, del r&b y de la música clásica, dos focos demasiado potentes de los que Gary Brooker quedaría deslumbrado mientras cultivaba una ecléctica formación.
   Me dejo llevar por el vuelo de la imaginación atendiendo a la circunstancia que la fecundación del óvulo materno para engendrar a un servidor coincidiría en el tiempo —abril de 1967— con otra creación, la de una pieza musical cuyas escuchas no parecen tener fin. Una pieza de alto voltaje hipnótico. En esa ecuación participada por Brooker, el teclista Matthew Fisher y Reid en la escritura de sus crípticas letras, la música de Johann Sebastian Bach (1685-1750) se extendería conforme a una alfombra melódica donde se depositan sobre la misma figuras compositivas propias del rythm & blues y el rock progresivo en su definición más psicodélica. Ésta hubiera sido una canción que calzaría a la perfección en forma de colofón, de fin de fiesta, de un disco que no sobrepasa los cuarenta minutos de duración. El alma de la canción rezuma un sentido de despedida; visualizamos esa sala de baile a altas horas de la madrugada, desnuda de participantes pero con el recuerdo de una pérdida, de una oportunidad perdida, de un desencuentro que se anuncia a la manera de despedida. Allí radicaría el quid de la cuestión sobre la intemporalidad de “A White Shade of Pale”, el título que acompañaría al álbum epónimo para su edición discográfica en los Estados Unidos.
   Más allá de la sombra más pálida que el blanco, en Procol Harum (1967) interfieren igualmente distintos (sub)estilos operados por una formación de combo con el añadido del órgano Hammond comandado por Fisher capaces de actuar en armonía. En el fuero interno de los miembros de la banda parecía habitar una impostura un tanto lúdica para el bautismo discográfico. Por momentos, se crea la sensación que asistimos a distintos “palos” del blues: ora contorneándose hacia el que responde a estímulos más atemperados (“Something Following Me”), sin desgarros vocales que valgan y con algún que otra requiebro psicodélico que orbita en el planeta Pink Floyd; ora unos devaneos hacia la bluegrass (“Mabel”) con apremio al sentido lúdico —que asimismo computa en el tema “Good Captain Clark”— anteriormente señalado; ora fusionándose con el paisaje rock modelado por las guitarras “conjuntadas” de David Knights al bajo y Ray Royer.
   Procol Harum se cierra con un tema instrumental en el que resuena con brío el ascendente “bachiano” localizado en la pieza mayor del disco. Un fondo musical que parece proyectarse en la luz de los tiempos del prog rock, buscando en sus pliegues “metamorfearse” en las construcciones musicales inherentes a una superbanda del calado de Emerson Lake & Palmer, cuya armadura también estaría forjada por un órgano del cual se extraían de sus entrañas la fuerza de un demiurgo como Bach. Con estos dos temas situados en ambos “extremos” del disco se mostraría a las claras que la modernidad de Bach no pasaría inadvertida para varias generaciones de músicos. ELP, Walter (Wendy) Carlos, Hans Zimmer... pero también Procol Harum, instalados, a las primeras de cambio, en el Olimpo de los custodios de un cancionero celestial que se mece al compás de las almas dolientes de los habitantes del planeta tierra allá donde se encuentra una chica más pálida que el color blanco en el interior de una sala de fiesta.  


                                           Invitación a escuchar el álbum completo 
                                           Procol Harum (1967) en Youtube
                         

lunes, 4 de febrero de 2013

«THICK AS A BRICK» (1972) de Jethro Tull: «EL PARAÍSO PERDIDO» DE IAN ANDERSON


Por ventura, cada vez más se va alejando el fantasma de Fèlix Millet del sacrosanto Palau de la Música para ser ocupado por otras figuras espectrales que rinden pleitesía al noble del arte que mejor saben ejecutar. Quien en tiempos había sido capaz de llenar el Palau d'Esports de Montjuic, Jethro Tull, debe complacerse de actuar en recintos más modestos pero compensado, por otra parte, con una excelente acústica, la del Palau de la Música, en el marco de la 14 edición del Festival del Mil·leni. Sin duda, el próximo día 6 de febrero el espíritu de los tullianos —así se autodenominan los fans del grupo británico que orbitaría en la «Tierra Media» del rock sinfónico de los 70 pero con la necesidad imperiosa de crear su propio espacio musical— se dejará sentir en semejante recinto barcelonés al contemplar la función en dos actos dispuesta sobre el escenario por el trobador Ian Anderson y su séquito. Aquejado de severos problemas de salud en los últimos lustros, Anderson ha sabido vencer las adversidades y se dispone, a sus sesenta y cinco años, a proyectar su magia musical destilada de una fina ironía en la ejecución de Thick as a Brick (1972), uno de los discos más celebrados de la banda que lidera desde tiempo “inmemorial”. La monografía de reciente aparición, Jethro Tull y el faro de Aqualung  (2012, Quarentena Ediciones) de Vicente Álvarez —uno de los tullianos que presumo será uno de los fijos en esa velada-tributo a Ian Anderson—, lejos de tratar de sacar del pedestal crítico la obra de marras, deja constancia del carácter de quintaesencia —junto a Aqualung (1971)—  de Thick as a Brick en la nutrida discografía de la banda cuyo nombre sería tomado de un inventor y agrónomo australiano del siglo XVIII (sic). Sin riesgo alguno que les cayera alguna querella por tamaña apropiación «nominal», Ian Anderson y el resto de la banda se las ingeniarían para captar la atención de un público militante en el rock sinfónico, aunque con ciertas ganas de buscar un punto de fuga a tanta trascendencia en el contenido de las letras de las canciones y en el desarrollo de temas que parecían “eternizarse” por momentos. Lo encontrarían en Jethro Tull, que convertía cada uno de sus espectáculos en una invitación musical sazonada de elementos humorísticos, bufonescos y/o paródicos.
   Thick as a Brick guarda un significado especial para un servidor, localizándose mi descubrimiento en ese «cruce de caminos» que se formula en la adolescencia, dispuesto a evaluar unos gustos musicales que parecen regidos por el sentido de la intuición. Esa intuición dictada desde el subconsciente que me procuraría el placer de dejarme atrapar por esos arabescos vocales e instrumentales residentes en un disco de infinitas texturas como Thick as a Brick. Oda al pensamiento tulliano, el quinto disco de los Jethro se armaría con arreglo a la demanda creciente de obras conceptuales a las que cabía contrarestar la carga de trascendencia alumbrada por los adalides del rock sinfónico, léase Emerson Lake & Palmer, Genesis o Yes. Enfundada de ironía, Thick as a Brick busca amparo en el contenido de sus letras en el non sense a través de un personaje ficticio, Gerald Bostock, al que se le atribuye la coautoría de las mismas en coalición con Ian Anderson. No en vano, Bostock acapara la principal noticia de ese disco en formato disco que se presentaría en sociedad allá por los albores de los setenta para recogijo de los tullianos y coleccionistas rockeros tot court. Lo hace para inmortalizar el momento en que el enfant terrible recibe un premio por la escritura de un poema luego desechado por contener palabras malsonantes. Rescatado de las cenizas por la banda británica, el poema pasaría a formar parte del erial tulliano. Una obra que cumplido su cuarenta aniversario, se muestra lozana, con arreglos que parecen conectar irónicamente con desarrollos propios del Genesis de la etapa Peter Gabriel, y con ese contorsionismo vocal e instrumental del que haría gala Ian Anderson en su época de apogeo, elevado a la categoría de icono musical por obra y gracia de esa flauta travesera que parece prolongarse cuál extensión de sus dedos, y la manera en que imita a los flamencos, sosteniéndose sobre una única extremidad. Pero ya entrado en la edad de jubilación y con una maltrecha salud por montera, a Ian Anderson con total probabilidad se le reservará una silla en el Palau de la Música, en ese 6 de febrero marcado a fuego en el calendario de los tullianos. Thick as a Brick —más por lo que atañe a su desarrollo melódico que a la disposición de sus abracadabrantes guiadas por el Paraíso perdido del «pequeño Milton»—  bien merece una misa de la mano de su creador en la sombra y en la luz de un sinfonismo living in the past.         

domingo, 15 de enero de 2012

«LA HISTORIA DEL ROCK SINFÓNICO», NUEVO LIBRO EN MAYO

Portada provisional de
 La historia del rock sinfónico

De un tiempo a esta parte me he preguntado en numerosas ocasiones del porqué el rock sinfónico —asimismo llamado rock progresivo— quedara confinado en el olvido por los tiempos de los tiempos después de haber dominado buena parte del espectro de la escena musical —aquel consumido por un público mayoritariamente joven— durante la década de los setenta. En buena lógica, según los dictados de las modas, el rock sinfónico no parecía ser objeto de demanda entre las editoriales versadas en material musical —al menos, en algunas de sus colecciones— que destinaban sus esfuerzos económicos a apuestas más «seguras». Por fortuna, T&B Editores ha confiado en un proyecto que para un servidor tiene un tanto de especial por cuanto con este tipo de música crecí y con el tiempo me fui labrando una afición que ha perdurado hasta la fecha.
A mediados de mayo de 2012, pues, verá la luz La historia del rock sinfónico,  un proyecto de larga gestación, ajeno a esos imperativos de la inmediatez marcados por numerosas editoriales, a la caza de una coyuntura sociocultural con la que salvar una temporada, en lo económico, de vacas flacas. A falta de confirmar el autor del prólogo, esta monografía contiene una extensa y soberbia introducción a cargo de Jaume Carreras —perfilada sobre los fundamentos histórico-filosóficos que alimentaron esas sinergias musicales de real abolengo durante los años sesenta, el fermento necesario para lo que estaría por llegar— para, a continuación, entrar en materia con el centro de gravedad dispuesto sobre ese quinteto de bandas que ofrecen la magnitud de estilos que redundan en torno al concepto de rock progresivo o sinfónico. Pink Floyd, Genesis, Yes, King Crimson y Marillion ocupan un espacio importante en el conjunto del libro, con un número de páginas para cada entidad musical que bascula entre las treinta y cinco y las cincuenta páginas. Evidentemente, no quedan fuera de cobertura el análisis de la obra de Camel, Supertramp, Barclay James Harvest, Emerson, Lake & Palmer, Caravan, Jethro Tull, Transatlantic, Pendragon, Asia... ya que desde el primer momento que me puse a escribir el libro tuve en mente dar una visión de conjunto lo más amplia posible.
   Numerosas lecturas —preferentemente en inglés— e infinitas escuchas de rock sinfónico y los distintos planetas musicales que los circundan me han acompañado en los últimos meses. Ahora solo queda el sprint final, esas páginas que tratan de sintetizar el recorrido musical de una banda que merece su lugar en esta particular historia y el redondeo en forma de material gráfico que contribuye a entrar por los ojos un determinado libro. Creo que el esfuerzo ha valido la pena en aras a legitimar si cabe aún más un legado musical edificado por personas de un extraordinario talento, algunos de los cuales fueron y siguen siendo auténticos virtuosos. Unos dinosaurios, eso sí, que se extinguieron pero que merecen integrarse en los libros de historia... de la música contemporánea en lengua castellana. En El mundo de Haldane iré publicando de aquí a mayo algunas semblanzas de aquellos prohombres del sinfónico y derivados que, por un motivo u otro, me han llamado especialmente la atención en la fase de revisión de sus trabajos ya sea en solitario o al amparo de las bandas que les dieron solera. 

"Wish You Were Here", uno de los temas floydianos que me mostraron el "camino" 
hacia las esencias del rock sinfónico:



jueves, 28 de julio de 2011

EL «YES MAN» ROGER DEAN: DISEÑANDO PAISAJES IMPOSIBLES

Se puede decir, sin margen de error, que Avatar (2009) abrió la veda con su descomunal éxito en taquilla para que hayan proliferado en el último año y medio producciones cuyo argumento de venta principal no es otro que el del atractivo por contemplarlas en 3-D. Confieso que tardé un cierto tiempo en visitar la última propuesta audiovisual orquestada por James Cameron, quizás persuadido por la idea de que el paso del tiempo me permitiría objetivar mejor los resultados de semejante experiencia audiovisual. En medio de una serie de sensaciones encontradas me encontré al cabo del poco rato de haber visionado Avatar, pero asimismo con la certeza que Cameron había vuelto a dar gato por liebre una vez más después de haber omitido en los créditos, incluso en el capítulo de agradecimientos, el nombre de Roger Dean (1944, Ashford, Kent, Inglaterra) El cineasta canadiense ya había escatimado cualquier referencia a A Night to Remember / La última noche del Titanic (1958), de la que calcaría una secuencia para su Titanic (1997) en la que los músicos siguen tocando mientras el transatlántico se va hundiendo. Pero lo de Avatar en relación a Dean tiene su guasa. Rick Carter,  Robert Stromberg, y Kim Sinclair se llevaron el Oscar al Mejor Diseño de Producción y al Mejor Vestuario (la última) , pero no tuvieron a gala soltar aquello de thanks ... Roger. Que menos... pero ni eso. Roger Dean debió sopesar, según le llegaban, intuyo, diversas llamadas o mensajes, o viéndolo por televisión (algo que dudo mucho) la ceremonia de los Oscar, una querella por plagio. Pero, como suelen decir los letrados, «más vale un mal acuerdo que un buen juicio». Y el buen juicio de Roger Dean debió pasar por el acuerdo de callar y seguir adelante con un impresionante trabajo a sus espladas. Cuando hay querellas de por medio, aunque tan sólo hayas tenido una en tu vida, figura para siempre ligada a una biografía no como nota a pie de página si no más bien con riqueza tipográfica en la misma. A esas alturas de la vida, flaco favor le hubiera hecho tamaña repercusión mediática por algo con apelación a sustanciarse en los tribunales. Pero, se preguntarán algunos, «¿quién es Roger Dean?»: Un Yes man pero en el mejor sentido del término.
Muchas de las portadas de discos más imaginativas han sido comentadas por aficionados pero generalmente no se atina a saber quién las hizo. No suele suceder con las portadas de Yes para alguien que esté mínimamente familiarizado con este grupo de rock progresivo o sinfónico. La respuesta: Roger Dean. Educado en la Canterbury School of Art y en la Royal College of Art de Londres, Roger Dean a una edad relativamente temprana —los veinticinco años— empezaría a especializarse en diseñar portadas de discos. Eran tiempos en que las discográficas invertían una módica o mediana cantidad —en función del ranking que ocuparan las bandas o solistas en el box office— en el diseño de portadas. Allí estuvo diligente Roger Dean para ir dando forma a su universo que parecía reformular esos grabados de Gustavo Doré —otro paisajista/ilustrador de primera fila— dotándolos de un componente de peculiar belleza. El pasado ancestral orlado de extrañas criaturas y un reflujo futurista cohabitan en esas estampas de pura ensoñación. En esa dialéctica se han movido Yes, a quien el apelativo de dinosaurios del rock —como a otras formaciones del estilo de Camel, Emerson Lake & Palmer o Genesis— contribuiría la imaginería de un Roger Dean en el diseño de unas portadas que pagaban por el precio del disco. Más de uno debió fruncir el ceño una vez escuchado el nuevo disco de Yes, pero se debía consolar para sí mismo: ¡vaya portada! Seguro que alguien picaba con semejante reclamo y lo cierto es que difícil debía resultar ir a un mercadillo de segunda mano sin que apareciera, por arte de magia, la de Roger Dean enfundado en el preceptivo vinilo, luego reciclado a disco compacto. Claro está que, fuera de los dominios de Yes, hubo vida para Roger Dean pero le resultaba tremendamente complicado salirse de esa tela de araña tejida por esa familia numerosa a menudo malavenida. Steve Howe, Rick Wakeman, Alan White y Asia —la formación creada, en cierta manera, a renglón seguido de una de las múltiples escisiones que ha experimentado Yes a lo largo de su existencia— precisaron de sus servicios para sus respectivos discos. No había, por tanto, enmienda a desmarcarse. Las otras bandas lo sabían y, pese a haber tenido la tentación de contratar los servicios de Dean, reculaban y evitaban que los aficionados les identificaran con el sonido Yes. Como todas las cosas, tiene sus contraindicaciones. Roger Dean, no obstante, lejos de lamentarse, sigue rindiendo fidelidad eterna a Yes. Cuál orfebre, su obra es de aquellas obligadas a viajar por galerías de medio mundo. El carácter propio de un visionario que ha modulado un discurso plástico de una singularidad arrebatadora, y del que el cine y los videojuegos de la era digital se han beneficiado... algunos, por la puerta de atrás sin ni tan siquiera llamar a la puerta principal. En ese 2008 atacado por los nervios, Cameron, entre su arsenal de imágenes inspiradoras de su trabajo largamente esperado, había envuelto en papel de celofán color avatar el libro Dragon's Dream (2008) —que completaba la particular trilogía editada en papel de Roger Dean tras Views (1975) y Magnetic Storm (1984)— para ser entregado a los diseñadores de producción y vestuario mencionados. Al menos un servidor, tuvo acuse de recibo una vez visitado el planeta Pandora dispuesto para deslumbrar al respetable. El mutismo sobre el tema de su invocación al plagio, una nueva prueba que para muchos el rock sinfónico sigue siendo esa rama torcida del que no brotan hojas, perteneciente al árbol musical de la pasada centuria.

domingo, 25 de abril de 2010

«LAS 9 EDADES DEL ROCK»: NUEVO PROYECTO

Hago mía la frase-epitafio de Rainer W. Fassbinder que solía decir, ante el alud de proyectos a los que se enfrentaba a cada mes vencido, «ya descansaré cuando haya muerto». El sentido de la autocomplacencia nunca ha formado parte de mi ideario y no renuncio a creer que, como me comentaba el otro mi buen amigo Jaume Carreras, tan sólo estamos al principio del camino. La pasión divulgadora, eso sí, prevalece incólume en mi forma de ser con especial inclinación por la música de calidad que nos dejó el siglo XX. Tras Neil Young: una leyenda desconocida (2009), el paréntesis de un cierto sosiego no ha hecho más que ir madurando un proyecto que, si los hados son propicios, verá la luz en formato papel a principios de noviembre de 2010. Siempre he sido remiso a las obras corales, pero en este caso la justificación es total por cuanto Las 9 edades del rock (portada provisional) —el working title con visos a imponerse para su publicación— precisa del concurso de otras dos personas que contribuyan a trazar ese recorrido por el rock a lo largo de una sesentena de años. Y a fuer de ser sinceros, Daniel Ruiz y Jaime Sirvent representan una «bendición» dado que sus conocimientos enciclopédicos —del primero ya tuve constancia el año pasado al entrar en contacto con él para ir perfilando el libro de Mr. Young; del segundo no tardaría en descubrirlo—, y que trabajarán en buena parte de los capítulos de los que consta Las 9 edades del rock. Es evidente que existen obras de referencia en lengua castellana sobre la materia, pero una vez más la perspectiva del paso del tiempo nos debe facultar para saber leer la evolución de este género musical en función de unos criterios esencialmente artísticos. A partir del ecuador del siglo pasado formalizaría su ingreso en la nómina musical un fenómeno que ha cautivado a diversas generaciones. La obra tiene visos de servir de referente para algunos de las mismas, y por lo que concierne a mi contribución se circunscribirá a la escritura de un par de capítulos, además de hacer el trabajo de coordinación con la editorial, corrección de estilo y apéndices al texto madre. Uno de los trazos diferenciales de Las 9 edades del rock para con las obras que he consultado en este primer trimestre del mes es que abundan, por lo general, los lugares comunes, por ejemplo, del rock sinfónico, dedicándoles espacios muy reducidos que no se corresponden con la importancia que adquirió desde finales de los sesenta hasta principios de los ochenta esta corriente/fenómeno musical hoy en día pasto del olvido. De este capítulo me ocuparé en solitario, haciendo una introspección sobre el rock sinfónico que espero resulte didáctico para aquellos aficionados a la música de rock y que complete la visión de los que el conocimiento sobre el mismo se sitúe en un escalafón superior. Por consiguiente, Yes, Genesis, Marillion, Emerson Lake & Palmer y Pink Floyd, pero también grupos menos populares como Barclay James Harvest, Pendragon o Asia se ofrecerán a mis oídos en los sucesivos meses haciendo bueno el título del álbum de Jethro Tull, ese «grupo satélite» de tantos planetas musicales: Living with the past. Un pasado lejano que vuelve como un reflujo con la voluntad de hacer la mejor publicación posible sobre esa música rock evaluada en nueve «edades». Para ello doy por descontado que Jaime y Daniel afilarán sus oídos y se dejarán seducir por esa infinita paleta musical con reminiscencias folkie, de r&b y country. Primera «parada» en calidad de escritores de libros para ambos que, a buen seguro, tendrá continuidad en el futuro. Por mi parte, al final de ese camino musical —septiembre de 2010— se situará la escritura de la segunda parte de El enigma Haldane, perteneciente a la «trilogía Haldane». Por aquellas fechas, la primera parte podría aterrizar en las librerías. Pero todo ello no me hace perder de vista www.cinearchivo.com, más que nunca erigiéndose en ese Rosebud particular e instransferible... ese trineo cargado de tantas sensaciones encontradas pero con la fuerza de la ilusión aún intacta.